jueves, 29 de abril de 2021

LA SUERTE SUPREMA

Lo saben. A decir verdad, cualquiera mínimamente avisado —lo cual en España es hoy mucho pedir— se da cuenta del altísimo valor del momento presente, de estos días que pueden cambiar nuestras vidas. Se habla mucho, y con razón, del poder transformador que la pandemia —la primera de la Historia universal— ha ejercido sobre el día a día de la Humanidad. La tensión entre libertad y omnipotencia gubernamental ha estado latente durante estos trece meses y medio de las biografías de cada cual, por ceñirnos a nuestro país. Pero amén de esta metamorfosis profunda, causada no se sabe si por un imponderable o por un agente externo con personalidad propia, asistimos hoy a otra encrucijada que, a nivel nacional, se traduce en un toma y daca para siempre.

Sí, así como suena, la llamada segunda “batalla de Madrid”, en la que como tantos otros fantasmas de nuestro peor pasado reaparecen lemas de guerra tal el “No pasarán”, es muchísimo más que una elección autonómica. Lo saben muy bien Pablo Iglesias y los suyos. Lo saben Isabel Natividad Díaz Ayuso y Rocío Monasterio San Martín. ¿Lo sabe Pablo Casado? ¿Lo sabe el común de los españoles, empezando, obviamente, por los madrileños con derecho a voto? Deben de saberlo ese 42 por ciento de votantes por correo que han incrementado el número de los que han enviado sus papeletas con respecto a los que lo hicieron con la misma antelación hace dos años. Y desde luego, lo sabe el director general del servicio estatal, íntimo de Sánchez y uno de los cargos mejor pagados del Estado.

Lo sabe, con toda seguridad, ya que en buena medida él ha instigado esta situación de tensión que tanto les conviene (Zapatero dixit a Ignacio Gabilondo) el asesor áulico Iván, gran artífice gurú de los “triunfos” (no electorales pero sí negociadores) del as del embuste. El artificiero de la artillería socialista —antes de la pepera y de otras— no siente nada, como su cliente inversor. Él es un contratista, cumple las cláusulas de su compromiso y cobra. Por ese camino del maquiavelismo digital ha llevado a PS (no confundir con Partido Socialista) hasta la Moncloa y de allí al abrazo del “sísepuede” con balcón abierto, supongo que para que saliera el hedor de la traición a los votantes (ya saben, el insomnio y todas esas píldoras para engañar a la máquina de la verdad del electorado).

Iglesias es otra cosa. Éste sí que siente. Demasiado tal vez. Y no precisamente amor a la Patria y a sus hijos. Por eso saltó como un resorte desde su escaño azul, tan acariciado, en el que nunca permanecía erecto porque se arrellanaba como perdido entre tanta abundancia de responsabilidad pública, y en un santiamén (nunca peor dicho) se plantó en la Puerta del Sol con intención de impedir que la franqueara “la ultraderecha”.

En aquella plaza señera de la Historia de España empezó todo, con aquellas tiendas de campaña, de resonancias bélicas, y aquel 15-M de indignados nadie supo nunca bien por qué. Cuentan los entendidos que cuando Bécquer arribó a Madrid, embelesado por los cantos de sirena que sobre la Villa y Corte llegaban a su Sevilla natal y de crianza, se vio metafísicamente decepcionado por una Puerta del Sol que todavía era la resultante de los derribos liberales que acabaron con las murallas de España. Pronto, aquella huella del terruño absolutista sería sustituida por el flamante (entonces mucho más que hoy) salón del kilómetro cero, presidido por el edificio donde desaparecieron las rimas del poeta, víctimas del asalto revolucionario de aquellos días de la paradójicamente conocida como “Gloriosa”, y que acabaron en la primera y triste, como la que le siguió, República Española. Los versos de Gustavo Bécquer se encontraban en un cajón del despacho de González Bravo, ministro de Isabel II y hombre sensible inclinado a ayudar a los artistas merecedores de aprecio. La turba destruyó el gabinete y con él aquel manuscrito, que el padre de la poesía contemporánea en español reconstruyó de memoria durante su exilio toledano. El último viaje de Bécquer también partiría de aquella plaza, en la cubierta de un tranvía de mulas un gélido día de invierno, años más tarde. El Libro de los Gorriones habría de esperar a que sus amigos lo dieran a la imprenta con carácter póstumo. Lamentable sino de España, cosido a esta Puerta del Sol. Tal vez las rimas originales fenecieran entre las mismas paredes donde Isabel Díaz Ayuso espera que el kilómetro cero del devenir español lleve su nombre y el de Rocío Monasterio. También los otros, los herederos de los revolucionarios que se llevaron por delante la obra del romántico inmigrante que había estudiado como huérfano en el palacio de San Telmo de Sevilla, sueñan con dar el golpe de mano que les lleve a esos mismos despachos. La Historia es cualquier cosa menos antojadiza: San Telmo, Puerta del Sol, kilómetro cero… España.

jueves, 8 de abril de 2021

LA LIBERTAD ATENAZADA

La experiencia, madre como es sabido de todas las ciencias, va convirtiéndose, enmedio de esta selva informativa en la que nos hemos ido adentrando, en la única fuente fiable para aproximarnos a lo que pasa. ¿Cuál ha sido la consecuencia final de esta aterradora avalancha de muertos y dolor? Básicamente, dos, que cambian el panorama de nuestro mundo, haciéndolo mucho más irrespirable para los amantes del aire libre. Por un lado, la economía occidental, basada de un modo u otro en el liberalismo, va colapsando poco a poco. Por otro, las nuevas tecnologías han destruido la vida privada de los individuos y los grupos, como acaba de subrayar el premier británico en el legendario salón de las asambleas plenarias de la ONU. Mientras, China, donde empezó todo esto, navega a velocidad de crucero ganando posiciones en la clasificación mundial de las economías más boyantes y padece una media oficial de doce casos diarios de coronavirus en una población de mil cuatrocientos millones de habitantes.

No olvidemos lo que ha sucedido en Estados Unidos, meca de la libertad de empresa, donde ha caído el primer presidente en agotar su mandato sin haber iniciado ni una sola guerra y habiendo firmado o auspiciado acuerdos de paz que han transformado el tablero geoestratégico del planeta, como el que ha aplacado a Corea del Norte o el suscrito por Emiratos Árabes Unidos con Israel —del que va a depender en buena medida el futuro de España. Hasta su caída, Donald Trump mantuvo un pulso feroz con China. Verde y con asas.

Alguien —estas cosas se hacen anónimas en Internet como antes las letras del cante jondo— escribió a los pocos días de la irrupción del Covid 19 en todos los confines de la Tierra que China había ganado la III Guerra Mundial sin disparar un tiro y en una semana. Guardo en la memoria ese mensaje porque a la vista de los resultados era obra de un profeta o de un sabio conocedor de lo que estaba comenzando a ocurrir.

China ha ido engañando al mundo libre a lo largo de varias décadas. Como lo que es, la heredera del comunismo soviético —ahí está Cuba para probarlo— conoce mejor que nadie las debilidades del capitalismo. Entre ellas viene estando la de endeudarse hasta mucho más allá de lo razonable si con ello se ganan elecciones. Es lo que ha hecho la socialdemocracia europea —y también la americana— a lo largo del tiempo transcurrido entre la desaparición del espíritu victorioso aliado tras la Guerra Mundial y la implantación generalizada de las ideologías de la sospecha, intensamente favorecida por la URSS. La mentalidad del buen padre de familia —no gastar más de lo que se ingresa y ahorrar parte de lo sobrante, si lo hay— dio paso a la del nuevo rico. El despilfarro sustituyó a la mesura, que a su vez había sucedido a la autarquía. Y China comprendió enseguida que ahí había un filón, el mejor plan quinquenal: la deuda pública por un lado y la manufactura barata para el Occidente rico por otro. Nuestras empresas descubrieron a su vez una válvula de escape para pagar sueldos bajos, lo cual significaría a la postre el hundimiento de la clase media que pasaría a ser mileurista después de que China mostrara el camino. Porque amén de ser la nación más superpoblada, pese a la política del hijo único, China posee, por eso mismo, la más gigantesca plantilla de paniaguados que ha conocido la Historia. Éste es el único secreto a voces de que el montaje de productos diseñados en Occidente tenga lugar allí. ¿Dónde están los convenios colectivos, los sindicatos, las huelgas en ese inmenso país que ha ido hipotecando nuestros estados?

Nuestros gobernantes intentan tranquilizarnos asegurándonos la existencia de astronómicos fondos de ayuda comunitarios para reconstruir nuestra economía tras el Covid. Pero no se nos informa sobre la procedencia de ese dinero. Una Europa ya endeudada para decenios —¡qué decir de los países meridionales, lastrados por hábitos inhibidores de la iniciativa!— ¿va a sacar de la chistera semejante cantidad de reservas de contingencia? Otro cuento chino. Será el régimen de Pekín el que vuelva a actuar de paracaídas a cambio de expandir ingredientes de su sistema en Occidente, como está haciendo en España con la “agenda 2030”, encomendada al secretario general del Partido Comunista de España con rango de Secretaría de Estado. La sabiduría milenaria china, combinada con la herencia maoísta, no comete errores. Tiene, además, el apoyo táctico de su íntima enemiga, Rusia, unidos ambos estados por el enemigo común. El intervencionismo del Kremlin en USA y en Reino Unido es proverbial.

El otro garfio que atenaza la libertad viene de dentro. Como Boris Johnson ha afirmado en la tribuna de Naciones Unidas, se trata de introducir el otro virus, el que viene de la retaguardia. “Diseñado en California, fabricado en China”, rezan las cajas de una celebérrima tableta. Es la otra pandemia, la de los algoritmos. Ambas desembocan en lo mismo: está más que justificada la enajenación del individuo, absorbido por una necesidad, se llame evitar el contagio o se llame estar globalmente comunicado.