Nada podía hacer presagiar la tragedia que iba a desatarse días después en la casa que habitó el “sevillanista” Santiago Montoto, justo en las lindes de la Judería hispalense, una muerte entre tinieblas de quien más y mejor nos había descubierto y glosado el uso de la luz sobre el rostro de las personas y del claroscuro en la meditación mañariana sobre la muerte (los pinceles también piensan, que se lo pregunten a Valdés Leal). Algo de esa claridad esperanzada buscaba yo, en compañía de mi mujer, entre los cuadros del Museo, en el testero de un brazo del crucero en el que los frailes mercedarios elevaban sus oraciones por los cautivos. Y allí estaba, fiel y luminoso, ajeno al dolor de lo irremediable, ese rostro infantil que siempre me devuelve a los años dorados en que todo era futuro. Es —mis amigos cultos lo saben bien, y mi mujer, que iba conmigo, también— un niño mendigo. El santo fray Tomás de Villanueva acaba de depositar en el cuenco mugriento de su mano inocente y temblorosa unas monedillas. Y el chaval, de rasgos inequívocamente meridionales, ha corrido al regazo de su madre, que pide limosna sentada en el suelo y apoyada en un quicio, a mostrarle, ufano, el tesoro hallado en la caridad de la para él colosal figura talar. Sólo le falta hablar. Lo peor es que a su madre tampoco hace falta preguntarle qué siente, porque presiente el hambre inminente que acude con puntualidad animal al estómago (aquellas entrañas dobladas de huecas que hoy apenas podemos imaginar). Esas monedillas durarán poco, piensa con el gesto cuyas facciones tanto se asemejan a las de la Macarena, por entreveradas de dolor y alegría (las de la Esperanza), de alegría y dolor las que pintó Murillo para los hermanos del fraile donante.
Ese crío, con su carita
resplandeciente, tan distinta de la sombría que le escucha con la mirada
ausente, me convence de que no está todo perdido. La madre, de que vivimos en
el alambre del equilibrio entre la ilusión y la ruina. Aquella tarde, en el
Museo, mi esposa y yo vivimos un prodigio. No había nadie más allí, ni turistas
ni curiosos ni amantes de la creación humana. Bueno, estaban la Inmaculada, San
Francisco, la Virgen de la Servilleta, Santa Catalina de Alejandría… muchos
testigos del reencuentro con el misterio supremo del arte y de la teología.
Pero ningún mortal más que nosotros dos, un matrimonio en torno a la belleza.
Me acordé de lo que nos contó Enrique Valdivieso sobre el poder redentor de la
pintura murillesca ante los estragos de la peste de 1649, de la victoria de la
estética sobre la muerte. Aquello parecía un sueño feliz sin tiempo, sin sucesos,
sin mancha.
Ay…, faltaban semanas para que
Enrique, seguramente el mayor conocedor de cuanto nos rodeaba, y su esposa
durmieran el sueño eterno entre tinieblas de humos asesinos. La fortuna, y su
envés el infortunio, rondan siempre al destino humano, arbitrarios, veleidosos,
presa de melindres que nunca comprenderemos. ¿Por qué dos vidas que se amaban,
tanto como los de Verona, tenían que acabar en una noche interminable
respirando un aire imposible? Estuve con Enrique Valdivieso, hace cosa de un
año, echando una mañana en repasar su vida ante una cámara de vídeo. Él solo,
en primera persona.
(Ando coleccionando un archivo
audiovisual de memorias sin límite ni valladar, que cada cual diga lo que
quiera, como quiera y durante el tiempo que quiera. La finalidad es guardar el
material sin intención alguna. Tan absurdo como la muerte, pero lidiando con
ella, procurando burlarla con un quiebro de la técnica. Hoy podemos hacerlo.
Ayer no. Pues aprovechémoslo. Llevo grabados unos quince. Son personajes que
conocí en tiempos de periodismo activo y que me consta que tienen muchas cosas
que contar, aunque sólo sea por sus años y porque desempeñaron papeles
relevantes en diversos ámbitos, generalmente culturales, de la ciudad. Saben
hacerlo. Son buenos narradores. Y la libertad de que gozan ante algo que no se
va a publicar, al menos a corto plazo, les hace revelarse desinhibidos y pletóricos
de vitalidad. Las ideas se les agolpan en la garganta. Seleccionan lo que les
place contar, con los giros, modulaciones y gestos que les da la gana. Para mí
es una gozada, pero creo que para ellos lo es todavía más. Hablan de su
infancia, de su lejana familia de procedencia, de su lugar de nacimiento y
crianza, de sus estudios, de personas que les marcaron y de las que guardan un
recuerdo tan fiel como si acabaran de estar con ellos. Hablan de una Sevilla
desaparecida, que ya sólo existe en su interior, y que resplandece con perfiles
inéditos para la gente de hoy. Hasta que se cansan, me lo hacen notar, y
pronuncio el simbólico “corten”.)
Cuando me despedí de Enrique
Valdivieso, entre un desnudo femenino esculpido a tamaño real y vestigios de su
época de hombre de teatro, la voz siempre potente del profesor que fue hasta el
final me regaló un cuadro suyo, con la condición de que le enviara una foto del
lugar donde lo colgara. Nunca lo hice. Después he sabido que era una costumbre
suya. Las últimas palabras, en el umbral de su casa de la Borceguinería, fueron
las del zagalón entusiasta que vibraba con los cromos de futbolistas: “Bueno,
tenemos que hacer la segunda parte”. Tampoco hubo segunda parte. Al día
siguiente de que encontrasen su cuerpo y el de Carmen sin vida en el lecho
conyugal fui solo hasta allí con mi cámara y fotografié su balcón lleno de
flores huérfanas y la ventana cerrada con tapaluces del despacho donde había
relatado su vida, ante la misma mesa que empleara Montoto. Me invadió la misma
amargura que cuando vi al pintor Amalio de cuerpo presente. Los artistas, por
lo menos ellos, no deberían morirse nunca. Tengo que ir a contarle estas cosas
al niño mendigo de Murillo y a su madre. Ellos comprenden esta ambivalencia que
me roe. Quizás vuelva a entrar en el mismo sueño de cuando Enrique contemplaba aún
la belleza y nos la explicaba magistralmente.