Abro estas líneas con un futurible muy verosímil. Han pasado algunos años —no muchos— y un nieto (mejor nieta, para que resulte más ajustado históricamente) nos obliga a reactivar la memoria. Hay personajes de nuestra vida pública que se niegan a desaparecer, y no precisamente porque su huella despìerte en nosotros una sonrisa. Zetapé será ya siempre en nuestro recuerdo la encarnación de lo siniestro. Él mismo ha querido liderar la izquierda mundial, como intenta el sucesor que gravita sobre el país, a quien llamo, cariñosamente en términos taurinos, “Zapaterito chico”. De los muchos destrozos que “el tío de la ceja” (Guerra llamaba a Aznar “el tío del bigote”) infligió en el alma de nuestra nación, hay uno que ha tenido continuidad hasta el día de hoy con tenaz inmisericordia: la persecución del franquismo, que él transformó en “Ley de Memoria Histórica”. Zapaterito Chico la llevó a “Democrática”, fiel a su condición de bombero pirómano. Está, a día de hoy, en los Tribunales el intento de ilegalización y disolución de la Fundación Nacional Francisco Franco, que custodia los originales del archivo donde duerme la auténtica memoria histórica de aquellos treinta y nueve años de los que se derivaron los siguientes cincuenta. Fue, en primera instancia, iniciativa de Zetapé desempolvar los peores espectros de nuestro pasado, ignorando la grandeza del comunicado que el Gobierno de Felipe González emitió cuando el cincuentenario del 18 de julio por excelencia (se admiten chistes macabros).
Ahora, la buena memoria, la de
los jueces, ha hecho presa en los cabos sueltos del Zetapé intrigante con fines
mucho más que mercantiles. Es el Zetapé de las sombras ideológicas —el de la
Memoria Histórica, el de la perspectiva de género, el de la negociación con
ETA, el de la derogación de la doctrina Parot, el de la ampliación desatada del
aborto, el de la confusión entre uniones y matrimonios homosexuales, y por
encima de todo el de la manipulación de los atentados del 11 de marzo, en gran
parte por esclarecer— el que ha entrado en el camino del banquillo. La memoria
histórica que él puso en marcha para ver si así se borraba el balance de una
generación y el contraste con otros posteriores se cobra, justiciera, una
víctima con su nombre; no el Zetapé de la ceja sino el completo y verdadero:
José Luis Rodríguez Zapatero, que será el que figure en los libros digitales de
texto que nuestros nietos consulten para estudiar la Historia de España, esa
nación superviviente a las reformas de los estatutos de autonomía que un tal ZP
quiso convertir en motores de la reconfiguración de la Piel de Toro como
“confederación”. (Y que después, no se olvide, el Partido Popular de Mariano
Rajoy llevó a sus comunidades con inusitado mimetismo emulador de “m. el
último”.)
Ignacio Arsuaga, promotor de
“Hazte oír” (¿les suena?) publicó en su momento, un opúsculo tiulado “Proyecto
ZP” donde planteaba con excelsa claridad el programa destructivo de esta
calamidad que enganchó a los artistas con su ceja subvencionadora. En él estaba
casi todo el presidente Zapatero. Lo que no estaba era el postpresidente.
Sugiero a mis lectores que desgranen en su conciencia lo que está pasando y
lleguen a sus propias conclusiones. Porque da para un tomo mucho más grueso que
el informe de Arsuaga. Asistimos a los primeros compases del derrumbamiento
tardoantifranquista. No es que haya que podar la democracia; es que hay que
refundarla desde dentro, como están haciendo algunos jueces buenos que se
resisten a rendirse ante el acoso socialista.
Y esto no ha hecho más que
empezar. Confieso mi incapacidad para imaginar siquiera qué respuesta tendré
que dar a mi nieta cuando me pregunte, Dios mediante, quién fue Zetapé. Ignoro
qué habrá leído en su manual digital, pero si es mínimamente veraz, le habrá
dejado perpleja y llena de inquietantes dudas. Supongo que tendré que
explicarle, con el lenguaje de los cuentos, que “había una vez una nación, cuyo
presidente del Gobierno negaba que existiera, y que decidió hacer justicia con
él y con otros como él que le siguieron…”
P.D.: Me estoy acordando, y
mucho, del teniente general Mena, cesado por el ministro Bono por invocar la
Constitución como garante de la unidad nacional. Era presidente un tal Zetapé.
(Publicado en Sevillainfo el 21/5/26)