jueves, 2 de mayo de 2024

HISPANIDAD

Hace poco más de un año, durante los días 31 de marzo, 1 y 2 de abril, nos congregamos en el Real Centro Universitario María Cristina de San Lorenzo del Escorial, a muy pocos metros del monasterio filipino que regentan los agustinos y visita medio mundo, un grupo de españoles e hispanoamericanos--algunos por vía telemática-- convocados por el filósofo y catedrático, divulgador de verdades, Agapito Maestre, junto a un selecto puñado de colaboradores. Se trataba de citarnos para conocernos mejor y reflexionar acerca de la realidad luminosa que teníamos en común. Y a fe mía que se consiguió, merced al empeño de los organizadores y la generosa aportación de los presentes. Ahora, el estreno del documental "Hispanoamérica" me da pie para rescatar aquella vivencia entrañable que Alfredo Arias, uno de los asistentes, recogió en un volumen de Ediciones Clásicas titulado con acierto "Al encuentro de Res Hispánica (algo ocurrió al lado del monasterio)". Y, efectivamente, se produjo uno de esos ensalmos que dan luz al mundo de la cultura. Aclaremos ya que Res Hispánica es un canal de YouTube y al mismo tiempo una comunidad de navegantes--término insuperable para referirse a la aventura hispanoamericana-- que celebraba en El Escorial su primera cumbre físicamente personal.

Como el edificio herrreriano mismo y la institución que alberga, aquella convivencia traspasó la fugacidad del tiempo y asentó en todos nosotros un sillar inolvidable. Y es que de allí salimos renovados en nuestro espíritu de hispanidad, algo que tiene dos orillas separadas y al mismo tiempo unidas por un océano. Nada menos. Y de fondo, el idioma, ese nexo, más fuerte que las tempestades históricas juntas porque somos lo que hablamos y con más razón lo que escribimos/leemos. O si lo prefieren, lo que Internet difunde.

Soy de la ciudad que sirvió de cabeza de puente entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Es imposible dar dos pasos en Sevilla sin toparse con alguna huella del hecho que nos transformó como civilización madre de un continente. Con sus luces y con sus sombras, somos mestizos hispanoamericanos, los de allí y los de aquí. La vocación iberoamericana --versión ampliada de lo hispano-- de Sevilla alcanza al V Centenario, pero tiene su expresión más perdurable en la configuración urbana y en los testimonios arquitectónicos de la Exposición Iberoamericana de 1929, que nos ha acompañado a los sevillanos desde niños, cuando jugábamos con las palomas de la Plaza de América y después cuando pelábamos la pava con nuestras novias en las barcas de la Plaza de España, como cantaba Perales. La Plaza de España, que proyectó Aníbal González como un abrazo abierto a los pueblos hermanos de Poniente, la tengo a diez minutos de mi casa y casi la diviso desde mi azotea.

Si uno se fija en esas alturas hacia las que casi nunca miramos y que el poeta Joaquín Romero Murube definió como "los cielos que perdimos", descubre América, que no está perdida en el naufragio de esa manía tan española consistente en borrar lo mejor de nuestro pasado simplemente porque, en apariencia, ha pasado (de moda). En lo alto de la cúpula de San Pablo, con su linterna en forma de corona --era real convento dominico, donde fue consagrado Fray Bartolomé de las Casas, el amigo de la Reina Isabel, obispo de Chiapas-- hay indios. Sí, están allí esculpidos mirando a los cuatro vientos. Y en la fachada de la casa más antigua de la calle Betis (antes "Del río"), justo enfrente del puerto y puerta de Indias, en la Triana marinera de Rodrigo el del grito gozoso --¡Tierra!-- desde la cofa, se pueden ver los mismos nativos si uno pone ojo de interpretación cubista.

Somos hispanoamericanos, aunque este Gobierno ignaro y contumaz haya terminado con la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, donde tantos historiadores residieron y compartieron sus investigaciones desplegadas en el herreriano Archivo General de Indias, creado por Carlos III para luchar contra los holandeses y los británicos en el proceloso mar de las leyendas negras. Un edificio, por cierto, concebido como un Escorial en miniatura.

Tengo que expresar desde estas líneas mi profunda gratitud hacia Agapito Maestre y hacia todos los precursores, que lo fueron desde su aparente anonimato, que contribuyeron a relanzar en nosotros y desde nosotros, el amor a la hispanidad. Y lo hago ahora que, por fin, el cine se suma al sentido común y la justicia, con el padrinazgo de Su Majestad el Rey Don Felipe VI.

EXTINGUIR FRANQUISTAS

El deportista de la Moncloa, que se mueve casi tan varonilmente como John Wayne cuando hay cámaras delante, está entregado, entre otras muchas, a una nueva modalidad deportiva: extinguir el franquismo. Uno de los pelotas paniaguados que le rodean con cargo a cargo del erario público (nuestros impuestos, para desorientados y olvidadizos) acaba de ampliar el espectro, pasando a la solución final. Quiere extinguir --exterminar sería más apropiado-- a la Fundación Nacional Francisco Franco. No la va a ilegalizar, porque no puede. Va a liquidarla manu militari, como en los mejores tiempos del Frente Popular.

Ignoro si la sociedad española es consciente de lo que tenemos encima, pero me temo lo peor. Si lo es, la matemática parlamentaria, fruto de una pésima ley electoral que los partidos mayoritarios no han querido modificar, le tiene maniatada. Pero lo cierto es que medidas como la que refiero son pasos sólidos en la consolidación de una dictadura, y estas cosas acabamos pagándolas todos. Recibo regularmente los boletines de la FNFF. Los archivo, porque siempre me he temido que esto acabara pasando. Unos me gustan más y otros menos, pero como ciudadano atento al devenir histórico y su conocimiento, son para mí un tesoro. Y lo son no tanto por el gran caudal de información, parcial pero real, que contienen como por poner de relieve algo de rabiosa actualidad, y es el estado de censura informativa en el que nos movemos. De ahí el interés indeclinable del Gobierno y sus partidos --desde los proetarras hasta los socialistas-- por silenciar también esta voz. Por cierto, que en las comunidades donde el PP gobierna en solitario no han tocado las leyes de "memoria histórica".

Para acercarse sin prejuicios a los cuarenta años de franquismo hay un sinfín de libros desde todos los ángulos. Pero los medios de comunicación, salvo honrosas excepciones, aprovechan que los españoles leen muy poco y bombardean sin piedad a la población con lugares comunes, marchamos de identificación cómoda y una mitología sin matices sólo comparable a la propaganda postbélica en la España de los años cuarenta. Vivimos en una dictadura moral dominada por quienes padecen una obsesión patológica: borrar cuanto desde el pasado pueda obstaculizar sus intenciones de monopolizar el poder. Y casi nadie parece darse cuenta. Mucho menos aún en mi gremio, el de la "Prensa", otrora defensora y beneficiaria de la libertad de expresión y hoy apesebrada a la sombra del goteo gubernamental que mantiene sus constantes vitales, en coma próxima al punto final.

Al fondo de todo, siempre aparece la misma siniestra silueta: la mentira. Y su antónima, la verdad, también se perfila en el horizonte pero como esos cuerpos inertes de ajusticiados pendientes de la horca. Estarán contentos. Así, entre osarios de víctimas exhumadas, prohibiciones inconstitucionales de derechos fundamentales, persecución del conocimiento histórico, expulsión de comunidades monacales y memorias hemidemocráticas, la gente se olvida o sigue ignorando amnistías, independencias, malversaciones, aviones nucleares estadounidenses en Morón de la Frontera, y ese mar de corruptelas que día a día va minando la fiabilidad que aún les queda a los bailarines enzarzados en la danza de la muerte con el ayer.


viernes, 12 de abril de 2024

ADIÓS, EUROPA, ADIÓS

Tomo prestado el título de aquella película pro vida de Manolo Summers, a quien recientemente hemos rendido homenaje un grupo de admiradores no incondicionales y cerrados detractores reunidos por Miguel Olid en un documental estrenado en cines. Y lo hago para glosar un fracaso histórico, cual es el de la viejísima, en el peor sentido de la palabra (ajada, apergaminada, ruinosa, decrépita) Europa. El viejo continente acaba de dar un paso decisivo hacia el suicidio, siguiendo el ejemplo de esa "me voy a callar" llamada Francia. La mayoría de los parlamentarios europeos han decidido recomendar "vivamente"--¡vivales!-- la inclusión del aborto entre los derechos fundamentales. Hay que recordar, antes de seguir, que Donald Trump bien podría ser el nuevo presidente de los Estados Unidos antes de Navidad, y es natural que esa probabilidad tenga muy nerviosos a los políticos que viven de monstruosidades como el aborto. Resulta coherente, pues, que la viejísima Europa --la comunitaria y no toda-- se ponga las pilas anticipándose en el blindaje de este gran negocio. Y si no es así, ¿por qué precisamente ahora?

Si unimos ésta a otras cruzadas progres, como el pansexualismo primero, el homosexualismo después y ahora el transexualismo, el asunto se vuelve mucho más inquietante. Se manipula el fascinante mundo de la sexualidad con fines espúreos e inconfesables pero claramente crematísticos, que son los mismos que están detrás del objetivo de reducción de la población sustentador de la agenda 2030 y del Nuevo Orden Mundial. Este gran proyecto globalista canalizado por la ONU --¡Oh, el altar del nuevo becerro de oro!-- y que ha originado el invierno demográfico en la viejísima Europa, ¿de dónde procede? Va quedando cada vez más claro, si lo unimos a la acción de organizaciones muy gubernamentales que han convertido el Mediterráneo en una fosa como las que tanto le gustan al jefe de nuestro Directorio. Davos, la sustitución de población autóctona por mano de obra barata "importada" y en suma, el debilitamiento de la libertad soberana de las sociedades europeas, ¿qui prodest? Pues eso, que diría el del Directorio.

Europa se suicida, como Summers condenó al cuento de la cigüeña a un desván donde dio a luz aquella adolescente precozmente sexualizada. "Eran otros tiempos", dirán los de siempre, los que dan su vida, o las de otros, por seguir vitaliciamente en la cresta de la ola. Sí, eran tiempos de Humanae Vitae, de ni siquiera imaginar la posibilidad remota de que un aspirador y unas pinzas o una solución salina o una píldora postcoital destrozaran un cuerpo humano vivo. Eran tiempos en que España crecía en prosperidad, base de la natalidad y viceversa. Y en que Europa conservaba aún (me refiero a la occidental y libre, obviamente) esa lozanía de confianza en el futuro que la agresividad de las izquierdas más o menos declaradamente pro soviéticas ha ido eliminando con el concurso ahora de liberales de etiqueta y masonería diversa. Incluso de ciertos círculos eclesiásticos de altos vuelos carroñeros, que no aquilinos.

domingo, 3 de marzo de 2024

LA ANTENA Y EL DOLMEN

En ocasiones, la tecnologia y la filosofía se dan la mano. A pocos kilometros de una gran ciudad, de las calificadas como del primer mundo, podemos toparnos con el punto de encuentro de los dos extremos entre los que resplandece todo, como el arco voltaico entre los dos polos cuando la electricidad pasa por ellos. Escribo de un lugar llamado Valencina de la Concepción, a poca distancia de Sevilla, población y entorno situados en una atalaya privilegiada, el Aljarafe, comarca en alto. Desde las afueras del pueblo se puede dominar un anchuroso espacio, más allá de la gran urbe, que en días claros ofrece la visión de Carmona, situada a casi cuarenta kilómetros de allí. El conjunto dolménico de Valencina es una concentración de monumentos funerarios construidos hace la friolera de cinco mil años por unos antepasados que buscaban en ese paisaje su aposento eterno. Los arqueólogos llevan más de un siglo explorando sus huellas. En el abarcable y muy pedagógico museo municipal se pueden encontrar algunos vestigios que nos ayuden a reconstruir aquel mundo dedicado a la muerte como máxima expresión de la vida. Aquellos antepasados nuestros trabajaban el cobre que hoy sigue siendo explotado a poca distancia de allí con medios y rentabilidad de vanguardia. Según el profesor José Luis Escacena, que ha estudiado a fondo la zona —240 hectáreas, cuando lo normal en estos casos es que no pasen de 6— tal concentración de monumentos megalíticos (por procedimientos geomagnéticos se han detectado más de cincuenta sin excavar aún) obedece, probablemente, a la existencia de un polo de "peregrinación" para enterrar allí a los muertos de muy diversos núcleos de población. El análisis de la cerámica aparecida señala procedencias muy diversas de la arcilla, desde Villamanrique de la Condesa hasta Gerena, de donde procede también el granito de los dólmenes. Valencina es, pues, un enclave colosal para conocer los hábitos funerarios —es decir, la filosofía existencial— de aquellas gentes que habitaban las costas de un inmenso lago (Ligustino, le llamaron los romanos), cuando las aguas penetraban aún muy arriba del Guadalquivir, desbordándolo permanentemente. Allí recalaban también pueblos remotos de Oriente, lo que daría lugar más tarde al establecimiento de puertos comerciales fenicios, como Spal, el origen de Híspalis y después de Ixbilia/Sevilla. El tesoro del Carambolo, entre tartésico y fenicio, descubierto muy cerca de Valencina, da fe de ello.

Pues bien, en pleno volcán de prehistoria —edades del hierro y del bronce, neolítico...— he aquí que se levanta un pequeño bosque de altísimas antenas que salpican de parabólicas y vástagos, a modo de extravagantes plantas metálicas, el aire de esta necrópolis pentamilenaria. Son los postes de las telecomunicaciones más modernas: radio, televisión, telefonía, internet... Están situados en el fondo de saco del extenso pasillo que se abre a Sevilla y alrededores, en el punto más alto del entorno, hiriendo las estrellas a las que aquellos pobladores "recién" salidos de las cuevas querían mirar más allá de la muerte. El alfa y el omega. La hipercomunicación en tiempo real, auxiliada, claro está, por la IA y por la fibra óptica (la luz y su velocidad, pasando por encima del tiempo y del espacio), y la realidad sin tiempo, unidas ambas por la evidencia de nuestra pequeñez disfrazada de grandeza. Hiperbólicos corredores cubiertos de piedras colosales hasta llegar a cámaras herméticas sin fin y catedrales de invisibles ondas electromagnéticas multiplicadas hasta el infinito por la digitalización. Y me asalta una pregunta entre un millón: aquellos primitivos abuelos nuestros, ¿sabían contar números? Es obvio que sí sabían contar historias. Hasta no hace mucho tiempo, por esas antenas pasaban historias sin números (analógicas, les llaman, con indisimulado desprecio, los tecnólogos), que se vertían en el éter hacia cientos de miles de oídos y ojos allá abajo, en la ciudad y sus anejos. Llegó la digitalización y todos nos convertimos en pequeñas antenas, que recibíamos y emitíamos mensajes a todas horas, utilizando el dedo índice encendido de ET. Ideas circulando por encima de la tierra, en la que reposan las cenizas de aquellos hombres, mujeres, niños que recibieron allí sepultura, a los pies de donde se izarían las antenas del progreso.

Misterios. Poderosos misterios.

Alguien me comentaba, entre el dolmen de la Pastora (así llamado por haber aparecido en la finca de la Divina Pastora) y las antenas de telecomunicaciones que cuando se celebraron las primeras elecciones, y después en cada jornada de comicios, las antenas son escoltadas por tanquetas policiales. Hay que cuidar que los contenidos, tantas veces triviales, lleguen a la masa humana de la sociedad contemporánea que, allá abajo, pulula afanándose por algo —poder, dinero— cuyo valor ha desaparecido para siempre entre el dolmen y la antena.

 

jueves, 18 de enero de 2024

LA IA TAMBIÉN EMPIEZA CON ÉL

En su irrefrenable despliegue universal de abanderado progresero (progre y grosero), el tal Sánchez, continuador sinigual de nuestra inveterada tradición felona, acaba de pontificar que Europa debe entregarse a la IA. Así dicho, parece uno más de los millares de organismos en los que el viejo continente ha caído, preso de una tela de araña liliputiense. Hoy, Europa no es más que una dependencia burocrática teledirigida —en plan teletrabajo— por unos cuantos funcionarios de la Casa Blanca y sus centros auxiliares. Léase, salvo excepciones, universidades, medios de intoxicación y cumbres económicas más o menos doctrinarias.

Ha dicho nuestro amado líder que el futuro es de la Inteligencia Artificial, y como de costumbre anda el hombre un poco despistado en cuanto a los tiempos históricos. Cualquiera que escudriñe un poco en el papel de las tecnologías como inductoras del verdadero progreso sabe que la IA no existe. Y ello por dos razones: la primera que no es artificial, sino reflejo del talento y la investigación de la naturaleza humana, toda vez que el hombre es la especie inteligente por antonomasia en la Creación. Y la segunda, más inmediata, porque lo que nuestra lumbrera llama IA no es sino la actualización terminológica del mundo informático, que arrancó, como debería saber un presidente del Gobierno del Reino de España, desde antes de que estallara la II (en realidad segunda parte de la Primera) Guerra Mundial.

En uno de sus muchos viajes en su “falcon” particular, este deshacedor de la unión de reinos (que tampoco sabrá lo que es) podría darse una vuelta por el fascinante museo de Edimburgo. Allí hay una galería entera dedicada a los avances tecnológicos de la Humanidad. Y en una vitrina está nada menos que el maletín donde unos adolescentes de Stanford instalaron el primer ordenador doméstico de la historia, el embrión de los pecés. Uno, que ha leído, por ejemplo, la espléndida biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson, no pudo evitar una pequeña corriente eléctrica —sería más correcto decir electrónica— al contemplar aquel hallazgo colosal que cambió el mundo.

Ahora, nuestro as de la seudociencia particular ha decidido que la IA empieza con él, que ha profetizado su hegemonía. Se lo habrá soplado alguno de los novecientos asesores que le pagamos para seguir profundizando en la descomposición de España como estado de derecho. En su afán por rebautizar las cosas, que es la auténtica clave de todas las políticas de izquierdas, con sus adanismos a cuestas, aquí tienen los socialistas de Sánchez un nuevo filón. Esta técnica, bastante vulgar y antigua por otra parte, fue utilizada hasta la saciedad en materia educativa, hasta sustituir la auténtica educación —con todos sus defectos, claramente corregibles— por un edificio de nueva planta y caracterizado por la deseducación, la deconstrucción y su sustitución por la nada electoralista. Les funcionó, y mucho, hasta hoy, y la prueba está en que cuando los “conservadores” han podido no la han cambiado. Cuando los socialistas y comunistas pasan por la gobernación de un país ya nada se llama igual que antes, como si las cosas hubieran cambiado realmente. Ahora, el muchachito de Valladolid lo está intentando con la informática. Pero ya en su día llamaron a todo esto “la sociedad de la información y la comunicación”. ¿Recuerdan? Los centros (educativos) TIC, las aulas inteligentes y todo eso. Mientras tanto, la Seguridad Social no puede atender, ni presencial ni telemáticamente, a los contribuyentes porque no tienen medios “humanos” suficientes. O la atención primaria en la sanidad andaluza opera peor que nunca. Pero tenemos día de la bandera. Habráse visto mayor papanatez… Aunque ésta es otra historia.

martes, 26 de diciembre de 2023

EL ARTÍCULO QUE SE LE ATASCÓ A ANTONIO BURGOS

 “Viene a lo lejos, llena de luz, blanca de azahar, y es un reflejo de sol en la Madrugá…”

Fue una tarde del verano declinante en Sanlúcar, donde los barcos que daban la vuelta al mundo rendían viaje para poner al corriente al hijo del emperador. La Universidad Internacional Menéndez Pelayo organizaba allí un curso y el guardia que suscribe fue enviado a cubrirlo. Al pie del hotel Guadalquivir, me encontré con Antonio Burgos. Yo venía de Ronda, de otro curso, y todavía no me había repuesto de la noticia que me dio Lola Mouriño, taquígrafa, cuando le fui a dictar mi crónica: Manolo Ferrand había muerto. Aquella tarde junto a Bajo Guía, Antonio y yo teníamos el gesto demudado. Comentamos la “novedad”, y la coda de mi jefe me ha acompañado hasta hoy, que la evoco: “Éste ha sido el artículo que más me ha costado escribir. Mira que si de algo presumo es de pluma fácil. Pero esta vez…” Imagino que con posterioridad habría otros “partos complicados” (¡ay, los padres!), pero aquel día, desde luego, Antonio Burgos se mostraba desarmado por la muerte de un amigo cabal.

Conocí a Antonio, unos cuantos años antes, cuando llamé por teléfono y pedí que me pusieran con Abel Infanzón —bendita inocencia del principiante—. Me convertí en asiduo confidente de desaguisados, que él incluía en aquella mítica página de huecograbado. Todavía me conmueve pasar ante la clínica de Cariñanos, frente a los Jesuitas (que ya tampoco están), en Jesús del Gran Poder y releer el texto del azulejo que recuerda la reconstrucción de una referencia becqueriana “gracias a Casco Antiguo”.

Después vendrían las prácticas de verano, nueve meses de reportajes y desde el 1 de julio de 1981, casi 28 años ininterrumpidos de “servicio activo”, de los que compartí la mayor parte con este niño del Arenal que tanto quería a mi hermandad de La Carretería. De la primera etapa, la de Cardenal Ilundáin, me tocó devolverle un “hasta luego” a mediodía que duraría un puñado de años, hasta que mi director me encargó entrevistarle para recuperarlo. Así fue, con uno de sus gatos levantando acta notarial, y Antonio ha muerto con las botas puestas en su ABC de Sevilla, donde echaba “más horas que el busto”, sin que jamás le viera titubear en el cumplimiento de sus obligaciones. Y eso que probablemente ha sido el sevillano que más se ha encarado con las fuerzas vivas de la ciudad. Sin Antonio Burgos Belinchón ni Sevilla sería hoy la que es, con su conciencia —mucha o poca— de ser ella misma ni el ABC podría lucir en su hemeroteca una colección de recuadros digna de figurar en la antología del mejor periodismo nacional.

Sé que no me perdonarás estos ditirambos, Antonio, pero los escribo con la mejor intención, porque ambos sabemos que en realidad me quedo corto. El miércoles por la mañana tenía puesto, casualmente, a Carlos Cano. Sonaron los inconfundibles compases de “Campanilleros”, que no hace mucho se disfrutaron en nuestras calles tras las Vírgenes de Gloria. Y cuando el granaíno atacó el poema, mi mujer —mis condolencias, doña Isabel— me advirtió: “Esa letra es de Burgos”. Estaba gozando tanto que no había caído, la verdad. Y me acordé de aquel tarjetón que conservo y releo de vez en cuando y que me encontré un Lunes Santo cuando fui a trabajar. Aquel año me tocó cubrir el Domingo de Ramos, y tú escribiste: “Un lirio del canasto de la Carretería por esa crónica”. Nunca tuvo un cofrade mayor elogio, aunque tengo que reconocer —y todavía me escuece— que la lluvia estropeó la cosas días después, y dado que yo no avisé a tiempo, él se me adelantó y cuando nos vimos me llevé mi “rociada”: “Me acordé que era periodista y llamé”, fueron sus palabras.

Así eras, Antonio, pura responsabilidad profesional y entrega a la causa de tu ciudad. Mientras Carlos cantaba en mi casa —“En el Arco de la Macarena, nardo y yerbabuena, la Virgen está, Esperanza que ríe su pena morena, Niña de gracia llena y Reina de la Madrugá”— tú agonizabas, justo enfrente. Te has llevado la mejor visión, la que siempre soñaste, desde que le cantaste a la Giganta aquella declaración de amor inefable, cuando Carlos Ortega se encaramó con su cámara a lo alto de la Giralda, pasando por encima del tiempo (quinientos años). Un pellizco se me ha quedado cogido al corazón, querido Antonio. Te debo un lirio eterno del barco del carbón.

Ahora que habitas los palcos que están en los cielos, mírala y vuelve a dejar constancia de ello: “Pasa la gracia, pasa la luz, pasa la flor, pasa Sevilla, pasa la Madre de Dios.”

(Publicado en ABC de Sevilla el 23 de diciembre de 2023)

sábado, 16 de diciembre de 2023

SEVILLA SÍ, PERO ¿QUÉ SEVILLA?

Volvía anoche del centro de Sevilla paseando, tras una entrañable presentación bibliográfica en su parroquia de San Vicente y la cena posterior con la autora, discapacitada, y su marido junto a mi esposa. Era ya tarde, pero todavía había ambiente, aunque dañado por algunos ebrios vociferantes, propios y extraños. El derroche de luz decorativa era hiriente. Salvo en un punto, que resultaba ser el origen, al menos teórico, que justifica la fiesta. Bajo el llamado “arquillo” del Ayuntamiento se monta desde hace muchos años, cuando aún la luz de led pertenecía a la ciencia ficción, un pequeño Nacimiento, que cada año hace las delicias de pequeños y grandes. Es de ver cómo brillan las pupilas de los niños aprendiendo catequesis cristiana de esas escenas estáticas. Pues bien, frente al turbión de claridad que adornaba las calles del entorno, el belén estaba apagado, a oscuras, pese a lo cual algunas parejas se detenían a contemplarlo. Gran paradoja, muy elocuente por cierto.

Desde muy joven, de niño incluso, he sentido intensamente el magnetismo de mi ciudad. Entiéndase de lo mejor de ella. Con mi padre aprendí a patearla en la intimidad, a recorrer su geografía interior, mucho más allá del tópico y del turismo. Era éste en aquel entonces amable y moderado, claro que también minoritario; es decir, selecto. Visitaban la ciudad gentes cultas amén de curiosas, que saboreaban a ojos vista la esencia que sabían catar en sus rincones, disparando sólo las fotos justas, armados de planos o guías escuetas, sabiendo muy bien lo que querían conocer y dónde estaban de pie.

De aquel turismo tranquilo y fluido hemos pasado a otra cosa bien distinta. La noche “del alumbrado” Sevilla corrió serio peligro de ser portada en todo el mundo pero por una razón contrapuesta a sus encantos. Había treinta policías locales de servicio para atender a una masa humana incalculable pero en cualquier caso compuesta por decenas de miles de personas que habían acudido al centro de la ciudad al reclamo de la luz, como mosquitos en verano. Quienes estuvieron allí —Sierpes, plazas de San Francisco y Nueva, Avenida…— aseguran haber pasado miedo y apenas haberse podido mover en algunos lugares. Una broma pesada al estilo de las que motivaron las famosas “carreritas” de la Madrugada del Viernes Santo y que han acabado en penas de cárcel para sus causantes, un petardo en plena “bulla”, unos gritos desaforados, una voz de “fuego”, y aquello podía haber derivado en una estampida multitudinaria, una avalancha atroz con resultados trágicos. Afortunadamente, nada de eso sucedió. Pero...

Había precedido a tal turbamulta un despliegue municipal de luces sin precedentes. Adornar con bombillas las calles en época navideña ha sido siempre una tradición entrañable, que además de alegrar la vista ha servido como reclamo comercial. Pero este año la exageración ha sido la nota dominante. Si viven en la ciudad o pasan por ella durante las próximas fechas podrán contemplar en la zona más noble del río a su paso por la urbe, a la altura de Triana, un alarde de luminotecnia y un despliegue de sonido para un “maping” que no sólo ha debido costar una millonada sino que congregará, también, a riadas humanas, atraídas por un espectáculo elefantiásico que se compadece mal con las dimensiones de una población ya sólo por encima de la de Zaragoza en 200 habitantes.

El desmadre se ha apoderado de Sevilla. La Navidad es ya otra Feria de Abril. Baste decir que el Ayuntamiento retiró la condición de festivo al día del Patrón —San Fernando— para alargar una Feria que ahora no sabe cómo reequilibrar, pues le sobra un día. El “alumbrado” navideño se parece cada vez más al del real de la Feria abrileña. Acuden al centro sevillano turistas de todo el mundo (el año se va a cerrar con ocho millones de viajeros en avión, en una ciudad que apenas sobrepasa el medio millón de habitantes), a lo que hay que añadir el aluvión de viajeros por tierra desde la geografía nacional y la presión que ejerce la única línea de metro existente sobre un área de muy pocos kilómetros cuadrados.

Hay muchas formas de romper la armonía que ha hecho célebres a ciertos enclaves universales. En Roma, en Florencia, en Venecia o en París lo saben bien. La concentración humana es una de las principales. Y esto también es medio ambiente y ecología. Nadie se pregunta hasta qué punto la sobredosis de consumo de agua que ello supone puede haber contribuido, en alianza con la sequía, a la escasez que tanto Sevilla como Granada o Málaga están padeciendo en sus reservas y que más pronto que tarde puede traducirse en restricciones. No quiero ni pensar qué puede ser de mi ciudad, hoy por hoy plagada de hoteles nuevos, pisos turísticos y alojamientos incontrolados, cuando se corra la voz de que en Sevilla se cierran los grifos todos los días a las diez de la noche.

sábado, 18 de noviembre de 2023

MOMENTO SOS

Hay momentos en la vida que se parecen mucho a esos vendavales de otoño caracterizados por la irrupción de vientos tempestuosos que tememos nos levanten del suelo para llevarnos por los aires enfurecidos, cuales brujos sobre escobas voladoras. Éste es uno de esos capítulos violentos de la vida colectiva en una nación ya demasiado agitada por los temporales como es la nuestra. Tiene uno la sensación de que le falta el suelo bajo los pies, por más que los propulsores de tal estado de cosas intenten convencernos de que “no pasa nada”. Sí que pasa. Mucho.  Uno de ellos, Irene Montero, altamente cualificada para opinar al respecto, lo ha dicho claramente y lo ha clavado: “Hemos cambiado la vida de este país”. En realidad, mucho más: han cambiado a la población misma, sus mentes, su percepción de las cosas, incluso su filosofía existencial, la que nos dicta cada día para qué estamos aquí y hacia dónde queremos ir.

Pero no tanto. Ellos creían que sí, que con sólo pronunciar una frase todo obedecía al designio formulado. Mucho —muchos— ha experimentado la mutación, siguiendo obedientemente los pasos establecidos por el Poder. La capacidad de seducción, que no de raciocinio, se ha erigido en todo Occidente —más en un país tan poco acostumbrado a autodirigirse como España — en la fuerza semoviente de la política. Hoy por hoy, en los territorios democráticos, es posible convencer a la multitud de cualquier cosa, incluso de que borrar los delitos cometidos nos trasladara a un mundo feliz y paralelo en el que todo el personal es bueno. Da lo mismo que nadie lo crea —obviamente; lo que vale es que se lo trague como una promesa de amor mágico.

Al igual que el aplauso es el lacre del bienestar compartido, sin que los aclamadores tengan por qué saber por qué ovacionan, las afirmaciones de un triunfador —pese a que tampoco lo sea— poseen el efecto de la transformación social. De ahí que mentir no constituya propiamente faltar a la verdad sino expresar ideas volátiles como el tiempo mismo que nos han vendido bajo el reclamo de lo nuevo y por lo tanto actual y por lo tanto mejor, mucho mejor, que cualquier tiempo pasado. (Del futuro nadie se ocupa, simplemente porque no existe.)

La falacia ha caído, como los delitos, en el saco roto de la historia que terminó con Fukuyama y ya no ha aparecido por mucho que algunos la hayamos buscado. Nada es verdad ni es mentira. Todo es el del color con que un tal Pedro Sánchez, asistido por una pléyade interminable de coristas de salón a lo cocóes (asesores, presidentes y directores de órganos y empresas del estado, cúpulas del partido, empleados del mismo, diputados, concejales y demás vasos comunicantes de un cuerpo social invadido como de termitas rojas) dictamine que debemos verlo. Ya se sabe que los españoles somos daltónicos, como los perros. O no. En todo caso, la nuestra es una hora Titanic, una hora SOS, “Save Our Souls”. Para entendernos, “Salvad nuestras almas”.

sábado, 28 de octubre de 2023

LA PRIVATIZACIÓN DE LA FELICIDAD

El comentario, representativo de la conclusión, es cada día más frecuente. La vida pública va tomando tintes apocalípticos, aunque, como es natural, intentemos ignorarlos. Y nos refugiamos en el último aprisco que nos queda: nuestra vida privada, principalmente la familia y los amigos. La cara social de la existencia ha quedado secuestrada por la acción de unos cuatreros que nos han robado la ilusión de interesarnos e incluso vibrar con las cuestiones que atañen a los destinos colectivos. En España, el proceso, aunque antiguo, es ya galopante. El racimo de partidos que ha descubierto las mieles del poder durante los últimos años, desde la moción de censura que les granjeó el Gobierno de la Nación (y que, no se olvide, no se correspondía con la mayoría de votos, incluso aceptando la sobrevaloración de los sufragios secesionistas, sector que ha sido desde entonces el amo del país entero) manda ya la nave como si no hubiera otra oficialidad que ellos. A la diferencia entre mayoría de escaños y mayoría de votos en el conjunto del país se superpone el desprecio hacia la oposición, aunque a ésta la lidere el partido más votado. No descubro ningún secreto con lo que escribo, ya lo sé. La voladura controlada de los contrapesos y los controles mutuos es ya un hecho (Constitucional, Legislativo, medios de comunicación, políticas educativas…) que sólo la indolencia, la anestesia y ahora también la amnesia (raíz de amnistía) mantienen en una sordina exasperante.

Todos estamos tentados por ese instinto natural, que tiene mucho que ver con el miedo. La palabra es totalitarismo. Recuerdo que cuando se discutió en las Cortes preconstitucionales qué partidos debían legalizarse y le tocó el turno a los de izquierdas, ésta era la palabra que más rodaba por los mentideros. La Unión Soviética gozaba aún de relativa buena salud, y la memoria de la Guerra Civil estaba muy presente, con la tendencia contraria a la actual. El filtro para legalizar era ése: la ausencia de totalitarismo. Al final, y a diferencia de los países anglosajones o de Alemania, entraron a saco los partidos comunistas, mientras que Felipe González daba la vuelta al PSOE en Suresnes con el beneplácito de la CIA y el apoyo financiero de la socialdemocracia germana de Willy Brandt. Quedaba así expedito el camino para que gobernara un Partido Socialista sin Rodolfo Llopis, que es como decir sin guerracivilistas. Pero ésta es una tribu pertinaz, que Zapatero y Sánchez —uno continuador del otro, como se está demostrando incluso para invidentes voluntarios de la “derecha”— han invitado a determinar nuestro futuro inmediato.

Estamos, pues, inmersos en el totalitarismo, y eso hace amarga y gris la convivencia pública. De modo que apagamos esa habitación y nos pasamos al búnker de “lo nuestro”, llámese reuniones de amigos, el bar de la esquina, el fútbol o la caza. En el pueblo donde me retiro —sí, yo también— los fines de semana, poco más que una aldea de mil y pico habitantes, una venta hizo el otro día comida para doscientos cincuenta monteros. Descuenten mujeres, niños y ancianos y comprobarán que todo el pueblo y parte del extranjero se echa al monte, en el buen sentido. Es sólo un botón de muestra.

España es un país tenso. De ahí ese temor que a todos nos embarga cuando vemos que los asaltatrenes vuelven por sus respetos. Y entonces se hace el silencio y esperamos que la tragedia se cebe con el novillo y no con nosotros. No somos cobardes; es que resulta, por desgracia, cierto lo de Machado: “Españolito que vienes al mundo…” Antes había cierta felicidad en trabajar por nuestro pueblo participando, aunque sólo fuera informándonos de lo que acaecía en la rúa. Ya no. Han conseguido que protejamos la alegría en su último reducto, privatizándola.

lunes, 9 de octubre de 2023

LA PATRIA SUBASTADA

"Sólo se puede destruir una gran nación cuando ella misma se ha destruido interiormente."

 

La frase que antecede pone el colofón a la película "La caída del Imperio romano", gran superproducción de Samuel Bronston dirigida en 1964 por Anthony Mann y protagonizada por Sofía Loren, Alec Guinnes y James Mason entre otros grandes actores. La cinta, de tres horas de duración, es un culebrón histórico y en ella se invirtieron más de dieciocho millones y medio de dólares de la época, aunque supuso un fracaso de taquilla, donde no se llegaron a recuperar ni cinco millones. Rodada en espacios naturales de la sierra de Madrid y de Valencia, Dimitri Tiomkin le puso una música tan colosal como los decorados de esta gran película "de romanos" que la crítica ha ido recuperando posteriormente. La obra dio lugar a una novela, de suerte igualmente incierta.

Y esto, el azar, ha querido que ante mis ojos desfilen por primera vez —creo— estos fotogramas de legiones en formaciones implacables, entreveradas con miradas del arrasador rostro de la Loren precisamente la víspera del día en que los españoles se manifestarían por la unidad de España y contra la amnistía o la autodeterminación como herramientas de su autodestrucción.

No recuerdo nada desde la Transición que haya derramado tantos ríos de tinta. Casi todo lo que llega a mis ojos por estos días tiene el mismo sentido: es la hora final de España “si no se reacciona”. Pero, ¿cómo? El sistema, que tal vez en su concepción era efectivamente democrático pero que, como todos los nuevos había que desarrollar, se ha ido convirtiendo en una cárcel. Son las minorías “territoriales” las que tienen secuestrada a la voluntad general. Así de claro. Y ello ha sido posible gracias a las guerras intestinas de unos partidos al servicio de intereses personales y de grupo cuya gran olvidada ha sido la madre de todos: la Patria. Todo ello aparece fielmente en la película con la que abría estas líneas, por otra parte un alegato bastante demagógico en favor del pacifismo y la alianza de civilizaciones que se pretende asociar con el reinado de Marco Aurelio, el emperador filósofo.

El día que Felipe VI recordaba en público a su hija y heredera cuáles serán las responsabilidades que contraía al jurar bandera, el presidente del Gobierno en funciones se quitaba de enmedio y se iba a Granada a recibir allí un baño de besuqueos jubilados bien controlados a puerta cerrada. Realmente, nos encontramos en un escenario grotesco que revive el carácter profético con el que a veces se reviste el cine. La escena final de "La caída del Imperio Romano" es la de una subasta. El jefe del ejército, que es el que pone y quita emperadores, recibe las ofertas de los senadores venales que aprovechan el vacío de poder para pujar por el Trono. Es entonces cuando una voz en off señala "Así empezó la caída del Imperio Romano". Y añade la frase con la que abríamos este artículo. Tal vez por eso no tuvo éxito en taquilla.

lunes, 11 de septiembre de 2023

TAREA DE GENERACIONES

Para resetear España, única salida al callejón en el que nos ha metido la izquierda (con el apoyo involuntario de la gran derecha) hacen falta, como mínimo, dos generaciones. En realidad, es un problema generalizado en todo Occidente, aunque el nuestro sea en esto vanguardia. Sólo quedan algunos islotes de resistencia: Hungría, Polonia, Chequia (el frente antipopular, por razones históricas obvias), la Italia de Meloni y los Estados Unidos de Trump, que, pese a todo, sigue existiendo.

Personalmente, conservaba cierta esperanza, cada vez más difusa, en el triunfo electoral de un Partido Popular modulado por VOX. Ya no. Debemos grabarnos, para muchos años, dos fechas: 11-3-04 y 23-7-23. El comienzo y el final de la destitución de España. Lo ocurrido el pasado día 23 de julio es la confirmación de los peores temores que podíamos albergar: Ni nuestro sistema es democrático ni un amplio sector del pueblo español sabe lo que se trae entre manos cuando vota. Nos podemos quedar en el tacticismo, y entonces creer en los milagros de la aritmética, que haberlos haylos, confiando en una carambola de última hora. Pero este tipo de magias es, también, patrimonio de la izquierda, cuyo sumo sacerdote es el mayor prestidigitador —tramposo— que hayamos padecido nunca. España está abocada al cautiverio, aherrojada por los nuevos bucaneros de la política y atrapada en sus dos grandes debilidades: la educación y la comunicación.

Desde la misma Ley General de Educación del año setenta, el virus de la dictadura intelectual de corte marxista anda por sus fueros en las aulas de nuestra patria, consolidándose paso a paso, año a año, curso a curso y en todas las etapas. Nacido de la Universidad, donde la URSS sembró dicho virus metódica y pacientemente —ahí y en el mundo del trabajo— fue invadiéndolo todo hasta llegar a los jardines de la infancia (hoy “escuelas de educación infantil”). Y de ahí, obviamente y por capilaridad, al conjunto de la sociedad. Recuerdo cómo el profesor Rodríguez Adrados, gran filólogo clásico, ponía en guardia desde las Terceras de aquel ABC contra el absolutismo socialista que todo lo ocupaba.

Tras pasar de la universidad a todo el sistema educativo mediante el apesebramiento de cualquier descontento docente y el empoderamiento de los padres-votantes, la tiranía del pensamiento único socialista pasó, como digo, a las mentalidades colectivas, y para que el proceso no tuviera marcha atrás, entró en bucle a través de los medios de comunicación. La “reeducación” de los periodistas también nació en las facultades de Comunicación. Por poner un botón de muestra, el profesor melenudo que en vísperas de las elecciones del 28-M le volvía la cara a la candidata de VOX en un debate televisivo es uno de los que “forman” a los futuros comunicadores en la capital hispalense.

El silencio profundo que ha acompañado a las concentraciones contra la amnistía ante los ayuntamientos españoles —por otra parte, un gesto tan digno como inútil— nos indica hasta qué punto la sociedad española está incomunicada consigo misma, primer paso para la insania. El poder político lo domina y controla todo, desde las redes sociales mediante las empresas afines contratadas para ello, hasta el fútbol, gran negocio como bien saben los más potentes empresarios de la comunicación. Solapada o abiertamente, los periodistas, salvo muy escasas y parciales excepciones, se pliegan más y más cada día a este designio piramidal, cuyos últimos hilos se pierden en la bruma de las alturas.

Claman los elefantes, al borde del lago de su declinación, por el “espíritu de la transición”. Pero fueron ellos los que idearon el modelo educativo del que han surgido sus detractores. La respuesta de la portavoz del gobierno a las críticas de Felipe González lo dice todo. ¿Su único argumento? “Son otra generación.” Vengo escuchando esta vacuidad desde que la mía peleaba por hacerse un sitio, aunque a decir verdad nunca supe muy bien en qué consistía la solvencia de tal descalificación. Que a estas alturas, sólo el calendario sirva para defender o menoscabar unas ideas sí nos aporta algo importante. Gobierne quien gobierne ahora, resulta más bien irrelevante, porque el problema, efectivamente, es de generaciones. Tras las últimas elecciones generales, una cosa está clara: España necesita un reseteo, que pasa por la vuelta a una educación auténtica y por la regeneración del mundo mediático. Y eso es labor de generaciones. Lo primero sería adoptar la resolución de acometer la obra. Después, tener la constancia de mantenerla viva y la generosidad de saber que no la veremos coronada. En definitiva, fe, esperanza y caridad. ¡Ahí es nada!

lunes, 31 de julio de 2023

EL BOTAFUMEIRO DESCONTROLADO

El cruce de cartas entre Feijoo y Sánchez, iniciado por el primero y zanjado abruptamente por el segundo, resulta harto revelador. En primer lugar, y aunque parezca mentira, de la ingenuidad del ex presidente de la Xunta, que no acaba de salir del terruño, donde, como bien sabía Álvaro Cunqueiro, nada es lo que parece y es posible torear al vecino haciendo gala de ese lenguaje cerrado de claves entre irónicas, socarronas y endogámicas que emplean los celtas profundos. Pero eso, al otro lado de la carretera de La Coruña, no cuela. Y en la Mareta menos. Nos habla, además, a las claras el breve epistolario entre pretendientes de mayorías de la resistencia --resiliencia, dicen ahora los cursis de la economía-- que caracteriza al socialista y que está a punto de pulverizar España en sus manos. Sigue como el primer día, chulo, es decir, guapo en toda la extensión del término. Para él no pasa el tiempo (el narcisismo es así), como si acabara de pulsarse el botón de stop en la cámara que grabó aquel mensaje ante la pandemia en el que donde decía "permanecer en nuestros hogares" quería decir renunciar a nuestras libertades. Y es que Sánchez gusta mucho en las peluquerías, porque no es nada lgtbi, sino todo lo contrario. Ese porte de pívot encestando con toda su anatomía de Victoria de Samotracia desplegada hacia el aro y la red ha conquistado tantos votos como la coleta del otro en su día. Él lo sabe de sobra --sobrado-- y unas veces emplea sus giros turgentes de voz de confesor años setenta y otras, como en esta ocasión, aires de Mareta, con su punto marroquí/sahariano, al tratarse de un escrito que responde, respondón, a otro del acólito liberal-conservador-centrista-progresista-conciliador (el PP se ha convertido en una suerte de osciloscopio buscando siempre no el justo medio sino la media de la masa, el electro plano). La estantigua ha lanzado el botafumeiro con la intención oculta, tal vez, de estrellarlo en la cara del otro. Incluso le ha tuteado --al contrario que su interlocutor--, para recordarle hasta la saciedad que ha sido él quien ha ganado las elecciones --¿tal vez no se lo cree y en realidad se lo reitera a sí mismo?--. Pero el chulapo impostado le ha pegado su propio empujón al incensario para que vuelva a su punto de origen, pasando, que es lo que le interesa, por el centro, donde coge impulso relanzado por los acólitos de la moderación. De boomerangs sabe más Sánchez que Feijoo. Y si no, que se lo digan a Susana Díaz.
Lo malo es que a los acólitos se les vaya el botafumeiro de las manos y acabe destrozándoles la cara. Como a Ciudadanos.

lunes, 17 de julio de 2023

AHORA O NUNCA

No recuerdo una campaña electoral tan bronca como ésta. Y es que hay mucho en juego. Tánto que, como bien advirtió Sánchez a su grupo, estamos ante el primer intento serio de cambio radical de rumbo tras un largo camino de ida, jalonada de mentiras, hacia abismos morales con sus corolarios económicos cuyo apoteosis en nuestro país lo encarna la irrupción, por primera vez desde la Guerra, del frente comunista en el poder. Desde aquel "sí se puede" que nos ha traído a la memoria histórica el documental "El autócrata" y que en realidad era la sanción de un proceso abierto por el gran beneficiado del 11-M, los españoles se han adentrado en una trampa colosal y totalitaria, un callejón sin salida, la pesadilla de encontrarse maniatados por unos acontecimientos viciados de origen donde toda ruptura tenía su asiento con tal de mantener el del presidente del Gobierno ocupado por el trasero de Pedro Sánchez.

Todo eso y mucho más se tambalea. No me atrevo a decir que toca a su fin. He visto ya demasiadas cosas en esta España de mis entretelas. Pero o todo el mundo, salvo Tezanos, está equivocado o el hartazgo hace las cosas inaplazables. Ahora bien, ¿qué panorama nos aguarda? El apuntado cambio de rumbo es un movimiento profundo, vasto y ambicioso. Tal cosa no puede abrirse camino en una balsa de aceite. La resistencia por parte de quienes nunca habían conseguido tánto en tan poco tiempo y con tanta facilidad sería numantina. La repetición de la euforia popular por los resultados del 28-M (y su reverso, la desolación de la izquierda, manifestada en la atropellada convocatoria electoral), el intrincado camino de los pactos de la derecha, de incierto futuro y malogrado en Murcia, y, en fin, el giro copernicano en el reparto del poder por lo que respecta a regiones y municipios, tropieza con un escollo de dimensiones incalculables de cara a las elecciones generales: los separatismos y la ley electoral con la que un ingenuo Adolfo Suárez quiso acabar con el terrorismo y los fantasmas del pasado remoto concediéndoles una sobrerrepresentación que desequilibraba gravemente la soberanía nacional, desvirtuándola y quizás abortándola. Ésa ha sido la llave de la llegada y permanencia de un tal Sánchez a y en La Moncloa. Lo peor, sin embargo, no es que algo establecido sin consulta popular por un presidente de Gobierno franquista hace cuarenta y siete años, bajo la presión, hoy inimaginable, de las bombas y las metralletas, siga vigente, y vaya a condicionar unas elecciones tan cruciales como las que se avecinan. Lo más lamentable y peligroso es que ningún partido haya querido cambiar esa regla del juego que hace a los españoles no separatistas --es decir, a la inmensa mayoría-- rehenes de éstos. Y sobre todo, que ninguno con posibilidades de gobernar lo lleve en su programa electoral. Aclaremos que no se trata de un precepto constitucional. Nada de eso. Es una ley orgánica. Para reformarla basta la mayoría simple (mitad más uno de los presentes) del Parlamento. Ésta es la verdadera clave de la gobernabilidad futura. Si el partido o los partidos que logren la investidura no tienen voluntad de acabar con esta adulteración de la democracia, golpes como el de la moción de censura y la aprobación de decretos inconstitucionales a los que hemos asistido durante los últimos años, estarán siempre en el horizonte. Y la inevitable consecuencia también: la sumisión, a la larga, de la derecha moderada a cuanto dicte la izquierda revolucionaria.

lunes, 3 de julio de 2023

EL ESTRIBO EXTREMEÑO

 A veces, uno siente, como buen pesimista, la alegría de haberse equivocado. No lamento nada que el curso de la Historia me haya quitado la razón en el contenido del artículo anterior. Creo poder afirmar, sin faltar a la verdad, no como otros, que los hechos han cambiado, no yo. Cuando escribí “Justo lo que Sánchez buscaba”, las cosas estaban muy crudas en Extremadura para llegar a un entendimiento entre el PP y VOX. Esto no es un secreto para nadie. Las cartas le sonreían a Sánchez, que veía cómo la jugada de adelantar las elecciones a una fecha que dificultara los pactos entre los dos partidos de la derecha le salía que ni pintada. Evidentemente, lo que de verdad le importaba no eran los ayuntamientos y las regiones, ya perdidos para el PSOE, sino su asiento en el Falcon presidencial, porque de que ambos partidos opositores unificaran criterios o no dependía el Gobierno resultante del 23-J.

¿Qué ha sucedido desde entonces? Aquí sí hay fruta que desgranar. Aparentemente, lo sabemos todo, a partir de la sustanciosísima rueda de prensa —por las respuestas, no desde luego por las aburridísimas y monotemáticas preguntas de los periodistas amaestrados, al servicio unánime de la corrección socialista— en la que una María Guardiola de radionovela y un Ángel-Pelayo Gordillo que hacía con ella pareja digna de Pimpinela arrepentida, dieron la vuelta a lo que parecía una ruptura sin remedio, convirtiéndola casi en un romance con carta de sesenta puntos. Ninguno de los cuales, por cierto, parecía interesar lo más mínimo a unos periodistas que de sus orgullos venían y a sus orgullos iban.

Hay mucho en la cocina de estos acuerdos. Y hay un personaje que, como suele suceder, se ha perdido entre las patas del escenario pero que ha sido la clave de todo. Le gusta aparecer en las fotos con cara de bufón, pero de eso nada monada. Es alguien muy hábil y seductor, una mezcla de arriolas e ivanes redondos. Naturalmente, es “comunicólogo demoscópico” y tiene su empresa. Me voy a guardar muy mucho de citarlo por su nombre, que, por otra parte, ha estado en las redes muy intensamente durante cuarenta y ocho horas, no más. Porque ha sabido desparecer, por el momento, arte de la que depende la supervivencia en los ámbitos en que él se mueve. Para resurgir siempre, es verdad. El joven —ya no tanto— en cuestión ha estado presente en la vida de quien esto escribe, entre bastidores. Pero muy presente. Asesoraba a un político, sevillano como él y como yo, muy influyente en el periódico en el que yo trabajaba y —sobre todo— escribía. Mis lectores saben de mi obsesión con el aborto; o mejor dicho, pro vida. Y puede que haya quien recuerde algunos de mis artículos en dicho periódico atacando la cobardía del PP en esta materia. Cobardía que no ha hecho sino crecer desde entonces, y lo sigue haciendo. Pues bien, mis colaboraciones se fueron extinguiendo hasta recibir la indicación de la calle, momento en que me refugié en este blog.

Me olvidé de todos aquellos lúgubres manipuladores, pero ellos han seguido intrigando, y finalmente, nuestro “comunicólogo demoscópico” —progre, naturalmente, y por si hubiera duda ahí están sus habituales colaboraciones en medios del pesebre— va y salta a la “fama” como el gran obstáculo para el pacto extremeño que sin duda prefigurará el nacional de los próximos años. In extremis, cuando Fernández Vara ya tenía fijada fecha para su investidura, Feijoo ha obligado a Guardiola a defenestrar a nuestro instigador —rescindiendo el contrato que tenía con él—  y de pronto, por arte de birlibirloque, ha surgido de la nada un acuerdo de sesenta puntos, una consejería clave para VOX y la paz con una Guardiola cariñosa y a punto del llanto al reconocer que ha tenido que envainársela y probablemente al recordar hasta qué punto ha sido pelele de su “fontanero”.

Habrá en el PP una tormenta sorda tras lo de Extremadura. Esperemos que las costuras aguanten el temporal, porque el ala socialdemócrata, o simplemente acomodaticia, que es la que manda, no va a bajar la guardia. Y también habrá por parte de los de Abascal, una durísima digestión. No es lo mismo estar enfrente que dentro del edificio en llamas. Pero vuelvo a otro artículo mío reciente, el de la abuela de la Reina y su frase “Si esto lo salva alguien son los de VOX”. Y sobre todo, yo también me cubro de ceniza y me visto de saco, para acompañar a María Guardiola que tanto habló de soberbia, y reconozco que en boca cerrada no entran moscas; o sea, que me equivoqué, afortunadamente, aunque a partir de ahora quede lo más difícil: mantener la humildad por ambas partes… y por la tercera, ésta que escribe, también, porque la Historia es lo menos predecible que existe.

jueves, 22 de junio de 2023

JUSTO LO QUE SÁNCHEZ BUSCABA

Pongamos que tú tienes veintiocho euros y necesitas cinco para poder pujar en subasta por un cuadro que quieres y que llevabas mucho tiempo pretendiendo. Yo tengo exactamente esos cinco euros; somos amigos y te los ofrezco a cambio de que el cuadro lo podamos disfrutar ambos. Acepto, como es obvio, que la pintura luzca en la galería de tu castillo, pero a cambio te pido que me dejes disponer de su contemplación durante una cantidad habitual de tiempo que a tí te parece excesiva. No te voy a privar del cuadro ni un minuto; sólo te reclamo poder compartir su belleza. Pues bien, con tal de no dejarme ni un momento de acceso estable a la obra de arte, toda para tí, prefieres quedarte sin cuadro. “Como no te quiero conmigo, me quedo sin nada”, me dices. A mí eso me suena a rabieta infantil.

El Partido Popular tenía en sus manos el gobierno de Extremadura. No había ganado las elecciones —el PSOE había sacado muchos más votos— pero por aquello de la distribución de escaños había empatado. Lo tenía todo. Y por no ceder una pequeña parte se queda sin nada. ¿Ustedes lo entienden? Yo tampoco. Si no me falla la calculadora, 5 es un 15,15 por ciento de 33, que era la mayoría absoluta necesaria para la investidura de Guardiola como presidenta. VOX pedía entrar en el Gobierno extremeño. Eso es lo que entendía y entiende que habían expresado sus votantes. Obviamente, en una proporción adecuada a su representación. Si la Junta extremeña de Guardiola iba a tener, pongamos por caso, diez consejerías, VOX tendría entre una y dos. Razonablemente, y dado que era la llave necesaria, optaría por dos. Eso era lo importante. Pero el PP le ofreció, sí o sí, sólo la Presidencia del Parlamento regional. Por si alguien sigue pecando de ingenuo, hay que recordar que las presidencias parlamentarias sólo sirven para moderar las sesiones, y no siempre, ya que a menudo el titular se ausenta y ocupa su lugar un vicepresidente. A la hora de la verdad, quien toma las decisiones es la Mesa, donde están representados los principales grupos en función de sus apoyos electorales y que suele ser objeto de arduas negociaciones. El PP quería que VOX estuviera ausente de la Mesa. ¿Se imaginan a un presidente de la asamblea con una mesa detrás condicionando sus escasas prerrogativas y sin que nadie de su partido abogara por él? Y por supuesto, de presencia en el Ejecutivo, nada de nada.

Este Partido Popular de nuestras culpas está cayendo, como si fuera un pardillo, en la gran trampa que Sánchez tendió el 29 de mayo. Aquel día volvió a desafiar las reglas del juego (él puede) y llevó a cabo una jugada magistral: No dar tiempo a la oposición para pactar. Ésta ha sido la clave de su estrategia, bien madurada para el caso, histórico ya, de que la izquierda perdiera las municipales y autonómicas. Y le está saliendo bordada. Salvo en Valencia, donde el PP local se ha adelantado —aquí todo se fía a la velocidad, como en el fútbol— a la torpeza sospechosa de Feijoo, las cosas se están poniendo muy difíciles de cara a las alianzas gubernamentales nacidas del 23-J. Eso era exactamente lo que perseguía Sánchez. Y el ala preponderante en el PP está haciendo lo demás, enarbolando banderas ideológicas de la izquierda para “defenderse” de VOX. ¡Qué pena!

sábado, 3 de junio de 2023

LA FRASECITA DE LA ABUELA

“Si algo nos va a salvar van a ser ellos.” Tenor literal. “Ellos” son los de VOX. Los más avisados habrán identificado a la autora de la frase. Era periodista, ya muy mayor cuando pronunció esas palabras, en el curso de una entrevista para ok diario realizada en 2019. La concedió con la condición de que se publicara después de su muerte. Pero lo dijo, y no rectificó. Se llamaba Menchu Álvarez del Valle. Fumaba como una descosida, sin hacer caso a los consejos de su nieta, cuyo marido era más tolerante, teniendo en cuenta la edad de la abuela aquel 7 de diciembre de 2019, un mes después de las elecciones generales que dieron como resultado el Gobierno al que ahora quedan dos meses mal contados. Menchu Álvarez había sido toda su vida locutora de Radio Nacional de España en Asturias, y cuando concedió la entrevista en cuestión vivía en Ribadesella, adonde iba de vez cuando la Familia Real española a echarle una vuelta. Sí, la abuela lo era de la Reina Doña Letizia, por parte de madre.

En honor a la verdad, la abuela matizaba que no todos los líderes de VOX le gustaban. Principalmente simpatizaba con Santiago Abascal; otros le parecía que hacían las cosas “regulín”, y hasta habló de “miedo”. Pero la conclusión era la que encabeza este artículo, nada menos. Cualquiera puede oírlo de su boca porque la entrevista está colgada en Internet en versión audiovisual.

En aquel momento, no habíamos llegado, ni de lejos, a donde estamos ahora. Sánchez nos había asegurado que dormía tranquilo, pero ya había hecho de las suyas, y lo que se anunciaba desde Podemos o desde el golpismo catalán no debía dejarle dormir a la abuela de la Reina muy apaciblemente.

La actualidad de esa frasecita hace de ella un vozarrón de ultratumba para una España aún profundamente dividida pero que despierta a ojos vista. Y sobre todo es un zamarreón al partido que reflotó el pasado domingo para que no actúe, en el fondo, igual que el autócrata de La Moncloa. Si yo viniera de las tinieblas del bosque y me encontrara en un claro con un compañero de viaje más bajito que yo, lo último que haría es invitarle a volver a la espesura y quedarme solo con mi estatura. Porque podemos ser muy altos, pero cuantos más ojos amigos dominen mis espaldas, menos probabilidades tendré de que me doblen las rodillas y me vaya al suelo. El PP no debe olvidar nunca que la especialidad de Sánchez —y de algunos de enfrente— es la traición. Nuestra fragilidad es siempre la retaguardia, como ocurría en el colegio cuando formábamos en las filas y nuestro compañero de atrás nos metía las rodillas en las canillas. ¿Recuerdan la sensación de indefensión? Con VOX a su lado, vigilante, el PP dominaría 360 grados. Solo y expuesto además a las puñaladas propias, tiene el peor flanco descubierto. Está muy bien mirar al futuro. Eso da esperanza. Pero siempre está mejor hacerlo tras haber asegurado que la barbarie en la que ha incurrido el Gobierno de España durante estos tres años y medio no volverá.

miércoles, 3 de mayo de 2023

DOÑANA, LA SEQUÍA Y LA IMPREVISIÓN SOCIALISTA

Tengo ante mí el lomo del libro “El mito de Doñana”, pionero en su género y por su temática, en el que el llorado Aquilino Duque describía meticulosa y enciclopédicamente los muchos y variados valores que este humedal encierra. El título era provocativamente equívoco, pues el libro era una defensa ecológica del conservacionismo cuando Doñana era ya un espacio amenazado y mundialmente conocido. Las últimas páginas del libro son un alegato contra la carretera costera Cádiz-Huelva, que nunca se construiría pero que en aquel momento — a caballo entre 1976 y 1977– constituía aún objeto de vivo debate, si bien leyendo las cartas abiertas que iban y venían por ambas partes uno se da cuenta de hasta qué punto las discusiones públicas se han ido hundiendo en el lodo de la zafiedad con posterioridad.

Tras leer el libro del novelista y poeta maldito de la izquierda, lo primero que me asaltó fue la anchura de mi ignorancia sobre Doñana y sus verdades. Cuando un tesoro natural —y cultural, como bien han sabido, por ejemplo Jesús Vozmediano o Javier Castroviejo— como éste se convierte en arma arrojadiza para la política o en objeto de satisfacción de oscuros fanatismos, obras como la de Duque, editada por el Ministerio de Educación y prologada por Miguel Delibes (padre, naturalmente) cobran una altura gigantesca y debelan la gran estafa en la que Doñana se ha ido convirtiendo con el tiempo.

Seguimos sin saber apenas nada de Doñana, más allá de cuatro lugares comunes muy útiles como digo para lanzarlos al mar de la demagogia y dañar al adversario. Si el Gobierno actual se atreviera a hacer lo que llevó a cabo aquél de 1977, pondría al alcance del pueblo soberano este monumental trabajo, eminentemente gráfico, que al menos documentaría a nuestras generaciones actuales y también a las futuras si se distribuyera por los centros docentes y se aleccionara a los profesores acerca de la necesidad que la sociedad actual tiene, especialmente la andaluza, de saber de lo que habla y sobre todo de lo que le hablan.

Doñana —el ecosistema que también está compuesto de seres humanos— es una realidad sumamente compleja, cuya palabra clave es “agua”. La Junta de Andalucía ha cogido el toro por los cuernos y ha puesto encima de la mesa una ley que pretende hacer compatible de manera equilibrada las necesidades de la biomasa con las del uso humano, que pasa, obviamente, por el cultivo de la tierra. Alguien muy vinculado con estas lides y de indudable filiación ecologista me comentaba que resulta indecente echarse encima del Partido Popular porque, junto a VOX, ha afrontado la situación cuando el PSOE, en cuarenta años de gestión, ha sido incapaz de llevar agua a Doñana. 

Y es que las políticas de inspiración marxista siempre son restrictivas, nunca creativas. Su lema es intervenir, prohibir, inhibir. Si no llueve lo suficiente, el sentido común y el del patriotismo sugieren algo muy simple: llevar agua de cuencas donde la hay a otras en las que falte. Es el objetivo de la solución propuesta por los conservadores andaluces. En realidad, debería ser la meta urgente del Gobierno de España. Pero en vez de construir y mejorar pantanos y trasvases, el Ministerio se dedica a destruirlos (ya van más de doscientos eliminados). Analizar las teorías radicales que subyacen bajo estas políticas nos llevaría muy lejos, pero se podrían resumir en la filosofía de concebir al hombre como enemigo de la naturaleza, en una especie de planeta Tierra poblado por una especie humana que ha renunciado a verse a sí misma como “homo sapiens sapiens”. Y ni siquiera podemos decir ya que sea un lobo para el hombre, porque entonces estaría hiperprotegido.

 

sábado, 15 de abril de 2023

LA DESDIGITALIZACIÓN

Y perdonen ustedes el exabrupto, pero los ministros del nuevo orden mundial se emperran en administrar en los bautismos extrarreligiosos los nombres más peregrinos. Leo que el mercado del automóvil —y detrás de él siempre va la industria— comienza a involucionar para corregir el rumbo. Me explico. Al parecer, los clientes de cuantos modelos han invadido los catálogos en los últimos lustros (frenazo pandémico incluido) no acaban de estar contentos con la automatización que la inteligencia artificial (IA para los cursis) ha introducido, también, en los habitáculos automovilísticos. Tanta pantalla táctil, tanta palanquita giratoria de las mil combinaciones, tanto sensor por doquier, o tanto mensaje de voz, agobian. Y el resultado es que un caos sordo se va apoderando del conductor hasta sumergirlo en un letargo muy peligroso: la relajación del rendido.

La conclusión a la que están llegando los sesudos del márquetin es que no hay otro remedio sino volver a los coches preponderantemente analógicos. Como los discos de vinilo o ese inquietante mundo vintage que va ganando plazas en la guerra de los escaparates, por no hablar de los pedidos por Internet. La gente quiere controlar su medio de locomoción, no al revés. Ya suficiente control ajeno tiene que soportar al volar o viajar sobre raíles; incluso cuando el volante del bus lo lleva otra persona, con su mar de contradicciones, disgustos, pasiones y malas noches a cuestas. Queremos saber dónde está cada mando, localizarlo pronto, manejarlo disciplinadamente y asumir nuestra responsabilidad en libertad. Tan simple como llevar un coche y no una nave espacial para la que no estamos preparados y que encima nos cuesta mucho más cara, al comprarla y en averías. Parece mentira que hayamos llegado a esto, a tener que recordar lo obvio. Pero lo cierto es que los gestores de esta estratégica industria ya le han visto las orejas al lobo, porque los coches al alcance de nuestras entendederas —es decir, los desdigitalizados— empiezan a ser los más vendidos. Si a ello añadimos que el mercado de segunda mano cada vez se revaloriza más, probablemente por la misma razón además de por la crisis económica, el futuro, amigos, parece pertenecer a los no nativos digitales. Al menos en cuanto al panorama de las cuatro ruedas.

Ahora voy, brevemente, a lo más importante. Porque tengo para mí que esto de los coches fáciles de conducir no es sino la punta del iceberg. A bote pronto, seguro que a usted se le ocurre unos cuantos “inventos” de los que prescindir es mejor que depender si queremos durar más y vivir mejor. Usted mismo.

domingo, 12 de marzo de 2023

EL COLAPSO

“Cuando dos elefantes luchan, la que sufre es la hierba.” La sentencia me la encontré no hace mucho en la película “Palmeras en la nieve”, de gran éxito en las pantallas patrias. La pronuncia un capataz nativo de la Guinea española refiriéndose, a modo de evasiva, a la disputa entre los partidarios de la colonia y los de la independencia. Confieso que escribir se me hace cada vez más cuesta arriba, inmerso como me hallo —quiero pensar que como muchos de ustedes— en esa enervante sensación de habitar dentro de una escafandra en un paraje donde el oxígeno escasea cada vez más. Desde el 11 de marzo de 2004 —ya ha llovido… en algunos sitios— la política española se ha visto invadida por seres extraños, como alienígenas que en todo caso hablan un idioma propio de especies animales —esto ya no es ningún insulto, sino todo lo contrario— ajenas a nuestra configuración intelectual. Difícil, casi inviable, entenderse con ellos. Luego están los de siempre, los agrupados bajo las grandes siglas del pasado, que curiosamente es remoto en el caso de quienes pactan con los anteriores. Y finalmente, tenemos a los “alternativos”, que hoy por hoy son los que antaño se llamaban conservadores. Para entendernos, los que se congregan bajo las siglas del PP y de VOX.

Muchos españoles percibimos en la boca del estómago que estos últimos, los “alternativos” de hoy, son los únicos que pueden librar a la comunidad nacional de una hecatombe que gana terreno cada día. Pero ambos elefantes —obviamente, de momento, uno mayor que otro— no encuentran espacio para trabajar juntos. Creo, honradamente, que las distancias se agrandan porque uno de ellos, el indudablemente mayoritario, tiene un problema de identidad. Ante la desfiguración del entorno, presa de un pandemónium en el que se entrecruzan los pactos con filoterroristas, la disculpa interesada de los golpistas, la liberación de los violadores y la degradación del ser humano a la categoría de “homicida de ratones” como antesala de la invitación a la zoofilia, sin olvidar la disolución de los sexos y la invitación a la pedofilia, el líder del PP “empitona” una y otra vez al partido que tiene a su lado, no enfrente. Ha señalado el señor Feijoo que el PSOE está sufriendo un colapso. Mejor no hablar de colapsos, señor mío, porque el auténtico fallo general irreversible lo sufren los embriones humanos en el vientre de sus madres cuando, con todas las bendiciones legales, la mano de un hombre maduro y fuerte entra a saco para destruirle. Ése es el auténtico colapso que sufre nuestra política y sus profesionales, militen en el partido que militen si no están dispuestos a evitarlo. Lo demás son coyunturas más o menos dificultosas de las que la izquierda sabe salir mucho más airosa que sus ¿contrincantes?

Podríamos hablar de los otros colapsos, los de las víctimas del terrorismo, o las mujeres violadas que asisten a las rebajas penales de sus agresores, o los niños abusados en la misma situación, o los transexuales arrepentidos que se dan cuenta de haber sido manipulados demasiado tarde. Pero todo eso y mucho más, señor Feijoo, tiene un origen, y el principio se llama aborto. No en vano, fue, junto a la ocupación de la Justicia, lo primero que el Partido Socialista llevaba en su agenda cuando arrasó en el 82 y vuelve a ser lo primero que ha puesto sobre la mesa ahora, tras reconquistar el Tribunal Constitucional, tras trece años sin que los magistrados nombrados a propuesta de ustedes hayan hecho nada por desbloquear una sentencia que el catedrático Andrés Ollero Tassara había elaborado como ponente en términos contrarios a los que ahora han triunfado.

Dice el señor Feijoo que el aborto es un derecho de la mujer embarazada, y precisa, para desmarcarse de la izquierda, que no es un derecho fundamental. Nada de eso se apuntaba siquiera en las resoluciones del último congreso popular, año 2017. Guste o no, lo cierto es que en el actual panorama de la vida pública española (y no sólo, desde luego) el aborto sigue siendo la piedra de toque. No todo es economía, aunque también ésta dependa de los valores morales: la democracia es casi lo mismo que la demografía. Nacer es el primer derecho, y si el principal partido de la oposición no entiende esto, tiene un problema de futuro: saber dónde está de pie. Pelear contra los afines por algo que debería ser el mayor nexo entre ellos —la defensa de la vida humana— es, además de suicida, pisotear la hierba. Y ésta, como la gestación “interrumpida”, no vuelve a crecer donde lo hacía.

 

(Publicado en EL DEBATE el 11 de marzo de 2023)

lunes, 16 de enero de 2023

CALLES PARA DESHONRAR

 Paseo con frecuencia por los alrededores de la iglesia parroquial de Santa Ana, epicentro del arrabal trianero de Sevilla. Pocos enclaves hispalenses reúnen más y mejores títulos de grandeza histórica, desde su fundación alfonsí con el encargo a los monjes cistercienses de las Huelgas burgalesas de imprimir su sello al templo hasta los sones hondos del cante que los gitanos de la Cava elevaban muy cerca de allí. Y pasando por un personaje cimero en el pasado nacional, en tiempos imperiales, que ha perdido una calle por decisión de una panda de indocumentados con mando en plaza. Mateo Vázquez de Leca es un personaje de novela. No en vano, el mismísimo Miguel de Cervantes le dedicó sus epístolas, como mecenas que era de escritores y artistas. Poco conocido hoy, objeto de muy escasos estudios, su figura merece una referencia biográfica muy completa en la página web de la Real Academia de la Historia de San Fernando. Ahí pueden ustedes sondear los orígenes de un trianero de crianza que llegó a ocupar nada menos que el puesto de secretario privado del Rey Prudente, Felipe II.

Hijo de náufraga italiana secuestrada por piratas berberiscos se supone que cuando estaba embarazada de su hijo Mateo —la realidad se esconde tras la recomposición genealógica que mandó hacer el alto dignatario siéndolo ya para ennoblecer su apellido—, otros dicen que su padre fue un canónigo sevillano en cuya casa sirvió la madre, una vez rescatada por el Duque de Medina Sidonia. Lo cierto es que Mateo reveló pronto una inteligencia privilegiada, amén de una ambición sin límites, muy a tono con la mentalidad cortesana de la época. Fue escalando peldaños hasta convertirse en el gran rival de otro hombre fuerte que sin duda resultará familiar a mis lectores: Antonio Pérez. Probablemente fue Vázquez de Leca el que movió los complejos hilos de Palacio para que su enemigo encontrase el triste final que le aguardaba junto a la Princesa de Éboli. Todo esto y más lo tienen ustedes en dicha página, donde comprobarán que cuando los munícipes sevillanos de 1859, bastante más cultos que los actuales, le dedicaron la calle que hasta entonces era conocida como “Del Lado de Santa Ana” sabían bien lo que hacían. Así ha permanecido rotulada durante más de ciento cincuenta años, sin que dictaduras y repúblicas, frentes populares y democracias hayan osado mover ficha… hasta que esta panda de indocumentados, asistidos por concejales del PP y por cofrades, ha decidido que para ponerle una placa de reconocimiento (sin duda merecida) a un párroco muy querido por su feligresía, Don Eugenio, era necesario quitarle la calle al defensor del Dogma de la Inmaculada Concepción. Pero claro, hay en todo esto un dato —puede que entre los promotores del desaguisado haya algún documentado— muy a tener en cuenta. En aquella España de la Contrarreforma, Mateo Vázquez de Leca fue, entre otras muchas cosas, secretario del Consejo de Inquisición para la Corona de Aragón. En cualquier caso, ¿quién fue esta antigualla para seguir luciendo el rótulo de una calle en el corazón de Triana?

El catálogo de su biblioteca es, como siempre, la mejor guía para conocer a este sevillano áureo en la España del Siglo de Oro. Se abrió paso, en un primer momento, a través de las tertulias de su protector, en aquella Sevilla, puerto y puerta de las Indias y receptora de las riquezas de allende los mares. Hoy, un pequeñísimo azulejito, supongo que para utilidad de carteros y repartidores de Amazon, advierte que aquella calle llevó su nombre. Don Eugenio, sin duda, habría estado más satisfecho si el retablo cerámico que le recuerda hubiera convivido con esta gloria de Sevilla, cuya memoria reaparece cuando menos se espera. La reciente exposición sobre el arte del Renacimiento que el Museo de Bellas Artes de Sevilla ha brindado a una muchedumbre de amantes de los pinceles y de las gubias mostraba un cuadro de notables dimensiones en el que aparecía un diálogo de miradas entre Cristo y su Madre en pleno tránsito hacia el Gólgota. La cartela, excelente como todas las de este montaje, rezaba así: “Camino del Calvario. 1583. Scipione Pulzone (Gaeta 1544-Roma 1598). Óleo sobre lienzo. Esta obra, además del artístico, presenta un interés histórico por su valor como instrumento diplomático de los objetos de arte, ya que vino de Italia como un regalo para el ilustre sevillano Mateo Vázquez de Leca, que llegó a ser secretario de Felipe II.”

Como se verá, no era un cualquiera el tal don Mateo. Claro que tampoco lo era, en modo alguno, Aquilino Duque Gimeno, Premio Nacional de Literatura, inspirado poeta y cosmopolita amigo de escritores, que vio la luz primera en una casita de la calle Betis y cuyos ojos se cerraron por última vez sin ver colocado en el lugar el paño de azulejos que el Ayuntamiento de derechas encargara y el de izquierdas arrinconara en un cuarto del Distrito.

Muy cerca de todo esto, había una calle que siempre llevó el nombre, tan lírico, de Cisne. Comunica —la calle sigue existiendo— Rodrigo de Triana con Pagés del Corro. A mi amigo el gran médico y mejor persona José Luis Rodríguez Caballero, que vivía por allí y tiene una calle en Castilleja de la Cuesta, le encantaba pasar por ella y leer el rótulo del nomenclátor, según me contó en cierta ocasión. Pues bien, Cisne ya no se llama Cisne. Ahora lleva el nombre de un orfebre. Es otro caso de un acto de justicia que cae en una injusticia. ¿Por qué arramblar de esta manera con la verdadera memoria histórica de un pueblo? Se podía haber dedicado al orfebre Juan Borrero una placa como la que se colocó en la fachada de enfrente de la misma calle en recuerdo del inefable “mudo de Triana”, sacristán de Santa Ana desde tiempo inmemorial que le gritaba “¡Guapa!” en su jerigonza a la Esperanza de Triana cuando pasaba por allí, bajo las arquivoltas góticas de la iglesia. Pero no. Cuando la izquierda española quiere rendir homenaje a alguien, aprovecha la ocasión para tirar por tierra el arraigo de otro o incluso de un cisne que a buen seguro sirvió para bautizar un estrecho pasaje por la real voluntad del pueblo soberano. Sin intermediarios (lerdos) de partido.

Post scriptum

Un lector más versado que yo en asuntos históricos de Sevilla y su alfoz me corrige, amablemente y derrochando erudición. Al parecer, el Vázquez de Leca que daba nombre a la calle en cuestión no era el personaje al que me refiero en mi artículo, sino su sobrino, de iguales nombre y apellidos, canónigo hispalense y destacado defensor del Dogma de la Inmaculada, que por cierto sirvió para bautizar la muy cercana calle Pureza. Creo que el dato no invalida la crítica, sino que la enriquece. La ignorancia de los ediles supera a la mía, pues la ofensa resulta ahora ser doble. No sabemos a quién le quitaron la calle, si al secretario de Felipe II  o al promotor de la advocación más querida por los sevillanos junto a la Virgen de los Reyes. Pero mejor no levantar la liebre, porque las monjas de la Encarnación pueden resultar damnificadas por la persecución de símbolos callejeros. Ahí lo dejo.

sábado, 3 de diciembre de 2022

ÚLTIMOS CARTUCHOS

El enconamiento creciente que domina la vida pública española, de arriba abajo y no al contrario como suele ser habitual, ha entrado en una nueva fase, más aguda y con algo de terminal. Puede resultar fatal para la misma supervivencia de España; en todo caso, ha escalado cumbres cuyos únicos precedentes hay que buscarlos en la dinámica desintegradora de aquella II República tan disolvente como la primera. Alguien ha decidido prender la mecha cuyo fulminante es esa hinchada socialista que sacrifica cualquier reparo de sentido común a la vaca sagrada de la unidad disciplinada. Cómo será de siniestra la película de los hechos, que un mudo Felipe González ha hablado. Es el expresidente la única voz notable de la Transición que continúa con vida. Como suele, se ha hecho de rogar. La ruptura de su silencio proverbial es un indicador evidente de que las líneas rojas se han sobrepasado. En realidad, los pasos amenazantes se vienen sucediendo desde la misma moción de censura que engendró, embrionariamente, un Gobierno monstruoso. Pero ha sido este otoño cuando el trote gubernamental ha mutado en galope y va camino de entrar en paroxismo histérico que puede escribir el peor año de la historia española desde la guerra.

Dentro de esta espiral de enajenación dispositiva, ha habido un incidente parlamentario, inscrito en la semana negra que acabamos de cerrar, con un significado en modo alguno baladí, y que se aparta del folklorismo podemita para revelar un estado de ánimo socialista próximo al ataque de nervios. Tengo escrito en este blog que no convenía perder de vista a un tal Alfonso Gómez de Celis. Lo dije cuando todavía Espadas no era candidato oficial a presidir la Junta de Andalucía. En aquel artículo, que preparé detenidamente para documentarme bien, señalaba varios datos con recorrido futuro. Básicamente, se trataba de llamar la atención sobre un hombre gris que sin embargo era ni más ni menos que el taumaturgo de Sánchez, el que había hecho el milagro de dar la vuelta a su destino y pasar de un PSOE cuyo comité ejecutivo federal había defenestrado con deshonra a su secretario general a otro partido que le reclamaba con los brazos abiertos. El artífice de dicha alquimia no era otro que quien la otra mañana expulsó de la tribuna —a él se le escapaba insistentemente “escaño”— a Patricia Rueda, diputada de VOX, por haber llamado “proetarras” a los proetarras. Tengo para mí que, conscientemente o no, el vicepresidente primero del Congreso pensaba en otros proetarras, no exactamente en los socios del Gobierno. Así lo interpretó —pregunta retórica incluida— desde su escaño (ahora sí) Santiago Abascal al día siguiente dirigiéndose a Sánchez, durante una intervención en la que nadie pudo cortarle el micrófono.

El trianero y eterno rival de Susana Díaz desde las Juventudes Socialistas Gómez de Celis actuó con prepotencia, abuso de superioridad (incluso física), sectarismo y descaro en uso de un rodillo que los socialistas han incorporado a la lectura de la Constitución generalmente aceptada: ellos y sólo ellos imponen lo que se puede decir y lo que no. En la misma tribuna del Congreso donde intentaba hablar la diputada de discurso abortado, se ha hecho trizas un ejemplar de la Carta Magna sin que nadie expulsara a nadie, por no recordar aquí la sarta de ofensas a la democracia desde allí vertidas, del tipo “España nos importa un bledo” y otras lindezas.

Al día siguiente, una envalentonada ministra que en su día difundió un vídeo contando con pelos y señales cómo causar más placer al macho en el acto sexual, se lanzó a la guerra abierta acusando al Partido Popular de fomentar la “cultura de la violación”. Entonces no estaba Gómez de Celis en la Presidencia, sino una Maritxell Batet que reprendió con inusitado enojo a la ministra sexóloga. Todo había empezado, precisamente, días antes, por el famoso comentario de Carla Toscano, también de VOX, sobre el conocimiento exhaustivo de la persona de Pablo Iglesias por su esposa o compañera sentimental. La imagen final de los grupos parlamentarios de la oposición manifestándose a las puertas del Congreso para reivindicar su derecho a hablar en el Parlamento sin ser pisoteados o silenciados, es un escándalo internacional que los medios no han querido “exagerar”. ¿Se imaginan algo así a los pies del Big Ben, ante la Asamblea francesa o incluso en la Plaza del Parlamento de la capital italiana?

Como se ve, la coalición social-comunista se despereza. En ambientes de la derecha decidida se maneja como algo inminente una iniciativa muy seria contra VOX, que culminaría con su ilegalización. Sin dudas, tal cosa sería el detonante del abismo. Pero en todo caso, que el fontanero salvador in extremis de un Pedro Sánchez acabado y forjador de su estrellato entre la extrema izquierda secesionista, apriete el botón de la censura en plena sesión parlamentaria contra el único partido que puede abrir la puerta de salida a su jefe es indicativo de que algo en el PSOE huele a fracaso más o menos desesperado e inminente. Y de que el muñidor de la vuelta triunfal de Narciso Maquiavelo I, con su entrada en acción aprovechando un resquicio oportuno, está recurriendo a los últimos cartuchos de un arsenal cada día más esquilmado, el de la confianza del electorado.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

MI BARRIO, TOMADO POR LA CANALLA

 Son ya muchos años teniendo que soportar la presión de los intelectualoides alimentadores del odio al barrio sevillano de Los Remedios, donde existe una de las más altas tasas de integración social de la ciudad, motivo de ese resentimiento que ha teñido de rojo en todos los sentidos la Historia. En Los Remedios hay de todo, como cualquier mente sana, de las que parecen abundar cada vez menos, puede suponer. Pero predomina la población que se siente a gusto conviviendo con otras personas que le respetan, aunque el exceso desbordante de perros deje por doquier una huella hedionda que ciertamente desdice de nuestro civismo. Esa mentalidad armónica y apacible, que ha hecho posible la formación de estilos hacendosos de vida y la elevación de la renta per cápita por encima de la media local ha situado a Los Remedios al mismo nivel que otros dos sectores de la ciudad: el Centro y Nervión.

Y no por casualidad, la lucha de clases, que no descansa, se ha fijado en esos tres barrios como los blancos de su diana destructora. Ayer mismo, la noche satánica importada que ha conseguido desplazar a la víspera gozosa de Todos los Santos, se convirtió en una pesadilla para los adolescentes de Los Remedios, porque otros menores procedentes de la barriada de La Esquina del Gato en San Juan de Aznalfarache, de Mairena del Aljarafe y del Polígono Norte, se organizaron para sembrar el pánico —puro terrorismo de la peor especie— en sus calles. Resultado: 18 detenidos y 11 heridos, amén de un número indeterminado de jóvenes aterrorizados ante sus mismas casas. Eso en una ciudad invadida por el turismo que, al concentrarse en espacios monumentales y típicos, ni se enteró. La Policía tuvo trabajo: machetes de gran tamaño, navajas, cuchillos de cocina, bates de béisbol y cuantas armas pudieran servir para agredir al prójimo fueron intervenidos o abandonados en la huida de estas bandas de niñatos uniformados de negro y equipados con pasamontañas para ocultar sus rostros, al más puro corte de la guerrilla urbana vasconavarra o catalana. Un chaval de 14 años tuvo que ser operado de fractura de nariz.

No estamos hablando de Harlem, sino de una de las capitales más universales de la cultura europea, hoy nuevamente tomada por el hampa, esta vez compuesta por alumnos de colegios e institutos costeados con el dinero de todos, sobre todo de los que más pagan, como los ciudadanos de Los Remedios. La única línea del Metro sevillano sirve para canalizar los desembarcos de estas huestes que otros fines de semana actúan a cara descubierta bloqueando las calles con sus bolsas de bebidas alcohólicas de alta graduación. No hace mucho, otra vía del barrio fue escenario de una “botellona” masiva en la que un habitante acabó también en el hospital al recibir el impacto de una bolsa cargada de vidrios en la cara por afear a los gamberros que dejaran la entrada a su garaje perdida de orines y vómitos.

Ésta es la realidad actual del otrora barrio más refinado y caro de Sevilla, donde vivía y predicaba el primer presidente de la Junta de Andalucía (socialista, naturalmente), en el que han morado escritores como Manuel Ferrand o Julio Manuel de la Rosa, músicos como Manuel Castillo y toreros como Curro Romero o Paquirri. Por las mismas calles donde ahora campan borrachos y terroristas, entonces huertas del convento carmelita que da nombre al barrio, paseó San Juan de la Cruz. Hoy, las hordas de salvajes animados por la fiesta satánica importada acuden ávidas de sufrimiento ajeno a romper la paz de generaciones que, al menos desde que la droga también hiciera presa en sus filas juveniles allá por los años ochenta, había reinado, trabajosamente, en este núcleo urbano delimitado por el solar de la Feria de Abril —recinto escogido preferentemente por los atacantes para reventar la cita de la juventud del barrio—, el cauce histórico del Guadalquivir y el arrabal trianero, hoy destino masivo de aluviones de visitantes atraídos por una leyenda más o menos fiable.

Mi barrio, donde me crié, a medias con el centro de la ciudad, donde vivían mis abuelos y donde me eduqué con los “padres blancos” de los Sagrados Corazones, está hoy sometido al azote de la barbarie foránea. Una muchachada de feroces criaturas aleccionadas por unos padres igualmente incapacitados para ejercer como tales y por unas redes sociales cada día más nocivas —la televisión, no menos odiosa, ya cuenta poco— ha decidido declararle la guerra. Cromagnon vuelve a la carga. No tolera que nadie sea feliz.