“Pero bien llegue a ser museo, espacio de esparcimiento o simple reclamo turístico, lo que no perderán las Reales Atarazanas será la tremenda fuerza de una historia muchas veces centenaria que se resiste a desaparecer.”
Tomo prestadas las palabras casi
finales de la monumental obra sobre nuestras atarazanas de la calle Temprado
—Resolana del Arenal— que allá por el año 2019 elaborase el gran historiador
Pablo Emilio Pérez-Mallaína. Haber leído tamaño estudio cambia muchas cosas en
los conceptos básicos que sobre Sevilla tiene un enamorado de sus raíces. Está
por escribir (al menos por publicar) la novela de las Atarazanas del
Guadalquivir, que así se llamó la institución mandada levantar por el Rey Sabio
para botar la primera marina de guerra castellana. La ficción espera su “mano
de nieve”, pero el arpa de la documentación y su desmenuzamiento brilla con luz
propia en este libro de gran formato y casi ochocientas páginas en el que
podemos sumergirnos para descubrir un inmueble “de locura”, del que todavía nos
quedan unas naves semienterradas tanto en el espacio rehabilitado (de momento,
“para nada”) como embutidas en las naves del hospital de la Santa Caridad. Y
digo “de locura” porque encierra este complejo tanta vida pasada que podemos
recorrer sin movernos desde la aventura de un Don Alfonso X enfrascado en “el
fecho de Allende” (la reconquista del norte africano que había sido romano y
cristiano) hasta el heroico afán caritativo de Don Miguel Mañara. Hemos
contemplado de soslayo tantas veces aquellas fachadas que se han hecho
rutinarias, siendo así que tras ellas late la apasionante metamorfosis de un
organismo vivo que dio sus primeros pasos como astillero en época almohade,
recibió el impulso clave con las galeras alfonsíes que evitaron nada menos que
la reversión de la Reconquista de Al Andalus, y que han sido más tarde sede de
la Casa de Contratación, almacén de mercaderías de la Carrera de Indias, Real
Aduana y Maestranza de Artillería para la defensa del Reino de Sevilla. En
medio, palpita toda la historia de nuestra Patria, desde la batalla del
Estrecho (de Gibraltar, frente a los benimerines) hasta la del Canal de la
Mancha y el Sur de Inglaterra. Las galeras de Sevilla llegaron cerca de
Londres, Támesis arriba. Después vendría la decadencia, acelerada por el
traslado a Cádiz del control del tráfico marítimo con América. Y un largo
letargo del que parece que no logra salir, presa de una especie de maldición
que hace del mayor arsenal de Europa, con permiso de los genoveses y venecianos,
un ámbito irredento y yermo.
El profesor Pérez-Mallaína, cuya
modestia anda parejas con sus méritos y valía, nos prende en las páginas de
este vademecum de las Atarazanas con historias de la Historia de este asiento
patrimonial hispalense siempre unido al Real Alcázar —compartían, por ejemplo,
un mismo alcaide; de hecho durante mucho tiempo las rentas de las atarazanas
sostuvieron los gastos del palacio real— y que podría compararse con la
mismísima Catedral. Unas historias cosidas a los archivos, fuentes éstas que
son seña de identidad de los cronistas honrados. Y al tiempo, un arsenal de
manifestaciones sobre la condición humana de todos los tiempos, con sus
claroscuros, como los cuadros de Murillo y Valdés Leal que un Mañara insólito —gran
negociante y negociador para rescate de los más pobres— inspirara. Universidad,
Ayuntamiento y Diputación unieron sus esfuerzos para sacar a la luz el trabajo
ímprobo del profesor Pérez-Mallaína, a cuyo cargo estuviera el Pabellón de la
Navegación de la Expo-92. Recorriendo estas páginas, uno aprende mucha
Historia, desde la Universal (implicación de las Atarazanas en la Guerra de los
Cien Años) hasta la local (los trabajadores del astillero constituían un grupo
privilegiado con exención de impuestos municipales, los “francos de las
atarazanas”), pasando por el uso como prisión, que diera lugar al diario de la
primera mujer memorialista en castellano, o la figura del Zorzo, un esclavo
eslavo que llegó a ser alcaide. Sin olvidar las cuitas y abusos padecidos por
los habitantes de este complejo, como ciertos toneleros del vecino barrio de la
Carretería que allí residían.
Recorriendo las páginas de este libro y tras haber visitado las atarazanas durante las jornadas “de puertas abiertas” del pasado otoño, uno se acuerda de aquellas otras de Barcelona y su reproducción de la galera de Don Juan de Austria. Aragón y Castilla anduvieron enfrascadas en un trenzado de rivalidades y alianzas hasta el matrimonio de los Reyes Católicos. Y la Armada real fue testigo de ello (galeras sevillanas sitiaron Barcelona). Envidia me da que los catalanes, otra vez, nos lleven una ventaja que se mide por generaciones en el aprecio y valoración de sus tesoros culturales.