Si los acontecimientos luctuosos te sorprenden a traición (Adamuz), los venturosos no suelen ser menos inesperados, a Dios gracias. En la Historia de España habrá una fecha para los primeros y otra para los segundos, grabadas a sangre y fuego la triste y en oro la gloriosa. Superar el golpe del hasta hoy único accidente (yo prefiero llamarle incidente) ferroviario trágico en la red de alta velocidad española será tan difícil como apartar el rencor por tener la convicción de que con otra forma de gobernar se habría evitado. Saber sufrir con dignidad es hoy más que nunca un ejemplo cívico de heroísmo y un recordatorio moral para quienes seguimos creyendo en los principios que hacen el mundo habitable. Asistí activamente, junto a mi esposa, al funeral que dedicó a las víctimas de los siniestros la Archidiócesis hispalense en la Catedral de Sevilla. La grandeza del marco y de la liturgia católica que honra a los difuntos sólo era comparable a la de una familia asolada por el dolor, la de Fernando, el joven macareno, trianero y sevillista, ingeniero informático y maquinista en prácticas, que perdió la vida lejos de su tierra y de los suyos, a la vera de Barcelona, adonde había acudido como tantos otros andaluces que hubieron de emplear su talento y sus fuerzas en producir el fruto de su trabajo para latitudes extrañas aunque tan españolas como las que más. La ceremonia nos dejó ese sabor irremplazable de los momentos cenitales: las formas estuvieron a la altura del dolor trasmutado en esperanza cristiana, y eso —aunque algunos no logren comprenderlo— no tiene igual en la carrera por levantarnos de nuestras miserias que es a menudo la vida.
Al día siguiente, en un
polideportivo de Huelva (la catedral, sin duda, se quedaba pequeña), cuarenta y
cinco familias, bien arropadas por amigos y correligionarios, invocaban la
misericordia divina para que derramara su gracia sobre las almas de unas
víctimas que hacían un viaje en tren sin retorno a sus hogares. Al día
siguiente serían cuarenta y seis. Algunos aguardan entre la vida y la muerte en
la UCI. Aquel fue otro rito cimero. Y al final… surgió el asombro. Liliana y su
hermano, enlutados pero con una sonrisa fiel a su madre perdida, con una rosa
blanca entre las manos enlazadas, nos devolvieron la confianza. Búsquenlo en
Internet. No se arrepentirán. Y vuelvan de vez en cuando a escuchar este
mensaje inesperado de una mujer aparecida entre las tinieblas de Adamuz que
pronunció, con el corazón en los labios, el testimonio más redentor que se
podía oír tras la devastación. El final de sus palabras no podía ser más idóneo
para dar paso a la bendición de despedida. Aquella joven dejaba claro, entre
los ecos trimilenarios de Tartessos, que esperaba firmemente volver a abrazar a
su madre. Sin perder en ningún momento la compostura, con el vértigo visible
del desbordamiento contenido como sólo una discípula de Cristo sabe hacerlo,
Liliana —en ese momento nadie sabía su nombre, algo insólito en un mundo de
vanidades— fue pulsando las teclas de la verdadera solidaridad nacional. Ante
los Reyes y ante cuantos permanecimos atentos a su verbo sincero e intenso,
desgranó tanto sentimiento meditado que la ovación subsiguiente pareció no
tener fin. Era como si de su boca hubiera brotado la mejor interpretación del Requiem.
Fue además, un alegato católico que dejó las cosas muy claritas. La mejor
presidencia que había era la de la Cruz. Nada de homenajes. Y por si hubiera
todavía alguna duda, una letanía mariana de advocaciones onubenses de la Virgen,
romanceada para que su música permaneciera en las memoria histórica de nuestras
emociones señeras, ésas que señalan la emergencia de la mejor España, que
también existe. Ya lo creo que existe. Aquella tarde, en Huelva, sin que nadie
lo esperase, salió a nuestro encuentro en dos rostros anónimos como los de las
víctimas de Adamuz, que también lo fueron de las consecuencias de la
corrupción. Por primera vez, las autoridades quedaban desautorizadas por un
pueblo consciente de su identidad que no estaba dispuesto a sustituir la fe en
Dios por el culto a una hoguera. Y en veinticuatro horas, el clamor discreto de
las víctimas, secundadas por una sociedad bien enraizada en las fuentes de su
ser, obligó a desplazar el acto ateo adelantándose en celebrar unas exequias por
las almas de los difuntos. El Rey de España lo entendió bien. Otros no. Por
cierto, la única ausencia destacable no fue la que todo el mundo tenía
presente. Tampoco estaba el líder de la tercera fuerza política, con
pretensiones de ser la primera no sólo en Aragón. Y eso no se olvida
fácilmente.