Un día, hace años, Pablo puso en mis manos un disco y en mis oídos una frase: “Ten, escúchalo cuando no te sientas bien”. Pablo era cualquier cosa menos tremendista. Huía del trueno. Y su instrumento era una voz decidida pero dulce, inteligente y presidida por una palabra, un concepto —bonhomía— omnipresente en él que define, con toda la rotundidad del castellano, el alma de Pablo Ferrand Agustí, mi amigo muerto.
Me había puesto varias veces este
disco, con los ojos cerrados, como un goteo del suero de la vida en calma y
desafiante de peligros a un tiempo. Siempre estaré agradecido a Pablo por
muchos motivos, y este álbum de Simon y Garfunkel es uno de ellos. El lunes,
cuando volví del hospital de haber visto a mi amigo yerto y robotizado, unido al
pulso de la supervivencia por las caricias de su esposa y sus hijas, volví a
escuchar los primeros compases de su regalo terapéutico. No pude pasar del
primer tema, el que da título al doble cedé. Y fue entonces cuando reparé en el
nombre. Nunca me había fijado, pendiente como había estado del contenido. Hay
momentos en la vida —y en la muerte— en que todo parece emerger y
autoconstruirse a nuestro alrededor. O será que nuestro interior se derrumba y
se hunde, hecho trizas por un dolor devastador. De las cosas peores que me
podían suceder es perder a mi gran compañero de vivencias, sensibilidad,
ideales y trabajo —penalidades sin cuento— que acababa de sufrir una invasión
de sangre fuera de lugar en su cabeza.
Paré el disco, como digo, y no lo
he vuelto a poner en marcha hasta hoy, ahora que, por fin, puedo escribir
porque sé que si bien nunca más volveré a escuchar la voz musical de Pablo (tan
afinada como la de su padre, el inmortal Manuel Ferrand) siempre estará conmigo
a través de esos premios de consolación que Dios nos concede cuando el azote
del dolor sin límite arrasa nuestra esperanza: la música, el cine, los libros,
la religión, el arte, la conciencia cívica, la solidaridad, la sonrisa y por
encima de todo los nombres propios: Enriqueta, María, Irene, Marina, Leo, Víctor,
y tantos otros como nos hemos dado cita en torno a un cuerpo vacío por la
donación de este hombre generoso hasta lo inconcebible, que además no notaba
(ni anotaba) que se daba a los demás.
En torno a su cuerpo exánime, sí,
pero sobre todo a su riquísimo espíritu afable, limpio de miras, jovial
siempre, magnánimo, vital con auténtica devoción. Pablo era el hombre luz. Lo
decía una de sus hijas cuando su piel aún no se había enfriado del todo. Para
mí también lo fue. Inevitable evocar a Miguel Hernández al entonar la elegía
por Pablo Ferrand, con quien tanto quería. En mis oídos, que ahora escuchan a
S&G, resuenan las mujeres de Jarcha cantando “Compañero volverás”. Y siento
que no estoy solo añorando a este coloso de la amistad. Ni mucho menos. Además
de su amplia familia y de los amigos comunes, están Juan Sebastián Bach, sus
criaturas sonoras, como mi soledad ahora, a las que veneraba, su viejo Opel que
le paseaba por toda Europa… y Sevilla, aunque sea una ciudad fantasma,
hiperpoblada de forasteros, extraviada en el sueño eterno que ahora él habita,
donde los cielos no se perdieron.
Suena “el sonido del silencio”.
Debe de ser la Providencia. Es momento de poner punto final también a este
artículo y recordar la voz de Pablo. Hasta la vista, viejo amigo, eternamente
joven e indeclinablemente bueno.