jueves, 26 de febrero de 2026

OLD FRIENDS

Un día, hace años, Pablo puso en mis manos un disco y en mis oídos una frase: “Ten, escúchalo cuando no te sientas bien”. Pablo era cualquier cosa menos tremendista. Huía del trueno. Y su instrumento era una voz decidida pero dulce, inteligente y presidida por una palabra, un concepto —bonhomía— omnipresente en él que define, con toda la rotundidad del castellano, el alma de Pablo Ferrand Agustí, mi amigo muerto.

Me había puesto varias veces este disco, con los ojos cerrados, como un goteo del suero de la vida en calma y desafiante de peligros a un tiempo. Siempre estaré agradecido a Pablo por muchos motivos, y este álbum de Simon y Garfunkel es uno de ellos. El lunes, cuando volví del hospital de haber visto a mi amigo yerto y robotizado, unido al pulso de la supervivencia por las caricias de su esposa y sus hijas, volví a escuchar los primeros compases de su regalo terapéutico. No pude pasar del primer tema, el que da título al doble cedé. Y fue entonces cuando reparé en el nombre. Nunca me había fijado, pendiente como había estado del contenido. Hay momentos en la vida —y en la muerte— en que todo parece emerger y autoconstruirse a nuestro alrededor. O será que nuestro interior se derrumba y se hunde, hecho trizas por un dolor devastador. De las cosas peores que me podían suceder es perder a mi gran compañero de vivencias, sensibilidad, ideales y trabajo —penalidades sin cuento— que acababa de sufrir una invasión de sangre fuera de lugar en su cabeza.

Paré el disco, como digo, y no lo he vuelto a poner en marcha hasta hoy, ahora que, por fin, puedo escribir porque sé que si bien nunca más volveré a escuchar la voz musical de Pablo (tan afinada como la de su padre, el inmortal Manuel Ferrand) siempre estará conmigo a través de esos premios de consolación que Dios nos concede cuando el azote del dolor sin límite arrasa nuestra esperanza: la música, el cine, los libros, la religión, el arte, la conciencia cívica, la solidaridad, la sonrisa y por encima de todo los nombres propios: Enriqueta, María, Irene, Marina, Leo, Víctor, y tantos otros como nos hemos dado cita en torno a un cuerpo vacío por la donación de este hombre generoso hasta lo inconcebible, que además no notaba (ni anotaba) que se daba a los demás.

En torno a su cuerpo exánime, sí, pero sobre todo a su riquísimo espíritu afable, limpio de miras, jovial siempre, magnánimo, vital con auténtica devoción. Pablo era el hombre luz. Lo decía una de sus hijas cuando su piel aún no se había enfriado del todo. Para mí también lo fue. Inevitable evocar a Miguel Hernández al entonar la elegía por Pablo Ferrand, con quien tanto quería. En mis oídos, que ahora escuchan a S&G, resuenan las mujeres de Jarcha cantando “Compañero volverás”. Y siento que no estoy solo añorando a este coloso de la amistad. Ni mucho menos. Además de su amplia familia y de los amigos comunes, están Juan Sebastián Bach, sus criaturas sonoras, como mi soledad ahora, a las que veneraba, su viejo Opel que le paseaba por toda Europa… y Sevilla, aunque sea una ciudad fantasma, hiperpoblada de forasteros, extraviada en el sueño eterno que ahora él habita, donde los cielos no se perdieron.

Suena “el sonido del silencio”. Debe de ser la Providencia. Es momento de poner punto final también a este artículo y recordar la voz de Pablo. Hasta la vista, viejo amigo, eternamente joven e indeclinablemente bueno.