jueves, 21 de mayo de 2026

"ABUELO, ¿QUIÉN FUE ZETAPÉ?"

Abro estas líneas con un futurible muy verosímil. Han pasado algunos años —no muchos— y un nieto (mejor nieta, para que resulte más ajustado históricamente) nos obliga a reactivar la memoria. Hay personajes de nuestra vida pública que se niegan a desaparecer, y no precisamente porque su huella despìerte en nosotros una sonrisa. Zetapé será ya siempre en nuestro recuerdo la encarnación de lo siniestro. Él mismo ha querido liderar la izquierda mundial, como intenta el sucesor que gravita sobre el país, a quien llamo, cariñosamente en términos taurinos, “Zapaterito chico”. De los muchos destrozos que “el tío de la ceja” (Guerra llamaba a Aznar “el tío del bigote”) infligió en el alma de nuestra nación, hay uno que ha tenido continuidad hasta el día de hoy con tenaz inmisericordia: la persecución del franquismo, que él transformó en “Ley de Memoria Histórica”. Zapaterito Chico la llevó a “Democrática”, fiel a su condición de bombero pirómano. Está, a día de hoy, en los Tribunales el intento de ilegalización y disolución de la Fundación Nacional Francisco Franco, que custodia los originales del archivo donde duerme la auténtica memoria histórica de aquellos treinta y nueve años de los que se derivaron los siguientes cincuenta. Fue, en primera instancia, iniciativa de Zetapé desempolvar los peores espectros de nuestro pasado, ignorando la grandeza del comunicado que el Gobierno de Felipe González emitió cuando el cincuentenario del 18 de julio por excelencia (se admiten chistes macabros).

Ahora, la buena memoria, la de los jueces, ha hecho presa en los cabos sueltos del Zetapé intrigante con fines mucho más que mercantiles. Es el Zetapé de las sombras ideológicas —el de la Memoria Histórica, el de la perspectiva de género, el de la negociación con ETA, el de la derogación de la doctrina Parot, el de la ampliación desatada del aborto, el de la confusión entre uniones y matrimonios homosexuales, y por encima de todo el de la manipulación de los atentados del 11 de marzo, en gran parte por esclarecer— el que ha entrado en el camino del banquillo. La memoria histórica que él puso en marcha para ver si así se borraba el balance de una generación y el contraste con otros posteriores se cobra, justiciera, una víctima con su nombre; no el Zetapé de la ceja sino el completo y verdadero: José Luis Rodríguez Zapatero, que será el que figure en los libros digitales de texto que nuestros nietos consulten para estudiar la Historia de España, esa nación superviviente a las reformas de los estatutos de autonomía que un tal ZP quiso convertir en motores de la reconfiguración de la Piel de Toro como “confederación”. (Y que después, no se olvide, el Partido Popular de Mariano Rajoy llevó a sus comunidades con inusitado mimetismo emulador de “m. el último”.)

Ignacio Arsuaga, promotor de “Hazte oír” (¿les suena?) publicó en su momento, un opúsculo tiulado “Proyecto ZP” donde planteaba con excelsa claridad el programa destructivo de esta calamidad que enganchó a los artistas con su ceja subvencionadora. En él estaba casi todo el presidente Zapatero. Lo que no estaba era el postpresidente. Sugiero a mis lectores que desgranen en su conciencia lo que está pasando y lleguen a sus propias conclusiones. Porque da para un tomo mucho más grueso que el informe de Arsuaga. Asistimos a los primeros compases del derrumbamiento tardoantifranquista. No es que haya que podar la democracia; es que hay que refundarla desde dentro, como están haciendo algunos jueces buenos que se resisten a rendirse ante el acoso socialista.

Y esto no ha hecho más que empezar. Confieso mi incapacidad para imaginar siquiera qué respuesta tendré que dar a mi nieta cuando me pregunte, Dios mediante, quién fue Zetapé. Ignoro qué habrá leído en su manual digital, pero si es mínimamente veraz, le habrá dejado perpleja y llena de inquietantes dudas. Supongo que tendré que explicarle, con el lenguaje de los cuentos, que “había una vez una nación, cuyo presidente del Gobierno negaba que existiera, y que decidió hacer justicia con él y con otros como él que le siguieron…”

P.D.: Me estoy acordando, y mucho, del teniente general Mena, cesado por el ministro Bono por invocar la Constitución como garante de la unidad nacional. Era presidente un tal Zetapé.

(Publicado en Sevillainfo el 21/5/26)

martes, 12 de mayo de 2026

UNA GALERA EN EL SALÓN DE EMBAJADORES

Lo cuenta, magistralmente como todo lo suyo, el profesor Pablo Emilio Pérez-Mallaína en su fastuoso libro sobre las Atarazanas Reales hispalenses (Sevilla, 2019). Las páginas de este volumen, amplio, lujosamente editado y profusamente ilustrado, son un mirador privilegiado desde el que otear el horizonte histórico no sólo sevillano sino europeo y por supuesto, americano, al modo de los torreones vigía para ver los barcos de lejos que antaño poblaban la zona próxima al puerto de Sevilla, salpicando el Arenal de estos elementos arquitectónicos tan marineros y tan gaditanos. El profesor Pérez-Mallaína, a cuyo cargo estuvieron los fondos del Pabellón de la Navegación durante la Expo 92, es un experto en pilotar la nave del saber por las procelosas aguas del ayer, y lo demuestra página a página a lo largo de las cerca de 800 que conforman este libro, asomándonos, como digo, a pasajes para muchos —yo entre ellos— inéditos del pasado sevillano, cual es la participación en primera línea de las galeras construidas en nuestras Atarazanas en las batallas de la Guerra de los Cien Años, allá por el Canal de La Mancha, hasta el punto de hacerse temiblemente célebres entre las poblaciones costeras del sur de Inglaterra y llegar a penetrar hasta las proximidades de Londres. Como resulta sorprendente descubrir el grado de trascendencia que alcanzaron las embarcaciones del astillero sevillano en la Batalla del Estrecho, hasta el extremo de hacerse decisivas para el curso de nuestras vidas cuando gracias a ellas los sucesores de San Fernando pudieron rechazar los intentos de “reconquista” islámica de Andalucía. Ni más ni menos.

Entre los episodios relatados en esta admirable publicación, que constituye un fresco colorista y rico al tiempo que una novela verídica llena de claroscuros tenebristas, hay uno que cobra notable actualidad. Estamos celebrando el año conmemorativo del medio milenio desde que Sevilla fue escenario de otro acontecimiento fundamental para el mundo europeo: las bodas del Emperador. Ocurrió hace justamente 500 años y sí, fue de gran resonancia, como otro erudito de rico verbo —Juan de Mata Carriazo— glosara en su crónica de las crónicas contemporáneas del hecho. Carlos V (rey Carlos I de España) e Isabel de Portugal habían contraído nupcias en el Alcázar que su antepasado y antecesor Pedro I de Castilla había mandado construir a imitación de la Alhambra nazarí. No era aquel de 1526, pues, un año cualquiera. Los fastos en torno a la pareja imperial se sucedieron dentro y fuera de la residencia real, mientras se supone que los novios disfrutaban de su coyunda en los jardines renacentistas, a la sombra de la muralla almohade que sería pronto galería de grutescos y sobre todo su Cenador hoy en trance de "reinterpretación".

Y la ciudad quiso conmemorar el acontecimiento con un "detalle" excepcional, como veremos, un tanto surrealista como corresponde a la urbe del “fagamos obra tal…”. Según documentación obrante en los archivos del Real Alcázar —que siempre estuvo ligado a las Atarazanas con las que compartía un mismo alcaide—, fuente que Pérez- Mallaína se ha "pateado" de arriba abajo y durante años, el astillero sevillano, fundado por Alfonso X siguiendo la estela de los musulmanes que se erigían en el mismo emplazamiento, recuperó sus mejores galas navieras para llevar una galera real hasta el "salón rico". Es de imaginar la sensación que aquella estampa debió suscitar en el pueblo sevillano, sólo tres años después de la arribada de Elcano.

Las Atarazanas de Sevilla hacía tiempo que habían entrado en decadencia. De hecho, prácticamente habían cesado su labor, y eran ya más almacén de la Carrera de Indias que otra cosa. Incluso costó reclutar a trabajadores "francos" (estaban exentos de pagar impuestos municipales) para poner sobre ruedas una nueva unidad de las que antaño habían constituido la primera marina de guerra castellana. Recomiendo vivamente la lectura de ese grueso volumen, sobre todo ahora que el futuro vuelve a ser harto incierto en la Historia de este inmueble crucial para el destino de nuestra ciudad, maltratado por los vaivenes del pasado, puesto polémicamente a punto pero nadie sabe a ciencia cierta con qué finalidad y uso. Es un buen momento para evocar aquella "procesión" que en cierto modo pretendía perpetuar la vocación marítima de Sevilla a la par que agasajaba a todo un emperador y a su nueva esposa.


(Publicado en Sevillainfo el 12-5-26)

martes, 14 de abril de 2026

IGLESIA, COFRADÍAS Y VIDA

 Cuando acabamos de colgar las túnicas de nazareno y el tiempo pascual tiñe de blanco las páginas del calendario litúrgico, ha estallado, por fin, el compromiso cristiano de las cofradías. Es de justicia reconocer que la cruz de guía la levantó el arzobispo de Sevilla, monseñor Saiz Meneses, con un mensaje de redes que era un inmenso favor a la causa de la vida de los más desfavorecidos, los no nacidos. No me resisto a reproducirlo: “El Gobierno de España ha aprobado el proyecto de reforma constitucional para blindar el aborto. Propone añadir un cuarto apartado al artículo 43 de la Constitución Española que recoge el derecho a la protección de la salud, para que se garantice el derecho al aborto. El aborto, que destruye la vida de los seres humanos más inocentes e indefensos, es un crimen abominable, según la Revelación, el Magisterio de la Iglesia y la razón. Desde su concepción, el embrión es un ser original y autónomo biológicamente, dotado de un proyecto interno que se va desarrollando hasta alcanzar su plena madurez.”

Desde estas humildes páginas, me descubro y proclamo que mi pastor ha estado plenamente a la altura de los tiempos recios que corren, dando testimonio de la verdad que nos hace libres. Y lo ha hecho desafiando a los poderes de este mundo, igualito que el Santo Padre en éste y en otros campos en los que la Iglesia Católica sigue haciendo gala de independencia y seguimiento exclusivo de Jesucristo Nuestro Señor.

Al pronunciamiento, rápido, ágil y valiente, de don José Ángel, han seguido los de algunas hermandades —pocas pero señeras—, empezando por la del Cristo del Amor, que es la misma de la popular “Borriquita”, como bien saben los miles de niños que han echado y echan los dientes en sus filas cada Domingo de Ramos. Aún a riesgo de olvidarme de otras, por lo que pido perdón, le siguieron nada menos que la Macarena y la Esperanza de Triana, con comunicados inequívocos en defensa de la vida. Otras han preferido mantener un “prudente” (¿hipócrita?) silencio. En Sevilla, las cofradías son muchas y los nazarenos tantos —unos setenta mil, que en hermanos pueden tranquilamente triplicar esta cifra— que la Semana Santa se ha convertido en una pesadilla para quienes desde muy jóvenes hemos aprendido a amarla de la mano de nuestros padres. Esta manifestación de rebeldía frente a un abortismo desbocado que pretende una y otra vez borrar cualquier vestigio de apuesta por la vida debe llenarnos de esperanza confiada en ese “resto de Israel” que salva al mundo. Ojalá llegue pronto la hora de abrir las puertas del arca para repoblar la tierra de amor a la Creación, de la que el hombre (varón y mujer) es el gran beneficiario por voluntad divina. Será entonces el momento de recordar a estas hermandades, a este obispo y a los médicos objetores (siete de cada diez en el sistema público de salud) que ponen en peligro su estabilidad laboral por negarse a segar las vidas humanas encomendadas a su cuidado. Otros están en cálculos electorales de equilibristas, mientras trescientos españoles mueren cada día en los abortorios.

(Publicado en Sevillainfo el 15/4/26)

martes, 24 de marzo de 2026

LA NOVELA DE LAS ATARAZANAS

 “Pero bien llegue a ser museo, espacio de esparcimiento o simple reclamo turístico, lo que no perderán las Reales Atarazanas será la tremenda fuerza de una historia muchas veces centenaria que se resiste a desaparecer.”

Tomo prestadas las palabras casi finales de la monumental obra sobre nuestras atarazanas de la calle Temprado —Resolana del Arenal— que allá por el año 2019 elaborase el gran historiador Pablo Emilio Pérez-Mallaína. Haber leído tamaño estudio cambia muchas cosas en los conceptos básicos que sobre Sevilla tiene un enamorado de sus raíces. Está por escribir (al menos por publicar) la novela de las Atarazanas del Guadalquivir, que así se llamó la institución mandada levantar por el Rey Sabio para botar la primera marina de guerra castellana. La ficción espera su “mano de nieve”, pero el arpa de la documentación y su desmenuzamiento brilla con luz propia en este libro de gran formato y casi ochocientas páginas en el que podemos sumergirnos para descubrir un inmueble “de locura”, del que todavía nos quedan unas naves semienterradas tanto en el espacio rehabilitado (de momento, “para nada”) como embutidas en las naves del hospital de la Santa Caridad. Y digo “de locura” porque encierra este complejo tanta vida pasada que podemos recorrer sin movernos desde la aventura de un Don Alfonso X enfrascado en “el fecho de Allende” (la reconquista del norte africano que había sido romano y cristiano) hasta el heroico afán caritativo de Don Miguel Mañara. Hemos contemplado de soslayo tantas veces aquellas fachadas que se han hecho rutinarias, siendo así que tras ellas late la apasionante metamorfosis de un organismo vivo que dio sus primeros pasos como astillero en época almohade, recibió el impulso clave con las galeras alfonsíes que evitaron nada menos que la reversión de la Reconquista de Al Andalus, y que han sido más tarde sede de la Casa de Contratación, almacén de mercaderías de la Carrera de Indias, Real Aduana y Maestranza de Artillería para la defensa del Reino de Sevilla. En medio, palpita toda la historia de nuestra Patria, desde la batalla del Estrecho (de Gibraltar, frente a los benimerines) hasta la del Canal de la Mancha y el Sur de Inglaterra. Las galeras de Sevilla llegaron cerca de Londres, Támesis arriba. Después vendría la decadencia, acelerada por el traslado a Cádiz del control del tráfico marítimo con América. Y un largo letargo del que parece que no logra salir, presa de una especie de maldición que hace del mayor arsenal de Europa, con permiso de los genoveses y venecianos, un ámbito irredento y yermo.

El profesor Pérez-Mallaína, cuya modestia anda parejas con sus méritos y valía, nos prende en las páginas de este vademecum de las Atarazanas con historias de la Historia de este asiento patrimonial hispalense siempre unido al Real Alcázar —compartían, por ejemplo, un mismo alcaide; de hecho durante mucho tiempo las rentas de las atarazanas sostuvieron los gastos del palacio real— y que podría compararse con la mismísima Catedral. Unas historias cosidas a los archivos, fuentes éstas que son seña de identidad de los cronistas honrados. Y al tiempo, un arsenal de manifestaciones sobre la condición humana de todos los tiempos, con sus claroscuros, como los cuadros de Murillo y Valdés Leal que un Mañara insólito —gran negociante y negociador para rescate de los más pobres— inspirara. Universidad, Ayuntamiento y Diputación unieron sus esfuerzos para sacar a la luz el trabajo ímprobo del profesor Pérez-Mallaína, a cuyo cargo estuviera el Pabellón de la Navegación de la Expo-92. Recorriendo estas páginas, uno aprende mucha Historia, desde la Universal (implicación de las Atarazanas en la Guerra de los Cien Años) hasta la local (los trabajadores del astillero constituían un grupo privilegiado con exención de impuestos municipales, los “francos de las atarazanas”), pasando por el uso como prisión, que diera lugar al diario de la primera mujer memorialista en castellano, o la figura del Zorzo, un esclavo eslavo que llegó a ser alcaide. Sin olvidar las cuitas y abusos padecidos por los habitantes de este complejo, como ciertos toneleros del vecino barrio de la Carretería que allí residían.

Recorriendo las páginas de este libro y tras haber visitado las atarazanas durante las jornadas “de puertas abiertas” del pasado otoño, uno se acuerda de aquellas otras de Barcelona y su reproducción de la galera de Don Juan de Austria. Aragón y Castilla anduvieron enfrascadas en un trenzado de rivalidades y alianzas hasta el matrimonio de los Reyes Católicos. Y la Armada real fue testigo de ello (galeras sevillanas sitiaron Barcelona). Envidia me da que los catalanes, otra vez, nos lleven una ventaja que se mide por generaciones en el aprecio y valoración de sus tesoros culturales.


(Publicado en Sevilla Info)

jueves, 26 de febrero de 2026

OLD FRIENDS

Un día, hace años, Pablo puso en mis manos un disco y en mis oídos una frase: “Ten, escúchalo cuando no te sientas bien”. Pablo era cualquier cosa menos tremendista. Huía del trueno. Y su instrumento era una voz decidida pero dulce, inteligente y presidida por una palabra, un concepto —bonhomía— omnipresente en él que define, con toda la rotundidad del castellano, el alma de Pablo Ferrand Augustín, mi amigo muerto.

Me había puesto varias veces este disco, con los ojos cerrados, como un goteo del suero de la vida en calma y desafiante de peligros a un tiempo. Siempre estaré agradecido a Pablo por muchos motivos, y este álbum de Simon y Garfunkel es uno de ellos. El lunes, cuando volví del hospital de haber visto a mi amigo yerto y robotizado, unido al pulso de la supervivencia por las caricias de su esposa y sus hijas, volví a escuchar los primeros compases de su regalo terapéutico. No pude pasar del primer tema, el que da título al doble cedé. Y fue entonces cuando reparé en el nombre. Nunca me había fijado, pendiente como había estado del contenido. Hay momentos en la vida —y en la muerte— en que todo parece emerger y autoconstruirse a nuestro alrededor. O será que nuestro interior se derrumba y se hunde, hecho trizas por un dolor devastador. De las cosas peores que me podían suceder es perder a mi gran compañero de vivencias, sensibilidad, ideales y trabajo —penalidades sin cuento— que acababa de sufrir una invasión de sangre fuera de lugar en su cabeza.

Paré el disco, como digo, y no lo he vuelto a poner en marcha hasta hoy, ahora que, por fin, puedo escribir porque sé que si bien nunca más volveré a escuchar la voz musical de Pablo (tan afinada como la de su padre, el inmortal Manuel Ferrand) siempre estará conmigo a través de esos premios de consolación que Dios nos concede cuando el azote del dolor sin límite arrasa nuestra esperanza: la música, el cine, los libros, la religión, el arte, la conciencia cívica, la solidaridad, la sonrisa y por encima de todo los nombres propios: Enriqueta, María, Irene, Marina, Leo, Víctor, y tantos otros como nos hemos dado cita en torno a un cuerpo vacío por la donación de este hombre generoso hasta lo inconcebible, que además no notaba (ni anotaba) que se daba a los demás.

En torno a su cuerpo exánime, sí, pero sobre todo a su riquísimo espíritu afable, limpio de miras, jovial siempre, magnánimo, vital con auténtica devoción. Pablo era el hombre luz. Lo decía una de sus hijas cuando su piel aún no se había enfriado del todo. Para mí también lo fue. Inevitable evocar a Miguel Hernández al entonar la elegía por Pablo Ferrand, con quien tanto quería. En mis oídos, que ahora escuchan a S&G, resuenan las mujeres de Jarcha cantando “Compañero volverás”. Y siento que no estoy solo añorando a este coloso de la amistad. Ni mucho menos. Además de su amplia familia y de los amigos comunes, están Juan Sebastián Bach, sus criaturas sonoras, como mi soledad ahora, a las que veneraba, su viejo Opel que le paseaba por toda Europa… y Sevilla, aunque sea una ciudad fantasma, hiperpoblada de forasteros, extraviada en el sueño eterno que ahora él habita, donde los cielos no se perdieron.

Suena “el sonido del silencio”. Debe de ser la Providencia. Es momento de poner punto final también a este artículo y recordar la voz de Pablo. Hasta la vista, viejo amigo, eternamente joven e indeclinablemente bueno.

(Publicado por ABC de Sevilla el 28 de febrero de 2026)

sábado, 31 de enero de 2026

LA MEJOR ESPAÑA EMERGE EN TARTESSOS

Si los acontecimientos luctuosos te sorprenden a traición (Adamuz), los venturosos no suelen ser menos inesperados, a Dios gracias. En la Historia de España habrá una fecha para los primeros y otra para los segundos, grabadas a sangre y fuego la triste y en oro la gloriosa. Superar el golpe del hasta hoy único accidente (yo prefiero llamarle incidente) ferroviario trágico en la red de alta velocidad española será tan difícil como apartar el rencor por tener la convicción de que con otra forma de gobernar se habría evitado. Saber sufrir con dignidad es hoy más que nunca un ejemplo cívico de heroísmo y un recordatorio moral para quienes seguimos creyendo en los principios que hacen el mundo habitable. Asistí activamente, junto a mi esposa, al funeral que dedicó a las víctimas de los siniestros la Archidiócesis hispalense en la Catedral de Sevilla. La grandeza del marco y de la liturgia católica que honra a los difuntos sólo era comparable a la de una familia asolada por el dolor, la de Fernando, el joven macareno, trianero y sevillista, ingeniero informático y maquinista en prácticas, que perdió la vida lejos de su tierra y de los suyos, a la vera de Barcelona, adonde había acudido como tantos otros andaluces que hubieron de emplear su talento y sus fuerzas en producir el fruto de su trabajo para latitudes extrañas aunque tan españolas como las que más. La ceremonia nos dejó ese sabor irremplazable de los momentos cenitales: las formas estuvieron a la altura del dolor trasmutado en esperanza cristiana, y eso —aunque algunos no logren comprenderlo— no tiene igual en la carrera por levantarnos de nuestras miserias que es a menudo la vida.

Al día siguiente, en un polideportivo de Huelva (la catedral, sin duda, se quedaba pequeña), cuarenta y cinco familias, bien arropadas por amigos y correligionarios, invocaban la misericordia divina para que derramara su gracia sobre las almas de unas víctimas que hacían un viaje en tren sin retorno a sus hogares. Al día siguiente serían cuarenta y seis. Algunos aguardan entre la vida y la muerte en la UCI. Aquel fue otro rito cimero. Y al final… surgió el asombro. Liliana y su hermano, enlutados pero con una sonrisa fiel a su madre perdida, con una rosa blanca entre las manos enlazadas, nos devolvieron la confianza. Búsquenlo en Internet. No se arrepentirán. Y vuelvan de vez en cuando a escuchar este mensaje inesperado de una mujer aparecida entre las tinieblas de Adamuz que pronunció, con el corazón en los labios, el testimonio más redentor que se podía oír tras la devastación. El final de sus palabras no podía ser más idóneo para dar paso a la bendición de despedida. Aquella joven dejaba claro, entre los ecos trimilenarios de Tartessos, que esperaba firmemente volver a abrazar a su madre. Sin perder en ningún momento la compostura, con el vértigo visible del desbordamiento contenido como sólo una discípula de Cristo sabe hacerlo, Liliana —en ese momento nadie sabía su nombre, algo insólito en un mundo de vanidades— fue pulsando las teclas de la verdadera solidaridad nacional. Ante los Reyes y ante cuantos permanecimos atentos a su verbo sincero e intenso, desgranó tanto sentimiento meditado que la ovación subsiguiente pareció no tener fin. Era como si de su boca hubiera brotado la mejor interpretación del Requiem. Fue además, un alegato católico que dejó las cosas muy claritas. La mejor presidencia que había era la de la Cruz. Nada de homenajes. Y por si hubiera todavía alguna duda, una letanía mariana de advocaciones onubenses de la Virgen, romanceada para que su música permaneciera en las memoria histórica de nuestras emociones señeras, ésas que señalan la emergencia de la mejor España, que también existe. Ya lo creo que existe. Aquella tarde, en Huelva, sin que nadie lo esperase, salió a nuestro encuentro en dos rostros anónimos como los de las víctimas de Adamuz, que también lo fueron de las consecuencias de la corrupción. Por primera vez, las autoridades quedaban desautorizadas por un pueblo consciente de su identidad que no estaba dispuesto a sustituir la fe en Dios por el culto a una hoguera. Y en veinticuatro horas, el clamor discreto de las víctimas, secundadas por una sociedad bien enraizada en las fuentes de su ser, obligó a desplazar el acto ateo adelantándose en celebrar unas exequias por las almas de los difuntos. El Rey de España lo entendió bien. Otros no. Por cierto, la única ausencia destacable no fue la que todo el mundo tenía presente. Tampoco estaba el líder de la tercera fuerza política, con pretensiones de ser la primera no sólo en Aragón. Y eso no se olvida fácilmente.

lunes, 5 de enero de 2026

EL AÑO DE LA TERCERA FUERZA

Suena a guerra de las galaxias, pero la única guerra que padecemos en España —antaño “este país”— es la que bulle en la cabeza de un presidente del Gobierno cada día más asemejado a un capo o capiller de la Cosa Nostra, un petardo más en este paisaje de triquitraques y detonaciones baratas que nos rodea. Hemos entrado en un año nuevo, y remedando a nuestros señores los chinos podríamos decir que éste no es un año cualquiera, sino el de la Tercera Fuerza. En Badajoz capital ya ha desbancado VOX al PSOE, convirtiéndose en la segunda fuerza del Ayuntamiento, la alternativa de gobierno que diría el gurú en su reino del buen retiro.

Y, como empieza a importarme un ardite lo que digan de mí, creo sinceramente que éste será el año de VOX. El del acelerón decisivo y decidido que le llevará, por fin, a la Moncloa, convertida por su actual inquilino en vértice de todos los poderes. El “o yo o el caos” que se debe decir cada mañana ante el espejo quien todavía no ha ganado una elección y sin embargo manda casi tanto como los separatistas y comunistas juntos se puede trocar este año en “VOX o la dictadura”, como decía —no me cansaré de recordarlo— la abuelita no de Heidi sino de Su Majestad la Reina de España, a la sazón doña Letizia Ortiz. Aquella ancianita fumadora que nunca había dependido de nadie porque el gobierno de su voz le había granjeado las lentejas ante los micrófonos de Radio Nacional toda la vida, se lo decía a la cámara con la condición de que no se divulgara hasta después de su muerte: “Esto, si tiene arreglo, es con los de VOX”. Pues eso, que diría, refiriéndose a la superioridad de la Fiscalía, el que se pone a recibir cumplimentaciones al lado de la nieta en el mismísimo Palacio Real.

Resulta evidente que vivimos un momento “polarizado”. Afortunadamente. Cincuenta años de moderación centrista nos han llevado a la extrema izquierda en el poder. Así que es necesario un tironcillo de la manta que, además de dejar las vergüenzas al aire, abrigue al sentido común, hoy por hoy aterido de frío sin cobertura. Eso sí, será una batalla dura, como la del Ebro, que al parecer volvió a la mente de Franco cuando le comunicaron la peor noticia que podía recibir: el magnicidio de su delfín. “¿Grave? Grave fue lo del Ebro”, dicen que dijo. Las “fuerzas de progreso” se resistirán con manuales y bagajes, como en Stalingrado, a abandonar el poder. “Ni un paso atrás, aunque sea para coger carrerilla”, dijo el Ché, o Fidel o algún otro profeta de amaneceres rojos. Seguirán ilegalizando restos del franquismo, incluido el Valle de los Caídos. Ahora van a por Suárez con el arma favorita de sus tropas de élite: el acoso sexual. Bien. Veremos si los cañones rugen como ayer, porque lo mismo hay que rehabilitar a Plácido Domingo. Pocas cosas me gustarían más.

Volverán al aborto, introduciéndolo en la Constitución por la puerta de atrás, con el beneplácito de los “conservadores”, mientras se toman un café juntos en un rincón del Congreso. Nadie se enterará. Antes de que VOX pueda impedirlo, emplearán el rodillo bipartidista. Estoy leyendo una tesis sobre la Inquisición. Cada página, cada dato, me reafirma en mi rechazo visceral hacia tamaña manifestación de barbarie, expresiva de la inseguridad y el miedo cuando se enroscan al árbol del ser humano. Y agradezco a la autora que me recuerde hasta qué punto la sincronía histórica nos venda los ojos para no ver lo que pasa a nuestro alrededor. Ayer era el cadalso y la hoguera. Hoy son los abortorios. Y si se me permite la odiosa comparación, lo actual es mucho peor, porque a las víctimas no les dan tiempo de infringir norma alguna y porque no en vano han pasado varios siglos de avances morales y científicos, aunque a veces no lo parezca. Cada día se ejecuta a trescientos inocentes en España con el respaldo de las autoridades. ¿A cuántos reos mató el Santo Oficio en cuatrocientos años? Ojalá llegue pronto la tercera fuerza a ser la primera para que España recupere una parte indispensable de la sensatez y dentro de un año podamos hacer balance del que fue el año de la tercera fuerza.