martes, 24 de marzo de 2026

LA NOVELA DE LAS ATARAZANAS

 “Pero bien llegue a ser museo, espacio de esparcimiento o simple reclamo turístico, lo que no perderán las Reales Atarazanas será la tremenda fuerza de una historia muchas veces centenaria que se resiste a desaparecer.”

Tomo prestadas las palabras casi finales de la monumental obra sobre nuestras atarazanas de la calle Temprado —Resolana del Arenal— que allá por el año 2019 elaborase el gran historiador Pablo Emilio Pérez-Mallaína. Haber leído tamaño estudio cambia muchas cosas en los conceptos básicos que sobre Sevilla tiene un enamorado de sus raíces. Está por escribir (al menos por publicar) la novela de las Atarazanas del Guadalquivir, que así se llamó la institución mandada levantar por el Rey Sabio para botar la primera marina de guerra castellana. La ficción espera su “mano de nieve”, pero el arpa de la documentación y su desmenuzamiento brilla con luz propia en este libro de gran formato y casi ochocientas páginas en el que podemos sumergirnos para descubrir un inmueble “de locura”, del que todavía nos quedan unas naves semienterradas tanto en el espacio rehabilitado (de momento, “para nada”) como embutidas en las naves del hospital de la Santa Caridad. Y digo “de locura” porque encierra este complejo tanta vida pasada que podemos recorrer sin movernos desde la aventura de un Don Alfonso X enfrascado en “el fecho de Allende” (la reconquista del norte africano que había sido romano y cristiano) hasta el heroico afán caritativo de Don Miguel Mañara. Hemos contemplado de soslayo tantas veces aquellas fachadas que se han hecho rutinarias, siendo así que tras ellas late la apasionante metamorfosis de un organismo vivo que dio sus primeros pasos como astillero en época almohade, recibió el impulso clave con las galeras alfonsíes que evitaron nada menos que la reversión de la Reconquista de Al Andalus, y que han sido más tarde sede de la Casa de Contratación, almacén de mercaderías de la Carrera de Indias, Real Aduana y Maestranza de Artillería para la defensa del Reino de Sevilla. En medio, palpita toda la historia de nuestra Patria, desde la batalla del Estrecho (de Gibraltar, frente a los benimerines) hasta la del Canal de la Mancha y el Sur de Inglaterra. Las galeras de Sevilla llegaron cerca de Londres, Támesis arriba. Después vendría la decadencia, acelerada por el traslado a Cádiz del control del tráfico marítimo con América. Y un largo letargo del que parece que no logra salir, presa de una especie de maldición que hace del mayor arsenal de Europa, con permiso de los genoveses y venecianos, un ámbito irredento y yermo.

El profesor Pérez-Mallaína, cuya modestia anda parejas con sus méritos y valía, nos prende en las páginas de este vademecum de las Atarazanas con historias de la Historia de este asiento patrimonial hispalense siempre unido al Real Alcázar —compartían, por ejemplo, un mismo alcaide; de hecho durante mucho tiempo las rentas de las atarazanas sostuvieron los gastos del palacio real— y que podría compararse con la mismísima Catedral. Unas historias cosidas a los archivos, fuentes éstas que son seña de identidad de los cronistas honrados. Y al tiempo, un arsenal de manifestaciones sobre la condición humana de todos los tiempos, con sus claroscuros, como los cuadros de Murillo y Valdés Leal que un Mañara insólito —gran negociante y negociador para rescate de los más pobres— inspirara. Universidad, Ayuntamiento y Diputación unieron sus esfuerzos para sacar a la luz el trabajo ímprobo del profesor Pérez-Mallaína, a cuyo cargo estuviera el Pabellón de la Navegación de la Expo-92. Recorriendo estas páginas, uno aprende mucha Historia, desde la Universal (implicación de las Atarazanas en la Guerra de los Cien Años) hasta la local (los trabajadores del astillero constituían un grupo privilegiado con exención de impuestos municipales, los “francos de las atarazanas”), pasando por el uso como prisión, que diera lugar al diario de la primera mujer memorialista en castellano, o la figura del Zorzo, un esclavo eslavo que llegó a ser alcaide. Sin olvidar las cuitas y abusos padecidos por los habitantes de este complejo, como ciertos toneleros del vecino barrio de la Carretería que allí residían.

Recorriendo las páginas de este libro y tras haber visitado las atarazanas durante las jornadas “de puertas abiertas” del pasado otoño, uno se acuerda de aquellas otras de Barcelona y su reproducción de la galera de Don Juan de Austria. Aragón y Castilla anduvieron enfrascadas en un trenzado de rivalidades y alianzas hasta el matrimonio de los Reyes Católicos. Y la Armada real fue testigo de ello (galeras sevillanas sitiaron Barcelona). Envidia me da que los catalanes, otra vez, nos lleven una ventaja que se mide por generaciones en el aprecio y valoración de sus tesoros culturales.