sábado, 31 de enero de 2026

LA MEJOR ESPAÑA EMERGE EN TARTESSOS

Si los acontecimientos luctuosos te sorprenden a traición (Adamuz), los venturosos no suelen ser menos inesperados, a Dios gracias. En la Historia de España habrá una fecha para los primeros y otra para los segundos, grabadas a sangre y fuego la triste y en oro la gloriosa. Superar el golpe del hasta hoy único accidente (yo prefiero llamarle incidente) ferroviario trágico en la red de alta velocidad española será tan difícil como apartar el rencor por tener la convicción de que con otra forma de gobernar se habría evitado. Saber sufrir con dignidad es hoy más que nunca un ejemplo cívico de heroísmo y un recordatorio moral para quienes seguimos creyendo en los principios que hacen el mundo habitable. Asistí activamente, junto a mi esposa, al funeral que dedicó a las víctimas de los siniestros la Archidiócesis hispalense en la Catedral de Sevilla. La grandeza del marco y de la liturgia católica que honra a los difuntos sólo era comparable a la de una familia asolada por el dolor, la de Fernando, el joven macareno, trianero y sevillista, ingeniero informático y maquinista en prácticas, que perdió la vida lejos de su tierra y de los suyos, a la vera de Barcelona, adonde había acudido como tantos otros andaluces que hubieron de emplear su talento y sus fuerzas en producir el fruto de su trabajo para latitudes extrañas aunque tan españolas como las que más. La ceremonia nos dejó ese sabor irremplazable de los momentos cenitales: las formas estuvieron a la altura del dolor trasmutado en esperanza cristiana, y eso —aunque algunos no logren comprenderlo— no tiene igual en la carrera por levantarnos de nuestras miserias que es a menudo la vida.

Al día siguiente, en un polideportivo de Huelva (la catedral, sin duda, se quedaba pequeña), cuarenta y cinco familias, bien arropadas por amigos y correligionarios, invocaban la misericordia divina para que derramara su gracia sobre las almas de unas víctimas que hacían un viaje en tren sin retorno a sus hogares. Al día siguiente serían cuarenta y seis. Algunos aguardan entre la vida y la muerte en la UCI. Aquel fue otro rito cimero. Y al final… surgió el asombro. Liliana y su hermano, enlutados pero con una sonrisa fiel a su madre perdida, con una rosa blanca entre las manos enlazadas, nos devolvieron la confianza. Búsquenlo en Internet. No se arrepentirán. Y vuelvan de vez en cuando a escuchar este mensaje inesperado de una mujer aparecida entre las tinieblas de Adamuz que pronunció, con el corazón en los labios, el testimonio más redentor que se podía oír tras la devastación. El final de sus palabras no podía ser más idóneo para dar paso a la bendición de despedida. Aquella joven dejaba claro, entre los ecos trimilenarios de Tartessos, que esperaba firmemente volver a abrazar a su madre. Sin perder en ningún momento la compostura, con el vértigo visible del desbordamiento contenido como sólo una discípula de Cristo sabe hacerlo, Liliana —en ese momento nadie sabía su nombre, algo insólito en un mundo de vanidades— fue pulsando las teclas de la verdadera solidaridad nacional. Ante los Reyes y ante cuantos permanecimos atentos a su verbo sincero e intenso, desgranó tanto sentimiento meditado que la ovación subsiguiente pareció no tener fin. Era como si de su boca hubiera brotado la mejor interpretación del Requiem. Fue además, un alegato católico que dejó las cosas muy claritas. La mejor presidencia que había era la de la Cruz. Nada de homenajes. Y por si hubiera todavía alguna duda, una letanía mariana de advocaciones onubenses de la Virgen, romanceada para que su música permaneciera en las memoria histórica de nuestras emociones señeras, ésas que señalan la emergencia de la mejor España, que también existe. Ya lo creo que existe. Aquella tarde, en Huelva, sin que nadie lo esperase, salió a nuestro encuentro en dos rostros anónimos como los de las víctimas de Adamuz, que también lo fueron de las consecuencias de la corrupción. Por primera vez, las autoridades quedaban desautorizadas por un pueblo consciente de su identidad que no estaba dispuesto a sustituir la fe en Dios por el culto a una hoguera. Y en veinticuatro horas, el clamor discreto de las víctimas, secundadas por una sociedad bien enraizada en las fuentes de su ser, obligó a desplazar el acto ateo adelantándose en celebrar unas exequias por las almas de los difuntos. El Rey de España lo entendió bien. Otros no. Por cierto, la única ausencia destacable no fue la que todo el mundo tenía presente. Tampoco estaba el líder de la tercera fuerza política, con pretensiones de ser la primera no sólo en Aragón. Y eso no se olvida fácilmente.

lunes, 5 de enero de 2026

EL AÑO DE LA TERCERA FUERZA

Suena a guerra de las galaxias, pero la única guerra que padecemos en España —antaño “este país”— es la que bulle en la cabeza de un presidente del Gobierno cada día más asemejado a un capo o capiller de la Cosa Nostra, un petardo más en este paisaje de triquitraques y detonaciones baratas que nos rodea. Hemos entrado en un año nuevo, y remedando a nuestros señores los chinos podríamos decir que éste no es un año cualquiera, sino el de la Tercera Fuerza. En Badajoz capital ya ha desbancado VOX al PSOE, convirtiéndose en la segunda fuerza del Ayuntamiento, la alternativa de gobierno que diría el gurú en su reino del buen retiro.

Y, como empieza a importarme un ardite lo que digan de mí, creo sinceramente que éste será el año de VOX. El del acelerón decisivo y decidido que le llevará, por fin, a la Moncloa, convertida por su actual inquilino en vértice de todos los poderes. El “o yo o el caos” que se debe decir cada mañana ante el espejo quien todavía no ha ganado una elección y sin embargo manda casi tanto como los separatistas y comunistas juntos se puede trocar este año en “VOX o la dictadura”, como decía —no me cansaré de recordarlo— la abuelita no de Heidi sino de Su Majestad la Reina de España, a la sazón doña Letizia Ortiz. Aquella ancianita fumadora que nunca había dependido de nadie porque el gobierno de su voz le había granjeado las lentejas ante los micrófonos de Radio Nacional toda la vida, se lo decía a la cámara con la condición de que no se divulgara hasta después de su muerte: “Esto, si tiene arreglo, es con los de VOX”. Pues eso, que diría, refiriéndose a la superioridad de la Fiscalía, el que se pone a recibir cumplimentaciones al lado de la nieta en el mismísimo Palacio Real.

Resulta evidente que vivimos un momento “polarizado”. Afortunadamente. Cincuenta años de moderación centrista nos han llevado a la extrema izquierda en el poder. Así que es necesario un tironcillo de la manta que, además de dejar las vergüenzas al aire, abrigue al sentido común, hoy por hoy aterido de frío sin cobertura. Eso sí, será una batalla dura, como la del Ebro, que al parecer volvió a la mente de Franco cuando le comunicaron la peor noticia que podía recibir: el magnicidio de su delfín. “¿Grave? Grave fue lo del Ebro”, dicen que dijo. Las “fuerzas de progreso” se resistirán con manuales y bagajes, como en Stalingrado, a abandonar el poder. “Ni un paso atrás, aunque sea para coger carrerilla”, dijo el Ché, o Fidel o algún otro profeta de amaneceres rojos. Seguirán ilegalizando restos del franquismo, incluido el Valle de los Caídos. Ahora van a por Suárez con el arma favorita de sus tropas de élite: el acoso sexual. Bien. Veremos si los cañones rugen como ayer, porque lo mismo hay que rehabilitar a Plácido Domingo. Pocas cosas me gustarían más.

Volverán al aborto, introduciéndolo en la Constitución por la puerta de atrás, con el beneplácito de los “conservadores”, mientras se toman un café juntos en un rincón del Congreso. Nadie se enterará. Antes de que VOX pueda impedirlo, emplearán el rodillo bipartidista. Estoy leyendo una tesis sobre la Inquisición. Cada página, cada dato, me reafirma en mi rechazo visceral hacia tamaña manifestación de barbarie, expresiva de la inseguridad y el miedo cuando se enroscan al árbol del ser humano. Y agradezco a la autora que me recuerde hasta qué punto la sincronía histórica nos venda los ojos para no ver lo que pasa a nuestro alrededor. Ayer era el cadalso y la hoguera. Hoy son los abortorios. Y si se me permite la odiosa comparación, lo actual es mucho peor, porque a las víctimas no les dan tiempo de infringir norma alguna y porque no en vano han pasado varios siglos de avances morales y científicos, aunque a veces no lo parezca. Cada día se ejecuta a trescientos inocentes en España con el respaldo de las autoridades. ¿A cuántos reos mató el Santo Oficio en cuatrocientos años? Ojalá llegue pronto la tercera fuerza a ser la primera para que España recupere una parte indispensable de la sensatez y dentro de un año podamos hacer balance del que fue el año de la tercera fuerza.