Suena a guerra de las galaxias, pero la única guerra que padecemos en España —antaño “este país”— es la que bulle en la cabeza de un presidente del Gobierno cada día más asemejado a un capo o capiller de la Cosa Nostra, un petardo más en este paisaje de triquitraques y detonaciones baratas que nos rodea. Hemos entrado en un año nuevo, y remedando a nuestros señores los chinos podríamos decir que éste no es un año cualquiera, sino el de la Tercera Fuerza. En Badajoz capital ya ha desbancado VOX al PSOE, convirtiéndose en la segunda fuerza del Ayuntamiento, la alternativa de gobierno que diría el gurú en su reino del buen retiro.
Y, como empieza a importarme un
ardite lo que digan de mí, creo sinceramente que éste será el año de VOX. El
del acelerón decisivo y decidido que le llevará, por fin, a la Moncloa,
convertida por su actual inquilino en vértice de todos los poderes. El “o yo o
el caos” que se debe decir cada mañana ante el espejo quien todavía no ha
ganado una elección y sin embargo manda casi tanto como los separatistas y
comunistas juntos se puede trocar este año en “VOX o la dictadura”, como decía —no
me cansaré de recordarlo— la abuelita no de Heidi sino de Su Majestad la Reina
de España, a la sazón doña Letizia Ortiz. Aquella ancianita fumadora que nunca
había dependido de nadie porque el gobierno de su voz le había granjeado las
lentejas ante los micrófonos de Radio Nacional toda la vida, se lo decía a la
cámara con la condición de que no se divulgara hasta después de su muerte:
“Esto, si tiene arreglo, es con los de VOX”. Pues eso, que diría, refiriéndose
a la superioridad de la Fiscalía, el que se pone a recibir cumplimentaciones al
lado de la nieta en el mismísimo Palacio Real.
Resulta evidente que vivimos un
momento “polarizado”. Afortunadamente. Cincuenta años de moderación centrista
nos han llevado a la extrema izquierda en el poder. Así que es necesario un
tironcillo de la manta que, además de dejar las vergüenzas al aire, abrigue al
sentido común, hoy por hoy aterido de frío sin cobertura. Eso sí, será una
batalla dura, como la del Ebro, que al parecer volvió a la mente de Franco
cuando le comunicaron la peor noticia que podía recibir: el magnicidio de su
delfín. “¿Grave? Grave fue lo del Ebro”, dicen que dijo. Las “fuerzas de
progreso” se resistirán con manuales y bagajes, como en Stalingrado, a
abandonar el poder. “Ni un paso atrás, aunque sea para coger carrerilla”, dijo
el Ché, o Fidel o algún otro profeta de amaneceres rojos. Seguirán ilegalizando
restos del franquismo, incluido el Valle de los Caídos. Ahora van a por Suárez
con el arma favorita de sus tropas de élite: el acoso sexual. Bien. Veremos si
los cañones rugen como ayer, porque lo mismo hay que rehabilitar a Plácido
Domingo. Pocas cosas me gustarían más.
Volverán al aborto,
introduciéndolo en la Constitución por la puerta de atrás, con el beneplácito
de los “conservadores”, mientras se toman un café juntos en un rincón del
Congreso. Nadie se enterará. Antes de que VOX pueda impedirlo, emplearán el
rodillo bipartidista. Estoy leyendo una tesis sobre la Inquisición. Cada
página, cada dato, me reafirma en mi rechazo visceral hacia tamaña
manifestación de barbarie, expresiva de la inseguridad y el miedo cuando se
enroscan al árbol del ser humano. Y agradezco a la autora que me recuerde hasta
qué punto la sincronía histórica nos venda los ojos para no ver lo que pasa a
nuestro alrededor. Ayer era el cadalso y la hoguera. Hoy son los abortorios. Y
si se me permite la odiosa comparación, lo actual es mucho peor, porque a las
víctimas no les dan tiempo de infringir norma alguna y porque no en vano han
pasado varios siglos de avances morales y científicos, aunque a veces no lo
parezca. Cada día se ejecuta a trescientos inocentes en España con el respaldo
de las autoridades. ¿A cuántos reos mató el Santo Oficio en cuatrocientos años?
Ojalá llegue pronto la tercera fuerza a ser la primera para que España recupere
una parte indispensable de la sensatez y dentro de un año podamos hacer balance
del que fue el año de la tercera fuerza.
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