domingo, 18 de agosto de 2019

MEMORIA PARA OLVIDAR


Intuyo que cada vuelta de tuerca del Gobierno socialista en el avance de la irrupción regresiva sobre las conciencias que representa la mal llamada ley de memoria histórica —ahora también “democrática”— suscita con ahínco redoblado la pregunta interior inevitable en cada vez más españoles maduros e independientes: ¿Cuál es la verdadera motivación de todo esto? O lo que es lo mismo, creo que, como yo, serán muchos los convencidos de que, una vez más, nos mienten, presas de su parcialidad. Sostengo, con otros más autorizados que yo, que el discurso de las izquierdas lleva lustros agotado. De hecho, ha recurrido a las alcobas, último reducto de la vida personal, para levantar estandartes frente a sus enemigos. De ahí la batalla del género en sus múltiples y coloristas vertientes. En el solar patrio, las izquierdas, que marchan con el retraso histórico habitual, cuentan con el valioso refuerzo de las guerras de nuestros antepasados. De la legítima búsqueda de restos perdidos en fosas y cunetas para darles el honroso destino que les corresponde —a todos, fueran cuales fueren sus adscripciones— se ha pasado a un frentismo proactivo que convierte el pasado en futuro para evitar que el futuro se convierta rápidamente en pasado.
Esta espiral es, además, ilimitada, como lo es la del género, de modo que siempre será posible inventar nuevas leyendas urbanas para mantener en forma la batalla de la deformación de la historia, de las mentes y de la conciencia moral de las gentes. El cine y la comunicación en general son las autopistas de este proceso perverso. Y para ello se utiliza a nuestros padres. Sabedores de que recibimos en su día la educación que nos dieron aquellos hombres y mujeres que vitoreaban masivamente al Jefe del Estado y que nos alientan los valores que nos transmitieron, el gran desafío es enfrentarnos a ellos, que cada uno de los miembros de esta generación del “baby boom” que seremos mayoría hasta morir nos avergoncemos primero de nuestros progenitores y odiemos más tarde la herencia espiritual que recibimos de sus manos, los mensajes doctrinales con los que nos criamos y que siguen moviendo nuestros actos y opiniones. Sólo de esa forma se podrá disimular el sideral vacío que aqueja a la izquierda (y a gran parte de la derecha), ahuyentando así el inminente peligro de que la Historia lo evidencie.
Pero no es únicamente la sequía de oferta electoral lo que lleva a los gobernantes hasta los desvanes de un supuesto pasado en los que desempolvar juguetes rotos del ayer. Hay algo desoladoramente más urgente que tapar: el fracaso. Acabo de leer que uno de cada cuatro contratos de trabajo que se firman en España tienen menos de una semana de duración. Nuestros padres nos legaron un país en el que soñar no estaba reñido con esperar. Pero tras la pasada por el socialismo, hoy nuestros hijos pueden seguir soñando, sólo soñando.
Ése es el verdadero objetivo de todo este inmenso montaje tras el que palpitan agazapados oscuros intereses económicos de carácter multinacional para cuyo mantenimiento y fomento es indispensable lavar periódicamente el cerebro de las masas. Y no decaerá la guardia mientras siga ocurriendo lo que la generalidad de los medios nos ocultan: el progresivo desgaste numérico de la afiliación que viene padeciendo el Partido Socialista Obrero Español, promotor de esta campaña de opinión en España y de su correspondiente encaje legislativo. Un corto pero contundente despacho informativo del digital OK diario aportaba recientemente el dato, que diría José María García (por cierto, busquen en ABC la entrevista que le hizo Salvador Sostres y encontrarán sorpresas sin cuento, sumamente esclarecedoras del panorama informativo español). Y lo sustancial está en la bajada incesante y brutal de afiliaciones del PSOE desde Zapatero hasta 2017: De 600.000 a 175.000. O sea, un 70 por ciento menos de militantes de ZP a Sánchez. ¿Comprenden por qué han de echarnos a pelear con nuestros padres? De continuar la sangría —y el mismo portal advierte que de 2017 a hoy el partido ha perdido 12.000 miembros— en pocos años el PSOE resultaría ser un conjunto de siglas hueco de contenido, sin programa y sin apoyo social relevante. Y no olvidemos que Sánchez es secretario general gracias a una consulta entre las bases de la militancia.
Claro que todo esto es así si nos fiamos de lo que dicen los partidos. Según éstos, en España hay 1.300.000 afiliados. Pero Hacienda, que no se chupa el dedo como es sabido, ha detectado un notable agujero negro en estas cifras: los que pagan cuotas y desgravan por ello no pasan de 287.975. Así lo ha desvelado El Mundo en una información publicada el pasado 16 de agosto. Tales guarismos, correspondientes a finales de 2017, representan el 0,75 por ciento de la población mayor de 18 años.
Con esta realidad es muy comprensible que nos quieran hacer ver lo blanco negro, aunque para ello tengan que saltarse todas las normas de la ética universal, como por ejemplo la del VIII Mandamiento.

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