Cuando acabamos de colgar las túnicas de nazareno y el tiempo pascual tiñe de blanco las páginas del calendario litúrgico, ha estallado, por fin, el compromiso cristiano de las cofradías. Es de justicia reconocer que la cruz de guía la levantó el arzobispo de Sevilla, monseñor Saiz Meneses, con un mensaje de redes que era un inmenso favor a la causa de la vida de los más desfavorecidos, los no nacidos. No me resisto a reproducirlo: “El Gobierno de España ha aprobado el proyecto de reforma constitucional para blindar el aborto. Propone añadir un cuarto apartado al artículo 43 de la Constitución Española que recoge el derecho a la protección de la salud, para que se garantice el derecho al aborto. El aborto, que destruye la vida de los seres humanos más inocentes e indefensos, es un crimen abominable, según la Revelación, el Magisterio de la Iglesia y la razón. Desde su concepción, el embrión es un ser original y autónomo biológicamente, dotado de un proyecto interno que se va desarrollando hasta alcanzar su plena madurez.”
Desde estas
humildes páginas, me descubro y proclamo que mi pastor ha estado plenamente a
la altura de los tiempos recios que corren, dando testimonio de la verdad que
nos hace libres. Y lo ha hecho desafiando a los poderes de este mundo, igualito
que el Santo Padre en éste y en otros campos en los que la Iglesia Católica
sigue haciendo gala de independencia y seguimiento exclusivo de Jesucristo
Nuestro Señor.
Al
pronunciamiento, rápido, ágil y valiente, de don José Ángel, han seguido los de
algunas hermandades —pocas pero señeras—, empezando por la del Cristo del Amor,
que es la misma de la popular “Borriquita”, como bien saben los miles de niños
que han echado y echan los dientes en sus filas cada Domingo de Ramos. Aún a
riesgo de olvidarme de otras, por lo que pido perdón, le siguieron nada menos
que la Macarena y la Esperanza de Triana, con comunicados inequívocos en
defensa de la vida. Otras han preferido mantener un “prudente” (¿hipócrita?)
silencio. En Sevilla, las cofradías son muchas y los nazarenos tantos —unos
setenta mil, que en hermanos pueden tranquilamente triplicar esta cifra— que la
Semana Santa se ha convertido en una pesadilla para quienes desde muy jóvenes
hemos aprendido a amarla de la mano de nuestros padres. Esta manifestación de
rebeldía frente a un abortismo desbocado que pretende una y otra vez borrar
cualquier vestigio de apuesta por la vida debe llenarnos de esperanza confiada
en ese “resto de Israel” que salva al mundo. Ojalá llegue pronto la hora de abrir
las puertas del arca para repoblar la tierra de amor a la Creación, de la que
el hombre (varón y mujer) es el gran beneficiario por voluntad divina. Será
entonces el momento de recordar a estas hermandades, a este obispo y a los
médicos objetores (siete de cada diez en el sistema público de salud) que ponen
en peligro su estabilidad laboral por negarse a segar las vidas humanas
encomendadas a su cuidado. Otros están en cálculos electorales de equilibristas,
mientras trescientos españoles mueren cada día en los abortorios.
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