Lo cuenta, magistralmente como todo lo suyo, el profesor Pablo Emilio Pérez-Mallaína en su fastuoso libro sobre las Atarazanas Reales hispalenses (Sevilla, 2019). Las páginas de este volumen, amplio, lujosamente editado y profusamente ilustrado, son un mirador privilegiado desde el que otear el horizonte histórico no sólo sevillano sino europeo y por supuesto, americano, al modo de los torreones vigía para ver los barcos de lejos que antaño poblaban la zona próxima al puerto de Sevilla, salpicando el Arenal de estos elementos arquitectónicos tan marineros y tan gaditanos. El profesor Pérez-Mallaína, a cuyo cargo estuvieron los fondos del Pabellón de la Navegación durante la Expo 92, es un experto en pilotar la nave del saber por las procelosas aguas del ayer, y lo demuestra página a página a lo largo de las cerca de 800 que conforman este libro, asomándonos, como digo, a pasajes para muchos —yo entre ellos— inéditos del pasado sevillano, cual es la participación en primera línea de las galeras construidas en nuestras Atarazanas en las batallas de la Guerra de los Cien Años, allá por el Canal de La Mancha, hasta el punto de hacerse temiblemente célebres entre las poblaciones costeras del sur de Inglaterra y llegar a penetrar hasta las proximidades de Londres. Como resulta sorprendente descubrir el grado de trascendencia que alcanzaron las embarcaciones del astillero sevillano en la Batalla del Estrecho, hasta el extremo de hacerse decisivas para el curso de nuestras vidas cuando gracias a ellas los sucesores de San Fernando pudieron rechazar los intentos de “reconquista” islámica de Andalucía. Ni más ni menos.
Entre los episodios relatados en esta
admirable publicación, que constituye un fresco colorista y rico al tiempo que
una novela verídica llena de claroscuros tenebristas, hay uno que cobra notable
actualidad. Estamos celebrando el año conmemorativo del medio milenio desde que
Sevilla fue escenario de otro acontecimiento fundamental para el mundo europeo:
las bodas del Emperador. Ocurrió hace justamente 500 años y sí, fue de gran
resonancia, como otro erudito de rico verbo —Juan de Mata Carriazo— glosara en su
crónica de las crónicas contemporáneas del hecho. Carlos V (rey Carlos I de
España) e Isabel de Portugal habían contraído nupcias en el Alcázar que su
antepasado y antecesor Pedro I de Castilla había mandado construir a imitación
de la Alhambra nazarí. No era aquel de 1526, pues, un año cualquiera. Los
fastos en torno a la pareja imperial se sucedieron dentro y fuera de la
residencia real, mientras se supone que los novios disfrutaban de su coyunda en
los jardines renacentistas, a la sombra de la muralla almohade que sería pronto
galería de grutescos y sobre todo su Cenador hoy en trance de
"reinterpretación".
Y la ciudad quiso conmemorar el
acontecimiento con un "detalle" excepcional, como veremos, un tanto
surrealista como corresponde a la urbe del “fagamos obra tal…”. Según
documentación obrante en los archivos del Real Alcázar —que siempre estuvo
ligado a las Atarazanas con las que compartía un mismo alcaide—, fuente que
Pérez- Mallaína se ha "pateado" de arriba abajo y durante años, el
astillero sevillano, fundado por Alfonso X siguiendo la estela de los musulmanes
que se erigían en el mismo emplazamiento, recuperó sus mejores galas navieras
para llevar una galera real hasta el "salón rico". Es de imaginar la
sensación que aquella estampa debió suscitar en el pueblo sevillano, sólo tres
años después de la arribada de Elcano.
Las Atarazanas de Sevilla hacía tiempo
que habían entrado en decadencia. De hecho, prácticamente habían cesado su
labor, y eran ya más almacén de la Carrera de Indias que otra cosa. Incluso
costó reclutar a trabajadores "francos" (estaban exentos de pagar
impuestos municipales) para poner sobre ruedas una nueva unidad de las que
antaño habían constituido la primera marina de guerra castellana. Recomiendo
vivamente la lectura de ese grueso volumen, sobre todo ahora que el futuro
vuelve a ser harto incierto en la Historia de este inmueble crucial para el
destino de nuestra ciudad, maltratado por los vaivenes del pasado, puesto
polémicamente a punto pero nadie sabe a ciencia cierta con qué finalidad y uso.
Es un buen momento para evocar aquella "procesión" que en cierto modo
pretendía perpetuar la vocación marítima de Sevilla a la par que agasajaba a
todo un emperador y a su nueva esposa.
(Publicado en Sevillainfo el 12-5-26)
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