martes, 30 de junio de 2026

JUECES: EL REDUCTO DE LA VERDAD

 Uno de los libros del Antiguo Testamento se denomina “Jueces” y otro “Sabiduría”. Y siguiendo en el mismo ámbito, Dios concedió a Salomón riquezas y poder porque, puesto en la tesitura de elegir su dote no pidió tales galas sino ser justo y sabio. De hecho, pasó a la Historia como hábil impartidor de justicia, aunque se le haya tomado toscamente como simple administrador del 50 por ciento, amén de identificarse su estilo con la espiral de una columna.

Los jueces se están convirtiendo —mal que les pese, lo sé— en los héroes salvadores de la democracia española, que es como decir, habida cuenta lo tortuoso de su pasado, de España misma. Cuando todo parecía perdido y “el Guapo” estaba perpetrando ya su golpe definitivo con la regularización masiva del censo electoral a su gusto, los señores de las puñetas han ido levantando un cerco al dictador de hecho que ojalá sea el principio del fin de esta pesadilla. El horizonte judicial del presidente y su partido no es ya futuro; está aquí para quedarse. Y el mérito es, al menos, de unos cuantos jueces buenos, y algún fiscal desgajado de la disciplina partidista que han hecho honor a su condición de togados para que la Ley resplandezca y su luz brille sobre esta noche oscura, este corazón de las tinieblas en el que el personaje conradiano de La Moncloa ha precipitado.

Cuando un juez da el paso del desafío al intrigante debe de producirse en él una íntima tormenta. Los jueces también tienen familia, ilusiones, esperanzas y problemas, como todos. Pero ellos han de tomar decisiones aislándose de cualquier influencia bastarda y sobre todo venciendo esa pasión que todos, inevitablemente, llevamos dentro: el miedo. Lo que estos jueces han hecho y siguen forjando día a día es, ni más ni menos, que un ejemplo educativo para quienes llevamos toda la vida pensando y sintiendo que el concepto de ciudadanía va mucho más allá de un papel y el de patria supera ampliamente el valor de unos símbolos. Es la entraña misma de nuestra naturaleza como miembros de la polis la comprometida con cualquier acto de justicia. Cada auto emitido, cada informe policial encargado, cada audiencia y cada sentencia abunda en el esfuerzo colectivo por garantizarnos un orden respirable. Con errores. Con excepciones. Con insuficiencias. ¿Qué aspecto de nuestra vida no los arrastra? Pero, insisto, España misma pende ahora de un hilo y esa sujeción es la figura de mujer que, con los ojos vendados (no importan potestades, imperios ni manifestaciones) sostiene una balanza y vela porque su fiel sea la medida de sus arbitrios.

España tiene una deuda de vida o muerte con sus jueces valientes, que deberán pasar a los libros como valedores del último reducto de libertad cuando todos los demás —partidos, finanzas, instituciones eclesiásticas, y qué decir de las organizaciones de base, como sindicatos, clubes deportivos o asociaciones— nos habían fallado. Reservo para el final mi propio sector: la llamada Prensa, antaño quizás inquietante para la clase política, hoy un apéndice de ella. Este descrédito y la irrupción de nuevas tecnologías de la comunicación social han relegado a los medios tradicionales a la condición de comparsa del poder. Su único valor, hoy por hoy, es el de ser altavoces, a menudo a regañadientes, de la verdad que aflora gracias a los jueces a diario.

LA VEJEZ DEL ABORTISTA

Cuando los primeros signos evidentes de la vejez aparecen en nuestra vida, es como si se encendiera una lámpara de advertencia: somos caducos. Lo cual, hoy como ayer, tiene su haz y su envés. Significa que hay que optimizar el tiempo, siempre escaso pero ahora más, y relativizar las preocupaciones, porque no hay mal que mil años dure, ni… ya saben. Es el momento de caer en la cuenta de lo definitivos que son los valores que nos han guiado y que nos sobrevivirán (rellenen la casilla ustedes mismos). El primero, universal, la vida misma. Y entonces, nos anticipamos a la edad de la vida en que seremos, nos guste o no, dependientes. Algunos —lo vemos a cada paso—totalmente. Y me pregunto: ¿cómo será la vejez del abortista?

No del circunstancial, que nunca se ha planteado ni esto ni casi nada, figura que tanto abunda en nuestra muelle sociedad. Imagino al luchador, el que ha peleado en firme por lo que entendía que eran derechos inalienables de la mujer (y del hombre, de paso, aunque bien mirado éste era el más interesado). Ese convencido que jamás osó interrogarse sobre las cuestiones últimas porque su cosmos acababa en el Derecho positivo (“es legal”), tipo que lo hay en todos los partidos y hasta en la Iglesia, ¿qué sentirá cuando, si vive, vea que hasta para recogerle los mocos tiene que venir otra persona a hacerlo? Ah, ya. Pensará en morir y recordará que su batalla no era sólo el aborto de los años del babyboom sino la oferta clientelar de la época del envejecimiento masivo: la eutanasia.

Puede. Y también es posible que se arrepienta. No lo sé. Pero sospecho que su coraje abortista de antaño quedará reducido a cenizas porque sentirá dentro de sí la fuerza contradictoria del amor a la vida junto a unas frías ideas de laboratorio que pecaron del mayor vicio que acompaña a la Humanidad desde Caín y Abel: la sequedad del espíritu.

Y sufrirá, sin duda, algo que no le deseo porque esa misma colisión, que está presente en la regulación del derecho a la vida en España desde la famosa sentencia de 1985, nos persigue a todos, a mí también, en cualquier asunto que nos importe.

El gran argumento que preside la respuesta legal a la controversia abortista en los países que siguen abordándola —entre ellos el nuestro, aunque a remolque de otros, como siempre— es el de la independencia o no del nasciturus. “Un feto depende de la madre para todo”, se proclama como gran justificación de la libre decisión materna a la hora de eliminarle o dejarle vivir. Esta tesis ha servido, primero en Inglaterra y después aquí durante la era Aído/Zapatero, que es la vigente, para definir la legalidad de la eufemísticamente llamada IVE (que debería ser EVE, “Eliminación Voluntaria del Embarazo”), la frontera que fija la diferencia entre vivir y morir en la capacidad biológica para salir adelante por sí mismo fuera del vientre materno. El salto viene ahora. Si la resolución sobre autorizar al no nacido a continuar su gestación o destruirla es potestad de aquella de quien el sentenciado depende para vivir, ¿al corazón del antaño belicoso abortista tendrán que dejarle seguir latiendo o no los que le atienden? En ambos casos, obviamente, al margen de su voluntad.

Ese viejo abortista sin fisuras también será, teniendo en cuenta la esperanza de vida, un ser humano vivo pero absolutamente dependiente, incapaz de sobrevivir sin ayuda ajena. Y teniendo en cuenta sus cruzadas ideológicas de cuando gozaba de buena salud, no creo que se muestre muy partidario, de verdad, de aplicarse a sí mismo “una muerte digna”.

Dudé al principio de si enfocar este artículo desde un punto de vista literario. Tal vez me hubiera salido mejor. Pero después pensé en mi vejez y me pareció cruel hacerlo así, de modo que le he dado ese tono entre político y filosófico que creo mucho más fiel a la realidad en la que vivimos.