Cuando los primeros signos evidentes de la vejez aparecen en nuestra vida, es como si se encendiera una lámpara de advertencia: somos caducos. Lo cual, hoy como ayer, tiene su haz y su envés. Significa que hay que optimizar el tiempo, siempre escaso pero ahora más, y relativizar las preocupaciones, porque no hay mal que mil años dure, ni… ya saben. Es el momento de caer en la cuenta de lo definitivos que son los valores que nos han guiado y que nos sobrevivirán (rellenen la casilla ustedes mismos). El primero, universal, la vida misma. Y entonces, nos anticipamos a la edad de la vida en que seremos, nos guste o no, dependientes. Algunos —lo vemos a cada paso—totalmente. Y me pregunto: ¿cómo será la vejez del abortista?
No del circunstancial, que nunca
se ha planteado ni esto ni casi nada, figura que tanto abunda en nuestra muelle
sociedad. Imagino al luchador, el que ha peleado en firme por lo que entendía
que eran derechos inalienables de la mujer (y del hombre, de paso, aunque bien
mirado éste era el más interesado). Ese convencido que jamás osó interrogarse
sobre las cuestiones últimas porque su cosmos acababa en el Derecho positivo
(“es legal”), tipo que lo hay en todos los partidos y hasta en la Iglesia, ¿qué
sentirá cuando, si vive, vea que hasta para recogerle los mocos tiene que venir
otra persona a hacerlo? Ah, ya. Pensará en morir y recordará que su batalla no
era sólo el aborto de los años del babyboom sino la oferta clientelar de la
época del envejecimiento masivo: la eutanasia.
Puede. Y también es posible que
se arrepienta. No lo sé. Pero sospecho que su coraje abortista de antaño
quedará reducido a cenizas porque sentirá dentro de sí la fuerza contradictoria
del amor a la vida junto a unas frías ideas de laboratorio que pecaron del
mayor vicio que acompaña a la Humanidad desde Caín y Abel: la sequedad del
espíritu.
Y sufrirá, sin duda, algo que no
le deseo porque esa misma colisión, que está presente en la regulación del
derecho a la vida en España desde la famosa sentencia de 1985, nos persigue a
todos, a mí también, en cualquier asunto que nos importe.
El gran argumento que preside la
respuesta legal a la controversia abortista en los países que siguen
abordándola —entre ellos el nuestro, aunque a remolque de otros, como siempre— es
el de la independencia o no del nasciturus. “Un feto depende de la madre para
todo”, se proclama como gran justificación de la libre decisión materna a la
hora de eliminarle o dejarle vivir. Esta tesis ha servido, primero en
Inglaterra y después aquí durante la era Aído/Zapatero, que es la vigente, para
definir la legalidad de la eufemísticamente llamada IVE (que debería ser EVE,
“Eliminación Voluntaria del Embarazo”), la frontera que fija la diferencia
entre vivir y morir en la capacidad biológica para salir adelante por sí mismo
fuera del vientre materno. El salto viene ahora. Si la resolución sobre
autorizar al no nacido a continuar su gestación o destruirla es potestad de
aquella de quien el sentenciado depende para vivir, ¿al corazón del antaño
belicoso abortista tendrán que dejarle seguir latiendo o no los que le
atienden? En ambos casos, obviamente, al margen de su voluntad.
Ese viejo abortista sin fisuras
también será, teniendo en cuenta la esperanza de vida, un ser humano vivo pero
absolutamente dependiente, incapaz de sobrevivir sin ayuda ajena. Y teniendo en
cuenta sus cruzadas ideológicas de cuando gozaba de buena salud, no creo que se
muestre muy partidario, de verdad, de aplicarse a sí mismo “una muerte digna”.
Dudé al principio de si enfocar
este artículo desde un punto de vista literario. Tal vez me hubiera salido
mejor. Pero después pensé en mi vejez y me pareció cruel hacerlo así, de modo
que le he dado ese tono entre político y filosófico que creo mucho más fiel a
la realidad en la que vivimos.
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