martes, 30 de junio de 2026

LA VEJEZ DEL ABORTISTA

Cuando los primeros signos evidentes de la vejez aparecen en nuestra vida, es como si se encendiera una lámpara de advertencia: somos caducos. Lo cual, hoy como ayer, tiene su haz y su envés. Significa que hay que optimizar el tiempo, siempre escaso pero ahora más, y relativizar las preocupaciones, porque no hay mal que mil años dure, ni… ya saben. Es el momento de caer en la cuenta de lo definitivos que son los valores que nos han guiado y que nos sobrevivirán (rellenen la casilla ustedes mismos). El primero, universal, la vida misma. Y entonces, nos anticipamos a la edad de la vida en que seremos, nos guste o no, dependientes. Algunos —lo vemos a cada paso—totalmente. Y me pregunto: ¿cómo será la vejez del abortista?

No del circunstancial, que nunca se ha planteado ni esto ni casi nada, figura que tanto abunda en nuestra muelle sociedad. Imagino al luchador, el que ha peleado en firme por lo que entendía que eran derechos inalienables de la mujer (y del hombre, de paso, aunque bien mirado éste era el más interesado). Ese convencido que jamás osó interrogarse sobre las cuestiones últimas porque su cosmos acababa en el Derecho positivo (“es legal”), tipo que lo hay en todos los partidos y hasta en la Iglesia, ¿qué sentirá cuando, si vive, vea que hasta para recogerle los mocos tiene que venir otra persona a hacerlo? Ah, ya. Pensará en morir y recordará que su batalla no era sólo el aborto de los años del babyboom sino la oferta clientelar de la época del envejecimiento masivo: la eutanasia.

Puede. Y también es posible que se arrepienta. No lo sé. Pero sospecho que su coraje abortista de antaño quedará reducido a cenizas porque sentirá dentro de sí la fuerza contradictoria del amor a la vida junto a unas frías ideas de laboratorio que pecaron del mayor vicio que acompaña a la Humanidad desde Caín y Abel: la sequedad del espíritu.

Y sufrirá, sin duda, algo que no le deseo porque esa misma colisión, que está presente en la regulación del derecho a la vida en España desde la famosa sentencia de 1985, nos persigue a todos, a mí también, en cualquier asunto que nos importe.

El gran argumento que preside la respuesta legal a la controversia abortista en los países que siguen abordándola —entre ellos el nuestro, aunque a remolque de otros, como siempre— es el de la independencia o no del nasciturus. “Un feto depende de la madre para todo”, se proclama como gran justificación de la libre decisión materna a la hora de eliminarle o dejarle vivir. Esta tesis ha servido, primero en Inglaterra y después aquí durante la era Aído/Zapatero, que es la vigente, para definir la legalidad de la eufemísticamente llamada IVE (que debería ser EVE, “Eliminación Voluntaria del Embarazo”), la frontera que fija la diferencia entre vivir y morir en la capacidad biológica para salir adelante por sí mismo fuera del vientre materno. El salto viene ahora. Si la resolución sobre autorizar al no nacido a continuar su gestación o destruirla es potestad de aquella de quien el sentenciado depende para vivir, ¿al corazón del antaño belicoso abortista tendrán que dejarle seguir latiendo o no los que le atienden? En ambos casos, obviamente, al margen de su voluntad.

Ese viejo abortista sin fisuras también será, teniendo en cuenta la esperanza de vida, un ser humano vivo pero absolutamente dependiente, incapaz de sobrevivir sin ayuda ajena. Y teniendo en cuenta sus cruzadas ideológicas de cuando gozaba de buena salud, no creo que se muestre muy partidario, de verdad, de aplicarse a sí mismo “una muerte digna”.

Dudé al principio de si enfocar este artículo desde un punto de vista literario. Tal vez me hubiera salido mejor. Pero después pensé en mi vejez y me pareció cruel hacerlo así, de modo que le he dado ese tono entre político y filosófico que creo mucho más fiel a la realidad en la que vivimos.


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