Uno de los libros del Antiguo Testamento se denomina “Jueces” y otro “Sabiduría”. Y siguiendo en el mismo ámbito, Dios concedió a Salomón riquezas y poder porque, puesto en la tesitura de elegir su dote no pidió tales galas sino ser justo y sabio. De hecho, pasó a la Historia como hábil impartidor de justicia, aunque se le haya tomado toscamente como simple administrador del 50 por ciento, amén de identificarse su estilo con la espiral de una columna.
Los jueces se están convirtiendo —mal
que les pese, lo sé— en los héroes salvadores de la democracia española, que es
como decir, habida cuenta lo tortuoso de su pasado, de España misma. Cuando
todo parecía perdido y “el Guapo” estaba perpetrando ya su golpe definitivo con
la regularización masiva del censo electoral a su gusto, los señores de las
puñetas han ido levantando un cerco al dictador de hecho que ojalá sea el
principio del fin de esta pesadilla. El horizonte judicial del presidente y su
partido no es ya futuro; está aquí para quedarse. Y el mérito es, al menos, de
unos cuantos jueces buenos, y algún fiscal desgajado de la disciplina
partidista que han hecho honor a su condición de togados para que la Ley
resplandezca y su luz brille sobre esta noche oscura, este corazón de las
tinieblas en el que el personaje conradiano de La Moncloa ha precipitado.
Cuando un juez da el paso del
desafío al intrigante debe de producirse en él una íntima tormenta. Los jueces
también tienen familia, ilusiones, esperanzas y problemas, como todos. Pero
ellos han de tomar decisiones aislándose de cualquier influencia bastarda y
sobre todo venciendo esa pasión que todos, inevitablemente, llevamos dentro: el
miedo. Lo que estos jueces han hecho y siguen forjando día a día es, ni más ni
menos, que un ejemplo educativo para quienes llevamos toda la vida pensando y
sintiendo que el concepto de ciudadanía va mucho más allá de un papel y el de
patria supera ampliamente el valor de unos símbolos. Es la entraña misma de
nuestra naturaleza como miembros de la polis la comprometida con cualquier acto
de justicia. Cada auto emitido, cada informe policial encargado, cada audiencia
y cada sentencia abunda en el esfuerzo colectivo por garantizarnos un orden
respirable. Con errores. Con excepciones. Con insuficiencias. ¿Qué aspecto de
nuestra vida no los arrastra? Pero, insisto, España misma pende ahora de un
hilo y esa sujeción es la figura de mujer que, con los ojos vendados (no
importan potestades, imperios ni manifestaciones) sostiene una balanza y vela
porque su fiel sea la medida de sus arbitrios.
España tiene una deuda de vida o
muerte con sus jueces valientes, que deberán pasar a los libros como valedores
del último reducto de libertad cuando todos los demás —partidos, finanzas,
instituciones eclesiásticas, y qué decir de las organizaciones de base, como
sindicatos, clubes deportivos o asociaciones— nos habían fallado. Reservo para
el final mi propio sector: la llamada Prensa, antaño quizás inquietante para la
clase política, hoy un apéndice de ella. Este descrédito y la irrupción de
nuevas tecnologías de la comunicación social han relegado a los medios
tradicionales a la condición de comparsa del poder. Su único valor, hoy por
hoy, es el de ser altavoces, a menudo a regañadientes, de la verdad que aflora
gracias a los jueces a diario.
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