jueves, 9 de julio de 2026

QUÉ ES VOX

Tal vez sería mejor preguntarse qué no es. Desde luego, no es la izquierda, en cualquiera de sus múltiples versiones y grados de radicalización y que tenemos desde siempre hasta en la sopa. Pero tampoco es el Partido Popular, como queda de manifiesto una y otra vez, sobre todo a instancias de éste último. Y aquí viene otra cuestión que sin duda nos ayudará a situar  -o mejor, definir- al partido político que fundaran, junto a otros, hace ya más de una década Santiago Abascal y un héroe cuyo valor estaba más que probado de nombre José Antonio Ortega Lara. La incógnita es, ni más ni menos, si el Partido Popular es la derecha.

Habría que discernir los tumultuosos cambios en el espectro político español acaecidos desde que unos cuantos tardofranquistas fundaran Unión de Centro Democrático para sacar adelante la transición democrática en España y como fórmula experimental de entendimiento de contrarios algo así como un Gobierno de concentración nacional improvisado. Cumplimentado el proceso constituyente, UCD dejó de existir pues carecía ya de sentido, o eso se pensaba. Llegó entonces la hora de la bipolaridad, devenida en bipartidismo entre las dos Españas, representadas en Alianza Popular (primero, después Partido Popular) y un nuevo PSOE que había desplazado al histórico con apariencia al menos de educación burguesa. Hasta José María Aznar, el PP fue la derecha bien integrada en el sistema. Puede que demasiado bien. Todo cambió una mañana de vagones reventados y sangre otra vez, mucha muerte, mutilados, familias deshechas, hierros retorcidos y una cadena de despropósitos que siguen abiertos en la conciencia de quienes nunca comprendimos las explicaciones oficiales. Aquellas bombas, propias como las que acabaron con la vida de Carrero Blanco y sus acompañantes treinta años antes de profesionales perfectamente adiestrados, torcieron en minutos la Historia de España y generaron la imperiosa necesidad de reafirmar la consistencia de una derecha española firme y decidida.

Porque lo que vino después y gracias a esos atentados, de Atocha a Leganés, así como de sus investigaciones de cabos sueltos, fue la progresiva rendición del PP a la hegemonía, mucho más que cultural, de la izquierda española. Durante las presidencias sucesivas, y especialmente en el mandato gubernamental de Mariano Rajoy (y Cristóbal Montoro), el Partido Popular fue perdiendo su identidad a fuerza de ceder líneas de pensamiento al PSOE. El discurso fue quedando desvaído por una nebulosa de oportunismos e intereses personales en la que el PP, simplemente, desapareció en aras del electoralismo inmediato. Tiro que, por otra parte, siempre les salió por la culata, y cada vez más como acabamos de ver en Andalucía. Es un fenómeno bien conocido, que ya había tenido su preámbulo durante la segunda legislatura de Aznar. Es como si el PP sintiera alergia a ganar con todas las de la ley, y es que la victoria electoral es sólo el comienzo; lo importante es administrarla coherentemente en el poder sin traicionar los motivos que han llevado a los electores a escoger una papeleta y no otra. Y ahí es donde falla el supuesto partido de la derecha española, en el pudor por gobernar conforme a sus programas electorales; en esa pulsión timorata que frustra a sus más convencidos seguidores y da alas a los beneficiarios de enfrente, crecidos cada vez que contemplan al partido conservador gimotear porque no encuentra su sitio, ante lo cual lo único que se le ocurre es abdicar de sus principios y optar por el mimetismo de la izquierda. Esta vergüenza llega al extremo de transformar los programas en adelante, incluso en los congresos. Es la obsesión por retroceder, por no contrariar a nadie, por quedar bien con todo el mundo, especialmente con el adversario.

¿Qué ha hecho VOX? En términos mercantiles, ocupar el nicho dejado libre por el partido del que procede su líder. La pusilanimidad de Rajoy (¡ay, aquellos dos meses comprometidos por adelantado de aplicación del 155!, ¡Ay, la Ley de Memoria Histórica!, ¡Ay el aborto!... y tantos otros ayes) fueron desplazando votos que ya tenían una alternativa con posibilidades de abrirse paso: VOX. Efectivamente, era la voz de los que se iban quedando sin ella en el espacio teórico de la derecha democrática española. Los epítetos los dejo para sus enemigos, que ya hace tiempo los agotaron. Lo cierto es que, VOX se va haciendo cada vez más imprescindible si realmente se quiere desterrar en las urnas a las coaliciones más siniestras, corruptas y disolventes del Gobierno de la Nación y del dominio de las instituciones.

Podemos hablar de prioridades nacionales y otras polémicas exigencias -por más que el sentido común sea su verdadero motor-, pero ahora, con permiso de Trump, de lo que se trata es de que las preferencias personales y partidistas queden de una vez relegadas. Si es que nos importa algo volver a la senda de la libertad tras este paréntesis de absolutismo contemporáneo.

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