Ha sonado la hora de la verdad. Hechos. Todo el mundo quiere realidades fácticas, ahítos como estamos de "discursos y narrativas", jerga ésta del vasto mundo huero de significado. Son los viejos vicios de la codicia, el ansia de conquista y la vida muelle lo que hay detrás de la invasión de Ceuta; Sebta, como le gustaría seguramente llamarla a un notario de Isla Cristina que acuñó aquello de "sea por Andalucía libre, España y la Humanidad". Bueno, él decía "Iberia", que quedaba más aespañol y blanquiverde. Hoy urge liberar Ceuta. Y hacerlo mediante hechos, con toda la contundencia que reclama la hora histórica de lo inaplazable. Sólo devolviendo a Ceuta su libertad puede seguir existiendo España, pieza clave, guste o no, de la Humanidad tal y como ha llegado a 2026.
Las mayores transformaciones de esta Humanidad han llegado por los estrechos. Dicen los historiadores antropólogos que el homínido saltó de África a Europa por el Estrecho de Gibraltar cuando aún estaban unidos ambos continentes por un istmo. Es sorprendente la mecánica repetitiva de los movimientos migratorios. Me temo, además, que estemos ante un futuro inevitable, dada la regresión demográfica de los europeos. Pero la misma Tierra tiene sus años contados y no por el cambio climático sino por la dinámica del big bang, a juzgar por lo que dicen los físicos. Lo importante no es qué será de nosotros en tiempos remotos sino mañana por la mañana, porque es cuando podemos hacer algo por evitar una catástrofe inminente. La teoría del reemplazo, que antaño era término empleado para designar a soldaditos involuntarios reclutados para hacer la mili (¿recuerdan aquella serie de título tan entrañable: "Historias de la puta mili"?) es hoy acariciada por la extrema izquierda--y tal vez no tan extrema--en comandita con los proyectos panmagrebíes de los gerifaltes norteafricanos. De reemplazo eran aquellos militares adolescentes (unos setenta) que perdieron la vida combatiendo por los territorios españoles frente a "guerrilleros" marroquíes en la última guerra librada por España, allá por los finales de los cincuenta. Marruecos siempre disfrazando a sus soldados, bien de espontáneos luchadores bien de marchas verdes u ocupaciones expeditivas por fuerzas "civiles".
Si no liberamos Ceuta y pronto, si, como parece pretender el Gobierno español el problema se enquista y eterniza, demos por perdida la plaza. Habremos entonces de acoger como refugiados a nuestros compatriotas de la "ciudad autónoma". Porque es obvio para todo el mundo menos para los paniaguadios del Psoe que los diez mil ilegales que todavía pululan por las calles y playas de allí son punta de lanza de algo mucho más ambiocioso. Es vox populi que lo que se trama en los entresijos del poder medieval marroquí es un "Tariq II" y que cualquier operación defensiva de España puede ser tomada como "casus belli" con el beneplácito de Estados Unidos e Israel.
Este es el panorama inmediato. Aznar desmanteló el servicio militar, que algunos países de la Europa profunda y de la socialdemocracia nórdica han resucitado. El ejército español, que ese mismo mandatario espetó a la cara de Hassan II (según confesión propia) cuando el padre de Mohamed le amenazó con tomar Ceuta y Melilla, apenas puede hoy movilizar unos cuantos blindados para contener una avalancha de tropas desarmadas pero muy eficaces como guerreras de compasión. Nuestra retaguardia está en sus cosas (el mundial o la Liga, las redes sociales, las tertulias de opinadores derrochando "discursos y narrativa", el ático de Ayuso y otras zarandajas). Por nuestras calles cada vez se oye más hablar en árabe (otro sueño del padre de la patria andaluza) y vuelan más velos, enaguas y túnicas--no precisamente de Semana Santa. La operación Tarik II calienta motores.
Con todos los respetos, corto se queda usted en su análisis. Ha llegado el momento de que España se levante, acuda en masa a Ceuta y, a continuación, vacíe el Congreso, Senado, tanto central como autonómicos, de golfos, ineptos y vividores.
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