viernes, 31 de julio de 2026

LA CONTRARRECONQUISTA

Han esperado, impacientes, casi ocho siglos, los mismos que duró de principio a fin (Granada aparte), la “presencia” islámica en Al Andalus. Pero, al parecer, la hora ha llegado. Creo que fue Bumedian, el argelino, quien en el foro de la ONU anunció, puede hacer de eso setenta años, la reconquista de la tierra soñada por el Islam, ya no con las armas, sino “con el vientre de nuestras mujeres”. Y he aquí el fruto de ese vientre, repartido entre la Península, Canarias y las calles y playas de Ceuta. Los frutos son casi todos zagalones bien criados en edad militar y, por supuesto, varones. También pasan algunas mujeres, pero ellas venían en la retaguardia de Tarik cuando en el 711 aprovechó —siempre es igual— la división y crisis terminal de los conquistados para asaltar su territorio (y sus riquezas, aunque sean residuales).

Marruecos es experta en vilezas de esta índole. Envía expediciones de población civil desarmada a expandir su imperio, bajo banderas, a menudo invisibles, que amenazan con la Yihad. Recuerdo, con la sensibilidad de un adolescente, aquellos días de la Marcha Verde, con los cañones españoles que defendían el Sáhara prestos a disparar, servidos por oficiales de semblante descompuesto que reporteaban unos jóvenes enviados de TVE llamados Jesús González Green o Miguel de la Quadra Salcedo. Aquel militar se preguntaba qué podía hacer frente a mujeres y niños subidos a camiones con banderas verdes. Por cierto, el mismo color que el converso Blas Infante eligió para la bandera del nuevo Al Andalus. Nada de esperanza (esta era la versión cristianizada), sino verde Omeya.

No es ya momento de paños calientes, sino de pregonar las verdades del barquero. La contrarreconquista, que era una realidad cotidiana desde el mismo instante de la reconquista de una plaza, está aquí, utilizando las armas de la procreación masiva —frente al invierno demográfico occidental, del que España es campeona— y la ocupación “pacífica”. El “no nos moverán” de los campus estadounidenses y Joan Baez adquiere en Ceuta tintes dramáticos, pero resulta igualmente eficaz. Nadie civilizado va a disparar un tiro para dispersar a esta población que empieza a estar hambrienta y cuenta los minutos para que les den “papeles”. Porque esta es la segunda parte del drama: obviamente, no cruzan la frontera y se juegan la vida en el mar para permanecer unas horas visitando la “ciudad autónoma”. Tampoco buscan la mera supervivencia. Esto se queda para los subsaharianos. Buscan el estado del bienestar y la política de puertas abiertas de Pedro Sánchez, la izquierda en general y el internacionalismo “superador” de barreras patrióticas. Recuerdo que Santiago Abascal sigue siendo persona non grata por designación de los demás grupos ceutíes, empezando por el Popular. Llevamos, como mínimo, desde que Franco agonizaba —tétrica “coincidencia” con la Marcha Verde— demoliendo España, tarea asumida por el proyecto autonómico, como bien se vio y se ve en Cataluña y las Vascongadas. Sólo renace la nación cuando lo decide una pelota entrando en una escuadra. Y es cuestión de días.

En el momento de escribir estas líneas han pasado, por la fuerza, la frontera 60.000 indocumentados. Ceuta cuenta con una población de 85.000 personas. Gente que paga sus impuestos y cumple la ley, hijos de otros que reconstruyeron España levantándola de las ruinas del colonizaje revolucionario soviético y de la guerra civil subsiguiente. Y gente a la que otra gente ha violentado su integridad territorial (la misma arrasada por los indultados y amnistiados) para arrebatarles un botín denominado Seguridad Social, propiedad privada y herencia para los hijos. A ver, monseñores, ¿es esto lo que dicta el Evangelio? Dejo la pregunta en el aire viciado de algo que tiene toda la pinta de ser una nueva página de la historia trágica de España, la de la contrarreconquista.

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