lunes, 12 de octubre de 2026

DISCURSO DE LA HISPANIDAD

Pronunciado en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, tras la Misa de la Hispanidad, el 12 de octubre de 2026 

Ante todo, quiero felicitar a las Pilares y a todas aquellas que son o están a punto de ser madres.

Supone para mí esta ocasión de dirigir unas palabras en este escenario esencial para la Historia y la Fe del mundo un motivo de emociones profundas y altas como estas naves, como la mirada siempre sonriente de esta imagen sagrada que baña de alegría santa a quien se acoge a su gracia. Recibí de mi padre, primer eje de mi vida, una devoción serena y dulce, plenamente confiada, en la Virgen de los Reyes, sentimiento que he ido realimentando en mi madurez y que recomiendo vivamente buscar y cuidar a todo aquel que valore los brazos de una madre. Hablar, pues, a sus pies, me causa sobrecogimiento a la par que la convicción de que no se puede aspirar a más en Sevilla.

Pero de aquí, y tras haber celebrado el sacrifico eucarístico ante Nuestra Señora de los Reyes, que nos muestra al centro del orbe, su Niño igualmente risueño, nos dirigiremos a otro extremo de este mundo sobrenatural que es la Catedral, madre de las levantadas plus ultra del océano.

Cuenta el escritor austriaco Stefan Zweig, en su libro sobre Magallanes, que lo primero que hizo, sin perder un minuto, un andrajoso y casi moribundo Juan Sebastián Elcano tras arribar a Sevilla en su cáscara de nuez. en la que había dado por vez primera la vuelta al mundo, fue hincarse ante una pintura mural, único resto que nos queda del muro hacia el que miraban los moros a la hora del rezo. Acompañado de sus dieciocho marineros supervivientes de una expedición zarpada tres años antes con 239 hombres desde los aledaños de la actual Plaza de Cuba, reservó sus escasas fuerzas para dar gracias a la imagen de la Virgen que había sido la primera en ocupar un lugar de honor a lo largo de la geografía americana recién descubierta. Primero fue Panamá como nos recordó en el cierre de la novena a la Patrona el arzobispo de aquella diócesis pionera, el agustino monseñor Ulloa, en su emocionante homilía. (Por cierto, desde aquí hacemos votos por la pronta recuperación de los heridos en el reciente terremoto.) Recordemos, por otro lado, que el primer asentamiento europeo permanente de América se llamó, precisamente, Santa María de la Antigua del Darién. El Papa León X creó la primera diócesis en aquellas tierras de ultramar también bajo la advocación de Santa María de la Antigua. Y después, la devoción se desparramaría por toda Hispanoamérica: Méjico, Perú, y un etcétera tan largo que continúa en aquella tierra de misión.

Y que por supuesto llegaría a latitudes que resultan familiares a generaciones modernas por razones muy distintas. El famoso “Sillicon Valley”, la cuna de las tecnologías de la información y la comunicación (aquellas “tics” de las aulas informáticas y la Logse), situada junto a la bahía de San Francisco, no existiría sin las tiendas de electrónica de la zona de San José, tal como relatan las biografías del fundador de Apple. Y un poco más abajo, en la misma California, está el valle de Santa Ana, la misma de Triana, la de la Velá, la madre de esta bienaventurada mujer a la que, según la tradición, enseñó a leer las Escrituras que hablaban de ella, como se nos muestra en la capilla frontera. Claro que Hollywood, la meca industrial del cine, está en Los Ángeles, no muy lejos de San Francisco. Medio Estados Unidos, guste o no, es de origen español y por tanto católico. Al menos la toponimia, lo cual ya es muy significativo. Los aficionados al cine, especialmente al del oeste, nos sentimos como en casa cuando se habla de lugares cuya huella partió de aquí mismo. La Hispanidad ha seguido muy presente en el imaginario colectivo del celuloide, siempre acosada por la cultura anglosajona. Visitar el monasterio de Santo Domingo de Silos, el de las Glosas Silenses, ligadas a los balbuceos del castellano, siempre es recomendable. Pero además, muy cerca de allí sigue estando el cementerio circular e improvisado por soldados españoles del duelo final de uno de los westerns más populares y emblemáticos, con siluetas de Clint Eastwood por doquier. La universalidad del hispanismo y sus huellas más variopintas no tiene límites. Y si te vas al Sur, la literatura a cuyos pechos hemos crecido intelectualmente muchos, la del realismo mágico, con Nobel incluido, se levantó en español, en gran parte desde Barcelona. Cuando a Borges le preguntaron de dónde venían los argentinos respondió, con su habitual agudeza escurridiza, “e los barcoh”.

A muy pocos metros de aquí, cuatro donceles portan los restos de un Descubridor que nunca acaba de entrar en la Catedral, bajo la atenta mirada de su patrón, que también lo es de los viajeros. Sevilla, La Rábida, Palos, las Antillas, dos orillas y dos mundos que en realidad son uno. Los cabezudos de la cúpula barroca de la iglesia dominica de San Pablo, hoy Magdalena, son nativos americanos encaramados en busca de los cielos sevillanos que perdimos y no perdimos, a Dios gracias. Ir al Parque de María Luísa, entre las plazas de España —de brazos abiertos al Poniente—y la de América —cuajada de guiños literarios— es encontrarnos con formas y símbolos de allende los mares entremezclados con recuerdos infantiles de palomas, arvejones y caballitos de cartón sobre los que sacarnos el retrato para ponerlo encima del televisor. Aquí a la vera está la calle Almirantazgo, que en la Albión tiene un primer lord y aquí conecta con un camino Real de la Carretería para embarcar rumbo a todo un nuevo continente. El Archivo de Indias, la Biblioteca Colombina, la casa de la Moneda, la Aduana, la calle Núñez de Balboa, la calle de la Mar, galeones, naos, pilotos, buzos, calafateadores, San Juan de la Cruz en el convento de Los Remedios, Santa Teresa pasándolas moradas junto al compás de la Laguna… De aquí a América, amigos míos, no hay más que un paso. Recordémoslo como sevillanos antes de que la amnesia que tanto nos caracteriza ceda el protagonismo a otros aires, muy distintos —y bastante hostiles— del Buen Aire de la Hispanidad.

La Virgen de la rosa blanca y el jilguero con los que juega su Hijo, Nuestro Señor, ve pasar las cofradías que hacen estación a la Catedral cada Semana Santa. De aquí parte el Camino de Santiago del Sur.  No hay, pues, mejor emplazamiento que el de estas capillas para glosar, brevemente, la Hispanidad como criatura viva puesta bajo el amparo de Nuestra Señora de la Antigua, que es también por la que reinan los reyes. Quiero llamar la atención sobre el objeto que centra la figura: una flor, resplandeciente que hasta parece perfumar la capilla. Es la rosa blanca que destila el pecho de María y que llevaban en su retina los navegantes cuando se echaban a la mar desde este Puerto de Indias. De esa rosa, que es una rosa de los vientos para andar siempre orientados, parte todo; es la rosa de la paz, que recorrió la América hispana difundiendo la evangelización de la que hoy sigue nutriéndose la fe de pueblos enteros. Hay quien recorre varios kilómetros de montaña medio descalzos para asistir a la misa dominical y escuchar, en español —segunda lengua materna del mundo—, la Palabra de Dios. Y todo nació de esa rosa blanca del pecho de esta mujer inmaculada, que entabla bocanadas de fe, de “fiat”, con aquella otra de aquella capillita del costado del coro, la “Cieguecita” montañesina. Y, desde luego, que piensa y esboza una sonrisa con la misma gozosa poesía que la Patrona de Sevilla. Cuando se estampó esta pintura en la quibla ya reinaba aquella al pie de la Giralda.

Volvamos a la rosa blanca. Ya lo dice la copla de Gilbert Becaud: “Lo importante es la rosa”. Siempre me acuerdo de don José, un patriarca sevillano al que la locura violenta había arrebatado un hijo, por cierto al pie del monumento a Colón, que conservaba siempre una rosa blanca sobre el piano de su casa para evitar que el resentimiento le matara a él también. Quiero acabar con un poema que me descubrió mi director espiritual, el padre Isaac García, aquel hombre de teatro que educó a unas cuantas hornadas de sevillanos en el colegio de los Padres Blancos, cuyos muros hubiera lamido el río por el que durante siglos transitaron las naves de ida y vuelta —no siempre de vuelta— en la ruta americana. Porque el río grande pasaba por lo que hoy es la Feria.

Los versos son de José Martí, y rezan así:

 

“Cultivo la rosa blanca

en julio como en enero

para el amigo sincero

que me da su mano franca;

 

y para el cruel que me arranca

el corazón con que vivo,

cardo ni ortiga cultivo,

cultivo la rosa blanca.”

 

He dicho. Muchas gracias.

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