Mi primer jefe, en la radio, era hombre de teatro y de una izquierda ácida —términos redundantes. Recuerdo que, llegada la hora de recontratarme tras las prácticas estivales, me advirtió acerca de los paupérrimos fondos para remunerar al personal eventual con los que contaba aquella emisora de la moribunda Organización Sindical. Y para definir desde las tablas aquel paisaje le llamó “juguete roto”.
Esta es la mejor etiqueta que
podríamos poner a la España que su auriga actual aspira a seguir gobernando
indefinidamente. Primero la ha manoseado como un juguete, dirigiéndola a su
antojo. Como se trata además de un niño especialmente voluble y patológicamente
narcisista, ha disfrutado sobre todo destripándola para así convencerse de que
la dominaba. Dividida de nuevo en dos bandos herederos de la Guerra Civil,
sumida en una deuda pública con cuyos intereses se podría construir cien
hospitales al año, inmersa en una inflación oficial del 4 por ciento, atada a
un paro endémico que condena cada vez a más españoles maduros a la ociosidad
empobrecedora, indispuesta con los bloques más desarrollados del mundo, con su
Justicia laminada, y perforada la integridad de sus instituciones como quesos
gruyere, Sánchez ha prestado su juguete a niños peores que él, los más
gamberros, los que le bailaban el agua mientras un ingenio —España— que llevaba
siglos funcionando aceptablemente bien, salvo alguna terrible caída cuyos daños
subsanaron el tiempo y el esfuerzo de otros niños más cuidadosos, se
desvencijaba en sus manos torpes y egoístas de crío más que travieso, perverso.
Hoy España, lamentablemente, no
funciona. Lo vemos a diario —catástrofes provocadas o agravadas por el caos
administrativo, trenes AVE que se averían continuamente, delincuencia campando
por sus respetos con armas de guerra, invasiones civiles y militares disfrazadas de
“crisis migratorias” escoltadas por patrulleras del país invasor… Pero el niño
malcriado sigue golpeando el juguete roto porque no le sirve con la pleitesía
que él merece. No lo entregará jamás de buen grado, porque, aunque hecho
trizas, siente que es suyo. Lo ha destruido él, lo cual le da derecho —entiende—
a disfrutar de sus pedazos sueltos.
Empezó por enmerdarlo, metiéndolo
adrede en charcos de fango, compartiéndolo con amigotes chulescos, que mancillaban
el juguete de porquería sexual y trasiego de cromos falsos. Abusó del juguete
utilizándolo para su recreo personal y privando de él a los legítimos compañeros
de guardería. Y fue haciendo del objeto de sus antojos un deforme frankestein
irreconocible. Ahora, en un rapto de rabieta un tanto brutal, ha arrojado el
juguete al suelo tras romperlo hasta la saciedad. Pero no nos engañemos: el
juguete está uncido al niño malcriado por una red de hilos de araña tejida a
escondidas en sus ratos de ocio junto a los 1.255 cortesanos que bufonean a su
alrededor. Va a ser muy difícil arrancar el juguete de sus manos, pero si se
logra, ojo porque dentro puede haber una mina. Y no precisamente la del sabio
rey Salomón.
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