miércoles, 26 de marzo de 2025

A SOLAS CON MURILLO

Nada podía hacer presagiar la tragedia que iba a desatarse días después en la casa que habitó el “sevillanista” Santiago Montoto, justo en las lindes de la Judería hispalense, una muerte entre tinieblas de quien más y mejor nos había descubierto y glosado el uso de la luz sobre el rostro de las personas y del claroscuro en la meditación mañariana sobre la muerte (los pinceles también piensan, que se lo pregunten a Valdés Leal). Algo de esa claridad esperanzada buscaba yo, en compañía de mi mujer, entre los cuadros del Museo, en el testero de un brazo del crucero en el que los frailes mercedarios elevaban sus oraciones por los cautivos. Y allí estaba, fiel y luminoso, ajeno al dolor de lo irremediable, ese rostro infantil que siempre me devuelve a los años dorados en que todo era futuro. Es —mis amigos cultos lo saben bien, y mi mujer, que iba conmigo, también— un niño mendigo. El santo fray Tomás de Villanueva acaba de depositar en el cuenco mugriento de su mano inocente y temblorosa unas monedillas. Y el chaval, de rasgos inequívocamente meridionales, ha corrido al regazo de su madre, que pide limosna sentada en el suelo y apoyada en un quicio, a mostrarle, ufano, el tesoro hallado en la caridad de la para él colosal figura talar. Sólo le falta hablar. Lo peor es que a su madre tampoco hace falta preguntarle qué siente, porque presiente el hambre inminente que acude con puntualidad animal al estómago (aquellas entrañas dobladas de huecas que hoy apenas podemos imaginar). Esas monedillas durarán poco, piensa con el gesto cuyas facciones tanto se asemejan a las de la Macarena, por entreveradas de dolor y alegría (las de la Esperanza), de alegría y dolor las que pintó Murillo para los hermanos del fraile donante.

Ese crío, con su carita resplandeciente, tan distinta de la sombría que le escucha con la mirada ausente, me convence de que no está todo perdido. La madre, de que vivimos en el alambre del equilibrio entre la ilusión y la ruina. Aquella tarde, en el Museo, mi esposa y yo vivimos un prodigio. No había nadie más allí, ni turistas ni curiosos ni amantes de la creación humana. Bueno, estaban la Inmaculada, San Francisco, la Virgen de la Servilleta, Santa Catalina de Alejandría… muchos testigos del reencuentro con el misterio supremo del arte y de la teología. Pero ningún mortal más que nosotros dos, un matrimonio en torno a la belleza. Me acordé de lo que nos contó Enrique Valdivieso sobre el poder redentor de la pintura murillesca ante los estragos de la peste de 1649, de la victoria de la estética sobre la muerte. Aquello parecía un sueño feliz sin tiempo, sin sucesos, sin mancha.

Ay…, faltaban semanas para que Enrique, seguramente el mayor conocedor de cuanto nos rodeaba, y su esposa durmieran el sueño eterno entre tinieblas de humos asesinos. La fortuna, y su envés el infortunio, rondan siempre al destino humano, arbitrarios, veleidosos, presa de melindres que nunca comprenderemos. ¿Por qué dos vidas que se amaban, tanto como los de Verona, tenían que acabar en una noche interminable respirando un aire imposible? Estuve con Enrique Valdivieso, hace cosa de un año, echando una mañana en repasar su vida ante una cámara de vídeo. Él solo, en primera persona.

(Ando coleccionando un archivo audiovisual de memorias sin límite ni valladar, que cada cual diga lo que quiera, como quiera y durante el tiempo que quiera. La finalidad es guardar el material sin intención alguna. Tan absurdo como la muerte, pero lidiando con ella, procurando burlarla con un quiebro de la técnica. Hoy podemos hacerlo. Ayer no. Pues aprovechémoslo. Llevo grabados unos quince. Son personajes que conocí en tiempos de periodismo activo y que me consta que tienen muchas cosas que contar, aunque sólo sea por sus años y porque desempeñaron papeles relevantes en diversos ámbitos, generalmente culturales, de la ciudad. Saben hacerlo. Son buenos narradores. Y la libertad de que gozan ante algo que no se va a publicar, al menos a corto plazo, les hace revelarse desinhibidos y pletóricos de vitalidad. Las ideas se les agolpan en la garganta. Seleccionan lo que les place contar, con los giros, modulaciones y gestos que les da la gana. Para mí es una gozada, pero creo que para ellos lo es todavía más. Hablan de su infancia, de su lejana familia de procedencia, de su lugar de nacimiento y crianza, de sus estudios, de personas que les marcaron y de las que guardan un recuerdo tan fiel como si acabaran de estar con ellos. Hablan de una Sevilla desaparecida, que ya sólo existe en su interior, y que resplandece con perfiles inéditos para la gente de hoy. Hasta que se cansan, me lo hacen notar, y pronuncio el simbólico “corten”.)

Cuando me despedí de Enrique Valdivieso, entre un desnudo femenino esculpido a tamaño real y vestigios de su época de hombre de teatro, la voz siempre potente del profesor que fue hasta el final me regaló un cuadro suyo, con la condición de que le enviara una foto del lugar donde lo colgara. Nunca lo hice. Después he sabido que era una costumbre suya. Las últimas palabras, en el umbral de su casa de la Borceguinería, fueron las del zagalón entusiasta que vibraba con los cromos de futbolistas: “Bueno, tenemos que hacer la segunda parte”. Tampoco hubo segunda parte. Al día siguiente de que encontrasen su cuerpo y el de Carmen sin vida en el lecho conyugal fui solo hasta allí con mi cámara y fotografié su balcón lleno de flores huérfanas y la ventana cerrada con tapaluces del despacho donde había relatado su vida, ante la misma mesa que empleara Montoto. Me invadió la misma amargura que cuando vi al pintor Amalio de cuerpo presente. Los artistas, por lo menos ellos, no deberían morirse nunca. Tengo que ir a contarle estas cosas al niño mendigo de Murillo y a su madre. Ellos comprenden esta ambivalencia que me roe. Quizás vuelva a entrar en el mismo sueño de cuando Enrique contemplaba aún la belleza y nos la explicaba magistralmente.

viernes, 28 de febrero de 2025

CAMBIO DE PARADIGMA

Escojo a propósito una palabra muy de moda hace pocos años en ámbitos autodenominados “progresistas”, aunque hoy esos mismos círculos preferirán emplear el adjetivo “reaccionario” para describir lo mismo. Serviría también aquello de “políticamente correcto” si consideramos tal cosa lo que nos impuso la dictadura del neomarxismo y sus derivados, ahora en trance de darse la vuelta como un calcetín. Pongo un ejemplo harto ilustrativo: el diario más “avanzado” y por ende proabortista del mundo, el New York Times, acaba de publicar un reportaje en el que denuncia prácticas corruptas por parte de la mayor red de negocio de “ives” conocida: Planned Parenthood. Ello implica un giro de 180 grados en la tendencia de esta trinchera por el derecho de las mujeres a acabar con la vida de sus hijos. Sigue, pues, la racha iniciada por Meta (Facebook e Instagram), tras X (Twitter) y luego nada menos que Disney, a la espera de lo que haga pronto Apple e incluso la muy vanguardista Microsoft. Todo esto, limitándonos al foco de esta reversión de inclinaciones, que está en los Estados Unidos.

Por supuesto, los cambios de orientación cultural de firmas punteras en tecnología e industria no son más que indicadores de algo mucho más profundo, de índole cultural, que es el paradigma. O el modelo, para entendernos en román paladino. La libertad como medio ambiente de cualquier clima políticamente respirable ha ganado la batalla a las corrientes “woke”, ésas que buscan ser continuación de las viejas luchas venidas del Este en tiempos de guerra fría y soterrada expansión comunista. Un pequeño esfuerzo de elevación sobre la pseudodialéctica de la España actual —que es en realidad una momia de Lenin— nos puede permitir divisar un futuro distinto, más abierto y luminoso en el que incluso sea admisible soportar sin rasgarnos las vestiduras los ridículos de un presidente. Ello sólo es posible si perforamos la costra de miopía a la que nos han acostumbrado los que viven del sistema establecido (no hablo de leyes sino de intenciones) y profundizamos un poco. ¿Tanto cuesta reconocer que el histriónico míster Trump fue el primer líder de la Casa Blanca en muchos años que no inició guerra alguna, que fue capaz de cruzar a pie la tierra de nadie coreana para encontrarse cara a cara con la encarnación de la amenaza nuclear del norte y que ha hecho posible la tregua y el canje de prisioneros y rehenes en Oriente Próximo, antes incluso de tomar posesión?

Por supuesto, los dirigentes del socialismo institucionalizado que padecemos en España y en buena parte de Europa están desplegando la artillería pesada para que sigamos sin enterarnos de eso y de otras muchas cosas, como que Rusia también tenía sus razones, todo lo criticables que se quiera, para intentar reanexionarse una parte de Ucrania. Criticables, pero no censurables. Y lo cierto es que hubo una rueda de prensa multitudinaria, bien vendida por los sucesores del KGB (del coronel Putin) de la que circuló un vídeo que —¡oh, misterio!— desapareció de la red, y en la que el poco democrático premier ruso anunció sus planes basándose en el incumplimiento de los acuerdos de Minsk. Como se esfumó otro, ligeramente anterior, en el que arengaba a sus tropas recordando lo que tan bien sabía: cómo los servicios secretos de la URSS habían minado durante décadas los principios morales de Occidente, que estaba ya en sazón para ser atacada. La USA de Biden no hizo sino favorecer la guerra proporcionando armamento y adiestramiento a una Ucrania en la que no hay elecciones libres ¿desde cuándo? Busquen, por favor, el discurso de despedida del presidente Eisenhower —uno de los generales más activos contra el III Reich— en el que pone claramente en guardia contra el “estado profundo” (deep state), alimentado por una tan tenebrosa como potente alianza entre el capital de la industria militar y ciertos burócratas de la Administración. Ahí puede estar una de las claves de la guerra de Ucrania, que tanto sufrimiento ha generado.

Los escuadrones de la dictadura inmaterial se han puesto en marcha con métodos tan viejos que datan del siglo XVIII. Bajo el manto de las garantías frente a los bulos y la “desinformación”, han desempolvado todos los mecanismos de persecución de la libertad de expresión, cercenándola desde arriba: desde la titularidad de los medios de comunicación. Han comprobado que los procedimientos solapados ya no funcionan como antes, cuando lo “políticamente correcto” lo dominaba todo. Y están pisando el acelerador, porque saben que se lo juegan todo, es decir el éxito histórico de un imperio cultural que colonizaba las conciencias desde preescolar hasta la eutanasia.

domingo, 2 de febrero de 2025

EL LADO LUMINOSO DEL XVII SEVILLANO (homenaje a don Enrique Valdivieso y su esposa)

 El profesor Enrique Valdivieso, seguramente el mayor experto vivo sobre Murillo, dio hace algunos meses, cuando los fastos apenas se esbozaban, una lección magistral de carácter casi íntimo a un grupo de gente inquieta de la ciudad en la que el pintor vino a nacer que perdura en la memoria de quienes a ella asistimos. Aquella tarde, en plena sobremesa y ante un auditorio encandilado que parecía escuchar sus palabras como si de la estantigua de San Telmo se tratase (trocada la dureza pétrea en sensibilidad a flor de piel), este talento sevillano de Valladolid pronunció un discurso a los postres, salteado de preguntas emocionadas. El maestro nos tomó de la mano e hizo que nos sintiéramos espías de Murillo. Dejó a un lado las latas de membrillo y el aburrido lenguaje de las tesis. Pero no la imaginación. Nos situó en una puerta de la Sevilla alucinada, torturada, lacerada por la epidemia de 1649. Y desde allí, fuimos siguiendo al artista por los suburbios dolientes de una población diezmada.

Valdivieso logró transportarnos, meta sempiterna de todos los contadores de historias. Se reveló como un excelente prosista improvisado, como un bardo ciego —¡él, con su mirada de vista rápida!— que concentrara mil iconos en una palabra para derrochar el verbo del arte sin clasificar. Y nos explicó el por qué de Murillo. En otras palabras sin duda, vino a decirnos: “Los sevillanos necesitaban, en ese momento histórico, alguien que los sacara de la peor pesadilla que vieron los siglos. Y encontraron a Murillo deambulando por sus calles, en busca de niños harapientos, roñosos y muertos de hambre, pero bellos como sus Inmaculadas. La pintura profana de Murillo, y también la religiosa a su manera, fueron como una operación humanitaria de rescate estético y ético. Un respiro. Él vio en aquellos hijos de Dios ávidos de misericordia, huérfanos, perdidos, andrajosos y sin más futuro que un hilo de esperanza biológica, el lado luminoso de la vida, la luz, y decidió llevarlos a los lienzos como un consuelo para tanto sufrimiento humano que le salía al encuentro. La ciudad estaba laminada, psicológicamente triturada, llorando a sus muertos noche y día. Sólo le quedaba el pincel de Murillo. Y lo aprovechó. Vaya si lo aprovechó.”
Nos quedamos boquiabiertos. Murillo, apóstol de la vida en una Sevilla atribulada, donde el olor a cadáver se mezclaba con el eco de las rogativas. Quienes llevamos media vida buceando en la historia fidedigna de la “muy noble” sabemos bien que el significado de aquella alocución breve y acerada, como una punzada de los millones que se embalsaron en la Sevilla de aquellos años, respondía sin la menor traición a lo sucedido entonces. Traigo a colación una “anécdota” (no puede ser más luctuosa pero rica para la historiografía) que hallé en un libro de actas de la hermandad de la Carretería correspondiente a aquellas fechas. Un domingo, los toneleros se reúnen, convocados por el muñidor, para elegir oficiales. En aquel ajado papel me salieron al camino un puñado de nombres anónimos. A continuación, el acta recogía los esfuerzos, sobre todo económicos, para llevar a cabo la estación de penitencia y la procesión de la Pascua de Resurrección (dos salidas en cuestión de pocos días). Pasé las páginas. Reconozco que me asaltó un temblor sordo, a solas como estaba con aquella memoria histórica que empezaba así: “En Sevilla, a 17 de abril de 1649, se juntaron los hermanos que quedaron bibos”. Sí, una semana más tarde, aquel domingo cuaresmal o tal vez de Ramos, había que volver a elegir junta de gobierno, porque la mayoría había sucumbido víctima de la bubónica. En aquel momento decidí que dicha frase encabezaría mi libro “Dios, hombres, ciudad” bajo la dedicatoria “A mis hermanos de la Carretería. Los que se fueron y los que viven”.

Ahora que se despliegan a toda prisa las velas del cuarto centenario, y que don Enrique Valdivieso habita en el relativo olvido —cruel como la peste— de su morada a dos pasos de la eterna que acoge los restos de aquellas retinas universales, es buen momento para reflexionar sobre el lado luminoso del siglo XVII sevillano, el que permitió que la ciudad se sobrepusiera a su apocalipsis, gracias, en buena medida, al mensaje que dejó en ella la pincelada del genio.

(Publicado en ABC de Sevilla el 18 de enero de 2018)

lunes, 27 de enero de 2025

EL PODER Y LA VERGÜENZA

Hemos entrado en una nueva fase cualitativa: la de la desvergüenza más absoluta por parte del poder político que, por una de esas carambolas de billar que tan a menudo —más de lo aconsejable— se dan en los gobiernos, ha recaído en el segundo partido más votado del espectro español. O al menos, eso dice Indra, a la que pronto, si no ya, habrá que añadir barra Telefónica y a su vez barra Gobierno social-comunista, con o sin apoyo separatista. Esta nueva época, la de la desvergüenza, suele ser la estación terminal en la que se apean muchos demócratas, con el consiguiente peligro para todos. El proceso es pura química: primero se abraza el poder por exclusión, es decir cuando las fuerzas ganadoras han sido incapaces de reunir el suficiente número de votos, en nuestro caso de escaños, para hacerse con las riendas. A continuación, y sin prestar ya atención alguna al grado de legitimidad que se posee, el poder se ejerce con disimulo, aunque en realidad a las bravas. Si existe algún resquicio de esperanza para los demás, se le relega primero a una oposición testimonial y luego al extrarradio de la política (PP y VOX, por ese orden).
 Y con la maestría de la izquierda occidental a la hora de manejar las mentes “colectivas”, se van forjando los preparativos para la siguiente fase, la que acabamos de pisar. La desvergüenza se da cuando se llega al más descarado nepotismo y el favoritismo o directamente el espionaje al servicio del partido alcanza a la cima de los mecanismos correctores de las desviaciones inevitables en toda comunidad humana. El poder se mueve entonces entre el abuso y la desesperación. Sabe que se encuentra en terreno pantanoso y que las arenas movedizas se lo pueden tragar si no eleva su apuesta al máximo. Y es lo que está haciendo entre nosotros. Por otra parte, y si nos desplazamos al terreno siempre pedagógico de la historia, es lo que este sector ha hecho toda la vida: crear la sensación, bien arraigada, de que ellos y sólo ellos tienen la razón y la justicia de su parte, lo cual les autoriza para llegar hasta donde les apetezca. La desvergüenza.
Sin embargo, como señalaba Churchill en otro terreno en realidad paralelo a éste, el de la guerra, primero se aferraron al poder a toda costa sin perder del todo la dignidad¸ después se quedaron sin lo que les quedaba de esta cualidad con tal de retener y ampliar el poder. Y puede que finalmente se queden sin ambos, el poder y la vergüenza, descabalgados del primero por su dependencia de los rastreros del 3 por ciento o de los tiros en la nuca y la bomba en el pecho y de la segunda por razones obvias relacionadas directamente con aquél. Si no es así, si el futuro de España está escrito con letras de sangre y corrupción irremediables, en un mundo que parece despertar al sentido común y la decencia, tendremos una nación sumida, otra vez, en el abismo.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

LUIS SUÁREZ, UN HOMBRE PARA LA HISTORIA

Acaba de morir, cumplido el siglo de vida, un gran intelectual. Pero la sociedad española apenas se habrá enterado, excepción hecha de los avisados por su interés en esclarecer la Historia. Luis Suárez podía lucir uno de los curriculums de historiador más nutridos y sobresalientes del mundo. No exagero. Pero no lo hacía, porque si un rasgo le caracterizaba era su modestia. Era hombre de valores tradicionales, que no quiere decir inmovilistas sino a menudo todo lo contrario. Lo fui descubriendo poco a poco, leyéndolo, naturalmente, porque el profesor Suárez era hombre de la Galaxia Gutemberg —permítanme la expresión— “hasta las cachas”. Por eso digo que en esta galaxia que ya no es la de Marconi sino la del sílice, su muerte, como su vida, no significa nada. Creo recordar que sus publicaciones rebasan ampliamente el centenar, y sólo hablo de libros, no de articulitos de refrito y menos, claro está, de tesis plagiadas. Hace sólo unas semanas que cerraba yo la última página de su Historia de los Judíos, repleta de claves para interpretar correctamente (es decir, de modo realista) una actualidad dramática, como todo el pasado de este pueblo, y manipulada hasta el paroxismo por los “informativos” de prácticamente todos los medios. Antes, había leído, durante los últimos veranos, su monumental obra en seis tomos acerca de Franco y su tiempo, editada por Actas y continuamente salpicada de la misma aclaración: un historiador no debe mostrar su opinión sino el cariz auténtico de los hechos, según sus investigaciones. No era un beato del Caudillo, sino un respetuoso espectador de una época de la Historia de España que ya siempre estará ahí, mal que les pese a los que ahora tienen la sartén por el mango. Pero su honradez, como en otros tantos casos (antes y ahora, ¿siempre tal vez?) le costó cara. Lo bueno de aquel episodio de la Academia de la Historia es que, como lo afrontó ya al final de su carrera, pudo sacudirse la solapa sin inmutarse, y los que quedaron muy lejos de estar a la altura de las circunstancias fueron los académicos, sumisos a un Gobierno (Zapatero) ferozmente antihistórico. Todo vino, teóricamente, porque Suárez calificó el régimen de Franco en la entrada correspondiente del Diccionario Histórico de la institución, como evolutivo desde una dictadura a un sistema autoritario. Eso no gustó en Moncloa, que es la que parte el bacalao del presupuesto académico, como hace con las “oenegés”. Y Luis Suárez se fue con sus conocimientos tomados entre otras fuentes del archivo del Generalísimo, que muy pocos han podido y se han atrevido a consultar, a su terruño asturiano, desde donde finalmente se trasladó a la denostada Benidorm para morir allí, en contacto templado con el Mare Nostrum.

Ahora ya, don Luis Suárez Fernández es invulnerable a la política rastrera que padece nuestra Patria. Desde la otra, la Celeste, se sonreirá socarronamente al contemplar cómo sus libros, su trabajo de una vida centenaria, sobreviven a la miseria humana y quedan a disposición de aquellos que quieran ser libres —seguramente pocos— por la vía más perfecta que existe: leyendo. Nos queda ese patrimonio que, por ser espiritual mucho más que material (incluso virtual, porque el mencionado y valiosísimo archivo está ya digitalizado) resulta punto menos que indestructible. Además, dado el amplísimo espectro cronológico que abarcaron sus estudios —ahí están, por ejemplo, los consagrados a los Trastámara o a los Reyes Católicos, especialmente a la Reina Isabel de Castilla—ya nadie podría acusarle de sectario ni de servir a la memoria de un personaje y un régimen concretos, ni tan siquiera de una época delimitada. Le interesaba todo cuanto concerniera al pulso vital de España, hoy ciertamente sedicente.

lunes, 4 de noviembre de 2024

EL OCASO DE LAS TAIFAS Y SUS MISERIAS

 Cuando redacto estas líneas, el presidente del Gobierno de España ha estado a punto de ser linchado. Así, como suena. He recordado ciertas palabras del líder de VOX que a su vez asociaban a Sánchez y a un cabecilla fascista italiano. No le deseo a nadie que muera colgado por los pies, pero reconozco que hay personajes históricos que han hecho grandes méritos para ello. En el caso que nos ocupa, hubiera bastado que el inquilino —¿perpetuo como buen “okupa”?— de La Moncloa estuviera ausente de la visita de los Reyes al epicentro de la catástrofe para que el encuentro con el pueblo afligido hubiera transcurrido como ha sido tras su evacuación del lugar de los hechos. Pero estamos ante un autócrata redomado que dirige un bando de aspirantes a sucederle en tal condición, y estas cosas pasan factura.

En Valencia ha estallado algo más que una tempestad meteorológica. Lo que ha reventado ha sido un Estado que ya no aguanta más el azote del mal gobierno, acogido a una estructura constitucional inacabada, desequilibrada, centrífuga y explosiva por generadora de injusticias y desigualdades lacerantes. Tengo reiteradamente escrito que en su día, como parte de la transición, se nos preguntó si queríamos democracia y se nos dio autonomías. La inhibición del Estado —no de la gente, ojo— antes, durante y después de la tragedia valenciana es la consecuencia de una desvertebración que hunde sus raíces en la patológica obsesión socialista por ajustar cuentas con el fantasma de Franco. Estamos aprendiendo muchas cosas en muy pocos días, gracias a uno de los episodios más tristes y desgarradores de la España “democrática”. Entre otras, que si toda Valencia no ha desaparecido bajo las aguas ha sido porque en 1957, tras otras inundaciones espantosas, el entonces Jefe del Estado dispuso que se libraran 5.000 millones de pesetas de la época (4.000 millones de euros actuales) para ejecutar una desviación del Turia que, efectivamente, se realizó y que no era ni más ni menos que una desviación del curso natural del río para salvar a las personas.

Noticias como el rechazo de la ayuda francesa en forma de equipos de bomberos o la negativa a autorizar el traslado de sus homólogos bilbaínos, deseosos de colaborar, se unen a la misma impotencia por parte de la clase de tropa y marinería (la “clase obrera” del Ejército), manifestada mediante un amplio comunicado de su asociación que pone de relieve el nauseabundo estilo impuesto por el PSOE de Pedro Sánchez. No contentos con ello, han apartado de la coordinación de las Fuerzas Armadas destacadas en Valencia al Jefe del Estado Mayor de la Defensa, que es su mando directo, para encomendársela al jefe de la UME. Demencial.

La división de los tres poderes tradicionales en todo sistema de libertades es hoy en España división de poderes territoriales, y lo que es más grave aún, nada de eso está contemplado en la Ley. De ahí la confusión, ciertamente criminal, que se produce cuando los cataclismos se desatan. En el fondo, no es sino la concentración brutal del desconcierto autonómico atacando ferozmente la vida de las personas.

Valencia está revelando —y yo no me alegro— hasta qué punto la partitocracia ha calado en nuestras vidas, anteponiendo los intereses y la supervivencia de quienes viven de la política frente a cualquier necesidad, por imperiosa que sea, de la población gobernada. Y ello es posible merced a las anarcoautonomías que interfieren en el trabajo cotidiano de un pueblo ahora ya desbordado por la mezquindad ególatra de quienes han gobernado y sobre todo gobiernan nuestra Patria. Franco lo sabía como pocos; por eso pretenden silenciarlo y desterrarlo de la Historia.

Nunca antes habíamos asistido a una oleada de mensajes cibernéticos, pese a la censura socialista, como la que ha motivado el desastre, en todos los sentidos, de Valencia. Nunca antes estuvo un presidente tan cerca de ser linchado. Sólo el Rey, que hoy se ha ganado como nunca el título de mayestas, así como su esposa la Reina reportera (y sus escoltas, uno de ellos apedreado y sangrante aunque sin abandonar su cometido) han permanecido sobre el terreno. Y observen que han resistido los gritos iniciales de ¡asesino! hasta acallarlos al pie del cañón, escuchando, consolando, abrazando y manchándose de ese fango que el responsable de todo ha rehuido y que luego utiliza para gimotear. Don Felipe y Doña Letizia han esperado, metidos en la masa del sufrimiento popular, hasta que, muy poco tiempo después, las voces han dado paso al silencio respetuoso mientras jóvenes que lo han perdido todo, empezando por sus familias, le advertían una y otra vez: “¡Esto se sabía!”.

Sí, sabemos muchas más cosas que hace una semana. En junio de 2016, más de cien premios Nobel (concretamente, 109), entre ellos el mayor investigador del ADN, acusaron a Greenpeace de genocidio por sus campañas contra las cosechas de arroz transgénico, un alimento que estaba acabando con el hambre en amplias zonas donde era endémica. Es sólo un botón de muestra de hasta qué punto la manipulación de la ciencia por los agitadores ecologistas —con o sin escaño— causa daños devastadores a la Humanidad. Cada minuto que pasa se oyen y ven más voces y más autorizadas que nos advierten de que calamidades como la de Valencia se podían haber evitado. “¡Esto se sabía!”, le gritaba ese joven desesperado al Monarca que se remanga y no sale corriendo frente a las airadas protestas de las víctimas. La imposición tiránica de los “verdes” (por fuera), para quienes el hombre es un monstruo depredador del dios Medioambiente, ha dejado los montes y las riberas sin limpiar, so pena de grandes multas, y va derribando una a una las presas y los diques que contienen las aguas si es preciso. Ya es vox populi, aunque las empresas mediáticas sigan repicando lo que los focos del poder les dictan para contentar a las organizaciones parasitarias de nuestros impuestos.

Si España es un estado desarticulado por momentos, la suerte de Europa no es mejor, pues de ahí, de Bruselas, vienen estos lodos que matan y destruyen. Podríamos hablar del coche eléctrico y sus incendios, de las placas solares y sus minerales —por no mencionar el destrozo de los paisajes, que también son Planeta—, del CO2 y las plantas (busquen, por favor, un vídeo de Manuel Toharia, aquel pionero de la divulgación científica en nuestro país) o de la subida de los impuestos al diésel —disfrazado de gasóleo no profesional— nada menos que 9 céntimos el litro. Subida que, al igual que el asalto social comunista y separatista a la Radio y la Televisión de todos, se produjo al amparo del diluvio valenciano.

Se ha producido un salto cualitativo… al vacío. Porque quienes tendrían que rectificar no lo van a hacer, por mucho que hayan querido lincharles. Son marginales y extremistas que Interior debe estar buscando ya (ardua tarea), ha dicho el autócrata. En La Moncloa hay un refugio nuclear. ¿Para qué van a enderezar el rumbo de la nave si ellos tienen un helicóptero en la puerta?

lunes, 7 de octubre de 2024

EL PAPA Y LOS SICARIOS

Su Santidad el Papa Francisco ha llamado “sicarios” a los médicos que practican/cometen abortos. El uso de las palabras marcan hitos en la Historia. Llamar sicarios a los sicarios no debería llamar la atención. Una persona que acaba con la vida de otra por encargo y a cambio de dinero es, según el diccionario, rigurosamente un sicario. Hay que presuponer que detrás de todo ello hay una mafia criminal. Fue el Concilio Vaticano II, tan encumbrado antaño y tan manoseado después, el que definió el aborto provocado como “crimen execrable”.  Ahora, un Papa que muchos vendían como progre y hasta comunista —puede que en parte lo sea— le echa valor al asunto y proclama algo que se desprende de cada página del Evangelio. Una obviedad, vaya.

Lo ha hecho, además, volviendo de Bélgica, tras una visita “de incógnito”, realizada sin pedir permiso expresamente para rezar ante la tumba del rey Balduino, aquel que abdicó durante tres días para no firmar la ley del aborto en su país. El esposo de la española Fabiola anda camino de los altares, no sólo por dicho gesto, claro está, sino por su vida edificante de fe, piedad y caridad en general. Y Bergoglio, que ha abierto el proceso de beatificación, ha desafiado las normas de los hombres, se ha plantado en Bruselas y ante las mismísimas narices de la Unión Europea y del Gobierno belga, ha rendido tributo de homenaje a quien fuera rey de los belgas. Luego, en el avión de vuelta, donde suele dar rienda suelta a sus bombazos, ha dicho a los periodistas lo de los sicarios.

Me separan de este Papa muchas cosas. Siempre he procurado mantener un respetuoso silencio ante las que entiendo que son sus salidas de tono. No soy quién para adelantarme al futuro y pretender erigirme en juez del Santo Padre. Ahora, sin embargo, se trata de elogiarle, y por supuesto que me echo a la arena con todas sus consecuencias. No recuerdo haberle oído, leído, emplear términos tan gruesos en otros temas que le preocupan mucho, como la ecología, la pobreza, los abusos o la burocracia vaticana, aunque los que más se les han acercado han sido los referentes a las migraciones o la guerra. Como digo, a menudo (casi siempre) sus declaraciones me parecen excesos verbales. En este punto, sin embargo —la masacre de niños no nacidos por intereses políticos o económicos— su voz me ha parecido profética. Naturalmente, las autoridades belgas se han apresurado a convocar al nuncio para expresarle su malestar. No sé cuántos no nacidos habrán sentido durante ese tiempo el malestar de ser despedazados o disueltos en soluciones (finales) salinas. La hipocresía eurocentrípeta no tiene límites.

Supongo que sus homólogos españoles, encabezados por el presidente y la vicepresidenta para respuestas a mociones de censura, así como la ex ministra autora de la vigente Ley de Educación y posterior embajadora ante la Santa Sede, no se mostrarán desde ahora tan devotos de una figura que ha vuelto a situarse, como sus mejores antecesores, del lado de los más indefensos, pobres e inocentes de los mártires.

jueves, 15 de agosto de 2024

LAS ENSOÑACIONES DEL PODER MUNDANO

Escribo estas letras bajo los efectos de una procesión. Alguien pensará en un alucinógeno. Nada más lejos de tal afirmación marxiana, pues me refiero a la religión, aquello que nos religa con nuestra dimensión eterna y que nada ni nadie —ningún poder terrenal— podrá nunca borrar de nuestras neuronas. Vengo de asistir a la salida anual en su paso sencillo y escoltado por cuatro enormes explosiones de nardos de Nuestra Señora de los Reyes, Patrona de la archidiócesis hispalense (Sevilla). Quienes hayan recalado alguna vez, con ánimo penetrante, en la Capilla Real de la Catedral cuyo campanario es la Giralda habrán leído, a la ligera se supone, una frase en latín y letras de plata que luce en el frontal de un dosel bajo el que recibe culto la imagen de dicha Virgen: “PER ME REGES REGNANT” (POR MÍ REINAN LOS REYES). Eso es todo.

¡Y tanto! Cuando yo era niño había presidiendo el vestíbulo de la casa de mis abuelos, donde yo echaba muchas horas cada día, algo que nunca comprendí, como tantas cosas de valor, hasta que dejé muy atrás aquella edad dorada en la que algo te decía que ciertas cuestiones era mejor no preguntarlas. En el centro, sobre una mesita de madera circular decorada como todo el mobiliario de aquella sala “a la sevillana”, encima de un tapete de croché tejido por mi abuela casi ciega, había una figura de terracota en tonos rojizos y amarillos. Cada tarde, cuando yo volvía del colegio —dos veces si no almorzaba en el centro— y llamaba al timbre, la figura encorvada y siempre sonriente— feliz, muy feliz aquella mujer cana que usaba peinas y siempre estuvo impoluta tras el glaucoma de su ojo manchado de blanco— me abría las puertas de mi auténtico hogar. Y allí estaba Ella, la Virgen de los Reyes de pocos centímetros, sonriente también como su hijo, como la hemos venerado esta mañana miles de ciudadanos de esta urbe y su alfoz, amén de algunos —muy pocos— turistas.

“A tus plantas se postra Sevilla”, reza el himno que cada tarde de la novena ha cerrado el culto. Prodigiosa liturgia católica y tradicional a un tiempo la que se produce todavía en estas “íntimas” citas sevillanas con la fe y sus personajes más principales. La talla la trajo otro príncipe con nimbo de santidad: Fernando III de Castilla y otros muchos reinos, cuando reconquistó Sevilla para restaurar en ella el culto cristiano que los musulmanes habían arrebatado, “progresivamente”, medio milenio antes. La sedente venía de Francia. Y estuvo en la tienda del rey durante todo el largo y penoso asedio que terminó aquel 23 de noviembre de 1248, cumpleaños del príncipe Alfonso, el Sabio. Éste último fue el que decidió que la Virgen de los Reyes rigiera también el panteón real donde su padre quiso ser enterrado y donde permanece su cuerpo, expuesto tres veces al año. De todo ello se deriva el lema que a modo de divisa suprema manifiesta en qué consiste la realeza de María. Porque en Sevilla —y esto lo sabemos bien los que acostumbramos a disfrutar esa otra semana santa que son las “procesiones de gloria”, sin apenas curiosos y con gente que sabe bien a qué va— la Virgen es Trono y Sagrario, de modo que cuando leemos “PER ME REGES REGNANT” vemos debajo el icono de dos personas fundidas en una, la Madre que expone en su regazo la figura regia de un Niño, a la sazón Redentor de la Humanidad.

Esta lección de trascendencia y teología fina según una de las ciudades más legendarias y veteranas del orbe alcanza hoy una presencia inusitada, cuando el concepto de nación, que según dijo el otro, es “discutido y discutible”, no es que esté en entredicho sino que es negado precisamente por quienes la gobiernan. No voy a dedicar mucha atención, tras haberme detenido en verdades tan grandes, a glosar minucias contingentes, precisamente porque lo son. Cuando cultivo el silencio es —supongo que mis inteligentes lectores lo habrán entendido así— porque las locuras de nuestro tiempo y nuestro país aconsejan prestar pocas fuerzas a tanto desatino tachonado de desvergüenza. Pero escuchar a quien tuvo en su mano gestionar la peor crisis sanitaria de la España contemporánea (mintiendo, claro está, como con aquel cuento del “comité de expertos”) decir solemnemente en su toma de posesión como reyezuelo condal que España ya no existe como nación porque es un estado plurinacional tiende a sacarme de mis casillas. Así que Cataluña es una nación pero España no es más que una organización política. ¿La razón? Que a los señores socialistas les ha salido de las narices sustituir lo que los Reyes Católicos crearon hace más de quinientos años por un invento federal, que es un viejo sueño socialista. Y la fórmula para seguir mandando en la Nación (española, naturalmente) al tiempo que contentan, de momento, a sus socios secesionistas es ésta del estado federal, que en el acto y por mor de los citados contubernios se deslizaría hacia confederal.

¡Qué dos planos tan distintos de una misma realidad! Obviamente, la verdad es sólo una. Hagamos caso a don Antonio Machado y vayamos juntos a buscarla. Aunque soy muy escéptico acerca de la capacidad del poder humano, del que los antes aludidos son máximos exponentes, a la hora de conmoverse con la evidencia: Los reyes no reinan por sí mismos.

domingo, 30 de junio de 2024

YO TAMBIÉN ME SIENTO ORGULLOSO

 

Hoy (casi) todo el mundo parece estar orgulloso. Un evento a la moda así lo impone, salvo excepciones. No soy una de ellas. Yo también me siento orgulloso. Siento orgullo de mi orientación sexual, binaria, arquetípica y heteropatriarcal. Como mis abuelos y los abuelos de mis abuelos. Me siento orgulloso de mis padres, él y ella, que me transmitieron la vida sin dudarlo, con todas sus consecuencias, incluyendo el riesgo de llevarse numerosos y sentidos disgustos, profecía cumplida en mi caso. Me siento muy orgulloso de mi esposa, una mujer con todas las de la ley, íntegra, cabal, muy femenina y maternal, con quien he tenido tres vástagos —dos ellas y un él— más uno/a que se perdió en el camino. De todos ellos me siento profundamente orgulloso. Me siento orgulloso de mis amigos, ellos y ellas, y si hubiera algún no binario ni hetero me sentiría igualmente orgulloso. Siento mucho orgullo por mis maestros, los de carne y hueso y los de papel, que cada día me hablan, instruyen y hacen vibrar desde los libros. Tengo un gran recuerdo de algunos, como aquélla que me recibió en párvulos el primer día de clase, con esa mezcla de ternura y disciplina que después tanto me ha servido en la vida. O mi profesora doña Leonor, a quien el otro día vi fugazmente desde un taxi y que me ayudó a desentrañar algunos —otros han seguido siendo arcanos para mí— problemas de las matemáticas. O don José Luis, que me regaló un caramelo de premio por haber hecho bien la primera redacción de mi vida. O sacerdotes como el padre Miguel, que ponía unos hermosos ceros pero que explicaba como nadie las coplas de Jorge Manrique. O el padre Carlos, que un buen día nos reveló, tiza en ristre, la disposición y funcionamiento del aparato reproductor femenino —gran revuelo y enormemente útil para mejor valorar a las chicas cuando llegara el momento—. Me siento orgulloso de los animales que ha habido en mi vida, que no han sido muchos, pero siempre machos o hembras y a los que he cuidado casi con mimo, como aquella canaria que nadie quería —las hembras no cantan— y que adopté tomándola de unos jaramagos en el solar donde se construiría la casa en la que habitamos mi familia y yo. Le compré un jaulón de cría, y le busqué collera para verla feliz criando a sus pollos, de los que uno llegó a vivir algún tiempo en el que aprendí muchas cosas de la madre Naturaleza. Por ejemplo, que sexos sólo hay dos, aunque el ser humano pueda optar por múltiples variantes.

En fin, mi vida, como todas las vidas, ha estado llena de personas y otros seres animados en los que las faceta sexual ha sido motivo de orgullo, pero nadie — ¡nadie!— fue tan fatuo como para presumir de ello. Doy gracias a Dios por haberme rodeado de gente tan simple y tan sabia, que se mostraba tal cual era sin reivindicar ridículamente nada, porque ningún mérito tiene ser como uno es. Y si tiene alguno es el de sentirse orgulloso de no ser víctima de nada.

jueves, 2 de mayo de 2024

HISPANIDAD

Hace poco más de un año, durante los días 31 de marzo, 1 y 2 de abril, nos congregamos en el Real Centro Universitario María Cristina de San Lorenzo del Escorial, a muy pocos metros del monasterio filipino que regentan los agustinos y visita medio mundo, un grupo de españoles e hispanoamericanos--algunos por vía telemática-- convocados por el filósofo y catedrático, divulgador de verdades, Agapito Maestre, junto a un selecto puñado de colaboradores. Se trataba de citarnos para conocernos mejor y reflexionar acerca de la realidad luminosa que teníamos en común. Y a fe mía que se consiguió, merced al empeño de los organizadores y la generosa aportación de los presentes. Ahora, el estreno del documental "Hispanoamérica" me da pie para rescatar aquella vivencia entrañable que Alfredo Arias, uno de los asistentes, recogió en un volumen de Ediciones Clásicas titulado con acierto "Al encuentro de Res Hispánica (algo ocurrió al lado del monasterio)". Y, efectivamente, se produjo uno de esos ensalmos que dan luz al mundo de la cultura. Aclaremos ya que Res Hispánica es un canal de YouTube y al mismo tiempo una comunidad de navegantes--término insuperable para referirse a la aventura hispanoamericana-- que celebraba en El Escorial su primera cumbre físicamente personal.

Como el edificio herrreriano mismo y la institución que alberga, aquella convivencia traspasó la fugacidad del tiempo y asentó en todos nosotros un sillar inolvidable. Y es que de allí salimos renovados en nuestro espíritu de hispanidad, algo que tiene dos orillas separadas y al mismo tiempo unidas por un océano. Nada menos. Y de fondo, el idioma, ese nexo, más fuerte que las tempestades históricas juntas porque somos lo que hablamos y con más razón lo que escribimos/leemos. O si lo prefieren, lo que Internet difunde.

Soy de la ciudad que sirvió de cabeza de puente entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Es imposible dar dos pasos en Sevilla sin toparse con alguna huella del hecho que nos transformó como civilización madre de un continente. Con sus luces y con sus sombras, somos mestizos hispanoamericanos, los de allí y los de aquí. La vocación iberoamericana --versión ampliada de lo hispano-- de Sevilla alcanza al V Centenario, pero tiene su expresión más perdurable en la configuración urbana y en los testimonios arquitectónicos de la Exposición Iberoamericana de 1929, que nos ha acompañado a los sevillanos desde niños, cuando jugábamos con las palomas de la Plaza de América y después cuando pelábamos la pava con nuestras novias en las barcas de la Plaza de España, como cantaba Perales. La Plaza de España, que proyectó Aníbal González como un abrazo abierto a los pueblos hermanos de Poniente, la tengo a diez minutos de mi casa y casi la diviso desde mi azotea.

Si uno se fija en esas alturas hacia las que casi nunca miramos y que el poeta Joaquín Romero Murube definió como "los cielos que perdimos", descubre América, que no está perdida en el naufragio de esa manía tan española consistente en borrar lo mejor de nuestro pasado simplemente porque, en apariencia, ha pasado (de moda). En lo alto de la cúpula de San Pablo, con su linterna en forma de corona --era real convento dominico, donde fue consagrado Fray Bartolomé de las Casas, el amigo de la Reina Isabel, obispo de Chiapas-- hay indios. Sí, están allí esculpidos mirando a los cuatro vientos. Y en la fachada de la casa más antigua de la calle Betis (antes "Del río"), justo enfrente del puerto y puerta de Indias, en la Triana marinera de Rodrigo el del grito gozoso --¡Tierra!-- desde la cofa, se pueden ver los mismos nativos si uno pone ojo de interpretación cubista.

Somos hispanoamericanos, aunque este Gobierno ignaro y contumaz haya terminado con la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, donde tantos historiadores residieron y compartieron sus investigaciones desplegadas en el herreriano Archivo General de Indias, creado por Carlos III para luchar contra los holandeses y los británicos en el proceloso mar de las leyendas negras. Un edificio, por cierto, concebido como un Escorial en miniatura.

Tengo que expresar desde estas líneas mi profunda gratitud hacia Agapito Maestre y hacia todos los precursores, que lo fueron desde su aparente anonimato, que contribuyeron a relanzar en nosotros y desde nosotros, el amor a la hispanidad. Y lo hago ahora que, por fin, el cine se suma al sentido común y la justicia, con el padrinazgo de Su Majestad el Rey Don Felipe VI.

EXTINGUIR FRANQUISTAS

El deportista de la Moncloa, que se mueve casi tan varonilmente como John Wayne cuando hay cámaras delante, está entregado, entre otras muchas, a una nueva modalidad deportiva: extinguir el franquismo. Uno de los pelotas paniaguados que le rodean con cargo a cargo del erario público (nuestros impuestos, para desorientados y olvidadizos) acaba de ampliar el espectro, pasando a la solución final. Quiere extinguir --exterminar sería más apropiado-- a la Fundación Nacional Francisco Franco. No la va a ilegalizar, porque no puede. Va a liquidarla manu militari, como en los mejores tiempos del Frente Popular.

Ignoro si la sociedad española es consciente de lo que tenemos encima, pero me temo lo peor. Si lo es, la matemática parlamentaria, fruto de una pésima ley electoral que los partidos mayoritarios no han querido modificar, le tiene maniatada. Pero lo cierto es que medidas como la que refiero son pasos sólidos en la consolidación de una dictadura, y estas cosas acabamos pagándolas todos. Recibo regularmente los boletines de la FNFF. Los archivo, porque siempre me he temido que esto acabara pasando. Unos me gustan más y otros menos, pero como ciudadano atento al devenir histórico y su conocimiento, son para mí un tesoro. Y lo son no tanto por el gran caudal de información, parcial pero real, que contienen como por poner de relieve algo de rabiosa actualidad, y es el estado de censura informativa en el que nos movemos. De ahí el interés indeclinable del Gobierno y sus partidos --desde los proetarras hasta los socialistas-- por silenciar también esta voz. Por cierto, que en las comunidades donde el PP gobierna en solitario no han tocado las leyes de "memoria histórica".

Para acercarse sin prejuicios a los cuarenta años de franquismo hay un sinfín de libros desde todos los ángulos. Pero los medios de comunicación, salvo honrosas excepciones, aprovechan que los españoles leen muy poco y bombardean sin piedad a la población con lugares comunes, marchamos de identificación cómoda y una mitología sin matices sólo comparable a la propaganda postbélica en la España de los años cuarenta. Vivimos en una dictadura moral dominada por quienes padecen una obsesión patológica: borrar cuanto desde el pasado pueda obstaculizar sus intenciones de monopolizar el poder. Y casi nadie parece darse cuenta. Mucho menos aún en mi gremio, el de la "Prensa", otrora defensora y beneficiaria de la libertad de expresión y hoy apesebrada a la sombra del goteo gubernamental que mantiene sus constantes vitales, en coma próxima al punto final.

Al fondo de todo, siempre aparece la misma siniestra silueta: la mentira. Y su antónima, la verdad, también se perfila en el horizonte pero como esos cuerpos inertes de ajusticiados pendientes de la horca. Estarán contentos. Así, entre osarios de víctimas exhumadas, prohibiciones inconstitucionales de derechos fundamentales, persecución del conocimiento histórico, expulsión de comunidades monacales y memorias hemidemocráticas, la gente se olvida o sigue ignorando amnistías, independencias, malversaciones, aviones nucleares estadounidenses en Morón de la Frontera, y ese mar de corruptelas que día a día va minando la fiabilidad que aún les queda a los bailarines enzarzados en la danza de la muerte con el ayer.


viernes, 12 de abril de 2024

ADIÓS, EUROPA, ADIÓS

Tomo prestado el título de aquella película pro vida de Manolo Summers, a quien recientemente hemos rendido homenaje un grupo de admiradores no incondicionales y cerrados detractores reunidos por Miguel Olid en un documental estrenado en cines. Y lo hago para glosar un fracaso histórico, cual es el de la viejísima, en el peor sentido de la palabra (ajada, apergaminada, ruinosa, decrépita) Europa. El viejo continente acaba de dar un paso decisivo hacia el suicidio, siguiendo el ejemplo de esa "me voy a callar" llamada Francia. La mayoría de los parlamentarios europeos han decidido recomendar "vivamente"--¡vivales!-- la inclusión del aborto entre los derechos fundamentales. Hay que recordar, antes de seguir, que Donald Trump bien podría ser el nuevo presidente de los Estados Unidos antes de Navidad, y es natural que esa probabilidad tenga muy nerviosos a los políticos que viven de monstruosidades como el aborto. Resulta coherente, pues, que la viejísima Europa --la comunitaria y no toda-- se ponga las pilas anticipándose en el blindaje de este gran negocio. Y si no es así, ¿por qué precisamente ahora?

Si unimos ésta a otras cruzadas progres, como el pansexualismo primero, el homosexualismo después y ahora el transexualismo, el asunto se vuelve mucho más inquietante. Se manipula el fascinante mundo de la sexualidad con fines espúreos e inconfesables pero claramente crematísticos, que son los mismos que están detrás del objetivo de reducción de la población sustentador de la agenda 2030 y del Nuevo Orden Mundial. Este gran proyecto globalista canalizado por la ONU --¡Oh, el altar del nuevo becerro de oro!-- y que ha originado el invierno demográfico en la viejísima Europa, ¿de dónde procede? Va quedando cada vez más claro, si lo unimos a la acción de organizaciones muy gubernamentales que han convertido el Mediterráneo en una fosa como las que tanto le gustan al jefe de nuestro Directorio. Davos, la sustitución de población autóctona por mano de obra barata "importada" y en suma, el debilitamiento de la libertad soberana de las sociedades europeas, ¿qui prodest? Pues eso, que diría el del Directorio.

Europa se suicida, como Summers condenó al cuento de la cigüeña a un desván donde dio a luz aquella adolescente precozmente sexualizada. "Eran otros tiempos", dirán los de siempre, los que dan su vida, o las de otros, por seguir vitaliciamente en la cresta de la ola. Sí, eran tiempos de Humanae Vitae, de ni siquiera imaginar la posibilidad remota de que un aspirador y unas pinzas o una solución salina o una píldora postcoital destrozaran un cuerpo humano vivo. Eran tiempos en que España crecía en prosperidad, base de la natalidad y viceversa. Y en que Europa conservaba aún (me refiero a la occidental y libre, obviamente) esa lozanía de confianza en el futuro que la agresividad de las izquierdas más o menos declaradamente pro soviéticas ha ido eliminando con el concurso ahora de liberales de etiqueta y masonería diversa. Incluso de ciertos círculos eclesiásticos de altos vuelos carroñeros, que no aquilinos.

domingo, 3 de marzo de 2024

LA ANTENA Y EL DOLMEN

En ocasiones, la tecnologia y la filosofía se dan la mano. A pocos kilometros de una gran ciudad, de las calificadas como del primer mundo, podemos toparnos con el punto de encuentro de los dos extremos entre los que resplandece todo, como el arco voltaico entre los dos polos cuando la electricidad pasa por ellos. Escribo de un lugar llamado Valencina de la Concepción, a poca distancia de Sevilla, población y entorno situados en una atalaya privilegiada, el Aljarafe, comarca en alto. Desde las afueras del pueblo se puede dominar un anchuroso espacio, más allá de la gran urbe, que en días claros ofrece la visión de Carmona, situada a casi cuarenta kilómetros de allí. El conjunto dolménico de Valencina es una concentración de monumentos funerarios construidos hace la friolera de cinco mil años por unos antepasados que buscaban en ese paisaje su aposento eterno. Los arqueólogos llevan más de un siglo explorando sus huellas. En el abarcable y muy pedagógico museo municipal se pueden encontrar algunos vestigios que nos ayuden a reconstruir aquel mundo dedicado a la muerte como máxima expresión de la vida. Aquellos antepasados nuestros trabajaban el cobre que hoy sigue siendo explotado a poca distancia de allí con medios y rentabilidad de vanguardia. Según el profesor José Luis Escacena, que ha estudiado a fondo la zona —240 hectáreas, cuando lo normal en estos casos es que no pasen de 6— tal concentración de monumentos megalíticos (por procedimientos geomagnéticos se han detectado más de cincuenta sin excavar aún) obedece, probablemente, a la existencia de un polo de "peregrinación" para enterrar allí a los muertos de muy diversos núcleos de población. El análisis de la cerámica aparecida señala procedencias muy diversas de la arcilla, desde Villamanrique de la Condesa hasta Gerena, de donde procede también el granito de los dólmenes. Valencina es, pues, un enclave colosal para conocer los hábitos funerarios —es decir, la filosofía existencial— de aquellas gentes que habitaban las costas de un inmenso lago (Ligustino, le llamaron los romanos), cuando las aguas penetraban aún muy arriba del Guadalquivir, desbordándolo permanentemente. Allí recalaban también pueblos remotos de Oriente, lo que daría lugar más tarde al establecimiento de puertos comerciales fenicios, como Spal, el origen de Híspalis y después de Ixbilia/Sevilla. El tesoro del Carambolo, entre tartésico y fenicio, descubierto muy cerca de Valencina, da fe de ello.

Pues bien, en pleno volcán de prehistoria —edades del hierro y del bronce, neolítico...— he aquí que se levanta un pequeño bosque de altísimas antenas que salpican de parabólicas y vástagos, a modo de extravagantes plantas metálicas, el aire de esta necrópolis pentamilenaria. Son los postes de las telecomunicaciones más modernas: radio, televisión, telefonía, internet... Están situados en el fondo de saco del extenso pasillo que se abre a Sevilla y alrededores, en el punto más alto del entorno, hiriendo las estrellas a las que aquellos pobladores "recién" salidos de las cuevas querían mirar más allá de la muerte. El alfa y el omega. La hipercomunicación en tiempo real, auxiliada, claro está, por la IA y por la fibra óptica (la luz y su velocidad, pasando por encima del tiempo y del espacio), y la realidad sin tiempo, unidas ambas por la evidencia de nuestra pequeñez disfrazada de grandeza. Hiperbólicos corredores cubiertos de piedras colosales hasta llegar a cámaras herméticas sin fin y catedrales de invisibles ondas electromagnéticas multiplicadas hasta el infinito por la digitalización. Y me asalta una pregunta entre un millón: aquellos primitivos abuelos nuestros, ¿sabían contar números? Es obvio que sí sabían contar historias. Hasta no hace mucho tiempo, por esas antenas pasaban historias sin números (analógicas, les llaman, con indisimulado desprecio, los tecnólogos), que se vertían en el éter hacia cientos de miles de oídos y ojos allá abajo, en la ciudad y sus anejos. Llegó la digitalización y todos nos convertimos en pequeñas antenas, que recibíamos y emitíamos mensajes a todas horas, utilizando el dedo índice encendido de ET. Ideas circulando por encima de la tierra, en la que reposan las cenizas de aquellos hombres, mujeres, niños que recibieron allí sepultura, a los pies de donde se izarían las antenas del progreso.

Misterios. Poderosos misterios.

Alguien me comentaba, entre el dolmen de la Pastora (así llamado por haber aparecido en la finca de la Divina Pastora) y las antenas de telecomunicaciones que cuando se celebraron las primeras elecciones, y después en cada jornada de comicios, las antenas son escoltadas por tanquetas policiales. Hay que cuidar que los contenidos, tantas veces triviales, lleguen a la masa humana de la sociedad contemporánea que, allá abajo, pulula afanándose por algo —poder, dinero— cuyo valor ha desaparecido para siempre entre el dolmen y la antena.

 

jueves, 18 de enero de 2024

LA IA TAMBIÉN EMPIEZA CON ÉL

En su irrefrenable despliegue universal de abanderado progresero (progre y grosero), el tal Sánchez, continuador sinigual de nuestra inveterada tradición felona, acaba de pontificar que Europa debe entregarse a la IA. Así dicho, parece uno más de los millares de organismos en los que el viejo continente ha caído, preso de una tela de araña liliputiense. Hoy, Europa no es más que una dependencia burocrática teledirigida —en plan teletrabajo— por unos cuantos funcionarios de la Casa Blanca y sus centros auxiliares. Léase, salvo excepciones, universidades, medios de intoxicación y cumbres económicas más o menos doctrinarias.

Ha dicho nuestro amado líder que el futuro es de la Inteligencia Artificial, y como de costumbre anda el hombre un poco despistado en cuanto a los tiempos históricos. Cualquiera que escudriñe un poco en el papel de las tecnologías como inductoras del verdadero progreso sabe que la IA no existe. Y ello por dos razones: la primera que no es artificial, sino reflejo del talento y la investigación de la naturaleza humana, toda vez que el hombre es la especie inteligente por antonomasia en la Creación. Y la segunda, más inmediata, porque lo que nuestra lumbrera llama IA no es sino la actualización terminológica del mundo informático, que arrancó, como debería saber un presidente del Gobierno del Reino de España, desde antes de que estallara la II (en realidad segunda parte de la Primera) Guerra Mundial.

En uno de sus muchos viajes en su “falcon” particular, este deshacedor de la unión de reinos (que tampoco sabrá lo que es) podría darse una vuelta por el fascinante museo de Edimburgo. Allí hay una galería entera dedicada a los avances tecnológicos de la Humanidad. Y en una vitrina está nada menos que el maletín donde unos adolescentes de Stanford instalaron el primer ordenador doméstico de la historia, el embrión de los pecés. Uno, que ha leído, por ejemplo, la espléndida biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson, no pudo evitar una pequeña corriente eléctrica —sería más correcto decir electrónica— al contemplar aquel hallazgo colosal que cambió el mundo.

Ahora, nuestro as de la seudociencia particular ha decidido que la IA empieza con él, que ha profetizado su hegemonía. Se lo habrá soplado alguno de los novecientos asesores que le pagamos para seguir profundizando en la descomposición de España como estado de derecho. En su afán por rebautizar las cosas, que es la auténtica clave de todas las políticas de izquierdas, con sus adanismos a cuestas, aquí tienen los socialistas de Sánchez un nuevo filón. Esta técnica, bastante vulgar y antigua por otra parte, fue utilizada hasta la saciedad en materia educativa, hasta sustituir la auténtica educación —con todos sus defectos, claramente corregibles— por un edificio de nueva planta y caracterizado por la deseducación, la deconstrucción y su sustitución por la nada electoralista. Les funcionó, y mucho, hasta hoy, y la prueba está en que cuando los “conservadores” han podido no la han cambiado. Cuando los socialistas y comunistas pasan por la gobernación de un país ya nada se llama igual que antes, como si las cosas hubieran cambiado realmente. Ahora, el muchachito de Valladolid lo está intentando con la informática. Pero ya en su día llamaron a todo esto “la sociedad de la información y la comunicación”. ¿Recuerdan? Los centros (educativos) TIC, las aulas inteligentes y todo eso. Mientras tanto, la Seguridad Social no puede atender, ni presencial ni telemáticamente, a los contribuyentes porque no tienen medios “humanos” suficientes. O la atención primaria en la sanidad andaluza opera peor que nunca. Pero tenemos día de la bandera. Habráse visto mayor papanatez… Aunque ésta es otra historia.

martes, 26 de diciembre de 2023

EL ARTÍCULO QUE SE LE ATASCÓ A ANTONIO BURGOS

 “Viene a lo lejos, llena de luz, blanca de azahar, y es un reflejo de sol en la Madrugá…”

Fue una tarde del verano declinante en Sanlúcar, donde los barcos que daban la vuelta al mundo rendían viaje para poner al corriente al hijo del emperador. La Universidad Internacional Menéndez Pelayo organizaba allí un curso y el guardia que suscribe fue enviado a cubrirlo. Al pie del hotel Guadalquivir, me encontré con Antonio Burgos. Yo venía de Ronda, de otro curso, y todavía no me había repuesto de la noticia que me dio Lola Mouriño, taquígrafa, cuando le fui a dictar mi crónica: Manolo Ferrand había muerto. Aquella tarde junto a Bajo Guía, Antonio y yo teníamos el gesto demudado. Comentamos la “novedad”, y la coda de mi jefe me ha acompañado hasta hoy, que la evoco: “Éste ha sido el artículo que más me ha costado escribir. Mira que si de algo presumo es de pluma fácil. Pero esta vez…” Imagino que con posterioridad habría otros “partos complicados” (¡ay, los padres!), pero aquel día, desde luego, Antonio Burgos se mostraba desarmado por la muerte de un amigo cabal.

Conocí a Antonio, unos cuantos años antes, cuando llamé por teléfono y pedí que me pusieran con Abel Infanzón —bendita inocencia del principiante—. Me convertí en asiduo confidente de desaguisados, que él incluía en aquella mítica página de huecograbado. Todavía me conmueve pasar ante la clínica de Cariñanos, frente a los Jesuitas (que ya tampoco están), en Jesús del Gran Poder y releer el texto del azulejo que recuerda la reconstrucción de una referencia becqueriana “gracias a Casco Antiguo”.

Después vendrían las prácticas de verano, nueve meses de reportajes y desde el 1 de julio de 1981, casi 28 años ininterrumpidos de “servicio activo”, de los que compartí la mayor parte con este niño del Arenal que tanto quería a mi hermandad de La Carretería. De la primera etapa, la de Cardenal Ilundáin, me tocó devolverle un “hasta luego” a mediodía que duraría un puñado de años, hasta que mi director me encargó entrevistarle para recuperarlo. Así fue, con uno de sus gatos levantando acta notarial, y Antonio ha muerto con las botas puestas en su ABC de Sevilla, donde echaba “más horas que el busto”, sin que jamás le viera titubear en el cumplimiento de sus obligaciones. Y eso que probablemente ha sido el sevillano que más se ha encarado con las fuerzas vivas de la ciudad. Sin Antonio Burgos Belinchón ni Sevilla sería hoy la que es, con su conciencia —mucha o poca— de ser ella misma ni el ABC podría lucir en su hemeroteca una colección de recuadros digna de figurar en la antología del mejor periodismo nacional.

Sé que no me perdonarás estos ditirambos, Antonio, pero los escribo con la mejor intención, porque ambos sabemos que en realidad me quedo corto. El miércoles por la mañana tenía puesto, casualmente, a Carlos Cano. Sonaron los inconfundibles compases de “Campanilleros”, que no hace mucho se disfrutaron en nuestras calles tras las Vírgenes de Gloria. Y cuando el granaíno atacó el poema, mi mujer —mis condolencias, doña Isabel— me advirtió: “Esa letra es de Burgos”. Estaba gozando tanto que no había caído, la verdad. Y me acordé de aquel tarjetón que conservo y releo de vez en cuando y que me encontré un Lunes Santo cuando fui a trabajar. Aquel año me tocó cubrir el Domingo de Ramos, y tú escribiste: “Un lirio del canasto de la Carretería por esa crónica”. Nunca tuvo un cofrade mayor elogio, aunque tengo que reconocer —y todavía me escuece— que la lluvia estropeó la cosas días después, y dado que yo no avisé a tiempo, él se me adelantó y cuando nos vimos me llevé mi “rociada”: “Me acordé que era periodista y llamé”, fueron sus palabras.

Así eras, Antonio, pura responsabilidad profesional y entrega a la causa de tu ciudad. Mientras Carlos cantaba en mi casa —“En el Arco de la Macarena, nardo y yerbabuena, la Virgen está, Esperanza que ríe su pena morena, Niña de gracia llena y Reina de la Madrugá”— tú agonizabas, justo enfrente. Te has llevado la mejor visión, la que siempre soñaste, desde que le cantaste a la Giganta aquella declaración de amor inefable, cuando Carlos Ortega se encaramó con su cámara a lo alto de la Giralda, pasando por encima del tiempo (quinientos años). Un pellizco se me ha quedado cogido al corazón, querido Antonio. Te debo un lirio eterno del barco del carbón.

Ahora que habitas los palcos que están en los cielos, mírala y vuelve a dejar constancia de ello: “Pasa la gracia, pasa la luz, pasa la flor, pasa Sevilla, pasa la Madre de Dios.”

(Publicado en ABC de Sevilla el 23 de diciembre de 2023)

sábado, 16 de diciembre de 2023

SEVILLA SÍ, PERO ¿QUÉ SEVILLA?

Volvía anoche del centro de Sevilla paseando, tras una entrañable presentación bibliográfica en su parroquia de San Vicente y la cena posterior con la autora, discapacitada, y su marido junto a mi esposa. Era ya tarde, pero todavía había ambiente, aunque dañado por algunos ebrios vociferantes, propios y extraños. El derroche de luz decorativa era hiriente. Salvo en un punto, que resultaba ser el origen, al menos teórico, que justifica la fiesta. Bajo el llamado “arquillo” del Ayuntamiento se monta desde hace muchos años, cuando aún la luz de led pertenecía a la ciencia ficción, un pequeño Nacimiento, que cada año hace las delicias de pequeños y grandes. Es de ver cómo brillan las pupilas de los niños aprendiendo catequesis cristiana de esas escenas estáticas. Pues bien, frente al turbión de claridad que adornaba las calles del entorno, el belén estaba apagado, a oscuras, pese a lo cual algunas parejas se detenían a contemplarlo. Gran paradoja, muy elocuente por cierto.

Desde muy joven, de niño incluso, he sentido intensamente el magnetismo de mi ciudad. Entiéndase de lo mejor de ella. Con mi padre aprendí a patearla en la intimidad, a recorrer su geografía interior, mucho más allá del tópico y del turismo. Era éste en aquel entonces amable y moderado, claro que también minoritario; es decir, selecto. Visitaban la ciudad gentes cultas amén de curiosas, que saboreaban a ojos vista la esencia que sabían catar en sus rincones, disparando sólo las fotos justas, armados de planos o guías escuetas, sabiendo muy bien lo que querían conocer y dónde estaban de pie.

De aquel turismo tranquilo y fluido hemos pasado a otra cosa bien distinta. La noche “del alumbrado” Sevilla corrió serio peligro de ser portada en todo el mundo pero por una razón contrapuesta a sus encantos. Había treinta policías locales de servicio para atender a una masa humana incalculable pero en cualquier caso compuesta por decenas de miles de personas que habían acudido al centro de la ciudad al reclamo de la luz, como mosquitos en verano. Quienes estuvieron allí —Sierpes, plazas de San Francisco y Nueva, Avenida…— aseguran haber pasado miedo y apenas haberse podido mover en algunos lugares. Una broma pesada al estilo de las que motivaron las famosas “carreritas” de la Madrugada del Viernes Santo y que han acabado en penas de cárcel para sus causantes, un petardo en plena “bulla”, unos gritos desaforados, una voz de “fuego”, y aquello podía haber derivado en una estampida multitudinaria, una avalancha atroz con resultados trágicos. Afortunadamente, nada de eso sucedió. Pero...

Había precedido a tal turbamulta un despliegue municipal de luces sin precedentes. Adornar con bombillas las calles en época navideña ha sido siempre una tradición entrañable, que además de alegrar la vista ha servido como reclamo comercial. Pero este año la exageración ha sido la nota dominante. Si viven en la ciudad o pasan por ella durante las próximas fechas podrán contemplar en la zona más noble del río a su paso por la urbe, a la altura de Triana, un alarde de luminotecnia y un despliegue de sonido para un “maping” que no sólo ha debido costar una millonada sino que congregará, también, a riadas humanas, atraídas por un espectáculo elefantiásico que se compadece mal con las dimensiones de una población ya sólo por encima de la de Zaragoza en 200 habitantes.

El desmadre se ha apoderado de Sevilla. La Navidad es ya otra Feria de Abril. Baste decir que el Ayuntamiento retiró la condición de festivo al día del Patrón —San Fernando— para alargar una Feria que ahora no sabe cómo reequilibrar, pues le sobra un día. El “alumbrado” navideño se parece cada vez más al del real de la Feria abrileña. Acuden al centro sevillano turistas de todo el mundo (el año se va a cerrar con ocho millones de viajeros en avión, en una ciudad que apenas sobrepasa el medio millón de habitantes), a lo que hay que añadir el aluvión de viajeros por tierra desde la geografía nacional y la presión que ejerce la única línea de metro existente sobre un área de muy pocos kilómetros cuadrados.

Hay muchas formas de romper la armonía que ha hecho célebres a ciertos enclaves universales. En Roma, en Florencia, en Venecia o en París lo saben bien. La concentración humana es una de las principales. Y esto también es medio ambiente y ecología. Nadie se pregunta hasta qué punto la sobredosis de consumo de agua que ello supone puede haber contribuido, en alianza con la sequía, a la escasez que tanto Sevilla como Granada o Málaga están padeciendo en sus reservas y que más pronto que tarde puede traducirse en restricciones. No quiero ni pensar qué puede ser de mi ciudad, hoy por hoy plagada de hoteles nuevos, pisos turísticos y alojamientos incontrolados, cuando se corra la voz de que en Sevilla se cierran los grifos todos los días a las diez de la noche.

sábado, 18 de noviembre de 2023

MOMENTO SOS

Hay momentos en la vida que se parecen mucho a esos vendavales de otoño caracterizados por la irrupción de vientos tempestuosos que tememos nos levanten del suelo para llevarnos por los aires enfurecidos, cuales brujos sobre escobas voladoras. Éste es uno de esos capítulos violentos de la vida colectiva en una nación ya demasiado agitada por los temporales como es la nuestra. Tiene uno la sensación de que le falta el suelo bajo los pies, por más que los propulsores de tal estado de cosas intenten convencernos de que “no pasa nada”. Sí que pasa. Mucho.  Uno de ellos, Irene Montero, altamente cualificada para opinar al respecto, lo ha dicho claramente y lo ha clavado: “Hemos cambiado la vida de este país”. En realidad, mucho más: han cambiado a la población misma, sus mentes, su percepción de las cosas, incluso su filosofía existencial, la que nos dicta cada día para qué estamos aquí y hacia dónde queremos ir.

Pero no tanto. Ellos creían que sí, que con sólo pronunciar una frase todo obedecía al designio formulado. Mucho —muchos— ha experimentado la mutación, siguiendo obedientemente los pasos establecidos por el Poder. La capacidad de seducción, que no de raciocinio, se ha erigido en todo Occidente —más en un país tan poco acostumbrado a autodirigirse como España — en la fuerza semoviente de la política. Hoy por hoy, en los territorios democráticos, es posible convencer a la multitud de cualquier cosa, incluso de que borrar los delitos cometidos nos trasladara a un mundo feliz y paralelo en el que todo el personal es bueno. Da lo mismo que nadie lo crea —obviamente; lo que vale es que se lo trague como una promesa de amor mágico.

Al igual que el aplauso es el lacre del bienestar compartido, sin que los aclamadores tengan por qué saber por qué ovacionan, las afirmaciones de un triunfador —pese a que tampoco lo sea— poseen el efecto de la transformación social. De ahí que mentir no constituya propiamente faltar a la verdad sino expresar ideas volátiles como el tiempo mismo que nos han vendido bajo el reclamo de lo nuevo y por lo tanto actual y por lo tanto mejor, mucho mejor, que cualquier tiempo pasado. (Del futuro nadie se ocupa, simplemente porque no existe.)

La falacia ha caído, como los delitos, en el saco roto de la historia que terminó con Fukuyama y ya no ha aparecido por mucho que algunos la hayamos buscado. Nada es verdad ni es mentira. Todo es el del color con que un tal Pedro Sánchez, asistido por una pléyade interminable de coristas de salón a lo cocóes (asesores, presidentes y directores de órganos y empresas del estado, cúpulas del partido, empleados del mismo, diputados, concejales y demás vasos comunicantes de un cuerpo social invadido como de termitas rojas) dictamine que debemos verlo. Ya se sabe que los españoles somos daltónicos, como los perros. O no. En todo caso, la nuestra es una hora Titanic, una hora SOS, “Save Our Souls”. Para entendernos, “Salvad nuestras almas”.

sábado, 28 de octubre de 2023

LA PRIVATIZACIÓN DE LA FELICIDAD

El comentario, representativo de la conclusión, es cada día más frecuente. La vida pública va tomando tintes apocalípticos, aunque, como es natural, intentemos ignorarlos. Y nos refugiamos en el último aprisco que nos queda: nuestra vida privada, principalmente la familia y los amigos. La cara social de la existencia ha quedado secuestrada por la acción de unos cuatreros que nos han robado la ilusión de interesarnos e incluso vibrar con las cuestiones que atañen a los destinos colectivos. En España, el proceso, aunque antiguo, es ya galopante. El racimo de partidos que ha descubierto las mieles del poder durante los últimos años, desde la moción de censura que les granjeó el Gobierno de la Nación (y que, no se olvide, no se correspondía con la mayoría de votos, incluso aceptando la sobrevaloración de los sufragios secesionistas, sector que ha sido desde entonces el amo del país entero) manda ya la nave como si no hubiera otra oficialidad que ellos. A la diferencia entre mayoría de escaños y mayoría de votos en el conjunto del país se superpone el desprecio hacia la oposición, aunque a ésta la lidere el partido más votado. No descubro ningún secreto con lo que escribo, ya lo sé. La voladura controlada de los contrapesos y los controles mutuos es ya un hecho (Constitucional, Legislativo, medios de comunicación, políticas educativas…) que sólo la indolencia, la anestesia y ahora también la amnesia (raíz de amnistía) mantienen en una sordina exasperante.

Todos estamos tentados por ese instinto natural, que tiene mucho que ver con el miedo. La palabra es totalitarismo. Recuerdo que cuando se discutió en las Cortes preconstitucionales qué partidos debían legalizarse y le tocó el turno a los de izquierdas, ésta era la palabra que más rodaba por los mentideros. La Unión Soviética gozaba aún de relativa buena salud, y la memoria de la Guerra Civil estaba muy presente, con la tendencia contraria a la actual. El filtro para legalizar era ése: la ausencia de totalitarismo. Al final, y a diferencia de los países anglosajones o de Alemania, entraron a saco los partidos comunistas, mientras que Felipe González daba la vuelta al PSOE en Suresnes con el beneplácito de la CIA y el apoyo financiero de la socialdemocracia germana de Willy Brandt. Quedaba así expedito el camino para que gobernara un Partido Socialista sin Rodolfo Llopis, que es como decir sin guerracivilistas. Pero ésta es una tribu pertinaz, que Zapatero y Sánchez —uno continuador del otro, como se está demostrando incluso para invidentes voluntarios de la “derecha”— han invitado a determinar nuestro futuro inmediato.

Estamos, pues, inmersos en el totalitarismo, y eso hace amarga y gris la convivencia pública. De modo que apagamos esa habitación y nos pasamos al búnker de “lo nuestro”, llámese reuniones de amigos, el bar de la esquina, el fútbol o la caza. En el pueblo donde me retiro —sí, yo también— los fines de semana, poco más que una aldea de mil y pico habitantes, una venta hizo el otro día comida para doscientos cincuenta monteros. Descuenten mujeres, niños y ancianos y comprobarán que todo el pueblo y parte del extranjero se echa al monte, en el buen sentido. Es sólo un botón de muestra.

España es un país tenso. De ahí ese temor que a todos nos embarga cuando vemos que los asaltatrenes vuelven por sus respetos. Y entonces se hace el silencio y esperamos que la tragedia se cebe con el novillo y no con nosotros. No somos cobardes; es que resulta, por desgracia, cierto lo de Machado: “Españolito que vienes al mundo…” Antes había cierta felicidad en trabajar por nuestro pueblo participando, aunque sólo fuera informándonos de lo que acaecía en la rúa. Ya no. Han conseguido que protejamos la alegría en su último reducto, privatizándola.

lunes, 9 de octubre de 2023

LA PATRIA SUBASTADA

"Sólo se puede destruir una gran nación cuando ella misma se ha destruido interiormente."

 

La frase que antecede pone el colofón a la película "La caída del Imperio romano", gran superproducción de Samuel Bronston dirigida en 1964 por Anthony Mann y protagonizada por Sofía Loren, Alec Guinnes y James Mason entre otros grandes actores. La cinta, de tres horas de duración, es un culebrón histórico y en ella se invirtieron más de dieciocho millones y medio de dólares de la época, aunque supuso un fracaso de taquilla, donde no se llegaron a recuperar ni cinco millones. Rodada en espacios naturales de la sierra de Madrid y de Valencia, Dimitri Tiomkin le puso una música tan colosal como los decorados de esta gran película "de romanos" que la crítica ha ido recuperando posteriormente. La obra dio lugar a una novela, de suerte igualmente incierta.

Y esto, el azar, ha querido que ante mis ojos desfilen por primera vez —creo— estos fotogramas de legiones en formaciones implacables, entreveradas con miradas del arrasador rostro de la Loren precisamente la víspera del día en que los españoles se manifestarían por la unidad de España y contra la amnistía o la autodeterminación como herramientas de su autodestrucción.

No recuerdo nada desde la Transición que haya derramado tantos ríos de tinta. Casi todo lo que llega a mis ojos por estos días tiene el mismo sentido: es la hora final de España “si no se reacciona”. Pero, ¿cómo? El sistema, que tal vez en su concepción era efectivamente democrático pero que, como todos los nuevos había que desarrollar, se ha ido convirtiendo en una cárcel. Son las minorías “territoriales” las que tienen secuestrada a la voluntad general. Así de claro. Y ello ha sido posible gracias a las guerras intestinas de unos partidos al servicio de intereses personales y de grupo cuya gran olvidada ha sido la madre de todos: la Patria. Todo ello aparece fielmente en la película con la que abría estas líneas, por otra parte un alegato bastante demagógico en favor del pacifismo y la alianza de civilizaciones que se pretende asociar con el reinado de Marco Aurelio, el emperador filósofo.

El día que Felipe VI recordaba en público a su hija y heredera cuáles serán las responsabilidades que contraía al jurar bandera, el presidente del Gobierno en funciones se quitaba de enmedio y se iba a Granada a recibir allí un baño de besuqueos jubilados bien controlados a puerta cerrada. Realmente, nos encontramos en un escenario grotesco que revive el carácter profético con el que a veces se reviste el cine. La escena final de "La caída del Imperio Romano" es la de una subasta. El jefe del ejército, que es el que pone y quita emperadores, recibe las ofertas de los senadores venales que aprovechan el vacío de poder para pujar por el Trono. Es entonces cuando una voz en off señala "Así empezó la caída del Imperio Romano". Y añade la frase con la que abríamos este artículo. Tal vez por eso no tuvo éxito en taquilla.

lunes, 11 de septiembre de 2023

TAREA DE GENERACIONES

Para resetear España, única salida al callejón en el que nos ha metido la izquierda (con el apoyo involuntario de la gran derecha) hacen falta, como mínimo, dos generaciones. En realidad, es un problema generalizado en todo Occidente, aunque el nuestro sea en esto vanguardia. Sólo quedan algunos islotes de resistencia: Hungría, Polonia, Chequia (el frente antipopular, por razones históricas obvias), la Italia de Meloni y los Estados Unidos de Trump, que, pese a todo, sigue existiendo.

Personalmente, conservaba cierta esperanza, cada vez más difusa, en el triunfo electoral de un Partido Popular modulado por VOX. Ya no. Debemos grabarnos, para muchos años, dos fechas: 11-3-04 y 23-7-23. El comienzo y el final de la destitución de España. Lo ocurrido el pasado día 23 de julio es la confirmación de los peores temores que podíamos albergar: Ni nuestro sistema es democrático ni un amplio sector del pueblo español sabe lo que se trae entre manos cuando vota. Nos podemos quedar en el tacticismo, y entonces creer en los milagros de la aritmética, que haberlos haylos, confiando en una carambola de última hora. Pero este tipo de magias es, también, patrimonio de la izquierda, cuyo sumo sacerdote es el mayor prestidigitador —tramposo— que hayamos padecido nunca. España está abocada al cautiverio, aherrojada por los nuevos bucaneros de la política y atrapada en sus dos grandes debilidades: la educación y la comunicación.

Desde la misma Ley General de Educación del año setenta, el virus de la dictadura intelectual de corte marxista anda por sus fueros en las aulas de nuestra patria, consolidándose paso a paso, año a año, curso a curso y en todas las etapas. Nacido de la Universidad, donde la URSS sembró dicho virus metódica y pacientemente —ahí y en el mundo del trabajo— fue invadiéndolo todo hasta llegar a los jardines de la infancia (hoy “escuelas de educación infantil”). Y de ahí, obviamente y por capilaridad, al conjunto de la sociedad. Recuerdo cómo el profesor Rodríguez Adrados, gran filólogo clásico, ponía en guardia desde las Terceras de aquel ABC contra el absolutismo socialista que todo lo ocupaba.

Tras pasar de la universidad a todo el sistema educativo mediante el apesebramiento de cualquier descontento docente y el empoderamiento de los padres-votantes, la tiranía del pensamiento único socialista pasó, como digo, a las mentalidades colectivas, y para que el proceso no tuviera marcha atrás, entró en bucle a través de los medios de comunicación. La “reeducación” de los periodistas también nació en las facultades de Comunicación. Por poner un botón de muestra, el profesor melenudo que en vísperas de las elecciones del 28-M le volvía la cara a la candidata de VOX en un debate televisivo es uno de los que “forman” a los futuros comunicadores en la capital hispalense.

El silencio profundo que ha acompañado a las concentraciones contra la amnistía ante los ayuntamientos españoles —por otra parte, un gesto tan digno como inútil— nos indica hasta qué punto la sociedad española está incomunicada consigo misma, primer paso para la insania. El poder político lo domina y controla todo, desde las redes sociales mediante las empresas afines contratadas para ello, hasta el fútbol, gran negocio como bien saben los más potentes empresarios de la comunicación. Solapada o abiertamente, los periodistas, salvo muy escasas y parciales excepciones, se pliegan más y más cada día a este designio piramidal, cuyos últimos hilos se pierden en la bruma de las alturas.

Claman los elefantes, al borde del lago de su declinación, por el “espíritu de la transición”. Pero fueron ellos los que idearon el modelo educativo del que han surgido sus detractores. La respuesta de la portavoz del gobierno a las críticas de Felipe González lo dice todo. ¿Su único argumento? “Son otra generación.” Vengo escuchando esta vacuidad desde que la mía peleaba por hacerse un sitio, aunque a decir verdad nunca supe muy bien en qué consistía la solvencia de tal descalificación. Que a estas alturas, sólo el calendario sirva para defender o menoscabar unas ideas sí nos aporta algo importante. Gobierne quien gobierne ahora, resulta más bien irrelevante, porque el problema, efectivamente, es de generaciones. Tras las últimas elecciones generales, una cosa está clara: España necesita un reseteo, que pasa por la vuelta a una educación auténtica y por la regeneración del mundo mediático. Y eso es labor de generaciones. Lo primero sería adoptar la resolución de acometer la obra. Después, tener la constancia de mantenerla viva y la generosidad de saber que no la veremos coronada. En definitiva, fe, esperanza y caridad. ¡Ahí es nada!

lunes, 31 de julio de 2023

EL BOTAFUMEIRO DESCONTROLADO

El cruce de cartas entre Feijoo y Sánchez, iniciado por el primero y zanjado abruptamente por el segundo, resulta harto revelador. En primer lugar, y aunque parezca mentira, de la ingenuidad del ex presidente de la Xunta, que no acaba de salir del terruño, donde, como bien sabía Álvaro Cunqueiro, nada es lo que parece y es posible torear al vecino haciendo gala de ese lenguaje cerrado de claves entre irónicas, socarronas y endogámicas que emplean los celtas profundos. Pero eso, al otro lado de la carretera de La Coruña, no cuela. Y en la Mareta menos. Nos habla, además, a las claras el breve epistolario entre pretendientes de mayorías de la resistencia --resiliencia, dicen ahora los cursis de la economía-- que caracteriza al socialista y que está a punto de pulverizar España en sus manos. Sigue como el primer día, chulo, es decir, guapo en toda la extensión del término. Para él no pasa el tiempo (el narcisismo es así), como si acabara de pulsarse el botón de stop en la cámara que grabó aquel mensaje ante la pandemia en el que donde decía "permanecer en nuestros hogares" quería decir renunciar a nuestras libertades. Y es que Sánchez gusta mucho en las peluquerías, porque no es nada lgtbi, sino todo lo contrario. Ese porte de pívot encestando con toda su anatomía de Victoria de Samotracia desplegada hacia el aro y la red ha conquistado tantos votos como la coleta del otro en su día. Él lo sabe de sobra --sobrado-- y unas veces emplea sus giros turgentes de voz de confesor años setenta y otras, como en esta ocasión, aires de Mareta, con su punto marroquí/sahariano, al tratarse de un escrito que responde, respondón, a otro del acólito liberal-conservador-centrista-progresista-conciliador (el PP se ha convertido en una suerte de osciloscopio buscando siempre no el justo medio sino la media de la masa, el electro plano). La estantigua ha lanzado el botafumeiro con la intención oculta, tal vez, de estrellarlo en la cara del otro. Incluso le ha tuteado --al contrario que su interlocutor--, para recordarle hasta la saciedad que ha sido él quien ha ganado las elecciones --¿tal vez no se lo cree y en realidad se lo reitera a sí mismo?--. Pero el chulapo impostado le ha pegado su propio empujón al incensario para que vuelva a su punto de origen, pasando, que es lo que le interesa, por el centro, donde coge impulso relanzado por los acólitos de la moderación. De boomerangs sabe más Sánchez que Feijoo. Y si no, que se lo digan a Susana Díaz.
Lo malo es que a los acólitos se les vaya el botafumeiro de las manos y acabe destrozándoles la cara. Como a Ciudadanos.

lunes, 17 de julio de 2023

AHORA O NUNCA

No recuerdo una campaña electoral tan bronca como ésta. Y es que hay mucho en juego. Tánto que, como bien advirtió Sánchez a su grupo, estamos ante el primer intento serio de cambio radical de rumbo tras un largo camino de ida, jalonada de mentiras, hacia abismos morales con sus corolarios económicos cuyo apoteosis en nuestro país lo encarna la irrupción, por primera vez desde la Guerra, del frente comunista en el poder. Desde aquel "sí se puede" que nos ha traído a la memoria histórica el documental "El autócrata" y que en realidad era la sanción de un proceso abierto por el gran beneficiado del 11-M, los españoles se han adentrado en una trampa colosal y totalitaria, un callejón sin salida, la pesadilla de encontrarse maniatados por unos acontecimientos viciados de origen donde toda ruptura tenía su asiento con tal de mantener el del presidente del Gobierno ocupado por el trasero de Pedro Sánchez.

Todo eso y mucho más se tambalea. No me atrevo a decir que toca a su fin. He visto ya demasiadas cosas en esta España de mis entretelas. Pero o todo el mundo, salvo Tezanos, está equivocado o el hartazgo hace las cosas inaplazables. Ahora bien, ¿qué panorama nos aguarda? El apuntado cambio de rumbo es un movimiento profundo, vasto y ambicioso. Tal cosa no puede abrirse camino en una balsa de aceite. La resistencia por parte de quienes nunca habían conseguido tánto en tan poco tiempo y con tanta facilidad sería numantina. La repetición de la euforia popular por los resultados del 28-M (y su reverso, la desolación de la izquierda, manifestada en la atropellada convocatoria electoral), el intrincado camino de los pactos de la derecha, de incierto futuro y malogrado en Murcia, y, en fin, el giro copernicano en el reparto del poder por lo que respecta a regiones y municipios, tropieza con un escollo de dimensiones incalculables de cara a las elecciones generales: los separatismos y la ley electoral con la que un ingenuo Adolfo Suárez quiso acabar con el terrorismo y los fantasmas del pasado remoto concediéndoles una sobrerrepresentación que desequilibraba gravemente la soberanía nacional, desvirtuándola y quizás abortándola. Ésa ha sido la llave de la llegada y permanencia de un tal Sánchez a y en La Moncloa. Lo peor, sin embargo, no es que algo establecido sin consulta popular por un presidente de Gobierno franquista hace cuarenta y siete años, bajo la presión, hoy inimaginable, de las bombas y las metralletas, siga vigente, y vaya a condicionar unas elecciones tan cruciales como las que se avecinan. Lo más lamentable y peligroso es que ningún partido haya querido cambiar esa regla del juego que hace a los españoles no separatistas --es decir, a la inmensa mayoría-- rehenes de éstos. Y sobre todo, que ninguno con posibilidades de gobernar lo lleve en su programa electoral. Aclaremos que no se trata de un precepto constitucional. Nada de eso. Es una ley orgánica. Para reformarla basta la mayoría simple (mitad más uno de los presentes) del Parlamento. Ésta es la verdadera clave de la gobernabilidad futura. Si el partido o los partidos que logren la investidura no tienen voluntad de acabar con esta adulteración de la democracia, golpes como el de la moción de censura y la aprobación de decretos inconstitucionales a los que hemos asistido durante los últimos años, estarán siempre en el horizonte. Y la inevitable consecuencia también: la sumisión, a la larga, de la derecha moderada a cuanto dicte la izquierda revolucionaria.