viernes, 28 de febrero de 2014

SOCIEDADES MENDICANTES


Si esta sociedad nuestra sintiera algún respeto por sí misma dejaría ya de gimotear lamentándose de haber extraviado en el camino el estado del bienestar y empezaría a trabajar para deberse a sí misma su manutención. La mendicidad vergonzante ha sido la estación término de ese camino imposible que exportaron los países nórdicos allá por los años sesenta y que se fue extendiendo como una mancha de aceite por la parte occidental del continente europeo. Porque no olvidemos, amigos, que Rusia también es Europa, y por lo tanto cuando desde los medios se nos dice que los ucranianos quieren ser europeos y no depender de Rusia estamos asistiendo a la enésima manipulación de ese imperio de mentes alienadas en el que se ha convertido la comunicación social en nuestro entorno.
Lo que realmente está en descomposición no es, pues, "la vieja Europa", sino la Europa occidental y vieja. Unos hablarán de anticapitalismo como panacea, otros se aferrarán a la Nato y al atlantismo proyanqui para justificar el colonialismo en el que ha devenido aquel europeísmo de los comienzos, tan alentador, limpio y cristiano. De la reconstrucción europea tras la segunda parte de la Gran Guerra, cuyos ecos prometedores nos llegaban en los libros de texto utilizados por mi generación para aprender Historia, hemos arribado a este mago decrépito que ya no tiene—tras la socialdemocracia— ningún conejo que sacarse de la chistera.
La única alternativa que se le ocurre a muchos es ninguna, seguir como estamos, rascar unos centavos de la caridad cristiana que sobrevive, residual, en la puerta de las iglesias o en las cáritas parroquiales. Pero esto también está ajado, porque a la mayoría de los pedigüeños habituales ya se les ha visto el plumero; son profesionales, como los políticos, que viven del sudor ajeno muchas veces, que no muestran el menor interés por hacer algo útil por los demás, al menos como compensación. Y mira que hay cosas que hacer…
Esta mentalidad de la mano extendida en petición de ayuda, tan disculpable al comienzo de la crisis, se nos revela hoy como la causa de la crisis. Por respeto a sí mismo, quien se ve obligado a solicitar auxilio no hace de eso un sistema establecido. Por eso España sigue estando al borde del precipicio. Y Europa (occidental), la vieja Europa de viejos y perros que en cualquier momento puede dar lugar al cumplimiento de la realidad retratada por la película británico-mejicana "Hijos de los hombres" (un mundo sin nuevos niños que persigue implacablemente un alumbramiento clandestino), también.

martes, 14 de enero de 2014

UN MÓVIL POR LOS SUELOS



Esta mañana he asistido a una escena de esas que te obligan a pensar que uno de los dos —o tú o el mundo— tiene que haberse vuelto loco. Una panda de chavales adolescentes, de en torno a los doce o trece años, bien arreglados, con buena presencia y pinta de haber salido de un buen colegio, jugaban al fútbol con un teléfono móvil. El cuadro se producía en el cruce entre la calle principal de un barrio adinerado y una transversal. Los niños aprovechaban el piso llano del carril para bicicletas. Se ve que el aparato se deslizaba mejor sobre él que encima de los adoquines o las losas peatonales. Cuando lo observé, una de las piernas ponía la bota sobre la pantalla táctil y regateaba al adversario. Los demás jaleaban o le disputaba "el balón" al jugador. Después de arrastrar el artilugio —de última generación y por lo tanto muy caro, incluso para las privilegiadas economías familiares que allí se daban cita—, unas de las manos inmaduras lo cogió del suelo y comenzó a teclear sobre la superficie cristalina. Me quedé asombrado y me detuve a observar y reprochar con la mirada al grupo. Entonces, el más pequeño de ellos —no pasaría de los once años— me espetó: "¿Qué pasa, señor?" Le respondí: "¿Qué pasa? ¿Vas a preguntarme qué pasa? ¡Pues que hay mucha gente muriéndose de hambre por no tener lo que vale ese móvil! ¡Qué poca vergüenza tenéis!"
Tuve la suerte de que la educación recibida por los interpelados pusiera un eco de silencio a mis palabras. Continué mi camino, pero no he podido sacudirme esa extraña ración de amargura que me hace sentirme un desplazado y habitar un mundo con el que cada vez me siento más incompatible. Me ocurre lo mismo con el omnipresente asunto del aborto, la mayor tragedia de la Historia humana (o mejor dicho, inhumana). Que la hiprogresía rampante se sume a una ética descarnada del capitalismo salvaje a la hora de eliminar niños no nacidos, lo cual haría feliz al burgués Malthus, poniéndose en cabeza de la defensa de los discapacitados que van quedando tras su genocidio abortista resulta tan enajenante como que unos niños de extracción social acomodada, que sin duda estarán recibiendo una formación cara y de calidad jueguen a darle patadas a un móvil de doscientos euros.
¿Qué está pasando? Cuando escribo estas líneas, cerca de un centenar de terroristas sanguinarios no arrepentidos han sido puestos en la calle porque en un tribunal remoto han interpretado los derechos humanos al revés de como se habían tomado en las instancias judiciales españolas. Junto a ellos, han salido violadores, asesinos en serie y locos temibles que clavaban en los glúteos de las mujeres punzones hasta dejarlas desangrarse. Toda una Infanta de España, hija de los Reyes, está imputada, de modo que en principio la veremos en el banquillo, bajo la acusación de haber trapicheado con su condición para robar fondos públicos.
Sinceramente, este artículo que será el que abra un rimero de ellos para uso literario —sin Prensa ni internetes— me ha salido como una especie de SOS que, igual que con el Titanic, es probable que nadie escuche, pero que en mi particular gabinete telegráfico, es cuestión de vida o muerte. Porque uno de los dos, o el mundo o yo, se ha vuelto loco.

sábado, 4 de enero de 2014

INGENIEROS DE CUENTOS


Antaño, nuestros mayores, a quienes cada vez debemos más, nos aleccionaban sobre nuestros deberes futuros como personas de provecho, sobre todo a la hora de elegir profesión y ganarnos así la vida para formar una familia y cultivar la felicidad en ella. Todo eso hoy nos parece una quimera. Claro que antes ya nos parecía un discurso rancio y superado. Pues ya ven, henos aquí en un país sin horizontes para cuando nuestros niños sean mayores, que acaba de ver cómo por primera vez la renta de los trabajadores sin cualificar sobrepasa a la de los profesionales universitarios y que desparrama a éstos por el resto del mundo en una suerte de dilapidación del talento.
Como si un virus de inconsciencia, una especie de locura colectiva, se hubiera apoderado de nuestro centros de decisión, las empresas echan a la calle a los más expertos, aquello en quienes han invertido más dinero y más tiempo para conseguir empleados bien formados, competitivos y responsables. España se vacía de gente valiosa mientras se entrega a unos cuantos jóvenes pésimamente educados y condena a los demás a ser "ninis" o coger el portante.
Recientemente hemos sabido que los ingenieros de caminos pasan, en el mejor de los casos, el puente que lleva desde las escuelas universitarias al extranjero sin solución de continuidad. Es decir, que estamos gastando una fortuna en darles una carrera para que sean otros los que disfruten de sus obras. Sólo en Andalucía, han sido doscientos los que han salido de España rumbo a cuarenta y tres naciones porque en la suya no hay dónde construir. En 2010 sólo procedía de fuera el 29 por ciento de las ofertas de empleo para estos ingenieros. Hoy constituyen un 73 por ciento. En España no se hacen caminos, ni canales ni puertos. ¿Para qué? Además, la hucha se la pulieron los socialistas con la ayuda insustituible de los populares. Y para ilustración, una frase del decano del Colegio que agrupa a estos ingenieros en Andalucía, Ceuta y Melilla: "Este país lo cambiaremos nosotros, nunca esta mediocre clase dirigente que nos gobierna aquí y en Madrid". Cuando éramos chicos, nuestros padres nos sentaban a su lado, nos cogían una mano y, mirándonos fijamente a los ojos, nos decían, con voz dulce: "¿Y tú, cuando seas mayor, ¿qué vas a ser? ¿Ingeniero de caminos, como tu padre?". Claro que también había veces que comentaban alguna ocurrencia de los lumbreras que nos gobernaban ya entonces, y decían: "Ese es un ingeniero de caminos, canales… ¡y cuentos!"

jueves, 2 de enero de 2014

LOS PAÑALES MOJADOS DEL PROGRESO



Por primera vez en la Historia, en Japón se venderán este año más pañales para viejos que para niños. Esto debe de ser el final de la historia que refería Fukuyama y que tanto revuelo como superventas originó allá por el final del milenio. Aseguraba este autor que ya no había más cera por arder y que nuestros hijos dejarían de ver la vida con ojos humanos. Mutarían y habría una especie de nuevo Génesis o algo así, qué sé yo. Era cuando se iban a fundir los ordenadores, ¿recuerdan? El temido efecto 2000. Hay que ver lo que hemos vivido: el cuento de la gripe aviar, tan rentable para algunos; el boom de la comunicación social, con sus facultades universitarias para chupar del bote; el cine y la televisión en 3D, las redes sociales, y hasta un efecto 2000 que se quedó en algo así como una guerrita de los munditos.
Que el Japón, con lo lejos que está el Japón, tenga que dedicar su tecnología a fabricar empapaderas para las micciones seniles en mayor cantidad que para las infantiles es muy significativo de en qué sumidero acaba la gloria del mundo. De Japón nos venía lo último hasta ayer tarde, que espabilaron sus eternos enemigos los chinos. De allí vino el deuvedé, el casete y las cámaras fotográficas con un japonesito o una japonesita pegados, recorriendo en serie nuestros monumentos con cara de disco duro. Y ahora ya ven: entró en recesión ni se sabe el tiempo que hace, se le escapó el reactor de una central nuclear y tiene que dar preferencia a la vejiga de la chochera sobre los esfínteres de los bebés.
Pero no crean que todo acaba en Japón. Más bien es al revés. Recuerden que aquello es el imperio del sol naciente, aunque ahora esté menguante. Que se vaya preparando la vieja Europa, con su engreimiento fatuo de diosa griega sollozante rebozada en su tragedia. ¿Por qué llora Europa?, nos preguntaremos a la vuelta de pocos meses, cuando empecemos a fabricar más pañales para ancianos decrépitos que para retoños rezongantes. Europa estallará en gemidos de lástima por sí misma cuando compruebe que el bienestar hay que pagarlo, y que los mayores no pagan, sino que cobran; al menos hasta ahora.
El autodenominado mundo desarrollado declina ineluctablemente. Todo comenzó nueve meses antes, cuando decidió que cualquier cosa era mejor que tener hijos. Pues ahora, ajo, agua y resina, mi querido progreso. Ya saben, a joderse, a aguantarse y a resignarse. Y a envejecer en soledad haciéndoselo encima sin que ninguna risa de infante venga a alegrarnos el alzheimer. Es lo que tiene llevarse varias generaciones haciendo ascos a las familias numerosas. Que si son del Opus, que si son de los Kikos, que si son franquistas. Pues nada, amiguitos, a la vuelta de tanto niño único, de tanto condón y de tanto aborto, ya veis lo que hay: el invierno demográfico. Y ahí se tirita, os lo garantizo.
Lo malo de todo esto, como siempre, es que pagan justos por pecadores. También yo envejeceré sin que me puedan pagar ni la dependencia ni la pensión. Pero al menos en mi caso, me alegrarán la senectud tres criaturas y las que puedan venir detrás. Será muy triste, sin embargo, recorrer calles semidesiertas en invierno y llenas de sillitas de ruedas en verano. Calles como paisajes apocalípticos y devastados después de una batalla. "Es el estado del bienestar", nos diremos unos a otros, si el parkinson nos lo permite.
Hace muchos años ya que visité Bruselas con mi hijo en un carrito. Tenía apenas unos meses de nacido. Cuando íbamos en el metro o por los parques, aquellos flamencos de tez apergaminada se quedaban mirando con expresión de sorpresa "aquello" que tenía morfología humana y balbucía sílabas inconexas. Ellos iban muy tiesos con sus perritos y habían olvidado que un día fueron niños como mi hijo. Imagino cómo será ahora, en esta buroeuropa medio cadáver que camina, al igual que el Japón, derechita a la suspensión de pagos por falta de natalidad.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

CINE ANDALUZ (Y ESPAÑOL) CON VALORES

Ando enfrascado en la recta final de mi primer proyecto cinematográfico, un corto o medio metraje que cuenta la historia de una chica embarazada que no llega a abortar porque apuesta por la vida "en el último minuto" (que así se titula la "cinta"). Es, como se puede suponer, un viejísimo pájaro de juventud esto de hacer cine. Con quince años quería ser director de cine. Pero vivir de eso en aquella Andalucía del año 75… Hay utopías menos frustrantes. Así que decidí ser realizador de televisión. Pero en aquella España del año 75… o te metías en Televisión Española ("la mejor televisión de España") o seguías soñando en tu terruño y lamiéndote las heridas. Alguien me dijo, cuando ya tenía un pie en el Talgo, que podría hacer en Sevilla aquellos estudios, que eran los de Imagen y Sonido en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. Fue una de las primeras mentiras que hirieron mi buena fe. Cuando llegó septiembre, aquella "tutoría delegada" reveló que mis esperanzas eran vanas, y tuve que matricularme en Periodismo. Siempre me gustó el periodismo, pero no tanto como el cine. De todas formas, la Prensa ha sido el modus vivendi de mi existencia.
Recuerdo una anécdota protagonizada por un afamadísimo articulista sevillano que fue mi jefe muchos años. Un buen día, ya en vísperas de su abrupta retirada del periódico en el que ambos trabajábamos, se detuvo ante mi mesa y me espetó: “Ángel, ¿tú que te crees, que yo hago esto por amor al arte? No, hombre, no. Este es mi modus vivendi y nada más." Aquello me impresionó, porque, aunque yo sabía sobradamente que "aquello" (escribir sus artículos) era su modus vivendi (y que le daba para muy buena vivendi) todavía conservaba cierta ilusión adolescente en que escribir en un periódico —y tan bien como él lo hacía— era, sobre todo, un honor.
Ese periódico acaba de romper amarras conmigo, después de treinta y tres años y medio de ligazón mutua. Alguien me comentó cuando lo supo que esa había sido la vida del Salvador. Ciertamente. Es decir, toda una vida, de la misma duración que tuvo la de Jesucristo en la Tierra, dedicado a ejercer la profesión periodística. Y se acabó, como cantaba María Jiménez, "porque tú me lo pediste".
Pero ahora, "mi vida es otra". Es la vida del que ha conseguido reunir el dinero suficiente para, además de mantener, si fuera necesario yo solo, a una familia de cinco personas, entregarme a mi asignatura pendiente. Gracias a Dios y a la colaboración espontánea y generosa de un equipo formado por una quincena de componentes de todas las edades y ambos sexos, puedo decir que "En el último minuto" se acerca al momento de dar a luz (nunca mejor dicho, por el doble sentido de la palabra luz). Pero, ¿qué hace un periodista creyente y conservador emprendiendo a sus 53 años una aventura cinematográfica sin un duro de presupuesto y con la sola (y gran) inversión que ha puesto un puñado de amigos como si se tratara de una cooperativa de lo intangible?
Esto me ha llevado a reflexionar brevemente (única suerte de reflexión que domina un periodista) en el contexto que hoy me rodea como director —y productor, naturalmente— de películas. Digámoslo abiertamente: Desde que murió Franco, en España, y sobre todo en Andalucía, para hacer cine tienes que disponer el carné de izquierdas. Entonces todas las puertas se te abren y empiezas a ser alguien en la sociedad aficionada al séptimo arte. Ya puedes poner en juego las más depuradas aptitudes, el talento más rico, el tesón de una araña tejiendo su red, que si no perteneces al club del pensamiento único, ya puedes esperar sentado para que alguien te haga caso.
La financiación de nuestro cine se llama subvenciones. Y ya sabemos quién las concede y con qué criterio. Exactamente lo mismo sucede con los jurados que otorgan los premios en los certámenes. Y da igual que detrás esté un partido u otro. Ambos saben que la política es calculadora, y prefieren aferrarse al sistema establecido que intentar cambiar nada.
Por eso, yo he conseguido lo que nunca confié en lograr: llegar hasta el último minuto de una película que prescinde de subvenciones. Sé que no me aguarda reconocimiento alguno. Tampoco lo necesito. Pero tal vez igual que se ha producido el milagro de hacer realidad esta película, la Providencia tenga a bien transformar algunas sensibilidades de modo que el cine que estamos haciendo los que preferimos los valores ahora llamados "tradicionales" a lo que ahora llaman "progreso" también tenga su sitio en la mente y el alma de mucha más gente de la que nos parece ahora.
No va a ser nada fácil, sobre todo aquí en Andalucía, donde todo está copado por la hegemónica izquierda. Pero revoluciones mayores se han visto, cuando nadie las esperaba. Me consta que no estamos solos, aunque de momento seamos islotes a la espera de que algún empresario con ganas de arriesgar por lo diferente nos agrupe y ayude. De momento, vamos a hacer nuestro trabajo con las ganas con las que lo hemos empezado. Con la ayuda de Dios —como los presidentes de Estados Unidos—llegaremos al último minuto sabiendo que nuestras vidas no han sido en balde.

viernes, 12 de octubre de 2012

ESPAÑOLIZAR ESPAÑA

Ahora sí que ladran, luego cabalgamos. La declaración parlamentaria del ministro de Educación y Cultura merece ser grabada en placas de bronce, sobre todo para que no se olvide de ella. Porque el otro ministro, el de Economía y Competencia, que usó el otro día el símil del bronce para desmentir las previsiones —seguro que interesadas— del FMI, éste suele tener mala memoria y debería aplicarse el cuento. Todavía recuerdo, y cada vez más, aquella rueda de prensa de junio que tanto nos tranquilizó en vano, asegurando que los célebres y etéreos 100.000 millones de Europa para nuestros bancos estarían en cuestión de semanas (ahora se habla de noviembre), que se habían conseguido unas condiciones extremadamente positivas (que se siguen negociando) y que no computaría como deuda soberana, y por lo tanto no agravaría el déficit. Como decía mi abuela: quien no te conozca que te compre. Pero el otro ministro, el que ha recuperado las reválidas y ha metido en cintura el FEN de los socialistas, ése no tiene pelos en la lengua (absténganse los grasiosos) y acaba de dar nuevamente en la tecla que más les duele a los separatistas: “Hay que españolizar Cataluña”. Algo que sólo se puede hacer, con paciencia y sin cálculos electorales, desde la escuela. Algo que si se hubiera hecho hace treinta años nos habría evitado muchos disgustos, entre otros el de ver cómo un gobierno regional convoca un referéndum de independencia. Hasta que no se desarrolle legalmente el funesto concepto de “nacionalidades”, en España lo único que hay son autonomías, de modo que los cómicos argumentos de la consejera de Educación de Cataluña sobre el incumplimiento de la Constitución (¿Ah, pero todavía se acuerdan de ella?) carecen del más elemental fundamento jurídico. Dice la buena señora que lo de Wert es “preconstitucional”. Y tanto, como que viene desde los Reyes Católicos como mínimo. O puede que de San Fernando, que mandó grabar en su mausoleo sevillano sus títulos reales sobre España —literalmente— en tres lenguas universales, una de las cuales constituye nada menos que un derecho fundamental de todos los españoles desde 1978. Y es que al ministro sólo le ha faltado un prefijo a su fórmula. Debería haber dicho “re-españolizar Cataluña”, porque la desintegración de la identidad española en aquella tierra es empeño bien reciente y muy probablemente, efímero. Aprovecho la ocasión para dejar en el aire una propuesta que a los separatistas les parecerá también “preconstitucional” o “prehistórica”. Hace ya tiempo que no miro las etiquetas, sobre todo si es tiempo de rebajas. ¿Por qué no españolizar España? Este —y recalco lo de éste— Estado de las autonomías ha concluido en dislates como el de llamar en los colegios Lengua Castellana a la Lengua Española. Se me dirá que las otras también son españolas. Sí, pero no son “la” española, como muy bien sabe cualquier lingüista. El vascuence y el catalán son lenguas de España y nada más. ¿Por qué entonces hemos tenido que soportar tanto tiempo que nuestros hijos estudien en unos libros de texto y sean evaluados en unas asignaturas denominados “Lengua castellana”? ¿Vergüenza tal vez? ¿Estudian “Lengua Castellana” en Méjico o en Argentina? ¿Vienen de todo el mundo a estudiar aquí los “erasmus” “Lengua Castellana”? ¿Se llama la Real Academia de la Lengua “Castellana”? Ya va siendo hora de que las autonomías —sobre todo las más responsables, que son las históricamente socialistas— vayan corrigiendo este repliegue basado en el miedo ante los nacionalistas fragmentarios. Y si nos llaman de todo, eso va en el DNI. apgabc@gmail.com