lunes, 24 de abril de 2017

UN SATÉLITE EN LA MADRUGADA

Todo aquél que haya vivido atento al fenómeno vital, físico y metafísico que son las cofradías de Sevilla comprenderá cuanto voy a decir. No así quienes estén situados en una órbita que nunca toca la unión providencial de esas dos dimensiones: la visible y la invisible (“Dichosos los que crean sin haber visto”). El grado de sensibilidad que experimenta el primero nada tiene que ver con lo que supongan los segundos que se está manifestando cuando se habla de algo relacionado con una profesión pública de fe, por lo tanto netamente religiosa, que o es algo trascendente o no es nada. De lo que se infiere que lo acontecido durante esta Madrugada del Viernes Santo en la ciudad del Betis (río, no confundir) reviste una gravedad de mucho mayor calado que la simple cuestión logística sobre agrupación y movimiento de multitudes en un espacio geográfico. Incluso es extraordinariamente más complejo y rico que una reacción refleja de orden psicológico. Porque lo que se ha vivido en las calles de Sevilla antes de que despuntara la aurora del Viernes Santo no es sino un brutal acto de terrorismo múltiple capaz de provocar la misma tragedia que la explosión de las cargas que cambiaron nuestra historia el 11 de marzo de 2004.
Alguien ha descubierto que la mejor bomba, la más impune, eficaz y autogeneratriz que existe es sembrar “limpiamente” el pánico en una gran masa humana. Pero ojo, no en cualquier concentración de personas, ni en unas circunstancias indiferentes. El contexto de la “Madrugá” sevillana es universalmente singular. En primer lugar —vuelvo al principio— durante esas horas sin luz natural, el hombre busca su encuentro con Dios. Nada menos. Lo hace a tientas, entre tinieblas, portando unas luminarias frágiles que indican su búsqueda. Todo aquel nazareno que ha llevado un cirio en la soledad reinante tras su antifaz sabe que esa llamita, a menudo devorada por el viento, es su único compañero de viaje a lo largo de la estación de penitencia. Fuera impera el bullicio —o no, según sea la cofradía—, la inquietud, el paganismo. Se diría que el nazareno es el ser más acompañado del mundo. Y sin embargo, es justamente al revés. Al menos durante las horas de la noche.
Ese ambiente de aislamiento se hace colectivo cuando llegan los pasos. Si es una hermandad de silencio, porque o no suena nada —apenas las pisadas de los costaleros— o sólo se perciben los sones discretos y penosos de una capilla musical. Si es de las musicales, la misma presencia de la canastilla impone cierto rigor en los sentidos para volcarlos en el “espectáculo”. Es el momento que aprovecha “quien sea” para desencadenar la estampida. Se pasa —como en las deflagraciones— de un extremo a otro, en un estallido en el que la metralla es el gentío. Hay dos preguntas que me asaltan: ¿cuál es el detonante? ¿Por qué ahora? (este “ahora” tiene una duración dilatada, cuyo debut coincide con el arranque del milenio y llega a su punto culminante, de momento, en la Semana Santa de este año).
Voy a hacer una revelación personal porque creo que viene a cuento. Nunca he sido cofrade de madrugá. Me vence el sueño. Pero el año 2000, no recuerdo por qué, decidí echarme a la calle. Acababa de ver pasar —en medio de un silencio sideral— a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder por la calle Gravina desde la esquina de San Pedro Mártir y me dirigía a buscar la Virgen en San Pablo. Recordaré siempre el rugido de la marabunta, inopinadamente, cuando me hallaba a unos metros de la esquina con la calle Canalejas. Todo transcurrió en ese “tiempo real” que tan alto valor tiene para los que amamos la información y el cine, dos maneras de manipular el tiempo. Aquello era verdad. Giré la cabeza y de pronto me vi en una pesadilla. Una marea humana se aproximaba a todo lo que les daban las piernas, procedente de la estrecha San Eloy, saliendo en tromba, de fachada a fachada a todo lo ancho de la calle. Buscaba claramente espacios abiertos: Marqués de Paradas. Recuerdo que sin solución de continuidad me encontré refugiado entre dos coches aparcados en la calle Boby Deglané. Oía de fondo los gritos de las mujeres, pero lo que más me aterraba no era eso, sino ese tremor soterrado que no era exactamente vibración del suelo pero se le parecía mucho y que procedía del contacto de los pies con el pavimento. Una vez que pasó el gran pelotón que corría sin mirar atrás, me encaminé a mi destino. Algunos viandantes se movían como zombis tras una detonación devastadora (películas, claro está). Se oían ecos de llantos y gritos masculinos como llamaradas. Acudí a la antigua Puerta de Triana, cruzándome en el camino con un guardia civil de expresión descompuesta que me preguntó qué pasaba. “No sé. La gente corre alocada”, le dije. Cuando miré al paso de Nuestra Señora del Mayor Dolor y Traspaso lo vi solo (tengo que decirlo porque así fue), con la única  excepción del otro guardia civil de la escolta, que oteaba ansioso todos los horizontes. La candelería seguía encendida y alrededor se extendía un desierto en el que se podía mascar el miedo. Yo llevaba una radio, y en González Abreu ya sabía que se hablaba de un sujeto con un cuchillo que había motivado un altercado en las sillas de La Campana. Retorno de nuevo al principio: quienes conocen el paño de lo que hablo saben que tocamos tejido sumamente susceptible.
Mi compañero en las lides informativas José Luis Garrido Bustamante dedicó después un par de libros al tema. Es sabido que, en menor medida, se han reproducido los hechos en ocasiones posteriores, hasta hace dos años en que el Ayuntamiento presidido por el actual ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, consiguió echar tierra sobre el asunto y cerrar en falso la herida. Tras aquel primer desgarro del año 2000 se especuló con mil cosas, pero no se llegó a ninguna conclusión. O sea, exactamente igual que diecisiete años después. Éstas son las autoridades que tenemos.
Esta vez, las consecuencias han sido punto menos que trágicas: un joven con la cadera rota, un hombre mayor con traumatismo craneoencefálico barrido por las huestes desmandadas, nazarenos sin antifaz entrando en la catedral con el terror dibujado en sus facciones, las sillas y palcos arrasadas, instrumentos musicales arrojados al Guadalquivir, una banda que se retira, ¡cien heridos atendidos en los hospitales!, y —sépanlo— el mismísimo alcalde evacuado de su palco antes de que fuera pasto de los incidentes.
La próxima vez, estaremos hablando de algo histórico, luctuoso y terminal para las cofradías más famosas de la Semana Santa sevillana. No, yo tampoco tengo la solución, porque no sé qué… demonios está pasando. No sé siquiera si todo esto tiene causa o es la causa el mismo efecto. No sé si la información vuelve a ser la clave de todo —cada vez estoy más satisfecho de haber elegido el periodismo como vocación profesional—, y el triunfo de cada atentado terrorista se extiende meses en el tiempo, creando en el inconsciente colectivo la psicosis de la presa perfecta. Porque eso es la gente en la Madrugada sevillana, un blanco envidiable. El despliegue de policías de la reserva, provistos de armas largas y otros dispositivos de seguridad bienintencionados se han revelado insuficientes. ¿Han descubierto los terroristas que con sólo aparecer en los telediarios pueden fabricar unas bombas humanas a miles de kilómetros de distancia sin mover un dedo y precisamente contra los cristianos? ¿O hay realmente alguien detrás de todo esto, in situ, orquestando el desastre? Organizarse (“Organízate y lucha”) en una fábrica abandonada llena de “okupas”, coordinando un conjunto de “comandos” que a una hora determinada enciendan la mecha de una avalancha en lugares idóneos no es ninguna operación al alcance sólo de los marines. Recuerdo que la Policía tuvo que sacar con maquinaria pesada de sus “zulos” a algunos ocupantes ilegales que se habían anclado con cadenas a bloques de hormigón, o que en vísperas de la Expo —de cuyos 25 años ahora se celebran los fastos, aunque no se habla de las locomotoras de Mitterand o de las cuentas judicializadas— una chica recibió un disparo en los glúteos al entrar en la iglesia de San Marcos en un tiroteo con “antisistemas”.
Cargarse la Semana Santa sevillana vía Madrugada es muy fácil. Los responsables del orden público —término maldito— no tienen ni la menor idea de qué hacer (no me hablen del Cecop, por favor, que me da la risa tonta). Y mientras tanto, algo se derrumba por dentro de una de las tradiciones —otra palabra maldita— más señaladas que dan identidad a nuestro pueblo.

Lo que voy a añadir no es ninguna broma. Antes hablaba de los “seals” de la Armada estadounidense. ¿Recuerdan al gabinete de Obama con los ojos clavados en el monitor mientras se retransmitía en directo la acción contra Osama Bin Laden? Sí, estoy hablando de satélites. La tecnología actual —militar, naturalmente— permite espiar cada rincón del plantea, grabar lo que acontece, estudiarlo después y así averiguar los hechos que dieron pie a las realidades de “etiología” más recóndita. La misma alta definición que se utiliza en los helicópteros de la DGT para cazar conductores y recaudar multas podría contratarse, a mayor escala, con alguna compañía que trabaje para las Fuerzas Armadas y repasar cuantas veces haga falta lo que está pasando en la ciudad de Sevilla entre la recogida del Valle y la de las Esperanzas. Y después, con conocimiento de causa, tomar medidas. Que la Semana Santa hispalense es un objetivo de oro para muchos activistas que la odian por lo que representa no es ningún secreto. Al fin y a la postre, pocas cosas van quedando tan arraigadas y bien ordenadas como ésta. Los sedientos de revoluciones y destrucción ven en ella el arquetipo de sistema establecido. El quid de todo es saber cómo lo hacen, si es que lo hacen. E ir a por ellos antes de que los cofrades, que también son humanos y tienen hijos saliendo en los cortejos, hagan como ese servidor de la cofradía trianera que, ante el negro que gritaba “Alá es grande” “se fue paé y le pegó dos tragantás, y sacabó el problema” (director de la banda dixit). Y mientras sean dos tragantás…

viernes, 14 de abril de 2017

FELIZ CUMPLEAÑOS, SANTIDAD

Hoy es un día muy especial para Su Santidad, y no sólo porque la Iglesia celebre la vigilia de la Pascua de Resurrección, acontecimiento central y único de su calendario litúrgico, sino porque dentro de unas horas hará noventa años que Su Santidad vino al mundo. Le trajo la hija de una madre soltera, con quien casó su abuelo de usted cuando ya tenían dos hijos y vivían juntos. Lo hizo con la cabeza muy alta, aunque no tanto como si hubiera sabido quién había de ser su nieto Joseph.
La sombra de los pontífices es alargada, pues han mirado de frente a la luz del Evangelio sin darle jamás la espalda, dejándose deslumbrar y a veces cegar por el resplandor. Los que hemos venido detrás nos hemos cobijado bajo esa proyección de sus figuras. El repaso de sus textos gana con el tiempo y adquiere esa extraña intemporalidad que los hace señeros. Pocos saben que el teólogo Ratzinger fue el autor de la conferencia que imprimió el giro definitivo al Concilio Vaticano II. Su tocayo el cardenal Frings, alemán como él, había sido invitado a pronunciarla en Génova el 19 de noviembre de 1961. Había escuchado una charla del teólogo, y le pidió que le preparase el discurso. Hasta entonces, los esquemas que seguía el Concilio eran demasiado rígidos y deudores del pasado. La Curia estaba tras ellos. La alocución de aquel día se titulaba “El Concilio y el mundo intelectual moderno”.  Poco después, estando Frings en Roma para asistir a los preparativos del último concilio ecuménico, el Papa Juan le mandó llamar. Él creía que era para reconvenirle tras lo leído en Génova. Pero se trataba de todo lo contrario: “Debo darle las gracias. Leí anoche su discurso. ¡Qué feliz coincidencia de pensamiento!”. Ratzinger, desde su cátedra en Bonn, había cambiado el rumbo de la Historia.
Después, ya se sabe lo que ocurrió, aunque los españoles lo vamos sabiendo con retraso. Su primer aldabonazo lo dio el 18 de junio de 1965 ante los estudiantes católicos de la Universidad de Münster, al afirmar que muchos empezaban a “preguntarse si las cosas no estaban mejor bajo el gobierno de los llamados conservadores de lo que pueden estar bajo el dominio del progresismo”. Y es que —esto también lo vamos descubriendo los españoles con retraso— el peor enemigo del progreso suele ser el progresismo.
Tras una existencia castigada por la agitación —esa hija ilegítima tuvo que buscar, al igual que su marido, un certificado de raza aria para no dar con sus huesos en el infierno en vida—, ahora disfruta de un anticipo celestial: la realización su sueño, consistente en retirarse a meditar, leer y escribir. Pero como ninguna felicidad es perfecta aquí abajo, la falta de visión, que desde hace muchos años es completa en un ojo, le obliga a una última renuncia.
No está mal, Santidad: nacido de padres pobres (madre rigurosa y padre bondadoso, que le inventaba fábulas de novela rosa, ya jubilado, mientras paseaban juntos), logró estudiar a fondo la teología católica y otras muchas, fue perito del Concilio, más tarde arzobispo de Mùnich y Frisinga nombrado por Pablo VI, hasta que su mentor el santo Papa polaco le puso a guardar la Doctrina de la Fe (como los dominicos, canes Domini). Y ahí, veinticuatro largos y pesarosos años en los que la progresía mundial —intra y extraeclesiástica— hizo todo lo posible por hacerle vida imposible. Sólo que el Espíritu Santo sopla donde quiere, y le puso la sotana blanca en la que aguantó hasta que las fuerzas no dieron más de sí y comunicó al mundo —en latín, para que sólo se enterasen los escogidos, entre ellos la periodista que lo dio a conocer como primicia— su renuncia.
Fue encantador verle celebrar el cumpleaños anterior con una jarra de cerveza en las manos y en compañía de un grupo de paisanos, a las puertas del pequeño monasterio vaticano donde apura sus años.

Quiero terminar con sus mismas palabras, recogidas por el periodista Peter Seewald, que tan bien ha seguido sus pasos junto a usted. (Benedicto XVI es hombre de Prensa, ahí está su Informe sobre la Fe, con Messori, aunque no conserve buenos recuerdos de los profesionales malvados, que haberlo haylos y son legión.) Respondía a la gran pregunta de si sentía remordimientos por las tergiversaciones que se habían hecho, en especial por parte de “su” Iglesia alemana, del Concilio en el que él tan activamente había participado. Y respondía el Papa emérito: “Uno sí que se pregunta si lo ha hecho bien. En especial cuando el conjunto se salió de quicio en tan gran medida, esa fue una pregunta que ciertamente me planteaba. El cardenal Frings sintió después remordimientos muy intensos. Pero yo siempre tuve la conciencia de que cuanto de hecho habíamos dicho y conseguido sacar adelante era correcto y además debía acaecer. En sí, actuamos correctamente, aunque sin duda no previmos bien las consecuencias políticas y las repercusiones fácticas. Se pensó en exceso en lo teológico y no se reflexionó sobre la repercusión que tendrían estas decisiones.”