lunes, 27 de marzo de 2017

ÚLTIMO VIAJE CON WOJTYLA

Para los que habíamos dejado atrás los chiripitifláuticos y patinábamos sobre la resbaladiza pista de un periodismo incipiente, su voz sonaba a juventud sin fronteras. Se abría su micrófono y su nombre se hacía realidad, porque sus palabras volaban con blancura de sotana única en el orbe. El maridaje entre su alegría volandera y el revuelo de ese hábito talar recorriendo el mundo nos abrió los ojos y los oídos a una Iglesia más en consonancia con el brío evangélico. Acabo de ver la película “Resucitado”, que es un canto a la vida…eterna. Paloma y Wojtyla no hacían otra cosa que estimular a la Humanidad —ella a la hispanoparlante— a vivir aquí y ahora para vivir por siempre y en ninguna parte.
El buen periodismo se ha rendido a sus pies ahora que nos ha dejado, como antes lo hizo cuando su pequeño cuerpo se erguía sobre las ondas. Hemos visto desfilar por el tanatorio a todas las Españas: desde César Cadaval y su esposa hasta Campo Vidal, Bigotes Arrocet y las Campos (María Teresa y Terelu), Jesús Álvarez, Ramón García, Cristina Almeida, Rappel… y hasta el mismísimo Antonio Tejero Molina junto a su mujer. Concitaba esta narradora de los viajes vaticanos —todos, los que se movían a través del espacio y los que tenían lugar intramuros de la ciudad de los papas— la admiración y el cariño de profesionales y profanos, de imitadores y oyentes de sus alocuciones entre líneas, que Paloma decía mucho entre líneas.
Hablé con ella dos veces en mi vida. La primera, cuando el cura Javierre me regaló una estancia en el convento romano de unas monjas como pago por haberle presentado su libro sobre San Juan de la Cruz. Estábamos una noche mi mujer y yo en el comedor de la casa, tras haber dedicado una extenuante jornada a la ciudad eterna, cuando de improviso apareció la figura menuda e hiperactiva de Paloma Gómez Borrero. Para mí fue un segundo obsequio. Resulta que de vez en cuando, la periodista recalaba por allí y charlaba con las religiosas. Recuerdo que aquella noche traía un cabreo supino con el segundo hombre de su vida porque había cedido un altar a un alto cargo de un movimiento con el que ella no simpatizaba y él sí. Se non è vero, è ben trovato. Paloma, a diferencia de tantos otros divos, me pareció exactamente igual a corta distancia que en antena. Y conservaba al final de un largo día de tensiones, la misma prestancia que si se acabara de levantar.
Pasaron muchos años, y, como quien no quiere la cosa, el 7 de mayo del pasado año, volví a estar con Paloma en el II Encuentro de Comunicadores de la Iglesia de Sevilla. Fue en el edificio del Seminario, y esta mujer, que ya contaba con más de ochenta años aunque nadie lo diría, y ella menos, nos dejó de una pieza refiriendo anécdotas y conclusiones de toda una vida dedicada a la información religiosa. Fue, además, tan valiente como siempre ha parecido, y no ahorró críticas a quien hiciera falta.
En un receso del encuentro, tras su intervención, me crucé con ella, que descansaba apoyada en un murete del vestíbulo, en compañía de otras dos personas. Me acerqué y le saludé. Recuerdo que intenté condensar en una frase toda una vida de observación rendida ante sus méritos televisivos y radiofónicos. Le dije lo mismo que manifestaba al principio de este artículo: “Usted ha sido una maestra para varias generaciones de periodistas españoles, y ha estado muy presente en nuestras vidas.” Con su sempiterna sonrisa —me acordé del único consejo que da Nieves Peinado a los aspirantes a la radiofonía, sonreír siempre mientras se habla ante un micrófono— me dio las gracias. Y entonces, espontáneamente, me salió del alma besar su mano. Y lo hice. Hay gestos que te brotan de algún lugar donde la mente y el corazón se alían para presentir el futuro. Aquélla fue una de estas ocasiones. Nunca me alegraré suficientemente de haber tenido aquella muestra de cortesía entrañable hacia quien acompañara tantas veces a Juan Pablo II en su avión o ante el Sagrario.

Ahora, ambos viajan en primerísima clase. Tienen todo el tiempo del mundo para decirse lo que no pudieron aquí abajo. O para evocar conversaciones antiguas, que es una excelente manera de vivir en la gloria. Ambos hacen, con perdón, una magnífica pareja. No voy a decir que tengan su viaje de novios, aunque también se podrían ver las cosas así, manteniendo en todo la castidad. Bueno, en cualquier caso, allá nos esperan la cronista y el santo súbito. Nos quedamos con la pena de no poder escuchar: “Desde el Cielo para la Tierra, Paloma Gómez Borrero”.

martes, 21 de marzo de 2017

EL MEJOR CINE DE CUANDO NO HABÍA CINE

Los muros del hospital de Los Venerables, en Sevilla, lucen los retratos de la Infanta Margarita y de la Virgen niña aprendiendo a leer con Santa Ana su madre a escala mural, recibiendo y reflejando la última luz del invierno y los primeros haces de primavera en pleno barrio de Santa Cruz. Anuncian una exposición que han visitado más de 100.000 personas, marca máxima entre las muestras de la Fundación Fondo de Cultura de Sevilla a lo largo de sus veinticinco años de historia. Es un acontecimiento cultural que desborda las fronteras locales hasta el punto de haber obligado a desplazar la fecha de clausura hasta el próximo 2 de abril. Se nos regala así un mes más, el de marzo, para contemplar los cuadros de Murillo a la vera de los de Velázquez. En Madrid ha ocurrido algo parecido con El Bosco, al que el Museo del Prado ha dedicado una sala permanente tras el gran éxito de la exposición temporal, que a lo largo de cuatro meses (también prorrogada) ha atraído a casi 600.000 visitantes, 100.000 más que la de Velázquez, con lo cual se convierte en la más visitada de la historia de la primera pinacoteca española.
Los clásicos vuelven, si es que alguna vez se han marchado. Velázquez es un prodigio de continuidad, tal vez porque apuntó pronto a la Corte y al hábito de Santiago. O porque viajó y se perfeccionó en Roma. Murillo ha vivido épocas de postergación. Los gustos son así de caprichosos y suelen ser empujados por vientos políticos. Ambos sevillanos, separados por los veinte años de una generación, la muestra sevillana insiste en emparentarlos, con Velázquez como maestro y Murillo como discípulo. No sé. Sin duda estamos ante dos adelantados del impresionismo, pero el uso del color, es decir, el lenguaje acerca de sus respectivas visiones del mundo y su belleza, es tan disímil… Velázquez mezcla las manchas de negro con casi todos los tonos de paleta. Murillo desvanece levemente las formas, siempre luminosas. En todo caso, es interesante compararlos con nuestros propios ojos, acercarnos y alejarnos, como pintaban ellos, y sobre todo tratar de entender dos filosofías estéticas que son profundamente andaluzas, barrocas e introspectivas.
Los diez cuadros de Murillo y nueve de Velázquez que se exponen en la enfermería —allí habló Borges de una “generosa y cóncava mañana”— del hospital de Los Venerables Sacerdotes, donde su fundador y gran amigo del de las Inmaculadas, Justino de Neve, vio cómo se levantaban los lienzos en blanco que pronto se poblaban de empastes geniales, conforman una oportunidad única de asomarse a unas obras residentes en lugares remotos. Me he quedado embelesado escuchando al profesor Enrique Valdivieso describir a qué debemos el efecto jubiloso de Murillo, aún pintando la escena de un niño mendigo mientras se despiojaba frente a una ventana en ruinas por la que entra un raudal incontenible de sol. Era una Sevilla meca del mundo en plena caída libre, con una inmigración que no encontraba ni techo ni rancho y que para colmo de males perdió dos de cada tres habitantes en la peste de 1649. Murillo tenía que hacer el milagro: sacar de las flaquezas la fuerza necesaria para (sobre) vivir. Y lo hizo con sus ojos y con sus manos. Tenemos en la exposición un autorretrato cierto y dos muy probables. En todos ellos destaca una mirada hiperatenta, clavadas sus pupilas en las del espectador o en las del Niño Dios (¿su mismo hijo en la vida real?). Velázquez acudió al cobijo de la Monarquía cuando ésta era un imperio todavía floreciente. Y triunfó. Murillo permaneció en una ciudad en pleno orto (tomo prestado el término del profesor Domínguez Ortiz), y fue testigo del sufrimiento humano a pie de calle, hasta trascenderlo en rostros de angelotes y gestos de harapientos zagales cuyos descalzos pies acumulaban toda la mugre de la “otra” metrópoli.

Tanto el pintor de la verdad (y su carga mítica) como el de la armonía, nos han estado redimiendo hasta hoy por la hermosura. Como la de esas manos, tan expresivas como los rostros, que en el caso de San Pedro se agarran una a la otra, la sangre paralizada por la crispación, en plena tensión de arrepentimiento. O las que en Santa Rufina enganchan la cacharrería de Triana como en un juego de bailarinas gaditanas, acariciando la vista y trasmutando el martirio latente. Así figuran, con todo acierto, en la cartelería y en la portada del catálogo. Y es que las pinceladas de los dos autores que dan cima a la pintura española más cuajada logran sublimar los malos momentos con la untura lenitiva de la emoción salvadora que proporciona el arte.

viernes, 17 de marzo de 2017

QUINIENTOS VIERNES SANTOS

Tal día como el que ha expirado hace unos minutos, pero de hace exactamente quinientos años, el escribano público de Sevilla Pedro Farfán reconocía en documento oficial que el hospital de San Andrés y San Antón tenía “ciento y once maravedís de censo y tributo perpetuo sobre unas casas en La Carretería. Linda con casa de Juan Rodríguez —proseguía el acta— de cantarranas y casas de Constanza Fernández y casas de Villa Real y la calle Real, las cuales tuvieron Diego Bernal carpintero de ribera y María Sánchez, su mujer, vecina de esta ciudad, con el dicho cargo de los dichos ciento y once mrs.”
Todo lo cual significa que hoy podemos presumir los “carreteros” de Sevilla de pertenecer a una corporación con más de medio milenio de vida. Ante ello no es mucho, como ocurre con el cronista que suscribe, llevar 55 años en ella. Siento el estremecimiento que debe embargar a todo bien nacido por saberse hermano de la misma cofradía que echara sus raíces a unos metros de las anclas a las que se agarraban los navíos que descubrían trechos ignotos de las Indias. O las que levó la flota que se disponía a circunnavegar por primera vez el mundo.
Es, con todo, la misma Sevilla que acaba de sumir en el olvido esta efeméride sin pena ni gloria. Los ingleses, los americanos, los franceses, cualquiera que enarbole otras banderas, habría disparado salvas. Pero aquí todo se va en petardos. Bueno, pues al menos este periodista que “juró las reglas” en brazos de su padre y con el chupete puesto, no se ha callado. Hoy pido sufragios por el alma de aquel buen matrimonio que un día encargó esta encomienda gracias a la cual sabemos que en cuestión de semanas vamos a vestir una túnica de terciopelo ajado por (al menos) quinientos viernes santos.

viernes, 10 de marzo de 2017

REALISMO MÁGICO EN EL CALLEJÓN DE LOS POBRES

A esa hora de los ángeles, no de las brujas, en que el sol vespertino cae sobre la ciudad acariciando su cuerpo previamente templado por el mediodía de las estaciones cálidas, me sucedió algo que tiene mucho de cuento soñado, sobre todo porque no hay nada en él que no pertenezca al reino verificable de lo que llamamos verdad. Acudía yo a una cita fría y convencional con los números, pero no con su cariz esotérico, o al menos sentimental, sino con la cara árida del elemento mercantil. Un matiz que hablaba de vinculaciones con el mundo de la escuela y el hecho de que mi esposa sufra como docente los azotes de este tiempo antididáctico y asilvestrado, no exento además de maldad, me indujeron a marchar. Pero, en el último instante, cuando ya me hallaba a la puerta de la sala, dos rostros hostiles me disuadieron. Cada día soy más partidario de no dejar las cosas para una segunda ocasión, porque ésta rara vez se presenta. De modo que cambié de opinión sobre la marcha y me senté en un banco del que antaño se conocía como “Callejón de los Pobres”, y que hoy está flanqueado por sendos bancos, de los otros, a sus márgenes.
El quiebro abrupto que di a mi tarde me situó en la mejor suerte que nos puede acompañar: vagar sin rumbo disfrutando de cuanto nos rodea. Dejé que la mirada se posara donde y cuando quisiera: transeúntes de esa otra forma de ejercer la mendicidad que es el consumismo desbocado, colas de autobús, niños que juegan a la vida, jóvenes que se juegan la vida en un encuentro con perspectivas de futuro. A mi alrededor, otros bancos ocupados por otros habitantes de la rueda de la fortuna. Fue entonces cuando sucedió el prodigio. En la turbamulta de sonidos que llamamos urbe, uno casi nunca repara en uno determinado. Voces, frenos, motores, cierres metálicos, ladridos, llantos infantiles, incluso el viento llevan su curso sin que a nuestros reflejos se les dé un ardite. Esa tarde, a la hora de los ángeles y de los pájaros, cuando la tibieza de las cosas requiere amor, a mí me sorprendió en los oídos la repetición de un pasaje musical. Tal vez la modestia del instrumento había hecho que prescindiera de atenderle la primera vez. Pero la insistencia y la cercanía me hicieron girar la mirada. Y lo que hallé fue esto: En el banco de al lado, un hombre entrado en años —después supe su edad, 84, aunque nadie lo diría— soplaba su armónica, hacia dentro y hacia fuera, interpretando una melodía de Haendel, la música acuática para más señas.

Lo hacía como lo más natural del mundo, sin desconectar en absoluto del entorno, siguiendo las reacciones de los demás, entre los que muy pocos le dedicaban un segundo de su tiempo. Resultaba inaudito y sin embargo, él tocaba como si respirase, aunque en el rabillo de sus ojos se dibujaba un asomo de travesura inocente. ¿Una locura? ¿Un gesto de rebeldía? ¿Simple felicidad, loca y rebelde? Intenté cruzar una mirada y sonreírle de complicidad. Pero él vivía su mundo sin esperar aplausos ni aceptaciones. Sólo tocaba su armónica, sin apartarse ni un ápice de la corrección de las notas. Después supe que no sabía música, que tocaba de oído, que le gustaban también las rancheras y la zarzuela. Supe que había trabajado toda su vida en un banco, como los que nos escoltaban amenazadores. Por unos minutos, el realismo mágico había cobrado carne y sangre. Le ofrecí una tarjeta, sugiriéndole que me llamara si pensaba que podía poner banda sonora a algún cortometraje. Le abrumaba la idea. Él era como un gorrión gordo (siempre me he preguntado por qué recompuso el poeta sus rimas perdidas bajo el título de “Libro de los gorriones”) caído de uno de los árboles que mediaban entre el cielo terso de la Sevilla marcera y nuestras cabezas anónimas, encendidas a ratos por el candor de la música —después tocó la Primavera de Vivaldi— y ese viento solano del buen tiempo en la tierra de Justas y Rufina —alfareras y mártires—, de Trajano y Adriano —ahí es nada—, de Isidoro y Leandro, de Fernando y Alfonso su hijo sabio, de Bécquer y de Cernuda, de Velázquez y de Murillo, de Castillo y de Turina, de Don Juan y de Mañara, de Carmen y del Gran Poder. Y esa tarde, también de un amigo fugaz que venía como de otro mundo y que hoy, al cabo de unos días, pienso que nunca estuvo allí ni sonó su armónica —“tengo dos, ésta es bitonal, y la otra cromática”—, y que no tomó finalmente el autobús 40 camino de lo que un zumbón de la Alameda antigua llamaría “el otro barrio”, destino que, casualmente, era también el mío, donde hallé, cuando yo habitaba una realidad mágica llamada juventud, el amor de mi vida, la otra piel que acaricio, la que me arropa, anima y nutre.