viernes, 22 de junio de 2018

EL PSOE Y LOS TIEMPOS


“En política hay un factor fundamental que es el tiempo. Nadie puede hacer política y tener éxito si no tiene un cierto sentido del tiempo.”
(José Luis Rodríguez Zapatero dixit)

En este mismo blog puede encontrar el amable lector una crónica de aquella noche de recuento de votos en que Susana Díaz perdió, contra todo pronóstico, las primeras elecciones primarias del PSOE ante un Pedro Sánchez —hoy “misecretariogeneralpedro”— inopinadamente redivivo cual ave Fénix capaz, además, de hacer resurgir de las cenizas a su partido. Aquel artículo, fruto de la mejor casualidad intuitiva del periodismo puramente vocacional, era como una retransmisión en directo, desde la Plaza de Santa Ana de Triana (Sevilla), pero a través de ese sombrío prisma, lo que se transparentaba era un acontecimiento histórico, aunque no planetario.
Hay en los últimos y lóbregos sucesos de la vida política nacional —bastante mortecina, por cierto— algo parecido a un espejismo. Como en el “Ciudadano Kane” de Wells (por cierto, que el título original en inglés lleva marca de reloj, “Citizen”), uno mira atrás, sólo unas semanas, y se encuentra inmerso en un juego de espejos deformantes cuyo único denominador común es el paso [imposible] del tiempo. Ya sabemos, al menos desde Heráclito hasta Einstein o al revés, que el tiempo es relativo, pero al menos creíamos que era lineal. Nada más lejos de la realidad. El tiempo, como en Borges, o mejor aún como en Kafka, es una superposición de mundos ajenos entre sí y colocados caprichosamente, o no, en sucesión cronológica más o menos objetiva, según al menos lo que marca el tic tac de aquellas máquinas antaño mecánicas hogaño digitales de medir lo inconmensurable.
Esta fanfarria pseudofilosófica viene a cuento de las cosas que han pasado en España —y no sólo en España— durante las fechas que, según ese otro artefacto de tasar el tiempo que es el calendario, nos preceden hoy. Porque reconozcamos nuestra impotencia ante las carambolas que dan con la blanca en el agujero de la mesa. El desierto político llamado Mariano Rajoy Brey (me refiero a su etapa como primer ministro del Rey de España) nos había acostumbrado, sin sentir, a que aquí nunca pasaba nada. La economía iba bien (lo que iba mejor era la inversión de los especuladores en deuda pública), ETA había puesto fin a su barbarie (falso, como se ha demostrado en Alsasua, porque los bárbaros dejan una huella milenaria), el 155 sentaba un precedente que hacía de candado a la unidad de España (ya, como se encargaban de recordar cada día Torra, Puigdemont y Torrent, ¿no?) y sobre todo, la aritmética parlamentaria impedía, junto con una 6ª sembradora de miedos, que España “se perdiera” como se perdió Cuba.
Pues anda que el registrador iba orientado… Que estaba fuera de tiempo lo sabía el maestro de los tiempos, el que aprovechó sus ocho años en el poder para dejarlo todo atado y bien atado, de manera que la derecha vergonzante fuera incapaz de desarmarlo, como si se tratara de un niño tembloroso ante un mecano que le inspira terror por no tener ni idea de cómo se desmonta. El maestro de los tiempos enseñó muy bien al pequeño saltamontes que ha ido de fracaso en fracaso hasta la victoria provisional, que a buen seguro intentará sea definitiva, y a lo peor lo consigue. No en vano, ambos son de León e hicieron carrera socialista de la mano. “Misecretariogeneralpedro” ha recuperado el rodriguezzapaterismo como si el tiempo no hubiera pasado. Ha dado un salto hacia atrás hasta conectar con el momento —2011— en que la crisis había obligado a congelar la obra del gran líder que iba a cambiar España. Y que la cambió de arriba abajo. El túnel del tiempo es la gran aportación ideológica de los socialistas españoles. Ahora nos sitúan en noviembre de 1975, en la explanada del Valle de Los Caídos, y le dan la vuelta al féretro de Franco. Seguidamente, nos llevarán a la posguerra, cuando defender ideas estaba penado con cárcel. Y, como tierra prometida del zapaterismo, llegaremos a la II República, un poco antes del Frente Popular (que es donde anacrónicamente estamos) y de la Ceda. Arribaremos al azañismo. Decía Aznar, ése que hablaba catalán (con Pujol) en la intimidad, que leía las memorias de Azaña con fruición todas las noches. De hecho, las presentó en una gala con ribetes republicanos. Tal vez ignorase, y aún ignore, que el presidente tuvo que salir huyendo de su adorada República cuando le comunicaron en un cine de la Gran Vía que “los suyos” habían asesinado, acribillándolo a tiros, a José Antonio Primo de Rivera en un oscuro patio de la prisión alicantina.
En fin, el manejo inimitable de los tiempos es lo que permitió a un tal “Isidoro” según la ficha policial cruzar España sin ser molestado para salir siendo secretario general del PSOE en un Suresnes donde Rodolfo Llopis todavía soñaba con tumbar a Franco y volver al 36. Después, las fuerzas vivas lo fueron aupando para redondear la transición pacífica que evitase el puerto al que su antecesor quería llevarnos. Alguien maneja mi barca, que cantaría la de voz disonante. Los tiempos son la clave, como muy bien sabía ZP y ha aprendido su pupilo. Ante el incuestionable agotamiento de ideas, el PSOE de Sánchez ha decidido dar marcha atrás. Es la única posición de la palanca del cambio que les queda. Entraña un gran peligro, como le ha recordado su rival y subordinada: “Hay que ir hacia delante”, ha dicho o venido a decir. Aunque sea mirando de vez en cuando al retrovisor. Rajoy dejó las cosas en punto muerto. Él sabrá por qué. Ahora, el discípulo de aquel estadista de la cita inicial retoma, con su peculiar “decíamos ayer” todo lo que el otro dejó iniciado e inconcluso. Pero el otro no es imbécil. Sabía que las ideas se habían acabado. Le dejó al de los congelados hieráticos de corte gallego un país en ruinas pero con memoria histórica, para que en lo sucesivo diera marcha atrás a la historia sin él ensuciarse las manos.
¿Han observado que ya nadie habla de “cambio”? Como por arte de birlibirloque, desde la proclamación de la República Independiente de Cataluña, todo el mundo parece haber mandado el “cambio” al trastero. Por algo será. El dominio de los tiempos nos lleva ahora, como primera estación, al Valle de los Caídos. Los buenos magos hacen juegos de manos y no ves nunca lo que ha pasado, porque no te da tiempo.

jueves, 7 de junio de 2018

UNA CALLE SEVILLANA PARA EL BISABUELO DEL REY


Ahora que Su Majestad el Rey se ha erigido por méritos propios en el verdadero defensor del orden constitucional con todas sus consecuencias, es de esperar una ofensiva del frentismo demoledor contra la institución que encarna. El republicanismo, cubierto siempre de un barniz romántico a lo Delacroix que oculta sus lúgubres balances en la historia nacional, es esa asignatura pendiente para muchos que hoy ocupan sus asientos en el hemiciclo en tantos sentidos ya irreconocible como Congreso de los Diputados. Recuerdo que el día que se anunció la abdicación de Don Juan Carlos recorrió la Plaza Nueva de Sevilla una marcha muy nutrida de agitadores que portaban, entre un mar de banderas tricolores, una de dimensiones gigantescas sobre sus cabezas, sin duda guardada para “la ocasión definitiva”. Si se presenta ésta —Dios no lo quiera— será, como en las dos anteriores, por la fuerza. Y en este momento, a sus avalistas es lo que parece sobrarles.
Para quienes duden de mi palabra, les voy a indicar bibliografía. En cuanto a la primera República española, como hija de la revolución autodenominada “Gloriosa” que destronó a Isabel II, recomiendo las páginas finales de la “Historia de los heterodoxos españoles”, de Marcelino Menéndez Pelayo, el gran polígrafo de nuestras letras. Y sobre la II República —no sobre la frentepopulista y prebélica, sino sobre la germinal y virgen—, la ilustración documental que ofrezco es intelectualmente más modesta, pero vitalmente más loable. Procede de un libro que ha aparecido en algunas —poquísimas— tiendas recientemente, aunque data de muy antiguo, pues lo escribió una de las últimas novicias de aquella fundadora que tuvo calle antes de ser enterrada gracias a la unanimidad de los grupos municipales republicanos. Se titula, con humildad propia de la Compañía, “Bosquejo biográfico de Sor Ángela de la Cruz”. En dos ocasiones, este testigo presencial relata cómo la quema de conventos que tuvo lugar tan sólo un mes después de la proclamación callejera del nuevo régimen descargó tal mazazo en Santa Ángela, quien ya había padecido, al poco de comenzar su obra, la angustia de conocer los desastres de la primera edición republicana, que no se repuso, y tras caer enferma sufrió un calvario de nueve meses antes de expirar en loor y olor de santidad.
Especial impacto tuvo en Sor Ángela la persecución religiosa en Málaga, donde era obispo su amigo y protector el ya también santo Manuel González. En el libro que comento hay una descripción casi periodística en primera persona de las hermanas que se refugiaron, junto al prelado, en los sótanos anejos al saqueado palacio episcopal, esperando el martirio. Ángela de la Cruz Guerrero había creado una red de conventos en los que vivían ya numerosas mujeres, amenazadas por la “libertad republicana”, y se sentía responsable de ellas, sin poder hacer por salvarlas nada más —y nada menos— que rezar.
Quiero terminar con una propuesta al Ayuntamiento de Sevilla, en la confianza de que su alcalde conserva sensibilidad para la búsqueda constante de la superación de nuestros lastres históricos. Sevilla tenía un puente dedicado a Alfonso XIII. Hoy yace, casi desguazado, a orillas del canal que atravesó desde que el crucero Buenos Aires lo inaugurase —era movedizo— para servir a la Exposición Iberoamericana de 1929, por cierto también declarada abierta por el Monarca. Ese puente lo hemos cruzado generaciones de sevillanos, algunos varias veces al día. Se desmontó, sustituido por el de Las Delicias, y con él desapareció la “calle” de Alfonso XIII. Tienen vías, al menos oficialmente, Isabel II (otro puente), Alfonso XII, Juan Carlos I, Canalejas, Sagasta, Eduardo Dato, Diego Martínez Barrio, Pablo Iglesias (primero), y hasta Carlos Marx. ¿Por qué se ha condenado nuevamente al exilio del callejero sevillano al bisabuelo del actual Rey de España? Ahí queda la idea. Se va a incorporar a los espacios públicos de la ciudad la orilla del Guadalquivir más próxima al actual puente de Los Remedios. No sería mala idea, digo yo, que esos jardines, tan cercanos al emplazamiento del “de hierro” y a la Plaza de España, lleven el nombre de Alfonso XIII. Y tampoco lo sería que ahora, precisamente ahora, se rotulase una avenida de la Sevilla moderna con el nombre de Don Felipe VI.

Publicado en ABC de Sevilla el 7 de junio de 2018

jueves, 24 de mayo de 2018

ESPAÑA ESTÁ EN UN APURO MUY GORDO


Lo digo así, para se me entienda con facilidad. Las maniobras de “nacionalistas” (en realidad, separatistas, ¿hay alguien que lo dude a estas alturas?), socialistas y comunistas durante los años de la “transición”, y muy especialmente a la hora de sacar adelante la “Constitución de la democracia” han dado como resultado una situación insostenible, principalmente en lo que respecta a la unidad nacional, pero no entendida sólo como un asunto territorial, sino transversal, social, que afecta a la soberanía en todos sus planos y sentidos.
A lo largo de casi un año, desde que los independentistas catalanes anunciaron sus intenciones, allá por junio del 2017, España se ha ido desmoronando, dentro y fuera de nuestras fronteras. Era un mecanismo de relojería lento, pero ya se ha visto que implacable el que supuso la autonomía regional, sobre todo desde el punto y hora, que fue muy pronto, en que los ponentes vascos y catalanes, nacionalistas o no, imponen, con la sola oposición de Manuel Fraga, el fulminante del explosivo, el término "nacionalidades", ariete de todos los pueblos que han luchado por su autodeterminación.
Lo que se está derrumbando ahora, tras cuatro décadas de minado, es el edificio del estado. La Nación probablemente se fue al carajo, como decía aquel personaje de Vargas Llosa en el maloliente “Catedral” peruano, hace mucho, desde el instante mismo en que se introdujo ese asilvestrado concepto constitucional que a la postre ha sido un billete de ida a ninguna parte.
El grito de socorro de profesores y catedráticos catalanes, sobre todo del mundo del Derecho, a la esfinge para que haga algo mientras otros prescinden en absoluto de esa misma Constitución, dueños al fin de un trozo de España, no es sino el acta notarial cualificada —un registrador de la propiedad debería ser consciente de ello— de una enajenación bandoleril. Pero ojo, que el efecto Cataluña Libre es ya la desarticulación real de España, como se va comprobando, dramáticamente, en el Campo de Gibraltar, en las oleadas de náufragos sin documentar, en los incidentes de Lavapiés, en el decaimiento —éste fue el primero en el que se sumió el 155— del derecho a educar a los hijos en castellano en parte del territorio nacional, en la (o)presión callejera sobre jueces y fiscales y, finalmente, en la rendición de un ministro de Justicia ante ese mismo ambiente coactivo.
Todo eso por no hablar del estado furtivo en el que, a juzgar por las últimas informaciones filtradas, se encuentra una parte de la Universidad española, ésa que debe velar por la excelencia de las élites profesionales y su influencia educativa sobre los demás. La reducción a 5 de la nota mínima para acceder a una beca, en lugar de suprimir el requisito de la renta familiar máxima, ha sido otra clamorosa cesión de la derecha a la demagogia más pedestre.
El más reciente informe de la Unión Europea sobre nuestro estado de cosas, dado a conocer hoy mismo, es una radiografía cabal de cuanto antecede en este artículo: las autonomías como raíz de casi todos nuestros males mayores, empezando por la educación y siguiendo por la economía (la real), y hasta las ayudas. Terrible es esta frase: “Los ingresos mínimos garantizados se caracterizan por las grandes diferencias en las condiciones de acceso en las distintas regiones y debido a la fragmentación en múltiples esquemas nacionales los distintos tipos de desempleados son gestionados por distintas administraciones, lo que tiene como resultado que muchos ciudadanos que lo necesitan no reciben ningún tipo de ayudas.”
Últimamente, informar en España es llorar, además de un deporte de riesgo que muy pocos asumen. Vivimos en una gran asamblea televisada donde el rigor y el respeto a la verdad pertenecen al pasado, y por eso casi todas las escasas energías que le van quedando al poder instituido las emplea en censurarlo. ¿Seguimos pensando que aquí no pasa nada? Yo sigo rezando para que los apocalípticos estemos muy equivocados.
P.S.: Obviamente, y como algunos no nos cansaremos de repetir, el trasfondo de todo esto es moral. De hecho, las autonomías no son más que un recurso para engañar a la gente y colocar a los propios. Confío en que la inmoralidad tenga suelo, y así sea para actores que blasfeman una y otra vez, párrocos que los acogen y agitadores revolucionarios que se permiten lo que la mayoría no podrá tener nunca, por muy universitarios que sean. Todo gracias a las herencias forjadas en vidas que, casualmente, siempre giran en torno a la subversión, cuando no a cosas peores.

miércoles, 2 de mayo de 2018

A GOLPE DE PURA DEMAGOGIA


Con el golpe catalán hemos llegado al fondo de la demagogia autonomista y con el “análisis crítico colectivo” de la sentencia sobre “La Manada” al de la demagogia antijurídica. Entrambos, el país ha quedado sumido en un peligrosísimo estado de “disolución”, para utilizar la expresión de un juez fuera de servicio. Si a ello añadimos los entrebastidores del caso Cifuentes —la sustancia apenas tiene valor— y fenómenos sedicentes como el “rescate” de un detenido en unas urgencias hospitalarias de manos de sus custodios policiales por una banda de forajidos, hasta un niño del sistema educativo socialista colegiría que esto se va a pique.
La demagogia, suplantadora de la democracia, ha hecho tanto daño a la sociedad española que, efectivamente, ya no la conoce ni la madre que la parió. Y sigue infligiéndolo, como se acaba de ver con la subida desaforada de las pensiones aplicándole a las grandes multinacionales norteamericanas impuestos especiales que se traducirán —para seguir las ideas antaño neoliberales del Partido Popular— en más paro. Como la popa amenaza hundirse de puro peso, se pasa lastre a la proa,  así el barco naufraga por igual. ¡Qué inteligencia la de estos gobernantes amedrentados por la calle!
La calle —algunas calles, porque otras, la mayoría, siguen una vida más bien gris o simplemente tranquila— ha sido siempre la gran palanca de la demagogia. Se acaba de comprobar en los fastos conmemorativos de la revolución sovietizante de París, con banderas de la URSS incluidas. La diferencia entre las demagogias triunfantes y las auténticas democracias estriba en la reacción de la llamada “clase política”, principalmente de los gobernantes. Cuando quien quiera que fuese atentó en Madrid el 11 de marzo de 2004, Alfredo Pérez Rubalcaba aprovechó la tarde de la “jornada de reflexión” para arremeter en rueda de prensa improvisada contra el Gobierno porque “mentía”, mientras en la calle Génova y en otras trescientas sedes del PP se congregaba una multitud silenciosa con cartelitos en la misma línea. El vuelco electoral estaba servido.
Ahora, ha sido primero Cataluña y después las huestes de lo políticamente correcto —es decir, de la demagogia rampante— los que han puesto contra las cuerdas a la democracia, encarnada en lo único que nos defiende ante la injusticia: la seguridad jurídica por la que velan, no infaliblemente, los tribunales. Como me decía el antedicho juez, “hay compañeros con los que no iría ni a tomarme un café, y otros con los que iría al fin del mundo, pero la alternativa a la Justicia es mucho peor”. Así es, aunque a juzgar por “la calle”, la totalidad de los políticos con voz pública y la casi unanimidad de los medios, lo que hoy manda es, lisa y llanamente, la demagogia de la ciudad sin ley. Jueces y fiscales son hoy por hoy en España el Gary Cooper solo ante el peligro de la Ley de Lynch. La sentencia que ha suscitado más pasiones que el paso de la Macarena una Madrugá tiene 371 folios. De ellos, 237 corresponden al voto particular del juez que pedía la absolución, el pim pam pum de “la calle”, los políticos y los medios. Es de suponer, por la seguridad en sí mismos que estos tres sectores muestran, sin dejar ni la menor fisura a la duda, que todo el mundo en general se ha leído el documento en cuestión, lo ha estudiado, valiéndose de sesudos manuales para interpretar la Ley, surgida, por cierto, de “la calle”, la Prensa y los partidos.
Es aquí donde tenemos, forzosamente, que llegar, a la partitocracia, que todo lo maneja, también al Poder Judicial y que antes de dar medio paso mira qué cara ponen los gurús internos para medirlo todo en votos. Comoquiera que llevamos más de treinta años de meticulosa deseducación de las masas rebeladas, tenemos que a la falta de formación para la democracia padecida a la hora de la transición y que sólo una sólida mesocracia ha podido amortiguar, se une una desoladora carencia de valores que hace girar la alta política en torno a dos botes de crema antienvejecimiento mientras nadie se pregunta siquiera cómo es posible que una universidad falsifique firmas como quien dice “es la hora” y se va.
Aunque donde la demagogia llega al paroxismo es en la conducta de los gobernantes “conservadores”. Las palabras del ministro de Justicia, que por primera vez “en democracia” han dado lugar a la petición unánime de dimisión o destitución por parte de todas, absolutamente todas las asociaciones de jueces y fiscales marcan, probablemente, el momento más bajo de la democrademagogia española. El choque de trenes entre la Judicatura y el Gobierno (instigado por el arco parlamentario en general) es, ni más ni menos, que la colisión frontal entre la democracia, eso que debería haberse mantenido en octubre de 1982, y la demagogia, nociva, tóxica, desestabilizadora y a menudo letal para cualquier país. El jardín en el que se ha metido el sucesor de Gallardón (y número dos de su Ministerio) tiene muy difícil vuelta atrás. Es más, aún en el supuesto de que consigan cambiar la Ley sin empeorarla —cosa que dudo— nada podría obligar a su aplicación retroactiva en la sentencia de “La Manada”. Los recursos seguirán su camino con arreglo a la legislación vigente cuando sucedieron los hechos. Y en este asunto, las cosas están mucho más claras que en el famoso y malhadado affaire zapaterista en torno a la “doctrina Parot”. O sea, que si el supuesto escándalo llega a Estrasburgo, debería dimitir/remitir la agitación de la clase política en general, la Prensa y “la calle”.
Quiero tener, finalmente, un recuerdo para el ex jefe de Catalá, el único ministro que le ha tosido a Rajoy y ha dado una inmensa lección de honradez política y personal al dimitir la tarde del mismo día que el presidente le desautorizó en la reforma de la Ley Aído que consagraba, así por las buenas, el aborto como derecho. Alberto Ruiz Gallardón convocó una rueda de prensa en el Ministerio para primera hora de la tarde. En ella afloró el mejor Gallardón, su padre. Como en las últimas palabras públicas de Cifuentes ha aflorado la mejor Cifuentes, su padre el general. No logro encontrar en Internet aquel discurso memorable, por lo que agradeceré a cualquier alma caritativa que me pueda ayudar su generosidad. Pero la impresión la guardo en mi memoria histórica personal como el último vestigio de político admirable que ha dado el renqueante sistema que tenemos.

viernes, 6 de abril de 2018

LA HORA VOX

La atroz tesitura actual de la política española podría llevarnos a múltiples consideraciones, según el corte de la realidad que eligiéramos. Pero todo es inútil si no miramos al futuro. Cada vez está más claro el fracaso de la partitocracia, un plato que si alguna vez ofreció aroma apetitoso, eso fue hace tanto tiempo que ya sólo provoca náuseas. Los esfuerzos desesperados de la izquierda, con la anuencia de la derecha, por tapar el mal olor actual con la relectura beligerante del pasado, hasta el extremo de castigar económicamente a quien ose destacar las bondades de una época con sus luces y sus sombras, como todas, revela, de una forma descarada y descarnada, la insuficiencia letal de un discurso agotado, incapaz de proponer nada para reconstruir un país devastado por las corrupciones.
Es, pues, la hora de una alternativa nueva, bien imbuida de valores claramente manifestados, algunos arrinconados en el desván de la Historia y otros proclamados a diario y sistemáticamente burlados por los profesionales del engaño. Es la hora VOX. Hay que recordar —y mucho, porque la amnesia colectiva es un atributo muy español— que esta formación política, sustentada en la figura icónica de José Antonio Ortega Lara (532 días, uno detrás de otro, en un “zulo” etarra, aclaro para jóvenes recién llegados y maduros olvidadizos) y en el tesón valiente de Santiago Abascal (diputado del PP en las Vascongadas cuando eso equivalía a un salvoconducto hacia la tumba) se ha mantenido, en la más cruda soledad, al pie del cañón de la acusación popular contra el secesionismo catalán. Y que gracias a esas tres letras el procedimiento para defender a España de los separatistas no ha decaído. Son los abogados de VOX los que han hecho posible que el Estado de Derecho mantenga la compostura frente a sus atacantes, muy especialmente su secretario general, Javier Ortega, que no rehúye si hace falta el debate a cara descubierta con los acosadores en la televisión oficial catalana, insólitamente tolerada por el Gobierno del 155.
La perseverancia en el empleo de la Ley para instar a la persecución judicial del delito sedicioso es un servicio a varias generaciones de españoles que debería recibir en próximos comicios el premio electoral merecido. Ignoro si será así. Todo tiene un final, hasta la indiferencia de un pueblo frente a la lenidad de sus autoridades y a la bastardía de sus lobos. Confío en que la gente recapacite y comprenda, entre otras cosas, que es preciso elegir, ya, entre autonomías y pensiones, que nada de lo que está pasando con una región española hubiera sido posible sin la presencia absurda e insostenible de diecisiete parlamentos regionales; que no debe pasar ni un día más sin que una gran nación histórica como ha sido la española se plantée qué debe hacer para evitar que el precio de la libertad de una mujer sea acabar con la vida de su hijo; que las parejas del mismo sexo tengan su reconocimiento legal sin que haya de ser necesariamente el matrimonio —que es otra cosa— y sin que su derecho a ser padres sea algo separado del derecho de los hijos a tener padre y madre; que la enseñanza libre es algo reservado en primer lugar a las familias, de las que el Estado sólo puede ser garante, no suplantador; que la solución a la violencia no está en generar rencor; y que la economía o respira o se muere, porque tampoco existe la economía de Estado.
Son algunas de las cuestiones que no admiten dilación, y que nada, absolutamente nada tienen que ver con el reparto de poder, los pactos de pasillos o la propaganda. La liberación de Ortega Lara, esa hazaña gloriosa de nuestra Guardia Civil, fue seguida del mayor punto de inflexión que una opinión pública hasta entonces notoriamente anestesiada por el miedo, haya experimentado en sus respuestas al terrorismo: el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un grito se abrió entonces paso en las plazas de España: “¡Basta ya!”. Este lema, unido en nuestra memoria a mares de manos blancas, despertó una lluvia de conciencias, incluso dentro del mundo etarra, y desde luego modificó la actitud de mandatarios extranjeros, sobre todo franceses, creando las condiciones para terminar con “el santuario”, y de paso con las conexiones de Perpiñán, que recorren como un acuífero el subsuelo de lo que está pasando en Cataluña.
Al sacrificio inimaginable de Ortega Lara debemos en buena parte la extinción de una lacra que nos ha atormentado durante medio siglo. Y a la persistencia cívica de sus compañeros en VOX, así como a la clarividencia de Felipe VI, tendrá que agradecer España, simplemente, seguir existiendo. Porque si fuera por otros…

miércoles, 28 de marzo de 2018

EL RETIRO FINAL DEL PADRE AYARRA


Aunque vivía en un piso del Cabildo, José Enrique Ayarra trabajaba en un pequeño reducto que la fundación Focus —don Javier Benjumea— le había puesto en el hospital de los Venerables Sacerdotes, como si el destino hubiera querido dar cobijo en la institución fundada por otro canónigo de postín, Justino de Neve, a un ministro de la Iglesia que cuatrocientos años después pondría la mejor música a los lienzos de Murillo encargados por su amigo y confesor. Ayarra era un torrente de energía al hablar. Su voz estaba templada con las notas de los tubos tenores que sobrecogen cuando alzan, emiten y hacen vibrar sus cuerdas vocales bajo las bóvedas nervadas del templo que no tiene igual. Conservo esa voz en una cinta grabada en aquella entreplanta por la que entraba la luz de la calle Jamerdana, donde Blanco White meditó sus rupturas teológicas. Escuchar al padre Ayarra era, por el contrario, aferrarse a las seguridades de aquel músico celestial que aprendió a interpretar oyendo el toque de corneta en su gélido cuartel de Jaca. Pienso ahora que entre una sonora corneta, como la del brigada Rafael, el timbre de Ayarra y la potencia del órgano obediente a sus órdenes no había tanta diferencia.
Se nos ha ido el día de su santo. Recomiendo a los lectores, que presupongo sensibles a las intimidades sevillanas, que peregrinen por las tallas y pinturas de San José que hay repartidas en las iglesias y conventos de Sevilla, al menos en aquellos que no han sido saqueados por los franceses o por la incuria ignorante de ciertos curas. Fíjense, por ejemplo, en la imagen expuesta al culto en el templo dúplice de la hermandad del Silencio. Está nada más cruzar el arco donde se nos recuerda que Mateo Alemán fue hermano mayor de la corporación. San José lleva siempre de la mano a un Niño Jesús que le mira buscando en él la tierra firme. Eso era Ayarra, tomándonos de la mano a los sevillanos con su música para que no perdiéramos el Norte de la fe cierta. Si algo he aprendido en esta vida es que no hay casualidades. San José, Pepe, le diría a su Hijo: “Llama al padre Ayarra, que ya ha hecho mucha misión bautizando con sus conciertos y con sus cultos, para que forme en la legión de los ángeles instrumentistas que nimban el Reino de los Cielos”. Y como regalo de onomástica, Ayarra pudo ver la gloria que sus teclados habían anticipado.
En aquella entrevista de Los Venerables, que se puede buscar en la hemeroteca virtual de ABC, me contaba Ayarra un gesto que me llamó la atención y que ahora cobra, providencialmente, actualidad. Salió de él, ensalzar el mundo de la piedad popular sevillana. Pero cuando abordó la Semana Santa, fue igual de contundente que con las demás cosas serias que salían de su boca. Y es que, llegadas las fechas mayores de la ciudad, Ayarra se retiraba a su hogar, adonde sin duda llegarían los acordes del himno nacional procedentes de la puerta de San Miguel, y allí se pasaba la semana entera meditando, rezando y escuchando La Pasión Según San Mateo. Ayarra ni siquiera bajaba a asomarse por el pasaje de los Seises o a la puerta ojival del antiguo colegio de los canónigos. Se encerraba en aquel hospital de venerables sacerdotes en el que convertía su casa y desde allí se trasladaba al Gólgota jerosimilitano, interrumpiendo su retiro sólo para los oficios catedralicios, que no serían los mismos sin sus arpegios.
José Enrique Ayarra Jarne, sacerdote de Cristo, organista titular de la Catedral de Sevilla durante casi seis décadas, hace este año su retiro de Semana Santa en la Casa del Padre. Su ayudante, el padre de los Sagrados Corazones Carlos Navascués, mi padre Carlos en los Padres Blancos, habrá cogido su bicicleta con temblor en los mismos brazos que pasaban las partituras del maestro. Le he preguntado “¿y ahora qué?” y me ha contestado que el Cabildo decidirá. Creo, sin atribuirme conocimientos de que carezco, que él sería un buen candidato a sucederle, aunque sé, por el mismo Ayarra, que el titular ha de ser canónigo y ocupar la plaza por oposición. Pero, desaparecido físicamente don José Enrique, ¿quién mejor que su pupilo para conservar su espíritu vivo sobre el teclado? Todos nos quedamos como sordos sin la esperanza de volver a reconocer los armónicos truenos del padre Ayarra.

(Publicado en ABC de Sevilla el 27 de marzo de 2018, Martes Santo)


miércoles, 21 de marzo de 2018

CONMOCIONES


"Cuando vemos que Gabriel no vive es el momento más duro de nuestra carrera profesional y el que no lloró allí, lo hizo en otro momento; es que somos humanos."
José Hernández Mosquera, teniente coronel jefe accidental de la Comandancia de la Guardia Civil de Almería

Vaya por delante de este artículo que, tras la metamorfosis censora que está experimentando la sociedad española en el tubo de ensayo de la izquierda, con leyes mordaza en tramitación y un proceso inquisitorial digno de regímenes muy alejados de nuestro entorno (hasta ahora), cuanto escriba desde este momento debe ser interpretado multiplicando por diez su contenido. Las otras nueve partes me las callaré para no poner en bandeja a los enemigos de la libertad mi cabeza y la de mi familia.
Dicho esto, quería referirme hoy a la gran enfermedad que corroe los tuétanos de la Nación española, si es que todavía existe: la hipocresía. Es la peste del siglo XXI en España; también, por supuesto, en Sevilla, desde donde sigo rompiendo a escribir cada vez que logro salir del muermo depresivo en el que me sumerge el paisaje político circundante. Sí, hoy voy a por todas, y para explicarme nada mejor que reproducir íntegro el mensaje recibido y procedente de la entidad local más luchadora en defensa del derecho a la vida (artículo 15 de la Constitución Española) que se ve sistemáticamente vulnerado cada día en las personas de trescientos seres humanos concebidos en España. Lo envió el presidente de la asociación Pro Vida de Mairena del Alcor, que, como digo, es pionera y avanzada siempre en la defensa del no nacido y su madre. Y decía así:

“Hoy martes día 13 de marzo, al tiempo que tenía lugar el funeral por el niño Gabriel, vilmente asesinado por su "madrastra", y a la misma hora, asistíamos absolutamente impotentes al asesinato de Angelito, un niño al que su padre y otros parientes trataron de salvar pero que su "madre", aún después de oir los latidos de su pequeño corazón y de ver su foto e incluso habiéndole proporcionado un trabajo bueno y digno, rechazó tajantemente, con una frialdad que extremece, ejerciendo el "derecho a decidir" sobre la vida de su hijo.
Lo que cuento es real como la vida misma y demuestra la falsedad del "derecho a la igualdad" que impide a un padre hacer nada por su hijo y que condena a un hijo a muerte por la simple voluntad de su madre.
Los políticos se sienten horrorizados con lo sucedido a Gabriel y ven un derecho y logro social el asesinato de Angelito.
La Hipocresía no puede ser más gigantesca.”

Llegado a este punto, y sabedor de que estas líneas nunca llegarán a ser “virales”, podría guardar silencio. Pero no les voy a dar este gusto a los nuevos amos de España. Y voy a comentar algo de lo que se me ocurre (insisto en que, como hacía aquel personaje de “La vida de los otros”, oculto mi máquina de escribir lo que siento bajo el parquet por si aparece la “Stasi”).
Los pueblos pueden derrumbarse de muchas maneras, aunque hay muy pocas para reconstruirlos. Atacar el origen mismo de la vida humana es, sin duda, la mejor baza de la decadencia. El aborto, como más tarde y recientemente otras cruzadas para el desarme moral de los españoles, se planteó al principio como una exigencia democrática, una normalización cuyos efectos inicuos se limitaban a tres supuestos, que nunca se respetaron por cierto, lo mismo que se ignoró y se ignora la sentencia del Tribunal Constitucional.  Aquello lo sacó adelante Felipe, el despenalizador. Era la primera fase. La segunda la puso Zapatero, el implantador. Y, al igual que en esas otras cruzadas, lo que se disfrazó de supresión de barreras discriminatorias, se ha convertido en el fruto podrido de la imposición obligatoria. Y pobre del que sostenga lo contrario.
Es la verdadera faz de los movimientos inspirados en la filosofía de Marx y en la praxis de Lenin. La manera de dar pasos irreversibles es la propia: utilizar los puntos débiles de la burguesía. Poco, a poco, a lo largo de cuarenta años de zapa, han ido laminando a la clase media y su mentalidad para que sea más fácil el asalto final. Y éste se produce ahora, con los vendavales antidemocráticos de “la calle” y “los medios” agitando la propaganda subversiva, igualitaria y arrasadora que barre España. Es fundamental en esta etapa definitiva darle la vuelta a la historia, y para eso están las leyes, ni siquiera modificadas por el PP cuando podía, de lavado de cerebro colectivo, principalmente de las generaciones que no conocieron lo que se pretende transformar “a posteriori”.
Llegados a este punto, se ha conseguido que ocurra, imperceptiblemente, lo que mi amigo Manolo, que se bate el cobre desde Mairena, describía lacónica y dramáticamente en su testimonio sobre “Angelito”: que todo un país se movilice, y hace bien, por el pobre Gabriel y su familia verdadera, mientras que pasan los días y nadie mueve una pestaña por los otros trescientos “gabrielitos” caídos a diario en los abortorios de España. Espero que por señalar lo obvio —que la hipocresía más sangrante ha hecho de España un zombi a la deriva— no me persigan, o al menos que no me caiga una multa gubernativa —¿a qué me recuerda esto?— que le quite a mis hijos el pan de la boca, tras toda una vida de sudores de su madre y de su padre, con sus correspondientes impuestos pagados para que nuestro Congreso dé lecciones de lo que nunca debería sucederle a un país.
Los guardias civiles, que tanto saben de tragar lágrimas a causa de la violencia, nos han vuelto a dar ejemplo de todo a todos. Ellos lamentaban no haber podido salvar a Gabriel. Nosotros deberíamos apretar los dientes por el gran fracaso que representa dejar a sus pequeños compatriotas abandonados en el contenedor de residuos orgánicos.

jueves, 15 de marzo de 2018

LA TESIS DE CARMEN


No hace mucho que escribía aquí acerca de uno de esos discursos domésticos y pasajeros, hechos para disfrutar del paisaje como desde la ventana de un tren lento, que le escuché al catedrático emérito de la Universidad de Sevilla don Enrique Valdivieso acerca de Murillo y su pintura lenitiva para las heridas muy profundas de la ciudad que padeció las gran epidemia de peste de 1649. Hoy vuelvo sobre el profesor Valdivieso, uno de los pocos personajes sólidos en este país nuestro tan aligerado de peso cultural que se está quedando en los huesos de las “postrimerías” plasmadas por Valdés Leal en la iglesia del hospital de la Santa Caridad  por encargo del venerable Miguel Mañara.

Y retorno al experto vallisoletano asentado en la luz de Velázquez y del propio Murillo porque tuve la fortuna —buscada— de asistir a un acto que sólo voces de gran categoría son capaces de convocar. El arte fue, nuevamente, culpable de que el aforo del antiguo salón de plenos de la Diputación hispalense se viera abarrotado de un público variopinto arremolinado en torno al rescate de otro artista poco valorado por las recientes corrientes “entendidas”: José Arpa Perea. De guiar a la autora se ocupó durante años don Enrique y por eso quiso estar presente y realzar su puesta de largo junto al hoy catedrático de Historia del Arte en la Hispalense, José Fernández López. Ambos intervinieron en la cita y ambos escriben en el libro, publicado por la misma Diputación en otra colección, señera, que lleva el sello de “hispalense”: Arte Hispalense.
La tesis doctoral de Carmen Rodríguez Serrano ocupa unos quinientos folios. Un extracto de cien es lo que se recoge en este libro. El director del trabajo, don José Fernández casi suplicó que algún día viera la luz el fruto íntegro de un esfuerzo de años que ha llevado a la doctoranda a seguir los pasos de Arpa no sólo por su Carmona natal y por Sevilla, sino por Roma, por Méjico y por Tejas, donde fue dejando una estela de admiración y buen hacer que hoy todavía perdura. Carmen Rodríguez ha rastreado su quehacer pictórico con paciencia de tejedora, hasta poner en pie un catálogo que desde que ella depositó la tesis hasta que la defendió se incrementó en sesenta piezas.

¿Y por qué destaco todo esto? Pues porque Carmen Rodríguez lleva ocho años de su joven existencia “opositando”. Obtuvo una beca de investigadora para llevar a cabo su tesis en 2010. Más tarde pasó a un grupo de investigación y dos años después comenzó a desempeñar labores de profesora sustituta interina en el Departamento de Historia del Arte. Pero en la Universidad también han cambiado mucho las cosas desde 2008. Lo describía Valdivieso, con ese desparpajo castellano suyo que se ha ido perfeccionando con el tiempo y que ahora alcanza cotas de cruzado: “Antes, una persona entraba en un departamento a dar clase y ya se quedaba allí. Ahora no. Ahora, tiene que salir y ponerse en cola para volver a entrar. Carmencita es hoy la primera de esa cola. Esperemos que vuelva pronto, porque sus alumnos, que son los que prestigian o no a un profesor, la quieren.” Así, lacónico y contundente, es este teórico dotado de un bagaje que ya quisieran muchos papanatas del pesebre. Por cierto, que un reputado historiador inserto en la Administración socialista de la Junta de Andalucía se me lamentaba el otro día de la “panda de ignorantes” que impera en su departamento. Y él lo debe saber bien. Las alabanzas desgranadas por los dos veteranos docentes universitarios hacia la tenacidad, honradez intelectual y sagacidad de que había hecho gala Carmen Rodríguez Serrano parecían no tener fin. Valdivieso recalcó esos valores "en un tiempo en que todo se hace recortando y pegando de Internet".

“Carmencita” nos dedicó unas palabras impecables al término de la sesión, arropada por los directores de su tesis y un “colectivo” en cuya actitud y prolongada ovación era posible palpar el aprecio de los méritos que adornan a una chica ejemplar que no acaba de poder meter cabeza en su Universidad, tal vez porque los dineros se han ido en bibliotecas fallidas y otros descalabros presupuestarios, posteriormente premiados con nombramientos de altos vuelos. Algún día, alguien con buena pluma y mejor calculadora, tendrá que resumir en un memorial de agravios los daños y perjuicios que el despilfarro de todos los gobiernos y gran parte del manto protector de mancomunidades, consorcios, agencias, empresas públicas y otros artefactos más o menos superfluos han hecho a generaciones enteras de concienzudos y responsables jóvenes laboriosos que han sacrificado su tiempo para poder vivir de lo que les gusta y saben hacer con esmero. Sólo se vive una vez, señores de la política. Ustedes han podido ocupar sus años mozos en lo que han querido. Pero otros, mucho más útiles que ustedes para el común, han consumido demasiadas horas llamando a las puertas de organismos que ustedes han dejado secos. Imperdonable.

Ah, y, obviamente, Carmen es nombre de mujer, por si lo han olvidado.

LA TESIS DE CARMEN


No hace mucho que escribía aquí acerca de uno de esos discursos domésticos y pasajeros, hechos para disfrutar del paisaje como desde la ventana de un tren lento, que le escuché al catedrático emérito de la Universidad de Sevilla don Enrique Valdivieso acerca de Murillo y su pintura lenitiva para las heridas muy profundas de la ciudad que padeció las gran epidemia de peste de 1649. Hoy vuelvo sobre el profesor Valdivieso, uno de los pocos personajes sólidos en este país nuestro tan aligerado de peso cultural que se está quedando en los huesos de las “postrimerías” plasmadas por Valdés Leal en la iglesia del hospital de la Santa Caridad  por encargo del venerable Miguel Mañara.

Y retorno al experto vallisoletano asentado en la luz de Velázquez y del propio Murillo porque tuve la fortuna —buscada— de asistir a un acto que sólo voces de gran categoría son capaces de convocar. El arte fue, nuevamente, culpable de que el aforo del antiguo salón de plenos de la Diputación hispalense se viera abarrotado de un público variopinto arremolinado en torno al rescate de otro artista poco valorado por las recientes corrientes “entendidas”: José Arpa Perea. De guiar a la autora se ocupó durante años don Enrique y por eso quiso estar presente y realzar su puesta de largo junto al hoy catedrático de Historia del Arte en la Hispalense, José Fernández López. Ambos intervinieron en la cita y ambos escriben en el libro, publicado por la misma Diputación en otra colección, señera, que lleva el sello de “hispalense”: Arte Hispalense.
La tesis doctoral de Carmen Rodríguez Serrano ocupa unos quinientos folios. Un extracto de cien es lo que se recoge en este libro. El director del trabajo, don José Fernández casi suplicó que algún día viera la luz el fruto íntegro de un esfuerzo de años que ha llevado a la doctoranda a seguir los pasos de Arpa no sólo por su Carmona natal y por Sevilla, sino por Roma, por Méjico y por Tejas, donde fue dejando una estela de admiración y buen hacer que hoy todavía perdura. Carmen Rodríguez ha rastreado su quehacer pictórico con paciencia de tejedora, hasta poner en pie un catálogo que desde que ella depositó la tesis hasta que la defendió se incrementó en sesenta piezas.

¿Y por qué destaco todo esto? Pues porque Carmen Rodríguez lleva ocho años de su joven existencia “opositando”. Obtuvo una beca de investigadora para llevar a cabo su tesis en 2010. Más tarde pasó a un grupo de investigación y dos años después comenzó a desempeñar labores de profesora sustituta interina en el Departamento de Historia del Arte. Pero en la Universidad también han cambiado mucho las cosas desde 2008. Lo describía Valdivieso, con ese desparpajo castellano suyo que se ha ido perfeccionando con el tiempo y que ahora alcanza cotas de cruzado: “Antes, una persona entraba en un departamento a dar clase y ya se quedaba allí. Ahora no. Ahora, tiene que salir y ponerse en cola para volver a entrar. Carmencita es hoy la primera de esa cola. Esperemos que vuelva pronto, porque sus alumnos, que son los que prestigian o no a un profesor, la quieren.” Así, lacónico y contundente, es este teórico dotado de un bagaje que ya quisieran muchos papanatas del pesebre. Por cierto, que un reputado historiador inserto en la Administración socialista de la Junta de Andalucía se me lamentaba el otro día de la “panda de ignorantes” que impera en su departamento. Y él lo debe saber bien. Las alabanzas desgranadas por los dos veteranos docentes universitarios hacia la tenacidad, honradez intelectual y sagacidad de que había hecho gala Carmen Rodríguez Serrano parecían no tener fin. Valdivieso recalcó esos valores "en un tiempo en que todo se hace recortando y pegando de Internet".

“Carmencita” nos dedicó unas palabras impecables al término de la sesión, arropada por los directores de su tesis y un “colectivo” en cuya actitud y prolongada ovación era posible palpar el aprecio de los méritos que adornan a una chica ejemplar que no acaba de poder meter cabeza en su Universidad, tal vez porque los dineros se han ido en bibliotecas fallidas y otros descalabros presupuestarios, posteriormente premiados con nombramientos de altos vuelos. Algún día, alguien con buena pluma y mejor calculadora, tendrá que resumir en un memorial de agravios los daños y perjuicios que el despilfarro de todos los gobiernos y gran parte del manto protector de mancomunidades, consorcios, agencias, empresas públicas y otros artefactos más o menos superfluos han hecho a generaciones enteras de concienzudos y responsables jóvenes laboriosos que han sacrificado su tiempo para poder vivir de lo que les gusta y saben hacer con esmero. Sólo se vive una vez, señores de la política. Ustedes han podido ocupar sus años mozos en lo que han querido. Pero otros, mucho más útiles que ustedes para el común, han consumido demasiadas horas llamando a las puertas de organismos que ustedes han dejado secos. Imperdonable.

Ah, y, obviamente, Carmen es nombre de mujer, por si lo han olvidado.

miércoles, 28 de febrero de 2018

TIEMPOS POSTMODERNOS


              Al incorregible curioso, amén de experto archivero, Manuel Romero Tallafigo

El genio de Chaplin nos sirvió imágenes que explican la reticencia del cine mudo a incorporar el sonido, como aquellas de las cadenas de montaje para fabricación en serie donde la vida se reducía a una imitación de Sísifo apretando indefectiblemente, durante ocho horas diarias, la misma tuerca que siempre era una distinta. El actor tragicómico empleaba sus músculos —sobre todo faciales— para indicarnos con las piruetas y su propia reacción autoperpleja que la vida era ya suficientemente compleja y contradictoria pero que el hombre había sido capaz de darle la vuelta millones y millones de veces a la tuerca de hacerla, además de inexplicable, socialmente absurda.
Me lleva a concluir tan enrevesada idea, que expongo venciendo el rubor que siento por saberla muy poco original, la experiencia de tratar —es un decir, porque son intratables— con las compañías telefónicas para intentar una huida imposible de los laberintos en los que nos sumergen sus políticas comerciales insaciables. Y si en vez de acudir a ellas por cualquier vía intento informarme acerca de los intríngulis que rigen dichas estrategias, es peor, porque entonces la locura sube de grado y todo se hace demencialmente incomprensible. No es ningún secreto que, bajo esa capa de competencia, plagada de ofertas, subyace lo que en artículo reciente denominaba “loca carrera del mercado”. Olvidé consignar que el modelo alternativo, el socialista, es infinitamente peor, si es que en estos entresijos es lícito hablar de proporciones sin fin; sería más respetuoso con la verdad hacerlo de proyectos inacabados.
Para hacernos más consuetudinarios, podemos bajar de escala, e intentar recorrer el camino que nos ha llevado hasta una ratonera como la de las actuales tarifas “telefónicas”, en las que lo de menos es hablar a distancia, hecho que ha quedado barrido o atropellado por la velocidad de la luz que se mueve dentro de la fibra óptica. Pero hagamos un esfuerzo por volver a poner los pies en la tierra, como hacían las hermanas de Santa Teresa a petición suya agarrándole del hábito cada vez que se les escapaba levitando en el coro. Lo que está pasando en el momento de redactar no ya estas líneas sino esta línea en el panorama de las telecomunicaciones patrias es ni más ni menos que la manipulación política de nuestros más íntimos sentimientos, esos que ya vuelan a lomos del “wasap”, en mi caso entre padres e hijos a decenas de miles de kilómetros de distancia. O más aún, viéndonos y oyéndonos por “skype” y otras firmas que en su momento hicieron posible el sueño futurista de nuestra juventud periclitada. Dije en ese artículo ya citado que la vieja táctica capitalista de primero crear una necesidad y después explotarla estaba a punto de consumarse de una forma que nunca vieron los tiempos con el fin de la “neutralidad” (gratuidad) de Internet en su propia casa cuna (USA). Pero a una altura más modesta e inmediata, lo que tenemos encima en España es… chatatachán, tachán… la publicidad de RTVE. Sí, verán, los que tenemos memoria selectiva archivamos algunos datos que intuimos serán valiosos en el futuro para que no nos la den con queso. Es lo que me pasó cuando Zapatero —¡Oh, el inefable diosecillo tridentino (de tridente, claro) Zetapé!— eliminó la publicidad de la cadena pública nacional. A los cinéfilos nos hizo un favor, últimamente amortizado por el PP que ha intercalado “bocados” e incluso cortes de autopropaganda en las películas. Pero ¿lo hizo para beneficiar al telespectador, suprimiendo los incómodos paquetes de spots? Eso no estaba al alcance de la mente, más o menos perversa, del diosecillo. Lo hizo, como algunos, pocos, advirtieron enseguida, para beneficiar a los dos grandes grupos televisivos privados.  ¿Y cómo compensó las pérdidas? Cargando a las compañías telefónicas un canon por el uso de frecuencias del espacio radioeléctrico para la red móvil.
No acabó ahí la maniobra. No contento con ceder a las televisiones “libres” la parte de la tarta que hasta entonces había aliviado ligeramente las finanzas de la televisión y la radio gubernamentales, les otorgó nuevos canales para que se sirvieran de sus franquicias y duplicaran las marcas. ¿Era para apoyar a las empresas de televisión? No exactamente. Era el plan encaminado a copar todas las vías de adoctrinamiento del “estado”.
El tinglado ha aguantado, a duras penas, hasta que las grandes telecos han decidido —al unísono— subir las cuotas unilateralmente y revistiéndolas de aumento de servicios no solicitados, como la televisión por plataformas de Internet y de pago. Que es lo que sin duda le ha sucedido a usted y también a mí. Es inútil que trate de frenar el exceso. Hay que pagar el monopolio ideológico del Gobierno —sea del color que sea— y no lo va a costear él, obviamente.
Retorno al planeta de los filósofos, que, como sabían los clásicos, es el verdadero: Nos han creado una necesidad, incluso afectiva, y ahora nos pasan una factura angustiosa para cualquier economía modesta. ¿Quién renuncia ya a hablar con sus hijos, viéndolos, o a ponerles un telegrama “gratuito” a cualquier hora y a cualquier lugar del mundo? Las personas normales estábamos contentas con esa facultad. ¡Y no queríamos más! Ni películas o series producidas por empresas en expansión ni leches fritas, que diría un castizo. Pero en este mundo postmoderno lo que importa no es lo que convenga a las personas normales, sino a los gobiernos, que precisan de las empresas mediáticas porque necesitan los votos que éstas mueven.
Algo parecido previó Henry Ford cuando se le ocurrió diseñar el automóvil que podían comprar sus empleados, sus propios charlots robotizados que, a cambio de atornillar eternamente la misma pieza podían reunir el dinero suficiente, después de comer y dar estudios a sus hijos, para disponer de un utilitario, el legendario T. Que también —cada día soy menos integrista— ha contribuido a hacernos la vida más agradable, todo sea dicho.

lunes, 19 de febrero de 2018

UNA PATRIA CON VOZ DE MUJER


No está todo perdido. Eso, que nos rindamos, es lo que quieren los partidarios de lo corrosivo, pero ni hemos extraviado nuestro patrimonio espiritual ni España está tan deprimida como algunos pretenden. Frente al derribismo ruin de los que sólo venden carroña pestilente, se alza una España orgullosa de todo lo bueno que hay en su interior y en su pasado. Coser ese ayer con el presente haciendo las paces con nuestros padres en lugar de matarlos es una actitud que se va abriendo paso a través de hitos como el que este fin de semana ha protagonizado Marta Sánchez en el Teatro de la Zarzuela, adonde acudía, según ella misma ha declarado, con Alfredo Kraus a empaparse de buena música.
Los sones del himno nacional sonaron en su garganta con la voz de los valores eternos. Dio, nada menos, que gracias a Dios por haber nacido aquí. Tras la primera frase, el teatro, lleno, prorrumpió en una emocionante ovación que se repitió varias veces a lo largo de su interpretación, según ha captado con su móvil  un espectador que ha convertido su dispositivo en la ventana a la que se han asomado millares de miradas en pocas horas. Entre otras las del presidente del Gobierno y el jefe de la formación que tal vez pronto le arrebate el poder. Ambos, Rajoy y Rivera, junto a Andrea Levy, Juan Carlos Girauta o Rosa Díez, han mostrado enseguida su solidaridad con la autora de una letra que sin duda va a pasar a nuestra mejor historia por el hondo acierto que encierra. Por fin, podremos cantar el himno de España, como hacen los franceses o lo norteamericanos a partir de sus respectivas revoluciones nacionales.
En una interpretación clamorosa, revestida de rojo y rubio, éstas son las palabras cantadas por Marta para vibración de todos los españoles de bien:
"Vuelvo a casa, a mi amada tierra, la que vio nacer mi corazón aquí. Hoy te canto para decirte cuanto orgullo hay en mí, por eso resistí. Crece mi amor cada vez que me voy, pero no olvides que sin ti no sé vivir. Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón y no pido perdón. Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí, honrarte hasta el fin. Como tu hija llevaré ese honor, llenar cada rincón con tus rayos de sol. Y si algún día no puedo volver, guárdame un sitio para descansar al fin."
Confieso que la cantante me ha arrancado alguna lágrima. En una España de la que todavía abjuran algunos, que una mujer como ésta, curtida en las tablas de muchos años ante el público, haya tenido la valentía y la coherencia de rescatar el patriotismo en el escenario es un baño de esperanza. Hermoso gesto de una bella dama capaz de levantar la moral de un pueblo cabizbajo con su inspiración artística y su sonrisa estimulante. En Sevilla hay una glorieta en la que campea un Rodrigo Díaz arremetedor y pinturero. El original lo esculpió la esposa del mecenas estadounidense Archer Milton Huntington, el fundador de la Hispanic Society de Nueva York , y lo puso en su película “Ciudadano Kane” Orson Wells, otro enamorado de España. En esa misma rotonda, hoy muy transitada, se erige desde la Exposición Iberoamericana de 1929 —mucho antes que el Cid— un triple arco triunfal en cuyas hornacinas siguen luciendo tres estatuas femeninas del escultor Pérez Comendador: la de la izquierda simboliza el trabajo (la “industria”) que aporta la prosperidad; la de la derecha, que muestra una Inmaculada de bulto redondo en una mano, encarna las artes. Y la del centro es la Hispanidad, con su escudo de leones, castillos, barras, granadas, cadenas y un “Nodo” con el que Sevilla se ha colado en las armas patrias. No cabe duda de que estamos ante una gran mujer, coronada y domeñando un león a sus pies. El poderío de la Hispanidad, que permanece ahí y renace, cuando uno menos se lo espera, en la letra, la voz y el coraje de Marta Sánchez, mujer de bandera.

lunes, 12 de febrero de 2018

LA VOZ A JULIO DEBIDA


El escritor y maestro de periodistas Julio Manuel de la Rosa falleció en Sevilla, su ciudad, el 7 de febrero de 2018, a los 82 años de edad.


De pronto, varias veces por clase, extendía un brazo sosteniendo en la punta un cigarrrillo a medio consumir y es que le había venido a la mente una idea refulgente. Entonces se podía fumar en estos ámbitos. Incluso, viendo cómo lo hacía Julio, se diría que el tabaco era imprescindible para mantener abiertos los ojos del intelectual. Aprendí a redactar escuchando a Julio Manuel de la Rosa. A mi lado estaban entonces —los veo y los oigo ahora— Tomás Balbontín, José María Aguilar, Ignacio Camacho, Eva Martín Consuegra, y, en fin, un puñado de plumas de primera fila que despertaban también cada día a rebato de la prosa improvisada o no de nuestro tutor. Algunos conocimos por él a otros Proust, Flaubert, Joyce, Gabriel y Galán, Faulkner, Vintila Horia, Alfonso Grosso, Luis Berenguer, Aquilino Duque, Virginia Wolf… Pero sobre todo a Luis Cernuda. Descubrimos Ocnos, es decir, la mejor Sevilla, de su mano. Cierro los ojos y los sonidos interiores me devuelven la voz de Julio como si fuera una más de las estampas que componen la Biblia del buen sevillano. Y siento una gran gratitud.
Recuerdo que una mañana nos contó, dejándonos en suspenso, cómo el hambre golpeaba fuerte todavía cuando él era niño en la Sanlúcar aljarafeña de sus veraneos, hasta el extremo de que un camión accidentado que transportaba bidones de aceite de los olivos cercanos provocó la afluencia agitada de gentes que, armadas de bollos de pan, migaban en los adoquines.
Decir Julio de la Rosa es decir infinidad de artículos —era un primer espada en el género— guardados en la hemeroteca de esta Casa. Muchos sobre boxeo, una de sus principales pasiones. Me viene a la memoria cómo y dónde escribía. Lo segundo lo ha glosado bien recientemente en estas páginas Eva Díaz. Era un cuchitril atestado de torres de libros sobre el suelo. Entraba la luz potente de Virgen de Luján. Y me llamaron mucho la atención dos costumbres (tal vez manías) que me confió cuando ya terminábamos una larga entrevista sobre Sevilla. Escribía con lápiz, y después, por imposición del editor, lo transcribía a ordenador. Y lo hacía siempre de mañana, nunca de noche. En Nuevas Profesiones, un cigarrillo humeante que me sugiere un correlato de moscas machadianas; en el escritorio, un lápiz matinal. Y en medio, una vida.
Recibí por mi último cumpleaños, de manos de mi esposa, el regalo del libro en homenaje suyo. Le veía últimamente curando ausencias de mujer en el bar Emilio, en compañía de un pequeño haz de amigos y como esperando su hora, cálido, cordial, elegante, preocupado por el afán creativo de los otros. Así era Julio, y mucho más. Un trozo enorme de la mejor Sevilla literaria se nos ha ido dejándonos un puñado de libros que llevan su nombre. Una de las últimas veces que nos vimos —compartimos mesa junto al común amigo y narrador también Paco Núñez Roldán— me abroncó paternalmente porque no escribía novelas. Él tenía fe en sus discípulos, así transcurriesen décadas. Ahora estará probando la madalena proustiana que no se consume nunca, por encima del tiempo y del espacio que su lápiz manejó con el trazo firme de un gran artista. Adiós, Julio. Nos vemos en Etruria.

(Publicado en ABC de Sevilla el 11 de febrero de 2018)

Necrológica ANTONIO BELTRÁN RISQUETE


El nombre de Antonio Beltrán no aparece en los buscadores, al menos no el Antonio Beltrán al que me refiero, pero estará siempre en el corazón de quienes le conocimos. Por supuesto, su memoria permanecerá bien arraigada en su familia, que compartió con él las idas y venidas de la suerte y del infortunio. De todo ello son conscientes las hermanas de la Cruz, muy vinculadas con ellos. Pero el efecto de su calidad humana nos acompañará hasta el último aliento a quienes tuvimos el honor y el privilegio de echar con él buenas y sustanciosas charlas. Era un hombre modesto, mucho más que cualquiera de sus interlocutores. Sabía escuchar y tenía mucho que decir. Su vida era trabajar y servir a los demás con la esperanza puesta en no defraudarles nunca. Eso es muy difícil de encontrar, y más en el mundo actual. Sin estudios, sus recuerdos eran de jugar al toro en la Alameda. De hecho, quiso ser torero, y un hermano suyo llegó a debutar en la Maestranza. Pero su ocupación en la vida fue, sobre todo, de camarero. De alguna manera, llevar la servilleta como los profesionales de antes guardaba cierta lejana y abstracta semejanza con el uso de la muleta. Hablaba de los ambientes taurinos con los ojos perdidos, trasladándose en cuerpo y alma a su niñez, antes de sufrir mucho y de perder las fuerzas, día a día, de la barra a las mesas del Vía Véneto o del restaurante del hotel Fernando III, donde le sorprendió otra muerte cruenta y traicionera.
Fue Antonio también paracaidista, durante aquellos servicios militares de tres años, y presumía de ello ante las fotos en sepia (naturales, sin photoshop). Aunque cuando realmente voló a lo alto, hasta rozar esas nubes sobre las que ya habita, fue en su queridísima Hermandad de La Carretería, a la que se entregó con la fidelidad de los capilleres antiguos y el espíritu de un zagal. Velaba por sus Titulares con la veneración de un ermitaño. Y si tocaba volver a los quehaceres de la hostelería, allí estaba Antonio, en el bar atendiendo a “la parroquia” con una sonrisa leve en su semblante, y esos ojillos inquietos husmeando siempre en los rincones, presto a cambiar un botellín o limpiar una mesa. Nunca faltó de nada en el frigorífico, y estoy por pensar que alguna vez se le escapó un milagro al multiplicar las botellas y encontrar espacio donde no lo había. Mimaba los enseres, con predilección por el imponente paso que hace viable lo imposible en Varflora cada Viernes Santo. El Cristo de la Salud y María Santísima en sus advocaciones de la Luz y Mayor Dolor en su Soledad, que eran para él la cima de la felicidad, sabrán premiarle lo que sin duda sus hermanos no alcanzamos a ofrecerle. Sus restos reposarán en la cripta de la capilla tonelera, uno de cuyos últimos miembros gremiales fue pariente suyo. Descanse en paz, Antonio, con quien compartí tantos ratos de ese lazo que une a las personas más que ningún otro: la animada conversación.
                                                  


Antonio Beltrán Risquete nació en Sevilla el 25 de enero de 1934. Ha muerto tres días antes de su 84 cumpleaños también en Sevilla. Fue capiller de la Hermandad de La Carretería.

(Publicado en ABC de Sevilla)

sábado, 3 de febrero de 2018

ARRIMADAS Y SUÁREZ: EL PODER POLÍTICO DE LA SEDUCCIÓN


Contaba el periodista Luis Herrero con motivo del fallecimiento de Adolfo Suárez una “anécdota” de esas que marcan la historia y que él conoció de primera mano. Hijo de un personaje clave en la recta final del franquismo (Fernando Herrero Tejedor), oyó referir en casa a menudo cómo fueron los primeros pasos en política del que llegaría a ser el presidente de la transición. Como siempre que los hechos domésticos determinan el destino de las colectividades, hubo una mujer de por medio, la esposa del entonces gobernador civil de Ávila. Imagínense los secretos oficiales que una persona así debía de intuir si no conocer. La conseja es la siguiente: Un día, al salir de misa, el matrimonio Herrero-Algar se encontró con un joven y apuesto muchacho a quien el futuro fiscal del Supremo apenas conocía. Se saludaron, y tras ello, Joaquina Algar, señora de Herrero, comentó a su marido (es de suponer que asiéndole con firmeza femenina del brazo y al oído): “Fernando, este chico te conviene. Es educado y va a misa. Además, es guapo”. Adolfo Suárez González, hasta entonces un oscuro estudiante de Derecho, falangista y cercano a la Acción Católica (después al Opus Dei), es nombrado secretario personal del gobernador, y a partir de ahí, su sombra hasta que llega, a instancias de su jefe, a la Vicesecretaría General del Movimiento. Antes, ocuparía el Gobierno Civil de Segovia y la Dirección General de Radiodifusión y Televisión entre mayo del 69 y junio del 73. Ahí tuvo un papel decisivo en el “acercamiento” de los Príncipes al pueblo español. Y finalmente, se convertiría en ministro secretario general del Movimiento hasta el 6 de julio de 1976, bajo la presidencia de Arias Navarro. De allí pasó a la Presidencia del Gobierno.
¿Y a qué viene este largo compendio cronológico en torno a un encuentro dominical en aquella España provincial y provinciana? Pues al poder político de la seducción, que sigue hoy tan flamante como hace medio siglo. Y si no, examinemos por encima el fenómeno “Arrimadas”. Porque los sesudos analistas de la situación suelen quedarse en la cáscara, que es la correlación de fuerzas y las encuestas sobre siglas y partidos. Inés Arrimadas, que es la gran vencedora del estado de opinión actual, reúne, en mujer, todos los atributos (ignoro si va a misa) que doña Joaquina Algar descubrió en tiempo real al vislumbrar la figura de un ambicioso conquistador de voluntades cuyo abundante y bien peinado pelo negro convenció a los españoles de que él era el mejor piloto para los tiempos que se avecinaban.
Esta jerezana —y a mucha honra— de Cataluña y sobre todo, mujer de bandera para España, es, en el mejor de los sentidos, como lo era Suárez, una gran seductora. Su poder de encandilamiento ha desplazado al de su superior —ojito, Inés—, que, por supuesto, también desempeña un papel de orden moderno, de corrección de toda la vida, proyectada al porvenir y no al pasado. Exactamente lo mismo que proclamaba Suárez con su presencia y con su acento de vocalista de los coros rusos con el punto justo de afonía que demandaba el pueblo.
Observen la indumentaria, el peinado, la expresión facial, el tono de las frases, hasta esa voz ligeramente cascada pero incombustible que los días 6 y 7 de septiembre, y los que les han seguido, ha puesto en el Flandes traidor del Parlament la pica de las ideas claras y de la aún más diáfana vocación de españolidad de quien ha resultado representar a la mayoría de los catalanes.
Sí, Arrimadas es la sucesora de Suárez. Mejor dicho, de ese mix que forman en el imaginario común de los españoles Adolfo Suárez y Felipe González. No se ha derribado el sistema. Se ha venido abajo el bipartidismo, y las arenas movedizas que nos tenían atrapados por las pantorrillas en la mediocridad más cobarde. Ha sido salir Arrimadas a la palestra colapsada por Independilandia y comprobar con inmensa esperanza que no estaba todo perdido, que el futuro es posible y está aquí. Esa sensación, netamente sentimental, es la que ha dado el gran vuelco al arco parlamentario nacional en los últimos sondeos. Y ésta sí que es la nueva transición, no la de los comunistas —llámense como se llamen— que, nuevamente, como en la transición anterior, son más temidos que apoyados (ellos se lo buscan).
Adolfo Suárez infundió en los españoles confianza. E Inés Arrimadas igual. Sería una magnífica presidenta del Gobierno de España, ya que no lo va a ser de Cataluña.

(Publicado en las nueve cabeceras del Grupo Joly el 3 de febrero de 2018)

jueves, 18 de enero de 2018

EL LADO LUMINOSO DEL XVII SEVILLANO

El profesor Enrique Valdivieso, seguramente el mayor experto vivo sobre Murillo, dio hace algunos meses, cuando los fastos apenas se esbozaban, una lección magistral de carácter casi íntimo a un grupo de gente inquieta de la ciudad en la que el pintor vino a nacer que perdura en la memoria de quienes a ella asistimos. Aquella tarde, en plena sobremesa y ante un auditorio encandilado que parecía escuchar sus palabras como si de la estantigua de San Telmo se tratase (trocada la dureza pétrea en sensibilidad a flor de piel), este talento sevillano de Valladolid pronunció un discurso a los postres, salteado de preguntas emocionadas. El maestro nos tomó de la mano e hizo que nos sintiéramos espías de Murillo. Dejó a un lado las latas de membrillo y el aburrido lenguaje de las tesis. Pero no la imaginación. Nos situó en una puerta de la Sevilla alucinada, torturada, lacerada por la epidemia de 1649. Y desde allí, fuimos siguiendo al artista por los suburbios dolientes de una población diezmada.
Valdivieso logró transportarnos, meta sempiterna de todos los contadores de historias. Se reveló como un excelente prosista improvisado, como un bardo ciego —¡él, con su mirada de vista rápida!— que concentrara mil iconos en una palabra para derrochar el verbo del arte sin clasificar. Y nos explicó el por qué de Murillo. En otras palabras sin duda, vino a decirnos: “Los sevillanos necesitaban, en ese momento histórico, alguien que los sacara de la peor pesadilla que vieron los siglos. Y encontraron a Murillo deambulando por sus calles, en busca de niños harapientos, roñosos y muertos de hambre, pero bellos como sus Inmaculadas. La pintura profana de Murillo, y también la religiosa a su manera, fueron como una operación humanitaria de rescate estético y ético. Un respiro. Él vio en aquellos hijos de Dios ávidos de misericordia, huérfanos, perdidos, andrajosos y sin más futuro que un hilo de esperanza biológica, el lado luminoso de la vida, la luz, y decidió llevarlos a los lienzos como un consuelo para tanto sufrimiento humano que le salía al encuentro. La ciudad estaba laminada, psicológicamente triturada, llorando a sus muertos noche y día. Sólo le quedaba el pincel de Murillo. Y lo aprovechó. Vaya si lo aprovechó.”
Nos quedamos boquiabiertos. Murillo, apóstol de la vida en una Sevilla atribulada, donde el olor a cadáver se mezclaba con el eco de las rogativas. Quienes llevamos media vida buceando en la historia fidedigna de la “muy noble” sabemos bien que el significado de aquella alocución breve y acerada, como una punzada de los millones que se embalsaron en la Sevilla de aquellos años, respondía sin la menor traición a lo sucedido entonces. Traigo a colación una “anécdota” (no puede ser más luctuosa pero rica para la historiografía) que hallé en un libro de actas de la hermandad de la Carretería correspondiente a aquellas fechas. Un domingo, los toneleros se reúnen, convocados por el muñidor, para elegir oficiales. En aquel ajado papel me salieron al camino un puñado de nombres anónimos. A continuación, el acta recogía los esfuerzos, sobre todo económicos, para llevar a cabo la estación de penitencia y la procesión de la Pascua de Resurrección (dos salidas en cuestión de pocos días). Pasé las páginas. Reconozco que me asaltó un temblor sordo, a solas como estaba con aquella memoria histórica que empezaba así: “En Sevilla, a 17 de abril de 1649, se juntaron los hermanos que quedaron bibos”. Sí, una semana más tarde, aquel domingo cuaresmal o tal vez de Ramos, había que volver a elegir junta de gobierno, porque la mayoría había sucumbido víctima de la bubónica. En aquel momento decidí que dicha frase encabezaría mi libro “Dios, hombres, ciudad” bajo la dedicatoria “A mis hermanos de la Carretería. Los que se fueron y los que viven”.

Ahora que se despliegan a toda prisa las velas del cuarto centenario, y que don Enrique Valdivieso habita en el relativo olvido —cruel como la peste— de su morada a dos pasos de la eterna que acoge los restos de aquellas retinas universales, es buen momento para reflexionar sobre el lado luminoso del siglo XVII sevillano, el que permitió que la ciudad se sobrepusiera a su apocalipsis, gracias, en buena medida, al mensaje que dejó en ella la pincelada del genio.

(Publicado en ABC de Sevilla el 18 de enero de 2018)

viernes, 12 de enero de 2018

LA LOCA CARRERA DEL MERCADO

El siglo XXI no nos da para sustos. Durante los diecisiete o dieciocho años, según se mire, transcurridos desde el pistoletazo de salida hemos creído, de veras, que vivíamos en un mundo nuevo y feliz, como auguró Karina. Era el mundo de Internet. Ahora, con la desaparición de la llamada “neutralidad”, o lo que es lo mismo, la red igualitaria, Estados Unidos, o sea Internet, nos anuncia otro mundo nuevo, ignoro si también feliz. No estamos preparados para tantos cambios y de tal calibre. O tal vez sí, porque de lo que se trata no es más que de una nueva operación de mercado. Va a resultar que estos tres lustros y pico de Internet como medio de telecomunicación en el que cabía todo eran, al fin y al cabo, una promoción comercial, como un periodo de prueba gratuita. Una vez aclimatado el personal, es decir, enviciado, cuando ya se ha conseguido que sobre todo la gente joven no pueda vivir ni un minuto, de día o de noche, sin estar enganchado a algún dispositivo de red social, ha llegado la hora de revelar la verdadera cara de Internet, un inmenso, universal mercadillo por cuya ocupación habremos de pagar.
Desde hace algún tiempo vengo observando que la última gran baza de nuestro capitalismo, la tecnología derivada de la investigación científica, ha tocado techo. Quizás el mejor exponente de ello sea el frenazo producido en la célebre compañía de la manzana mordida (puede que ahora sepamos por qué) en su hasta no hace mucho producto estrella: el ipad (aipod para los amigos de aquí, incluidos los colegios concertados que en su día obligaron moralmente a los padres a comprarlos para uso académico de los alumnos). Lo mismo ha ocurrido con la miniaturización, que fue no hace mucho la gran batalla de los fabricantes: ocupar cada vez menos y menos espacio físico. ¿Para qué? Para reunir en volúmenes ergonómicos características técnicas cada vez más ambiciosas que hasta entonces eran caras y aparatosas. Incómodas, en una palabra. Fuimos asistiendo así al encogimiento primero de transistores, después de televisores, luego de cámaras y finalmente de teléfonos móviles inteligentes. Hasta que la ciencia tropezó con la naturaleza. El abuso del progreso no está bien visto en la Creación. Demasiados antibióticos inmunizan a las bacterias. Demasiada competencia se topa con la mano humana. O con el ojo humano. O con el ritmo de los días.
Si observan cuidadosamente la deriva de los móviles, verán que, llegados a un punto, no reducen más su tamaño. La carrera de la miniaturización ha llegado a la meta, que es la mano de un humano joven. Pueden añadir mayores cotas de perfección a los componentes miniaturizados, pero ahí también se estrella la tecnología con el cuerpo humano y sus limitaciones, que son al mismo tiempo sus grandezas. Y es que todo en nuestros ojos está configurado para la transmisión de datos o impulsos al cerebro con un umbral de definición, por encima del cual ya puede inventar el mercado 4 kas, 5 kas o infinitos kas, que todo es inútil. Esto es extensible a multitud de recursos materiales que hacen nuestra vida más fácil en apariencia, pero más compleja, menos dúctil y más hiperactiva en la realidad.
Hablo, evidentemente, del ámbito doméstico y callejero, no del industrial ni del institucional destinado a cubrir necesidades masivas o a resolver problemas de gran alcance, como el sanitario o el alimenticio. Ahí, la tecnología tiene todos los campos abiertos. Pero en el gran escenario del consumo, que es donde nos movemos de ordinario y con el que nos relacionamos más directamente, la oferta tiene un serio problema, Huston. Y no es uno más. De ahí, supongo, que haya decidido dar una vuelta de tuerca y acabar con el gratis total de los portales de Internet.
Si de los inmediato pasamos a lo metafísico —es broma, tranquilos— puede que estemos asistiendo a la última gran mutación de un ciclo histórico muy largo cuyo arranque podríamos fijar en la revolución industrial y que podríamos asociar, precisamente, a la necesidad, o mejor dicho, a la obligación de cambiar permanentemente. Cada especie animal tiene su biorritmo, y aquí voy a lo que antes pergeñaba: el día tiene 24 horas, ¿no es cierto? (que diría un ejecutivo agresivo ante una pizarra blanca en la que acaba de escribir 24). ¿Es posible para un ser humano digerir en ese tiempo el aluvión sistemático de información de todo tipo que le induce a no quedarse atrás en la loca carrera del consumo? Esto no tendría mayor importancia si nos hubiesen educado para consumir razonablemente, pero lo cierto es que, como todas las revoluciones, la industrial acabó también, en su sed de cambio, con cuanta sabiduría a este respecto habían conseguido milenios de civilización y cultura.
Me remonto mucho, ya lo sé. Pero, como dice la Biblia que escuchamos en las misas los que seguimos yendo —que somos más de los que otros intentan que parezca pero menos de los que sería bueno que fuesen—, un día es un año para Dios y un año un día. ¿Qué son 150 años para la vida de la Humanidad? Tal vez en Atapuerca tengan la respuesta.
En todo caso, la velocidad, esa diosa de nuestro tiempo, nos ha llevado al filo de un abismo: un Internet de pago, y caro además. Predecía Al Gore, siendo vicepresidente con Clinton —y predecía bien— que Internet lo cambiaría todo. Es la magia de la palabra cambio. A combatir el cambio climático se ha dedicado después, incluyendo la venta de miles de deuvedés a la Junta de Andalucía para los centros educativos. Gore sabía muy bien que, como todos los avances tecnológicos, si tienen éxito en los ensayos militares también lo tendrán en la sociedad de consumo.

En definitiva, la coacción ambiental para que forcemos el ritmo de los días y las capacidades del cuerpo humano ha neurotizado a las nuevas generaciones porque se trata de una pulsión imposible, de una compulsión. Ni el tiempo, ni nuestro organismo ni nuestra mente van a adaptarse a los dictados artificiales. Al menos hasta el nuevo big-bang.

lunes, 1 de enero de 2018

ERRADICAR EL FRANQUISMO

Los periodos de la vida, que historia son, se pueden releer, tratar, exaltar o minimizar. Pero nunca se pueden borrar. Los 39 años de franquismo que España gozó para unos y sufrió para otros ocupan otros tantos de biografía para los más veteranos del lugar y en todo caso su herencia forma parte, guste o no, de nuestra propia personalidad individual y colectiva. Y de nuestra edad, sea la que sea. Las naciones nunca parten de la nada. Esto vale para nuestra Patria, pero también para pueblos y tierras que, como la antigua Unión Soviética, se sitúan, teóricamente, en las antípodas de esos 39 años ampliables cuantos queramos hasta nuestros días.
El franquismo, como corresponde al régimen político y al estilo social que precedió a los actuales, no se puede erradicar. Conviene, desde luego, conocerlo cada día mejor, y honrar a quienes antaño no tuvieron de los vencedores en la terrible guerra que dio lugar a ese tiempo los honores merecidos. Pero nada más. Suprimir por ley (de Memoria Histórica) o por el simple deseo de quienes se consideran albaceas de los vencidos toda una etapa de nuestro pasado que tanto ha influido en nuestro presente es, llanamente, un acto de lesa verdad. Y este tipo de traiciones a la realidad acaban siendo siempre justicieros.
Treinta y nueve años son toda una vida. De aquel lapso forman parte generaciones de españoles que jugaron en las calles, aprendieron en las escuelas y universidades, trabajaron en fábricas y oficinas, se enamoraron y se casaron, soñaron con formar familia y a menudo la tuvieron numerosa, y en todo momento lucharon por desterrar de sus mentes la más atroz peripecia de odios cainitas que se pueda imaginar. Cierto día, muchos años después, Franco le confió a su primo y secretario que “una guerra civil es lo peor que le puede suceder a un país”. En pleno despertar de las libertades que le siguieron, el editor de Diario 16 —nada sospechoso de continuista— encomendó al grupo musical onubense Jarcha una especie de himno a los aires nuevos. Hoy, “Libertad sin ira” rechina. Y no precisamente por su talante “revolucionario”: “Pero yo sólo he visto gente muy obediente hasta en la cama. Gente que sólo quiere su pan, su hembra y la fiesta en paz.” Y alargaba el solista la “aaaaz”. Hoy sería casi motivo de procesamiento por machismo. Pero entonces respondía a lo que el pueblo español ansiaba: libertad en paz.
Recién acabada la guerra, el orden era el inverso, como es natural: paz y libertad. Conforme se fue consolidando la paz se fue olvidando la libertad, que en los años republicanos había sido sistemáticamente utilizada para destruir a la primera. Lo cierto es que el denostado —y prohibido— franquismo arrancó de una crudelísima guerra civil y agonizó en brazos de un país pacificado. Esto, evidentemente, algunos nunca se lo perdonarán.
Treinta y nueve años, amén de ser una vida, dan para mucho, bueno, malo y regular. Lo importante es qué dejan para la posteridad. Que 42 años después sigamos ajustando cuentas de entonces es muy significativo de hasta qué punto lo que importa no es el franquismo, superarlo con altura de miras y afán constructivo, sino disimular el gran fracaso histórico mundial de la izquierda revolucionaria que es la que sigue, dos generaciones más tarde, rompiendo la unidad nacional que forjó el espíritu de los Reyes Católicos, tan lejos y tan cerca de nuestra actualidad. Aquella “Unión de Reinos” que, por primera vez en nuestra historia, anteponía la comunidad de intereses en el bien común a cualquier otra consideración, es lo que sigue estando en el punto de mira de los uniformadores de opinión pública. No el franquismo.
Recomiendo a quienes no se casan con nadie la lectura de los libros del eximio historiador Luis Suárez sobre los Reyes Católicos y sobre Franco. Son difícilmente emulables en cuanto a documentación y conocimiento de la materia. Los seis tomos en torno al Caudillo se acercan a las cinco mil páginas, con unas sabrosas notas que a menudo no tienen desperdicio. Suárez fue represaliado por el Gobierno de Zapatero, de cuya financiación dependen las academias, por escribir en la obra sobre personajes contemporáneos que preparaba la de San Fernando que el régimen de Franco empezó siendo una dictadura personal pero evolucionó (adecuadamente) hasta convertirse en un sistema autoritario.
Acaba de expirar Carmen Franco Polo, la única hija del que fuera Jefe del Estado durante casi cuatro décadas. Vuelvo a las sugerencias: lean un reportaje de Nieves Herrero en El Mundo y una carta de Francisco Franco  Martínez-Bordiú (hijo de la finada) en el ABC. Ahí es donde está la verdad histórica, no en el sectarismo vengativo de ningún mindundi.

Por cierto, que de no ser porque tenemos un gran Rey —la fortuna no siempre iba a sernos adversa— con el arrojo necesario para intervenir cuando ha sido ineludible, seguimos siendo ciudadanos de España. Porque si en vez del Borbón repuesto en el trono por el Generalísimo tuviéramos hoy un presidente de la República otra vez (un Rajoy, verbi gracia)… prefiero no pensarlo.