martes, 16 de julio de 2019

DESINFORMACIÓN CULPABLE


Mi amigo Fran es un joven actor alicantino que lleva años recorriéndose España en tren o en autobús con una misión tan poco práctica como es recitar la obra de los poetas y alguna composición propia en calles, plazas e institutos. Así se gana, pobremente, la vida, cargado no con alforjas sino con un altavoz autónomo en el que pone música de fondo y con los tres discos que ha grabado, por si alguien quiere llevarse los poemas y su hermosa y educada voz a casa.
Fran es paciente como un cartujo. Él declama sin parar durante horas, haya o no alguien delante, armado únicamente de su micrófono inalámbrico, sus cuerdas vocales y su pasión. Disfruta como un cachorro con una pelota de goma. Ha rescatado el viejo oficio de rapsoda, gesticula, modula la garganta con arte de juglar cortesano y sonríe siempre, aunque rasgue el viento con una herida sangrante en forma de palabras como por ejemplo la Nana de la Cebolla, de Miguel Hernández.
La otra noche, en un paseo marítimo de lujo atestado de veraneantes aburridos que sólo reaccionan ante un grupo de saltimbanquis —mejor si juegan con fuego—, Fran desgranaba incansable sus versos ante el vacío de la más completa indiferencia, o tal vez del susto de unos viandantes que parecían preguntarse qué sonidos interplanetarios despedía aquel chalado por la boca. Llegó por fin el artista al final, y se produjo un silencio roto solamente por mis aplausos de clac individual y solitaria.
“No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.” Las sílabas del padre preso dedicadas a su hijo recién nacido al saber que mamaba leche de cebolla y presintiendo que ya nunca vería a su vástago en libertad resonaron frente al mar y la luna como lo que son: el más bello epitafio del amor paternal que sólo un grandísimo poeta, cabrero para más señas, podría haber esculpido.
Pero nadie atendía, y mucho menos depositaba moneda alguna en el cesto de Fran. Esos versos del inmenso escritor, casi paisano de Fran, han golpeado siempre, desde que me aprendiera la melodía de boca de Serrat, en mi conciencia de español doliente. Se cuenta que Miguel pasó en su huida por Sevilla, mi ciudad, y que coincidió con Franco en el Alcázar, donde lo tenía escondido el director y poeta, muy amigo de la gente del 27, Joaquín Romero Murube. Incluso hay quien detalla que el general pasó a muy pocos metros del cantor republicano, que se ocultaba tras un sofá.
Lo cierto es que la escena que cuento se produjo al lado mismo del Guadiana, el río de la muerte para Hernández, quien después de Sevilla marchó al país vecino con tan mala suerte que un guardia fronterizo que había estado destinado en Levante lo reconoció y fue detenido. Moriría en la cárcel, probablemente de tuberculosis. De Huelva llegaron también los sones de Jarcha cuyo estrambote final (“compañero —Miguel— volverás”) ha sido una constante en mi vida. Pero la otra noche se ve que nadie quería saber lo que pasa ni lo que ocurre.
Para un periodista con sentido de Patria lo que pasa y lo que ocurre en la España de nuestros días invita a no saber nada, seguramente con más intensidad que para cualquier otra persona de las que desfilaban como autómatas ante Fran. Las últimas agitaciones callejeras, sanfermines incluidos, con su bastardeo irrebajable, nos ponen frente al espejo de un país degradado hasta el extremo, donde el sentido de las virtudes cardinales —no digamos las teologales—, con la Justicia a la cabeza, no es que ande por los suelos, es que se ha colado por el desagüe.
Pero el común de la ciudadanía parece asistir boba a lo que pasa y lo que ocurre, como recomendaba Miguel Hernández a su bebé para dormirlo. Todo esto tiene un nombre: desinformación. Y no es inocente, como la de aquel niño. Es cierto que Internet permite autofabricarnos el periódico que buscamos y que, con tesón e inteligencia, podemos acercarnos mucho a la verdad de lo que está sucediendo. Pero esas pruebas de fuerza de la desinformación que son las manifestaciones a las que me he referido parecen estar demostrando que la sociedad desinformada con la que soñaron los totalitarios es ya un hecho.
¿Tiene vuelta atrás? Lo dudo, al menos en el plazo suficiente para que mi generación, que es la más culpable y la más dañada de este gran fumadero de opio, conozca la rectificación. No querer saber lo que pasaba ni lo que ocurría era algo que en las circunstancias de Miguel Hernández (con la Guerra Civil muy avanzada o recién “concluida”) era cuestión de vida o muerte. No quererlo hoy es una irresponsabilidad brutal, en la que incurre esa masa crítica, esa mayoría silenciosa que ciertos poderes fácticos o grupos de presión tan bien conocen y manipulan.
La única manera de mirar a la cara a nuestros hijos es si no les negamos la información. Vale que mientras necesiten nanas para dormir les garanticemos un aire limpio que les haga fuertes. No obstante, a la mayoría de edad deben llegar sabiendo muy bien lo que pasa y lo que ocurre, para que sólo se sientan orgullosos de sus cualidades y no de sus excesos, y para que festejen a un santo con sana alegría, no con una bacanal satírica. El exhibicionismo de la procacidad nunca fue ni será motivo de autoestima más que para degenerados.
Coda: Me llegan fotos ilustrativas de cuanto digo y un vídeo en el que una fiera con forma de mujer acosa a un alumnado sentado sumiso ante ella gritándoles imperativamente para que odien a los padres porque son maltratadores, y ordenándoles amenazadoramente pensar que la custodia compartida y cuantos la defienden deben quedar excluidos de nuestro entorno. Gran parte de sus alaridos no he conseguido descifrarlos, pero sí una muletilla obsesiva: “En la puta vida”. Con eso está dicho todo. Escenario, según el “tuit” del colega periodista que lo ha colgado: un centro “educativo” de la Junta de Andalucía.

lunes, 8 de julio de 2019

LA IMPORTANCIA DE GUARDAR LA COMPOSTURA


Una de las razones principales —no lo duden— por las que VOX ha irrumpido en el panorama político institucional español, desde su sorpresa andaluza del 2 de diciembre es su formalidad, su apego a los modales, su buena educación, en suma. Eso se ve, sobre todo, en las mesas informativas de las calles, donde la gente de a pie de las siglas verdes dan un ejemplo de cortesía, incluso ante miradas o comentarios torvos o la presencia de boicoteadores más o menos amenazantes. No olvidemos que muchos de sus integrantes proceden del Partido Popular. VOX sostiene ideas muy contundentes, si se quiere extremas (término siempre relativo a las circunstancias del momento) pero lo hace respetuosamente hacia el adversario y con gran aprecio de las maneras que tanto significado encierran siempre. Hay excepciones, claro está, tanto más inevitables cuanto que estamos ante un partido nuevo que se enfrenta con todo el espectro “admitido” hasta hoy. Pero la tónica es ésa de la moderación en el lenguaje, al menos sin traspasar las fronteras de la afrenta personal. Y lo es por dos motivos: porque es un partido conservador y porque su mensaje, a contracorriente, llega más y mejor si no se da la razón a quienes lo descalifican por agresivo.
De ahí que resulten tan chocantes los dos últimos episodios tocantes a la comunicación que han dejado fuera de combate a esta nueva formación de derechas. En Andalucía, nada menos, el otrora número uno Francisco Serrano ha protagonizado un culebrón, al parecer involuntario, que ha tenido como cauce ese campo de minas que son las redes sociales. En este caso, se trataba de cuentas personales del líder y juez en las que se plasmaron opiniones temerarias sobre la sentencia de “la manada” que el Tribunal Supremo acababa de emitir. Recordemos que dicho pronunciamiento judicial se extiende a lo largo de más de trescientas páginas y las frases de Serrano, como corresponde al medio en el que fueron difundidas, son sólo un ramillete. Lo cierto es que dieron la vuelta a España en las portadas de casi todos los periódicos, por no hablar de la “sangre” hecha en televisiones, radios y en las mismas redes sociales. El jefe del Grupo Parlamentario de Vox en el Parlamento de Andalucía elaboró y colgó en sus redes, horas después, un comunicado exhaustivo de un folio analizando dicha sentencia con rigor, mesura y conocimientos técnicos de enorme nivel. Pero este texto no llegó más que a quien quiso leerlo, que fuimos cuatro gatos. Después, Serrano se perdió en un laberinto de autorías de los exabruptos que desembocaron en algo tan inaudito como que alguien con acceso a su cuenta puso en ella aquella dinamita sin su consentimiento. Acto seguido, se retiró durante un mes de la vida pública, y en ello estamos.
Pero un diputado autonómico de VOX que se caracteriza por ese tacto y elegancia al que aludía al principio, Alejandro Hernández, portavoz parlamentario desde hace meses, apechó con la situación, criticó abiertamente a Serrano por su descuido y encarriló el accidente con suprema mano “izquierda” pero sin arriar bandera alguna.
No obstante, no acaba ahí la historia. Cuando parecía que las dichosas redes ya habían jugado todas las malas pasadas a VOX, una nota del partido en su cuenta oficial nacional y con logo y bandera incluidos lanza improperios groseros y hasta chabacanos a  destacados miembros de Ciudadanos. No voy a reproducir aquí lo expuesto por el autor de dichas increpaciones, como no lo he hecho con los otros mensajes, pero sí voy a reproducir las palabras de Alejandro Hernández cuando toda la izquierda y parte de la no izquierda andaluza se le echó encima en sesión parlamentaria: “No estamos orgullosos de esas comunicaciones. Le pido disculpas (a Ciudadanos) por lo que a mí respecta”. Obviamente, el portavoz tuvo que limitarse a hablar en su nombre (aunque en sede parlamentaria), pero ahí quedó la cosa.
Dos pinceladas para situar ambos deslices comunicativos en sus respectivos contextos temporales: Las acometidas de Serrano contra la sentencia del Supremo (que, al parecer no eran suyas) tenían lugar justamente cuando el alto Tribunal acababa de comenzar el estudio de otra sentencia, la del intento de secesión de Cataluña, en la que el único partido que se ha personado como acusación popular ha sido VOX, cuyo secretario general, Javier Ortega Smith, ha ejercido dicha función, como toda España ha podido constatar día a día.
Y el otro dato: El mensaje del perfil oficial de VOX desde la dirección nacional suscitó los ataques de la oposición andaluza durante el debate en el que se discutía una proposición no de ley presentada por dicha formación ante el asedio permanente y sistemático sufrido a lo largo de la joven legislatura. La propuesta se aprobó, pero descafeinada y sin citar al partido.
VOX, también por redes, quiso suavizar sus salidas de tono, aunque como en el caso de Serrano el remedio fuera peor que la enfermedad: “Nuestro CM de verano, aunque tenga razón, debe vigilar el lenguaje. No podemos garantizar que si Ciudadanos se empeña en dar los gobiernos al PSOE, esto no vuelva a suceder.”
Pues estamos listos con los gestores de las redes sociales. Hay que reconocer, y bien lamentable que es, que los partidos de siempre controlan mucho mejor las suyas. Y eso, en una oferta electoral nueva que acoge a cincuenta mil afiliados y tiene representación ya en las cámaras de la Nación, de las regiones y de los municipios de toda España, es imperdonable. Urge ponerse las pilas, amigos de VOX. Las redes sociales no pueden ser un salvoconducto para el insulto en un partido tan serio y necesario para la España de nuestros aciagos días.

domingo, 23 de junio de 2019

DE LOS "DOWN" A LOS MÓVILES INTELIGENTES


Los conocidos como tiempos modernos, que hace casi un siglo ya escarneciera Chaplin, nos han traído maravillas, sobre todo en el terreno técnico-médico, aunque a decir verdad muchos de los problemas que la ciencia ha resuelto o paliado los había creado ella misma. Hoy me voy a referir, de nuevo, al más escalofriante de todos: el aborto. Soy consciente de que cada día que pasa resulta más arriesgado hablar de ello desde un punto de vista digamos crítico. Ocurre siempre que se pone en solfa un dogma. Pero la fuerza de amigos que se mueren, la única verdad incuestionable, me arma de valor, sabiduría y humildad.
Tienen ustedes en El Confidencial un reportaje de esos que algún día alguien repescará para hacer un trabajo sobre la historia de la (des) Humanidad, como hoy desempolvamos archivos clasificados de un ayer tenebroso. También actualmente se tapan  cosas con paladas de silencio, el mejor impermeable para aislar el cuerpo de la vergüenza y el frío. Dicha pieza periodística revela cómo la sociedad española ya no oculta a los que de adolescentes llamábamos tontos en el armario más recóndito de nuestras casas... porque ya van quedando muy pocos. “Claro, es la buena alimentación, las vacunas, la vida sana, el deporte”, dirán ustedes. No, es el aborto, señoras y señores. En cuarenta años hemos pasado de tener 300.000 “downs” entre nosotros a 35.000, un 88 por ciento menos. Noventa y cinco de cada cien madres embarazadas en España a las que se detecta un hijo con esta trisomía en el cromosoma 21 deciden no tener a sus bebés. Mala suerte para ellos. De los 400.000 nacimientos anuales, sólo 150 se libran de la “ive” letal. A este paso, en 2050, por fin, España se librará de nuevos down: no nacerá ninguno.
La eliminación de barreras morales, de escrúpulos humanitarios y de cualquier factor reflexivo que suponga una traba para la selección artificial imitadora de la darwiniana caracteriza a la civilización de los derechos humanos menos el de la vida que se autodenomina “progresismo”. El desprestigio, cuidadosamente diseñado, de cualquier valor tradicional, ha permitido la asunción social de los datos estadísticos antedichos como lo más normal.
¿Hasta cuándo? Puede que sean los historiadores los mejor preparados para ayudarnos a interpretar el carácter cíclico de nuestra especie. Quienes hemos leído algo que no se nos haya impuesto —ya sé que somos excrecencia— tenemos la sensación de haber visto esta película no una sino muchas veces, como si se tratara de un Sísifo neurótico que sólo se siente real transportando la misma piedra sobre sus espaldas una y otra vez, incansable y angustiosamente.
Si pasean a menudo (yo lo hago, por motivos de salud) por nuestras ciudades, habrán comprobado que ya es muy difícil recorrer veinte metros a ciertas horas sin que estemos a punto de llevarnos, como en el rugby, un pechugazo de alguien, generalmente joven, que se comunica con el mundo circundante a través de su dispositivo móvil. Y es que en nuestro mundo moderno, los teléfonos inteligentes han sustituido a los down. ¿O son algunos usuarios de esmarfones los que ocupan su lugar? Ustedes recordarán la moda cinematográfica y apocalíptica que veía en los ordenadores una amenaza de tiranía capaz de esclavizar a los padres de las “criaturas”. No nos hemos dado cuenta, pero, como decía la niña de “Poltergeist”, “ya están aquiíiii”. Son los móviles, amos y señores de los “nativos” que los usan en un mundo donde ya apenas nacen deficientes porque todos vamos camino de sobrevivir en una isla de humanos robotizados y domesticados por unos pocos programadores adscritos al capital o a su enemigo. Piénsenlo y verán como no les miento.

jueves, 6 de junio de 2019

VALORES DE USAR Y TIRAR


La palabra “consenso” era de significado desconocido para el común de los españoles hasta que la Transición la puso de moda. Su implantación en la vida pública, incluso en parcelas de la social y hasta familiar, respondía a la alargada sombra de aquel conflicto apocalíptico que hizo confesar a Francisco Franco a su primo y secretario: “Una guerra civil es lo peor que le puede pasar a un pueblo”. Frente al garrotazo goyesco —sucedáneo gráfico para una población desarmada de los fusilamientos gabachos— se imponía la búsqueda, más o menos desesperada, de la paz futura, ya que la pasada seguía siendo fruto de armisticios sin cuartel.
Pero cada época histórica tiene su vocabulario, incluso su semántica. Lo que en el 76 quería decir la palabra “consenso” hoy tenemos que traducirlo por chalaneo. De hecho, las elecciones ya carecen del valor que antes tenían y que siempre habíamos conocido: unos ganaban, otros perdían; los primeros formaban gobierno, los otros iban a la oposición. Y si se conformaban mayorías innovadoras cualificadas y sólidas, el sistema iba mutando imperceptiblemente. Los primeros años de Felipe González fueron un ejemplo de libro de cuanto digo, con cuestiones de fondo que pasaron como si fueran puro trámite: independencia judicial, integración en la OTAN, aborto, intervención de Rumasa, reforma/revolución educativa y sobre todo un mapa autonómico cargado de transferencias que convirtió a España en irreconocible hasta llegar a la nación —o sea, a la soberanía nacional— como “concepto discutido y discutible”. Hay que admitir que en esto de camuflar subversiones profundas so capa de procesos progresistas de obligado seguimiento por depender del ritmo y el rumbo de la Historia los socialistas han sido siempre maestros indiscutibles. Y para demostrarlo, ahí está Rodríguez Zapatero, transformando España para, a continuación, acercarla al modelo chavista.
Agotado y rebasado incluso por la izquierda el programa socialista, los partidos con representación parlamentaria, todos menos uno, andan zarandeados por el destino aritmético en pos de los consensos, hoy llamados pactos. Y los grandes náufragos son los valores. En los setenta, hubo muchos valores, por parte de flancos diversos, que se quedaron en el camino, en aras del consenso pacificador. Se dejaron mucho más que pelo, tiras de piel, en la gatera. Pero lo que estamos viendo hoy es infinitamente más grave. Es la desconfiguración completa del sistema de fuerzas, de sus idearios, la feria de mercaderes en la que se pone en almoneda lo que haga falta con tal de alcanzar cuotas de poder. Las exigencias que se están disparando, especialmente desde sectores del PP y de Ciudadanos, teóricamente afines, sobre VOX para que ceda al ninguneo y apoye ciegamente a cualquier cosa que evite la horrenda palabra —“Carmena”— en las instituciones es mucho más que lamentable. Es descorazonador, por evitar epítetos que alguien pudiera “malinterpretar”.
La llamada “atomización”, que no es sino pasar de dos grandes partidos nacionales a cinco (algo sumamente saludable) obliga a pactar, desde luego. Pero para pactar hay que sentarse a hablar. Ahí, en torno a una mesa, mirándose a la cara, es donde cada cual debe hacer valer su respaldo popular. Lo de Ciudadanos no tiene nombre. Trata a los casi tres millones de votantes de VOX exactamente igual que si no existieran. Son tres millones de apestados, indignos siquiera de dirigirles la palabra. Es, sin duda, una política suicida —la Historia es larga y a menudo pasa factura—y encima les culpa de bloquear el cambio. ¿No será que Ciudadanos ha estado siempre más cerca del PSOE (no de Sánchez) que de cualquier otra cosa? ¿No será que lo que les pide el cuerpo a sus dirigentes es el continuismo con las viejas políticas felipistas y aún zapateristas de patrimonialización de la voluntad popular de modo que se identifique democracia con socialismo para perpetuarse —no importan las siglas— en el poder y seguir guiando la mentalidad política de las generaciones indefinidamente?
Y ojo, porque esta ideología relativista de valores de usar y tirar según sople el viento del mercadeo cortesano ha contaminado de lleno al Partido Popular, muchos de cuyos votantes son los que se han quedado en casa mientras los del eterno socialismo sanchopancista han escuchado la campana andaluza y se han apresurado a ponerse en cola. Todo parece depender de que el único de los cinco grandes partidos con el que no se quiere negociar, el menor, el más joven, renuncie a sus principios, es decir a todo lo que tiene, para que los que de él dependen pero no le hablan, ocupen el ansiado puente de mando. Lo que pasa es que VOX, al menos hasta hoy, no se vende y a día de hoy los primeros necesitan a los últimos para serlo.

jueves, 4 de abril de 2019

ESPABILAOS Y FRANCOS


No hace mucho escribía aquí de la división social, artificial como todas, entre “manteníos” y pagadores, sucedáneo de aquella otra, clásica, entre explotadores y explotados, que tan cara resultaba a nuestros queridos marxistas. Hoy me refiero a otra división que, creo, está aún más de actualidad, porque sustenta esa rebelión silenciosa que con toda probabilidad hará históricas las elecciones del próximo 28 de abril. Me ha abierto los ojos una amiga con un comentario al hilo de cierta injusticia consistente en poner un espacio público de gran talla a disposición de una obra menor, de carácter literario. Por mi trabajo, yo había asistido a grandes acontecimientos en dicho lugar, pero jamás habría osado, ni por asomo, pretender beneficiarme del privilegio que suponía usarlo para mi provecho. Y es que las instituciones públicas hace mucho tiempo que dejaron el sentido de la medida y la recompensa del mérito en el perchero.
A raíz de aquella reflexión, mi amiga me lanzó una gran verdad a la cara: “Es que tú no espabilas”. Ciertamente. No me hizo Dios para eso, qué se le va a hacer. Mi tendencia, que atribuyo también a influjo divino, a ser sincero casi siempre, sobre todo cuando hay algo importante para alguien en juego, me ha proporcionado un discreto pasar, ajeno a las glorias del mundo. Este aura mediocritas que me acompaña cuando friso los míticos sesenta cumpleaños se lo debo al desprecio de la mentira, junto a un indeclinable sentido del deber, que es el que me ha permitido no morir de hambre.
Si hace un tiempo, también aquí, qué remedio, me refería a mi encuentro con “la Andalucía de los estantes vacíos” (así se titulaba el artículo) que ponía en riesgo mi vista, ahora, y también con mis ojos como víctimas, vuelvo a padecer el dichoso “desabastecimiento de medicamentos”, con el aplazamiento “sine die” de la primera inyección intraocular que necesito para que el azúcar no me deje ciego. La anulación se produjo la víspera de la cita. Y la enfermedad avanza sin que, a la hora de redactar estas líneas, sepamos cuándo podré inyectarme. Pero esto, con ser desolador —llevo cotizando a la Seguridad Social desde los 20 años— no es lo peor. Lo grave, dramático, miserable, es que esto mismo suceda con personas aquejadas de cáncer, o con esos 800.000 andaluces en listas de espera para operarse que salen a la luz ahora y que eran las vergüenzas ocultas de la “joya de la corona” (Díaz dixit).
Son éstos sólo unos ejemplos, sanitarios, de hasta qué punto la vida nacional española ha quedado desdoblada en la de los espabilaos y la de los sinceros. Por simplificar para resultar didácticos. Porque los medicamentos no escasean por casualidad. Los espabilaos viven del sistema, aprovechando sus hemorragias múltiples, como la esclerosis burocrática que es el principal distintivo de la Administración española. Decía Iván Espinosa, vicesecretario de Vox, ante empresarios de Sevilla que abarrotaban el gran salón del Círculo de Labradores, que el estado español es el mejor del mundo en cuanto a funcionamiento de dos frentes con sus respectivos organismos: la Agencia Tributaria y la DGT. Ambos están unidos por su carácter recaudatorio. ¿Se traduce después esta eficacia en servicios públicos de calidad? Ustedes mismos.
Cincuenta años de modelado social al gusto de la izquierda entre socialdemócrata y comunista han configurado primero el estado y después la sociedad española. Quedan, como los últimos de Filipinas, los resistentes, que, hartos de ver cómo su lealtad a los valores heredados de sus antepasados es sepultada por los espabilaos de ganancia rápida y fácil, se mueven y remueven para sacudirse la costra ultraconservadora del estatu quo vigente, impreso como de plantilla desde los manuales del marxismo-leninismo. Naturalmente, la reacción de los ultraconservadores —léase los espabilaos del régimen socialista— es virulenta. Si pierden el dominio de las mentes, por ejemplo porque las familias se vean revitalizadas y el papel de la mujer como madre realzado, lo pierden todo, principalmente los fondos públicos con los que se alimentan sus asociaciones y que se detraen, entre otras cosas, de las medicinas.
Los espabilaos están nerviosos, porque los sinceros, que siempre han sido una amplia mayoría, aunque no sé si profundamente convencida de llevar razón, ya no aguantan más. Éstos han perdido muchas batallas. ¿También la guerra? El 28 de abril empezaremos a comprobarlo.

martes, 19 de marzo de 2019

DEL PUNTILLERO A LA METAMORFOSIS


De niño, cuando aparecía en aquel viejo Telefunken la imagen gris y negra del puntillero, no podía evitar apretar los dientes y arrugar el rostro. Mientras la plaza se caía en ovaciones y el diestro miraba a la presidencia, el puntillero cumplía con su obligación de verdugo o de oficial que descarga el tiro de gracia sobre la nuca de la bestia vencida. Hay suertes en la Fiesta Nacional que llenan de música el ambiente: un lote de capotazos valientes, un juego de muñecas con pericia a la muleta o un quite a tiempo justo de evitar la tragedia. Hay otros que anuncian al puntillero o mucho peor: al reguero de sangre en el callejón camino de la enfermería.
A España hay quien anda empeñado en darle la puntilla. O la estocada mortal de la suerte suprema. Hubo alguien que asistió hierático a la faena, desde la barrera, para a continuación salir sin ser notado antes de que el toro doblara. Y eso que era el empresario. A él también podríamos anotarle algo del oficio de puntillero. Aunque a decir verdad, quien mejor ha representado ese papel es el espontáneo que se ha echado a la arena sin estar en el cartel. Si por ambos fuera, España sería hoy cenizas.
Pero en esto del ruedo ibérico también se producen metamorfosis. Cuando la tarde parecía acabar en debacle, en frustración y desgarro, surgen oportunidades nuevas, y asoman cabezas que parecían no existir en el horizonte. En el preciso instante en que el puntillero se disponía a clavar en el morrillo bravo su aguijón frío, el animal moribundo, criado en libertades, se iza, ahuyenta a sus enemigos y vuelve a buscar el trapo, nostálgico de la dehesa.
Es la metamorfosis de una España pertinaz en ser ella misma desde Hispania hasta el noble futuro que nos aguarda, si lo merecemos. A un costado de la estación y las vías del ferrocarril cordobés se pueden contemplar, desde fuera y a través de una malla metálica, las ruinas del yacimiento de Cercadilla, sacrificado por el AVE. En un artículo anterior he hablado de este episodio tan poco memorable. Abandonado hoy, pese a estar señalizado y mostrar catas aquí y allá, es posible rastrear unos restos que arrancan de los tetrarcas imperiales romanos —fueron los palacios de Maximiano— para seguir los pasos de la decadencia y ser después la sede episcopal católica. En total, seis siglos de presencia allí de lo más selecto de la cultura occidental. ¿Y por qué allí? Porque a su lado pasa la vía augusta, que ponía en comunicación el lugar con Roma. Después, la invasión islámica relegaría aquel terreno a refugio de la población cristiana, finalmente dispersa. Aquello pasó a ser necrópolis primero y muladar  después, hasta que los túneles del AVE se dieron de bruces con el enterrado criptopórtico de un palacio imperial único en el mundo, atravesándolo por la mitad.
Pero allí están las piedras que dan fe de que el solar hispano ha estado siempre en el corazón de la cultura europea, porque siempre se negó a desaparecer. Tras la veladura de la extinción, España se autorregenera y encuentra, sistemáticamente, el camino de su metamorfosis.

domingo, 17 de febrero de 2019

Y AHORA, ¿QUÉ?


Una vez más, España parece haber conseguido lo más difícil, la hazaña consistente en hacer brillar en el último instante la luz justa y necesaria para que las vergüenzas queden iluminadas ante todo el mundo. Unas semanas más de Sánchez y su cohorte evacuando asuntos en consejos de ministros y el daño hubiera sido irremediable para toda una generación de españoles. Abierta la vía eslovena con la admisión a las conversaciones de un “relator” — figura prevista por las Naciones Unidas para mediar con carácter vinculante en conflictos armados o en riesgo de serlo— ya todo podía ocurrir, como de hecho han intentado los sedicentes, colando la autodeterminación no como cosa nueva sino como parte de lo ya pactado. Un relator no es, como la ministra del “dixi y pixi” ha querido hacer creer —jamás renunciar al engaño— alguien que hace un relato. Eso es un cuentista, un narrador, un cronista o un secretario de actas. A los efectos que nos ocupan, un relator es alguien que un ente externo a las negociaciones a emprender —nunca a otras en curso— elige y nombra, con la aquiescencia previa de las partes, para poner a estas en relación, que se miren a la cara, que se comprometan ante él a respetar acuerdos tras seguir unas pautas de trabajo ordenadas y equitativas. Pero lo primero que ha de haber para que actúe un relator es el reconocimiento mutuo de la igualdad de estatus; se tienen que reunir dos interlocutores iguales en todo. ¿Es el Gobierno autonómico de Cataluña igual en todo —equiparable y equiparado— al de España?
Hemos conjurado, pues, el mayor peligro en el que se ha visto nuestra Patria desde la Guerra Civil. Y todo por el apego enfermizo al poder de unos políticos que nadie ha elegido más allá de la militancia de un partido que cuenta, todavía, con 84 diputados de 350. Dar gracias a Dios, sobre todo los que tenemos hijos, se queda muy corto. Debemos conservar la memoria fresca de cuanto han supuesto estos ocho meses, al igual que la tenemos muy reciente de lo que significó el felipismo y su extremismo zapaterista antes de que el durmiente registrador aterrizara en la Presidencia para envidia de los insectos palos.
Los navegantes avezados saben que tras las tempestades nunca hay tiempo que perder. Tirarse al palo es un suicidio. Los tres partidos a los que cabe el honor de haber sido insultados, y quizás algo más, por la todavía ministra de Justicia se encuentran en un serio aprieto: O hacen algo más, mucho más que campaña electoral o el giro histórico que acabamos de conseguir gracias a su manifestación conjunta de Colón puede quedarse en el mayor fiasco de nuestro futuro. O espabilan preparando unos programas creíbles, razonables, ambiciosos y generosos, verdaderamente apolíticos en el mejor sentido del término, o todo habrá sido para nada.
Lo digo y lo escribo porque observo cierta dejadez, acompañada de reincidencia partidista, en las actitudes de sus líderes, que o bien miran más a la galería de los votos fáciles que al compromiso con los ciudadanos o bien tiran por elevación con riesgo de que los proyectiles les caigan en la cabeza. La unidad de acción, bien que coyuntural y pragmática, es, hoy por hoy, una prioridad para quienes en la Plaza de Colón, a la sombra de la bandera y el himno, han proclamado el fin de un abuso de poder gigantesco que ya había naufragado en Andalucía. Tienen una obligación moral con toda esa gente que lleva votándolos siempre o que no les ha votado nunca. Da igual, es gente noble, de cualquier posición social o cualquier punto de nuestra geografía. Es gente que merece una respuesta ágil, contundente, tan cohesionada como la del domingo que cambió el signo de nuestros días como empresa colectiva en camino hacia mejores horizontes que los ya hollados.
Por lealtad, respeto y consideración hacia esos corazones esperanzados que aguardan el 28-A con un nudo en la garganta mientras ven corretear a sus vástagos —muchos ya nietos— por las calles y plazas de una España que le quieren legar unida como la recibieron, los políticos del triunvirato —sí, señora ministra, del latín tres varones— revuelto contra la dictadura de la izquierda y los separatismos han de guardarse sus lugares comunes, los escudos con los que se hacen la guerra entre sí, los rancios cordones sanitarios mientras se toman un cafelito con los castristas, y volver la mirada, por una vez —no va a haber otra— hacia la vida común de los españoles, que son los que importan.

lunes, 4 de febrero de 2019

UN RAYO DE LUZ EN LOS GOYA

https://www.youtube.com/watch?v=gLwqrJEe270
Como cada edición, y van treinta y tres, la gala de los Premios Goya del cine español se han convertido en mirador desde el que vocear las fobias de la izquierda española. Algo que debería ser aséptica plataforma de encomio y estímulo para el séptimo arte nacional deriva siempre, porque así se concibe desde sus responsables, en caldera de altas temperaturas donde se cuece el alimento de lo políticamente correcto —es decir, del pensamiento único inspirado por el ataque a todo lo tradicional, sea bueno, malo o mediocre—. No merece la pena seguir criticando algo que no admite análisis sino aceptación incondicional o de lo contrario pagar el precio del desprecio más absoluto que implica la totalitaria condena al ostracismo, como ha ocurrido con Vox.
Es el momento de encumbrar una voz categóricamente positiva y que supone una vía de agua definitiva para el monopolio de la dictadura pseudointelectual que ha primado hasta hoy en los ambientes cinematográficos españoles, es decir en la estrategia comercial de una producción obligada a pasar por el aro de las subvenciones si quería sobrevivir. Y esa voz es la del mejor actor revelación, que sedujo con su autenticidad a todo aquel no empeñado en seguir los dictados del prejuicio imperante. Porque esta persona, que tan magistralmente encarnó a su personaje, dedicó su “discurso”, también colosal, a una gratitud desinteresada, al contrario que quienes han apoyado su “éxito” en cruzadas opíparamente regadas por los fondos del Poder. Las palabras de Jesús Vidal, que dejaron en suspenso la respiración de la España viva por unos instantes, para tomar aliento con ellas de cara al futuro, estuvieron dedicadas a sus compañeros de equipo creativo, pero sobre todo y hasta el final, grandioso final, a su familia. Fue ante todo y para siempre, un canto a la familia muy por encima de programas políticos y a años luz de compromisos de índole crematística, con olvido total de los lazos familiares, a los que otros “goyas” nos tienen acostumbrados.
Es de justicia agradecer, huyendo de cualquier tentación partidista, a este inmenso actor, que preparó el terreno para que “Campeones” se alzara con el gran premio de los Goya, el de mejor película (verdadero final feliz de la gran alfombra roja), su franqueza, transparencia, fidelidad y libertad a la hora de resumir el éxito de su vida en algo tan familiar como haber nacido hijo de sus padres, hermano de sus hermanos, primo de sus primos… Escuchemos muchas veces las palabras de Jesús, porque en ellas está la España que late con fuerza en hogares, trabajos, aulas y calles, Y retengamos para reiterarla cada día a los cuatro vientos de nuestra Nación, su última y rotunda frase: “Queridos padres, a mí sí me gustaría tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros.”

https://youtu.be/qJ0a0ojYAcA

domingo, 27 de enero de 2019

400 FAMILIAS, 200.000 EUROS, 75 TONELADAS…


Son algunos, pocos, de los datos que la Hermandad sevillana de Pasión destina a la caridad, según figura, al alcance de todos, en la revista Iglesia en Sevilla, número 189, semana del 27 de enero al 2 de febrero de 2019; es decir, la última edición. Como sospecho que doña Rocío Ruiz, flamante consejera de Igualdad, Políticas Sociales y Conciliación, no frecuenta las iglesias, le facilito estos datos porque en la página web archisevilla.org puede consultarlos. La Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Pasión creó en el año 2008 una fundación asistencial para ampliar las labores de la Diputación de Caridad. Así reza en la página 10 de la antedicha publicación. Intentaban los hermanos de Pasión “dar respuesta al mayor número posible de problemas sociales de nuestro entorno. Para ello necesitábamos allegar nuevos recursos tanto de instituciones públicas como privadas”. La movilización de estos hombres y mujeres que cada Jueves Santo visten la túnica de la Merced por las calles de Sevilla, dando testimonio de su fe en acto penitencial ha permitido multiplicar por cinco en seis años la acción y el número de beneficiarios, en buena parte sobre la base de la búsqueda de subvenciones.
Así como lo leen. De un cesto de servicios y ayudas sociales de 40.000 euros en 2011 se han sacado 200.000 en 2017. Del mismo cesto, que contenía 15.000 kilos de alimentos hace seis años, han salido 75.000 kilos. Pasión ayuda con lo básico a personas sin recursos o en riesgo de exclusión social integradas en 400 familias, presta auxilio a “instituciones que atienden a colectivos especialmente vulnerables”, ofreciendo aportaciones económicas a “personas en situación de pobreza, exclusión y marginalidad”.
Pero más allá de los datos, en un mundo en el que tantas estadísticas son manipuladas, está la dedicación personal, el voluntariado, “desde la creencia de que es posible transformar la sociedad y hacerla más justa con el concurso de personas que pueden entregar su tiempo, sus capacidades, su voluntad y su compañía a quienes lo necesitan”. Y ahí le duele, señora consejera. No sólo catalizan los donativos y las subvenciones para acercarlos a quienes lo necesitan, lo cual ya requiere a un “personal” desinteresado que hace posible el milagro, sino que en esto hay gente dispuesta a entregar su vida, día a día, por los demás. ¿Le suena, señora consejera? ¿Y por qué lo hacen? Continuemos leyendo en la página 10 de “Iglesia en Sevilla” lo que nos cuenta el hermano mayor de Pasión: “Como cristianos, debemos poner en la acción social algo más que dar, que es relativamente fácil; lo difícil es darnos a nosotros mismos. Ahí es donde reside la auténtica caridad cristiana. Todos los hermanos de Pasión y las personas que compartimos la fe y esperamos ser mejores cristianos estamos llamados a esta misión.”
  Y como obras son amores, tome nota, por favor, señora consejera: Pasión ha puesto en marcha un hogar para chicos procedentes de familias desestructuradas, “donde reciben no sólo casa y comida, sino, sobre todo, cariño.” Y, por si fuera poco, ha montado un centro para discapacitados psíquicos “con el que, además de ayudar económicamente, se comparten vivencias como excursiones o fiesta de Reyes”.
Pero no acaba ahí la eficacia solidaria de Pasión. “Abogados de la Merced”, la “estrella” del año 2018, es la manera que tiene la Hermandad de celebrar VIII centenario de la Orden Mercedaria. Su finalidad es “visitar a los encarcelados”, en sentido amplio, o sea, prestar asistencia, orientación y asesoramiento jurídico a los internos de cara a su reinserción social. ¿Le suena esto también, señora consejera?
Pero nada más lejos de la realidad pensar que todo esto ha envanecido a los cofrades. Nada de eso. “Deberíamos trabajar aún más por extender la acción de caridad y por potenciar eficazmente la formación cristiana. No es lógico que a las actividades de formación acudan tan pocos hermanos. Si las hermandades deben sustentarse sobre tres grandes pilares —culto, caridad y formación—, estos deben ser iguales en tamaño y potencia para sostener una verdadera hermandad de cristianos, para que, desde una vida de auténtica hermandad, seamos capaces de evangelizar con nuestras acciones.”
Añado yo: Un cristiano ha de ser ante todo, aprendiz de la misericordia divina. Por tanto, hemos de dar un margen de confianza a la señora consejera para que, con sus hechos y sus palabras, demuestre que aquellas otras palabras de antaño, estampadas negro sobre blanco y gravemente ofensivas para los cofrades, han quedado superadas por el tiempo y la rectificación. El caso de Pasión, con ser meritorio, no es, ni mucho menos, único. Tampoco es extensible a todas las corporaciones nazarenas, desde luego. Pero está ahí, es un hecho incontestable. Es la verdad. Mucho más veraz que aquel artículo lamentable por el que cualquier persona pública, que representa y se debe a una comunidad de ocho millones de ciudadanos, debería pedir disculpas claras, contundentes y lacradas con el marchamo de su conducta.
Digo yo.

viernes, 11 de enero de 2019

EL EXTRAÑO CASO DE LA "DERECHA EXTREMA"


Expresión ésta acuñada un no tan lejano día por el entonces presidente del Gobierno, como secretario general que era del Partido Socialista —tras varios intentos infructuosos de buscar un sucesor duradero a Felipe González—, José Luis Rodríguez Zapatero. No recurrió a ella en campaña electoral al inicio de su carrera hacia la Moncloa, probablemente porque no se vio urgido a ello ya que por entonces ninguna encuesta le presentaba como competidor para el delfín de Aznar. Pero aquellas bombas que todo lo cambiaron a bordo de unos trenes en el corredor del Henares transformaron las previsiones políticas del leonés y su percepción del arco parlamentario. La suya y la de la generalidad de los españoles. Lo que hasta entonces era centro pasó a ser, oficialmente, derecha, desplazando el fiel de la balanza hacia la izquierda. Aunque en realidad, todo había empezado mucho antes.
Y lo había hecho con esa identificación subrepticia entre democracia e izquierda de estirpe marxista en la que ha crecido mi generación, que es aquella del “Yo soy aquel negrito, del África tropical…”. Como por ensalmo, pero mediante unas tácticas demagógicas de eficacia irrefutable, la socialdemocracia logró en España lo que no había podido en el resto de la Europa occidental: que todo el mundo asumiese, subliminalmente, la “obligatoriedad” de sentirse igualitarista si realmente se quería un futuro participativo. Se borraron las diferencias sociales, salvo, claro está, la de los aparatos de los partidos, las nomenclaturas, esa clase superior que debía gestionar —controlar— con su gran ojo la democracia.
Con ZP este proceso alcanzó su paroxismo. Colocado en la Presidencia del Gobierno contra todo pronóstico y casi por un tétrico azar (algo similar, aunque mucho más dramático que la moción de censura de Sánchez), elevó la mitología dogmática del socialismo —lo que podríamos llamar “monopolio de la licitud”— a categoría de unanimidad entre los españoles, moviendo con más ahínco si cabe que hasta entonces el arco parlamentario hacia el “fin natural” de éste: la extrema izquierda. Pero nadie rechistó. El aborto pasó de ser una opción en tres supuestos (que nunca se habían vigilado) a todo un derecho, aunque se introdujera como tal en la segunda legislatura sin ir en el programa y aprovechando la mayoría absoluta. Por cierto, que aún aguardamos el fallo del TC. Y de ahí hacia abajo, todo fue coser y cantar para “normalizar” medidas que transformaron en pocos años la percepción de los ciudadanos con respecto a “lo que debía ser la política”.
Como decía, al final y a medida que la crisis mundial se cebaba con la vulnerable economía española, Zapatero fue introduciendo en el léxico habitual de la ciudadanía la expresión “derecha extrema”, y no la ubicaba fuera del arco parlamentario, sino en el partido de la oposición. Ahora, esa “derecha extrema” se ha desgajado de aquella oposición, en vista de la línea seguida una vez que el mencionado desbarajuste financiero desterró, provisionalmente, al PSOE del poder nacional, y los socialistas no han perdido un minuto en señalarla como encarnación de todos los males. Saben que, ideológicamente, esa “derecha extrema”, ahora “extrema derecha” según ellos, era, simplemente, la derecha antes de que ellos fueran forjando la idea, excelentemente asentada en la población española, de que lo “natural” es la izquierda. El fiel de la balanza ha basculado repentina y abruptamente en Andalucía a posiciones más centradas hacia la derecha, y eso, con lo que de ninguna forma contaba la izquierda, puede suponer el fracaso histórico del proyecto, lento y paciente pero firme, que puso en marcha la izquierda europea ya desde los estertores del mayo francés.
Asistimos, en cuestión de semanas, a una extraña mutación del lenguaje: lo que las primeras crónicas tachaban de “extrema derecha” con tintes nazifascistas, va siendo ya —casi 400.000 votos gravitan mucho— sólo “derecha radical” o meramente “derecha”, y eso quiere decir algo. Es un movimiento de fondo lo que está en marcha, la recuperación del libre albedrío, que brilla con luz propia frente al intento inconfesable de arrasar a la persona y ocupar el lugar de la conciencia personal con el peso laminador del estado omnipresente, aunque se disfrace de autonomías. Y esto no es derecha extrema, sino la emergencia de respirar en un país libre, convencido de ser responsabilidad confiada a cada uno de sus hijos.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Y AUSTERLITZ FUE WATERLOO


Doscientos trece años han pasado desde que los campos de un poblado de nombre Austerlitz quedaran sembrados de cadáveres tras la batalla en la que Napoleón demostró, por enésima vez, su habilidad como estratega militar. Aquel terrible combate, que duró nueve interminables horas, supuso, entre otras muchas cosas, el final del Sacro Imperio Romano  Germánico, que durante cerca de setecientos años había dominado Europa. Bonaparte lo fulminó un 2 de diciembre de 1805, derrotando a otros dos emperadores: el zar Alejandro I de Rusia y Francisco I de Austria. El ariete francés fue el mariscal Soult, que años más tarde vaciaría Sevilla de murillos valiéndose de su prepotencia y llevado por su rapiña enfermiza.
Otro 2 de diciembre marcaría, muy lejos de Austerlitz, el declive de un imperio más lóbrego y efímero pero que, como el del corso, y en realidad como todos los imperios, se las prometía y nos parecía a todos inextinguible. Napoleón revalidó aquel 2 de diciembre su dominio sobre el continente, colonias incluidas, convirtiendo la fecha en una apoteosis de poder, ciertamente sangriento, ante el que ningún enemigo se perfilaba como temible. ¿Influyó, aunque fuera inconscientemente, en la cabeza de Susana Díaz todo eso a la hora de convocar elecciones coincidiendo con la efeméride? ¿Sabía la presidenta de un Gobierno ocupado siempre —durante 36 años— por su partido político que el 2 de diciembre había sucedido todo eso en Austerlitz? Lo dudo. Por mi parte, confieso mi ignorancia al respecto hasta que he visto una película, ya antigua, sobre la batalla, y he indagado.
En todo caso, si alguien en el PSOE andaluz asoció ambos acontecimientos —el choque entre los ejércitos y la consabida victoria electoral en Andalucía—, ha debido sufrir una sorpresa mayúscula, porque aquí, en el Sur de España, Austerlitz ha sido el Waterloo de los socialistas. Como es conocido, en esta localidad a veinte kilómetros de Bruselas, Napoleón fue vencido, diez años más tarde, por una alianza liderada por el Duque de Wellington, aquel que respondió a un conmilitón cuando éste le preguntó cuál era su plan con unas broncíneas y pocas palabras: “Cumplir con nuestro deber”. Algo parecido ha debido responder Santiago Abascal a quien le interrogara acerca de sus previsiones preelectorales. Sé de la mejor tinta que horas antes de salir a la arena estaba literalmente “acojonado” porque no contaba con sacar más de cinco diputados. Fueron doce, en la más insólita hazaña democrática que vieron los tiempos recientes en la piel de toro.
Así que Austerlitz fue para la izquierda andaluza lo que Waterloo para Napoleón, su fin, al menos por cuatro años. Mi generación, esa del baby boom que comentaba hace poco en “estas páginas”, no creía ya alcanzar a conocer el ocaso del imperio socialista en Andalucía. Y menos tras la maniobra de táctica en corto desarrollada por Sánchez en Madrid. Pero la vida es sorprendente, y tal vez en ello radique su mayor atractivo. De modo que sí, hemos visto el gran cambio producirse casi de la noche al día, y ya Napoleón-Psoe no campa por sus respetos en suelo andaluz. Es más, y teniendo en cuenta que esta región es el granero de votos socialistas en España, todo parece indicar que es válido extrapolar los datos de aquí (escribo en Sevilla) al resto de la Nación (es hora de rescatar lo que la Constitución nos enseña y la coalición infame ha querido borrar).
Sí, en Andalucía ha empezado —siguiendo con los símiles históricos— la reconquista de dos valores olvidados deliberadamente: el patriotismo y el sentido común. Es decir —¿a qué negarlo?— lo que la izquierda llama las derechas. Pues así se llamaba la Ceda (Confederación Española de Derechas Autónomas) de Gil Robles, de quien circula por Internet un vídeo muy necesario porque señala, antes de su promulgación, los dos talones de Aquiles de la Carta Magna: la partitocracia y las “nacionalidades”.
A por el mar…
Cabría recuperar también una vieja canción de la izquierda, y aplicarla al momento presente, es decir, a todo lo contrario que entonces: “A por el mar…” Aquel poema de Aute era una metáfora no de la democracia sino del socialismo que suelen ser términos mal avenidos. Ahora el mar es otro, pero es el mismo: el ansia de libertad. También Nino Bravo cantó a la libertad, a la que ahora se abre camino, aquella por la que un joven idealista berlinés perdió la vida entre alambres de espino por querer salir del paraíso comunista.
Las tres virtudes teologales
Hoy, el secretario general de Vox, Javier Ortega Smith, ha hecho unas declaraciones al salir de la sesión inaugural de la legislatura en el Parlamento de Andalucía. La imagen de hoy era absolutamente inimaginable hace sólo un mes. Los líderes de Vox han llevado a cabo una campaña heroica, sin medios, en solitario, abandonados por los medios de comunicación  hasta que las encuestas empezaron a situar al partido en el mapa del futuro. Han sufrido desprecios de toda índole hasta el día mismo de los comicios, hasta que uno de esos periódicos publicó, al cierre de las urnas, un titular histórico: “Vox dinamita la estructura política de Andalucía”. Hoy, en el Parlamento, a cielo abierto, Ortega tenía ante sí una nube de micrófonos con distintivos de todos los colores. Las vueltas que da la vida. Y es que si Andalucía cambia de sentido será gracias a un partido que hace un mes no era nada en la vida pública española y hoy puede decidirlo todo. Detrás hay casi 400.000 ciudadanos que le han dado su confianza sin mediar propaganda alguna, sólo con saber que existía y que le guiaba una única bandera, la nacional. Realmente es un milagro sociológico.
La fachada del edificio renacentista de Hernán Ruiz —el mismo que diseñó los cuerpos cristianos de la Giralda— donde se ubica la cámara andaluza presenta un frontón triangular en el que el artista incardinó las figuras de las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. No en vano, estas tres damas hacían juego con otra mujer pionera y espectacularmente abierta a las necesidades humanas de verdad, cual fue Catalina de Ribera, la fundadora del hospital de las Cinco Llagas, el mayor de la Europa de su tiempo. Esta es la cara luminosa de la Sevilla de las pestes, como lo fue ese otro sevillano universal, precisamente cultivador de la caridad y sus rosales, Miguel Mañara. Los diputados que se reúnen dentro lo hacen al amparo de esas representaciones iconográficas. El espacio que ocupara el altar mayor está cubierto ahora por un repostero gigantesco con el escudo de Andalucía que alumbró Blas Infante. Allí está Hércules con los leones y las dos columnas del Estrecho. Pero en piedra, mirando a la ciudad, las tres gracias cristianas presiden a su manera. Sólo deseo que inspiren a los nuevos gestores del pueblo que habita entre Pulpí y Ayamonte para que el lema autonómico, que es el mismo que el blandido por Vox, “Andalucía por/para España” sea una realidad.


lunes, 24 de diciembre de 2018

UNA FOTO CON ESTRELLA


Bar La Estrella, en la calle del mismo nombre, establecimiento de hostelería sumamente esmerado, sin resultar pedante, situado en la zona más alta de la Sevilla primitiva y llana. Ofrece una suculenta cocina y un servicio inmejorable. Tal vez por eso está casi siempre al completo. La clientela ayuda mucho a que sea un lugar agradable y plácido: está compuesta en dos terceras partes por turistas extranjeros silenciosos y detallistas y el resto por paisanos finos. Está decorado en dos niveles nítidamente separados: el más bajo es un zócalo de azulejos, antiguos unos reproducidos otros, que le dan un inconfundible sabor a comercio doméstico sevillano. La segunda altura está poblada por una colección de fotografías antiguas de la ciudad que siguen la tradición barroca local del “horror vacui”. Las cabezas de toro que asoman de las paredes completan el exorno del local.
Aquella noche, mi mujer y yo nos asomamos para ver si el azar nos deparaba una mesa libre. Atisbamos al fondo una para dos. Ya sentado, y llevado por mi curiosidad fotográfica, me entretuve en recorrer algunas de aquellas imágenes que formaban una galería de memoria visual remota en el tiempo y próxima en su aparición ante mis ojos.
Fue un instante concreto. Encaminaba esa mirada hacia los ojos del toro cuando los míos se detuvieron como se golpea un clavo con fuerza para fijarlo de un solo martillazo. Ni un músculo cambió de posición, si no fueran los del habla para decirle a mi esposa, una y otra vez: “Me estoy quedando de piedra”. ¿Qué había captado mi atención hasta tal extremo, de hacerme sentir una estatua? Allí, en una esquina, exactamente frente a mis retinas, en el ángulo perfecto para que aquellos personajes dirigieran en línea recta sus caras hacia mí, estaban algunos de mis antepasados.
Yo había recorrido aquella fotografía mil veces. La había ampliado en la pantalla como antaño se hacía con el cuentahilos para comprobar la calidad del huecograbado. Era —es— una de esas fotos animadas, “llenas de vida”, dijo al verla mi compañero Manuel Ferrand, que la escaneó cuidadosamente. Procedía de una placa de cristal tirada allá por los años iniciales del siglo XX. Podría precisar la fecha: el 26 de octubre de 1913. Aquel día, una muchacha de 26 años, Josefa Vera y Olaya, se casaba en la parroquia de San Bartolomé de Sevilla con su tío viudo, José Pérez Basso, un hombre singular a quien he dedicado un libro que espero me publique pronto el Ayuntamiento de la ciudad con las doscientas fotos halladas, también inopinadamente, en un álbum engrosado a lo largo de su vida por este personaje de cuento que trabajó sin cuento hasta hacerse merecedor de una medalla del trabajo… en 1930.
Mi estupor no decayó fácilmente. Mi mujer sintió algo parecido al girar la cabeza. Ella conocía también aquella foto tan marcadamente cinematográfica. Y es que allí estaba la novia, sentada en el columpio de un cobertizo, el día de la boda, y rodeada de la familia. De mi familia. Los que posaban justo frente a mí eran mis abuelos, Julio y Lola. El resto es como una pintura de Velázquez, equilibrada composición, luz justa, ligeramente lateral, gama de grises repartidos como el cuadro de un ballet. Todo se había “improvisado” excepto el trabajo del fotógrafo, que había puesto a cada uno en su sitio, formando diagonales de mayores y más jóvenes, con una niña, Trini, escoltando como dama de honor a la contrayente. Nadie ríe, no ha lugar a las estridencias. Pero todos muestran esa alegría vaporosa de los sevillanos antiguos. El “decorado” es de una casa de “la Ibérica”, en Nervión. Entonces las bodas se festejaban con moderación casera y los matrimonios duraban toda una vida (perdón, dos).
Esta foto fue incluida en un serial del diario ABC de Sevilla, que aún no existía cuando se tomó. De ahí que estuviera colgada en aquella pared frente a la que yo había ido a parar.  Pero, ¿estaba aquella silla vacante para mí aquella noche en aquel lugar por el que yo en otro tiempo pasaba cada día para estudiar periodismo?
Olvidaba decir que el artista que reveló primorosamente con sus manos aquella foto, realizada en una cámara de cajón que él mismo se había fabricado, era mi bisabuelo Pepe, el novio. Por eso él no sale, aunque está en el amor con el que fue hecha.

domingo, 9 de diciembre de 2018

VOX Y LA CARA OCULTA DE LA LUNA

Va cuajando la evidencia de que hemos entrado en una nueva época política, equidistante de todo lo anterior, por más que los muñidores de la violencia callejera llamen a sus huestes a resucitar regímenes de garras afiladas en busca de presas fáciles. Vox se ha convertido en un fenómeno social, en el pararrayos capaz de catalizar votos extraviados por un ecosistema ideológico agotado y agujereado de corruptelas que, por ejemplo, han obligado a la Audiencia de Sevilla a señalar juicios para 2020, porque el año próximo —electoral— no da abasto con las piezas separadas de los “eres” y otras lindezas proporcionadas por cuatro décadas de monopolio en el poder.
Éste es el paisaje próximo actual, visto desde esa Andalucía española que ha proclamado Vox para salir de las catacumbas. Y a fe mía que lo ha conseguido. Hablaré pronto, detenidamente, de éste que es el auténtico cambio, o hasta mutación en el pensamiento imperante de los andaluces, avanzadilla histórica de la nueva reconquista en valores y por la vía democrática. Pero hoy prefiero, para desintoxicarme de la saturación, irme a la Luna, para referirme a otra cara oculta hasta ahora.

Los chinos, ese pueblo cuyo imperio empieza a ser la Tierra entera, quieren colonizar también la Luna, y para ello, como en aquella película primitiva de Meliès, han lanzado un cohete que en lugar de ciudadanos chinos lleva de tripulación, o al menos de pasaje, semillas de patatas, gusanos de seda y una flor de nombre lírico y evocación nocturna —arabidopsis— cuya elección es un misterio, como casi todo lo oriental.
Lo más “alucinante” de todo, sin embargo, es que la expedición se dirige a la cara oculta de Selene (así se llama además el proyecto espacial). ¿Y por qué? Pues porque ese otro rostro del Jano celeste está libre de interferencias electromagnéticas terrestres. La Luna no ha visto nunca la Tierra con los ojos que le dan la espalda. Chang`e-4, que así se llama la sonda, va a clavarle su punta al satélite en un ojo inocente, incontaminado de las telecomunicaciones, los motores y las tormentas de nuestro Planeta, al fin y al cabo satélite también del Astro Rey. Un sofisticado instrumental permitirá acercarse, otra vez, al Génesis (ahora llamado, científicamente, Big Bang). La agencia oficial (como todo allí) china Xinhua explica que un espectrómetro de radio de baja frecuencia ayudará a los científicos a comprender “cómo se encendieron las primeras estrellas y cómo nuestro cosmos emergió de la oscuridad después del Big Bang”.
Es la primera vez que el ser humano pone, si no los pies de un Armstrong de paso corto y mirada larga como la Guardia Civil, sí las máquinas, acompañadas de la simiente de la patata, de una flor y de unas larvas artesanas de crisálidas sobre la faz desconocida del meteoro más cantado por los poetas, los grillos y los pescadores. El espejo que alumbra con su magia las noches andaluzas de luna llena, el de Parasceve que anuncia la Pasión de Cristo, el que marca el ritmo de las mareas o la fertilidad de las parejas, el que brilló acunando los pies de la Virgen en el Apocalipsis, acoge ahora un puñado de orugas tejedoras de la seda, la tela más suave que tanto se ha aplicado al cabello femenino, otro puñado de papas germinales (¡ay, ese olvido chino de los huevos, que permitirían hacer tortillas españolas en la cara oculta de la luna, y de paso poner una granja de gallinas!), y un ejemplar de la primera planta cuyo genoma se secuenció por completo.
Decididamente, los chinos le van ganando la nueva carrera espacial —y otras más terrenales— a los norteamericanos, como ya hicieran los rusos con Gagarin, aunque para ello tuviera que morir antes la perrita Layka y todo un zoológico. La NASA anda liada con Marte, y ya ha preanunciado no sé cuántas veces que ha descubierto vida allí, para lo mismo decir mañana. Los chinos, más pacientes, han preferido quedarse más cerca, pero indagar donde nadie antes había probado suerte. ¿Cómo van a hacer para oxigenar a las plantas y los hacedores de capullos? Ni idea. Ya habrán inventado algo, como han hecho con los aparatos que nos venden para espiarnos. Lo que no consiga un chino…
Coda: Y aquí en las dehesas extremeñas y de la banda gallega en general, los puercos de capa negra pastan las bellotas de la montanera para convertirse en jamones… que también comprarán y degustarán los chinos. Así, como lo leen. Si les gusta el jamón —o sea, si son personas de orden—, vayan buscándose una hipoteca, porque el viaje del gran chino a Madrid ha servido, entre otras muchas cosas de índole presupuestario, para contratar la compra de añadas enteras de jamón del bueno, lo cual, sin duda, redundará en un encarecimiento de las pocas patas que nos dejen a los de aquí. Cosas de la deuda pública occidental y de la disciplina comunista.

jueves, 29 de noviembre de 2018

ANDALUCES "MANTENÍOS" Y ANDALUCES HARTOS

Cuarenta años de socialismo anacrónico bajo unas mismas siglas han configurado en el sur de España un “paisanaje” muy concreto, que podríamos reducir, esquemáticamente, en términos marxistas en dos grandes grupos: los “manteníos” y los hartos. Me explico. El término “mantenío” no es mío. Es de acuñación popular, que diría un lingüista estructuralista. Procede, como las coplas flamencas que tanto juego dieron a la Generación del 27 o a los Machado, de la inspiración anónima, de esas letras que vienen del pueblo y al pueblo van tras pasar por la pluma de los poetas. En este caso, de los sociólogos. Supe de la existencia de este participio calificativo por el obispo auxiliar de Sevilla, como creo haberlo escrito ya en alguna otra ocasión. Sustituía el hombre al titular en una reunión multitudinaria con “fuerzas vivas” de la archidiócesis y se le ocurrió relatar una anécdota para ilustrar una categoría. Y es que, visitando una barriada muy deprimida de Sevilla (algunos “estadistas” o profesionales de las estadísticas dicen que la más pobre de la España urbana), quiso preguntar a los chavales de un colegio aquello de “Y tú ¿qué quieres ser de mayor?”. Y el chicuelo se descolgó, como un resorte, con una vocación vital preclara: “Yo, mantenío”. “¿Cómo que mantenío? ¿Y eso qué es?” “Po eso es lo que es mi hermano, que va sacando paguitas y chapucitas de un sitio y de otro, y vive mu bien, sin tené que trabajá”.
Ésta es la educación que están recibiendo en la Andalucía del PSOE —no ha habido otra—  las distintas generaciones de niños confiados al sistema que Susana Díaz pretende perpetuar, una vez más. Es la Andalucía de los “manteníos”, ya sea del campo o de la ciudad, de arriba (que también los hay, y muchos más seguramente  de lo que parece) y de abajo, que ya sólo esperan el maná de ir tirando en negro y con cartillas de racionamiento del empleo hasta la jubilación, mientras se habla con unos y con otros, que tienen mano en la Junta para que los “niños” se coloquen en alguna empresa pública sin más filtros que el amiguismo.
Ésos son los “manteníos”, legión por cierto en una tierra irredenta y acostumbrada a sobrevivir de migajas que caen de la mesa de las promesas electorales. Los otros, los “hartos”, lo son supuestamente por “ricos”. Para los “manteníos”, según los manuales de la demagogia socialista impartida desde los púlpitos de la televisión y los sindicatos, los “ricos” son los que tienen un puesto de trabajo ganado a pulso tras años de hacer méritos, saber lo que se firma y decir no muchas veces, incluso a los jefes. Son los que hacen su declaración de la renta formalmente cada año y ven cómo a partir de un determinado día del calendario todos sus ingresos son para impuestos que se le retienen de la nómina, sin posibilidad de fraude. Son los que trabajan a destajo con la furgoneta de reparto, pagando el gasoil religiosamente, el IVA, Sociedades si se tiene una eseéle, el seguro, el sello del Ayuntamiento, la iteúve, pasando de los 3 a los 43 grados centígrados, cargando y descargando a riñón cubierto de faja para las lumbares… Y luego en casa, la hipoteca, la comida, la luz (¡Ah, la luz, y los gastos fijos que comporta para que el estado siga alimentando la demagogia del partido España 6 - Francia 60 centrales nucleares!), el gas, las medicinas (de los estantes vacíos, léase el artículo anterior), los muebles de Ikea porque son más baratos aunque haya que llevarse el domingo montándolos en lugar de descansar), y como mucho el lujo del fútbol…
Hay otros muchos “ricos”. La tipología ha de ser, necesariamente, grande, para sostener a tanto “mantenío” y tener “pacificado” al personal. El “mantenío”, como el buen salvaje de Rousseau, era bueno de nacimiento. Pero no era tonto, y se fue maleando a instancias del poder socialista, que es el verdadero beneficiario de todo esto. En el mundo de ayer, que diría Stephen Zweig, había beneficiados que gozaban de prebendas en catedrales y parroquias. Hoy, este estamento es más bien una casta, y son los intermediarios en la redistribución de la riqueza entre “hartos” y “manteníos”, los “dominadores” y “dominados” de la teoría marxista. Como siempre, el que parte y reparte se lleva la mejor parte. Él o sus amigos, como se está viendo en esas sesiones judiciales de la Audiencia sevillana en la que se investiga y juzga a qué se destinaban los impuestos que podríamos llamar, coloquialmente  “IERE”, aunque con hache quedarían más ajustados a la realidad: “Himpuestos de los ERE”.
Alguno se preguntará por qué he bautizado como “hartos” a los “ricos”, es decir, a los donantes a la fuerza en este paraíso socialista del “Novecento” español. Pues muy sencillo. No, precisamente, porque estén hartos de ganar dinero o malgastarlo —algunos, o tal vez muchos serán así, ¿a qué negarlo?—, sino porque esa buena gente está ya “harta de estar harta” y seguir pagando la fiesta de los paniaguados. Para mí que, por la vía de las urnas, esto podría cambiar como en su día cambiaron las cosas en aquella sociedad estática de herencia medieval que tanto se parece a ésta decimonónica de mitos y tópicos de la izquierda de la que tan harto está tanto andaluz de buena fe, de bolsillos esquilmados y estigmatizado hasta la saciedad por negarse a seguir las consignas de una Andalucía victimista, fracturada en dos y que desde hace cuatro décadas sólo conduce, peligrosamente, utilizando el espejo retrovisor de la izquierda, que es la mejor manera de colisionar de frente con el futuro. 

lunes, 19 de noviembre de 2018

LA ANDALUCÍA DE LOS ESTANTES VACÍOS


Existen líneas rojas invisibles que los responsables públicos de las sociedades nunca deberían traspasar. Pero como se trata de fronteras transparentes, al menos en un principio, los profesionales de la política las pisotean a su gusto. La Andalucía del estraperlo —un invento catalán, por cierto, del que se benefició intensamente el radical Lerroux, el emperador del Paralelo— nos parece muy lejana, anclada en tiempos de carestía brutal, durante una postguerra seca, penosa y angustiada en la que los niños sólo sobrevivían a la tuberculosis si sus padres conseguían en el mercado negro las dosis mínimamente necesarias de penicilina.
Pero en ocasiones, el fantasma monstruoso del desabastecimiento reaparece inesperadamente, haciendo realidad pesadillas hace tiempo desterradas del “mundo de los vivos”. Es lo que está pasando hoy mismo en una región de la Europa comunitaria que el día 2 de diciembre va a elegir a sus gestores, también a los sanitarios.
Acabo de subir de intentar, infructuosamente, en varias farmacias la compra de un medicamento vital para hacer lo que estoy haciendo en este momento: escribir. Y lo es porque la tensión de mis ojos sólo se mantiene controlada gracias a este tipo de colirios, de amplio consumo social por otra parte. Carecer de ese fármaco, como le ocurre a una parte de la población africana de color, equivale a sufrir un daño en el nervio óptico de carácter irreversible; es decir, la ceguera.
Pues bien, el sistema de subastas establecido por la Junta socialista de Andalucía y seguido por otras comunidades autónomas de diverso signo político, ha provocado que “Cosopt” —que así se llama la medicina en cuestión— se halle ausente del mercado por haberse agotado en los almacenes. Ellos, los del Psoe, han largado hasta la saciedad de los “recortes de Rajoy”, pero son ellos, los del puño y la rosa, los responsables de que no haya en las farmacias la salvación de la vista para muchos andaluces. Ellos, los mismos que repartieron centenares de millones de euros alegremente, según preferencias discrecionales y al parecer arbitrarias, en expedientes de regulación de paro. Ellos, los que dejaron que “encargados del cortijo” celebrasen las subvenciones destinándolas a prostíbulos y pagando con tarjetas negras. Ellos ponen en peligro inminente mi capacidad de seguir usando la libertad de expresión que también ellos quieren manosear a su antojo.
El chavismo, los estantes vacíos, la corrupción multiforme, la inflación astronómica, las colas de racionamiento, el socialismo en su versión más cruda y genuina, llaman a la puerta, porque medicinas como ésta, o como ocurriera no hace mucho con la Metformina, necesaria para que un millón de andaluces puedan luchar contra la diabetes, son de vez en cuando de imposible adquisición en este paraíso igualitario en el que, de vez en cuando, muchos no pueden acceder al derecho a la salud. Circula una larga lista oficial de medicamentos en falta, como el Dalsy, para bajar la fiebre de los niños. Aquí sólo destaco uno vital para quien esto escribe.
Mientras, las universidades despilfarran en una investigación a menudo inútil pero que les permite recibir fondos públicos de una Administración que saca votos de ello, pregonándolo debidamente a través de los gabinetes de Prensa y propaganda, también engrasados de lo lindo con esos mismos fondos. ¿Hay algún estudio en marcha que cuantifique los perjuicios para la población que a medio y largo plazo tendrán estas interrupciones (éstas sí que lo son, no las “ives”) en el tratamiento de los ciudadanos —en mi caso, andaluces—, sobre todo en los grupos más vulnerables? Porque ahí sí que somos todos iguales: a todos se nos niega lo que hemos estado pagando durante decenios, el coste de nuestros cuidados sanitarios. ¡Qué gloria de régimen! ¡En Andalucía, cuarenta años pagando impuestos a quienes ahora ni siquiera nos devuelven los preparados que los mismos médicos del SAS nos prescriben! Esto es lo que tenemos.
Hasta ahora, los previsores ahorrábamos por si algún día la sanidad pública, como era de esperar, quebraba. Pero es tal el intervencionismo despótico impuesto por el Partido Socialista durante estas cuatro décadas en Andalucía que ni con dinero se puede comprar ciertas medicinas, por la sencilla razón de que el mercado sólo facilita lo que la Administración le paga. ¿Volverá el estraperlo de los remedios eficaces? Nada me extrañaría ya.

miércoles, 31 de octubre de 2018

CON LA IGLESIA HABÉIS TOPADO, AMIGO SÁNCHEZ


Para un observador atento, determinados hechos históricos, aparentemente contingentes, marcan jalones sin vuelta atrás y llamados a desempeñar papeles decisivos en el devenir de los pueblos. Tal sucede con la nota hecha pública por la Santa Sede, con toda la oficialidad del escudo pontificio que campea sobre ella. El ex embajador socialista en el Vaticano, Francisco Vázquez, lo ha subrayado sin remilgos: es un hecho sin precedentes.
¿Sabe el Gobierno de Sánchez dónde se ha metido? Bueno, en realidad, habría que preguntarse, desde el día mismo de la moción de censura que alineó al Psoe con sus aliados tácticos si Pedro Sánchez y sus ministros saben dónde están de pie. La jugarreta que han pretendido gastarle nada menos que al Secretario de Estado de la Iglesia Católica y Apostólica reviste los tintes que apuntaba el otro día Rosa María Mateo dirigiéndose a un diputado en Cortes elegido por el pueblo español, no como ella ni quien la ha nombrado. Pero, aparte la catadura moral que a cada uno le merezca la maniobra gubernamental, es tan burda, tan soberanamente pedestre, que cubre a esta promoción de políticos aupados al poder por ya sabemos quiénes, de la peor capa que un mandatario puede arrastrar: la torpeza.
Son imperitos en todo, y han querido engañar públicamente a la más antigua diplomacia del mundo. Son lerdos y han pretendido tumbar a un cardenal con nuncios en el orbe entero valiéndose de un comunicado del gabinete de propaganda al servicio de un doctor que lo es porque copió párrafos enteros de su tesis. No saben dónde se han metido. Imagina quizás la vicepresidenta que en Roma, más allá de la Vía della Conciliazione, rige también la Ley de Memoria Histórica, ese empeño contumaz por repasar las asignaturas suspensas en el último siglo de vida nacional. Pero la raya blanca que cruza el suelo de San Pedro es algo más que un adorno. No la pisaron ni los nazis cuando buscaban a los judíos refugiados por Pío XII, mucho menos la representante de un Gobierno que ha hecho de una sepultura el campo de batalla de sus ideas.
Las palabras las carga, a veces, el diablo, porque él sabe muy bien que en el principio era la Palabra, y que habita entre nosotros. Y eso debe de dolerle tela. Calvo intentó manipular una entrevista cortés en la que el jefe de los embajadores del Papa le escuchó con delicadeza y educación exquisita. Confundió —algo muy común entre los socialistas— el respeto con la sumisión, la disposición al diálogo con la aceptación servil de lo que ella dictaminara, la independencia de su interlocutor con el seguidismo de sus propios postulados. Y la Eminencia, que lo es también en sabiduría —libro de la Biblia, le recuerdo a la ex ministra de Cultura— y en talla humana, ha hecho lo mismo que cualquier otro que estuviera en su lugar y cargo: puntualizar que él no está a las órdenes del Gobierno español sino del Santo Padre, quien a su vez no pierde ocasión de recordar que es Dios y no el hombre quien decide la historia.
Sí, con la Iglesia habéis topado, amigo Sánchez. Habéis pasado a los anales como el Gobierno que arrancó a la Oficina de Prensa de la Santa Sede un comunicado, horas después del vuestro, desmintiendo vuestros embustes. No, ni las inmatriculaciones de inmuebles (sobre todo de esa espinita que tiene clavada la vice y que se llama Mezquita-Catedral de Córdoba), ni los impuestos, ni tan siquiera los abusos (¡qué gran nobleza aprovecharse de este cáncer de la Iglesia!) han servido de nada para forzar la conciencia de la Santa Madre Iglesia, que entierra a sus hijos donde quiere y éstos le piden por sí o por sus herederos espirituales, no donde le dictan los habituales del decreto ley.

lunes, 22 de octubre de 2018

La acreditada marca de estudios y análisis sociales Metroscopia ha elaborado un sondeo, que publican los medios del grupo Henneo (por ejemplo, 20 Minutos) y que otorga a Vox un 5 por ciento de intención de voto, a nivel nacional, con posibilidad, incluso, de formar grupo parlamentario propio. Libertad Digital se hace eco de ello. Reproduzco a continuación un artículo publicado en este mismo blog el pasado 6 de abril, titulado "La hora Vox", y recomiendo la lectura del comentario que hoy mismo acompaña a la información sobre dicho sondeo en el "rotativo" mencionado, del que doy enlace.

LA HORA VOX

La atroz tesitura actual de la política española podría llevarnos a múltiples consideraciones, según el corte de la realidad que eligiéramos. Pero todo es inútil si no miramos al futuro. Cada vez está más claro el fracaso de la partitocracia, un plato que si alguna vez ofreció aroma apetitoso, eso fue hace tanto tiempo que ya sólo provoca náuseas. Los esfuerzos desesperados de la izquierda, con la anuencia de la derecha, por tapar el mal olor actual con la relectura beligerante del pasado, hasta el extremo de castigar económicamente a quien ose destacar las bondades de una época con sus luces y sus sombras, como todas, revela, de una forma descarada y descarnada, la insuficiencia letal de un discurso agotado, incapaz de proponer nada para reconstruir un país devastado por las corrupciones.
Es, pues, la hora de una alternativa nueva, bien imbuida de valores claramente manifestados, algunos arrinconados en el desván de la Historia y otros proclamados a diario y sistemáticamente burlados por los profesionales del engaño. Es la hora VOX. Hay que recordar —y mucho, porque la amnesia colectiva es un atributo muy español— que esta formación política, sustentada en la figura icónica de José Antonio Ortega Lara (532 días, uno detrás de otro, en un “zulo” etarra, aclaro para jóvenes recién llegados y maduros olvidadizos) y en el tesón valiente de Santiago Abascal (diputado del PP en las Vascongadas cuando eso equivalía a un salvoconducto hacia la tumba) se ha mantenido, en la más cruda soledad, al pie del cañón de la acusación popular contra el secesionismo catalán. Y que gracias a esas tres letras el procedimiento para defender a España de los separatistas no ha decaído. Son los abogados de VOX los que han hecho posible que el Estado de Derecho mantenga la compostura frente a sus atacantes, muy especialmente su secretario general, Javier Ortega, que no rehúye si hace falta el debate a cara descubierta con los acosadores en la televisión oficial catalana, insólitamente tolerada por el Gobierno del 155.
La perseverancia en el empleo de la Ley para instar a la persecución judicial del delito sedicioso es un servicio a varias generaciones de españoles que debería recibir en próximos comicios el premio electoral merecido. Ignoro si será así. Todo tiene un final, hasta la indiferencia de un pueblo frente a la lenidad de sus autoridades y a la bastardía de sus lobos. Confío en que la gente recapacite y comprenda, entre otras cosas, que es preciso elegir, ya, entre autonomías y pensiones, que nada de lo que está pasando con una región española hubiera sido posible sin la presencia absurda e insostenible de diecisiete parlamentos regionales; que no debe pasar ni un día más sin que una gran nación histórica como ha sido la española se plantée qué debe hacer para evitar que el precio de la libertad de una mujer sea acabar con la vida de su hijo; que las parejas del mismo sexo tengan su reconocimiento legal sin que haya de ser necesariamente el matrimonio —que es otra cosa— y sin que su derecho a ser padres sea algo separado del derecho de los hijos a tener padre y madre; que la enseñanza libre es algo reservado en primer lugar a las familias, de las que el Estado sólo puede ser garante, no suplantador; que la solución a la violencia no está en generar rencor; y que la economía o respira o se muere, porque tampoco existe la economía de Estado.
Son algunas de las cuestiones que no admiten dilación, y que nada, absolutamente nada tienen que ver con el reparto de poder, los pactos de pasillos o la propaganda. La liberación de Ortega Lara, esa hazaña gloriosa de nuestra Guardia Civil, fue seguida del mayor punto de inflexión que una opinión pública hasta entonces notoriamente anestesiada por el miedo, haya experimentado en sus respuestas al terrorismo: el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un grito se abrió entonces paso en las plazas de España: “¡Basta ya!”. Este lema, unido en nuestra memoria a mares de manos blancas, despertó una lluvia de conciencias, incluso dentro del mundo etarra, y desde luego modificó la actitud de mandatarios extranjeros, sobre todo franceses, creando las condiciones para terminar con “el santuario”, y de paso con las conexiones de Perpiñán, que recorren como un acuífero el subsuelo de lo que está pasando en Cataluña.
Al sacrificio inimaginable de Ortega Lara debemos en buena parte la extinción de una lacra que nos ha atormentado durante medio siglo. Y a la persistencia cívica de sus compañeros en VOX, así como a la clarividencia de Felipe VI, tendrá que agradecer España, simplemente, seguir existiendo. Porque si fuera por otros…
https://www.20minutos.es/opiniones/momento-vox-francisco-camas-garcia-3470891/

lunes, 15 de octubre de 2018

LA ESPAÑA DEL "BABY BOOM"


Más allá de los clichés estereotipados con los que la izquierda acostumbra a saludar cualquier visión del mundo que no sea la suya, la presentación en sociedad con caracteres parlamentarios de una formación política con ideas claras y asentadas en el pensamiento conservador liberal y patriótico debe movernos a una reflexión muy seria acerca de lo sucedido en España desde la muerte del general Franco y lo que esté por llegar en los tiempos que se acercan.
Creo, sinceramente, que estamos ante un cambio generacional de los que marcan hitos en la Historia. Sin pretenderlo, esos dos millones escasos de independentistas —ya separatistas hiperactivos— que han removido las conciencias de españoles resignados a la aceptación de lo inevitable han cambiado el curso de la Historia. En realidad, se trata de un proceso en marcha en toda Europa y por las mismas razones que aquí: la generación del “baby boom” (la mía) ha despertado. Somos tantos, que habíamos desarrollado —a impulsos de oscuros intereses generalmente económicos— un espíritu pastueño confortable y muelle, confiados en que el desarrollo alcanzado durante los días de nuestra infancia, adolescencia y juventud era eterno. Pero la crisis de 2008 lo ha cambiado todo y, probablemente, para mucho tiempo, si no para siempre, al menos en Occidente.
Una sociedad que expulsa del mercado de trabajo a sus mejores, más cualificados y más expertos profesionales a los 50 años para absorber jóvenes seducidos por el señuelo de un enriquecimiento fácil y rápido a los que en realidad va a tratar como a siervos sin futuro es una sociedad terminal. Si a ello unimos el invierno demográfico, es decir, la caída libre de la natalidad frente al envejecimiento de las generaciones del “baby boom”, el cuadro es tan apocalíptico que hasta mis acomodados coetáneos estamos respondiendo a los estímulos. Por ejemplo, al del director general de la Seguridad Social, que se acaba de permitir el lujo de recordar a la generación del “baby boom” que sólo habrá pensiones hasta que ella empiece a cobrar, dentro de diez años. La extrema izquierda que cogobierna en las sombras ya ha presionado, además, para que el Estado se vaya incautando de los planes de pensiones, última tabla de salvación de la generación del “baby boom”.
Coincide este complejo plantel de ataques a mi generación con la llegada masiva de inmigrantes sin documentar y por la fuerza de los hechos consumados. Van para 37.000 personas las que han entrado ilegalmente en España durante lo que llevamos de año. Eso lo dice todo.
¿Quién está pagando todo esto? ¿Contra qué supervivencia va la solidaridad incontrolada? Obviamente, contra la del “baby boom”, que se ha llevado toda la vida cotizando, casi siempre por decreto, para ver cómo su vejez pende de un hilo por culpa de una pésima gestión por parte de los dos partidos hegemónicos de la democracia, de la ideología dominante, dictada por la izquierda naturalmente, y del desorden confiscatorio que ofrece al mundo entero nuestras carteras generosamente. Ésas que han ido quedando esquilmadas a partir de nuestros despidos, porque el mercado quería gente joven a la que explotar mejor.
“La España viva”, rezaba el lema de Vox, coreado en Vistalegre y aledaños por 13.000 personas que acudían desde los más apartados rincones de la geografía nacional atraídos por lo mismo que llenó de indignación la Puerta del Sol o mejor aún la Piel de Toro de gritos como “¡Basta ya!” un no tan lejano día de luto y horror. Es como si la generación del “baby boom”, y otras, mayores y menores con ella, pusieran pie en pared de una vez y por todas, para hacerle un torniquete a esta España que se desangra por dos heridas: la agresión sistemática a los valores tradicionales y el derroche compulsivo de unas autonomías cuyos frutos han sido la secesión y el uso prostituido del dinero destinado a paliar el paro.
Hay una particularidad en todo esto. Algo que socialistas, peperos y separatistas han intentado disimular con éxito hasta que ya la manta no da para más: las generaciones del “baby boom”, las nacidas entre 1960 y 1975, ¡somos mayoría y lo vamos a ser hasta que nos muramos! Así que el invierno demográfico se va a convertir para sus instigadores de la socialdemocracia en su mayor enemigo. La pirámide de edad es panzuda y cada vez va a ir acumulando grasa más arriba. Pero el derecho al voto es vitalicio, a no ser que apliquen la eutanasia masivamente. Pero si continúa habiendo democracia en España hasta nuestro final, intentaremos que ningún Gobierno generalice el uso de la eutanasia. Es ley de vida, nada que ver con ideologías ni menos aún con partidos, estrategias electorales y otras zarandajas que tanto preocupan a los políticos actuales.
En la misma comparecencia mediática, el jefe de la S. Social hablaba del “baby boom” como si se tratara de un enemigo que ataca por sorpresa. Ellos, los que abren de par en par las puertas de la catastrófica sanidad pública española al universo mundo, no contaban con el “baby boom”. Pero resulta que llevamos cincuenta años aquí, hemos visto ya muchas cosas, somos la generación del desempleo (que irrumpió cuando llegamos nosotros al mercado laboral) y del terrorismo (sustituido, cuando ya teníamos muchos años, por el separatismo que es su consecuencia lógica). No nos chupamos el dedo, queridos socialistas. Sabemos que muchos de ustedes también son del “baby boom”, pero ustedes se han asegurado ingresos que nosotros no hemos podido alcanzar, entre otras cosas porque no hemos querido dedicarnos a la política. Nuestros padres nos educaron para que trabajásemos, si era preciso, tan duro como lo habían hecho ellos, para que fundásemos una familia (ya saben, un hombre y una mujer, abiertos a unos hijos y a unos nietos). Ustedes prefieren gentes y modelos de otros países —por ejemplo Venezuela o Irán—, otras culturas, otras religiones y completamente ajenos a la educación que nosotros recibimos. La generación del “baby boom” estaba hasta el gorro de oír hablar de la guerra como si hubiera sucedido el día de la víspera, como si nunca fuéramos a salir de allí. Ustedes, socialistas y peperos, nos han devuelto a esa música triste que nuestros padres —ellos no podían hacer otra cosa, ustedes sí— nunca lograron sacudirse de encima. Nosotros sí lo hicimos, ¿saben? Nosotros miramos al futuro, y cada día que pasa, tanto si nuestros padres viven como si no —mucho más si no viven— miramos a nuestros mayores con una gratitud que, al parecer, ustedes no son capaces de entender. Porque somos hijos de un tiempo, de unos principios, de muchas horas de clases, entonces aburridas, después muy útiles, que ustedes desprecian, como si toda España hubiera vivido una pesadilla huera que se despejó cuando ustedes llegaron para multiplicar por diecisiete los parlamentos, los gobiernos, los tribunales superiores, las embajadas, las lenguas, las culturas, y sobre todo los cargos públicos, el ejército de asesores y puestos de libre designación, los programas de las oposiciones, los sistemas sanitarios cerrados, los libros de texto escolares, el presupuesto de las universidades y academias, las subvenciones a asociaciones y oenegés, los eres, las tarjetas negras y las campañas electorales. Sin olvidar los consorcios y mancomunidades de ayuntamientos, las empresas y organismos públicos absolutamente superfluos pero copiosamente regados de fondos “que no son de nadie”.
En todo ello, queridos enemigos de Vox, se han ido las energías nacionales que este partido intenta recuperar antes de que los de la “estrellada” y los del concierto económico rematen la faena. Y todo eso lo hemos visto, en el patio de butacas, la generación del “baby boom”. Entre otras cosas, queridos socialistas de todos los partidos, como decía Hayek, porque nosotros hemos pagado el espectáculo y vamos a salir del teatro con una mano delante y otra detrás.