domingo, 9 de diciembre de 2018

VOX Y LA CARA OCULTA DE LA LUNA

Va cuajando la evidencia de que hemos entrado en una nueva época política, equidistante de todo lo anterior, por más que los muñidores de la violencia callejera llamen a sus huestes a resucitar regímenes de garras afiladas en busca de presas fáciles. Vox se ha convertido en un fenómeno social, en el pararrayos capaz de catalizar votos extraviados por un ecosistema ideológico agotado y agujereado de corruptelas que, por ejemplo, han obligado a la Audiencia de Sevilla a señalar juicios para 2020, porque el año próximo —electoral— no da abasto con las piezas separadas de los “eres” y otras lindezas proporcionadas por cuatro décadas de monopolio en el poder.
Éste es el paisaje próximo actual, visto desde esa Andalucía española que ha proclamado Vox para salir de las catacumbas. Y a fe mía que lo ha conseguido. Hablaré pronto, detenidamente, de éste que es el auténtico cambio, o hasta mutación en el pensamiento imperante de los andaluces, avanzadilla histórica de la nueva reconquista en valores y por la vía democrática. Pero hoy prefiero, para desintoxicarme de la saturación, irme a la Luna, para referirme a otra cara oculta hasta ahora.

Los chinos, ese pueblo cuyo imperio empieza a ser la Tierra entera, quieren colonizar también la Luna, y para ello, como en aquella película primitiva de Meliès, han lanzado un cohete que en lugar de ciudadanos chinos lleva de tripulación, o al menos de pasaje, semillas de patatas, gusanos de seda y una flor de nombre lírico y evocación nocturna —arabidopsis— cuya elección es un misterio, como casi todo lo oriental.
Lo más “alucinante” de todo, sin embargo, es que la expedición se dirige a la cara oculta de Selene (así se llama además el proyecto espacial). ¿Y por qué? Pues porque ese otro rostro del Jano celeste está libre de interferencias electromagnéticas terrestres. La Luna no ha visto nunca la Tierra con los ojos que le dan la espalda. Chang`e-4, que así se llama la sonda, va a clavarle su punta al satélite en un ojo inocente, incontaminado de las telecomunicaciones, los motores y las tormentas de nuestro Planeta, al fin y al cabo satélite también del Astro Rey. Un sofisticado instrumental permitirá acercarse, otra vez, al Génesis (ahora llamado, científicamente, Big Bang). La agencia oficial (como todo allí) china Xinhua explica que un espectrómetro de radio de baja frecuencia ayudará a los científicos a comprender “cómo se encendieron las primeras estrellas y cómo nuestro cosmos emergió de la oscuridad después del Big Bang”.
Es la primera vez que el ser humano pone, si no los pies de un Armstrong de paso corto y mirada larga como la Guardia Civil, sí las máquinas, acompañadas de la simiente de la patata, de una flor y de unas larvas artesanas de crisálidas sobre la faz desconocida del meteoro más cantado por los poetas, los grillos y los pescadores. El espejo que alumbra con su magia las noches andaluzas de luna llena, el de Parasceve que anuncia la Pasión de Cristo, el que marca el ritmo de las mareas o la fertilidad de las parejas, el que brilló acunando los pies de la Virgen en el Apocalipsis, acoge ahora un puñado de orugas tejedoras de la seda, la tela más suave que tanto se ha aplicado al cabello femenino, otro puñado de papas germinales (¡ay, ese olvido chino de los huevos, que permitirían hacer tortillas españolas en la cara oculta de la luna, y de paso poner una granja de gallinas!), y un ejemplar de la primera planta cuyo genoma se secuenció por completo.
Decididamente, los chinos le van ganando la nueva carrera espacial —y otras más terrenales— a los norteamericanos, como ya hicieran los rusos con Gagarin, aunque para ello tuviera que morir antes la perrita Layka y todo un zoológico. La NASA anda liada con Marte, y ya ha preanunciado no sé cuántas veces que ha descubierto vida allí, para lo mismo decir mañana. Los chinos, más pacientes, han preferido quedarse más cerca, pero indagar donde nadie antes había probado suerte. ¿Cómo van a hacer para oxigenar a las plantas y los hacedores de capullos? Ni idea. Ya habrán inventado algo, como han hecho con los aparatos que nos venden para espiarnos. Lo que no consiga un chino…
Coda: Y aquí en las dehesas extremeñas y de la banda gallega en general, los puercos de capa negra pastan las bellotas de la montanera para convertirse en jamones… que también comprarán y degustarán los chinos. Así, como lo leen. Si les gusta el jamón —o sea, si son personas de orden—, vayan buscándose una hipoteca, porque el viaje del gran chino a Madrid ha servido, entre otras muchas cosas de índole presupuestario, para contratar la compra de añadas enteras de jamón del bueno, lo cual, sin duda, redundará en un encarecimiento de las pocas patas que nos dejen a los de aquí. Cosas de la deuda pública occidental y de la disciplina comunista.

jueves, 29 de noviembre de 2018

ANDALUCES "MANTENÍOS" Y ANDALUCES HARTOS

Cuarenta años de socialismo anacrónico bajo unas mismas siglas han configurado en el sur de España un “paisanaje” muy concreto, que podríamos reducir, esquemáticamente, en términos marxistas en dos grandes grupos: los “manteníos” y los hartos. Me explico. El término “mantenío” no es mío. Es de acuñación popular, que diría un lingüista estructuralista. Procede, como las coplas flamencas que tanto juego dieron a la Generación del 27 o a los Machado, de la inspiración anónima, de esas letras que vienen del pueblo y al pueblo van tras pasar por la pluma de los poetas. En este caso, de los sociólogos. Supe de la existencia de este participio calificativo por el obispo auxiliar de Sevilla, como creo haberlo escrito ya en alguna otra ocasión. Sustituía el hombre al titular en una reunión multitudinaria con “fuerzas vivas” de la archidiócesis y se le ocurrió relatar una anécdota para ilustrar una categoría. Y es que, visitando una barriada muy deprimida de Sevilla (algunos “estadistas” o profesionales de las estadísticas dicen que la más pobre de la España urbana), quiso preguntar a los chavales de un colegio aquello de “Y tú ¿qué quieres ser de mayor?”. Y el chicuelo se descolgó, como un resorte, con una vocación vital preclara: “Yo, mantenío”. “¿Cómo que mantenío? ¿Y eso qué es?” “Po eso es lo que es mi hermano, que va sacando paguitas y chapucitas de un sitio y de otro, y vive mu bien, sin tené que trabajá”.
Ésta es la educación que están recibiendo en la Andalucía del PSOE —no ha habido otra—  las distintas generaciones de niños confiados al sistema que Susana Díaz pretende perpetuar, una vez más. Es la Andalucía de los “manteníos”, ya sea del campo o de la ciudad, de arriba (que también los hay, y muchos más seguramente  de lo que parece) y de abajo, que ya sólo esperan el maná de ir tirando en negro y con cartillas de racionamiento del empleo hasta la jubilación, mientras se habla con unos y con otros, que tienen mano en la Junta para que los “niños” se coloquen en alguna empresa pública sin más filtros que el amiguismo.
Ésos son los “manteníos”, legión por cierto en una tierra irredenta y acostumbrada a sobrevivir de migajas que caen de la mesa de las promesas electorales. Los otros, los “hartos”, lo son supuestamente por “ricos”. Para los “manteníos”, según los manuales de la demagogia socialista impartida desde los púlpitos de la televisión y los sindicatos, los “ricos” son los que tienen un puesto de trabajo ganado a pulso tras años de hacer méritos, saber lo que se firma y decir no muchas veces, incluso a los jefes. Son los que hacen su declaración de la renta formalmente cada año y ven cómo a partir de un determinado día del calendario todos sus ingresos son para impuestos que se le retienen de la nómina, sin posibilidad de fraude. Son los que trabajan a destajo con la furgoneta de reparto, pagando el gasoil religiosamente, el IVA, Sociedades si se tiene una eseéle, el seguro, el sello del Ayuntamiento, la iteúve, pasando de los 3 a los 43 grados centígrados, cargando y descargando a riñón cubierto de faja para las lumbares… Y luego en casa, la hipoteca, la comida, la luz (¡Ah, la luz, y los gastos fijos que comporta para que el estado siga alimentando la demagogia del partido España 6 - Francia 60 centrales nucleares!), el gas, las medicinas (de los estantes vacíos, léase el artículo anterior), los muebles de Ikea porque son más baratos aunque haya que llevarse el domingo montándolos en lugar de descansar), y como mucho el lujo del fútbol…
Hay otros muchos “ricos”. La tipología ha de ser, necesariamente, grande, para sostener a tanto “mantenío” y tener “pacificado” al personal. El “mantenío”, como el buen salvaje de Rousseau, era bueno de nacimiento. Pero no era tonto, y se fue maleando a instancias del poder socialista, que es el verdadero beneficiario de todo esto. En el mundo de ayer, que diría Stephen Zweig, había beneficiados que gozaban de prebendas en catedrales y parroquias. Hoy, este estamento es más bien una casta, y son los intermediarios en la redistribución de la riqueza entre “hartos” y “manteníos”, los “dominadores” y “dominados” de la teoría marxista. Como siempre, el que parte y reparte se lleva la mejor parte. Él o sus amigos, como se está viendo en esas sesiones judiciales de la Audiencia sevillana en la que se investiga y juzga a qué se destinaban los impuestos que podríamos llamar, coloquialmente  “IERE”, aunque con hache quedarían más ajustados a la realidad: “Himpuestos de los ERE”.
Alguno se preguntará por qué he bautizado como “hartos” a los “ricos”, es decir, a los donantes a la fuerza en este paraíso socialista del “Novecento” español. Pues muy sencillo. No, precisamente, porque estén hartos de ganar dinero o malgastarlo —algunos, o tal vez muchos serán así, ¿a qué negarlo?—, sino porque esa buena gente está ya “harta de estar harta” y seguir pagando la fiesta de los paniaguados. Para mí que, por la vía de las urnas, esto podría cambiar como en su día cambiaron las cosas en aquella sociedad estática de herencia medieval que tanto se parece a ésta decimonónica de mitos y tópicos de la izquierda de la que tan harto está tanto andaluz de buena fe, de bolsillos esquilmados y estigmatizado hasta la saciedad por negarse a seguir las consignas de una Andalucía victimista, fracturada en dos y que desde hace cuatro décadas sólo conduce, peligrosamente, utilizando el espejo retrovisor de la izquierda, que es la mejor manera de colisionar de frente con el futuro. 

lunes, 19 de noviembre de 2018

LA ANDALUCÍA DE LOS ESTANTES VACÍOS


Existen líneas rojas invisibles que los responsables públicos de las sociedades nunca deberían traspasar. Pero como se trata de fronteras transparentes, al menos en un principio, los profesionales de la política las pisotean a su gusto. La Andalucía del estraperlo —un invento catalán, por cierto, del que se benefició intensamente el radical Lerroux, el emperador del Paralelo— nos parece muy lejana, anclada en tiempos de carestía brutal, durante una postguerra seca, penosa y angustiada en la que los niños sólo sobrevivían a la tuberculosis si sus padres conseguían en el mercado negro las dosis mínimamente necesarias de penicilina.
Pero en ocasiones, el fantasma monstruoso del desabastecimiento reaparece inesperadamente, haciendo realidad pesadillas hace tiempo desterradas del “mundo de los vivos”. Es lo que está pasando hoy mismo en una región de la Europa comunitaria que el día 2 de diciembre va a elegir a sus gestores, también a los sanitarios.
Acabo de subir de intentar, infructuosamente, en varias farmacias la compra de un medicamento vital para hacer lo que estoy haciendo en este momento: escribir. Y lo es porque la tensión de mis ojos sólo se mantiene controlada gracias a este tipo de colirios, de amplio consumo social por otra parte. Carecer de ese fármaco, como le ocurre a una parte de la población africana de color, equivale a sufrir un daño en el nervio óptico de carácter irreversible; es decir, la ceguera.
Pues bien, el sistema de subastas establecido por la Junta socialista de Andalucía y seguido por otras comunidades autónomas de diverso signo político, ha provocado que “Cosopt” —que así se llama la medicina en cuestión— se halle ausente del mercado por haberse agotado en los almacenes. Ellos, los del Psoe, han largado hasta la saciedad de los “recortes de Rajoy”, pero son ellos, los del puño y la rosa, los responsables de que no haya en las farmacias la salvación de la vista para muchos andaluces. Ellos, los mismos que repartieron centenares de millones de euros alegremente, según preferencias discrecionales y al parecer arbitrarias, en expedientes de regulación de paro. Ellos, los que dejaron que “encargados del cortijo” celebrasen las subvenciones destinándolas a prostíbulos y pagando con tarjetas negras. Ellos ponen en peligro inminente mi capacidad de seguir usando la libertad de expresión que también ellos quieren manosear a su antojo.
El chavismo, los estantes vacíos, la corrupción multiforme, la inflación astronómica, las colas de racionamiento, el socialismo en su versión más cruda y genuina, llaman a la puerta, porque medicinas como ésta, o como ocurriera no hace mucho con la Metformina, necesaria para que un millón de andaluces puedan luchar contra la diabetes, son de vez en cuando de imposible adquisición en este paraíso igualitario en el que, de vez en cuando, muchos no pueden acceder al derecho a la salud. Circula una larga lista oficial de medicamentos en falta, como el Dalsy, para bajar la fiebre de los niños. Aquí sólo destaco uno vital para quien esto escribe.
Mientras, las universidades despilfarran en una investigación a menudo inútil pero que les permite recibir fondos públicos de una Administración que saca votos de ello, pregonándolo debidamente a través de los gabinetes de Prensa y propaganda, también engrasados de lo lindo con esos mismos fondos. ¿Hay algún estudio en marcha que cuantifique los perjuicios para la población que a medio y largo plazo tendrán estas interrupciones (éstas sí que lo son, no las “ives”) en el tratamiento de los ciudadanos —en mi caso, andaluces—, sobre todo en los grupos más vulnerables? Porque ahí sí que somos todos iguales: a todos se nos niega lo que hemos estado pagando durante decenios, el coste de nuestros cuidados sanitarios. ¡Qué gloria de régimen! ¡En Andalucía, cuarenta años pagando impuestos a quienes ahora ni siquiera nos devuelven los preparados que los mismos médicos del SAS nos prescriben! Esto es lo que tenemos.
Hasta ahora, los previsores ahorrábamos por si algún día la sanidad pública, como era de esperar, quebraba. Pero es tal el intervencionismo despótico impuesto por el Partido Socialista durante estas cuatro décadas en Andalucía que ni con dinero se puede comprar ciertas medicinas, por la sencilla razón de que el mercado sólo facilita lo que la Administración le paga. ¿Volverá el estraperlo de los remedios eficaces? Nada me extrañaría ya.

miércoles, 31 de octubre de 2018

CON LA IGLESIA HABÉIS TOPADO, AMIGO SÁNCHEZ


Para un observador atento, determinados hechos históricos, aparentemente contingentes, marcan jalones sin vuelta atrás y llamados a desempeñar papeles decisivos en el devenir de los pueblos. Tal sucede con la nota hecha pública por la Santa Sede, con toda la oficialidad del escudo pontificio que campea sobre ella. El ex embajador socialista en el Vaticano, Francisco Vázquez, lo ha subrayado sin remilgos: es un hecho sin precedentes.
¿Sabe el Gobierno de Sánchez dónde se ha metido? Bueno, en realidad, habría que preguntarse, desde el día mismo de la moción de censura que alineó al Psoe con sus aliados tácticos si Pedro Sánchez y sus ministros saben dónde están de pie. La jugarreta que han pretendido gastarle nada menos que al Secretario de Estado de la Iglesia Católica y Apostólica reviste los tintes que apuntaba el otro día Rosa María Mateo dirigiéndose a un diputado en Cortes elegido por el pueblo español, no como ella ni quien la ha nombrado. Pero, aparte la catadura moral que a cada uno le merezca la maniobra gubernamental, es tan burda, tan soberanamente pedestre, que cubre a esta promoción de políticos aupados al poder por ya sabemos quiénes, de la peor capa que un mandatario puede arrastrar: la torpeza.
Son imperitos en todo, y han querido engañar públicamente a la más antigua diplomacia del mundo. Son lerdos y han pretendido tumbar a un cardenal con nuncios en el orbe entero valiéndose de un comunicado del gabinete de propaganda al servicio de un doctor que lo es porque copió párrafos enteros de su tesis. No saben dónde se han metido. Imagina quizás la vicepresidenta que en Roma, más allá de la Vía della Conciliazione, rige también la Ley de Memoria Histórica, ese empeño contumaz por repasar las asignaturas suspensas en el último siglo de vida nacional. Pero la raya blanca que cruza el suelo de San Pedro es algo más que un adorno. No la pisaron ni los nazis cuando buscaban a los judíos refugiados por Pío XII, mucho menos la representante de un Gobierno que ha hecho de una sepultura el campo de batalla de sus ideas.
Las palabras las carga, a veces, el diablo, porque él sabe muy bien que en el principio era la Palabra, y que habita entre nosotros. Y eso debe de dolerle tela. Calvo intentó manipular una entrevista cortés en la que el jefe de los embajadores del Papa le escuchó con delicadeza y educación exquisita. Confundió —algo muy común entre los socialistas— el respeto con la sumisión, la disposición al diálogo con la aceptación servil de lo que ella dictaminara, la independencia de su interlocutor con el seguidismo de sus propios postulados. Y la Eminencia, que lo es también en sabiduría —libro de la Biblia, le recuerdo a la ex ministra de Cultura— y en talla humana, ha hecho lo mismo que cualquier otro que estuviera en su lugar y cargo: puntualizar que él no está a las órdenes del Gobierno español sino del Santo Padre, quien a su vez no pierde ocasión de recordar que es Dios y no el hombre quien decide la historia.
Sí, con la Iglesia habéis topado, amigo Sánchez. Habéis pasado a los anales como el Gobierno que arrancó a la Oficina de Prensa de la Santa Sede un comunicado, horas después del vuestro, desmintiendo vuestros embustes. No, ni las inmatriculaciones de inmuebles (sobre todo de esa espinita que tiene clavada la vice y que se llama Mezquita-Catedral de Córdoba), ni los impuestos, ni tan siquiera los abusos (¡qué gran nobleza aprovecharse de este cáncer de la Iglesia!) han servido de nada para forzar la conciencia de la Santa Madre Iglesia, que entierra a sus hijos donde quiere y éstos le piden por sí o por sus herederos espirituales, no donde le dictan los habituales del decreto ley.

lunes, 22 de octubre de 2018

La acreditada marca de estudios y análisis sociales Metroscopia ha elaborado un sondeo, que publican los medios del grupo Henneo (por ejemplo, 20 Minutos) y que otorga a Vox un 5 por ciento de intención de voto, a nivel nacional, con posibilidad, incluso, de formar grupo parlamentario propio. Libertad Digital se hace eco de ello. Reproduzco a continuación un artículo publicado en este mismo blog el pasado 6 de abril, titulado "La hora Vox", y recomiendo la lectura del comentario que hoy mismo acompaña a la información sobre dicho sondeo en el "rotativo" mencionado, del que doy enlace.

LA HORA VOX

La atroz tesitura actual de la política española podría llevarnos a múltiples consideraciones, según el corte de la realidad que eligiéramos. Pero todo es inútil si no miramos al futuro. Cada vez está más claro el fracaso de la partitocracia, un plato que si alguna vez ofreció aroma apetitoso, eso fue hace tanto tiempo que ya sólo provoca náuseas. Los esfuerzos desesperados de la izquierda, con la anuencia de la derecha, por tapar el mal olor actual con la relectura beligerante del pasado, hasta el extremo de castigar económicamente a quien ose destacar las bondades de una época con sus luces y sus sombras, como todas, revela, de una forma descarada y descarnada, la insuficiencia letal de un discurso agotado, incapaz de proponer nada para reconstruir un país devastado por las corrupciones.
Es, pues, la hora de una alternativa nueva, bien imbuida de valores claramente manifestados, algunos arrinconados en el desván de la Historia y otros proclamados a diario y sistemáticamente burlados por los profesionales del engaño. Es la hora VOX. Hay que recordar —y mucho, porque la amnesia colectiva es un atributo muy español— que esta formación política, sustentada en la figura icónica de José Antonio Ortega Lara (532 días, uno detrás de otro, en un “zulo” etarra, aclaro para jóvenes recién llegados y maduros olvidadizos) y en el tesón valiente de Santiago Abascal (diputado del PP en las Vascongadas cuando eso equivalía a un salvoconducto hacia la tumba) se ha mantenido, en la más cruda soledad, al pie del cañón de la acusación popular contra el secesionismo catalán. Y que gracias a esas tres letras el procedimiento para defender a España de los separatistas no ha decaído. Son los abogados de VOX los que han hecho posible que el Estado de Derecho mantenga la compostura frente a sus atacantes, muy especialmente su secretario general, Javier Ortega, que no rehúye si hace falta el debate a cara descubierta con los acosadores en la televisión oficial catalana, insólitamente tolerada por el Gobierno del 155.
La perseverancia en el empleo de la Ley para instar a la persecución judicial del delito sedicioso es un servicio a varias generaciones de españoles que debería recibir en próximos comicios el premio electoral merecido. Ignoro si será así. Todo tiene un final, hasta la indiferencia de un pueblo frente a la lenidad de sus autoridades y a la bastardía de sus lobos. Confío en que la gente recapacite y comprenda, entre otras cosas, que es preciso elegir, ya, entre autonomías y pensiones, que nada de lo que está pasando con una región española hubiera sido posible sin la presencia absurda e insostenible de diecisiete parlamentos regionales; que no debe pasar ni un día más sin que una gran nación histórica como ha sido la española se plantée qué debe hacer para evitar que el precio de la libertad de una mujer sea acabar con la vida de su hijo; que las parejas del mismo sexo tengan su reconocimiento legal sin que haya de ser necesariamente el matrimonio —que es otra cosa— y sin que su derecho a ser padres sea algo separado del derecho de los hijos a tener padre y madre; que la enseñanza libre es algo reservado en primer lugar a las familias, de las que el Estado sólo puede ser garante, no suplantador; que la solución a la violencia no está en generar rencor; y que la economía o respira o se muere, porque tampoco existe la economía de Estado.
Son algunas de las cuestiones que no admiten dilación, y que nada, absolutamente nada tienen que ver con el reparto de poder, los pactos de pasillos o la propaganda. La liberación de Ortega Lara, esa hazaña gloriosa de nuestra Guardia Civil, fue seguida del mayor punto de inflexión que una opinión pública hasta entonces notoriamente anestesiada por el miedo, haya experimentado en sus respuestas al terrorismo: el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un grito se abrió entonces paso en las plazas de España: “¡Basta ya!”. Este lema, unido en nuestra memoria a mares de manos blancas, despertó una lluvia de conciencias, incluso dentro del mundo etarra, y desde luego modificó la actitud de mandatarios extranjeros, sobre todo franceses, creando las condiciones para terminar con “el santuario”, y de paso con las conexiones de Perpiñán, que recorren como un acuífero el subsuelo de lo que está pasando en Cataluña.
Al sacrificio inimaginable de Ortega Lara debemos en buena parte la extinción de una lacra que nos ha atormentado durante medio siglo. Y a la persistencia cívica de sus compañeros en VOX, así como a la clarividencia de Felipe VI, tendrá que agradecer España, simplemente, seguir existiendo. Porque si fuera por otros…
https://www.20minutos.es/opiniones/momento-vox-francisco-camas-garcia-3470891/

lunes, 15 de octubre de 2018

LA ESPAÑA DEL "BABY BOOM"


Más allá de los clichés estereotipados con los que la izquierda acostumbra a saludar cualquier visión del mundo que no sea la suya, la presentación en sociedad con caracteres parlamentarios de una formación política con ideas claras y asentadas en el pensamiento conservador liberal y patriótico debe movernos a una reflexión muy seria acerca de lo sucedido en España desde la muerte del general Franco y lo que esté por llegar en los tiempos que se acercan.
Creo, sinceramente, que estamos ante un cambio generacional de los que marcan hitos en la Historia. Sin pretenderlo, esos dos millones escasos de independentistas —ya separatistas hiperactivos— que han removido las conciencias de españoles resignados a la aceptación de lo inevitable han cambiado el curso de la Historia. En realidad, se trata de un proceso en marcha en toda Europa y por las mismas razones que aquí: la generación del “baby boom” (la mía) ha despertado. Somos tantos, que habíamos desarrollado —a impulsos de oscuros intereses generalmente económicos— un espíritu pastueño confortable y muelle, confiados en que el desarrollo alcanzado durante los días de nuestra infancia, adolescencia y juventud era eterno. Pero la crisis de 2008 lo ha cambiado todo y, probablemente, para mucho tiempo, si no para siempre, al menos en Occidente.
Una sociedad que expulsa del mercado de trabajo a sus mejores, más cualificados y más expertos profesionales a los 50 años para absorber jóvenes seducidos por el señuelo de un enriquecimiento fácil y rápido a los que en realidad va a tratar como a siervos sin futuro es una sociedad terminal. Si a ello unimos el invierno demográfico, es decir, la caída libre de la natalidad frente al envejecimiento de las generaciones del “baby boom”, el cuadro es tan apocalíptico que hasta mis acomodados coetáneos estamos respondiendo a los estímulos. Por ejemplo, al del director general de la Seguridad Social, que se acaba de permitir el lujo de recordar a la generación del “baby boom” que sólo habrá pensiones hasta que ella empiece a cobrar, dentro de diez años. La extrema izquierda que cogobierna en las sombras ya ha presionado, además, para que el Estado se vaya incautando de los planes de pensiones, última tabla de salvación de la generación del “baby boom”.
Coincide este complejo plantel de ataques a mi generación con la llegada masiva de inmigrantes sin documentar y por la fuerza de los hechos consumados. Van para 37.000 personas las que han entrado ilegalmente en España durante lo que llevamos de año. Eso lo dice todo.
¿Quién está pagando todo esto? ¿Contra qué supervivencia va la solidaridad incontrolada? Obviamente, contra la del “baby boom”, que se ha llevado toda la vida cotizando, casi siempre por decreto, para ver cómo su vejez pende de un hilo por culpa de una pésima gestión por parte de los dos partidos hegemónicos de la democracia, de la ideología dominante, dictada por la izquierda naturalmente, y del desorden confiscatorio que ofrece al mundo entero nuestras carteras generosamente. Ésas que han ido quedando esquilmadas a partir de nuestros despidos, porque el mercado quería gente joven a la que explotar mejor.
“La España viva”, rezaba el lema de Vox, coreado en Vistalegre y aledaños por 13.000 personas que acudían desde los más apartados rincones de la geografía nacional atraídos por lo mismo que llenó de indignación la Puerta del Sol o mejor aún la Piel de Toro de gritos como “¡Basta ya!” un no tan lejano día de luto y horror. Es como si la generación del “baby boom”, y otras, mayores y menores con ella, pusieran pie en pared de una vez y por todas, para hacerle un torniquete a esta España que se desangra por dos heridas: la agresión sistemática a los valores tradicionales y el derroche compulsivo de unas autonomías cuyos frutos han sido la secesión y el uso prostituido del dinero destinado a paliar el paro.
Hay una particularidad en todo esto. Algo que socialistas, peperos y separatistas han intentado disimular con éxito hasta que ya la manta no da para más: las generaciones del “baby boom”, las nacidas entre 1960 y 1975, ¡somos mayoría y lo vamos a ser hasta que nos muramos! Así que el invierno demográfico se va a convertir para sus instigadores de la socialdemocracia en su mayor enemigo. La pirámide de edad es panzuda y cada vez va a ir acumulando grasa más arriba. Pero el derecho al voto es vitalicio, a no ser que apliquen la eutanasia masivamente. Pero si continúa habiendo democracia en España hasta nuestro final, intentaremos que ningún Gobierno generalice el uso de la eutanasia. Es ley de vida, nada que ver con ideologías ni menos aún con partidos, estrategias electorales y otras zarandajas que tanto preocupan a los políticos actuales.
En la misma comparecencia mediática, el jefe de la S. Social hablaba del “baby boom” como si se tratara de un enemigo que ataca por sorpresa. Ellos, los que abren de par en par las puertas de la catastrófica sanidad pública española al universo mundo, no contaban con el “baby boom”. Pero resulta que llevamos cincuenta años aquí, hemos visto ya muchas cosas, somos la generación del desempleo (que irrumpió cuando llegamos nosotros al mercado laboral) y del terrorismo (sustituido, cuando ya teníamos muchos años, por el separatismo que es su consecuencia lógica). No nos chupamos el dedo, queridos socialistas. Sabemos que muchos de ustedes también son del “baby boom”, pero ustedes se han asegurado ingresos que nosotros no hemos podido alcanzar, entre otras cosas porque no hemos querido dedicarnos a la política. Nuestros padres nos educaron para que trabajásemos, si era preciso, tan duro como lo habían hecho ellos, para que fundásemos una familia (ya saben, un hombre y una mujer, abiertos a unos hijos y a unos nietos). Ustedes prefieren gentes y modelos de otros países —por ejemplo Venezuela o Irán—, otras culturas, otras religiones y completamente ajenos a la educación que nosotros recibimos. La generación del “baby boom” estaba hasta el gorro de oír hablar de la guerra como si hubiera sucedido el día de la víspera, como si nunca fuéramos a salir de allí. Ustedes, socialistas y peperos, nos han devuelto a esa música triste que nuestros padres —ellos no podían hacer otra cosa, ustedes sí— nunca lograron sacudirse de encima. Nosotros sí lo hicimos, ¿saben? Nosotros miramos al futuro, y cada día que pasa, tanto si nuestros padres viven como si no —mucho más si no viven— miramos a nuestros mayores con una gratitud que, al parecer, ustedes no son capaces de entender. Porque somos hijos de un tiempo, de unos principios, de muchas horas de clases, entonces aburridas, después muy útiles, que ustedes desprecian, como si toda España hubiera vivido una pesadilla huera que se despejó cuando ustedes llegaron para multiplicar por diecisiete los parlamentos, los gobiernos, los tribunales superiores, las embajadas, las lenguas, las culturas, y sobre todo los cargos públicos, el ejército de asesores y puestos de libre designación, los programas de las oposiciones, los sistemas sanitarios cerrados, los libros de texto escolares, el presupuesto de las universidades y academias, las subvenciones a asociaciones y oenegés, los eres, las tarjetas negras y las campañas electorales. Sin olvidar los consorcios y mancomunidades de ayuntamientos, las empresas y organismos públicos absolutamente superfluos pero copiosamente regados de fondos “que no son de nadie”.
En todo ello, queridos enemigos de Vox, se han ido las energías nacionales que este partido intenta recuperar antes de que los de la “estrellada” y los del concierto económico rematen la faena. Y todo eso lo hemos visto, en el patio de butacas, la generación del “baby boom”. Entre otras cosas, queridos socialistas de todos los partidos, como decía Hayek, porque nosotros hemos pagado el espectáculo y vamos a salir del teatro con una mano delante y otra detrás.

jueves, 27 de septiembre de 2018

DE PALABRAS Y HECHOS


Acosado por los móviles grabadores mientras intentaba escapar del salón de plenos del Senado, el juez Grande-Marlaska, ministro del Interior socialista, repetía obsesivamente un mismo mantra como si viera en él la puerta de salida de aquel pasillo que más debía parecerle un túnel angustioso como el de Sábato. “Lo importante no son las palabras, sino los hechos”, era su única y universal respuesta a las cuestiones vertidas por los colegas de quien esto escribe. Se refería a una palabra, que no voy a reproducir aquí por razones obvias y que su compañera de Gobierno con la cartera de Justicia había pronunciado en una taberna nueve años antes, aplicada a él. Gruesa palabra, quizás la más abusada del amplísimo léxico insultante reunido por la nación más vieja de Europa. Sólo que en esta ocasión no revestía el habitual carácter ofensivo, sino más bien descriptivo. Lo cierto es que la polvareda estaba servida.
De los cuatro escándalos que han salpicado públicamente al Gabinete de Sánchez —Huerta en Cultura, Monton en Sanidad y el mismo Sánchez en la Presidencia— el más grave, con mucha diferencia es el de “Lola” en Justicia. Por dos razones básicamente: la primera y principal porque un Estado, como bien se puede comprobar desde las crónicas medievales hasta el día a día de Donald Trump en la Casa Blanca, no es más que un mecanismo corrector de injusticias. Lo demás son ramas que brotan de este tronco, y si las raíces, que son la ética y la moral (conceptos definidos), fallan, cualquier tempestad tumba el árbol. Todo esto lo sabe muy bien una fiscal de la Audiencia Nacional. La otra razón es de orden práctico, y se refiere a la insoportable levedad en que las autonomías han sumido al Estado: Los ministerios de Cultura y de Sanidad, así como la misma Presidencia del Gobierno, son ya casi reliquias del pasado vacías de competencias más allá de la promoción de leyes que en un Parlamento bloqueado no salen adelante, presentar recursos de inconstitucionalidad que se eternizan o manejar un presupuesto irrisorio. Pero Justicia, como consecuencia de la primera razón expuesta, es otra cosa. Mantiene intacta buena parte de su naturaleza tradicional, y quiero decir de la que le imprimieron los liberales a partir de 1812. En el debate de control al que vengo refiriéndome desde el principio, la ministra habló, precisamente, de una ley de indulto que se remonta al siglo XIX y que obliga a seguir procedimientos reglados, porque estamos ante materias que la legislación autonomista, bastante ingrávida, no puede abordar.
Así se explica que las dotes persuasivas del juez Marlaska frente al asedio mediático dejaran mucho que desear, y que se aferrara a la tabla del valor que él da a las palabras en contraste con el que, según su señoría, tienen los hechos. Pero choca, y mucho, que un juez diga tal cosa, no más cierta por repetida. Ignoro el grado de habilidad técnica que acompañará a sus decisiones, plasmadas generalmente en sentencias, pero presupongo que es muy alto. Lo que sí sé —hasta ahí llego— es que dichos documentos, que determinan en buena medida la vida de los ciudadanos, no son más que palabras, señor mío. ¿Dónde están los hechos sino en las ideas que, como sabemos desde los griegos, sólo encuentran una fórmula de expresión y de eficacia, que es, justamente, la palabra, recogida en el Boletín Oficial del Estado?
No sigo, porque me parece de tal obviedad que me resulta cansino insistir en lo absurdo de que un parlamentario, en sede parlamentaria, conversando con unos profesionales de la palabra, en pleno revuelo por la publicación de unas palabras y siendo así que algún día, tal vez no muy lejano, ese parlamentario tendrá que volver a interpretar leyes que no son sino palabras, diga reiterativamente, como si estas palabras sí tuvieran validez para responder a todo, que “lo importante no son las palabras sino los hechos”.
En fin, que cuantos fiamos a las palabras la manifestación de hechos y sobre todo de sus motivaciones y frutos somos unos necios. Estas logomaquias conducen a una confusión impropia de un profesional, reconocido además, de la Judicatura. Estaba nervioso el señor ministro, eso era evidente. Se caían algunos mitos ideológicos que habían aupado durante décadas a su partido, como el feminismo radical. Pero las palabras no tienen la culpa de los hechos. Y a veces, un buen argumento a la salida de un apuro parlamentario deja tras de sí la huella de la inteligencia, que en un ambiente enrarecido por la falta de veracidad de una tesis universitaria —otra vez palabras— o por si era verdad o no lo que la ministra de Justicia había afirmado o negado —más palabras— no nos hubiera venido nada mal. Y en todo caso, si tan poco aprecio le merece a Grande-Marlaska la palabra, siempre habría sido mejor el silencio, como hizo Rita Barberá en coyuntura mediática similar a la suya.

lunes, 24 de septiembre de 2018

CERCADILLAS, MEZQUITA-CATEDRAL E IZQUIERDA ILUSTRADA


El 17 de mayo de 1991, el diario CÓRDOBA recogía un informe-denuncia del Seminario de Arqueología de Filosofía y Letras en el que se describía como un «atentado gravísimo contra las señas de identidad» de la ciudad los destrozos que las obras del AVE estaban provocando en el yacimiento arqueológico de Cercadillas. Así lo recoge la página retrospectiva que tiene colgada en Internet dicho rotativo:
"Una pérdida lamentable e irrecuperable" o "un descomunal atropello" fueron solo algunas de las calificaciones con las que el Seminario de Arqueología de la Facultad de Filosofía y Letras denunció que las obras para la construcción de la red ferroviaria del futuro AVE habían destrozado los restos de un anfiteatro en Cercadillas. El documento fue elaborado por catedráticos y profesores y remitido a todas las instituciones cordobesas en mayo de 1991. En concreto, los hechos que denunciaban, las supuestas obras que arrasaron parte de la historia del yacimiento romano, habían ocurrido los últimos días de ese mes de abril.
Diario CÓRDOBA se hizo eco de aquel documento que los principales estudiosos del pasado histórico de la ciudad elevaron a las más altas instancias, sin que, por otro lado, pudiese hacerse ya nada para dar marcha atrás en el daño cometido. El texto de los arqueólogos advertía que se había cometido "un ensañamiento insensato y descontrolado contra las ruinas y restos arqueológicos del que en apariencia era uno de los elementos arquitectónicos más relevantes y espectaculares de la Córdoba romana, cuya destrucción no solo es una pérdida lamentable e irrecuperable desde el punto de vista científico y arqueológico, sino además un penoso desdoro para la cultura cordobesa oficial" porque a su vez "representa un descomunal atropello de las más elementales reglas destinadas a salvaguardar el patrimonio arqueológico e histórico-artístico".
En concreto, lo que habrían destruido las obras del trazado ferroviario fue "una estructura arquitectónica de gran envergadura con grandes muros de trazado curvo entre los que el mejor conservado alcanzaba al menos dos metros de ancho". La hipótesis de los investigadores es que aquella estructura perteneciera a "algunos de los edificios públicos para espectáculos de la colonia patricia, es decir, el anfiteatro, el teatro o el circo". El informe universitario se complementaba con una amplia documentación sobre las hipótesis barajadas para concretar la ubicación de algunos de los edificios romanos.
Hasta aquí lo que recuerda de aquel triste y obsceno episodio el diario CÓRDOBA. Más adelante, se sabría que lo fulminado no era un anfiteatro sino algo mucho más excepcional. Recuerdo que ante aquella noticia, entré en contacto con la institución cultural cordobesa y me fui con mi mujer hasta aquel lugar para comprobar in situ el alcance de lo sucedido. Sólo pude penetrar en algunas dependencias de lo que parecían unos restos interminables.
Cercadillas sería, con el tiempo (muy poco, porque el desaguisado se llevó a cabo a toda máquina) la mayor aberración antiarqueológica cometida en época democrática sobre unas ruinas de la Antigüedad. El palacio imperial de Maximiano, construido en los primeros siglos después de Cristo, era arrasado para que el trazado del AVE cruzara justamente —no debía de haber otro sitio en toda Córdoba— por encima y por el centro del majestuoso palatium. El cronista cordobés Paco Muñoz comparaba, veinte años más tarde, en su blog “Notas cordobesas”, el hecho con la destrucción de los “budas” en Afganistán. Si en lugar de talibanes yihadistas aquí ponemos progresismo y propaganda, los resultados son muy similares, en efecto. Para quien desee ampliar documentación, les sugiero que marquen en el buscador, además de dicho blog,  simplemente “Cercadillas arrasada” y ahí tendrán para llorar largo y tendido.
Tendrán también para desenmascarar la patraña social-comunista que pretende el monopolio de la cultura y la superioridad moral  en virtud de la cual se está intentando arrebatar a la Iglesia la mezquita de Córdoba, aunque la verdadera razón, como siempre, está en la taquilla turística. Aquel complejo imperial, posteriormente utilizado por los cristianos —tal vez de ahí lo sucedido— era único en el mundo. Como lo leen. Apenas guardaba algún parecido con el palacio de Carlomagno en Aquisgrán. Su carácter ciclópeo había mantenido su criptopórtico y muchos de sus muros prácticamente intactos durante dos mil años. Era un testimonio de los estertores imperiales de una Hispania que había servido de refugio a Maximiano. Pero aquellos romanos constructores cometieron el gran error de no tener en cuenta que unas autoridades democráticas, devoradas por el electoralismo y amparados en la ignorancia generalizada, necesitarían, a las alturas del siglo XX, de aquellos terrenos para hacer pasar por ellos un vehículo que desafiase a Mercurio al volar sobre botas en forma de raíles alados. Todo velocidad, todo comercio, todo negocio contra el reloj de arena de la sabiduría. Los descendientes de aquellos hispanos bautizarían a esta cadena de cuadrigas de acero con el adecuado nombre de “AVE”, pero no Ave Fénix, sino ave migratoria, que conduciría a los habitantes de la Bética a Madrid, capital del imperio de la mugre okupa pero último reducto de empleo en una Iberia lastimosamente arruinada.
Arruinada, por abandonada, estaba la pequeña ciudad de Cercadillas, cuya recreación virtual tienen ustedes en dicha web, cuando la izquierda, siempre triunfante tras lavar el cerebro a las multitudes, gobernaba en España, en Andalucía y en Córdoba. Aquella tripleta social-comunista arrasó Cercadillas, hizo pasar el AVE exactamente por la gran sala basilical del palacio, cruzando el ábside por su centro, perforando muros, horadando pavimentos, haciendo irrecuperable un monumento universalmente sinigual.  ¿Se imaginan ustedes algo así en Medina Azahara, que salvo el lujoso salón del trono y poco más también está casi a ras del suelo? Pero el palacio de Maximiano tuvo la mala suerte de no ser árabe, incluso de haber sido necrópolis cristiana y hasta sede del abad Sanson, de quien apareció su anillo, o santuario mandado construir por el obispo Osio en honor de San Acisclo, usos para los cuales fue construido según diversas tesis científicas. Ahí es nada. Tal vez por eso la Unesco de Mayor Zaragoza no lo declaró patrimonio de la Humanidad, lo cual lo hubiera protegido hasta de las cagadas de las palomas.
Aquella izquierda ilustrada, que como buena progre es la misma que la de ahora, destruyó Cercadillas mientras volcaba presupuestos en incrustar nueva arquitectura en viejos monumentos desamortizados, como por ejemplo la Cartuja de Sevilla convertida en parque temático de la Expo. ¡Oh!, la Expo. Todo por la Expo. Felipe quitó a Olivencia, un ilustrado, para poner a Pellón, un tecnócrata. Y en Córdoba, alguien en Madrid dijo “avanti con el ave”, y cayeron piedras milenarias arrastradas por la nueva ruina, la de la Exposición Universal. ¿Se imaginan que esto lo hubiera hecho la derecha? La crucifixión hubiera estado garantizada, aunque lo más probable es que no hubiera sido necesaria porque de inmediato el masoquismo conservador español se hubiera autoflagelado, ahorrándole la tarea a los otros.
Cuando el palacio de Maximiano o el abacial de Sanson fue vencido por la necedad y la estulticia interesadas  que forman parte de la configuración preponderante en la edad contemporánea española, una joven llamada Carmen Calvo, nacida y criada en Cabra (como Solís, ella también es egabrense), hacía cuatro años que había presentado su tesis doctoral en la Universidad de Córdoba, tras estudiar la carrera en la de Sevilla. Eligió de tema el derecho de enmienda en el parlamentarismo europeo, y su conclusión, groso modo, era que los ejecutivos tenían ante sí un camino expedito para crecer en detrimento de las cámaras legislativas. Es lo que está pasando con ella de vicepresidenta de un equipo que gobierna a golpe de decretos leyes. Aprendió bien la lección que le sirvió para acceder a una plaza de profesora en dicha universidad. Cuando abandonó el instituto Aguilar y Eslava de Cabra todavía estaba fresco en la memoria sentimental de muchos paisanos suyos el dolor por el bombardeo republicano que arrasó algo más que Cercadillas: la plaza de abastos a media mañana, dejando el pueblo sembrado de cadáveres y mutilados. Cuando, gracias a la transición y a la clase media, se implantó la democracia, Cabra votó masivamente a la derecha. Ahora no sé.
La actual vicepresidenta y el actual ayuntamiento de izquierdas quieren quitarle la mezquita-catedral al Cabildo eclesiástico cordobés. Ya borró los vestigios episcopales del cristianismo incipiente. Ahora la Junta acaba de abrir un “yacimiento arqueológico” visitable en el lugar, aunque no sé cómo va a disimular el brutal expolio de hace veintisiete años, cuando un alcalde comunista, un presidente del Gobierno socialista y un presidente de la Junta socialista también, promovieron y después silenciaron el atentado cultural. Por cierto, el actual ministro de Cultura también andaba ya por los aledaños de las responsabilidades de gobierno en Andalucía, desde su Almería natal, que, como se sabe, votó no al Estatuto que la incluía en la comunidad autónoma, a pesar de lo cual él fue más adelante director general de Bienes Culturales (antes y en realidad monumentos histórico-artísticos) de la Junta. Lo digo por aquello de la memoria histórica.
He retornado mentalmente a Cercadillas a raíz del escándalo por la supuesta tesis de Sánchez, porque tras la degradación intelectual que venimos sufriendo en España desde que los socialistas impusieron submodelos educativos y se permitieron arramplar con lo que fuera necesario como ocurriera en el ejemplo cordobés no hemos hecho sino degenerar, que decía el torero aquel. Socialistas y comunistas (después el alcalde transemigró al PSOE) se mancharon las manos, las mismas de las que ahora presumen para “desamortizar” la mezquita, devastando edificios milenarios y un “unicum” en el mundo con tal de apuntarse el tanto del tren de alta velocidad. Sólo hablaron la Universidad (de entonces) y la Academia (de entonces). Poco a poco, hemos ido asistiendo a una demolición menos visible pero más irreversible todavía, hasta llegar a universidades que conceden sobresalientes cum laude a doctorandos plagiadores que llegan a presidentes del Gobierno. Claro.

jueves, 13 de septiembre de 2018

OPERACIÓN MONTÓN


Carmen Monton fue una de las pocas personas que permanecieron fieles a Sánchez cuando éste fue defenestrado por la ejecutiva federal, aquel 2 de octubre de 2016, día de los Santos Ángeles Custodios. Estuvo con él en aquellas horas bajas que precedieron, contra todo pronóstico, a la más atrabiliaria etapa de Gobierno, sin elecciones, con un presidente sin escaño, reuniendo en una gavilla siniestra a los antisistemas parlamentarios enlazados por un ahijado político de Zapatero, ese heredero de Rodolfo Llopis que dejó atrás la socialdemocracia para regresar al prefelipismo.
Mientras que la ejecutiva del PSOE echaba por la borda a Sánchez como un lastre cuyo peso hundía al partido hasta profundidades inéditas, y abría así el camino a la superación del “no es no” que hizo al diario “progresista” editorializar —ahí están las hemerotecas, ya digitales— valiéndose de una calificación que hoy atribuiría a la “extrema derecha” como es la de “insensato sin escrúpulos”, Carmen Montón arropaba al líder caído como Penélope al manto en espera de su adorado Ulises. Estaba lejos, en alguna remota región de los miedos que persiguen a los políticos, imaginar que las tornas fueran a dar la vuelta algún día. Pero, como ocurría con los expósitos, la suerte, que es diosa veleidosa, daría siete meses y pico  después la espalda al aparato que había echado un salvavidas averiado a Mariano Rajoy, es decir, a la aprobación de los presupuestos, con sus correspondientes transferencias financieras a las comunidades autónomas, también las socialistas, y sobre todo la mayor de todas, la andaluza, donde una dama trianera se atrevería a lanzar un órdago al perdedor, como a moro muerto, que se le volvería lanza contra sí en una noche de cuchillos largos y cristales rotos en la plazuela trianera de Santa de Ana. Sin Gobierno no había dinero, y sin dinero no hay socialismo, aunque, como decía la otra dama, la de hierro de más allá del muro adrianeo, sea siempre dinero de otros.
El ciudadano —de momento— español Pedro Sánchez Pérez-Castejón es un tipo con suerte. Ganó las primarias y utilizó la moción de censura para llegar a la Moncloa y sus prebendas vitalicias sin más aval que el de todos los que quieren desmontar España y lo están consiguiendo. Claro que también la baraka hay que dominarla, como cualquier ciencia o arte. Franco la cogió en África, con una bala en el vientre que de la obligatoria y mortal peritonitis pasó a ser sólo un estorbo pasajero para la más brillante carrera militar de Europa. Pero había que ayudar, y él se negó a que lo dejaran abandonado en una trinchera del Rif. Gracias a eso, tuvimos… bueno, mejor me callo, que hay mucha mala saliva por ahí.
Sánchez posee baraka. Le han sonreído los hados, como a zetapé. Sólo que el discípulo carece de la pericia que su mentor lucía con la ceja, y desaprovecha una ocasión tras otra, estrellándose sistemáticamente contra el primer escollo que ve. De seguir así, es posible que se rompa las narices él solito, porque en la vida, ese laberinto en el que lo fundamental es dejar un hilo de Ariadna por donde uno va, para no perderse, no basta con  sentirse el rey del mambo. Hay que saber bailar. Y Sánchez sólo sabe hacerlo fuera de la sala de fiestas. Sólo supo bailar fuera de Ferraz, hasta que consiguió que le dejaran entrar gracias a la gente de la calle. En el Parlamento sólo baila al son que le tocan los danzantes de rituales macabros para la Nación. Y en el palacio de La Moncloa, su danza cosecha un traspié detrás de otro, encadenando escándalos y dimisiones.
Es mal bailarín este muchacho. Lo suyo debe ser volar. Lo hizo cuando lo defenestraron, y le salieron alas para volver. Lo ha hecho, nada más aterrizar en la Presidencia, desplazándose a la actuación de “Los asesinos” (“The killers”) con su esposa en un Falcon del Ejército del Aire en una operación cuyo coste ida y vuelta —12.000 euros— iguala lo que cobra mi hija en un año por trabajar nueve horas diarias.
Acabo con un apunte conspiratorio. Se non è vero è ben trovato. Podría ser que el affaire Montón no fuera lo que parece. Podría ser que alguien con sed de venganza en el Partido Popular —que los debe haber a manojitos, como ocurrió con el caso Cifuentes— haya filtrado datos del caso Montón, pero que la incondicional de Sánchez no fuera la presa final y deseada, sino sólo un cebo. Pudiera ser —ya alguien ha dejado caer algo— que los perdigueros y chacales del PSOE —muchos y bien adiestrados— hayan programado la caída de Montón para atraer a los cazadores hacia Casado, ese líder conservador que va derechito a la recuperación de las esencias populares con las que ganaría sin duda cualquier elección en puertas. Sánchez lo sabe, y lo saben sus acólitos. Por eso nos bombardean con el mantra de la “extrema derecha”. Porque le temen. La única manera de evitarlo sería un vendaval, una explosión, o una serie de ellas, de oleadas periodísticas contra Pablo Casado, incurso ya en un procedimiento judicial, que levantaría a sus propios militantes, portavoces del electorado, fundamentalmente a ese 40 por ciento que perdió el Congreso. Cui prodest? ¡Anda que a nadie! A toda la nomenclatura colocada en primer lugar, empezando por los medios paniaguados, que de aquel editorial tan beligerante han pasado a remover directores y echar la alfombra roja de las entrevistas al nuevo timonel. Al partido de los 84 escaños en segundo lugar. A sus aliados después. A los secesionistas con la llave de las cárceles, por supuesto. Y también, claro está, a los profesionales de la política que en las filas de la “derecha” han quedado excluidos, voluntariamente o no, de la nueva etapa.
No sería la primera vez que estratagemas como ésta tienen éxito y cambian la historia de un país. Esta vez sería con carácter preventivo o “terapéutico”. No vaya a ser que la derecha, como ocurriera en 1933, conquiste parcelas de poder por la vía de las urnas. Probablemente nunca sabremos qué pueda haber de verdad en esta hipótesis encerrada dentro de un enigma, como otros de nuestra Historia reciente que han marcado un giro inesperado a los acontecimientos.
CODA. Tras redactar este artículo, ha estallado lo que, lejos de ser una hipótesis, es una tesis, en apariencia al menos, fraudulenta. Es decir, que la operación Montón, de ser cierta, le habría estallado en la cara a Sánchez. No sé. He dedicado muchas horas de mi trabajo a la Universidad y a las tesis, cuando había pocas y buenas. Las cosas han cambiado tanto, que hoy dudo quede algo del género. El problema se remonta a muy lejos, al desembarco de “penenes” (profesores no numerarios), casi todos socialistas, desplazando a catedráticos y titulares prejubilados forzosos. A partir de ahí, las universidades, sobre todo las nuevas, todas de cuño político partidista, han ido devaluando su nivel sin parar, y no sólo en España, sino en toda la Europa de “Bolonia”. De aquellos polvos vienen estos (¿presuntos?) plagios. Y lo que te rondaré, morena.


martes, 4 de septiembre de 2018

IDEAL Y MATERIA



Con este mismo título escribí mi segundo artículo publicado en Prensa. Se trataba de un larguísimo texto que ocupaba una plana completa del tabloide sevillano “Suroeste”, sucesor del “Sevilla” cuando los periódicos de la cadena del Movimiento intentaron sobrevivir en offset como “Medios de Comunicación Social del Estado”. Lo cierto es que un imberbe Ángel Pérez Guerra depositó en el buzón sus papeles con la ilusión de ver convertidos los teclazos de la Olivetti Studio 45 que conservo como oro en paño en letras de molde, negro sobre blanco de aquel rotativo que nunca llegó a despegar en una sociedad recién estrenada tras la muerte de Franco.
Jugaba yo en aquel artículo a filosofar, con toda la pedantería adolescente de mis 16 años, sobre una cuestión que intuía grave. ¡Y tanto! Como que cuarenta y cuatro años después sigue siendo la misma gran cuestión que nos ocupa, en el fondo de la hojarasca que pisamos. Recuerdo mi alegría desbordante, aunque contenida (que uno fue a un colegio de pago) que me recorrió al comprar aquel número de “Suroeste” en el quiosco que aún existe al enfilar el puente de Isabel II o de Triana, a escasos metros de mi casa. No me lo podía creer. Ya me habían publicado mi primer artículo, bajo el título “Cuando algo llueve” (así comenzaba, y seguía “a nadie satisface y a todos anega”). Pero el anterior era una reflexión corta, aunque es verdad que conserva, también, toda su actualidad. Éste que nuevamente me editaba aquel gran profesional que fue Manuel Benítez Salvatierra era, amén de mucho más extenso, más ambicioso, profundo y completo. Y ahí estaba, ante mí, desplegado a toda página sin recomendaciones y referencias de por medio, espontáneamente enviado y publicado —era de suponer— por méritos propios.
Tal vez aquel día se decidió mi vida, porque la he dedicado, cuantitativamente al menos, al periodismo. Hoy, como digo, y pese a que me resisto a releerme, la clave de aquel artículo continúa lozana en mi mente porque lo está en la sociedad en la que vivo. Acabo de leer la “Apología de Sócrates”, escrita por Platón, su gran discípulo y amanuense. Como es sabido, el inspirador de la escuela académica griega, de la que venimos, hace ahí un alegato de condenado a muerte por la democracia ateniense que sigue siendo veinticuatro siglos después una puesta en evidencia vital del gran engaño que es el sofismo —en nuestro tiempo y lugar revestido de materialismo. Lo que mi ignorancia, que con tan corta edad multiplicaba aún a la que arrastro hoy, no impidió descubrir a mi lucidez, esa oposición nata entre las dos únicas grandes posturas ante la existencia, el idealismo moral y el realismo pragmático, está hoy tan presente en la vida pública y privada de los españoles —también de los occidentales en general— que se podría aplicar el discurso socrático íntegro a la política nacional sin que rechinara una coma. Modestamente, también mi atrevimiento verbal de hace casi medio siglo sigue en pie. En él mencionaba, como aplicación histórica inmediata, a Francisco Franco y a José Antonio en términos encomiásticos. Alguna vez he temido, lo confieso, haberme dejado llevar por un entusiasmo demasiado subjetivo y pasajero. Agradezco a don Pedro Sánchez Pérez-Castejón y sus ministras y ministros la reafirmación en aquellas manifestaciones. Aprovecho que todavía no es delito para expresarlo: La España que nos dejó el Jefe del Estado General Franco fue, además de nuestra matriz cultural, el cimiento de la democracia y el más esperanzador ejemplo de reconciliación de nuestra Historia. Nada perfecto, desde luego, pero ¿calificamos lo que ha venido después? Mejor no.
El ideal sigue luchando, cuerpo a cuerpo, con la materia, como bien proclama San Pablo, y el mismo Cristo si me apuran. Uno de ambos debe vencer cada asalto siempre, y por eso hay épocas presididas por un romo y miope materialismo, como la que ha implantado en España el marxismo omnipresente, y otras, como la franquista, en las que algo tan inútil como la mayor cruz de la Tierra campeó sobre los últimos restos de hombres confundidos por el odio que no pudieron sobrevivir a las armas. Quienes sí lo hicieron edificaron un gran mausoleo en su memoria, con la mejor intención de disuadir a otros tentados por los mismos errores. Y el gran impulsor de todo eso —guste o no— se llamó Francisco Franco Bahamonde.

domingo, 12 de agosto de 2018

UN GRAN PASO ADELANTE

Había escrito un artículo titulado “Un paso atrás”, glosando la respuesta del presidente del Gobierno español al ser preguntado sobre el rechazo del Senado argentino a la propuesta de consagrar el “derecho” a matar al hijo no nacido, como hiciera aquí el troquel del presidente actual, auxiliado por dos jovencitas que de los ministerios españoles pasaron a ser crasas asalariadas de las cruzadas abortistas de la ONU en los países americanos que todavía se resistían a “normalizar” la barbarie (“es lo mismo que hacían los nazis, pero con guante blanco”, ha dicho, clarividentemente, el argentino Papa Francisco en fecha reciente).
Pero hoy he preferido condenar dicho artículo a la papelera, y quedarme con la parte positiva. Lo que acaba de suceder en Argentina es un gran paso adelante, doblemente fértil porque es la primera vez que las cruzadas abortistas en países reacios a ella descarrila. Cierto que por pocos votos, pero los suficientes para invertir el sentido de esta historia macabra. En España, fue el primer Gobierno de izquierdas el que despenalizó el aborto, dejando un sistema de supuestos que nunca se cumplió, porque estaba hecho para que no se cumpliera. Y ahora, otro Gobierno de izquierdas (hecho de retales de movimientos ideológicos del pasado, incluyendo la guerra civil) se estrena con otra iniciativa para “normalizar” la muerte deliberada. A lo primero empezaron llamándole despenalización y han acabado calificándole, mucho más ajustadamente a sus propósitos, “derecho”. A lo segundo le llaman “eutanasia”. Pero es lo mismo, el desprecio del más elemental fenómeno de la Creación: la vida, sustituido por el artificio del “derecho a elegir”.
Por eso, la alegría de los grupos provida, siempre minoritarios y siempre activos, es creciente y se va tiñendo de celeste a medida que el acontecimiento argentino gana, pese al silencio aplastante de los medios habituales, engordados por oscuros y orondos magnates, peso en las conciencias de gentes de todos los países. Es el valor añadido que da el conocimiento. Hasta que no asumimos una noticia, ésta no existe para nosotros. La apuesta por el derecho a nacer ha surgido de la Tierra del Fuego, y desde allí prende, lenta, paciente y perseverantemente, por todo el Planeta. No son sólo las estaciones lo que navega contracorriente en la Argentina, sino —ay, la gran herencia religiosa y cultural hispano-italiana— la fidelidad a unos principios que constituyen una sonora bofetada a esta vetusta y senil Europa bastante miserable que ha antepuesto el confort y el egoísmo a cualquier noción que implique generosidad, un mínimo ánimo de sacrificio y reconocimiento del derecho del más débil, ése que no podrá levantar nunca una pancarta y salir en los telediarios.
¡Bien hecho, argentinos de buena voluntad, bien! Recordemos, por último, que allí, no como aquí, el partido gobernante ha dado libertad de voto a sus senadores, y es esa libertad la que ha hecho posible que el aborto en Argentina siga fuera de la legalidad. La misma libertad que aquí nadie respeta, y que allí tampoco lo hace ese extraño partido único, entre reaccionario y colectivista, que sigue creyéndose, como aquí, amo del país y titular único del progreso.

sábado, 11 de agosto de 2018

AVISO A LOS LECTORES

Comunico a mis lectores que a partir de ahora, y hasta que cese la incertidumbre que pesa sobre la libertad de expresión en mi entorno, algunos artículos serán canalizados por correo electrónico. Los que estén interesados pueden hacerme llegar su dirección a la mía: apgabc@gmail.com

martes, 31 de julio de 2018

¿DÓNDE SE HA METIDO EL ESTADO?


Comprendo, porque lo comparto, que todos necesitamos respiros, y que subrayar los desastres sólo sirve para agrandarlos. ¿Sólo? Probablemente no. Aparte de ser una necesidad comunicativa universal hablar de la verdad aunque duela, saber que alguien se rebela contra el mal es en sí ya un bien. Durante las últimas semanas, los acontecimientos parecen describir, al menos en España, la rúbrica de ese mal encarnado en la figura de lo demoníaco. El odio se va enseñoreando de nuestras calles imperceptiblemente, aflorando en purulentas erupciones que hoy se pueden “visualizar” por Internet. Va a hacer un año que la televisión catalana sirvió el primer gran trucaje manipulador de conciencias que ponía en marcha el “proces”. Consistía en un viejo recurso tramposo: el zoom. Al término de la sesión que abría la ruptura con España, llegado el momento de la votación, los diputados de Ciudadanos y del PP se ausentaron para no tomar parte en la fechoría. Dejaron los escaños vacíos y banderas de España y de Cataluña en su lugar. En ese momento, y para ocultar el mundo entero lo que estaba pasando, TV3 dejó de enfocar a los parlamentarios y cerró el plano en los límites justos de la presidenta cuando ésta pedía que se emitiera el voto. Fue un interminable y antitelevisivo busto parlante que escamoteó la realidad gráfica para la que tuvimos que aguardar a que algún fotógrafo escapado del “pool” inmortalizara el hecho de que la moción se había aprobado con los representantes de media Cataluña fuera de la sala. Ahí empezó la disolución del estado, el desafío a la Ley y el hundimiento de la soberanía nacional, ya para entonces muy tocada.
Las teorías que aprendimos los periodistas en las facultades, empero, se van demostrando inservibles por momentos. La nueva televisión la hacemos nosotros mismos (el receptor es el medio) con nuestros móviles. Unos graban, otros transmiten y cada uno se monta las imágenes y el sonido que creé le presenta más cabalmente los hechos, en función de la credibilidad que le merezcan. Así, nadie puede aspirar como hasta ahora a engañar impunemente siempre. Ha sucedido durante las últimas semanas con varios episodios significativos de que el pistoletazo de salida de la independencia republicana de Cataluña fue mucho más que eso. Me refiero a los brutales comportamientos de taxistas, agresores de fronteras y saboteadores de periódicos que hemos visto y oído en acción. Son tres evidencias de que el estado de derecho se pulveriza en frentes fundamentales. Un energúmeno esparciendo por el asfalto mazos de diarios que no eran suyos, aprovechando que se le paga por repartirlos, y amenazando a quien le filma; una ristra de bandidos invadiendo el territorio nacional y festejando que han derrotado a la Guardia Civil, y los miembros de una mafia volcando un coche en un garaje porque les molesta son ilustraciones de la barbarie que campa por sus respetos en un país que vive su descomposición incivil.
Si uno profundiza y va a los datos —es decir, a la lectura— es mucho peor: cuatrocientos menores indocumentados se fugan de una residencia improvisada de la Junta de Andalucía, cincuenta mil africanos han cambiado Libia por Marruecos como puente hacia Europa tras el “efecto llamada” de Sánchez, cien coches destrozados (alguno con impacto de bala), miles de agresiones en la huelga que colapsa las ciudades españolas, quiosqueros extorsionados... Desde luego, uno piensa que, por higiene mental, no debe seguir leyendo.
Pero para un informador estar informado es algo más que un deber; es un vicio. Todavía no sé si merece la pena, como un drogadicto no sabe si la merece cabalgar a lomos de la heroína. Lo que sí sé es que algo muy grave está pasando ahí fuera y que alguien tiene que contarlo para que otros puedan intentar interpretarlo, que, como todos sabemos, es el primer paso para curarse.
Confieso que todo esto (por ejemplo, ver y oír cómo una horda de bestias inmoviliza un coche en el que viaja una familia y lo golpea sin piedad mientras el conductor les grita que dentro hay una niña, para después emprenderla contra el padre de la criatura que sale a defenderla) me ha producido, por primera vez en mi vida, una desazón nueva que debe de ser parecida a la que siente un trapecista al descubrir desgarros enormes en la red. Incluso en algún momento, haber sido testigo telemático de estas escenas de caos en una gran ciudad (política es actividad de la polis) sin ley ha cambiado mi conducta. Desde luego, ha agriado el resto de confianza que me quedaba en que vivo en una nación fiable, segura y moderna donde todos somos iguales ante la Ley y ésta protege a la gente de bien, que sigue siendo mucha. De ahí mi indignación, simétrica a la del 15-M de la Puerta del Sol. Ojalá los indignados de la otra orilla también encontremos a unos políticos que transformen este sentimiento en amor a la justicia, al bien, a la belleza de ese mundo comprendido entre Platón y Jesucristo.

jueves, 26 de julio de 2018

PRIMEROS CRISTIANOS DE HISPANIA


El cerro de Mértola está coronado por un castillo en el que tuvo su sede la Orden de Santiago durante un siglo. Fue puesto de avanzada a orillas del Guadiana en la campaña para arrebatar al Islam tierras que fueron antaño cristianas. Y de ello da fe, sobre otra elevación del terreno, uno de los enclaves más emotivos para un seguidor de Jesús y hasta para cualquier persona medianamente culta y sensible que salpican aquellas latitudes ibéricas —portuguesa una orilla y española la otra.
La iglesia paleocristiana de Mértola (ignoramos su advocación, si es que la tuvo), fue también necrópolis del siglo V al VIII, y allí reposaron igualmente, mirando a la Meca, los restos de numerosos mahometanos. Es, sin duda, un lugar santo, en el que después se alzó una escuela y hoy, felizmente recuperado para la ciencia arqueológica, pueden visitarse sus ruinas bajo un moderno y funcional edificio. Sobre el pavimento exterior se ha marcado el perímetro de la basílica, de unas proporciones que delatan las que debió tener el pueblo cristiano de Myrtilis a lo largo de aquel tiempo indefinido que se cerró temporalmente en el 711 y que heredó la cultura grecorromana junto a los despojos del Imperio latino.
El trozo de superficie excavada y mostrada al visitante constituye una especie de poblado de los muertos, oquedades apretadas en las que varias generaciones de santos anónimos quisieron que sus huesos aguardasen la Parusía. Los expertos que han extraído vestigios de aquellas últimas voluntades han colocado, valiéndose de técnicas museísticas impecables, multitud de lápidas sobre un costado del local. Están traducidas al portugués y al inglés. El idioma hermano permite a cualquier español seguirlas sin la menor dificultad. Y en esta galería encontramos los ecos de voces que parecen hablarnos desde ultratumba a través de mil quinientos años de resonancias evangélicas. Merecería la pena que la Iglesia actualizase esas manifestaciones de fe y las lanzase al siglo XXI como lo que son: antorchas encendidas en un paisaje religiosamente lunar donde hacen mucha falta.
Casi una hora estuvimos deambulando, mi mujer y yo, por aquel espacio sagrado en el que hermanos de todas las edades, condiciones y ambos sexos nos hablaban desde la epigrafía volcada en la eternidad de unos sepulcros unidos por la esperanza escatológica y el consuelo de la misericordia eterna. Había poca ornamentación, ciertamente, tan sólo unos pájaros, unas flores y cruces ornadas del Alfa y el Omega. En una de las piezas, se podía ver claramente un arco de herradura, lo cual provocaría ríos de tinta en los eruditos de los años treinta. Todo estaba fechado, en algunos casos con mención hasta de los días que aquel fiel había vivido. El silencio ayudaba a identificarnos con aquellas ánimas que quisieron morir en la paz de Cristo y dejar que la tierra de un templo acogiera sus cuerpos donde cuatrocientos años de oración, cultos, cánticos y sacramentos habían dejado una huella litúrgica trascendente.
Nadie más se acercó por allí en ese rato. Mejor. Por ahora, Mértola presume de su pasado musulmán —tiene un festival bianual y un museo dedicados a dicho dominio, omnipresente en la propaganda turística. Obviamente, el calibre del descubrimiento desentrañado en el yacimiento visigodo está ahí, de modo que no es posible borrar su presencia que los siglos han preservado. Y es que si la media luna ondeó en Mértola durante casi cinco siglos, otros tantos habían doblado las campanas como símbolo de los cristianos que fueron siendo pasto de la muerte y dejado constancia de su paso por el mundo arracimados en torno al altar donde se partía el pan de la Última Cena predicado por los apóstoles. Ellos no sabían que quinientos años después, Mértola volvería a ser cristiana y las inscripciones funerarias con sus nombres serían leídas con unción de condiscípulos y con la misma confianza de creyentes que ellos pusieron al redactarlas… milenio y medio más tarde.

CINCO MIL AÑOS NOS CONTEMPLAN


Al atardecer, las jaras del Alentejo se mecen agostadas ya por el aire caliente del Sur, que las acaricia como un varón fuerte presto para la batalla del invierno. Sobre un montículo descaradamente artificial, se levantan dos hitos en paralelo. Dos personajes mitológicos desnudos y erectos. Dos atlantes inesculpidos, bloques pétreos emparejados por un instinto más que ancestral, cósmico. Desviarse desde la carretera general es internarse en la soledad de un campo galáctico. Se oye la grava presionada por los neumáticos, música perfecta para un avance sideral y rústico, carraspera telúrica con cierta similitud en las bandas sonoras de las cintas de celuloide muy gastadas por sesiones de sueños compartidos.
Se pasa de soslayo por un pueblo fantasma. Todo parece indicar que sus habitantes duermen o mueren, que es lo mismo. Con certeza dormitan, mezcla sin mancha de soberbia. El coche cae en un socavón de socavones y su balanceo violento acongoja como presagiando una catástrofe que, por supuesto, no sucede. Todo tiene la inquietud azorada de la ida, sin saber dónde ni cuándo nos encontraremos cara a cara con el misterio. La última señal que denota “monumentos megalíticos” nos sitúa ante un escenario entre bélico y carcomido por un tiempo corto y vil: un cartelón destrozado en la cuneta habla de una adjudicación gubernamental con detalle monetario. Informa de un proyecto de “puesta en valor”. O en uso, no recuerdo. Lo cierto es que recuerda los palimpsestos de civilizaciones perdidas, aunque sólo tiene una antigüedad de algunos lustros (pocos). Allá en lo alto hay dos monolitos hincados señalando el cielo desde hace cinco mil años. Y siguen erguidos, clavados en el suelo que hirieron entonces, metafísicamente verticales, haciendo guardia bajo sol y estrellas ¿cuántos turnos ya? No parecen cansados, sí desgastados en su piel calcolítica que ha devuelto a la tierra lo que es tierra en forma de polvo. Han estado aislados en medio del horizonte 4.990 años, aproximadamente; tal vez más. Y entonces, una tribu humana dotada de presupuestos y burocracia ha actuado allí, para colocar un tablero efímero que le dice a nadie lo que a nadie le importa.
El hombre, cinco mil años después de que aquellos remotos antepasados suyos pensaran, tallaran y colocaran aquellos menhires, los rodeó de una vallas metálicas, puso un pestillo en la puerta, abrió unas ventanitas sobre las que colgó unas pequeñas tablas que reproducían, como en las cavernas, una representación icónica, la de una cámara fotográfica. Y construyó un sendero señalizado con pequeños postecillos a ambos lados para conducir hasta allí desde un pequeño espacio de aparcamiento que completó con un entramado de barras de acero para sostener un sombrajo que si alguna vez existió no ha dejado huella de sí. Finalmente, levantó una escalera de madera, de unos cuantos peldaños, con barandilla, por la que hoy es muy peligroso subir: todo está medio suelto, esperando un peso inesperado que lo hunda.
La eternidad es despiadada. Digo la eternidad y no sé lo que digo, pues algún día, quizás dentro de otros cinco mil años, esos testimonios de las pasiones humanas inalterables caerán también desmoronados por el único dios que rivaliza —o eso parece— con el Dios verdadero, el Eterno: el tiempo. Pero por ahora, el combate y su victoria es de lo antiguo, es decir de lo intemporal. Llegar a los menhires de Lavajo es como comprobar que no somos nadie, algo que alguien muy parecido a nosotros descubrió y dejó señalado para los siglos en un promontorio perdido a orillas del Guadiana, que entonces tampoco existiría.
Cinco mil años nos contemplaban cuando llegamos allí, y tras seguir obedientes la trocha delimitada por los postecillos, se alzaron ante nuestros ojos aquellas figuras idolátricas extraídas de la entraña del pasado para dispararse hacia el firmamento. “Arriba, arriba”, parecían decirnos en voz baja, rodeados como estábamos por un silencio espectral. Allá arriba está todo, entonces como ahora. Lo dicen dos piedras venidas de abajo. Éramos dos personas firmes en torno a dos índices de granito. ¿Quién estaba más vivo, los cuerpos duros e inanes o los de carne y hueso, que contenían la respiración para escuchar el mensaje desprendido por sus interlocutores, seres que bien podrían ser de otros planetas e incluso haber albergado alguna suerte de inteligencia que todavía parecía hallarse en ellos?
Salimos de allí impactados por el abismo interior e infinito que aquel doble venero de preguntas nos había lanzado. Buscamos sin éxito el segundo núcleo, que se mencionaba en unos de los paneles instalados cuando “la puesto en valor”. En realidad, parecía que se lo había vuelto a tragar la tierra. Temimos extraviarnos y volvimos sobre nuestros pasos. Después, en Internet, he hallado nuevas citas, pero ni una sola fotografía, ni un plano, nada que dé fe de su existencia. ¿Qué fue de Lavajo II? ¿Lo expoliaron, lo destruyó un rayo celoso, fue trasladado a un museo, no existió nunca más que en la imaginación febril de un arqueólogo enloquecido por ese torrente de interrogantes con el que los menhires torpedean al visitante?

sábado, 21 de julio de 2018

EL PP RECUPERA LA MEMORIA

Había pensado escribir artículos con títulos como “Carta apócrifa de un ciudadano perdido” o “Son la LMH y la ideología de género la nueva Constitución española? Pero ya no recordaba que hoy el Partido Popular elegía entre más de lo mismo o reencontrarse consigo mismo. El móvil —me rindo, es el nuevo periódico— me ha traído la esperanza. Con ese sabor refrescante, incluso redentor, que da lo inesperado a las buenas noticias. Sinceramente, creo que a los españoles de buena voluntad nos ha tocado la lotería.
Pablo Casado va seguido a menudo de Adolfo Suárez Illana. Y no es por casualidad. El heredero de aquel presidente que sembró la ilusión y la confianza en los españoles convencidos de que sin Franco no podía haber franquismo, el que quiso ser torero y ya sabe, por tanto, desde joven de fracasos no sólo taurinos —tal vez de ahí le venga el pelo precozmente blanco en el hijo de quien conquistó España bajo un macizo azabache impolutamente peinado y fijado— sigue al nuevo presidente de la derecha española como un suplente. Quien no estaba ayer, ni se le esperaba, era Arenas, el gran perdedor de elecciones, ahora como padrino, que también peina canas desde hace tiempo y calza, como yo, barriguita cervecera. Y es que el templete de la Cruz del Campo sevillana marca, sobre todo como estación del vía crucis que dio lugar a la Semana Santa.
Yo pensaba escribir, precisamente, de la obsesión socialista por desenterrar muertos de camino que se entierran puestos de trabajo. Quería advertir de la amenaza cierta del totalitarismo sovietizante, que está a la vuelta de la esquina de la calle San Luis, donde mismo ardieron en una noche tres iglesias, al costado de la tumba de Queipo de Llano. La Macarena no fue pasto de las llamas porque la habían escondido en un cajón y después en un sótano de una calle muy lejana. El cajón se puede ver, junto a unas espeluznantes fotografías, en el museo de la Hermandad. Y quería hablar también de la torpeza de quien intenta exhumar restos sin permiso de sus familiares ni de los custodios de ellos, basándose en un pleito ganado por unos familiares que lograron sacar a cuatro de los 33.872 sepultados bajo la cruz de Cuelgamuros.
Pero no merece la pena. El futuro está en los valores, algo que algunos no podrán comprender nunca, dada su inmadurez perpetua y su alto grado de dependencia del resentimiento. Y los valores, desde hace unas horas, vuelven a estar en el partido que ganó las últimas elecciones. No hay más que ver el gran titular del periódico de la progresía socialista para darse cuenta de que algo muy gordo ha cambiado en el Partido Popular desde que Rajoy fue defenestrado por los amigos de esa media España que no existe sino en sus contusionadas imaginaciones. No hay medias Españas. Hay una sola, que ayer recuperó el pulso, la sístole y la diástole de un debate abierto de ideas claramente postuladas. De la anemia ideológica se ha pasado al programa concreto, certero, identificable, distinto: Libertad, Familia, Vida, Distensión Fiscal, Unidad nacional. Y lo demás, que sean racimos que nazcan de esta parra.
Era exactamente lo que España necesitaba en este momento, además de un líder que transmitiera vivencia de todos ellos; es decir, de una familia, él, ella y dos niños, que supongan para quienes les contemplan un porvenir envidiable para el mar de votantes en potencia que, con estos mimbres, sin duda se aproxima.
El curriculum político de Casado se ajusta perfectamente a los requerimientos de un PP regenerado. Lo tiene todo. Y quienes quisieron crucificarlo con los papeles del “master” lo que han conseguido es ahondar en la tremenda crisis de solvencia de la Universidad española, manipulada hasta extremos impensables hace decenios por los caciques de cada feudo. A Cifuentes se la llevaron por delante dos tarros de crema, no su expediente académico. Baste recordar que, según la presidenta del tribunal, eso de estampar firmas de ausentes era práctica común. Por cierto, ¿lo sigue siendo? El asunto está sub iudice, aunque la manoseada opinión pública ya emitió su dictamen al dictado en cuestión de minutos.
Pablo Casado ingresó en el PP con 22 años, siendo estudiante de Derecho. Fue presidente de Nuevas Generaciones, diputado en la Asamblea de Madrid, jefe de Gabinete de un Aznar declinante y ya fuera de la Moncloa desde hacía cinco años, vicesecretario de Comunicación de Rajoy para lidiar con la Prensa en los primeros momentos de la ola de corrupción (“¡Estamos hasta las narices!”, exclamó en una rueda de prensa). Tiene 37 años. Esperanza Aguirre le puso como condición para que fuera diputado acabar la carrera (licenciatura de cinco años). Después, cursó el master que, dicho sea de paso, es una inutilidad en esta Universidad nuestra. Ha vencido a Soraya Sáenz de Santamaría limpiamente, partiendo de una posición sumamente competitiva, cual es no haber metido la pata ni abdicar de ningún valor sustancial. Porque ha visto lo que ha pasado: que el PP ha perdido el Gobierno sin perder las elecciones y con un nivel de corrupción muy inferior al de otros partidos porque cuando tuvo mayoría absoluta se olvidó de esos ideales que ahora Pablo Casado rescata, dándoles nuevos bríos juveniles. Le queda recuperar los tres millones de votos que la amnesia ideológica se dejó perdidos por el camino. Suerte, vista… y al toro.

viernes, 13 de julio de 2018

¿TOCA LA PARTITOCRACIA A SU FIN?


Alguno exclamará irónicamente “¡Ojalá!”. No creo, empero, que el titular sea un alarde de optimismo. El día que la partitocracia desaparezca del primer plano nacional, la democracia se estrenará. Sostengo, modestamente, que la verdadera libertad del pueblo español desapareció el día en que los partidos secuestraron el sistema, a golpe de listas cerradas, cúpulas endogámicas, subvenciones a los medios, oenegés, sindicatos y otros “agentes sociales”; condonaciones de créditos y manipulación de instintos más o menos confesables de los que todos somos portadores.
El mecanismo de perversión de las reglas es muy sencillo. Se trata de un círculo vicioso, cuya correa de transmisión es la mentira. El político miente, el periodista repite la mentira, el ciudadano se la cree si le halaga los oídos, y vota al político, que vuelve a comenzar el ciclo de la cadena ecológica que configura el medio ambiente partitocrático. Puede incluso que todo ello sea inconsciente o semiconsciente, como el estado en el que algunos terminan las despedidas de soltero. Sólo una catarsis o el reseteado del eslabón básico por causas muchas veces fortuitas puede romper la manía de Sísifo.
Conservo muy fresco el recuerdo de una historia que viví siendo un jovencísimo reportero y que constituyó tal vez la primera experiencia ante la que no tuve más remedio que abrir los ojos y reconocer la ya bastante miserable realidad de la política española. Para mí constituyó un escándalo en aquel contexto primaveral de la transición. Un joven concejal intentó abusar de mi inocencia profesional y de mi bisoñez dictándome por teléfono una intervención pública que según él había pronunciado aquella mañana, y que apenas coincidía con los apuntes que yo había tomado. Sellé mi futuro, probablemente, al ignorar su versión y publicar la que yo había escuchado. Desde entonces apenas ha cruzado una palabra conmigo, y ha llegado muy alto (hasta hoy).
Los temblores telúricos acaecidos desde el 11-M para acá, con la gran traca que ha llevado al poder a todos los que no han ganado ni en las urnas ni en las encuestas, no pueden dejar las cosas como estaban antes de aquella terrible mañana cuyos efectos perduran hoy como entonces. Desde aquel aciago día, España se ha precipitado por una pendiente ruinosa que empieza y espero que termine en un líder socialista. El primero no ganaba ninguna encuesta antes de que detonaran las bombas; el segundo quedaba cuarto en los sondeos hasta que se puso de acuerdo con la marginalidad para arrebatar la Moncloa al anterior ganador y las elecciones a Ciudadanos (además de vetarle a Vox la entrada en el Parlamento).
Los grandes partidos de siempre viven su agonía. La del PP es visible. Sólo el joven Casado podría remontar, muy relativamente. La otra, la del candidato triunfante que no es diputado ni ha ganado nunca unas elecciones más allá de los recintos de su partido, está cantada para quien intente observar desapasionadamente cómo el engaño sigue siendo el gran ariete socialista. Nada o casi nada de cuanto ha anunciado el PSOE será viable. Todo o casi todo se irá hundiendo —lo está haciendo ya— en el mar de lodo en el que la demagogia embustera de la izquierda española suele sumergir a la política. Su final será mucho más rápido de lo que se esperaba, porque los chacales de la agitación callejera ya se están devorando unos a otros, y sin ellos los enjuagues institucionales no funcionan.
Es verdad que el mundo mediático sigue siendo suyo y que los resortes pseudoinformativos están aún bajo su férula. No en vano, durante más de treinta años han ido construyendo, unos y otros, un entramado de gabinetes de prensa y propaganda que sirve de cortafuegos a cualquier difusión masiva de las vergüenzas más incómodas. Pero resulta que además de “medios” de comunicación hay tribunales de Justicia. De momento, nada menos que 750 jueces han elevado al Consejo Consultivo de Jueces Europeos (éste sí un órgano neutral) una denuncia por el “linchamiento” que ha supuesto el espectáculo político, mediático y urbano (es un decir, por aquello de la urbanidad) en el caso de “la manada”. Han puesto el dedo en la llaga del ex ministro Catalá. Pero en realidad, lo que les acucia es la invasión por parte del Ejecutivo y el Legislativo, vía “medios”, del Judicial. Una “colonización” que viene prácticamente desde el principio de nuestra democracia y que la ha contaminado hasta el punto de que Europa se ha creído el cuento chino de los separatistas.
Así las cosas, esto no da para más. La avalancha de detenciones, imputaciones y operaciones judiciales contra cargos de la izquierda, principalmente en Valencia, donde surgió la “Gürtel”, apenas ha conquistado en las televisiones un uno por ciento de lo que sí ha acaparado, por ejemplo, la propuesta de Podemos de multar los piropos. Así estamos. Pero los jueces son pacientes, y hacen, por lo general, muy a conciencia su trabajo. No como los políticos instalados en el poder, bien sea por la puerta formal o por la falsa.
“Roma” caerá por sí sola, y entonces, como ya sucediera antes, la verdad se irá imponiendo sobre los escombros de un imperio que la debilidad humana y sobre todo la falacia dejaron derrumbarse. Lo resultante, que como siempre no estará exento de barbarie, ha de ser, con todo, prometedor, un paisaje en el que, por fin, podamos respirar un aire más puro, con diésel o sin diésel, cada mañana al salir de nuestro portal.

martes, 3 de julio de 2018

CAMBIAR ESPAÑA POR UN 3 %


Las extrañísimas circunstancias históricas gracias a las cuales ha llegado al poder el sucesor de Rajoy y de Zapatero introducen al país en un escenario digno de Ionesco. Un partido que no ha ganado las últimas elecciones dirige la política nacional mediante un líder hasta fecha reciente ninguneado por los suyos, que no es representante de la soberanía nacional pues carece de escaño y que para llegar a su meta —o a su línea de salida— ha precisado de un plantel de apoyos antisistema o antiespañoles. Realmente, la capacidad de encaje del espectador ante una obra como ésta debe estar fabricada a prueba de los mayores sinsentidos.
Pero entre todos los rasgos grotescos que rodean un episodio ciertamente contrahecho de nuestro acontecer colectivo, hay uno que destaca y que nos devuelve al concepto errático y últimamente en desuso de “cambio” y de “transformación social”. Es el modelo que propugna cada uno de esos ingredientes de la coctelera que ha hecho posible un Gobierno socialista sin urnas de por medio. Debemos estar alerta, porque esta palabra, “modelo”, va a estar omnipresente en los debates de los próximos meses. Es la famosa factura que los dalinianos socios de Sánchez le van a pasar ya mismo, sobre todo tras el jardín en el que el presidente se ha metido, él solito, con el espinoso asunto de los inmigrantes, un drama humanitario mundial que desembarca ya masivamente en nuestras costas del sur de Europa sin que se atisbe en el horizonte solución estable alguna.
¿Cómo será el nuevo modelo de sociedad que los manteadores de Sánchez van a exigirle? ¿Es a esto a lo que se referían los de Podemos cuando coreaban, para celebrar en sede parlamentaria la proclamación del presidente que desbancaba al que sí había ganado los comicios, aquello de “¡Sí se puede!”? Porque la ingenuidad en política democrática se paga muy cara, y todos sabemos —aunque muchos finjan ignorarlo— que el “modelo” que daba entonces un paso de gigante no era el de la socialdemocracia, implantada en España incluso antes de Felipe González a través del Estado del Bienestar, sino algo mucho más ambicioso y radical, gestado por las bases de esos grupos marginales consolidados en las instituciones tras acosarlas y que por supuesto no se van a conformar con ver a Rajoy en Santa Pola y a Pedro Sánchez en el banco azul.
Se avecinan, creo, tiempos duros porque los cambios de modelo no vienen sin dolores de parto. Nadie sabe si, como en Cataluña, las triquiñuelas electo-administrativas nos llevarán a que una escasa diferencia, si acaso, de población establezca el dominio de los que quieren “cambiar el modelo” sobre la totalidad. Porque si echamos números, Sánchez es presidente por un escaso 3 por ciento del Congreso. Ésta es la mayoría que hizo exclamar, a golpe de palmas, a los ocupantes de 67 escaños (de 350) “¡Sí se puede!”. Cambiar España con un 3 por ciento de ventaja en una votación coyuntural en la que se dirimía una censura más que una investidura sería, cuando menos, un peligroso atrevimiento.
Los tiempos canónicos marcan un plazo muy ajustado para que el rival de Susana Díaz en las primarias lleve a cabo mutación alguna, al menos del relieve que le van a formular sus sostenedores. Con un margen del 3 por ciento, ningún gobernante en su sano juicio se lanza, por ejemplo, a promover la reforma de la Constitución. Entre otras cosas por la razón que siempre echa para atrás cuando se aborda dicho punto: metidos en faena de reformas constitucionales, la tentación de echar por la borda la Constitución misma está a la vuelta de la esquina. No hace falta ser historiador para comprender el alto voltaje de los cables que se manejarían entonces y que, salvo chispazos pasajeros, nos han dado luz hasta hoy.
Tienen prisa. Los del 3 por ciento saben que el resquicio que ha permitido echar a Rajoy —llámese Gurtel o como se llame— va a estar abierto año y medio. Sánchez quiere predisponer al pueblo español para que le vote, pero los otros no quieren eso, sino algo inmensamente más grave e irreversible, como se ha demostrado en Cataluña y se ve cada día en los intentos de toma de la Justicia por “la calle”. La responsabilidad del PSOE en todo esto (y me refiero a sus militantes, que eligieron a Sánchez) se puede calificar de trascendental. ¿Romperá este partido los consensos de la transición con tal de mantener ese 3 por ciento de rédito parlamentario? Veremos.

     (Publicado en los diarios del Grupo Joly el 3 de julio de 2018)