jueves, 13 de septiembre de 2018

OPERACIÓN MONTÓN


Carmen Monton fue una de las pocas personas que permanecieron fieles a Sánchez cuando éste fue defenestrado por la ejecutiva federal, aquel 2 de octubre de 2016, día de los Santos Ángeles Custodios. Estuvo con él en aquellas horas bajas que precedieron, contra todo pronóstico, a la más atrabiliaria etapa de Gobierno, sin elecciones, con un presidente sin escaño, reuniendo en una gavilla siniestra a los antisistemas parlamentarios enlazados por un ahijado político de Zapatero, ese heredero de Rodolfo Llopis que dejó atrás la socialdemocracia para regresar al prefelipismo.
Mientras que la ejecutiva del PSOE echaba por la borda a Sánchez como un lastre cuyo peso hundía al partido hasta profundidades inéditas, y abría así el camino a la superación del “no es no” que hizo al diario “progresista” editorializar —ahí están las hemerotecas, ya digitales— valiéndose de una calificación que hoy atribuiría a la “extrema derecha” como es la de “insensato sin escrúpulos”, Carmen Montón arropaba al líder caído como Penélope al manto en espera de su adorado Ulises. Estaba lejos, en alguna remota región de los miedos que persiguen a los políticos, imaginar que las tornas fueran a dar la vuelta algún día. Pero, como ocurría con los expósitos, la suerte, que es diosa veleidosa, daría siete meses y pico  después la espalda al aparato que había echado un salvavidas averiado a Mariano Rajoy, es decir, a la aprobación de los presupuestos, con sus correspondientes transferencias financieras a las comunidades autónomas, también las socialistas, y sobre todo la mayor de todas, la andaluza, donde una dama trianera se atrevería a lanzar un órdago al perdedor, como a moro muerto, que se le volvería lanza contra sí en una noche de cuchillos largos y cristales rotos en la plazuela trianera de Santa de Ana. Sin Gobierno no había dinero, y sin dinero no hay socialismo, aunque, como decía la otra dama, la de hierro de más allá del muro adrianeo, sea siempre dinero de otros.
El ciudadano —de momento— español Pedro Sánchez Pérez-Castejón es un tipo con suerte. Ganó las primarias y utilizó la moción de censura para llegar a la Moncloa y sus prebendas vitalicias sin más aval que el de todos los que quieren desmontar España y lo están consiguiendo. Claro que también la baraka hay que dominarla, como cualquier ciencia o arte. Franco la cogió en África, con una bala en el vientre que de la obligatoria y mortal peritonitis pasó a ser sólo un estorbo pasajero para la más brillante carrera militar de Europa. Pero había que ayudar, y él se negó a que lo dejaran abandonado en una trinchera del Rif. Gracias a eso, tuvimos… bueno, mejor me callo, que hay mucha mala saliva por ahí.
Sánchez posee baraka. Le han sonreído los hados, como a zetapé. Sólo que el discípulo carece de la pericia que su mentor lucía con la ceja, y desaprovecha una ocasión tras otra, estrellándose sistemáticamente contra el primer escollo que ve. De seguir así, es posible que se rompa las narices él solito, porque en la vida, ese laberinto en el que lo fundamental es dejar un hilo de Ariadna por donde uno va, para no perderse, no basta con  sentirse el rey del mambo. Hay que saber bailar. Y Sánchez sólo sabe hacerlo fuera de la sala de fiestas. Sólo supo bailar fuera de Ferraz, hasta que consiguió que le dejaran entrar gracias a la gente de la calle. En el Parlamento sólo baila al son que le tocan los danzantes de rituales macabros para la Nación. Y en el palacio de La Moncloa, su danza cosecha un traspié detrás de otro, encadenando escándalos y dimisiones.
Es mal bailarín este muchacho. Lo suyo debe ser volar. Lo hizo cuando lo defenestraron, y le salieron alas para volver. Lo ha hecho, nada más aterrizar en la Presidencia, desplazándose a la actuación de “Los asesinos” (“The killers”) con su esposa en un Falcon del Ejército del Aire en una operación cuyo coste ida y vuelta —12.000 euros— iguala lo que cobra mi hija en un año por trabajar nueve horas diarias.
Acabo con un apunte conspiratorio. Se non è vero è ben trovato. Podría ser que el affaire Montón no fuera lo que parece. Podría ser que alguien con sed de venganza en el Partido Popular —que los debe haber a manojitos, como ocurrió con el caso Cifuentes— haya filtrado datos del caso Montón, pero que la incondicional de Sánchez no fuera la presa final y deseada, sino sólo un cebo. Pudiera ser —ya alguien ha dejado caer algo— que los perdigueros y chacales del PSOE —muchos y bien adiestrados— hayan programado la caída de Montón para atraer a los cazadores hacia Casado, ese líder conservador que va derechito a la recuperación de las esencias populares con las que ganaría sin duda cualquier elección en puertas. Sánchez lo sabe, y lo saben sus acólitos. Por eso nos bombardean con el mantra de la “extrema derecha”. Porque le temen. La única manera de evitarlo sería un vendaval, una explosión, o una serie de ellas, de oleadas periodísticas contra Pablo Casado, incurso ya en un procedimiento judicial, que levantaría a sus propios militantes, portavoces del electorado, fundamentalmente a ese 40 por ciento que perdió el Congreso. Cui prodest? ¡Anda que a nadie! A toda la nomenclatura colocada en primer lugar, empezando por los medios paniaguados, que de aquel editorial tan beligerante han pasado a remover directores y echar la alfombra roja de las entrevistas al nuevo timonel. Al partido de los 84 escaños en segundo lugar. A sus aliados después. A los secesionistas con la llave de las cárceles, por supuesto. Y también, claro está, a los profesionales de la política que en las filas de la “derecha” han quedado excluidos, voluntariamente o no, de la nueva etapa.
No sería la primera vez que estratagemas como ésta tienen éxito y cambian la historia de un país. Esta vez sería con carácter preventivo o “terapéutico”. No vaya a ser que la derecha, como ocurriera en 1933, conquiste parcelas de poder por la vía de las urnas. Probablemente nunca sabremos qué pueda haber de verdad en esta hipótesis encerrada dentro de un enigma, como otros de nuestra Historia reciente que han marcado un giro inesperado a los acontecimientos.
CODA. Tras redactar este artículo, ha estallado lo que, lejos de ser una hipótesis, es una tesis, en apariencia al menos, fraudulenta. Es decir, que la operación Montón, de ser cierta, le habría estallado en la cara a Sánchez. No sé. He dedicado muchas horas de mi trabajo a la Universidad y a las tesis, cuando había pocas y buenas. Las cosas han cambiado tanto, que hoy dudo quede algo del género. El problema se remonta a muy lejos, al desembarco de “penenes” (profesores no numerarios), casi todos socialistas, desplazando a catedráticos y titulares prejubilados forzosos. A partir de ahí, las universidades, sobre todo las nuevas, todas de cuño político partidista, han ido devaluando su nivel sin parar, y no sólo en España, sino en toda la Europa de “Bolonia”. De aquellos polvos vienen estos (¿presuntos?) plagios. Y lo que te rondaré, morena.


martes, 4 de septiembre de 2018

IDEAL Y MATERIA



Con este mismo título escribí mi segundo artículo publicado en Prensa. Se trataba de un larguísimo texto que ocupaba una plana completa del tabloide sevillano “Suroeste”, sucesor del “Sevilla” cuando los periódicos de la cadena del Movimiento intentaron sobrevivir en offset como “Medios de Comunicación Social del Estado”. Lo cierto es que un imberbe Ángel Pérez Guerra depositó en el buzón sus papeles con la ilusión de ver convertidos los teclazos de la Olivetti Studio 45 que conservo como oro en paño en letras de molde, negro sobre blanco de aquel rotativo que nunca llegó a despegar en una sociedad recién estrenada tras la muerte de Franco.
Jugaba yo en aquel artículo a filosofar, con toda la pedantería adolescente de mis 16 años, sobre una cuestión que intuía grave. ¡Y tanto! Como que cuarenta y cuatro años después sigue siendo la misma gran cuestión que nos ocupa, en el fondo de la hojarasca que pisamos. Recuerdo mi alegría desbordante, aunque contenida (que uno fue a un colegio de pago) que me recorrió al comprar aquel número de “Suroeste” en el quiosco que aún existe al enfilar el puente de Isabel II o de Triana, a escasos metros de mi casa. No me lo podía creer. Ya me habían publicado mi primer artículo, bajo el título “Cuando algo llueve” (así comenzaba, y seguía “a nadie satisface y a todos anega”). Pero el anterior era una reflexión corta, aunque es verdad que conserva, también, toda su actualidad. Éste que nuevamente me editaba aquel gran profesional que fue Manuel Benítez Salvatierra era, amén de mucho más extenso, más ambicioso, profundo y completo. Y ahí estaba, ante mí, desplegado a toda página sin recomendaciones y referencias de por medio, espontáneamente enviado y publicado —era de suponer— por méritos propios.
Tal vez aquel día se decidió mi vida, porque la he dedicado, cuantitativamente al menos, al periodismo. Hoy, como digo, y pese a que me resisto a releerme, la clave de aquel artículo continúa lozana en mi mente porque lo está en la sociedad en la que vivo. Acabo de leer la “Apología de Sócrates”, escrita por Platón, su gran discípulo y amanuense. Como es sabido, el inspirador de la escuela académica griega, de la que venimos, hace ahí un alegato de condenado a muerte por la democracia ateniense que sigue siendo veinticuatro siglos después una puesta en evidencia vital del gran engaño que es el sofismo —en nuestro tiempo y lugar revestido de materialismo. Lo que mi ignorancia, que con tan corta edad multiplicaba aún a la que arrastro hoy, no impidió descubrir a mi lucidez, esa oposición nata entre las dos únicas grandes posturas ante la existencia, el idealismo moral y el realismo pragmático, está hoy tan presente en la vida pública y privada de los españoles —también de los occidentales en general— que se podría aplicar el discurso socrático íntegro a la política nacional sin que rechinara una coma. Modestamente, también mi atrevimiento verbal de hace casi medio siglo sigue en pie. En él mencionaba, como aplicación histórica inmediata, a Francisco Franco y a José Antonio en términos encomiásticos. Alguna vez he temido, lo confieso, haberme dejado llevar por un entusiasmo demasiado subjetivo y pasajero. Agradezco a don Pedro Sánchez Pérez-Castejón y sus ministras y ministros la reafirmación en aquellas manifestaciones. Aprovecho que todavía no es delito para expresarlo: La España que nos dejó el Jefe del Estado General Franco fue, además de nuestra matriz cultural, el cimiento de la democracia y el más esperanzador ejemplo de reconciliación de nuestra Historia. Nada perfecto, desde luego, pero ¿calificamos lo que ha venido después? Mejor no.
El ideal sigue luchando, cuerpo a cuerpo, con la materia, como bien proclama San Pablo, y el mismo Cristo si me apuran. Uno de ambos debe vencer cada asalto siempre, y por eso hay épocas presididas por un romo y miope materialismo, como la que ha implantado en España el marxismo omnipresente, y otras, como la franquista, en las que algo tan inútil como la mayor cruz de la Tierra campeó sobre los últimos restos de hombres confundidos por el odio que no pudieron sobrevivir a las armas. Quienes sí lo hicieron edificaron un gran mausoleo en su memoria, con la mejor intención de disuadir a otros tentados por los mismos errores. Y el gran impulsor de todo eso —guste o no— se llamó Francisco Franco Bahamonde.

domingo, 12 de agosto de 2018

UN GRAN PASO ADELANTE

Había escrito un artículo titulado “Un paso atrás”, glosando la respuesta del presidente del Gobierno español al ser preguntado sobre el rechazo del Senado argentino a la propuesta de consagrar el “derecho” a matar al hijo no nacido, como hiciera aquí el troquel del presidente actual, auxiliado por dos jovencitas que de los ministerios españoles pasaron a ser crasas asalariadas de las cruzadas abortistas de la ONU en los países americanos que todavía se resistían a “normalizar” la barbarie (“es lo mismo que hacían los nazis, pero con guante blanco”, ha dicho, clarividentemente, el argentino Papa Francisco en fecha reciente).
Pero hoy he preferido condenar dicho artículo a la papelera, y quedarme con la parte positiva. Lo que acaba de suceder en Argentina es un gran paso adelante, doblemente fértil porque es la primera vez que las cruzadas abortistas en países reacios a ella descarrila. Cierto que por pocos votos, pero los suficientes para invertir el sentido de esta historia macabra. En España, fue el primer Gobierno de izquierdas el que despenalizó el aborto, dejando un sistema de supuestos que nunca se cumplió, porque estaba hecho para que no se cumpliera. Y ahora, otro Gobierno de izquierdas (hecho de retales de movimientos ideológicos del pasado, incluyendo la guerra civil) se estrena con otra iniciativa para “normalizar” la muerte deliberada. A lo primero empezaron llamándole despenalización y han acabado calificándole, mucho más ajustadamente a sus propósitos, “derecho”. A lo segundo le llaman “eutanasia”. Pero es lo mismo, el desprecio del más elemental fenómeno de la Creación: la vida, sustituido por el artificio del “derecho a elegir”.
Por eso, la alegría de los grupos provida, siempre minoritarios y siempre activos, es creciente y se va tiñendo de celeste a medida que el acontecimiento argentino gana, pese al silencio aplastante de los medios habituales, engordados por oscuros y orondos magnates, peso en las conciencias de gentes de todos los países. Es el valor añadido que da el conocimiento. Hasta que no asumimos una noticia, ésta no existe para nosotros. La apuesta por el derecho a nacer ha surgido de la Tierra del Fuego, y desde allí prende, lenta, paciente y perseverantemente, por todo el Planeta. No son sólo las estaciones lo que navega contracorriente en la Argentina, sino —ay, la gran herencia religiosa y cultural hispano-italiana— la fidelidad a unos principios que constituyen una sonora bofetada a esta vetusta y senil Europa bastante miserable que ha antepuesto el confort y el egoísmo a cualquier noción que implique generosidad, un mínimo ánimo de sacrificio y reconocimiento del derecho del más débil, ése que no podrá levantar nunca una pancarta y salir en los telediarios.
¡Bien hecho, argentinos de buena voluntad, bien! Recordemos, por último, que allí, no como aquí, el partido gobernante ha dado libertad de voto a sus senadores, y es esa libertad la que ha hecho posible que el aborto en Argentina siga fuera de la legalidad. La misma libertad que aquí nadie respeta, y que allí tampoco lo hace ese extraño partido único, entre reaccionario y colectivista, que sigue creyéndose, como aquí, amo del país y titular único del progreso.

sábado, 11 de agosto de 2018

AVISO A LOS LECTORES

Comunico a mis lectores que a partir de ahora, y hasta que cese la incertidumbre que pesa sobre la libertad de expresión en mi entorno, algunos artículos serán canalizados por correo electrónico. Los que estén interesados pueden hacerme llegar su dirección a la mía: apgabc@gmail.com

martes, 31 de julio de 2018

¿DÓNDE SE HA METIDO EL ESTADO?


Comprendo, porque lo comparto, que todos necesitamos respiros, y que subrayar los desastres sólo sirve para agrandarlos. ¿Sólo? Probablemente no. Aparte de ser una necesidad comunicativa universal hablar de la verdad aunque duela, saber que alguien se rebela contra el mal es en sí ya un bien. Durante las últimas semanas, los acontecimientos parecen describir, al menos en España, la rúbrica de ese mal encarnado en la figura de lo demoníaco. El odio se va enseñoreando de nuestras calles imperceptiblemente, aflorando en purulentas erupciones que hoy se pueden “visualizar” por Internet. Va a hacer un año que la televisión catalana sirvió el primer gran trucaje manipulador de conciencias que ponía en marcha el “proces”. Consistía en un viejo recurso tramposo: el zoom. Al término de la sesión que abría la ruptura con España, llegado el momento de la votación, los diputados de Ciudadanos y del PP se ausentaron para no tomar parte en la fechoría. Dejaron los escaños vacíos y banderas de España y de Cataluña en su lugar. En ese momento, y para ocultar el mundo entero lo que estaba pasando, TV3 dejó de enfocar a los parlamentarios y cerró el plano en los límites justos de la presidenta cuando ésta pedía que se emitiera el voto. Fue un interminable y antitelevisivo busto parlante que escamoteó la realidad gráfica para la que tuvimos que aguardar a que algún fotógrafo escapado del “pool” inmortalizara el hecho de que la moción se había aprobado con los representantes de media Cataluña fuera de la sala. Ahí empezó la disolución del estado, el desafío a la Ley y el hundimiento de la soberanía nacional, ya para entonces muy tocada.
Las teorías que aprendimos los periodistas en las facultades, empero, se van demostrando inservibles por momentos. La nueva televisión la hacemos nosotros mismos (el receptor es el medio) con nuestros móviles. Unos graban, otros transmiten y cada uno se monta las imágenes y el sonido que creé le presenta más cabalmente los hechos, en función de la credibilidad que le merezcan. Así, nadie puede aspirar como hasta ahora a engañar impunemente siempre. Ha sucedido durante las últimas semanas con varios episodios significativos de que el pistoletazo de salida de la independencia republicana de Cataluña fue mucho más que eso. Me refiero a los brutales comportamientos de taxistas, agresores de fronteras y saboteadores de periódicos que hemos visto y oído en acción. Son tres evidencias de que el estado de derecho se pulveriza en frentes fundamentales. Un energúmeno esparciendo por el asfalto mazos de diarios que no eran suyos, aprovechando que se le paga por repartirlos, y amenazando a quien le filma; una ristra de bandidos invadiendo el territorio nacional y festejando que han derrotado a la Guardia Civil, y los miembros de una mafia volcando un coche en un garaje porque les molesta son ilustraciones de la barbarie que campa por sus respetos en un país que vive su descomposición incivil.
Si uno profundiza y va a los datos —es decir, a la lectura— es mucho peor: cuatrocientos menores indocumentados se fugan de una residencia improvisada de la Junta de Andalucía, cincuenta mil africanos han cambiado Libia por Marruecos como puente hacia Europa tras el “efecto llamada” de Sánchez, cien coches destrozados (alguno con impacto de bala), miles de agresiones en la huelga que colapsa las ciudades españolas, quiosqueros extorsionados... Desde luego, uno piensa que, por higiene mental, no debe seguir leyendo.
Pero para un informador estar informado es algo más que un deber; es un vicio. Todavía no sé si merece la pena, como un drogadicto no sabe si la merece cabalgar a lomos de la heroína. Lo que sí sé es que algo muy grave está pasando ahí fuera y que alguien tiene que contarlo para que otros puedan intentar interpretarlo, que, como todos sabemos, es el primer paso para curarse.
Confieso que todo esto (por ejemplo, ver y oír cómo una horda de bestias inmoviliza un coche en el que viaja una familia y lo golpea sin piedad mientras el conductor les grita que dentro hay una niña, para después emprenderla contra el padre de la criatura que sale a defenderla) me ha producido, por primera vez en mi vida, una desazón nueva que debe de ser parecida a la que siente un trapecista al descubrir desgarros enormes en la red. Incluso en algún momento, haber sido testigo telemático de estas escenas de caos en una gran ciudad (política es actividad de la polis) sin ley ha cambiado mi conducta. Desde luego, ha agriado el resto de confianza que me quedaba en que vivo en una nación fiable, segura y moderna donde todos somos iguales ante la Ley y ésta protege a la gente de bien, que sigue siendo mucha. De ahí mi indignación, simétrica a la del 15-M de la Puerta del Sol. Ojalá los indignados de la otra orilla también encontremos a unos políticos que transformen este sentimiento en amor a la justicia, al bien, a la belleza de ese mundo comprendido entre Platón y Jesucristo.

jueves, 26 de julio de 2018

PRIMEROS CRISTIANOS DE HISPANIA


El cerro de Mértola está coronado por un castillo en el que tuvo su sede la Orden de Santiago durante un siglo. Fue puesto de avanzada a orillas del Guadiana en la campaña para arrebatar al Islam tierras que fueron antaño cristianas. Y de ello da fe, sobre otra elevación del terreno, uno de los enclaves más emotivos para un seguidor de Jesús y hasta para cualquier persona medianamente culta y sensible que salpican aquellas latitudes ibéricas —portuguesa una orilla y española la otra.
La iglesia paleocristiana de Mértola (ignoramos su advocación, si es que la tuvo), fue también necrópolis del siglo V al VIII, y allí reposaron igualmente, mirando a la Meca, los restos de numerosos mahometanos. Es, sin duda, un lugar santo, en el que después se alzó una escuela y hoy, felizmente recuperado para la ciencia arqueológica, pueden visitarse sus ruinas bajo un moderno y funcional edificio. Sobre el pavimento exterior se ha marcado el perímetro de la basílica, de unas proporciones que delatan las que debió tener el pueblo cristiano de Myrtilis a lo largo de aquel tiempo indefinido que se cerró temporalmente en el 711 y que heredó la cultura grecorromana junto a los despojos del Imperio latino.
El trozo de superficie excavada y mostrada al visitante constituye una especie de poblado de los muertos, oquedades apretadas en las que varias generaciones de santos anónimos quisieron que sus huesos aguardasen la Parusía. Los expertos que han extraído vestigios de aquellas últimas voluntades han colocado, valiéndose de técnicas museísticas impecables, multitud de lápidas sobre un costado del local. Están traducidas al portugués y al inglés. El idioma hermano permite a cualquier español seguirlas sin la menor dificultad. Y en esta galería encontramos los ecos de voces que parecen hablarnos desde ultratumba a través de mil quinientos años de resonancias evangélicas. Merecería la pena que la Iglesia actualizase esas manifestaciones de fe y las lanzase al siglo XXI como lo que son: antorchas encendidas en un paisaje religiosamente lunar donde hacen mucha falta.
Casi una hora estuvimos deambulando, mi mujer y yo, por aquel espacio sagrado en el que hermanos de todas las edades, condiciones y ambos sexos nos hablaban desde la epigrafía volcada en la eternidad de unos sepulcros unidos por la esperanza escatológica y el consuelo de la misericordia eterna. Había poca ornamentación, ciertamente, tan sólo unos pájaros, unas flores y cruces ornadas del Alfa y el Omega. En una de las piezas, se podía ver claramente un arco de herradura, lo cual provocaría ríos de tinta en los eruditos de los años treinta. Todo estaba fechado, en algunos casos con mención hasta de los días que aquel fiel había vivido. El silencio ayudaba a identificarnos con aquellas ánimas que quisieron morir en la paz de Cristo y dejar que la tierra de un templo acogiera sus cuerpos donde cuatrocientos años de oración, cultos, cánticos y sacramentos habían dejado una huella litúrgica trascendente.
Nadie más se acercó por allí en ese rato. Mejor. Por ahora, Mértola presume de su pasado musulmán —tiene un festival bianual y un museo dedicados a dicho dominio, omnipresente en la propaganda turística. Obviamente, el calibre del descubrimiento desentrañado en el yacimiento visigodo está ahí, de modo que no es posible borrar su presencia que los siglos han preservado. Y es que si la media luna ondeó en Mértola durante casi cinco siglos, otros tantos habían doblado las campanas como símbolo de los cristianos que fueron siendo pasto de la muerte y dejado constancia de su paso por el mundo arracimados en torno al altar donde se partía el pan de la Última Cena predicado por los apóstoles. Ellos no sabían que quinientos años después, Mértola volvería a ser cristiana y las inscripciones funerarias con sus nombres serían leídas con unción de condiscípulos y con la misma confianza de creyentes que ellos pusieron al redactarlas… milenio y medio más tarde.

CINCO MIL AÑOS NOS CONTEMPLAN


Al atardecer, las jaras del Alentejo se mecen agostadas ya por el aire caliente del Sur, que las acaricia como un varón fuerte presto para la batalla del invierno. Sobre un montículo descaradamente artificial, se levantan dos hitos en paralelo. Dos personajes mitológicos desnudos y erectos. Dos atlantes inesculpidos, bloques pétreos emparejados por un instinto más que ancestral, cósmico. Desviarse desde la carretera general es internarse en la soledad de un campo galáctico. Se oye la grava presionada por los neumáticos, música perfecta para un avance sideral y rústico, carraspera telúrica con cierta similitud en las bandas sonoras de las cintas de celuloide muy gastadas por sesiones de sueños compartidos.
Se pasa de soslayo por un pueblo fantasma. Todo parece indicar que sus habitantes duermen o mueren, que es lo mismo. Con certeza dormitan, mezcla sin mancha de soberbia. El coche cae en un socavón de socavones y su balanceo violento acongoja como presagiando una catástrofe que, por supuesto, no sucede. Todo tiene la inquietud azorada de la ida, sin saber dónde ni cuándo nos encontraremos cara a cara con el misterio. La última señal que denota “monumentos megalíticos” nos sitúa ante un escenario entre bélico y carcomido por un tiempo corto y vil: un cartelón destrozado en la cuneta habla de una adjudicación gubernamental con detalle monetario. Informa de un proyecto de “puesta en valor”. O en uso, no recuerdo. Lo cierto es que recuerda los palimpsestos de civilizaciones perdidas, aunque sólo tiene una antigüedad de algunos lustros (pocos). Allá en lo alto hay dos monolitos hincados señalando el cielo desde hace cinco mil años. Y siguen erguidos, clavados en el suelo que hirieron entonces, metafísicamente verticales, haciendo guardia bajo sol y estrellas ¿cuántos turnos ya? No parecen cansados, sí desgastados en su piel calcolítica que ha devuelto a la tierra lo que es tierra en forma de polvo. Han estado aislados en medio del horizonte 4.990 años, aproximadamente; tal vez más. Y entonces, una tribu humana dotada de presupuestos y burocracia ha actuado allí, para colocar un tablero efímero que le dice a nadie lo que a nadie le importa.
El hombre, cinco mil años después de que aquellos remotos antepasados suyos pensaran, tallaran y colocaran aquellos menhires, los rodeó de una vallas metálicas, puso un pestillo en la puerta, abrió unas ventanitas sobre las que colgó unas pequeñas tablas que reproducían, como en las cavernas, una representación icónica, la de una cámara fotográfica. Y construyó un sendero señalizado con pequeños postecillos a ambos lados para conducir hasta allí desde un pequeño espacio de aparcamiento que completó con un entramado de barras de acero para sostener un sombrajo que si alguna vez existió no ha dejado huella de sí. Finalmente, levantó una escalera de madera, de unos cuantos peldaños, con barandilla, por la que hoy es muy peligroso subir: todo está medio suelto, esperando un peso inesperado que lo hunda.
La eternidad es despiadada. Digo la eternidad y no sé lo que digo, pues algún día, quizás dentro de otros cinco mil años, esos testimonios de las pasiones humanas inalterables caerán también desmoronados por el único dios que rivaliza —o eso parece— con el Dios verdadero, el Eterno: el tiempo. Pero por ahora, el combate y su victoria es de lo antiguo, es decir de lo intemporal. Llegar a los menhires de Lavajo es como comprobar que no somos nadie, algo que alguien muy parecido a nosotros descubrió y dejó señalado para los siglos en un promontorio perdido a orillas del Guadiana, que entonces tampoco existiría.
Cinco mil años nos contemplaban cuando llegamos allí, y tras seguir obedientes la trocha delimitada por los postecillos, se alzaron ante nuestros ojos aquellas figuras idolátricas extraídas de la entraña del pasado para dispararse hacia el firmamento. “Arriba, arriba”, parecían decirnos en voz baja, rodeados como estábamos por un silencio espectral. Allá arriba está todo, entonces como ahora. Lo dicen dos piedras venidas de abajo. Éramos dos personas firmes en torno a dos índices de granito. ¿Quién estaba más vivo, los cuerpos duros e inanes o los de carne y hueso, que contenían la respiración para escuchar el mensaje desprendido por sus interlocutores, seres que bien podrían ser de otros planetas e incluso haber albergado alguna suerte de inteligencia que todavía parecía hallarse en ellos?
Salimos de allí impactados por el abismo interior e infinito que aquel doble venero de preguntas nos había lanzado. Buscamos sin éxito el segundo núcleo, que se mencionaba en unos de los paneles instalados cuando “la puesto en valor”. En realidad, parecía que se lo había vuelto a tragar la tierra. Temimos extraviarnos y volvimos sobre nuestros pasos. Después, en Internet, he hallado nuevas citas, pero ni una sola fotografía, ni un plano, nada que dé fe de su existencia. ¿Qué fue de Lavajo II? ¿Lo expoliaron, lo destruyó un rayo celoso, fue trasladado a un museo, no existió nunca más que en la imaginación febril de un arqueólogo enloquecido por ese torrente de interrogantes con el que los menhires torpedean al visitante?

sábado, 21 de julio de 2018

EL PP RECUPERA LA MEMORIA

Había pensado escribir artículos con títulos como “Carta apócrifa de un ciudadano perdido” o “Son la LMH y la ideología de género la nueva Constitución española? Pero ya no recordaba que hoy el Partido Popular elegía entre más de lo mismo o reencontrarse consigo mismo. El móvil —me rindo, es el nuevo periódico— me ha traído la esperanza. Con ese sabor refrescante, incluso redentor, que da lo inesperado a las buenas noticias. Sinceramente, creo que a los españoles de buena voluntad nos ha tocado la lotería.
Pablo Casado va seguido a menudo de Adolfo Suárez Illana. Y no es por casualidad. El heredero de aquel presidente que sembró la ilusión y la confianza en los españoles convencidos de que sin Franco no podía haber franquismo, el que quiso ser torero y ya sabe, por tanto, desde joven de fracasos no sólo taurinos —tal vez de ahí le venga el pelo precozmente blanco en el hijo de quien conquistó España bajo un macizo azabache impolutamente peinado y fijado— sigue al nuevo presidente de la derecha española como un suplente. Quien no estaba ayer, ni se le esperaba, era Arenas, el gran perdedor de elecciones, ahora como padrino, que también peina canas desde hace tiempo y calza, como yo, barriguita cervecera. Y es que el templete de la Cruz del Campo sevillana marca, sobre todo como estación del vía crucis que dio lugar a la Semana Santa.
Yo pensaba escribir, precisamente, de la obsesión socialista por desenterrar muertos de camino que se entierran puestos de trabajo. Quería advertir de la amenaza cierta del totalitarismo sovietizante, que está a la vuelta de la esquina de la calle San Luis, donde mismo ardieron en una noche tres iglesias, al costado de la tumba de Queipo de Llano. La Macarena no fue pasto de las llamas porque la habían escondido en un cajón y después en un sótano de una calle muy lejana. El cajón se puede ver, junto a unas espeluznantes fotografías, en el museo de la Hermandad. Y quería hablar también de la torpeza de quien intenta exhumar restos sin permiso de sus familiares ni de los custodios de ellos, basándose en un pleito ganado por unos familiares que lograron sacar a cuatro de los 33.872 sepultados bajo la cruz de Cuelgamuros.
Pero no merece la pena. El futuro está en los valores, algo que algunos no podrán comprender nunca, dada su inmadurez perpetua y su alto grado de dependencia del resentimiento. Y los valores, desde hace unas horas, vuelven a estar en el partido que ganó las últimas elecciones. No hay más que ver el gran titular del periódico de la progresía socialista para darse cuenta de que algo muy gordo ha cambiado en el Partido Popular desde que Rajoy fue defenestrado por los amigos de esa media España que no existe sino en sus contusionadas imaginaciones. No hay medias Españas. Hay una sola, que ayer recuperó el pulso, la sístole y la diástole de un debate abierto de ideas claramente postuladas. De la anemia ideológica se ha pasado al programa concreto, certero, identificable, distinto: Libertad, Familia, Vida, Distensión Fiscal, Unidad nacional. Y lo demás, que sean racimos que nazcan de esta parra.
Era exactamente lo que España necesitaba en este momento, además de un líder que transmitiera vivencia de todos ellos; es decir, de una familia, él, ella y dos niños, que supongan para quienes les contemplan un porvenir envidiable para el mar de votantes en potencia que, con estos mimbres, sin duda se aproxima.
El curriculum político de Casado se ajusta perfectamente a los requerimientos de un PP regenerado. Lo tiene todo. Y quienes quisieron crucificarlo con los papeles del “master” lo que han conseguido es ahondar en la tremenda crisis de solvencia de la Universidad española, manipulada hasta extremos impensables hace decenios por los caciques de cada feudo. A Cifuentes se la llevaron por delante dos tarros de crema, no su expediente académico. Baste recordar que, según la presidenta del tribunal, eso de estampar firmas de ausentes era práctica común. Por cierto, ¿lo sigue siendo? El asunto está sub iudice, aunque la manoseada opinión pública ya emitió su dictamen al dictado en cuestión de minutos.
Pablo Casado ingresó en el PP con 22 años, siendo estudiante de Derecho. Fue presidente de Nuevas Generaciones, diputado en la Asamblea de Madrid, jefe de Gabinete de un Aznar declinante y ya fuera de la Moncloa desde hacía cinco años, vicesecretario de Comunicación de Rajoy para lidiar con la Prensa en los primeros momentos de la ola de corrupción (“¡Estamos hasta las narices!”, exclamó en una rueda de prensa). Tiene 37 años. Esperanza Aguirre le puso como condición para que fuera diputado acabar la carrera (licenciatura de cinco años). Después, cursó el master que, dicho sea de paso, es una inutilidad en esta Universidad nuestra. Ha vencido a Soraya Sáenz de Santamaría limpiamente, partiendo de una posición sumamente competitiva, cual es no haber metido la pata ni abdicar de ningún valor sustancial. Porque ha visto lo que ha pasado: que el PP ha perdido el Gobierno sin perder las elecciones y con un nivel de corrupción muy inferior al de otros partidos porque cuando tuvo mayoría absoluta se olvidó de esos ideales que ahora Pablo Casado rescata, dándoles nuevos bríos juveniles. Le queda recuperar los tres millones de votos que la amnesia ideológica se dejó perdidos por el camino. Suerte, vista… y al toro.

viernes, 13 de julio de 2018

¿TOCA LA PARTITOCRACIA A SU FIN?


Alguno exclamará irónicamente “¡Ojalá!”. No creo, empero, que el titular sea un alarde de optimismo. El día que la partitocracia desaparezca del primer plano nacional, la democracia se estrenará. Sostengo, modestamente, que la verdadera libertad del pueblo español desapareció el día en que los partidos secuestraron el sistema, a golpe de listas cerradas, cúpulas endogámicas, subvenciones a los medios, oenegés, sindicatos y otros “agentes sociales”; condonaciones de créditos y manipulación de instintos más o menos confesables de los que todos somos portadores.
El mecanismo de perversión de las reglas es muy sencillo. Se trata de un círculo vicioso, cuya correa de transmisión es la mentira. El político miente, el periodista repite la mentira, el ciudadano se la cree si le halaga los oídos, y vota al político, que vuelve a comenzar el ciclo de la cadena ecológica que configura el medio ambiente partitocrático. Puede incluso que todo ello sea inconsciente o semiconsciente, como el estado en el que algunos terminan las despedidas de soltero. Sólo una catarsis o el reseteado del eslabón básico por causas muchas veces fortuitas puede romper la manía de Sísifo.
Conservo muy fresco el recuerdo de una historia que viví siendo un jovencísimo reportero y que constituyó tal vez la primera experiencia ante la que no tuve más remedio que abrir los ojos y reconocer la ya bastante miserable realidad de la política española. Para mí constituyó un escándalo en aquel contexto primaveral de la transición. Un joven concejal intentó abusar de mi inocencia profesional y de mi bisoñez dictándome por teléfono una intervención pública que según él había pronunciado aquella mañana, y que apenas coincidía con los apuntes que yo había tomado. Sellé mi futuro, probablemente, al ignorar su versión y publicar la que yo había escuchado. Desde entonces apenas ha cruzado una palabra conmigo, y ha llegado muy alto (hasta hoy).
Los temblores telúricos acaecidos desde el 11-M para acá, con la gran traca que ha llevado al poder a todos los que no han ganado ni en las urnas ni en las encuestas, no pueden dejar las cosas como estaban antes de aquella terrible mañana cuyos efectos perduran hoy como entonces. Desde aquel aciago día, España se ha precipitado por una pendiente ruinosa que empieza y espero que termine en un líder socialista. El primero no ganaba ninguna encuesta antes de que detonaran las bombas; el segundo quedaba cuarto en los sondeos hasta que se puso de acuerdo con la marginalidad para arrebatar la Moncloa al anterior ganador y las elecciones a Ciudadanos (además de vetarle a Vox la entrada en el Parlamento).
Los grandes partidos de siempre viven su agonía. La del PP es visible. Sólo el joven Casado podría remontar, muy relativamente. La otra, la del candidato triunfante que no es diputado ni ha ganado nunca unas elecciones más allá de los recintos de su partido, está cantada para quien intente observar desapasionadamente cómo el engaño sigue siendo el gran ariete socialista. Nada o casi nada de cuanto ha anunciado el PSOE será viable. Todo o casi todo se irá hundiendo —lo está haciendo ya— en el mar de lodo en el que la demagogia embustera de la izquierda española suele sumergir a la política. Su final será mucho más rápido de lo que se esperaba, porque los chacales de la agitación callejera ya se están devorando unos a otros, y sin ellos los enjuagues institucionales no funcionan.
Es verdad que el mundo mediático sigue siendo suyo y que los resortes pseudoinformativos están aún bajo su férula. No en vano, durante más de treinta años han ido construyendo, unos y otros, un entramado de gabinetes de prensa y propaganda que sirve de cortafuegos a cualquier difusión masiva de las vergüenzas más incómodas. Pero resulta que además de “medios” de comunicación hay tribunales de Justicia. De momento, nada menos que 750 jueces han elevado al Consejo Consultivo de Jueces Europeos (éste sí un órgano neutral) una denuncia por el “linchamiento” que ha supuesto el espectáculo político, mediático y urbano (es un decir, por aquello de la urbanidad) en el caso de “la manada”. Han puesto el dedo en la llaga del ex ministro Catalá. Pero en realidad, lo que les acucia es la invasión por parte del Ejecutivo y el Legislativo, vía “medios”, del Judicial. Una “colonización” que viene prácticamente desde el principio de nuestra democracia y que la ha contaminado hasta el punto de que Europa se ha creído el cuento chino de los separatistas.
Así las cosas, esto no da para más. La avalancha de detenciones, imputaciones y operaciones judiciales contra cargos de la izquierda, principalmente en Valencia, donde surgió la “Gürtel”, apenas ha conquistado en las televisiones un uno por ciento de lo que sí ha acaparado, por ejemplo, la propuesta de Podemos de multar los piropos. Así estamos. Pero los jueces son pacientes, y hacen, por lo general, muy a conciencia su trabajo. No como los políticos instalados en el poder, bien sea por la puerta formal o por la falsa.
“Roma” caerá por sí sola, y entonces, como ya sucediera antes, la verdad se irá imponiendo sobre los escombros de un imperio que la debilidad humana y sobre todo la falacia dejaron derrumbarse. Lo resultante, que como siempre no estará exento de barbarie, ha de ser, con todo, prometedor, un paisaje en el que, por fin, podamos respirar un aire más puro, con diésel o sin diésel, cada mañana al salir de nuestro portal.

martes, 3 de julio de 2018

CAMBIAR ESPAÑA POR UN 3 %


Las extrañísimas circunstancias históricas gracias a las cuales ha llegado al poder el sucesor de Rajoy y de Zapatero introducen al país en un escenario digno de Ionesco. Un partido que no ha ganado las últimas elecciones dirige la política nacional mediante un líder hasta fecha reciente ninguneado por los suyos, que no es representante de la soberanía nacional pues carece de escaño y que para llegar a su meta —o a su línea de salida— ha precisado de un plantel de apoyos antisistema o antiespañoles. Realmente, la capacidad de encaje del espectador ante una obra como ésta debe estar fabricada a prueba de los mayores sinsentidos.
Pero entre todos los rasgos grotescos que rodean un episodio ciertamente contrahecho de nuestro acontecer colectivo, hay uno que destaca y que nos devuelve al concepto errático y últimamente en desuso de “cambio” y de “transformación social”. Es el modelo que propugna cada uno de esos ingredientes de la coctelera que ha hecho posible un Gobierno socialista sin urnas de por medio. Debemos estar alerta, porque esta palabra, “modelo”, va a estar omnipresente en los debates de los próximos meses. Es la famosa factura que los dalinianos socios de Sánchez le van a pasar ya mismo, sobre todo tras el jardín en el que el presidente se ha metido, él solito, con el espinoso asunto de los inmigrantes, un drama humanitario mundial que desembarca ya masivamente en nuestras costas del sur de Europa sin que se atisbe en el horizonte solución estable alguna.
¿Cómo será el nuevo modelo de sociedad que los manteadores de Sánchez van a exigirle? ¿Es a esto a lo que se referían los de Podemos cuando coreaban, para celebrar en sede parlamentaria la proclamación del presidente que desbancaba al que sí había ganado los comicios, aquello de “¡Sí se puede!”? Porque la ingenuidad en política democrática se paga muy cara, y todos sabemos —aunque muchos finjan ignorarlo— que el “modelo” que daba entonces un paso de gigante no era el de la socialdemocracia, implantada en España incluso antes de Felipe González a través del Estado del Bienestar, sino algo mucho más ambicioso y radical, gestado por las bases de esos grupos marginales consolidados en las instituciones tras acosarlas y que por supuesto no se van a conformar con ver a Rajoy en Santa Pola y a Pedro Sánchez en el banco azul.
Se avecinan, creo, tiempos duros porque los cambios de modelo no vienen sin dolores de parto. Nadie sabe si, como en Cataluña, las triquiñuelas electo-administrativas nos llevarán a que una escasa diferencia, si acaso, de población establezca el dominio de los que quieren “cambiar el modelo” sobre la totalidad. Porque si echamos números, Sánchez es presidente por un escaso 3 por ciento del Congreso. Ésta es la mayoría que hizo exclamar, a golpe de palmas, a los ocupantes de 67 escaños (de 350) “¡Sí se puede!”. Cambiar España con un 3 por ciento de ventaja en una votación coyuntural en la que se dirimía una censura más que una investidura sería, cuando menos, un peligroso atrevimiento.
Los tiempos canónicos marcan un plazo muy ajustado para que el rival de Susana Díaz en las primarias lleve a cabo mutación alguna, al menos del relieve que le van a formular sus sostenedores. Con un margen del 3 por ciento, ningún gobernante en su sano juicio se lanza, por ejemplo, a promover la reforma de la Constitución. Entre otras cosas por la razón que siempre echa para atrás cuando se aborda dicho punto: metidos en faena de reformas constitucionales, la tentación de echar por la borda la Constitución misma está a la vuelta de la esquina. No hace falta ser historiador para comprender el alto voltaje de los cables que se manejarían entonces y que, salvo chispazos pasajeros, nos han dado luz hasta hoy.
Tienen prisa. Los del 3 por ciento saben que el resquicio que ha permitido echar a Rajoy —llámese Gurtel o como se llame— va a estar abierto año y medio. Sánchez quiere predisponer al pueblo español para que le vote, pero los otros no quieren eso, sino algo inmensamente más grave e irreversible, como se ha demostrado en Cataluña y se ve cada día en los intentos de toma de la Justicia por “la calle”. La responsabilidad del PSOE en todo esto (y me refiero a sus militantes, que eligieron a Sánchez) se puede calificar de trascendental. ¿Romperá este partido los consensos de la transición con tal de mantener ese 3 por ciento de rédito parlamentario? Veremos.

     (Publicado en los diarios del Grupo Joly el 3 de julio de 2018)

viernes, 22 de junio de 2018

EL PSOE Y LOS TIEMPOS


“En política hay un factor fundamental que es el tiempo. Nadie puede hacer política y tener éxito si no tiene un cierto sentido del tiempo.”
(José Luis Rodríguez Zapatero dixit)

En este mismo blog puede encontrar el amable lector una crónica de aquella noche de recuento de votos en que Susana Díaz perdió, contra todo pronóstico, las primeras elecciones primarias del PSOE ante un Pedro Sánchez —hoy “misecretariogeneralpedro”— inopinadamente redivivo cual ave Fénix capaz, además, de hacer resurgir de las cenizas a su partido. Aquel artículo, fruto de la mejor casualidad intuitiva del periodismo puramente vocacional, era como una retransmisión en directo, desde la Plaza de Santa Ana de Triana (Sevilla), pero a través de ese sombrío prisma, lo que se transparentaba era un acontecimiento histórico, aunque no planetario.
Hay en los últimos y lóbregos sucesos de la vida política nacional —bastante mortecina, por cierto— algo parecido a un espejismo. Como en el “Ciudadano Kane” de Wells (por cierto, que el título original en inglés lleva marca de reloj, “Citizen”), uno mira atrás, sólo unas semanas, y se encuentra inmerso en un juego de espejos deformantes cuyo único denominador común es el paso [imposible] del tiempo. Ya sabemos, al menos desde Heráclito hasta Einstein o al revés, que el tiempo es relativo, pero al menos creíamos que era lineal. Nada más lejos de la realidad. El tiempo, como en Borges, o mejor aún como en Kafka, es una superposición de mundos ajenos entre sí y colocados caprichosamente, o no, en sucesión cronológica más o menos objetiva, según al menos lo que marca el tic tac de aquellas máquinas antaño mecánicas hogaño digitales de medir lo inconmensurable.
Esta fanfarria pseudofilosófica viene a cuento de las cosas que han pasado en España —y no sólo en España— durante las fechas que, según ese otro artefacto de tasar el tiempo que es el calendario, nos preceden hoy. Porque reconozcamos nuestra impotencia ante las carambolas que dan con la blanca en el agujero de la mesa. El desierto político llamado Mariano Rajoy Brey (me refiero a su etapa como primer ministro del Rey de España) nos había acostumbrado, sin sentir, a que aquí nunca pasaba nada. La economía iba bien (lo que iba mejor era la inversión de los especuladores en deuda pública), ETA había puesto fin a su barbarie (falso, como se ha demostrado en Alsasua, porque los bárbaros dejan una huella milenaria), el 155 sentaba un precedente que hacía de candado a la unidad de España (ya, como se encargaban de recordar cada día Torra, Puigdemont y Torrent, ¿no?) y sobre todo, la aritmética parlamentaria impedía, junto con una 6ª sembradora de miedos, que España “se perdiera” como se perdió Cuba.
Pues anda que el registrador iba orientado… Que estaba fuera de tiempo lo sabía el maestro de los tiempos, el que aprovechó sus ocho años en el poder para dejarlo todo atado y bien atado, de manera que la derecha vergonzante fuera incapaz de desarmarlo, como si se tratara de un niño tembloroso ante un mecano que le inspira terror por no tener ni idea de cómo se desmonta. El maestro de los tiempos enseñó muy bien al pequeño saltamontes que ha ido de fracaso en fracaso hasta la victoria provisional, que a buen seguro intentará sea definitiva, y a lo peor lo consigue. No en vano, ambos son de León e hicieron carrera socialista de la mano. “Misecretariogeneralpedro” ha recuperado el rodriguezzapaterismo como si el tiempo no hubiera pasado. Ha dado un salto hacia atrás hasta conectar con el momento —2011— en que la crisis había obligado a congelar la obra del gran líder que iba a cambiar España. Y que la cambió de arriba abajo. El túnel del tiempo es la gran aportación ideológica de los socialistas españoles. Ahora nos sitúan en noviembre de 1975, en la explanada del Valle de Los Caídos, y le dan la vuelta al féretro de Franco. Seguidamente, nos llevarán a la posguerra, cuando defender ideas estaba penado con cárcel. Y, como tierra prometida del zapaterismo, llegaremos a la II República, un poco antes del Frente Popular (que es donde anacrónicamente estamos) y de la Ceda. Arribaremos al azañismo. Decía Aznar, ése que hablaba catalán (con Pujol) en la intimidad, que leía las memorias de Azaña con fruición todas las noches. De hecho, las presentó en una gala con ribetes republicanos. Tal vez ignorase, y aún ignore, que el presidente tuvo que salir huyendo de su adorada República cuando le comunicaron en un cine de la Gran Vía que “los suyos” habían asesinado, acribillándolo a tiros, a José Antonio Primo de Rivera en un oscuro patio de la prisión alicantina.
En fin, el manejo inimitable de los tiempos es lo que permitió a un tal “Isidoro” según la ficha policial cruzar España sin ser molestado para salir siendo secretario general del PSOE en un Suresnes donde Rodolfo Llopis todavía soñaba con tumbar a Franco y volver al 36. Después, las fuerzas vivas lo fueron aupando para redondear la transición pacífica que evitase el puerto al que su antecesor quería llevarnos. Alguien maneja mi barca, que cantaría la de voz disonante. Los tiempos son la clave, como muy bien sabía ZP y ha aprendido su pupilo. Ante el incuestionable agotamiento de ideas, el PSOE de Sánchez ha decidido dar marcha atrás. Es la única posición de la palanca del cambio que les queda. Entraña un gran peligro, como le ha recordado su rival y subordinada: “Hay que ir hacia delante”, ha dicho o venido a decir. Aunque sea mirando de vez en cuando al retrovisor. Rajoy dejó las cosas en punto muerto. Él sabrá por qué. Ahora, el discípulo de aquel estadista de la cita inicial retoma, con su peculiar “decíamos ayer” todo lo que el otro dejó iniciado e inconcluso. Pero el otro no es imbécil. Sabía que las ideas se habían acabado. Le dejó al de los congelados hieráticos de corte gallego un país en ruinas pero con memoria histórica, para que en lo sucesivo diera marcha atrás a la historia sin él ensuciarse las manos.
¿Han observado que ya nadie habla de “cambio”? Como por arte de birlibirloque, desde la proclamación de la República Independiente de Cataluña, todo el mundo parece haber mandado el “cambio” al trastero. Por algo será. El dominio de los tiempos nos lleva ahora, como primera estación, al Valle de los Caídos. Los buenos magos hacen juegos de manos y no ves nunca lo que ha pasado, porque no te da tiempo.

jueves, 7 de junio de 2018

UNA CALLE SEVILLANA PARA EL BISABUELO DEL REY


Ahora que Su Majestad el Rey se ha erigido por méritos propios en el verdadero defensor del orden constitucional con todas sus consecuencias, es de esperar una ofensiva del frentismo demoledor contra la institución que encarna. El republicanismo, cubierto siempre de un barniz romántico a lo Delacroix que oculta sus lúgubres balances en la historia nacional, es esa asignatura pendiente para muchos que hoy ocupan sus asientos en el hemiciclo en tantos sentidos ya irreconocible como Congreso de los Diputados. Recuerdo que el día que se anunció la abdicación de Don Juan Carlos recorrió la Plaza Nueva de Sevilla una marcha muy nutrida de agitadores que portaban, entre un mar de banderas tricolores, una de dimensiones gigantescas sobre sus cabezas, sin duda guardada para “la ocasión definitiva”. Si se presenta ésta —Dios no lo quiera— será, como en las dos anteriores, por la fuerza. Y en este momento, a sus avalistas es lo que parece sobrarles.
Para quienes duden de mi palabra, les voy a indicar bibliografía. En cuanto a la primera República española, como hija de la revolución autodenominada “Gloriosa” que destronó a Isabel II, recomiendo las páginas finales de la “Historia de los heterodoxos españoles”, de Marcelino Menéndez Pelayo, el gran polígrafo de nuestras letras. Y sobre la II República —no sobre la frentepopulista y prebélica, sino sobre la germinal y virgen—, la ilustración documental que ofrezco es intelectualmente más modesta, pero vitalmente más loable. Procede de un libro que ha aparecido en algunas —poquísimas— tiendas recientemente, aunque data de muy antiguo, pues lo escribió una de las últimas novicias de aquella fundadora que tuvo calle antes de ser enterrada gracias a la unanimidad de los grupos municipales republicanos. Se titula, con humildad propia de la Compañía, “Bosquejo biográfico de Sor Ángela de la Cruz”. En dos ocasiones, este testigo presencial relata cómo la quema de conventos que tuvo lugar tan sólo un mes después de la proclamación callejera del nuevo régimen descargó tal mazazo en Santa Ángela, quien ya había padecido, al poco de comenzar su obra, la angustia de conocer los desastres de la primera edición republicana, que no se repuso, y tras caer enferma sufrió un calvario de nueve meses antes de expirar en loor y olor de santidad.
Especial impacto tuvo en Sor Ángela la persecución religiosa en Málaga, donde era obispo su amigo y protector el ya también santo Manuel González. En el libro que comento hay una descripción casi periodística en primera persona de las hermanas que se refugiaron, junto al prelado, en los sótanos anejos al saqueado palacio episcopal, esperando el martirio. Ángela de la Cruz Guerrero había creado una red de conventos en los que vivían ya numerosas mujeres, amenazadas por la “libertad republicana”, y se sentía responsable de ellas, sin poder hacer por salvarlas nada más —y nada menos— que rezar.
Quiero terminar con una propuesta al Ayuntamiento de Sevilla, en la confianza de que su alcalde conserva sensibilidad para la búsqueda constante de la superación de nuestros lastres históricos. Sevilla tenía un puente dedicado a Alfonso XIII. Hoy yace, casi desguazado, a orillas del canal que atravesó desde que el crucero Buenos Aires lo inaugurase —era movedizo— para servir a la Exposición Iberoamericana de 1929, por cierto también declarada abierta por el Monarca. Ese puente lo hemos cruzado generaciones de sevillanos, algunos varias veces al día. Se desmontó, sustituido por el de Las Delicias, y con él desapareció la “calle” de Alfonso XIII. Tienen vías, al menos oficialmente, Isabel II (otro puente), Alfonso XII, Juan Carlos I, Canalejas, Sagasta, Eduardo Dato, Diego Martínez Barrio, Pablo Iglesias (primero), y hasta Carlos Marx. ¿Por qué se ha condenado nuevamente al exilio del callejero sevillano al bisabuelo del actual Rey de España? Ahí queda la idea. Se va a incorporar a los espacios públicos de la ciudad la orilla del Guadalquivir más próxima al actual puente de Los Remedios. No sería mala idea, digo yo, que esos jardines, tan cercanos al emplazamiento del “de hierro” y a la Plaza de España, lleven el nombre de Alfonso XIII. Y tampoco lo sería que ahora, precisamente ahora, se rotulase una avenida de la Sevilla moderna con el nombre de Don Felipe VI.

Publicado en ABC de Sevilla el 7 de junio de 2018

jueves, 24 de mayo de 2018

ESPAÑA ESTÁ EN UN APURO MUY GORDO


Lo digo así, para se me entienda con facilidad. Las maniobras de “nacionalistas” (en realidad, separatistas, ¿hay alguien que lo dude a estas alturas?), socialistas y comunistas durante los años de la “transición”, y muy especialmente a la hora de sacar adelante la “Constitución de la democracia” han dado como resultado una situación insostenible, principalmente en lo que respecta a la unidad nacional, pero no entendida sólo como un asunto territorial, sino transversal, social, que afecta a la soberanía en todos sus planos y sentidos.
A lo largo de casi un año, desde que los independentistas catalanes anunciaron sus intenciones, allá por junio del 2017, España se ha ido desmoronando, dentro y fuera de nuestras fronteras. Era un mecanismo de relojería lento, pero ya se ha visto que implacable el que supuso la autonomía regional, sobre todo desde el punto y hora, que fue muy pronto, en que los ponentes vascos y catalanes, nacionalistas o no, imponen, con la sola oposición de Manuel Fraga, el fulminante del explosivo, el término "nacionalidades", ariete de todos los pueblos que han luchado por su autodeterminación.
Lo que se está derrumbando ahora, tras cuatro décadas de minado, es el edificio del estado. La Nación probablemente se fue al carajo, como decía aquel personaje de Vargas Llosa en el maloliente “Catedral” peruano, hace mucho, desde el instante mismo en que se introdujo ese asilvestrado concepto constitucional que a la postre ha sido un billete de ida a ninguna parte.
El grito de socorro de profesores y catedráticos catalanes, sobre todo del mundo del Derecho, a la esfinge para que haga algo mientras otros prescinden en absoluto de esa misma Constitución, dueños al fin de un trozo de España, no es sino el acta notarial cualificada —un registrador de la propiedad debería ser consciente de ello— de una enajenación bandoleril. Pero ojo, que el efecto Cataluña Libre es ya la desarticulación real de España, como se va comprobando, dramáticamente, en el Campo de Gibraltar, en las oleadas de náufragos sin documentar, en los incidentes de Lavapiés, en el decaimiento —éste fue el primero en el que se sumió el 155— del derecho a educar a los hijos en castellano en parte del territorio nacional, en la (o)presión callejera sobre jueces y fiscales y, finalmente, en la rendición de un ministro de Justicia ante ese mismo ambiente coactivo.
Todo eso por no hablar del estado furtivo en el que, a juzgar por las últimas informaciones filtradas, se encuentra una parte de la Universidad española, ésa que debe velar por la excelencia de las élites profesionales y su influencia educativa sobre los demás. La reducción a 5 de la nota mínima para acceder a una beca, en lugar de suprimir el requisito de la renta familiar máxima, ha sido otra clamorosa cesión de la derecha a la demagogia más pedestre.
El más reciente informe de la Unión Europea sobre nuestro estado de cosas, dado a conocer hoy mismo, es una radiografía cabal de cuanto antecede en este artículo: las autonomías como raíz de casi todos nuestros males mayores, empezando por la educación y siguiendo por la economía (la real), y hasta las ayudas. Terrible es esta frase: “Los ingresos mínimos garantizados se caracterizan por las grandes diferencias en las condiciones de acceso en las distintas regiones y debido a la fragmentación en múltiples esquemas nacionales los distintos tipos de desempleados son gestionados por distintas administraciones, lo que tiene como resultado que muchos ciudadanos que lo necesitan no reciben ningún tipo de ayudas.”
Últimamente, informar en España es llorar, además de un deporte de riesgo que muy pocos asumen. Vivimos en una gran asamblea televisada donde el rigor y el respeto a la verdad pertenecen al pasado, y por eso casi todas las escasas energías que le van quedando al poder instituido las emplea en censurarlo. ¿Seguimos pensando que aquí no pasa nada? Yo sigo rezando para que los apocalípticos estemos muy equivocados.
P.S.: Obviamente, y como algunos no nos cansaremos de repetir, el trasfondo de todo esto es moral. De hecho, las autonomías no son más que un recurso para engañar a la gente y colocar a los propios. Confío en que la inmoralidad tenga suelo, y así sea para actores que blasfeman una y otra vez, párrocos que los acogen y agitadores revolucionarios que se permiten lo que la mayoría no podrá tener nunca, por muy universitarios que sean. Todo gracias a las herencias forjadas en vidas que, casualmente, siempre giran en torno a la subversión, cuando no a cosas peores.

miércoles, 2 de mayo de 2018

A GOLPE DE PURA DEMAGOGIA


Con el golpe catalán hemos llegado al fondo de la demagogia autonomista y con el “análisis crítico colectivo” de la sentencia sobre “La Manada” al de la demagogia antijurídica. Entrambos, el país ha quedado sumido en un peligrosísimo estado de “disolución”, para utilizar la expresión de un juez fuera de servicio. Si a ello añadimos los entrebastidores del caso Cifuentes —la sustancia apenas tiene valor— y fenómenos sedicentes como el “rescate” de un detenido en unas urgencias hospitalarias de manos de sus custodios policiales por una banda de forajidos, hasta un niño del sistema educativo socialista colegiría que esto se va a pique.
La demagogia, suplantadora de la democracia, ha hecho tanto daño a la sociedad española que, efectivamente, ya no la conoce ni la madre que la parió. Y sigue infligiéndolo, como se acaba de ver con la subida desaforada de las pensiones aplicándole a las grandes multinacionales norteamericanas impuestos especiales que se traducirán —para seguir las ideas antaño neoliberales del Partido Popular— en más paro. Como la popa amenaza hundirse de puro peso, se pasa lastre a la proa,  así el barco naufraga por igual. ¡Qué inteligencia la de estos gobernantes amedrentados por la calle!
La calle —algunas calles, porque otras, la mayoría, siguen una vida más bien gris o simplemente tranquila— ha sido siempre la gran palanca de la demagogia. Se acaba de comprobar en los fastos conmemorativos de la revolución sovietizante de París, con banderas de la URSS incluidas. La diferencia entre las demagogias triunfantes y las auténticas democracias estriba en la reacción de la llamada “clase política”, principalmente de los gobernantes. Cuando quien quiera que fuese atentó en Madrid el 11 de marzo de 2004, Alfredo Pérez Rubalcaba aprovechó la tarde de la “jornada de reflexión” para arremeter en rueda de prensa improvisada contra el Gobierno porque “mentía”, mientras en la calle Génova y en otras trescientas sedes del PP se congregaba una multitud silenciosa con cartelitos en la misma línea. El vuelco electoral estaba servido.
Ahora, ha sido primero Cataluña y después las huestes de lo políticamente correcto —es decir, de la demagogia rampante— los que han puesto contra las cuerdas a la democracia, encarnada en lo único que nos defiende ante la injusticia: la seguridad jurídica por la que velan, no infaliblemente, los tribunales. Como me decía el antedicho juez, “hay compañeros con los que no iría ni a tomarme un café, y otros con los que iría al fin del mundo, pero la alternativa a la Justicia es mucho peor”. Así es, aunque a juzgar por “la calle”, la totalidad de los políticos con voz pública y la casi unanimidad de los medios, lo que hoy manda es, lisa y llanamente, la demagogia de la ciudad sin ley. Jueces y fiscales son hoy por hoy en España el Gary Cooper solo ante el peligro de la Ley de Lynch. La sentencia que ha suscitado más pasiones que el paso de la Macarena una Madrugá tiene 371 folios. De ellos, 237 corresponden al voto particular del juez que pedía la absolución, el pim pam pum de “la calle”, los políticos y los medios. Es de suponer, por la seguridad en sí mismos que estos tres sectores muestran, sin dejar ni la menor fisura a la duda, que todo el mundo en general se ha leído el documento en cuestión, lo ha estudiado, valiéndose de sesudos manuales para interpretar la Ley, surgida, por cierto, de “la calle”, la Prensa y los partidos.
Es aquí donde tenemos, forzosamente, que llegar, a la partitocracia, que todo lo maneja, también al Poder Judicial y que antes de dar medio paso mira qué cara ponen los gurús internos para medirlo todo en votos. Comoquiera que llevamos más de treinta años de meticulosa deseducación de las masas rebeladas, tenemos que a la falta de formación para la democracia padecida a la hora de la transición y que sólo una sólida mesocracia ha podido amortiguar, se une una desoladora carencia de valores que hace girar la alta política en torno a dos botes de crema antienvejecimiento mientras nadie se pregunta siquiera cómo es posible que una universidad falsifique firmas como quien dice “es la hora” y se va.
Aunque donde la demagogia llega al paroxismo es en la conducta de los gobernantes “conservadores”. Las palabras del ministro de Justicia, que por primera vez “en democracia” han dado lugar a la petición unánime de dimisión o destitución por parte de todas, absolutamente todas las asociaciones de jueces y fiscales marcan, probablemente, el momento más bajo de la democrademagogia española. El choque de trenes entre la Judicatura y el Gobierno (instigado por el arco parlamentario en general) es, ni más ni menos, que la colisión frontal entre la democracia, eso que debería haberse mantenido en octubre de 1982, y la demagogia, nociva, tóxica, desestabilizadora y a menudo letal para cualquier país. El jardín en el que se ha metido el sucesor de Gallardón (y número dos de su Ministerio) tiene muy difícil vuelta atrás. Es más, aún en el supuesto de que consigan cambiar la Ley sin empeorarla —cosa que dudo— nada podría obligar a su aplicación retroactiva en la sentencia de “La Manada”. Los recursos seguirán su camino con arreglo a la legislación vigente cuando sucedieron los hechos. Y en este asunto, las cosas están mucho más claras que en el famoso y malhadado affaire zapaterista en torno a la “doctrina Parot”. O sea, que si el supuesto escándalo llega a Estrasburgo, debería dimitir/remitir la agitación de la clase política en general, la Prensa y “la calle”.
Quiero tener, finalmente, un recuerdo para el ex jefe de Catalá, el único ministro que le ha tosido a Rajoy y ha dado una inmensa lección de honradez política y personal al dimitir la tarde del mismo día que el presidente le desautorizó en la reforma de la Ley Aído que consagraba, así por las buenas, el aborto como derecho. Alberto Ruiz Gallardón convocó una rueda de prensa en el Ministerio para primera hora de la tarde. En ella afloró el mejor Gallardón, su padre. Como en las últimas palabras públicas de Cifuentes ha aflorado la mejor Cifuentes, su padre el general. No logro encontrar en Internet aquel discurso memorable, por lo que agradeceré a cualquier alma caritativa que me pueda ayudar su generosidad. Pero la impresión la guardo en mi memoria histórica personal como el último vestigio de político admirable que ha dado el renqueante sistema que tenemos.

viernes, 6 de abril de 2018

LA HORA VOX

La atroz tesitura actual de la política española podría llevarnos a múltiples consideraciones, según el corte de la realidad que eligiéramos. Pero todo es inútil si no miramos al futuro. Cada vez está más claro el fracaso de la partitocracia, un plato que si alguna vez ofreció aroma apetitoso, eso fue hace tanto tiempo que ya sólo provoca náuseas. Los esfuerzos desesperados de la izquierda, con la anuencia de la derecha, por tapar el mal olor actual con la relectura beligerante del pasado, hasta el extremo de castigar económicamente a quien ose destacar las bondades de una época con sus luces y sus sombras, como todas, revela, de una forma descarada y descarnada, la insuficiencia letal de un discurso agotado, incapaz de proponer nada para reconstruir un país devastado por las corrupciones.
Es, pues, la hora de una alternativa nueva, bien imbuida de valores claramente manifestados, algunos arrinconados en el desván de la Historia y otros proclamados a diario y sistemáticamente burlados por los profesionales del engaño. Es la hora VOX. Hay que recordar —y mucho, porque la amnesia colectiva es un atributo muy español— que esta formación política, sustentada en la figura icónica de José Antonio Ortega Lara (532 días, uno detrás de otro, en un “zulo” etarra, aclaro para jóvenes recién llegados y maduros olvidadizos) y en el tesón valiente de Santiago Abascal (diputado del PP en las Vascongadas cuando eso equivalía a un salvoconducto hacia la tumba) se ha mantenido, en la más cruda soledad, al pie del cañón de la acusación popular contra el secesionismo catalán. Y que gracias a esas tres letras el procedimiento para defender a España de los separatistas no ha decaído. Son los abogados de VOX los que han hecho posible que el Estado de Derecho mantenga la compostura frente a sus atacantes, muy especialmente su secretario general, Javier Ortega, que no rehúye si hace falta el debate a cara descubierta con los acosadores en la televisión oficial catalana, insólitamente tolerada por el Gobierno del 155.
La perseverancia en el empleo de la Ley para instar a la persecución judicial del delito sedicioso es un servicio a varias generaciones de españoles que debería recibir en próximos comicios el premio electoral merecido. Ignoro si será así. Todo tiene un final, hasta la indiferencia de un pueblo frente a la lenidad de sus autoridades y a la bastardía de sus lobos. Confío en que la gente recapacite y comprenda, entre otras cosas, que es preciso elegir, ya, entre autonomías y pensiones, que nada de lo que está pasando con una región española hubiera sido posible sin la presencia absurda e insostenible de diecisiete parlamentos regionales; que no debe pasar ni un día más sin que una gran nación histórica como ha sido la española se plantée qué debe hacer para evitar que el precio de la libertad de una mujer sea acabar con la vida de su hijo; que las parejas del mismo sexo tengan su reconocimiento legal sin que haya de ser necesariamente el matrimonio —que es otra cosa— y sin que su derecho a ser padres sea algo separado del derecho de los hijos a tener padre y madre; que la enseñanza libre es algo reservado en primer lugar a las familias, de las que el Estado sólo puede ser garante, no suplantador; que la solución a la violencia no está en generar rencor; y que la economía o respira o se muere, porque tampoco existe la economía de Estado.
Son algunas de las cuestiones que no admiten dilación, y que nada, absolutamente nada tienen que ver con el reparto de poder, los pactos de pasillos o la propaganda. La liberación de Ortega Lara, esa hazaña gloriosa de nuestra Guardia Civil, fue seguida del mayor punto de inflexión que una opinión pública hasta entonces notoriamente anestesiada por el miedo, haya experimentado en sus respuestas al terrorismo: el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un grito se abrió entonces paso en las plazas de España: “¡Basta ya!”. Este lema, unido en nuestra memoria a mares de manos blancas, despertó una lluvia de conciencias, incluso dentro del mundo etarra, y desde luego modificó la actitud de mandatarios extranjeros, sobre todo franceses, creando las condiciones para terminar con “el santuario”, y de paso con las conexiones de Perpiñán, que recorren como un acuífero el subsuelo de lo que está pasando en Cataluña.
Al sacrificio inimaginable de Ortega Lara debemos en buena parte la extinción de una lacra que nos ha atormentado durante medio siglo. Y a la persistencia cívica de sus compañeros en VOX, así como a la clarividencia de Felipe VI, tendrá que agradecer España, simplemente, seguir existiendo. Porque si fuera por otros…

miércoles, 28 de marzo de 2018

EL RETIRO FINAL DEL PADRE AYARRA


Aunque vivía en un piso del Cabildo, José Enrique Ayarra trabajaba en un pequeño reducto que la fundación Focus —don Javier Benjumea— le había puesto en el hospital de los Venerables Sacerdotes, como si el destino hubiera querido dar cobijo en la institución fundada por otro canónigo de postín, Justino de Neve, a un ministro de la Iglesia que cuatrocientos años después pondría la mejor música a los lienzos de Murillo encargados por su amigo y confesor. Ayarra era un torrente de energía al hablar. Su voz estaba templada con las notas de los tubos tenores que sobrecogen cuando alzan, emiten y hacen vibrar sus cuerdas vocales bajo las bóvedas nervadas del templo que no tiene igual. Conservo esa voz en una cinta grabada en aquella entreplanta por la que entraba la luz de la calle Jamerdana, donde Blanco White meditó sus rupturas teológicas. Escuchar al padre Ayarra era, por el contrario, aferrarse a las seguridades de aquel músico celestial que aprendió a interpretar oyendo el toque de corneta en su gélido cuartel de Jaca. Pienso ahora que entre una sonora corneta, como la del brigada Rafael, el timbre de Ayarra y la potencia del órgano obediente a sus órdenes no había tanta diferencia.
Se nos ha ido el día de su santo. Recomiendo a los lectores, que presupongo sensibles a las intimidades sevillanas, que peregrinen por las tallas y pinturas de San José que hay repartidas en las iglesias y conventos de Sevilla, al menos en aquellos que no han sido saqueados por los franceses o por la incuria ignorante de ciertos curas. Fíjense, por ejemplo, en la imagen expuesta al culto en el templo dúplice de la hermandad del Silencio. Está nada más cruzar el arco donde se nos recuerda que Mateo Alemán fue hermano mayor de la corporación. San José lleva siempre de la mano a un Niño Jesús que le mira buscando en él la tierra firme. Eso era Ayarra, tomándonos de la mano a los sevillanos con su música para que no perdiéramos el Norte de la fe cierta. Si algo he aprendido en esta vida es que no hay casualidades. San José, Pepe, le diría a su Hijo: “Llama al padre Ayarra, que ya ha hecho mucha misión bautizando con sus conciertos y con sus cultos, para que forme en la legión de los ángeles instrumentistas que nimban el Reino de los Cielos”. Y como regalo de onomástica, Ayarra pudo ver la gloria que sus teclados habían anticipado.
En aquella entrevista de Los Venerables, que se puede buscar en la hemeroteca virtual de ABC, me contaba Ayarra un gesto que me llamó la atención y que ahora cobra, providencialmente, actualidad. Salió de él, ensalzar el mundo de la piedad popular sevillana. Pero cuando abordó la Semana Santa, fue igual de contundente que con las demás cosas serias que salían de su boca. Y es que, llegadas las fechas mayores de la ciudad, Ayarra se retiraba a su hogar, adonde sin duda llegarían los acordes del himno nacional procedentes de la puerta de San Miguel, y allí se pasaba la semana entera meditando, rezando y escuchando La Pasión Según San Mateo. Ayarra ni siquiera bajaba a asomarse por el pasaje de los Seises o a la puerta ojival del antiguo colegio de los canónigos. Se encerraba en aquel hospital de venerables sacerdotes en el que convertía su casa y desde allí se trasladaba al Gólgota jerosimilitano, interrumpiendo su retiro sólo para los oficios catedralicios, que no serían los mismos sin sus arpegios.
José Enrique Ayarra Jarne, sacerdote de Cristo, organista titular de la Catedral de Sevilla durante casi seis décadas, hace este año su retiro de Semana Santa en la Casa del Padre. Su ayudante, el padre de los Sagrados Corazones Carlos Navascués, mi padre Carlos en los Padres Blancos, habrá cogido su bicicleta con temblor en los mismos brazos que pasaban las partituras del maestro. Le he preguntado “¿y ahora qué?” y me ha contestado que el Cabildo decidirá. Creo, sin atribuirme conocimientos de que carezco, que él sería un buen candidato a sucederle, aunque sé, por el mismo Ayarra, que el titular ha de ser canónigo y ocupar la plaza por oposición. Pero, desaparecido físicamente don José Enrique, ¿quién mejor que su pupilo para conservar su espíritu vivo sobre el teclado? Todos nos quedamos como sordos sin la esperanza de volver a reconocer los armónicos truenos del padre Ayarra.

(Publicado en ABC de Sevilla el 27 de marzo de 2018, Martes Santo)


miércoles, 21 de marzo de 2018

CONMOCIONES


"Cuando vemos que Gabriel no vive es el momento más duro de nuestra carrera profesional y el que no lloró allí, lo hizo en otro momento; es que somos humanos."
José Hernández Mosquera, teniente coronel jefe accidental de la Comandancia de la Guardia Civil de Almería

Vaya por delante de este artículo que, tras la metamorfosis censora que está experimentando la sociedad española en el tubo de ensayo de la izquierda, con leyes mordaza en tramitación y un proceso inquisitorial digno de regímenes muy alejados de nuestro entorno (hasta ahora), cuanto escriba desde este momento debe ser interpretado multiplicando por diez su contenido. Las otras nueve partes me las callaré para no poner en bandeja a los enemigos de la libertad mi cabeza y la de mi familia.
Dicho esto, quería referirme hoy a la gran enfermedad que corroe los tuétanos de la Nación española, si es que todavía existe: la hipocresía. Es la peste del siglo XXI en España; también, por supuesto, en Sevilla, desde donde sigo rompiendo a escribir cada vez que logro salir del muermo depresivo en el que me sumerge el paisaje político circundante. Sí, hoy voy a por todas, y para explicarme nada mejor que reproducir íntegro el mensaje recibido y procedente de la entidad local más luchadora en defensa del derecho a la vida (artículo 15 de la Constitución Española) que se ve sistemáticamente vulnerado cada día en las personas de trescientos seres humanos concebidos en España. Lo envió el presidente de la asociación Pro Vida de Mairena del Alcor, que, como digo, es pionera y avanzada siempre en la defensa del no nacido y su madre. Y decía así:

“Hoy martes día 13 de marzo, al tiempo que tenía lugar el funeral por el niño Gabriel, vilmente asesinado por su "madrastra", y a la misma hora, asistíamos absolutamente impotentes al asesinato de Angelito, un niño al que su padre y otros parientes trataron de salvar pero que su "madre", aún después de oir los latidos de su pequeño corazón y de ver su foto e incluso habiéndole proporcionado un trabajo bueno y digno, rechazó tajantemente, con una frialdad que extremece, ejerciendo el "derecho a decidir" sobre la vida de su hijo.
Lo que cuento es real como la vida misma y demuestra la falsedad del "derecho a la igualdad" que impide a un padre hacer nada por su hijo y que condena a un hijo a muerte por la simple voluntad de su madre.
Los políticos se sienten horrorizados con lo sucedido a Gabriel y ven un derecho y logro social el asesinato de Angelito.
La Hipocresía no puede ser más gigantesca.”

Llegado a este punto, y sabedor de que estas líneas nunca llegarán a ser “virales”, podría guardar silencio. Pero no les voy a dar este gusto a los nuevos amos de España. Y voy a comentar algo de lo que se me ocurre (insisto en que, como hacía aquel personaje de “La vida de los otros”, oculto mi máquina de escribir lo que siento bajo el parquet por si aparece la “Stasi”).
Los pueblos pueden derrumbarse de muchas maneras, aunque hay muy pocas para reconstruirlos. Atacar el origen mismo de la vida humana es, sin duda, la mejor baza de la decadencia. El aborto, como más tarde y recientemente otras cruzadas para el desarme moral de los españoles, se planteó al principio como una exigencia democrática, una normalización cuyos efectos inicuos se limitaban a tres supuestos, que nunca se respetaron por cierto, lo mismo que se ignoró y se ignora la sentencia del Tribunal Constitucional.  Aquello lo sacó adelante Felipe, el despenalizador. Era la primera fase. La segunda la puso Zapatero, el implantador. Y, al igual que en esas otras cruzadas, lo que se disfrazó de supresión de barreras discriminatorias, se ha convertido en el fruto podrido de la imposición obligatoria. Y pobre del que sostenga lo contrario.
Es la verdadera faz de los movimientos inspirados en la filosofía de Marx y en la praxis de Lenin. La manera de dar pasos irreversibles es la propia: utilizar los puntos débiles de la burguesía. Poco, a poco, a lo largo de cuarenta años de zapa, han ido laminando a la clase media y su mentalidad para que sea más fácil el asalto final. Y éste se produce ahora, con los vendavales antidemocráticos de “la calle” y “los medios” agitando la propaganda subversiva, igualitaria y arrasadora que barre España. Es fundamental en esta etapa definitiva darle la vuelta a la historia, y para eso están las leyes, ni siquiera modificadas por el PP cuando podía, de lavado de cerebro colectivo, principalmente de las generaciones que no conocieron lo que se pretende transformar “a posteriori”.
Llegados a este punto, se ha conseguido que ocurra, imperceptiblemente, lo que mi amigo Manolo, que se bate el cobre desde Mairena, describía lacónica y dramáticamente en su testimonio sobre “Angelito”: que todo un país se movilice, y hace bien, por el pobre Gabriel y su familia verdadera, mientras que pasan los días y nadie mueve una pestaña por los otros trescientos “gabrielitos” caídos a diario en los abortorios de España. Espero que por señalar lo obvio —que la hipocresía más sangrante ha hecho de España un zombi a la deriva— no me persigan, o al menos que no me caiga una multa gubernativa —¿a qué me recuerda esto?— que le quite a mis hijos el pan de la boca, tras toda una vida de sudores de su madre y de su padre, con sus correspondientes impuestos pagados para que nuestro Congreso dé lecciones de lo que nunca debería sucederle a un país.
Los guardias civiles, que tanto saben de tragar lágrimas a causa de la violencia, nos han vuelto a dar ejemplo de todo a todos. Ellos lamentaban no haber podido salvar a Gabriel. Nosotros deberíamos apretar los dientes por el gran fracaso que representa dejar a sus pequeños compatriotas abandonados en el contenedor de residuos orgánicos.

jueves, 15 de marzo de 2018

LA TESIS DE CARMEN


No hace mucho que escribía aquí acerca de uno de esos discursos domésticos y pasajeros, hechos para disfrutar del paisaje como desde la ventana de un tren lento, que le escuché al catedrático emérito de la Universidad de Sevilla don Enrique Valdivieso acerca de Murillo y su pintura lenitiva para las heridas muy profundas de la ciudad que padeció las gran epidemia de peste de 1649. Hoy vuelvo sobre el profesor Valdivieso, uno de los pocos personajes sólidos en este país nuestro tan aligerado de peso cultural que se está quedando en los huesos de las “postrimerías” plasmadas por Valdés Leal en la iglesia del hospital de la Santa Caridad  por encargo del venerable Miguel Mañara.

Y retorno al experto vallisoletano asentado en la luz de Velázquez y del propio Murillo porque tuve la fortuna —buscada— de asistir a un acto que sólo voces de gran categoría son capaces de convocar. El arte fue, nuevamente, culpable de que el aforo del antiguo salón de plenos de la Diputación hispalense se viera abarrotado de un público variopinto arremolinado en torno al rescate de otro artista poco valorado por las recientes corrientes “entendidas”: José Arpa Perea. De guiar a la autora se ocupó durante años don Enrique y por eso quiso estar presente y realzar su puesta de largo junto al hoy catedrático de Historia del Arte en la Hispalense, José Fernández López. Ambos intervinieron en la cita y ambos escriben en el libro, publicado por la misma Diputación en otra colección, señera, que lleva el sello de “hispalense”: Arte Hispalense.
La tesis doctoral de Carmen Rodríguez Serrano ocupa unos quinientos folios. Un extracto de cien es lo que se recoge en este libro. El director del trabajo, don José Fernández casi suplicó que algún día viera la luz el fruto íntegro de un esfuerzo de años que ha llevado a la doctoranda a seguir los pasos de Arpa no sólo por su Carmona natal y por Sevilla, sino por Roma, por Méjico y por Tejas, donde fue dejando una estela de admiración y buen hacer que hoy todavía perdura. Carmen Rodríguez ha rastreado su quehacer pictórico con paciencia de tejedora, hasta poner en pie un catálogo que desde que ella depositó la tesis hasta que la defendió se incrementó en sesenta piezas.

¿Y por qué destaco todo esto? Pues porque Carmen Rodríguez lleva ocho años de su joven existencia “opositando”. Obtuvo una beca de investigadora para llevar a cabo su tesis en 2010. Más tarde pasó a un grupo de investigación y dos años después comenzó a desempeñar labores de profesora sustituta interina en el Departamento de Historia del Arte. Pero en la Universidad también han cambiado mucho las cosas desde 2008. Lo describía Valdivieso, con ese desparpajo castellano suyo que se ha ido perfeccionando con el tiempo y que ahora alcanza cotas de cruzado: “Antes, una persona entraba en un departamento a dar clase y ya se quedaba allí. Ahora no. Ahora, tiene que salir y ponerse en cola para volver a entrar. Carmencita es hoy la primera de esa cola. Esperemos que vuelva pronto, porque sus alumnos, que son los que prestigian o no a un profesor, la quieren.” Así, lacónico y contundente, es este teórico dotado de un bagaje que ya quisieran muchos papanatas del pesebre. Por cierto, que un reputado historiador inserto en la Administración socialista de la Junta de Andalucía se me lamentaba el otro día de la “panda de ignorantes” que impera en su departamento. Y él lo debe saber bien. Las alabanzas desgranadas por los dos veteranos docentes universitarios hacia la tenacidad, honradez intelectual y sagacidad de que había hecho gala Carmen Rodríguez Serrano parecían no tener fin. Valdivieso recalcó esos valores "en un tiempo en que todo se hace recortando y pegando de Internet".

“Carmencita” nos dedicó unas palabras impecables al término de la sesión, arropada por los directores de su tesis y un “colectivo” en cuya actitud y prolongada ovación era posible palpar el aprecio de los méritos que adornan a una chica ejemplar que no acaba de poder meter cabeza en su Universidad, tal vez porque los dineros se han ido en bibliotecas fallidas y otros descalabros presupuestarios, posteriormente premiados con nombramientos de altos vuelos. Algún día, alguien con buena pluma y mejor calculadora, tendrá que resumir en un memorial de agravios los daños y perjuicios que el despilfarro de todos los gobiernos y gran parte del manto protector de mancomunidades, consorcios, agencias, empresas públicas y otros artefactos más o menos superfluos han hecho a generaciones enteras de concienzudos y responsables jóvenes laboriosos que han sacrificado su tiempo para poder vivir de lo que les gusta y saben hacer con esmero. Sólo se vive una vez, señores de la política. Ustedes han podido ocupar sus años mozos en lo que han querido. Pero otros, mucho más útiles que ustedes para el común, han consumido demasiadas horas llamando a las puertas de organismos que ustedes han dejado secos. Imperdonable.

Ah, y, obviamente, Carmen es nombre de mujer, por si lo han olvidado.

LA TESIS DE CARMEN


No hace mucho que escribía aquí acerca de uno de esos discursos domésticos y pasajeros, hechos para disfrutar del paisaje como desde la ventana de un tren lento, que le escuché al catedrático emérito de la Universidad de Sevilla don Enrique Valdivieso acerca de Murillo y su pintura lenitiva para las heridas muy profundas de la ciudad que padeció las gran epidemia de peste de 1649. Hoy vuelvo sobre el profesor Valdivieso, uno de los pocos personajes sólidos en este país nuestro tan aligerado de peso cultural que se está quedando en los huesos de las “postrimerías” plasmadas por Valdés Leal en la iglesia del hospital de la Santa Caridad  por encargo del venerable Miguel Mañara.

Y retorno al experto vallisoletano asentado en la luz de Velázquez y del propio Murillo porque tuve la fortuna —buscada— de asistir a un acto que sólo voces de gran categoría son capaces de convocar. El arte fue, nuevamente, culpable de que el aforo del antiguo salón de plenos de la Diputación hispalense se viera abarrotado de un público variopinto arremolinado en torno al rescate de otro artista poco valorado por las recientes corrientes “entendidas”: José Arpa Perea. De guiar a la autora se ocupó durante años don Enrique y por eso quiso estar presente y realzar su puesta de largo junto al hoy catedrático de Historia del Arte en la Hispalense, José Fernández López. Ambos intervinieron en la cita y ambos escriben en el libro, publicado por la misma Diputación en otra colección, señera, que lleva el sello de “hispalense”: Arte Hispalense.
La tesis doctoral de Carmen Rodríguez Serrano ocupa unos quinientos folios. Un extracto de cien es lo que se recoge en este libro. El director del trabajo, don José Fernández casi suplicó que algún día viera la luz el fruto íntegro de un esfuerzo de años que ha llevado a la doctoranda a seguir los pasos de Arpa no sólo por su Carmona natal y por Sevilla, sino por Roma, por Méjico y por Tejas, donde fue dejando una estela de admiración y buen hacer que hoy todavía perdura. Carmen Rodríguez ha rastreado su quehacer pictórico con paciencia de tejedora, hasta poner en pie un catálogo que desde que ella depositó la tesis hasta que la defendió se incrementó en sesenta piezas.

¿Y por qué destaco todo esto? Pues porque Carmen Rodríguez lleva ocho años de su joven existencia “opositando”. Obtuvo una beca de investigadora para llevar a cabo su tesis en 2010. Más tarde pasó a un grupo de investigación y dos años después comenzó a desempeñar labores de profesora sustituta interina en el Departamento de Historia del Arte. Pero en la Universidad también han cambiado mucho las cosas desde 2008. Lo describía Valdivieso, con ese desparpajo castellano suyo que se ha ido perfeccionando con el tiempo y que ahora alcanza cotas de cruzado: “Antes, una persona entraba en un departamento a dar clase y ya se quedaba allí. Ahora no. Ahora, tiene que salir y ponerse en cola para volver a entrar. Carmencita es hoy la primera de esa cola. Esperemos que vuelva pronto, porque sus alumnos, que son los que prestigian o no a un profesor, la quieren.” Así, lacónico y contundente, es este teórico dotado de un bagaje que ya quisieran muchos papanatas del pesebre. Por cierto, que un reputado historiador inserto en la Administración socialista de la Junta de Andalucía se me lamentaba el otro día de la “panda de ignorantes” que impera en su departamento. Y él lo debe saber bien. Las alabanzas desgranadas por los dos veteranos docentes universitarios hacia la tenacidad, honradez intelectual y sagacidad de que había hecho gala Carmen Rodríguez Serrano parecían no tener fin. Valdivieso recalcó esos valores "en un tiempo en que todo se hace recortando y pegando de Internet".

“Carmencita” nos dedicó unas palabras impecables al término de la sesión, arropada por los directores de su tesis y un “colectivo” en cuya actitud y prolongada ovación era posible palpar el aprecio de los méritos que adornan a una chica ejemplar que no acaba de poder meter cabeza en su Universidad, tal vez porque los dineros se han ido en bibliotecas fallidas y otros descalabros presupuestarios, posteriormente premiados con nombramientos de altos vuelos. Algún día, alguien con buena pluma y mejor calculadora, tendrá que resumir en un memorial de agravios los daños y perjuicios que el despilfarro de todos los gobiernos y gran parte del manto protector de mancomunidades, consorcios, agencias, empresas públicas y otros artefactos más o menos superfluos han hecho a generaciones enteras de concienzudos y responsables jóvenes laboriosos que han sacrificado su tiempo para poder vivir de lo que les gusta y saben hacer con esmero. Sólo se vive una vez, señores de la política. Ustedes han podido ocupar sus años mozos en lo que han querido. Pero otros, mucho más útiles que ustedes para el común, han consumido demasiadas horas llamando a las puertas de organismos que ustedes han dejado secos. Imperdonable.

Ah, y, obviamente, Carmen es nombre de mujer, por si lo han olvidado.