viernes, 18 de agosto de 2017

ACLARACIÓN

En vista de la enorme confusión generada por los atentados de Cataluña, he decidido retirar momentáneamente mi artículo "Enseñanzas de un atentado", a la espera de que las informaciones se aclaren, si es que ello es posible. Lo siento, pero me parece lo más prudente. Gracias a todos.

martes, 8 de agosto de 2017

TRANSPARENCIA, CORRUPCIÓN Y GUARDIA CIVIL

Con toda probabilidad contra su deseo, el Instituto Armado fundado por el Duque de Ahumada se está erigiendo en árbitro de la suerte histórica corrida por nuestro país y quién sabe si en salvadora de la democracia. En un contexto donde la honradez suena cada vez más a valor caduco, a traje apolillado condenado al fondo de armario, que un cuerpo social del estado sobre el que siempre brillará la enseña del heroísmo cotidiano sellado con la sangre de los agentes y sus familias, siga luciendo como divisa el honor, y demostrándolo sin alharacas, es todo un respiro.
Si nos fijamos, casi todas las operaciones de policía judicial contra la corrupción aparecen en verde. Cada vez que el sistema escupe un tumor político —incluyendo la podredumbre futbolística—, ahí está la Benemérita interviniendo y estampando su firma en los telediarios. Los jueces confían en ella cuando la balanza de la Ley ha de revalidar su imperio. Recordemos el caso de los “eres” (más de ochocientos millones del erario público dilapidados): la juez Alaya lo puso enseguida en manos de los “picoletos”, esos funcionarios civiles y militares a un tiempo que siguen siendo sinónimo de cumplimiento del deber sin importar quién haya ganado las últimas elecciones ni quién pueda ganar las siguientes.
Varios episodios recientes les avalan como guardianes de nuestra libertad. Han atacado, investigando y sirviendo al juez la información pertinente para sus pesquisas sumariales, perversiones de la vida política en las que los partidos se han revelado ineficaces, cuando no cómplices. Su lucha contra la suciedad institucional no entiende de siglas, porque su dependencia de los poderes públicos tropieza siempre con el “Todo por la Patria” de sus casas cuartel. De ahí el inmenso error de haberlos retirado de circulación en el País Vasco y en Cataluña.
Pero algunas veces los políticos desbarran, y ejecutan actos que, para ser muy respetuosos, nadie puede entender. El ministro del Interior, que al llegar a Madrid confirmó en su cargo al teniente general director de la Guardia Civil, al igual que hizo con la Policía Nacional, ha suprimido la estructura heredada, asumiendo las funciones que antes correspondían a un mando de la cadena jerárquica. Y lo ha hecho coincidiendo con lo que Inocencio Arias —nada sospechoso de exaltado alarmista— ha definido como “el momento más delicado desde 1940”, nada menos. “En tiempos de tribulación no hacer mudanza”, aconsejaba el fundador de la Compañía de Jesús, el antiguo soldado que organizó a sus religiosos a la manera de un ejército, ciertamente celestial pero no sólo eso. Pues el ex alcalde de Sevilla ha escogido una de las situaciones más atribuladas de los últimos tres cuartos de siglo para acometer un cambio que, a juzgar por los pronunciamientos de las asociaciones del tricornio, no ha sido nada bien acogido, y tras el que se insinúa la sombra de las conveniencias partidistas.
Sucedía todo ello mientras la extrema izquierda que boicotea violentamente al turismo en Barcelona convocaba una manifestación contra la Guardia Civil ante su sede en la Ciudad Condal. Afortunadamente, un puñado de catalanes defensores de España acudieron para mostrar su simpatía y gratitud a los guerreras verdes. La vanguardia del estado español en Cataluña lleva hoy, por orden judicial, la marca de “la cartilla”. Si hay alguien que ha sido interrogado sobre sus intentos secesionistas como testigo y ha salido del cuartelillo como imputado (ahora “investigado”); es decir, si alguien ha recibido el encargo de actuar ya, sin rodeos y con la Constitución en la mano, pero resueltamente y sin miedo, ese alguien, contra quien los traidores a España han abierto fuego jurídico, es un oficial de la Guardia Civil, que supo aportar ante la autoridad judicial los datos necesarios para que la Ley y la democracia sigan vigentes en todo el territorio nacional.

La transparencia, esa virtud de todo sistema sociopolítico que encabeza a todas las demás, ese antídoto frente al derrumbamiento de la verdad y sus resortes establecidos, la savia de la convivencia, tiene hoy y aquí a un valedor al que conviene más que nunca (al menos desde la Guerra Civil) mantener en forma. Su teléfono es el 062. Su paga, la tranquilidad de las gentes. Su divisa desde 1844, el honor, caiga quien caiga.

miércoles, 26 de julio de 2017

¡ERAN LAS AUTONOMÍAS, IMBÉCILES!

A la espera de poder abordar un análisis sesudo de los acontecimientos catalanes, creo llegado el momento de enfrentarnos con el problema como algo ineludible, aunque la precipitación de este giro histórico que no lo parece —como todos— obligue a tomar la pluma de punta gruesa con la que he escrito el título. Lo primero que es preciso recordar tiene también que ver con la Historia, y no precisamente con la que les enseñaron a nuestros hijos y ahora a nuestros nietos, sino con la historiografía honesta, laboriosa y discreta cuyos últimos vestigios se afana por erradicar la autodenominada “memoria histórica”. Porque todo esto tiene una “etiología” que dicen ahora los profesionales, una génesis que decían nuestros padres. Y el origen está en ese complejo antiespañol que arrastraban buena parte de los “padres” de la Constitución y que no era sino reflejo de los partidos que acudían a la Carrera de San Jerónimo en junio de 1977 con hambre atrasada, en todos los sentidos. No se construyó un edificio para todos, no. Se levantó un sistema sin cimientos, y hoy se viene abajo, por ahora parcialmente. Sé que esto que escribo resulta —¿cómo diría?— angustiosamente incómodo para casi todo el mundo, menos para los amantes de la verdad la diga Agamenon o Zapatero (el del concepto de nación discutido y discutible y el del estatuto emancipatorio para Cataluña).
El célebre título VIII de la Carta Magna, del que ya casi nadie habla, es una puerta abierta a cualquier cosa, incluida la secesión, como estamos viendo. Y que nadie se llame a engaño: no se cerró la puerta porque no se quiso, porque en la reforma política que hizo posible la transición no se incluyó lo que podría haber evitado la deriva en la que nos encontramos: un distrito único nacional que impidiese el paso a las instituciones para los llamados “nacionalistas”, en realidad separatistas, traición ésta que sólo aquellos sectarios empecinados en sostener que la Tierra es plana, pueden negar a estas alturas. Y, evidentemente, en el aire flotaba el luto y la amenaza constantes de la violencia terrorista.
Una Ley de leyes que en un artículo señala que España es patria común e indivisible de los españoles y en otro, líneas más abajo, que se compone de nacionalidades es una confesión de impotencia ante la presión de quienes nunca creyeron en España. A partir de esta plurinacionalidad de la Nación, se puede defender legítimamente todo con la Constitución en la mano. Y por supuesto, el fin natural último de dicho reconocimiento es la autodeterminación, como en las colonias que dejan de estar sometidas y cuyos pueblos ejercen la legítima soberanía a la que les dan derecho las metrópolis en retirada.
Recientemente, alguien con alto mando en plaza y los colores de España en la camiseta reafirmaba que aquí sólo hay una soberanía nacional, la española. Permítanme una sonrisa entre flemática y maquiavélica. ¿Con dieciocho parlamentos una sola soberanía? Se me ocurren muchas cosas, pero no quiero abusar de la sal gorda que me vería forzado a emplear, sobre todo si entramos en harina económica. ¿Cuánto han crecido en España los impuestos, los puestos “de responsabilidad” financiados con fondos públicos y los presupuestos de adjudicaciones, con su estela de corruptelas conocidas, gracias a la elefantiasis autonómica? ¿Tenía esto algo que ver con las perspectivas autonómicas de los políticos? ¿O todo era un sincero afán de autogobierno ligado inexorablemente a la democracia y al progreso y acompañado de un flamear romántico de banderas al son de himnos decimonónicos?

Como todas las maldiciones bíblicas, esto ya no tiene remedio. ¿Quién y cómo da marcha atrás? Nuestros instintos básicos se rebelan, es cierto, y acuden a los medios más primitivos, que siguen estando vigentes en el siglo XXI después de Cristo (ahora se dice “de nuestra era”) igual que en el Neolítico, época ésta última a la que cada vez nos parecemos más. Es la misma Constitución que afirma una verdad y su contraria —y que todos y todas estamos obligados a cumplir, si ello es posible— la que habla de velar por la integridad territorial como una de las funciones de las Fuerzas Armadas. La ministra de Defensa y secretaria general del partido en el Gobierno de la Nación así lo recordó —ante las mismas Fuerzas Armadas— el día en que las autoridades catalanas hacían pública su convocatoria de independencia. Hay también un artículo que se empieza a prestar a los chistes fáciles y que faculta al Gobierno de la Nación para intervenir en cualquier comunidad autónoma sediciosa. Pero este gran bochinche es mejor, como decía, estudiarlo un poco más a fondo antes de escribir parte de lo que a uno le pide el cuerpo.

domingo, 16 de julio de 2017

DOS APUNTES ESTIVALES

Uno: Léase las informaciones que sobre la Madrugá ofrece Diario de Sevilla, con una constante: el ruido. Son informes oficiales. Y cotéjese con lo publicado aquí el pasado 31 de mayo.
Dos: Léase entrevista con monseñor Asenjo en ABC de Sevilla sobre el tema del apunte 1, especialmente el titular: “Si los sucesos vuelven sería el final de la Madrugada”. Cotéjese igualmente.
En ambos casos basta con un buen buscador.

En tiempos de melones hacer cortos los sermones. Así uno disfruta de sus merecidas vacaciones y no estorba a las no menos merecidas de ustedes.

Y muchas felicidades a las Cármenes.

lunes, 26 de junio de 2017

AVE FENIX: DE BETA A VERBO

El miércoles 1 de junio de 2016 publiqué en este mismo espacio un artículo que titulé “Buena noticia para los analfabetos”, en el que daba cuenta del cierre progresivo de la cadena de librerías Beta, pionera y solitaria en la empresa de poner a disposición de los andaluces un auténtico emporio bibliográfico. Nacida en la sevillana calle Asunción del acomodado y lector barrio de Los Remedios allá por 1976, Beta fue el empeño personal del matrimonio formado por José Velasco y Mari Cruz López, un empresario madrileño enamorado de Sevilla con sevillanos desde que la conoció, y una periodista burgalesa que apostaron por el comercio de los libros en Sevilla y provincias limítrofes. Llegaron a facturar ocho millones de euros en sus once tiendas. Hasta que la crisis por un lado, las nuevas tecnologías por otro y sobre todo la gestión de quienes tomaron el mando tras los fundadores hicieron que “Beta, Galería Sevillana del Libro” se fuera yendo a pique hasta echar el cierre definitivo. Sus empleados se llevaron casi un año sin cobrar, y los proveedores fueron dejando vacíos los anaqueles. Una productora de programas para Canal Sur fue la última propietaria del malogrado negocio.
Hoy me causa honda satisfacción ser portador de una pésima noticia para esos mismos analfabetos funcionales que parasitan en nuestros días la llamada sociedad del bienestar. El espíritu de Beta renace con otro nombre, el mejor que podía llevar un proyecto enraizado en los libros: “Verbo”. Y lo hace a unos pasos de donde el ahínco juvenil de aquella pareja emprendedora y culta lo puso en marcha. Dará trabajo—lo está dando ya— a una parte de la plantilla que lo perdió. Otros se han puesto también las pilas y han preferido navegar por cuenta propia bajo una etiqueta muy elocuente: “La botica de los lectores”. Los Remedios se convierte así en un barrio clave para la lectura, una especie de biblioteca comercial para satisfacer las ansias de leer de una población cambiante y unida a lo intemporal por las páginas de un volumen de papel. Junto con la también veterana Palas, la calle Asunción es ya una arteria cultural en la ciudad.
Pero la reapertura de viejas librerías que nunca mueren no ha hecho más que empezar. Lo siento por esa parte, nada desdeñable, de españoles que presume de no leer nunca un libro. Tras Asunción, y al otro lado del Guadalquivir, hay ya otra librería Verbo. El emplazamiento no puede ser más histórico y literario: la calle Reyes Católicos, muy cerca ya del altozano sevillano, donde la luz alcanza sus cotas cenitales, entre pajarear de volátiles que pueblan los plátanos callejeros y ecos de autobuses Damas, de cosarios de los pueblos y furgones de cuadrillas vestidas de luces. Donde El Cachorro, la Estrella, Las Cigarreras, San Gonzalo, La Esperanza y La O. Donde la cabalgata. Donde transcurrieron las años irreparables del poeta Rafael Montesinos (la casa patio en la que su padre se vestía de nazareno, siguiendo en el buen recuerdo el camino más corto para herirnos está pegada, pared con pared, con el local de la librería). Y también donde vio la luz primera, junto a un muro que aún existe por la trasera calle Segura, éste que les habla. Permítanme la concesión a lo privado.
Y ahora viene lo mejor. Pronto, más de lo que algunos querrían, volverán los libros a invadir el antiguo cine-teatro Imperial, en el corazón de la calle Sierpes, en ese espacio mágico en cuyas pantallas (Imperial, Llorens, Palacio Central, Pathè) vimos el mundo y sus conjuntos en color por tecnicolor y cinemascope. Pues bien, allí también reabrirá la galería sevillana del libro con el nombre de Verbo. Pero el gran acierto no estriba sólo en el ímprobo esfuerzo que con casi noventa años ha emprendido don José Velasco junto a su esposa, sino en que, ojo avizor siempre para sondear los signos de los tiempos, ha comprendido que los libros no pueden estar solos en un espacio tan vasto y en una época como la nuestra, dominada por la imagen. De modo que ha decidido aliarse con un histórico profesional del comercio fotográfico en Sevilla para romper la disyuntiva tradicional según la cual una imagen vale más que mil palabras. Ellos servirán imágenes y palabras en feliz coyunda, y la tienda será en realidad un “centro de la palabra y la imagen” donde se pongan a la venta títulos literarios en comandita con artículos de fotografía y vídeo, al tiempo que se programan actividades culturales y cursos en ambos campos.
La idea no puede estar más henchida de talento e intuición. Martín Iglesias (que ésta es la firma de imagen, como los incondicionales de la fotografía habrán supuesto al instante, no en vano ambas convivían en la misma calle Hernando del Pulgar) y Verbo irán de la mano en el señero Imperial para hacer de Sevilla capital y vanguardia de un nuevo modelo de oferta comercial en el que se aúnan las dos dimensiones de la comunicación humana: la palabra y la imagen. Habrá quien alegue que falta el sonido. Tal vez, y no sería mala idea incorporar la música a esta espléndida letra escrita en el pentagrama de la técnica visual.
Las dificultades se multiplican a medida que avanza el proyecto. Los contratos están firmados. Ahora es el momento del Ayuntamiento y de las compañías de suministro, porque el tiempo no ha pasado en balde, y la adaptación que requiere el nuevo uso no es moco de pavo. Pero el matrimonio Velasco-López rejuvenece con desafíos como éste. Me consta que alguna de las familias afectadas por el cierre de Beta tuvo que acudir a los comedores de Cáritas. Ahora, la oportunidad de reconstruir sus vidas está de nuevo en marcha, y en gran medida gracias a una pareja de jóvenes jubilados que no tendrían ninguna necesidad de complicarse tanto la vida porque muchos años de buen trabajo le han proporcionado una más que holgada “vejez”. Pero, como me decía don José: “Todo el mundo, incluso la familia, me dice que estoy loco, y que cómo me voy a meter en unos compromisos de quince años, a mi edad. Y yo les digo que no lo hago por mí, sino por mis empleados. Yo podía estar en la Selva Negra ahora mismo, disfrutando y descansando tranquilamente. Pero mi sitio está aquí. Y como en los bancos tengo buena fama…”

Por mi parte, sólo me queda decir “chapó”, descubrirme y presentar todos mis respetos a quienes nos harían un gran favor a todos estando en La Moncloa.

miércoles, 21 de junio de 2017

379 VS 155

La Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo (PE) admitió a trámite una queja ciudadana de la asociación de víctimas Dignidad y Justicia que reclama investigar los 379 asesinatos cometidos por la banda terrorista ETA todavía sin autor conocido ni condenado, dijeron a Efe fuentes de la Eurocámara.
La solicitud fue presentada en nombre de la organización por Miguel Ángel Rodríguez Arias, que denunciaba en su escrito «la incapacidad de España» para llevar a cabo sus obligaciones de investigación de forma efectiva e independiente, juzgar y condenar a los culpables y compensar a las víctimas.
Por ello, reclama al PE que estudie cómo puede llevarse a cabo finalmente una investigación y la posibilidad de que se envíe una delegación parlamentaria a España para entrevistarse con las autoridades.
Asimismo, solicita a la Eurocámara que pida al Gobierno «una explicación satisfactoria» por la impunidad y la falta de justicia.
El peticionario señala igualmente en su escrito al PE que los 379 asesinatos «equivalen al 44 % de todas las víctimas de ETA».
Tras ser admitida a trámite, la petición será tratada en las próximas semanas -sin fecha todavía prevista- para su discusión en comisión parlamentaria, una sesión a la que puede acudir para presentar su queja el propio solicitante.
Las recomendaciones de la Comisión de Peticiones del PE no son vinculantes, aunque ejercen presión política a las autoridades.
Puede dirigir su queja al organismo cualquier ciudadano de la UE por considerar que sus autoridades nacionales no cumplen con la legislación y sus derechos.
He antepuesto la noticia de la agencia Efe (titularidad del Estado español), en su tenor literal, para evitar acusaciones de manipulación o extracciones interesadas de contexto.
Esta España de nuestras vergüenzas acaba de sumar una, y no magra, a su copiosa colección en el foro más relevante del continente europeo: el Parlamento de Estrasburgo, 751 diputados, representantes de los 28 países comunitarios, es decir de 510 millones de ciudadanos, han asistido —me imagino que estupefactos— a la más palmaria demostración de que el estado de derecho tiene aún un largo recorrido que cubrir hasta ser una realidad en este rincón de Europa. Tanto como el que dejó pendiente un señor llamado José Luis Rodríguez Zapatero, que además de arruinar las cuentas públicas y las de centenares de miles de hogares, dejó dos desgarrones como cornadas mortales por los que se desangra la Justicia en nuestro país: la burla al Tribunal Constitucional —mucho antes que hicieran de ello hábito los separatistas—, al hacer un rebuño de su sentencia sobre el aborto consagrándolo como derecho (a matar la criatura no nacida), y la introducción con calzador de un miembro designado por él en otro alto Tribunal, de Derechos Humanos, sito igualmente en Estrasburgo, con la finalidad de derribar la doctrina Parot, que fue el gran logro de Aznar (por eso la tumbó el otro) y el principio del fin de la ETA. Gracias a esa decisión política, varios violadores y asesinos condenados a cientos o miles de años salieron en libertad, y así han podido reincidir nuevamente.
Claro que todo había empezado mucho antes, pues fue la primera decisión de los socialistas al llegar al poder (por cierto, y según acaba de probarse con números, por primera vez en la historia a través de las urnas): la abolición de la independencia judicial que nos había traído Suárez. A partir de ahí, cuanto se les ha antojado ha sido coser y cantar. El instrumento se llama Consejo General del Poder Judicial, o más precisamente, el sistema de provisión de sus plazas, que de profesional pasó a ser político, como casi todo en esta España de nuestras desgracias.
A la conmoción de saber que los violadores libertos campan a sus anchas hasta que la Policía —no los políticos— da con ellos y con las pruebas para acusarles ha sucedido un nuevo baldón en el historial nacional de desaguisados. Sobre cuanto ha sucedido en la piel de toro desde que un etarra tiroteara como a un perro al agente Pardines el 7 de junio de 1968, ha gravitado una sombra diabólica cuyo icono es una serpiente enroscada a un hacha. La transición, la Constitución, el curso de las autonomías, los casos vasco y catalán, y otras cosas de tanto relieve como éstas, han quedado marcadas por las balas asesinas de la banda terrorista. En definitiva, han sido nuestras vidas las que nadie podrá recordar sin hacer mención expresa de lo que significó aquella cifra —un muerto cada tres días— durante muchos años. Andan los partidos —primero de la izquierda y después el de la derecha— engolfados en el empeño heroico de ciscarse en cuanto huela a régimen franquista. Pero esta memoria histórica la tenemos mucho más cerca, algunos a flor de piel de teletipo (siempre recordaré el momento, por ejemplo, en que llegó a mi mesa de redactor jefe la noticia del crimen contra Fabio Moreno, el niño de dos años, hijo de guardia civil, que voló por los aires impulsado por una fiambrera bajo su asiento). Para esa memoria sólo hay amnesia. Los números lo aguantan todo: 379. Hay que ponerlo, al menos, en letras: Trescientos setenta y nueve muertos en salvajadas sin esclarecer ni castigar. Hay que sumarles heridos, mutilados, viudas, huérfanos, hermanos, padres, amigos, vecinos, compañeros… ¿Cuánta gente hay en la España del 2017 sin justificar? ¿Cómo se puede reivindicar la memoria de los presos del franquismo o de las víctimas de la guerra (sólo de un bando) y tener abandonados en el ostracismo más miserable a estos españoles que dieron la vida por una patria mejor?
Sólo hay una explicación para tamaña afrenta, y es algo muy relacionado con el actual proceso de descomposición de la legalidad en Cataluña. Si los segregacionistas están envalentonados y resueltos a romper la unidad nacional es porque saben que enfrente tienen demasiado miedo. No digo que no sea comprensible sentirlo. Cuarenta años de terrorismo feroz dejan con seguridad una huella latente y activa de por vida. Y eso es lo que siguen rentabilizando políticamente los nacionalistas, como se acaba de ver en el acto conmemorativo del atentado contra la ciudadanía en Hipercor. Por eso, ya la única solución que nos queda, y ya veremos si se está a tiempo, es el artículo 155 de la Constitución, redactado sin duda en previsión y por sospecha de que se fueran a producir situaciones como la actual.
Lo grave de todo esto es que, a juzgar por lo que nuestra Ley de leyes presenta como causa de adopción de dicho recurso (“… no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España…”) la retirada de las competencias a la Comunidad Autónoma de Cataluña (y a la vasca) debió haberse puesto en marcha hace ya mucho tiempo. Todo empezó por la educación de las generaciones que ahora quieren desconectar con España. Fue entonces (ikastolas, libros de texto, inmersión lingüística…) cuando las cosas tenían una solución relativamente fácil. Pero la pusilanimidad de unos y la complicidad de otros paralizó el uso de unas facultades constitucionales que, si bien se mira no son potestad del Gobierno, sino su obligación.
En el limbo oficial en el que se encuentran esas 379 personas tiene mucho que decir la abstención en el empleo de ese artículo que nos hubiera evitado los males mayores en los que nos hallamos, y que habría hecho encajar las piezas del estado de las autonomías para muchos años. Hubiera sido un buen homenaje a esas 379 manchas en nuestra bandera.

viernes, 16 de junio de 2017

EXALTACIÓN EUCARÍSTICA

Pronunciada en la iglesia parroquial del Sagrario de la Catedral de Sevilla el 14 de junio de 2017, víspera de la solemne procesión del Corpus Christi, en acto organizado por la Hermandad Sacramental y ante el Santísimo expuesto a la adoración de los fieles.

Con la venia del Señor Sacramentado.
Quiero empezar por la gratitud y la memoria. La primera, hacia esta Archicofradía que ha depositado su confianza en este cronista sin merecimientos nada menos que para cantar al Corpus Christi, que adora Sevilla. Y, como cada vez que uno recapitula esencias, me asalta el buen recuerdo. Pero no la nostalgia, porque un cristiano cuando recuerda piensa sobre todo en las personas queridas que ya no están al alcance de la mano ni de la vista, pero que se encontrarán con nosotros allá donde todos volveremos a coincidir. Esta esperanza cierta nos sostiene y guía, sobre todo cuando nos postramos ante la Sagrada Eucaristía, el cuerpo del Resucitado.
Mis recuerdos son hoy los de un sacerdote que conocí y traté cuando quien les habla era delegado de Cultura en el grupo joven de la Hermandad de La Carretería. Porque éste que está aquí es carretero desde los dos años, y procura llevar a donde quiera que va la imagen de sus devociones muy cerca del corazón. Es decir, que ésta es mi collación cofradiera y el Sagrario de la Catedral la iglesia de mis funciones principales de instituto. Pues bien, el recuerdo traído y llevado, como algunos habrán podido adivinar, es el de Don José Ruiz Mantero, párroco del Sagrario, con quien cruzaba la avenida, todavía abierta al tráfico, una tarde en semana, llevándole el proyector y las diapositivas para desarrollar en la Hermandad (todavía en sus vetustos salones del siglo XVIII) las catequesis que tanta falta hacían y siguen haciendo en nuestro descristianizado mundo. Que él medie hoy, con su inolvidable sotana, en este acto de fe.
Si para un cristiano las nostalgias son siempre esperanzadas, las coincidencias no existen, como tampoco existe la suerte. El destino es siempre providencial. A veces, ésta es la mayor prueba de fe a la que se ve sometido un creyente. En otras ocasiones, si mantenemos abiertos los ojos del alma, vemos que hay mensajes que nos llegan por dentro a la hora de interpretar los hechos que nos suceden. Como director de cine aficionado, puedo asegurar que los guiones, si están iluminados por la gracia de Dios, vienen dictados de lo alto. Y algunos artículos, también. A veces contra nuestra necedad y cerrazón, que son extremadamente torpes. Pero el poder del Altísimo —del Santísimo— es ilimitado y sus caminos siempre inescrutables.
Viene esto a cuento de un guiño del azar que paso a relatarles. Tienen ustedes de retablo en el altar mayor una pieza sublime de Pedro Roldán que no voy —pobre de mí— a descubrir ahora. Es un descendimiento, ya casi un traslado al sepulcro, y una Piedad al mismo tiempo. Dejando a un lado el notable parecido del rostro de la Virgen con el de la Dolorosa más célebre de Sevilla (y curiosamente también con un San Miguel salido del mismo taller y que se expone al culto en la más antigua parroquia de la ciudad, aunque desterrado de la capilla de las Ánimas para la que fue tallado), llamo la atención hacia el contenido de esta composición, que tenemos aquí mismo. Se trata de la contemplación devota del cuerpo, muerto, de Cristo. Él, como no podía ser menos, es el centro focal de este teatro pasional que forma un todo con el misterio de mi hermandad. La obra procede del que durante mucho tiempo fue epicentro místico de Sevilla y catapulta para la evangelización del Nuevo Mundo: el convento casa grande de San Francisco. Lo mandaron construir los vizcaínos. Y su traslado, tras la desamortización y derribo del establecimiento religioso, a la parroquia del Sagrario tiene dos lecturas. Una es puramente formal, debida a la cercanía entre ambos emplazamientos. Pero la otra es, podríamos decir, metafísica, y comparte tanto una dimensión material como otra espiritual. Es decir, se trata de una fusión perfecta entre las dos enjundias del Sacramento Eucarístico. Porque, como ya dije, es el Cuerpo de Cristo lo que se presenta a meditación y oración. ¿Qué más nos ha quedado del convento franciscano? Muy poco. De su arquitectura, apenas una pequeña capilla, la de San Onofre, embebida en un edificio de la ordenación urbanística isabelina que dio lugar a la Plaza Nueva. Y en ella, desde hace unos años, se encuentra la Adoración Perpetua. Es decir, aquí tenemos, en la parroquia del Sagrario, la escena en relieve del Redentor físicamente descendido de la cruz y trasladado con inmenso amor y delicadeza a su morada postrera, bien que sólo fuera tal por tres días. Y en San Onofre, muy cerquita, su Cuerpo glorioso expuesto día y noche al encuentro de quien necesite acudir a Él. Por la razón que sea, venturosa en acción de gracias o afligida en cualquier fatiga de la vida, pródiga siempre en ambos avatares.
Dentro de unas horas, esa adoración se hará a cielo abierto, bajo un pequeño y celestial templete de plata. San Onofre será toda Sevilla. Primero esta collación, que para eso lleva el nombre de la custodia que contiene de ordinario lo que extraordinariamente se abre a todos los ángulos urbanos y a las miradas fieles en su peregrinar encontradizo. Después, en mañana dominical que también luce más que el sol.

Sevilla es una ciudad resueltamente eucarística. Mirad, yo he recorrido, por afán viajero y por inclinación entre estética y ética, los campos de Castilla, de machadianos ecos. Lo he hecho en junio, cuando la siega, en el momento en que de verdes tornan a rubios los trigales. Sí, ya sé que no es necesario salir a las tierras de pan llevar para ver dicho espectáculo. Sé que desde la vega de Carmona y los Alcores hasta el Delta del Nilo el fruto del Amor de Dios y del trabajo del Hombre constituye la base de su dieta alimenticia, el pan nuestro de cada día. Pero es que además, es el pecho de las gentes lo que se inflama con la cosecha, con la trilla, con el aventar, que me recuerda la palabra adviento: ya viene. Ya está aquí el padre trigo, el calor de nuestras venas, la paz de nuestro bregar, el ansiado premio de nuestra confianza en Quien puede descargar las nubes a tiempo y en la cantidad justa para que la Vida germine y crezca.
Esa belleza trascedente que contagia a propios y extraños y que prefigura la felicidad festiva de los días más largos del año, la he visto en las tierras de donde nos vino también el Credo que compartimos. Porque somos hijos de Castilla en todo, desde el idioma en que les hablo —“En el principio era el Verbo…”— hasta la celebración del Corpus Christi, que hunde sus raíces en la Sevilla todavía primeriza de la Reconquista. Por eso desde aquí rindo tributo de gratitud a nuestro señor el Rey San Fernando, tercero del trono de Castilla y León, que nos devolvió a la civilización de la Cruz y nos dio a un heredero gracias al cual hoy somos, del todo, Europa.

El alborozo del Pan de Vida, el que precisamos para sobrevivir y el que nos viene del cielo como maná precioso para vivir eternamente, está a punto ya en el horno del calendario litúrgico. Yo invito, desde este púlpito laico (porque los laicos también somos Iglesia y la Iglesia también es laica) a quienes me escuchan a que pulsemos en nuestro interior ese botón luminoso que alza nuestros ojos hasta la Sagrada Forma y fija en Ella el haz de luz de junio que, como faro de Espíritu Santo, nos llena por dentro y cambia la faz de la Tierra. Tras el rezo interior, no digáis nada. Haced sitio al silencio y escuchadle, como en el Jordán, como en el Tabor. Os insto a que tengáis paciencia. Porque si no desviáis la mirada, pronto descubriréis cómo ese espacio de blancura, esas ráfagas de rayos que brillan como lava de un volcán de santidad, os crean la sensación óptica de que esa imagen se aísla del mundo, levita y queda ya para siempre grabada a fuego en vuestras retinas y en vuestro recuerdo como lo que es: tabla de salvación para un entorno a menudo hostil y cuando menos desmemoriado de los favores continuos que el Señor nos hace. Si ponéis oído, veréis que os habla. Él siempre acaba hablándonos desde el altar. Porque ahí, frente a su Cuerpo Sacramentado, es el único ámbito donde no hay nadie más. Él y tú. En medio, el vacío, la caja de resonancia de su voz, que la hace más vigorosa, hasta resonar como el cántico de los ángeles, señalándole tres veces santo. Saldremos de allí distintos, mejores, más fuertes, más útiles para el prójimo, más cerca del Padre Eterno que nos mira. Mañana, el fenómeno se manifestará por dondequiera que vaya nuestra custodia: silencio, comunicación (comunión), escucha unánime. Él nos habla a todos y a cada uno de nosotros, que volvemos a casa repuestos, regenerados, renacidos. Gracias al Corpus de Sevilla.

Y entre esos favores, el más grande y previo a todos, el único, como la Hostia bendita, del que parten todos los demás: la vida. El regalo de vivir, que es un don de Dios Creador del Cielo, de la Tierra y de cuanto contienen. Ese mismo Dios que habita en el espacio circular al que acudimos en remedio de nuestros males o para verter en él nuestra dicha. La vida, tan amenazada siempre, desde Caín y Abel. La vida, que empieza cuando Dios quiere; o sea, científicamente cuando la simiente fecunda la tierra. Podrán comer del fruto del árbol de la ciencia, pero nunca podrán cambiarlo por un tronco seco y estéril, como, al parecer, pretenden muchos hoy en día. Porque es ese árbol de la ciencia del bien y del mal el que, siempre de guardia como el árbol de la vida que adoramos en el Altar, deja muy claro lo que otros no quieren ver: que hay vida humana desde que se engendra y concibe. Y que cercenar esa vida es como talar el Paraíso.
Cuando miro el cuerpo descendido y exangüe en brazos de María camino de librar la batalla definitiva contra la muerte, cuando contemplo en actitud humillada al Santísimo en el ostensorio o en andas y pisadas de juncia y romero, estoy viendo el cuerpo destrozado y redimido de tantos niños como no podrán ver la luz de este mundo sino desde el otro.
En la capilla de San Onofre, rodeando al Sacramento, están la Virgen Inmaculada (el primer Sagrario), y a sus lados San Hermenegildo y San Fernando. Hubo un tiempo en que yo tampoco comprendía que reyes y guerreros fueran santos y sus efigies estuvieran en los altares. Es éste un rechazo típicamente adolescente en el que muchos caen hasta su último aliento. Cada día lo comprendo mejor. Y cuando veo las cifras de natalidad en Europa y en mi maltratada España, todavía más. Y cuando me llegan noticias de atentados islamistas, mucho más. ¿Ha olvidado nuestro confortable y opulento Occidente de dónde viene, cuáles y quienes conforman sus raíces, su mentalidad, sus expectativas vitales, su cultura, le guste o no?
Somos cuerpo, que no es lo mismo que carne. Cuando el Apóstol tiene que buscar una imagen para que todo el mundo comprenda la dimensión comunitaria y por ello no fragmentable de la Iglesia y aún de la misma fe, escoge la del cuerpo místico de Cristo, que es su cabeza. Y la repite machaconamente, por activa y por pasiva. Nos acercamos al prójimo por la imagen de su cuerpo, y cuando evocamos a un ser querido, miramos su retrato o lo componemos en nuestra mente si no lo tenemos a mano. El cuerpo es mucho más que un puñado de materia más o menos ordenado por una mano invisible y todopoderosa. Es la presencia de Dios mismo en sus criaturas, que por algo están hechas a su imagen y semejanza.

Es el milagro nuestro de cada día para los creyentes. Si nos acercamos a comulgar con la unción, el respeto y la convicción que merece tal acto, es porque algo —Alguien— nos llama desde allí de tal manera, con tan irresistible ímpetu, que se produce en nosotros, ya en la fila y a medida que nos acercamos al pie del altar, una auténtica y reiterada conversión. Esas largas colas de cuerpos silenciosos saben a lo que van. Desde el ángulo materialista que hoy lo preside casi todo, su actitud no puede ser más absurda. Van a tomar un trozo de miga de pan aplastado y se sienten imbuidas de lo que llaman Espíritu Santo. Pero el hombre —insisto—  es mucho más que materia. Ésta queda a veces como suspensa en el aire, pudorosa de sus limitaciones ante la proyección infinita de la gracia a la que asiste empequeñecida. La fuerza de los mortales al recibir la Comunión viene de ese mismo Espíritu, que les libera, y entonces se transforman. ¿No habéis notado esto cuando suena ese “Túuuu” inconfundible, seguido del “has venido a la orilla”, mientras aguardáis o retornáis en el momento de la comunión? ¿No ha recorrido vuestro cuerpo un repeluco de rendición a los pies del alimento que el divino galileo ofrece? ¿No os sentís como sobre las arenas del Tiberíades y hasta caminando por las aguas de la duda cuando veis que Él está allí verdaderamente, para fusionarse con todas las células de vuestro cuerpo?
Y si nosotros no podemos ir a Él, Él se echa a la calle bajo palio y vuela a nuestro encuentro en el lecho de nuestra enfermedad o de esa vejez en la que suelen remansarse los sueños de juventud. Y de eso se ocupan también los hermanos de las corporaciones sacramentales, verdaderos pies y manos de la Eucaristía, o sea del Cuerpo de Cristo que los impedidos necesitan más que nadie. La salud del alma mueve montañas, a veces incluso arrecifes. Si para un cristiano constituye siempre el mayor y más cuesta arriba de los misterios asistir a cualquier penalidad que se ensañe con un inocente, no es menos intrigante comprobar que la oración confiada y compartida opera realidades ante las que la razón dimite.
Si os fijáis, estamos hablando de ver lo invisible desde que empezamos. “Dichosos los que crean sin haber visto”, le espeta el Resucitado al apóstol escéptico —como yo— que acaba de hacer su profesión de fe en la divinidad de Cristo, y por tanto su declaración de confianza en el ininteligible misterio de la Santísima Trinidad. En última instancia, la visión no es más que un puente. Los puentes no son la meta, pero son necesarios para llegar a ella. Debemos aspirar a creer sin ver. En realidad, un círculo blanco no nos muestra nada. Y sin embargo, en él creemos que está todo. Sin engaño, con plenitud, como si fuera la escotilla tras la que se encuentra la felicidad sin término. ¡Qué digo como si fuera! ¡Claro que lo es! Y como yo también necesito puentes para llegar al otro lado de las cosas, donde el Padre Eterno ve en lo más recóndito de nosotros, esa región que ni siquiera nosotros conocemos, como bien dejó dicho San Agustín, voy a mencionar dos imágenes. Una es de la película “La misión”. El clímax de esta conmovedora historia es, sin duda, la batalla entre las pasiones humanas y la voz del Altísimo. Es, como siempre, el torneo entre el caballero trueno y esa brisa suave que Elías identificó con Dios. En pleno centro de esta cruel escena, el religioso que portaba el Santísimo elevado, como ariete contra los violentos, cae abatido por las armas. Con él, se incrusta en el barro la Custodia. Pero un indio de la misión se apresura, sabiendo que con ese gesto acaba su vida terrenal, a retomarla en sus manos y volver a izarla victoriosa. Es todo un símbolo de que siempre habrá alguien en el mundo dispuesto a responder a la ira que todos llevamos dentro con la paz serena, inmaculada, dulce y recia que destila el Corpus Christi.
La otra estampa es una fotografía de Juan Pablo II que yo venero en mi estudio y me acompaña siempre. Está abrazado al Santísimo y su cara desprende una alegría más celestial que terrenal.

Se pone el sol tras tostar los campos. Cuando la luz se haga nuevamente y el alba haya tomado posesión del día, la puerta de San Miguel se llenará de niños carráncanos, seguidos de la insignia que abre el magno cortejo del Corpus sevillano: el guión de esta Hermandad Sacramental del Sagrario, fundada por doña Teresa Enríquez en época de los Reyes Católicos, corporación que forma parte por derecho propio del paisaje catedralicio, como las terracotas de Mercadante, la cruz de Caravaca que corona el hastial más solemne de la Cristiandad o ese conjunto de fe cristiana triunfante que es la torre, siempre la más alta, desde la que repicarán las campanas a gloria como esa otra mañana de verano envuelta en nardos y sonrisas maternales que se pierden en la eternidad. Veremos y rendiremos culto a Santa Ángela de la Cruz, zapaterita de los cielos donde habitan los predilectos de su Virgen de la Salud de Santa Lucía; a las patronas alfareras de Triana, que por dar fe de que el hombre es el primer cacharro salido de las manos del Creador, dieron sus manos de artesanas al martirio y así andan por siempre en el torno en el que se yergue por los siglos de los siglos la Giralda de nuestra doctrina bien enclavada en testimonios como el suyo; a San Isidoro, el padre de la sabiduría medieval que, ya por encima del tiempo y del espacio, campea sobre las ciencias humanistas, tan precisas siempre para ser personas hechas y derechas; a su hermano San Leandro, que ocupó la sede hispalense con magistral temple y procuró el imperio para Alfonso X; a San Fernando, gracias a cuyo valor y consistencia estamos hoy aquí haciendo esto, y que en el monumental lienzo historicista y teológico de Virgilio Mattoni que cuelga de los muros del Alcázar se postra, roto y miserable como cualquiera de nosotros, ante el Santísimo Sacramento, última instancia de su fortaleza en la hora del tránsito definitivo; a la Inmaculada Concepción, por cuyo misterio dogmático juró esta hermandad derramar su sangre si preciso fuera; al montañesino Niño Jesús que esta Hermandad atesora, al que siempre nos acercan las palabras del Redentor y la reflexión ante su Forma Sacramentada; la reliquia de la Santa Espina, y, como una explosión de aromas sobrenaturales, Jesús mismo, presente ante nosotros y compañero de camino en el aire de Sevilla para ofrecer a todos, buenos y malos, justos e injustos, el sol radiante y la lluvia fina de su reconfortante bendición eucarística. … Y Sevilla, que nunca deja de inclinarse ante tanta grandeza en una superficie tan recogida, como se abajó el arzobispo Cristóbal Rojas de Sandoval, que hasta allí le había hecho la vida imposible, ante Santa Teresa, precisamente en el traslado del Santísimo hasta el convento fundado por la doctora de la Iglesia en la calle Zaragoza.
“Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”. Éstas fueron las últimas palabras de Jesús antes de ascender  a los cielos. Su testamento. Los últimos sonidos que salieron de sus cuerdas vocales, de un cuerpo como el nuestro, aunque ya glorificado. Y hasta el final, Él está con nosotros encarnado en otro cuerpo, el Corpus Christi. Día y noche, siempre igual, sin inmutarse, en su forma aicónica, universal, intemporal, válida lo mismo en Nueva Zelanda que en el Caribe, en Islandia que en la Tierra del Fuego. Todas las Sagradas Formas del mundo conforman un único pan que nos hace más hermanos y más cercanos entre sí.  Y, por supuesto, aquí a nuestro lado, en esta Sevilla que parece necesitar la imaginería para creer, mañana se demostrará nuevamente que no es así, que nuestra ciudad ha calado tan hondo en los misterios de la fe que es capaz de ver al mismo Cristo crucificado o nazareno, varón de dolores o azotado, expirante o muerto, y para siempre resucitado en un pan blanco y redondo. Cualquier día alguien desde un balcón se arranca con una saeta.
Eucaristía significa “acción de gracias”. Y en hebreo, Belén es “Casa del pan”. ¡Cuántas veces nos hemos sentido alimentados en la comunión, mucho más que tras una suculenta comida!


Por mi parte, he querido trenzar con estas insignificantes palabras mías, en vísperas del Corpus, que es la gran fiesta de Sevilla desde el siglo XIII, una espiga que haga juego con un racimo de uvas y una rama olivo que os ofrezco emocionado mientras repito las palabras del que está con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos: “Paz a vosotros”.

lunes, 12 de junio de 2017

COLEGIOS (DES)CONCERTADOS

El Viraje a la izquierda de Susana Díaz para contrarrestar a la desesperada su naufragio y recuperar los avales que nunca fueron votos en Andalucía tendrá, sin duda muchos y graves efectos. Sin ir más lejos, poner a una ex (?) comunista al frente de Justicia con la encomienda de fomentar la memoria (anti) histórica y entender en cuestiones de violencia de género (sustrayéndolas, por tanto, a los jueces) abre un panorama bastante siniestro. Recordemos que Rosa Aguilar ha instado reiteradamente a la Guardia Civil, en fechas recientes, para que persiga a los familiares y deudos de José Utrera Molina por cantar el Cara al Sol brazo en alto durante su entierro en Málaga. Lo hizo además acogiéndose no a la ley nacional de Zapatero que Rajoy mantiene en vigor sino a la que el Parlamento de Andalucía ha promulgado para desarrollar y ampliar aquélla. Y ojo al dato: la Junta de Andalucía estableció y supervisa la red informática de los juzgados dependientes de ella, lo cual, teniendo en cuenta la judicialización de la política a la que asistimos de forma creciente, tiene su aquél.
Pero hay otros dos frentes en los que la presidenta vencida por el filopodemita ganador en el PSOE ha concentrado sus esfuerzos para repescar a los sectores más doctrinarios de su partido. Si en Justicia ha puesto a la sucesora de los que en su día gobernaron con ella por insuficiencia de votos socialistas —situación que venía de Griñán— en Sanidad ha colocado a una gerente para evitar movimientos de capital que puedan interpretarse como privatizaciones a la granadina, y en Educación —no les quepa duda, el ramo más sensible en cualquier gestión política— a una sindicalista de Fete-UGT. Las dos almas del PSOE —la socialdemócrata y la radical— vuelven a alternarse en el granero del Sur.
Hay una parte, nada desdeñable sobre todo en términos cualitativos, de la sociedad andaluza que está sufriendo en sus carnes y en silencio la onda expansiva de la demagogia que acompaña siempre a las etapas en las que prevalece el ala dura del PSOE: las familias, profesores y titulares de los centros educativos concertados. De todos, no sólo de los que han elegido formación diferenciada por sexos, que, obviamente, están en el centro de la diana socialista. Llevan muchos años de calvario. Desde que con Antonio Pascual y José Rodríguez de la Borbolla el sentido común y la moderación abandonaron la praxis de la Junta en materia educativa, los colegios de la disidencia han caído en desgracia como cayeron los escritores libres en “la vida de los otros”. El afán uniformador que no concibe plazas con sombra sino anchas extensiones de cemento gris y árido en el pensamiento general de las gentes se ha adueñado en tal medida de los rectores políticos autonómicos que no queda resquicio para la supervivencia. De nada sirve que los Tribunales adopten medidas cautelares y en algún caso otras de fondo garantizando que la Constitución se cumple también en Andalucía. A los socialistas no suele preocuparles mucho las sentencias. Y si no, ahí está la del Constitucional acerca de la despenalización del aborto, papel mojado desde el día siguiente de su aparición en el BOE.
El último fallo judicial que daba la razón a los colegios sólo para niños o para niñas no se cumplirá porque la Junta, sabedora de su cariz, se adelantó un día en cerrar los conciertos, y así podérselos negar a escuelas como Altair, situada en una de las zonas más deprimidas de Sevilla, o a las hermanas de la Cruz, de cuya heroica entrega a los pobres nadie en su sano juicio puede dudar. El próximo curso tampoco habrá igualdad para los colegios andaluces sostenidos con fondos públicos. No sólo han de renunciar a incentivos para nuevas tecnologías o bilingüismo, entre otros pluses con los que sí cuentan los colegios públicos, sino que tendrán que seguir despidiendo a profesorado y negando plazas a hermanos de otros niños escolarizados previamente porque la Junta, después de quinquenios de estar construyendo a destajo edificios nuevos para competir con ellos necesita amortizarlos obligando a los padres a llevar a sus hijos a la escuela pública aunque ésta nos cueste el doble —sí, el doble por alumno— que en la privada.

La labor de zapa excluyente, utilizando el Boja de nuestros impuestos para asfixiar la pluralidad social haría feliz a Fidel Castro, por ejemplo. No parece, es cierto, que a nuestro alrededor este deterioro de la libertad, que ya está pasando dramáticas facturas, provoque mayor inquietud que los problemas causados por un serpentín de cerveza mal calibrado. ¡Qué decir de un penalti dudoso! Y ahora, con una sindicalista regulando las aulas y los conciertos, todo será más fácil para los amantes de la férrea disciplina igualitaria y sus lobbies amigos. Yo, por si acaso, escribo lo que me dicta mi conciencia. No presentarse a unas elecciones ni tener ninguna prebenda que conservar ofrece estas ventajas.

miércoles, 31 de mayo de 2017

LOS EXTRAÑOS RUIDOS DE LA MADRUGÁ

La lectura del informe elaborado por la Hermandad del Gran Poder —que tienen ustedes a su disposición en Internet— y cuanto ha trascendido de los que las demás cofradías de la Madrugada sevillana han puesto en manos del Consejo General dejan en pie todas las dudas y en muy mal lugar a las autoridades sobre lo sucedido entre las 4 y las 6,30 del pasado Viernes Santo en la ciudad conocida en el mundo entero precisamente por cómo vive y celebra la Semana Santa. El pertinaz intento de convencer a la opinión pública, para tranquilizarla, de que todo se debió al efecto dominó de una pelea en un bar de la calle Arfe resulta, a la luz de dichos informes,  inverosímil. Quedó atrás, imperceptiblemente, la relación entre las detenciones inmediatas y los incidentes, vínculo que se ha revelado inexistente. Tres delincuentes habituales, en consecuencia fichados, fueron detenidos en la calle Marqués de Paradas minutos después de las “carreritas” por protagonizar desórdenes públicos, al tiempo que era arrestado un inmigrante por gritar “Alá es grande” en la calle Reyes Católicos al paso de la Hermandad de la Esperanza. Rápidamente, se estableció desde instancias oficiales una conexión entre dichas alteraciones de la normalidad y los tumultos que perturbaron, masivamente, la paz en todo el centro durante más de dos horas. Después, sin embargo, nada de eso se ha repetido. Es decir, que no eran ciertos esos toros.
La información proporcionada por el Gran Poder y otras corporaciones deja muy claro que a la misma hora y en puntos distantes por más de un kilómetro, con el centro de la ciudad densamente ocupado por el público y una vez que el anillo (la famosa “pescadilla”) estaba bien trabado en torno a la carrera oficial, alguien dio lugar —imposible que fuera una sola persona ni un único foco— a unos hechos presididos por el pánico colectivo y que tuvieron como desenlace numerosos heridos así como el deslucimiento y el caos en las filas de nazarenos y costaleros.
Les recomiendo vivamente la lectura pausada del informe del Gran Poder, confeccionado con los datos proporcionados por los diputados de tramo y otros responsables de la estación de penitencia como las cofradías sevillanas saben hacer la cosas: por su orden, en tiempo y forma, con un rigor que podemos calificar de científico, incontestable y sin atisbo de interés espurio (por ejemplo, político), sino velando exclusivamente por el mejor desenvolvimiento de su culto central, que es el atacado por… ¿quién?
Dejando de lado que la cruz del guía del Gran Poder —¡nada menos!—, la que abría paso a un cortejo de 2.280 hermanos escoltando a su Señor y a su Virgen, fue sin dotación policial durante todo el camino de vuelta (precisamente el que ha resultado dañado, igual que en otras semanas santas desde el año 2000), lo cual representa una negligencia gubernamental de tamaño colosal, la Hermandad reitera varias veces en el documento que era sencillamente inimaginable el consabido efecto dominó con origen en un punto de la calle Arfe distante sólo unos metros de donde se registran las “carreritas”, sólo que antes éstas recorrieron un extensísimo periplo por el lado contrario: es decir, que en vez de caer las fichas del dominó de Arfe a Castelar (donde estaba la cruz de guía), caen hacia la parte más difícil, el Postigo, Almirantazgo, Fray Ceferino, Plaza del Triunfo, Plaza de la Virgen de los Reyes, Placentines, Alemanes, García de Vinuesa y esquina con Castelar. La lógica física queda aquí seriamente comprometida y la tesis oficial decae de suyo.
Y si en vez de la coordenada espacial observamos la temporal, vemos que son muy pocos los minutos que separan el principio del fin de tan luengo camino. Aquí también, algo falla en la idea de que todo fue una reyerta y sus correspondientes detenidos. Por otra parte, riñas siempre hubo en la Semana Santa sevillana, pero “carreritas” no. Y por si fuera poco, tras los empujones y caídas derivados de la pendencia, los mismos celadores y el público en general restablecieron la compostura, mientras que la onda de huidas destrozaba el resto de la procesión.
Si cotejamos lo ocurrido en el Gran Poder con lo que han recopilado las otras hermandades, reloj en mano, la idea de que todo fue fruto de la psicosis producida por los atentados europeos se esfuma ipso facto. Además, todos los días de la Semana Santa hay cofradías en la calle de madrugada y no hay este tipo de colapsos sino en la del Viernes Santo. Sospechoso.
La Hermandad decidió acelerar el paso, entrando un cuarto de hora antes de lo previsto. Los monaguillos fueron situados tras la Virgen. Treinta y cuatro nazarenos se marcharon de sus filas. Dos de ellos fueron evacuados a hospitales. Y el Gran Poder hace dos críticas, amén de la ya referida sobre la ausencia de “operativos policiales” en la Cruz de Guía, que convendría no arrojar en saco roto: la insuficiencia de efectivos de la Cruz Roja en la Catedral y sus alrededores, y sobre todo que “la presencia de vallas se reveló más como un riesgo que como una ayuda”. También habla de las sillitas “chinas” como elementos distorsionador y añade algo que afecta de lleno a la devoción universal que el Gran Poder suscita: se rompió la tradición, tal vez centenaria, de arriar los pasos en los cruces de calles para que los Titulares puedan ser venerados y admirados por más personas. Incluso se interrumpió en dichas encrucijadas el cortejo de nazarenos como medida de seguridad.
En un artículo anterior proponía el uso de un satélite para escudriñar lo que sucede a cada hora en cada lugar del centro sevillano durante un tiempo del año tan singular que identifica a la ciudad y sus esencias. Hoy lanzo otra idea poco convencional (los hechos tampoco lo son). Estudiando el archicitado informe del Gran Poder y las impresiones que circulan de otros testigos (yo mismo fui, como dejé aquí escrito, uno de ellos la primera vez que hubo “carreritas”, el año 2000 y con el Gran Poder también) hay un denominador común que tal vez haya pasado inadvertido para los encargados de preservar la seguridad ciudadana: el ruido. Todo el mundo lo señala, en realidad, como el culpable. El sonido es el caballo de Troya de muchos males, como es también el portador de muchos beneficios para la mente y el espíritu. La sociedad contemporánea no parece valorar la fuerza del ruido (el cardenal prefecto de la Congregación para el Culto Divino, el guineano Robert Sarah, ha publicado un ya muy leído libro titulado “La fuerza del silencio”). Obligados, probablemente, por la impotencia, ya que estamos ante un elemento sutil y volátil, no aprehensible ni fácilmente controlable, los poderes públicos se revelan incapaces de perseguir eficazmente los tubos de escape libre, los coches tuneados a toda potencia, y hasta los insultos o —si se lo propusieran— las blasfemias. Muchos crímenes o conflictos luctuosos empiezan por una palabra de más o un televisor más alto de la cuenta. Por ejemplo, la pelea de marras de la calle Arfe se produjo a raíz de un comentario sobre la novia de uno de los contendientes: voces, palabras, gritos, rumores… y reacciones físicas comunes, ancladas en el instinto de supervivencia que a todos nos arrastra.
¿Qué ruido describen los que se vieron envueltos en las “carreritas” de la Madrugá? Un rugido sordo y subterráneo. ¿Un “surround” cinematográfico? Algo así. Unas ondas de aire que hacen vibrar el suelo bajo nuestros pies. Una resonancia hipergrave que nos acongoja como los tambores de los ejércitos en las batallas antiguas. La palabra clave es miedo, y éste entra en nuestro cuerpo y en nuestras emociones por el oído más que por la imagen.
Puede que la Policía y los políticos no lo sepan, pero las nuevas técnicas de sonido, al alcance ya de cualquiera que pueda gastarse un puñado de euros, permiten sacar a la calle, y meter en una mochila, por ejemplo, un pequeño equipo electrónico compacto, capaz de reproducir los sonidos que antes había que ir a buscar a una sala de cine. Dotados de bien equipadas baterías y con un simple móvil conectado por bluetooth inalámbrico que se activa en la mano, estos dispositivos tienen una potencia real de muchos vatios, que adelantan a los cuerpos sólidos y alcanzan enormes distancias. Los subwoofer portátiles ocasionan un efecto parecido a los coches tuneados. Y lo más importante: no se ven, ni es posible determinar de qué punto procede el ruido, porque el sonido, de frecuencia desconocida para la voz humana e inidentificable por su oído, es tan envolvente que se convierte en una atmósfera casi táctil. Es un timbre insólito, inclasificable, poderoso, y por ello de cariz misteriosamente abracadabrante si se cuenta con una fuente grabada que lo origine. Eso era lo que pretendía el “surround” de los cines, como recurso para lograr un atractivo que ningún televisor podía facilitar, sobre todo con películas de catástrofes. Los equipos de cine en casa ya lo consiguen, pero al no estar pensados para espacios abiertos no poseen la capacidad de reverberación con la que sí cuentan los otros, muy extendidos entre cierta juventud, que busca espacios retirados para montarse sus discotecas al aire libre.
No estoy hablando de ciencia ficción. Con tres o cuatro dispositivos, que es posible activar a distancia, el pánico sonoro está servido. Usted y yo también correríamos. Y una vez puesta en marcha la bola de nieve, sólo Dios sabe cuándo y cómo cesa. Darle a un botón y esperar. Todo viene solo, tratándose de multitudes ajenas a lo que sucede. Es el “arte” perverso de la intimidación, tal vez el arma de mayor potencial desbaratador de la Semana Santa (prodigio de armonía en sonido e imagen) que pueda haber.

Naturalmente, todo lo que antecede es una hipótesis; hoy por hoy, ningún indicio cierto la avala. Pero creo que, como dicen los entendidos, es compatible con los síntomas. Nadie ve lo que ocurre, pero todo el mundo lo percibe. ¿Es lo que ocurrió el pasado Viernes Santo en Sevilla, y otros anteriores? Esta tecnología se ha desarrollado exponencialmente durante los últimos diez o quince años. Y se ha vulgarizado su consumo. Lo que no pertenece al terreno de lo opinable es que el Gran Poder y la versión oficial no coinciden prácticamente en nada. Y que el tiempo pasa, ya queda menos para que la primera esté de nuevo en la Campana, y la amenaza sigue en pie.

miércoles, 24 de mayo de 2017

domingo, 21 de mayo de 2017

EL FINAL DE UN RÉGIMEN

Alguien dijo una vez aquello de que el periodismo es estar en el lugar adecuado en el momento apropiado. Pocas veces en mi vida el azar ha salido a mi encuentro limpiamente, como si quisiera identificarse ante mí y deslumbrarme. Voy a ser muy descriptivo, para que nadie pueda acusarme lícitamente de oportunista ni exagerado. Paseaba yo, como cada tarde, por las calles anejas al río, o sea a la dársena del Guadalquivir, disfrutando de la brisa prenocturna de los últimos días de mayo cuando ese azar —que a veces se confunde con el azahar— me saludó en el quiebro de una esquina por la que no pensaba yo desviarme de la calle Betis. Pero es que la invasión de turistas desnortados y paisanos aferrados al vaso y al preservativo me suelen desconcertar tanto que a menudo son ellos los que deciden mi camino. Torrijos se llamaba la calle que tomé. Por ella apenas cabe una persona y un coche sin que el espejo retrovisor de éste destroce la mano del viandante con su ángulo muerto. Opté por seguir la calle Pureza, pero a la mitad me asaltó una idea que, a buen seguro, me venía marcada por el sino. Me dirigí a la plaza de Santa Ana, que encontré mutada en un espacio silencioso y casi monacal. De ordinario, aquello es un hervidero de veladores, gritos y carreras infantiles, con camareros que la surcan llevando cervezas heladas, palomas en salsa o caracoles si es temporada. Pero hace un rato, cuando pasé por allí, los dos bares que dan a la plaza estaban cerrados, supongo que por ser domingo y estar su personal en la playa o por vaya usted a saber qué.
En una esquina de la plaza hay un “establecimiento” muy particular: la agrupación trianera del PSOE, la que tiene en nómina a Susana Díaz, que a su vez tiene en nómina a un sinfín de socialistas, como es bien sabido y mucho mejor ignorado. El lugar es, pues, como la mesilla de noche de la candidata que hace sólo unas horas partía como favorita en las elecciones primarias del todavía primer partido de la oposición. Cuando llegué al centro de la plaza percibí la misma sensación que al pisarla, pero redoblada: el silencio era tan extraño en dicho lugar que hasta imponía un respeto. Son esas impresiones inconscientes que te hacen temer la tempestad tras la calma chicha. Nunca había atravesado esa plaza, que frecuento, sin que se escuchase ni un mero crujido. Mucho menos era de esperar tal ausencia de ruido precisamente el día de las primarias socialistas. Cuando me acercaba a la sede del partido me sonó el móvil. Era un amigo que me informaba de la gran noticia del día. Confieso que la política interna de los partidos nunca me ha suscitado un especial interés. Ayer, además, parecía todo el pescado vendido: Pedro Sánchez tenía poco que hacer. Hace meses que vaticiné un progresivo ascenso de Díaz, que había desbrozado su futuro desde la base local. Después, cuando todo el mundo la daba por vencedora, me acordé de un mapa: el electoral de los últimos comicios nacionales. Era un mapa que quedó fuertemente grabado en mi cabeza por lo insólito, es más, por lo histórico. Por primera vez, más de media Andalucía aparecía en azul, no en rojo. Sólo Sevilla, Huelva y Jaén se mantuvieron fieles al PSOE. Si aquello significaba algo, lo acabamos de ver con este sorprendente resultado en el que sólo Andalucía y —por muy poco— Aragón han dado su apoyo mayoritario a la tardonera.
Pero, ¿qué encontré además de silencio en la agrupación de Triana-Los Remedios del Partido Socialista? Encontré a ocho personas —¡ocho!— haciendo guardia enfrascados en sus teléfonos o ante la pantalla de un televisor que sintonizaba La Sexta. Hernando acababa de dimitir como portavoz parlamentario. De esas ocho personas, sólo cuatro estaban en el interior del amplio y muy iluminado local, cuyos ventanales estaban abiertos de par en par, por aquello de la transparencia y por el calor. Las sillas de la presidencia estaban vacías. En el suelo, ante la mesa, una gran caja repleta de botellas de agua que nadie bebería. Los otros cuatro militantes estaban en la calle, desperdigados, como incrédulos, y con un semblante que pocas veces he visto entre los socialistas (nunca jamás entre los socialistas andaluces). No era preocupación, ni siquiera tristeza; se parecía más a un pánico luctuoso. Asómbrense: allí solamente había una cámara. Era además, muy modesta y discreta. Obviamente, tenía el foco apagado. Junto a ella velaba una chica muy joven, con los brazos cruzados, en cuya actitud se vislumbraba una mezcla de hartazgo y estupor, como preguntándose qué hacía ella allí. Y ojo: el trípode descansaba en el pavimento de la plaza, a unos cuantos metros de la casa del pueblo.
Durante los ocho o diez minutos que permanecí allí, sólo se oyó el run run informativo del televisor. Nadie habló con nadie. Abandoné el lugar por la calle Cisne (aquello parecía un canto suyo), donde luce un azulejo que recuerda el nacimiento allí del “múo” de Triana, sacristán de la parroquia que acaba de cumplir 750 años desde que la fundara el rey Sabio. El lema de la efemérides ha sido “Radix ubérrima”, en referencia a la madre de la Virgen.
Mientras volvía a mi casa, las emociones se me agolpaban en el cerebro. Porque para colmo de casualidades, tuve que pasar ante la que fue mi humilde morada durante años, justamente cuando el PSOE se proclamó vencedor, por primera vez en solitario, para gobernar España, el 28 de octubre de 1982. Recuerdo muy bien aquellos días. El partido de Felipe González barrió, e inauguró un ciclo histórico que ahora se venía abajo. Sí, porque 40-50 es como prolongar la agonía del PSOE, pero sobre todo porque aquella primera victoria, a la que siguieron otras no menos vistosas y arrolladoras, simplemente no hubieran existido sin la creación de un régimen en Andalucía. Un régimen de anulación de la autonomía de las gentes, que han visto, día a día, cómo se perpetuaba la conciencia de pobres para así consolidar la gratitud a los gestores de esa pobreza. Andalucía sigue siendo, treinta y cinco años después del subidón socialista y treinta y dos después de que la autonomía consagrara el carácter socialista de la comunidad, la región con más paro de Europa. ¿Redentores? Más bien creadores de voto cautivo, sobre todo en el campo; o sea, detractores de la libertad.
Susana Díaz timonea todavía el barco de esta Andalucía oscura, que diría un dramaturgo bien amamantado por las subvenciones. Pero no olvidemos que está ahí porque la apadrinó un presidente incurso en un proceso judicial, que a su vez había sido auspiciado por otro en idénticas circunstancias. No olvidemos que tardó diez años en aprobar las últimas asignaturas de su carrera universitaria, justo a tiempo de presentarse para candidata a ocupar el despacho del Duque de Montpensier. Ayer, su voz se quebró al empezar a hablar. Estaba casi tan descompuesta como sus compañeros y compañeras de la Plaza de Santa Ana. Ayer terminaba una época, la que empezó el 28 de octubre de 1982, la que ha troquelado a la España contemporánea, la única que mi generación ha conocido como hegemónica, al menos en esta Andalucía de ocho millones de habitantes que ayer sostuvo en alto los jirones de la única bandera que ha conocido la Andalucía democrática: la socialista.

¿Qué pasará ahora? Ha quedado meridianamente claro que Susana Díaz defendió siempre el stablishment de las regiones gobernadas por el PSOE. Es decir, la aprobación de los presupuestos, sin los cuales no hay autonomía que valga. Por eso abogó por la abstención, que hiciera viable la formación de Gobierno. De esos presupuestos cuelga mucha gente. El 63 por ciento de los militantes andaluces votó ayer a Díaz. Como en “Novecento”, el Sur ha sido siempre el semillero del socialismo que, una vez asentado en el poder, se olvida de la revolución. Ayer había banderas republicanas en Ferraz. Sánchez ha descubierto algo que ocurrió hace casi un siglo y le gusta. La clave, desde luego, está en que no tiene nada que defender por la sencilla razón de que no tiene nada. Así, los presupuestos le importan un bledo. Él quiere ganar, gobernar y administrar… como Largo Caballero. Eso, que Dios nos coja confesados.

jueves, 18 de mayo de 2017

NIÑOS BUENOS

Algo muy gordo tiene que estar pasando sin que en la superficie se vean más que fumarolas insistentes con un fuerte olor a azufre. Ya, ya sé que son “casos aislados”, no representativos de un estado general de cosas. Pero son. Cuando el ser humano pierde perspectiva solidaria y sólo piensa en su ombligo —personal o familiar— ha dejado de ser tan humano. Si no somos capaces de ponernos en el lugar de las víctimas del terrorismo puede que alguna vez caigamos en ese estadio, como actualmente caen muchos, y donde menos se lo espera uno. Ocurre algo parecido a la gran paradoja de nuestro tiempo: doscientas mil personas votan a los que piensan (?) que los animales son sujeto de derecho; y apenas unas decenas de miles al único partido democrático que aboga por los no nacidos. No a la tauromaquia (¿no será a la “fiesta nacional”?) y sí al aborto de la especie humana. Muchos lucen la pancarta que pide la aproximación de terroristas presos a sus hogares y casi nadie se acuerda de los trescientos semejantes que nunca podrán volver a ningún sitio sin que la Justicia haya aclarado sus asesinatos.
Esta suerte de suicidio cultural escribe páginas luctuosas y/o indignantes, como la que ha tenido lugar en Molina de Segura, donde un hombre honrado y pacífico que aguardaba en la sala de espera de un hospital a que su esposa saliera de la zona quirúrgica en la que se encontraba el hijo de ambos para ser operado de una fractura, tuvo la infeliz ocurrencia de intentar evitar un crimen, llevándose la puñalada mortal correspondiente. Les evito detalles, que por otra parte tienen a su disposición en cualquier buscador de Internet. Sí reparo en uno del que se ha pasado por alto y que es muy revelador del grado de aterradora degradación al que hemos llegado. Conducido a los Juzgados el autor de la muerte —un joven harto conocido de la Policía— se congregó ante el edificio una multitud de parientes y amigos con la intención de liberarlo. Las fuerzas del orden tuvieron que montar un dispositivo especial. Y, por supuesto, el abogado defensor se apresuró a hablar de su cliente como de un individuo bueno, carente de responsabilidad, que se conducía adonde le llevaba el viento de la sociedad.
Es posible, pero si sólo somos plumas levadizas sin conciencia, la civilización nos ha devuelto a las cavernas. Por las mismas fechas en que ese trabajador que velaba por la salud de su hijo y que defendió a una adolescente atacada en un lugar público caía abatido por la mano homicida, en Sevilla era juzgado un energúmeno a quien todo el mundo ha visto y puede ver propinarle un salvaje puñetazo en la cabeza a un ciudadano respetable que disfrutaba plácidamente de su consumición en la terraza de un establecimiento bilbaíno. El sujeto en cuestión acumula ya numerosos antecedentes penales, incluido el de homicidio (¿qué hace en la calle?). Su perfil no tiene desperdicio: carne de gimnasio, tatuajes hasta en la lengua, hincha de un club de fútbol con comportamiento de fuerza de choque, su madre lo presentaba ante el Palacio de Justicia como “un niño mu bueno”. ¿Qué está pasando?, me preguntaba al principio. Puede que tenga que ver con ese fusil AK-47 simulado que sirve de pie a una cachimba y que se vende impunemente en un estanco (para más inri, una concesión del Estado), al alcance de cualquiera, niños incluidos, desde un amplio escaparate hace ya muchos meses.

Las formas del terror, como las de la vesania, son inagotables. Y las posibilidades de utilizar las circunstancias sociales para diluir las culpas también. Pero las balas que mataron a cientos de personas no hace mucho en París salieron de Kalashnikoff como los que reproducen las cachimbas que se exponen en los escaparates a nuestro lado. Y las heridas que acabaron con la vida de un padre de familia por mediar en una discusión con amenazas de muerte no aguardarán a que la Sociología, la Psicología o la Demagogia expliquen por qué niños tan buenos hacen cosas tan malas.

lunes, 24 de abril de 2017

UN SATÉLITE EN LA MADRUGADA

Todo aquél que haya vivido atento al fenómeno vital, físico y metafísico que son las cofradías de Sevilla comprenderá cuanto voy a decir. No así quienes estén situados en una órbita que nunca toca la unión providencial de esas dos dimensiones: la visible y la invisible (“Dichosos los que crean sin haber visto”). El grado de sensibilidad que experimenta el primero nada tiene que ver con lo que supongan los segundos que se está manifestando cuando se habla de algo relacionado con una profesión pública de fe, por lo tanto netamente religiosa, que o es algo trascendente o no es nada. De lo que se infiere que lo acontecido durante esta Madrugada del Viernes Santo en la ciudad del Betis (río, no confundir) reviste una gravedad de mucho mayor calado que la simple cuestión logística sobre agrupación y movimiento de multitudes en un espacio geográfico. Incluso es extraordinariamente más complejo y rico que una reacción refleja de orden psicológico. Porque lo que se ha vivido en las calles de Sevilla antes de que despuntara la aurora del Viernes Santo no es sino un brutal acto de terrorismo múltiple capaz de provocar la misma tragedia que la explosión de las cargas que cambiaron nuestra historia el 11 de marzo de 2004.
Alguien ha descubierto que la mejor bomba, la más impune, eficaz y autogeneratriz que existe es sembrar “limpiamente” el pánico en una gran masa humana. Pero ojo, no en cualquier concentración de personas, ni en unas circunstancias indiferentes. El contexto de la “Madrugá” sevillana es universalmente singular. En primer lugar —vuelvo al principio— durante esas horas sin luz natural, el hombre busca su encuentro con Dios. Nada menos. Lo hace a tientas, entre tinieblas, portando unas luminarias frágiles que indican su búsqueda. Todo aquel nazareno que ha llevado un cirio en la soledad reinante tras su antifaz sabe que esa llamita, a menudo devorada por el viento, es su único compañero de viaje a lo largo de la estación de penitencia. Fuera impera el bullicio —o no, según sea la cofradía—, la inquietud, el paganismo. Se diría que el nazareno es el ser más acompañado del mundo. Y sin embargo, es justamente al revés. Al menos durante las horas de la noche.
Ese ambiente de aislamiento se hace colectivo cuando llegan los pasos. Si es una hermandad de silencio, porque o no suena nada —apenas las pisadas de los costaleros— o sólo se perciben los sones discretos y penosos de una capilla musical. Si es de las musicales, la misma presencia de la canastilla impone cierto rigor en los sentidos para volcarlos en el “espectáculo”. Es el momento que aprovecha “quien sea” para desencadenar la estampida. Se pasa —como en las deflagraciones— de un extremo a otro, en un estallido en el que la metralla es el gentío. Hay dos preguntas que me asaltan: ¿cuál es el detonante? ¿Por qué ahora? (este “ahora” tiene una duración dilatada, cuyo debut coincide con el arranque del milenio y llega a su punto culminante, de momento, en la Semana Santa de este año).
Voy a hacer una revelación personal porque creo que viene a cuento. Nunca he sido cofrade de madrugá. Me vence el sueño. Pero el año 2000, no recuerdo por qué, decidí echarme a la calle. Acababa de ver pasar —en medio de un silencio sideral— a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder por la calle Gravina desde la esquina de San Pedro Mártir y me dirigía a buscar la Virgen en San Pablo. Recordaré siempre el rugido de la marabunta, inopinadamente, cuando me hallaba a unos metros de la esquina con la calle Canalejas. Todo transcurrió en ese “tiempo real” que tan alto valor tiene para los que amamos la información y el cine, dos maneras de manipular el tiempo. Aquello era verdad. Giré la cabeza y de pronto me vi en una pesadilla. Una marea humana se aproximaba a todo lo que les daban las piernas, procedente de la estrecha San Eloy, saliendo en tromba, de fachada a fachada a todo lo ancho de la calle. Buscaba claramente espacios abiertos: Marqués de Paradas. Recuerdo que sin solución de continuidad me encontré refugiado entre dos coches aparcados en la calle Boby Deglané. Oía de fondo los gritos de las mujeres, pero lo que más me aterraba no era eso, sino ese tremor soterrado que no era exactamente vibración del suelo pero se le parecía mucho y que procedía del contacto de los pies con el pavimento. Una vez que pasó el gran pelotón que corría sin mirar atrás, me encaminé a mi destino. Algunos viandantes se movían como zombis tras una detonación devastadora (películas, claro está). Se oían ecos de llantos y gritos masculinos como llamaradas. Acudí a la antigua Puerta de Triana, cruzándome en el camino con un guardia civil de expresión descompuesta que me preguntó qué pasaba. “No sé. La gente corre alocada”, le dije. Cuando miré al paso de Nuestra Señora del Mayor Dolor y Traspaso lo vi solo (tengo que decirlo porque así fue), con la única  excepción del otro guardia civil de la escolta, que oteaba ansioso todos los horizontes. La candelería seguía encendida y alrededor se extendía un desierto en el que se podía mascar el miedo. Yo llevaba una radio, y en González Abreu ya sabía que se hablaba de un sujeto con un cuchillo que había motivado un altercado en las sillas de La Campana. Retorno de nuevo al principio: quienes conocen el paño de lo que hablo saben que tocamos tejido sumamente susceptible.
Mi compañero en las lides informativas José Luis Garrido Bustamante dedicó después un par de libros al tema. Es sabido que, en menor medida, se han reproducido los hechos en ocasiones posteriores, hasta hace dos años en que el Ayuntamiento presidido por el actual ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, consiguió echar tierra sobre el asunto y cerrar en falso la herida. Tras aquel primer desgarro del año 2000 se especuló con mil cosas, pero no se llegó a ninguna conclusión. O sea, exactamente igual que diecisiete años después. Éstas son las autoridades que tenemos.
Esta vez, las consecuencias han sido punto menos que trágicas: un joven con la cadera rota, un hombre mayor con traumatismo craneoencefálico barrido por las huestes desmandadas, nazarenos sin antifaz entrando en la catedral con el terror dibujado en sus facciones, las sillas y palcos arrasadas, instrumentos musicales arrojados al Guadalquivir, una banda que se retira, ¡cien heridos atendidos en los hospitales!, y —sépanlo— el mismísimo alcalde evacuado de su palco antes de que fuera pasto de los incidentes.
La próxima vez, estaremos hablando de algo histórico, luctuoso y terminal para las cofradías más famosas de la Semana Santa sevillana. No, yo tampoco tengo la solución, porque no sé qué… demonios está pasando. No sé siquiera si todo esto tiene causa o es la causa el mismo efecto. No sé si la información vuelve a ser la clave de todo —cada vez estoy más satisfecho de haber elegido el periodismo como vocación profesional—, y el triunfo de cada atentado terrorista se extiende meses en el tiempo, creando en el inconsciente colectivo la psicosis de la presa perfecta. Porque eso es la gente en la Madrugada sevillana, un blanco envidiable. El despliegue de policías de la reserva, provistos de armas largas y otros dispositivos de seguridad bienintencionados se han revelado insuficientes. ¿Han descubierto los terroristas que con sólo aparecer en los telediarios pueden fabricar unas bombas humanas a miles de kilómetros de distancia sin mover un dedo y precisamente contra los cristianos? ¿O hay realmente alguien detrás de todo esto, in situ, orquestando el desastre? Organizarse (“Organízate y lucha”) en una fábrica abandonada llena de “okupas”, coordinando un conjunto de “comandos” que a una hora determinada enciendan la mecha de una avalancha en lugares idóneos no es ninguna operación al alcance sólo de los marines. Recuerdo que la Policía tuvo que sacar con maquinaria pesada de sus “zulos” a algunos ocupantes ilegales que se habían anclado con cadenas a bloques de hormigón, o que en vísperas de la Expo —de cuyos 25 años ahora se celebran los fastos, aunque no se habla de las locomotoras de Mitterand o de las cuentas judicializadas— una chica recibió un disparo en los glúteos al entrar en la iglesia de San Marcos en un tiroteo con “antisistemas”.
Cargarse la Semana Santa sevillana vía Madrugada es muy fácil. Los responsables del orden público —término maldito— no tienen ni la menor idea de qué hacer (no me hablen del Cecop, por favor, que me da la risa tonta). Y mientras tanto, algo se derrumba por dentro de una de las tradiciones —otra palabra maldita— más señaladas que dan identidad a nuestro pueblo.

Lo que voy a añadir no es ninguna broma. Antes hablaba de los “seals” de la Armada estadounidense. ¿Recuerdan al gabinete de Obama con los ojos clavados en el monitor mientras se retransmitía en directo la acción contra Osama Bin Laden? Sí, estoy hablando de satélites. La tecnología actual —militar, naturalmente— permite espiar cada rincón del plantea, grabar lo que acontece, estudiarlo después y así averiguar los hechos que dieron pie a las realidades de “etiología” más recóndita. La misma alta definición que se utiliza en los helicópteros de la DGT para cazar conductores y recaudar multas podría contratarse, a mayor escala, con alguna compañía que trabaje para las Fuerzas Armadas y repasar cuantas veces haga falta lo que está pasando en la ciudad de Sevilla entre la recogida del Valle y la de las Esperanzas. Y después, con conocimiento de causa, tomar medidas. Que la Semana Santa hispalense es un objetivo de oro para muchos activistas que la odian por lo que representa no es ningún secreto. Al fin y a la postre, pocas cosas van quedando tan arraigadas y bien ordenadas como ésta. Los sedientos de revoluciones y destrucción ven en ella el arquetipo de sistema establecido. El quid de todo es saber cómo lo hacen, si es que lo hacen. E ir a por ellos antes de que los cofrades, que también son humanos y tienen hijos saliendo en los cortejos, hagan como ese servidor de la cofradía trianera que, ante el negro que gritaba “Alá es grande” “se fue paé y le pegó dos tragantás, y sacabó el problema” (director de la banda dixit). Y mientras sean dos tragantás…

viernes, 14 de abril de 2017

FELIZ CUMPLEAÑOS, SANTIDAD

Hoy es un día muy especial para Su Santidad, y no sólo porque la Iglesia celebre la vigilia de la Pascua de Resurrección, acontecimiento central y único de su calendario litúrgico, sino porque dentro de unas horas hará noventa años que Su Santidad vino al mundo. Le trajo la hija de una madre soltera, con quien casó su abuelo de usted cuando ya tenían dos hijos y vivían juntos. Lo hizo con la cabeza muy alta, aunque no tanto como si hubiera sabido quién había de ser su nieto Joseph.
La sombra de los pontífices es alargada, pues han mirado de frente a la luz del Evangelio sin darle jamás la espalda, dejándose deslumbrar y a veces cegar por el resplandor. Los que hemos venido detrás nos hemos cobijado bajo esa proyección de sus figuras. El repaso de sus textos gana con el tiempo y adquiere esa extraña intemporalidad que los hace señeros. Pocos saben que el teólogo Ratzinger fue el autor de la conferencia que imprimió el giro definitivo al Concilio Vaticano II. Su tocayo el cardenal Frings, alemán como él, había sido invitado a pronunciarla en Génova el 19 de noviembre de 1961. Había escuchado una charla del teólogo, y le pidió que le preparase el discurso. Hasta entonces, los esquemas que seguía el Concilio eran demasiado rígidos y deudores del pasado. La Curia estaba tras ellos. La alocución de aquel día se titulaba “El Concilio y el mundo intelectual moderno”.  Poco después, estando Frings en Roma para asistir a los preparativos del último concilio ecuménico, el Papa Juan le mandó llamar. Él creía que era para reconvenirle tras lo leído en Génova. Pero se trataba de todo lo contrario: “Debo darle las gracias. Leí anoche su discurso. ¡Qué feliz coincidencia de pensamiento!”. Ratzinger, desde su cátedra en Bonn, había cambiado el rumbo de la Historia.
Después, ya se sabe lo que ocurrió, aunque los españoles lo vamos sabiendo con retraso. Su primer aldabonazo lo dio el 18 de junio de 1965 ante los estudiantes católicos de la Universidad de Münster, al afirmar que muchos empezaban a “preguntarse si las cosas no estaban mejor bajo el gobierno de los llamados conservadores de lo que pueden estar bajo el dominio del progresismo”. Y es que —esto también lo vamos descubriendo los españoles con retraso— el peor enemigo del progreso suele ser el progresismo.
Tras una existencia castigada por la agitación —esa hija ilegítima tuvo que buscar, al igual que su marido, un certificado de raza aria para no dar con sus huesos en el infierno en vida—, ahora disfruta de un anticipo celestial: la realización su sueño, consistente en retirarse a meditar, leer y escribir. Pero como ninguna felicidad es perfecta aquí abajo, la falta de visión, que desde hace muchos años es completa en un ojo, le obliga a una última renuncia.
No está mal, Santidad: nacido de padres pobres (madre rigurosa y padre bondadoso, que le inventaba fábulas de novela rosa, ya jubilado, mientras paseaban juntos), logró estudiar a fondo la teología católica y otras muchas, fue perito del Concilio, más tarde arzobispo de Mùnich y Frisinga nombrado por Pablo VI, hasta que su mentor el santo Papa polaco le puso a guardar la Doctrina de la Fe (como los dominicos, canes Domini). Y ahí, veinticuatro largos y pesarosos años en los que la progresía mundial —intra y extraeclesiástica— hizo todo lo posible por hacerle vida imposible. Sólo que el Espíritu Santo sopla donde quiere, y le puso la sotana blanca en la que aguantó hasta que las fuerzas no dieron más de sí y comunicó al mundo —en latín, para que sólo se enterasen los escogidos, entre ellos la periodista que lo dio a conocer como primicia— su renuncia.
Fue encantador verle celebrar el cumpleaños anterior con una jarra de cerveza en las manos y en compañía de un grupo de paisanos, a las puertas del pequeño monasterio vaticano donde apura sus años.

Quiero terminar con sus mismas palabras, recogidas por el periodista Peter Seewald, que tan bien ha seguido sus pasos junto a usted. (Benedicto XVI es hombre de Prensa, ahí está su Informe sobre la Fe, con Messori, aunque no conserve buenos recuerdos de los profesionales malvados, que haberlo haylos y son legión.) Respondía a la gran pregunta de si sentía remordimientos por las tergiversaciones que se habían hecho, en especial por parte de “su” Iglesia alemana, del Concilio en el que él tan activamente había participado. Y respondía el Papa emérito: “Uno sí que se pregunta si lo ha hecho bien. En especial cuando el conjunto se salió de quicio en tan gran medida, esa fue una pregunta que ciertamente me planteaba. El cardenal Frings sintió después remordimientos muy intensos. Pero yo siempre tuve la conciencia de que cuanto de hecho habíamos dicho y conseguido sacar adelante era correcto y además debía acaecer. En sí, actuamos correctamente, aunque sin duda no previmos bien las consecuencias políticas y las repercusiones fácticas. Se pensó en exceso en lo teológico y no se reflexionó sobre la repercusión que tendrían estas decisiones.”

lunes, 27 de marzo de 2017

ÚLTIMO VIAJE CON WOJTYLA

Para los que habíamos dejado atrás los chiripitifláuticos y patinábamos sobre la resbaladiza pista de un periodismo incipiente, su voz sonaba a juventud sin fronteras. Se abría su micrófono y su nombre se hacía realidad, porque sus palabras volaban con blancura de sotana única en el orbe. El maridaje entre su alegría volandera y el revuelo de ese hábito talar recorriendo el mundo nos abrió los ojos y los oídos a una Iglesia más en consonancia con el brío evangélico. Acabo de ver la película “Resucitado”, que es un canto a la vida…eterna. Paloma y Wojtyla no hacían otra cosa que estimular a la Humanidad —ella a la hispanoparlante— a vivir aquí y ahora para vivir por siempre y en ninguna parte.
El buen periodismo se ha rendido a sus pies ahora que nos ha dejado, como antes lo hizo cuando su pequeño cuerpo se erguía sobre las ondas. Hemos visto desfilar por el tanatorio a todas las Españas: desde César Cadaval y su esposa hasta Campo Vidal, Bigotes Arrocet y las Campos (María Teresa y Terelu), Jesús Álvarez, Ramón García, Cristina Almeida, Rappel… y hasta el mismísimo Antonio Tejero Molina junto a su mujer. Concitaba esta narradora de los viajes vaticanos —todos, los que se movían a través del espacio y los que tenían lugar intramuros de la ciudad de los papas— la admiración y el cariño de profesionales y profanos, de imitadores y oyentes de sus alocuciones entre líneas, que Paloma decía mucho entre líneas.
Hablé con ella dos veces en mi vida. La primera, cuando el cura Javierre me regaló una estancia en el convento romano de unas monjas como pago por haberle presentado su libro sobre San Juan de la Cruz. Estábamos una noche mi mujer y yo en el comedor de la casa, tras haber dedicado una extenuante jornada a la ciudad eterna, cuando de improviso apareció la figura menuda e hiperactiva de Paloma Gómez Borrero. Para mí fue un segundo obsequio. Resulta que de vez en cuando, la periodista recalaba por allí y charlaba con las religiosas. Recuerdo que aquella noche traía un cabreo supino con el segundo hombre de su vida porque había cedido un altar a un alto cargo de un movimiento con el que ella no simpatizaba y él sí. Se non è vero, è ben trovato. Paloma, a diferencia de tantos otros divos, me pareció exactamente igual a corta distancia que en antena. Y conservaba al final de un largo día de tensiones, la misma prestancia que si se acabara de levantar.
Pasaron muchos años, y, como quien no quiere la cosa, el 7 de mayo del pasado año, volví a estar con Paloma en el II Encuentro de Comunicadores de la Iglesia de Sevilla. Fue en el edificio del Seminario, y esta mujer, que ya contaba con más de ochenta años aunque nadie lo diría, y ella menos, nos dejó de una pieza refiriendo anécdotas y conclusiones de toda una vida dedicada a la información religiosa. Fue, además, tan valiente como siempre ha parecido, y no ahorró críticas a quien hiciera falta.
En un receso del encuentro, tras su intervención, me crucé con ella, que descansaba apoyada en un murete del vestíbulo, en compañía de otras dos personas. Me acerqué y le saludé. Recuerdo que intenté condensar en una frase toda una vida de observación rendida ante sus méritos televisivos y radiofónicos. Le dije lo mismo que manifestaba al principio de este artículo: “Usted ha sido una maestra para varias generaciones de periodistas españoles, y ha estado muy presente en nuestras vidas.” Con su sempiterna sonrisa —me acordé del único consejo que da Nieves Peinado a los aspirantes a la radiofonía, sonreír siempre mientras se habla ante un micrófono— me dio las gracias. Y entonces, espontáneamente, me salió del alma besar su mano. Y lo hice. Hay gestos que te brotan de algún lugar donde la mente y el corazón se alían para presentir el futuro. Aquélla fue una de estas ocasiones. Nunca me alegraré suficientemente de haber tenido aquella muestra de cortesía entrañable hacia quien acompañara tantas veces a Juan Pablo II en su avión o ante el Sagrario.

Ahora, ambos viajan en primerísima clase. Tienen todo el tiempo del mundo para decirse lo que no pudieron aquí abajo. O para evocar conversaciones antiguas, que es una excelente manera de vivir en la gloria. Ambos hacen, con perdón, una magnífica pareja. No voy a decir que tengan su viaje de novios, aunque también se podrían ver las cosas así, manteniendo en todo la castidad. Bueno, en cualquier caso, allá nos esperan la cronista y el santo súbito. Nos quedamos con la pena de no poder escuchar: “Desde el Cielo para la Tierra, Paloma Gómez Borrero”.