miércoles, 28 de diciembre de 2016

EL HOMBRE, MATERIAL CONSUMIBLE

Acabo de dar cuenta de una tostada de pan de bollo con paté de hígado de cerdo y una loncha de jamón york, también del impuro animal que nos ha dado de comer desde que bajara del arca la primera collera salvada de las aguas (si es que Noé los aceptó a bordo). Mientras gozaba del sabor de la vida, pensaba en los consejos del nefrólogo: poca cantidad de carne y pescado, porque las proteínas son las culpables de la formación de cálculos de ácido úrico, de los que he llegado a ser una cantera. Y de ahí, mientras deglutía, pasé, como es natural, a filosofar para mis adentros.
La sociedad del bienestar, para la que más allá de la muerte no hay nada, nos ha acostumbrado a vivir como si nuestros cuerpos pudieran permanecer inmunes al desgaste, siendo así que desde que nacemos nuestra historia es la de una máquina por la que pasa el tiempo. Si uno lo piensa bien, sólo hay dos materiales que parecen hechos para conocer el fin del mundo: la arena y el mar. O la roca desmoronada por el roce de los meteoros y el agua que viene y va, sube y baja pero permanece, cual la energía, sin pérdida alguna. Fuera de esos dos elementos, que tanto buscan miríadas de veteranos de las sociedades confortables del Norte —aunque los de aquí también los concebimos como sinónimos de placer y descanso— todo lo demás, y entre lo primero los organismos vivos, estamos hechos para fundirnos en el crisol de la naturaleza.
Todo esto me asaltaba el cerebro mientras disfrutaba del favor que mi efímera rebanada dispensaba a mi paladar. Se ve que las neuronas se animan con el alimento, a condición de que sepa a algo. El silicio de la arena y su compañera el agua —ambas construyen una especie de lucha de amor día y noche, como si el débil líquido pugnara por recordar insomne a la roca sin forma que ha sido él, junto con el viento aliado, el que ha molido la piedra durante milenios— me llevan, a su vez, a la sociedad del conocimiento, que dicen los cursis de la Junta. El silicio, o sea, la arena, constituye ya la bisagra de la evolución humana. Curioso: lo más inerte soporta lo más vital: el cruce de datos. Es lo que hace el corazón del ordenador: el procesador. En el palenque del silicio, capaz de transmitir órdenes operativas a una velocidad inimaginable, reside la clave de la informática, y todo lo que esto significa en la Humanidad actual y futura. Tenemos, pues, que el material más resistente es también el que mejor sirve a la inteligencia, hasta el punto de casi burlar la caducidad de todo.
Los científicos buscan, sobre las pistas que dejara Einstein, batir el record del silicio, de las playas que tocan la punta del infinito. De ahí que se empeñen en acelerar las partículas para dar el paso en el vacío de superar a la luz. Vayan pensando en la posibilidad de que los cables de fibra óptica se queden cortos. ¿Sería una hecatombe? A eso suena. Sistemas enteros que han tocado el tope de la vía quedarían de pronto inservibles. Pero, visto desde la barrera de la ignorancia, muy cómoda pero asistida por la experiencia de la intuición, esto daría lugar, sobre todo, a un salto de dimensión.
Las cosas ya no serían las cosas, porque nuestro cerebro sólo sabe verlas en sus tres dimensiones de siempre. Le faltaría el sentido para interpretar la cuarta, aquélla en la que tiempo y espacio se separan. Las playas ya no serían las playas, ni el mar el mar. La velocidad de esta nueva realidad superaría a las moléculas. Debe de ser lo que los físicos llaman el nudo de Higgins o la partícula divina. ¿El final de los tiempos? ¡Qué sé yo!
Me ha dado lugar (curiosa mezcla de tiempo y espacio) para terminarme mi desayuno sin preocuparme demasiado de mis riñones. Sé que soy mortal, y que mis órganos son como consumibles, como los cartuchos de mi impresora, fungibles, limitados, provisionales. Por cierto, la impresora en 3D también se puede quedar vieja antes de llegar a la vida cotidiana de la gente.

Como todas las criaturas, el hombre está aquí de paso. Los creyentes casi “vemos” que esa cuarta dimensión, la del material que sobrepase la fuerza cinética de la luz y mute su naturaleza para dejar de ser descriptivo y volverse creativo de las cosas, a base de aumentar la capacidad humana para conocerlas, implantando una estructura interna que nuestra mente no alcance a comprender, sólo se encuentra en la religión y en la fe de profesarla. La ciencia apunta siempre más alto. No se conforma. Busca y rebusca, de modo que cuando descubre algo siente más frustración que contento. Anda ahora ilusionada con un material “nuevo”, el grafeno, y con otros más rápidos, eficaces y baratos, aunque no me explico qué pueda haberlo más que la arena del mar. Malos momentos para Silicon Valley. Algo nos dice que estamos a las puertas de un reino tan misterioso que sólo se parece a la locura.

jueves, 15 de diciembre de 2016

LUZ DE OTOÑO SEVILLANO

Ha sido como un baño vigorizante tras días de lluvia y plomo en el aire. Has salido a la calle, has liquidado tus deudas con la burocracia sangrante que extiende sus tentáculos hasta el fondo de tu intimidad, y a continuación te has sumergido en esa luz de los días escogidos, oblicua sin ser torva, dulce como membrillo prohibido, serena, laxa, dorada sin aquellas partículas tostadas de la primavera. Luz de pintor en duermevela. Luz ansiada sin saberlo. Luz acariciante, poderosa en su deslizamiento lento, felina, ilustrada, calma, sabia, como si hubiera paseado por los jardines de los peripatéticos.
De mañana, esa luz del otoño sevillano, ya tardío, con bocanadas de cisco picón —imaginado sí, y por ende real— y un resto de ajonjolí en el paladar, es más alegre que la estival, mucho más que la inminente de marzo, infinitamente superior a la del enero afilado y pérfido. La que hallaste, o te halló, era una luz inesperada, límpida, purísima como anunciada por angelotes a los pies de la Gran Dama del Universo. Te sorprendió mientras caminabas. Era una luz tangible, aposentada en una transparencia que parecía venir de otro mundo, de un cielo pleno, de ese mediodía bendito en el que alguna vez habitamos antes de razonar y recordar.
Encontraste escenas para ti solo que revelaban sonrisas de Dios: Un gato, negro naturalmente, que retozaba panza arriba agitando sus piernas sobre el asfalto absorbiendo los rayos del sol decembrino y ajeno a la civilización (o no) que le rodeaba. Tres gorriones gordos dándose un chapuzón en un charco, como solamente lo habías visto antes en la canícula. Guiños de esta primavera veraz que es el otoño sevillano una mañana de cielo despejado y —robemos la metáfora a un Borges también sevillano— tan cóncava como generosa. Había llovido copiosamente los días de la víspera y aún la noche anterior. Las cosas tenían la piel luminosa, cubierta de azogue que le daba ese frescor verdioliva de clorofila restallante. Tachonado de pequeñas lagunitas brillantes, casi imperceptibles pero inagotables, el lienzo de paisaje que asomaba al vitral de tu vista era todo él gratificante, mar espumoso en la tierra de fuego andaluza donde viste la luz primera. Una luz que te gustaría hubiese sido como ésta del otoño efectista, palpitante de reflejos, magnetizado y táctil, que te ha saludado desde todos los puntos de la dicha.

Mañana ya no será igual. Los colores habrán secado. La pintura estará en su sitio, donde la pone tu monotonía. No donde hoy ha querido que esté la luz laureada del otoño sevillano.

martes, 6 de diciembre de 2016

EL MUNDO ES PEQUEÑO PARA DONALD TRUMP

Además del deshielo en los polos, esa amenaza planetaria que reasoma impenitente en el horizonte nuestro de cada día, están pasando cosas a nuestro alrededor mientras nosotros seguimos enfrascados en las bilis de nuestros fantasmas. El mundo gira indiferente a nuestras querellas. Mientras hay una Humanidad que acarrea a diario la tinaja del agua desde la fuente hasta el hogar, como en el neolítico, otra cruje impaciente, huyendo del dolor que siempre produce el anquilosamiento. Podríamos decir que la primera —que es la última— encuentra su defensoría en gente como esos cincuenta premios Nobel que han acusado a Greenpeace de perpetrar un crimen antihumanitario por boicotear el arroz transgénico que ha permitido a millones de personas evitar la muerte por inanición. En el otro extremo, la Academia sueca —disipados ya los primeros ayes de quienes sucumbieron bajo los escombros de la dinamita— otorga uno de sus preciadísimos galardones a Bob Dylan, de quien Steve Jobs (es decir, Apple) afirmaba que era poco menos que su dios particular. Aclaremos que se trata del Nobel de literatura, aquél que un colega de reconocido prestigio de Sigmund Freud decía que era el que se merecía el psiquiatra, y no el de Medicina.
Entre ambos hemistiquios, el que torea el hambre y el que juega con su destino, estamos nosotros, los “pigs” (y a mucha honra, siempre que sean ibéricos). Pero algo está cambiando, y mucho, más allá de nuestras fronteras. Aquí, los grandes debates nacionales oscilan entre dejarlo todo como está o cambiarlo todo (“el cambio” hacia ninguna parte). Es decir, que no acabamos de enterarnos, entiendo yo, de lo que ha sucedido donde se cuecen las habas desde que Hitler se pegó un tiro en su búnker berlinés. Estados Unidos ha apostado —tan aficionados ellos a las barajas y a las carreras— por el vuelco que conduce a los orígenes, lo que concede “originalidad” a los pueblos y a las personas. Las elecciones eran, ya lo sabemos, entre más de lo mismo o revolución liberal. Y ha arrasado ésta. ¿Dónde? Los mapas son siempre los mejores consejeros para comprender la realidad. Si consultamos el territorio del éxito republicano —no se olvide que antes de ganar la Presidencia Trump tuvo que hacerse con la victoria en el partido del elefante— veremos que en aquel gran y villano país ha vuelto a suceder lo que otras muchas veces le devolvió su energía: la emergencia del contrapoder. Se dirá que ha tomado la Casa Blanca la casta económica, los acaudalados. Puede ser, pero lo obvio es que el gran cuerpo social norteamericano, el que va de costa a costa, se ha rebelado. Y lo ha hecho contra el poder político y mediático, que habita el litoral este, y contra el tecnológico que vive en el otro. En resumen, la América conservadora versus la progresista, lo cual, dicho sea de paso, hace volar por los aires el gran embuste en que dicha división se fundamenta.
Ahora se pueden hacer las lecturas que se quiera, interesadas como las que hemos oído hasta hoy o no. Siempre he pensado que los procesos electorales son cuestiones tan íntimas como la lencería fina para una dama. Por eso no me gusta entrometerme en alcobas donde no me llaman. Así, siempre se acierta. Pero, a posteriori, las cartas están bocarriba y es lícito subrayar los resultados. Los ciudadanos de la locomotora universal han desalojado de la institución que rige —allí sí— la marcha de la nación, y de las que podrían ejercer el papel de oposición, a quienes se han arrogado durante decenios el monopolio del pensamiento únicamente aceptable, de lo políticamente correcto.

Es cierto que Trump ha cambiado radicalmente su discurso entre la campaña y el tiempo de su nuevo cometido. Creo que nadie podría rechazar ni una sola de sus palabras improvisadas horas después del recuento. Es el momento de la moderación. Pero eso es lo que se hace en lugares donde la democracia es algo más que una disputa. Su reiterado llamamiento a la unidad —ya veremos si dura— es un gesto de madurez. Y en todo caso, así se cosen los reventones como el que ha separado las bandas costeras del inmenso centro agrario. Se trataba de inclinarse por el continuismo de la era Clinton-Obama-Clinton (y también Zapatero-Sánchez-Díaz) o por la renovación profunda que demandaba la América profunda. Ya ven ustedes, el gran cambio ha irrumpido donde, como y cuando menos se esperaba. ¿O es que aquí, al menos aquí, todos repetían como papagayos lo que “alguien” decidió que debíamos creer? Con Julie Andrews, me voy cantando bajito “¿qué será, será?”.

CODA: Las nuevas tecnologías nos permiten correcciones diferidas. Aprovechémoslas. Varios buenos y avisados amigos me corrigen un dato erróneo del final de mi artículo. Y es que la canción "¿Qué será, será?" no la entonaba Julie Andrews sino Doris Day en "El hombre que sabía demasiado", película de Alfred Hitchcock. Puntualizado queda, aunque, a fuer de ser clásicos, he preferido dejar el desliz en "el original". Así me parece que seguimos en la época dorada del papel. No obstante, gracias, muchachos, por vuestra buena vista. Los lectores sabios no envejecen.