domingo, 21 de diciembre de 2014

VIVENCIAS DE UN CINEASTA PRINCIPIANTE

Tengo que confesar que de cuantas proyecciones de "En el último minuto" se han celebrado hasta ahora, estreno aparte, la que acabamos de tener en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, organizada por la Hermandad del Santo Entierro de Sevilla ha sido la mejor. No sólo por la asistencia —unas sesenta personas— sino por la calidad del acto, conducido por el hermano mayor, José María Font, y en el que han estado presentes, codo con codo, la actriz (y farmacéutica) Pilar Domínguez y la luchadora incansable pro vida Belén de la Concha Castañeda. Pero también las intervenciones del público fueron valiosas. Uno de los activos más entrañables de esta película hecha sin presupuesto ni ayudas de instituciones públicas ni privadas ha sido eso precisamente, que todo se ha hecho sin alharacas, sin pedantería pseudointelectual, sin esnobismo. El glamour que ha habido —y lo ha habido— ha sido natural, espontáneo y, permítaseme la expresión, humilde. Por eso en ese acto flotó el encanto de lo sencillo y complejo a un tiempo, de lo que huye de lo pretencioso, de lo auténtico, en una palabra.
Y de lo "lego". Ninguno de los que hemos confluido en esta película somos profesionales, y eso se nota en los defectos técnicos, pero también en las virtudes de fondo y forma. La entrega generosa ha sido el armazón de la obra, y eso, en un mundo tomado por el egoísmo, la hipocresía y el sentido mercantil de la vida, se agradece siempre.
Durante dicha cita y la del día siguiente en la Hermandad de San Esteban desgrané ante nuestra "audiencia" —yo prefiero decir auditorio— unas cuantas vivencias de director novato que quiero dejar aquí fijadas. Engarzan con otras que ya he contado en esta página y en la web de la película (www.enelultimominuto.com). El hilo conductor es, como saben quienes de una u otra forma estén vinculados con nuestra aventura, la gracia de Dios, la Divina Providencia, que no nos ha abandonado en ningún momento, hasta el punto de que buena parte de "En el último minuto" debería llevar su firma en los títulos de crédito, si no fuera meternos en camisas de once varas.
Hay, concretamente, dos "casualidades" que quiero confiar a mis lectores. Ambas afloraron en la fase de montaje. Es decir, mucho tiempo después de que fueran rodadas, y más aún de que fueran escritas las escenas en cuestión. En los dos casos, la mano que todo lo rige (siempre viene a mi recuerdo el símbolo que aparece en los ábsides románicos) nos sale al encuentro con una evidencia incluso mayor que si la viéramos en imágenes.
Si se fijan, cuando Belén cuenta a María (Pilar) su experiencia en Pro Vida, hay en el centro, al fondo, una madre sentada junto a su hijo pequeño. Ambos están de espaldas (obligado, puesto que eran dos desconocidos para nosotros). Durante la conversación, las voces del niño son como una banda sonora de fondo. En un determinado momento, el pequeño arroja al suelo un juguete. Su madre se levanta y, de camino que recoge el objeto se dirige con su hijo adentro del bar para abonar la consumición. Todo eso va sucediendo a lo largo del diálogo, que se divide en varios cortes. Finalmente, madre e hijo salen y se marchan.
Cuando monté dicha escena, estaba tan pendiente de lo detalles de la "acción principal" que ésta secundaria se me pasó completamente. Hasta que, ya terminada la edición, revisé el material relajadamente. Y entonces surgió ante mí la maravilla. Era perfecto. Como que no lo habíamos preparado nosotros. Alguien había puesto a esa hora y en ese lugar esa estampa insuperable de maternidad, entre las dos caras que ocupaban el plano destacado y que hablaban de lo mismo: el amor madre-hijo. ¿Casualidad? Venga, hombre…
La segunda "intervención" providencial está colocada antes en la película. María se debate en un infierno de tensiones interiores. No quiere abortar, pero ¿cómo salir adelante con su hijo? Por otra parte, le ponen tan fácil hacerlo… Ha pasado por el abortorio y va a ayudar en el montaje de los pasos de su cofradía, La O de Triana. Lo primero que hace es irse directamente al Sagrario. Se arrodilla en el reclinatorio y reza, igual que lo podría hacer cualquier otra chica en su lugar en cualquier momento. Contempla a la Virgen, que está vestida de hebrea sobre el Tabernáculo. Es una dolorosa, como ella. Y sufre. Sufre con una angustia más punzante que en cualquier otra situación penosa de su corta vida. Implora, entona una plegaria interior, piensa y llora. La cámara recorre la imagen de Nuestra Señora desde la cabeza hasta su vientre. Y he aquí que a esta altura, lo que hay es… una corona de espinas. La tortura lacerante se interpone entre el vientre de María, el mismo que gestó al Crucificado, y los ojos anegados de la otra María, en cuyo vientre parecen clavarse esas espinas.
Hay otra alusión a las espinas, también casual y espontánea, en la conversación entre Asunta Fernández y María en el parque de María Luisa. Asunta lleva una rosa en su mano, y le habla a María el dolor que va siempre unido a la belleza. He de recordar que aquellas palabras salieron de la boca de Asunta sin que yo le indicara nada, porque todos los diálogos entre mujeres, tanto en el parque como en la cafetería, son aportación libre e improvisada de quienes hacían aquellas manifestaciones. O sea, que las espinas aparecieron cuando tenían que hacerlo y donde tenían que hacerlo, sin más guión que la voluntad del Creador, inspirador de ellas.
De ambas "coincidencias" fui consciente a la hora de montar aquellas imágenes. Y ya entraron a formar parte del patrimonio de fe que esta película encierra y que hoy he querido compartir con ustedes como un regalo de Navidad.

Por cierto, Felicidades.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

LA OTRA ISABEL

Nos han suministrado durante décadas una visión bucólica e idealizada de la corte nazarí de Granada, y en general de las culturas islámicas. El embrujo incuestionable de la Alhambra y sus alrededores parecía incompatible con cualquier perversidad que pudiera contaminarlos. Como si no hubieran pasado dos siglos desde que los viajeros románticos troquelaran una impronta de Andalucía recién salida del horno de las Mil y Una Noches. Esta imagen se resquebrajó a partir del atentado de las Torres Gemelas y las ofensivas bélicas subsiguientes del gigante herido. Hasta entonces, un Occidente complaciente con las monarquías medievales del Oriente asentado sobre inmensas bolsas de hidrocarburos no había desvelado la cara tétrica de aquel feudalismo anacrónico. A buen seguro, los filomusulmanes cegados por todo este encanto exótico han modificado algunos de sus postulados dogmatizantes en torno la superioridad del Islam sobre el Cristianismo.
Recuerdo a un célebre escritor manchego que blasona de andaluz aunque vive en Barcelona poner como chupa de dómine a Isabel la Católica en un acto público en el que compartió media hora de gloria literaria con una afamada presentadora de televisión que sigue en la cresta de la ola. Poco antes, este literato de masas había publicado una de las más encomiásticas novelas rosas sobre esa Granada mora sublimada que tanto ha conmovido a las izquierdas en permanente revuelta morisca de las Alpujarras.
Acabo de ver una película de palpitante actualidad que me ha impresionado y que muestra descarnadamente otra de esas realidades que la senil Europa no quiere ver: la esclavitud sexual practicada por bandas mafiosas del Este descompuesto, armadas como ejércitos y financiadas desde lejos por sus clientes: jeques árabes que les encargan el secuestro de niñas en países libres para incorporarlas a su harén. Preferiblemente, rubias, vírgenes y muy jóvenes. Y si son norteamericanas o al menos anglosajonas, mejor. El caudal de dinero obviamente negro que mueve este negocio sólo es comparable con el del narcotráfico, la compraventa de armas o el terrorismo, aunque estamos hablando de organizaciones que actúan indistintamente en cada uno de esos campos. Y todo eso hoy, en este mismo instante. ¿Hasta qué punto las desapariciones de jovencitas —también de varones— de las que algunos programas han podido llenar meses de emisiones está relacionado con esto? Prefiero no pensarlo.
Titulaba este artículo “La otra Isabel”. Y es que ha coincidido la visión de esa película con la lectura de un pasaje histórico del que poco se sabe pero que, como tantas otras veces, cambió el curso de lo que hemos llegado a ser. Al mismo tiempo que Isabel la Católica se esforzaba por convencer a su marido de que debía dejar aparcados los problemas de la Corona de Aragón (Navarra, Francia, incluso Italia) para dar prioridad absoluta a la reconquista de Granada y hacer así honor a su condición de Reyes Católicos, otra Isabel, bastante más joven, casi una niña que aún llevaba trenzas, rubias como ella, era secuestrada en una de las razzias que las tropas del emir granadino realizaban por los campos de Córdoba. Isabel de Solís, que así era su apellido, fue “convertida” y recibió el nombre de Soraya. Cuando el rey de Granada, Abu-l-Hassan ´Alí (Muley Hacén para los cristianos), la vio, fue tal su embeleso que la convirtió en su “primera dama” (algunos dirían su favorita), y postergó a Fátima, su legítima esposa, viuda de Muhammad XI y de quien había recibido en realidad su poder, pese a haber derrocado a su propio padre para conseguirlo.
Fátima nunca perdonó a Muley Hacén, y los granadinos tampoco. Al fin y al cabo, Soraya era una cristiana renegada. Y aquí empieza el gran giro por el que la suerte toda del mundo a partir de mediados del siglo XV pende de una historia de amor (?), de capricho y de pedofilia entre el penúltimo rey moro de Granada y una muchacha cristiana que le cautivó. Fátima era la madre de Boabdil, el que andando el tiempo entregaría las llaves de Granada entre sollozos, e inculcó en él la traición a un emir que había hecho a una enemiga del Islam reina de facto de la Alhambra. Los acontecimientos se precipitarían de tal modo que esa otra Isabel, hoy perdida entre  tantas crónicas como se han escrito de aquellos días privilegiados, esa niña de trenzas rubias raptada para solaz del último reyezuelo mahometano de Europa, fuera la llave de una anexión que volvía a cerrar para la Cruz un mapa visigodo roto por la irrupción de Tariq y sus expedicionarios, ocho siglos atrás.

Isabel la Católica está ahora de actualidad —puede que para muchos por primera vez— tras el exitoso serial televisivo. Bien podría pensar alguien en hacer al menos una película en rescate y homenaje de esa otra Isabel, o Soraya, que dividió a los granadinos y con ello debilitó sus fuerzas abriendo así para su homónima la cuesta de Vivarrambla. Y de ahí, a un nuevo continente. Pero esa es otra historia.

jueves, 4 de diciembre de 2014

25 AÑOS POR DELANTE

Son los que nos quedan para alcanzar el pleno empleo, en caso de seguir al ritmo que lleva la economía española. Ajusten las cuentas y verán como es así. En el supuesto, optimista, de que se mantenga la cota mensual de los 15.000 nuevos puestos de trabajo, y si tenemos en cuenta que en la actualidad hay en España cuatro millones y medio de parados registrados, el resultado de dividir esta última cifra entre los quince millares es que nos quedan trescientos meses por delante hasta conseguir que en nuestro país pueda trabajar todo el mundo.
No sé a qué vienen, pues, tantas alharacas gubernamentales y progubernamentales como si estuviéramos en puertas de dejar atrás la crisis del empleo. Mi generación —lo he escrito muchas veces ya— ha estado lastrada por dos lacras: el terrorismo y el paro. Podríamos añadir la inseguridad y la desalfabetización de las masas. Si se fijan, todo está interrelacionado. Y sin embargo, nunca creí que fuera a conocer un  25 por ciento de paro, justamente cuando mis hijos se disponen a salir al mundo a buscar trabajo. Les han robado el porvenir a las nuevas generaciones de españoles que ya ni en Europa van a conseguir una colocación, ni tan siquiera un fugaz contrato malpagado. Esa combinación diabólica de burocracia estatista e imperio de la mentira, de la que tanto han mamado los políticos —corruptos o no— pasa ahora factura cobrada en las carnes de unos nuevos españoles y europeos sacrificados en el ara del progreso. El célebre "cortoplacismo" llega a límites grotescos, como éste de echar las campanas al vuelo porque hemos tenido "el mejor noviembre de nuestra historia". Pues será para esos millonarios que en un año han proliferado un 24 por ciento, porque lo que es para el común de los mortales, ya digo, a esperar 25 años y sobrevivir haciendo cursos de inglés, ciclos superiores de peluquería y otros complementos a sus licenciaturas, sus grados y sus másteres con leche o solos. Y no quiero ni pensar en lo que sucederá cuando se vayan muriendo esos abuelos que sostienen con su pensión a familiares de todas las edades, de sangre o políticos. O cuando la Seguridad Social no tenga ni para pipas.

Instituto Nacional de Previsión, se llamaba el invento cuando yo empecé a trabajar, hace ya, según mi vida laboral, 33 años y la propina. ¡Qué tiempos aquellos!

miércoles, 3 de diciembre de 2014

EL ABORTO VUELVE A IGUALDAD Y SANIDAD

Rajoy parece haber encontrado en el anaquel de los pucheros la pócima mágica con la que una buena meiga remendaría el siete que le ha hecho a su partido con la retirada de la reforma antiabortista. Ha ido a buscar la receta, como era de suponer, en la expendiduría de fidelidades acérrimas. Y ¿quién encarna tal menester? Pues el mismo que levanta su mano para hacer el gesto instructor al  haz de representantes del pueblo soberano: el portavoz parlamentario. ¿Y qué tarea le encomienda? Disimular.
Cuando Zapatero le hizo a España el gran siete de su historia contemporánea, encomendó el mismo a sus dos promesas políticas de cabecera: las ministras de Igualdad y de Sanidad. Aído —hoy de compras por la Quinta Avenida— y Pajín —tres cuartos de lo mismo, ambas a la sombra benefactora de la institución mejor intencionada y más inútil del orbe— cargaron sobre sus hombros experimentados y robustos de atlantes frente a la caverna la gran misión que alumbraron los astros con su combinación cósmica: obsequiar a la ideología de género con el aborto como derecho.

Después, el PP aunó ambos departamentos en uno solo, y lo puso en manos de Mato. Pero, como manda la lógica y la moral, la cuestión del nasciturus se concentró en Justicia. El tsunami de las corruptelas se ha llevado por delante a la ministra de los globos y los jaguares ignotos. Rajoy ha visto la jugada perfecta ante sus ojos miopes como los míos. "¡Tate!, se ha dicho, ahora meto otra vez el aborto en Igualdad y Sanidad, y asunto concluido, que diría mi compatriota Cela". Y ha puesto al portavoz de ministro de ambas cosas, le ha pasado la patata caliente y le ha encargado algo muy sencillo: calcar a Zapatero. Ya los asesores, asesoras y zerolos de Aído marcaron el paso, que consistía en añadir un plus inasumible incluso para los viejos socialistas a la ley, de modo que siempre se pudiera quedar como partidarios del consenso y hasta de la moderación podando ese adminículo. Se trataba de la cantinela de los 16 años. Ahora, el ex alcalde de Vitoria llevará a cabo la poda, y la ley quedará de dulce para el consenso. Además —esto haría las delicias de ZP— el ministro de Igualdad y Sanidad se hará cargo de la otra muleta con la que el presidente quiere disimular su discapacidad para gobernar desde el pensamiento que le ha votado. Nada menos que la política de ayuda a la familia va a ser ahora cosa de igualitarios y enfermeros. Magnífico, Mariano. No hay quien te pueda.

martes, 2 de diciembre de 2014

EL ACERCAMIENTO PP-PSOE

Acaba de anunciar la secretaria general del Partido Popular que no descarta una coalición con el PSOE si fuera necesaria. Es de agradecer esta repentina sinceridad en quienes no han cumplido ni una sola de las promesas electorales básicas desde que ganaron, con mayoría absoluta, las elecciones parlamentarias para designar al Gobierno de (lo que queda de) la Nación. Se veía venir. O mejor dicho, había venido ya este deslizamiento hacia la izquierda cuya prenda ha sido la retirada de algo tan sensible como la política antiabortista. En realidad, el gallego que nos preside debió de haber previsto todo esto desde mucho antes de ganar los comicios. Yo fijaría el momento de su decisión en marzo de 2004, cuando se dio cuenta de lo fácil que es perder. Ya dijo Machado —don Antonio, naturalmente—, por boca de su Juan de Mairena, que en España de diez cabezas nueve embisten y una piensa. Y a diferencia de los ingleses, que respaldaron masivamente al Gobierno atacado por los terroristas, aquí ocurrió todo lo contrario. Aquella tarde del día 13, cuando Rubalcaba aprovechaba la jornada de reflexión para encender los ánimos pre-revolucionarios de las turbas que asediaban trescientas sedes del partido todavía en el Gobierno, Rajoy debió tomar nota en su libretita (¿azul?) de gallego previsor: "No cambiar nada sustancial de Zapatero, por si acaso". Después, cuando vio las multitudes con las banderas nacionales en Colón, quiso hacer como Rubalcaba pero al revés, y se adhirió inquebrantablemente a la lucha por la vida del no nacido. Hasta que tocó acercarse nuevamente a los socialistas. Podemos tocaba a rebato, y había que crear este "bloque de salvación de la casta" que se avecina. Total, un ministro menos (ya van dos), ¿qué más da?

Pero la política, como la historia, como la naturaleza, parten siempre del horror vacui. La neumática es la primera ley de la física social. Si el centro-derecha se convierte definitivamente en centro-izquierda con tal de no perder parcelas de poder, ¿qué se colará en el espacio dejado libre por la derecha? Me temo lo peor, pero como cristiano no pierdo la esperanza de estar en un error.

lunes, 1 de diciembre de 2014

LA CRISIS DE LOS MEDIOS

Cuando los medios de comunicación dejaron de serlo para convertirse en meras empresas, comenzó la cuenta atrás de su extinción. Lo que ya conocemos por tales en Internet tiene muy poco que ver con lo que siempre fue un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión. Han perdido, sobre todo, singularidad, esto es poder. Ya sirven a sus amos políticos y plutocráticos, y lo que hemos sido los periodistas —el contrapoder por excelencia— ha quedado suplantado por el colaboracionismo del capital, que anda siempre coqueteando con el dispensador de prebendas.
Así no sorprende que ya no se venda apenas Prensa, que cada vez se vea menos televisión y que la radio sea ya una sucesión de anuncios y tertulias monocordes. Lo que está en tela de juicio es eso que se ha dado en llamar "la casta". No importa que estemos en las antípodas de Podemos, como es mi caso. Llevan toda la razón cuando denuncian a la casta, porque ahí radican casi todos los males sociales que padecemos en España y en Europa. La casta domina los medios porque controla las subvenciones. No lo digo yo, lo dijo Montoro en sede parlamentaria: "Todos vienen a verme". Todos piden árnica, al menos para saldar sus deudas. Pero, al igual que sucede con la gran deuda nacional, la casta —y los medios son parte nuclear de ella— vive de aplazar sus cuentas pendientes, de no hacer sus deberes, de empecinarse en defraudar a una opinión pública más que cansada, extenuada, de pagar el jolgorio y que ya no hace ningún caso de los medios, porque los tiene calados a todos.

¿Hay solución? Claro que la hay, pero creo que está más en manos divinas que humanas, porque o aquí se convierte mucha gente a la gran religión del bien y la honradez, o el Apocalipsis se va a quedar corto.

jueves, 30 de octubre de 2014

UNA HISTORIA AFORTUNADAMENTE REAL

Hoy tomo prestado, con permiso del autor, un artículo ajeno y verídico, que diría el otro.
Mi buen amigo Pepe Rodríguez Hervella no se ha podido reprimir los deseos de comunicar su historia. Comoquiera que se la he enviado a unos cuantos amigos y he tenido un gozoso retorno de simpatía, la coloco en este balcón para que todo el mundo pueda disfrutarla.
Sólo añadiré que la madrina de esta criatura, la que hizo posible con sus palabras y su gesto que viniera al mundo, es parapléjica.

EL MILAGRO DEL NACIMIENTO DE MI HIJA
Tal día como hoy, hace cinco años, nuestra amiga Cristina Duque, amante de la Vida y representante de la Fundación Madrina, nos pidió el favor de que la acompañáramos a hablar con una muchacha que pretendía abortar. Pensaba yo que todo se resolvería fácilmente: envueltos por la arrolladora simpatía de Cristina tomaríamos un agradable café con la chica, y tras muchos ji, ji, ja, ja, ella entendería la razonable apuesta por la Vida y optaría por tener a su bebé.
Pero aquello no fue un sencillo paseo. Para nada. El padre de aquella muchacha, un hombre-gorila de más de dos metros, con espaldas de armario empotrao y sincero careto de enemigo, abrió con desgana la puerta oxidada de aquella decadente chabola, sita en el extrarradio más marginal de la ciudad, diciéndonos que había sido "boxeador hasta que en un combate una mala torta me dejó tuerto y zumbado del coco, por lo que tuve que colgar los guantes y dedicarme a robar, a robar y a robar por sacar adelante a mi hija ... ¡ Para que ahora me venga la niñata con una barriga! Así que mañana ... ¡a abortar!, que como la ley lo permite tiene que ser güeno. Y sus lo advierto, Cristina y compañía, que como sos ocurra contraydecirme os rajo a navajazos, no sé si me explico".
A mi me temblaban las piernas y el alma, viendo acurrucada en un rincón a la embarazada muchacha y sintiéndome incapaz de decir mi boca es mía ante semejante berraco. Ni Cristina, ni mi mujer Rocío, ni nuestro amigo Carlos Seco acertaban tampoco a decir nada que moviera un ápice el corazón de aquel cachalote ... "no hay derecho. Con tó lo que he robao por mi hija, para que ahora se presente con este problema".
Y fue entonces. Mi mujer únicamente me susurró: "Ve a casa y trae aquí a nuestro hijo". Luisito, de apenas seis añitos y ajeno a todo, se partía de risa oyendo tronar al oso, con la chabola a pique de
derrumbarse de los puñetazos que daba en las paredes para reforzar sus argumentos de muerte.
Cuando el hombre iba a gritar de nuevo, mi mujer se encaró con él, soltándole a bocajarro: "¡Cállese de una vez, por Dios!". Y el gigante se quedo K.O., nunca mejor dicho, más callado que en Misa, con las patitas colgando ante el valor de aquella contrincante que, con su poca vergüenza, quería que el bebé viviera. ·
Acto seguido mi mujer se dirigió a Ángela, la chica preñada y temerosa, y poniendo entre sus brazos a nuestro Luisito, sencillamente le dijo: "Tú sabes bien que ahí dentro llevas tu tesoro, tan infinito y tan grande como este niño".
Aquella noche no pude dormir. Imaginaba a aquella criatura en ciernes sin posibilidad alguna de librarse del matarile, con su mamá envuelta en un entorno de miseria y abocada al fácil asesinato infantil, legalizado y bendecido por tantos beatos progres de pitiminí del PP y del PSOE (o del PPPSOE, es lo mismo), y sostenido por nuestros ciudadanos que siguen votando al PP y al PSOE (o al PPPSOE, es igual), condenando a la siesta de la muerte a sólo Dios sabe cuántos hijos de cuántas Ángelas de cuántos barrios marginales de nuestra querida España.
Pero supongo que el Artista del Cielo debió jugar sus cartas en el asunto. Y es que Dios ... y es que Dios habló.
Eran las siete de la mañana y por teléfono Cristina nos contaba que "la muchacha se ha plantado ante su padre. Con un par. Diciéndole que no va a segar la Vida del inocente brote que crece en su vientre"...
La niña nació unos meses después. El coste de los biberones, pañales y demás corrió a cargo de la Fundación Madrina y de gente como Carlos Seco que (todo hay que decirlo) se rascaron el bolsillo y la cuenta corriente para que la cría saliera adelante.
Y Ángela, aquella madre tan valiente, le puso por nombre Rocío. Rocío porque mi mujer, Rocío, supo embriagarla con un aliento de eternidad para levantar la condena a muerte de su criatura: "Tú sabes bien que ahí dentro llevas tu tesoro ... ".
Y nos contaba con orgullo su ex-boxeador abuelo que su nieta Rocío le está dando la educación que no pudo recibir de niño: hace unos días, cuando le dio de postre una de las naranjas que había tomado prestadas del cortijo de Gines, la cría se la arrojó a la cara, diciéndole que no la quería, que las Hermanas de la Cruz que regentan su guardería le han enseñado que ... "agüelo, robar no está bien, han dicho a mi las monjitas".
Me vais a permitir, amigos, que siga considerando a esta niña como a mi Hija, así, con Mayúsculas, y que en el hondón de mi alma albergue mi convencimiento de que El De Arriba, Ese Que Sostiene Nuestra Existencia, tuvo a bien que aquella tarde de hace cinco años preparáramos la bienvenida de mi hija con nombre de Reina de las Marismas, ya que ella se encargará de abrir infinitos horizontes de esperanza, enseñando a todos a pelear por nuestro más preciado tesoro: La Vida.
29 de octubre de 2014
Pepe Rodríguez Hervella

sábado, 18 de octubre de 2014

LA DESVENCIJADA PUERTA DE MI AZOTEA

La memoria sentimental —alguien lo llamaría inteligencia emocional— resulta ser un arma extraordinariamente potente y ambivalente. De una forma simplista podríamos referirnos a la nostalgia, pero eso sería reducir a nada algo demasiado complejo, argucia por lo demás característica de nuestro tiempo, que ha dejado muy corta a la rebelión de las masas de Ortega, el de “no es esto”. Hay ocasiones, apenas pretendidas, en que algo o alguien o nosotros mismos nos traslada en el tiempo a paraísos íntimos y que creíamos perdidos, y no lo estaban tanto. Es como cuando un equipo sanitario logra, in extremis, una “resucitación”, nueva falacia de nuestro tiempo porque o hay muerte o no la hay. Resurrección sólo hay una, y es patrimonio de los creyentes, gente también de otro tiempo.
Como decía, hay instantes en que, sin saber cómo, podemos hacer un recorrido al alcance de los ojos, y casi del olfato, por acontecimientos y lugares que hace mucho tiempo desaparecieron de todas partes, empezando por nuestra capacidad de evocación. Hay en este fenómeno cierto eco de la relatividad espacio-tiempo. Es de suponer que los maestros en estas rupturas de las leyes físicas son los enfermos de Alzheimer, entre los que quizás me cuente cuando tú, amable lector, pases tu mirada por estas líneas. Recuerdo que una tarde, tediosa como todas las de aquel tiempo de mi infancia, estando mi abuelo y yo ante el televisor que en ese momento emitía un partido de baloncesto, mi viejo progenitor estalló en una salva de interjecciones lanzadas hacia la ventanita catódica y consistentes, según la huella que ha sobrevivido en mí al tiempo, en “¡Mira, si es Fulano, y eso es la fábrica!”. Lo repetía maquinal y compulsivamente, queriendo hacer a los demás cómplices de su locura, que es lo que todos intentamos hacer cuando la soledad nos atenaza. Decían que mi abuelo chocheaba, y era el Alzheimer, pero Einstein, Kant, Borges y algunos más le comprenderían mejor que yo y las demás personas que le rodeábamos y le queríamos.
La otra noche, yo también me sorprendí a mí mismo husmeando por los rincones de aquella misma infancia como si existiera el presente perfecto, esa conjugación imposible, salvo excepciones, que impide a la mano criminal del olvido consumar su fechoría. Ignoro de toda ignorancia cómo vino, cómo se produjo. Pero sé que no hubo solución de continuidad entre el asalto de aquellas formas y mi ingreso voluntario en su reexploración. Después de tantos años —cuarenta, acaso— volví a estar ante aquellos tablones carcomidos que formaban la puerta de la azotea. Y desde luego, entró en mí idéntico repeluco ante lo desconocido que me pudiera aguardar al otro lado. Era de día. Nada de subir allí entre tinieblas. Volví a ver los haces de luz bajo aquellos flecos resecos que más semejaban  greñas de anarquista clásico que hoja de madera para acceder a la más luminosa terraza de mi ciudad. En mi reminiscencia deliberada no la abrí, porque de haberlo hecho el chirriar de los goznes me habría devuelto a la realidad actual. Y pasé como por ensalmo a la luz de aquel suelo de barro formando empinadas pendientes, a los pretiles donde tantas veces me tendí a zambullirme en cielo generoso de finales de junio, los exámenes terminados, nadie vigilándome, el infierno allá abajo, encerrado entre las paredes del piso, y yo arriba, sin más mediación con el Cosmos que el mismo aire que llenaba mis pulmones.
Aquella azotea tenía vida propia, y yo conectaba con ella a lomos de mi bicicleta plegable y pesadísima, en la que hacía circuitos cíclicos como la Historia, vuelta a empezar como un Sísifo horizontal y obsesivo. Era un edificio del siglo XIX que ahora está en muchos sitios y al que en aquel tiempo todo el mundo parecía odiar movido por el afán de lucro de la especulación inmobiliaria, de la fiebre constructora/enriquecedora. Poco a poco, el dueño, un marqués, había ido expulsando a los vecinos. Consiguió que fuera declarado en ruinas, y los últimos en abandonarlo fuimos mis padres y yo, después de un extraño periplo —como rara era mi madre, de quien partió aquel viaje a ninguna parte— que acabó con el retorno a la misma vivienda natal de altísimos techos, goteras por doquier y misterios sin resolver jamás.
Como digo, hoy ese inmueble de bajo y dos plantas, situado a orillas del río grande del Sur y abierto a la inmensidad de un horizonte inmaculado, forma parte de las fotos de coleccionista que retratan el puente de Triana, y está ampliado a tamaño mural en restaurantes y museos. El rencor hacia lo antiguo venció materialmente, y mi casa cayó, pero también ella revive en esas placas fotográficas y en mi memoria emocional.

viernes, 26 de septiembre de 2014

EL QUE DEBERÍA DIMITIR



La palabra dimitir no está en su diccionario. Ni en el de su partido. El día G, de Gallardón, fue histórico en muchos sentidos. Uno de ellos porque desde la dimisión de Suárez no habíamos asistido a una victoria tal de la dignidad sobre la conveniencia. Por eso es, junto a una jornada aciaga (el anuncio de Rajoy en un corredor con dos millones de niños difuntos hasta el momento) una explosión de esperanza. El ministro ha muerto. ¡Viva el ministro!
Y es que en esta España de zombis, que alguien tenga el arrojo que tuvo el yerno de Utrera Molina, con esas alusiones en honor de su padre y de Manuel Fraga, honra al personaje en una hora en que la palabra honor y la palabra honrar no sirven para nada. Desde ese día en España casi todo carece de importancia, por mucho que el Gobierno vierta toneladas de maquillaje en propagar operaciones policiales o estadísticas —bien pobres, por cierto— de recuperación del empleo. España, que podría haber sido en Europa lo que Estados Unidos es en el despertar de la conciencia antiabortista, se conformará, como siempre con verlas pasar. Igual que en bienvenido Mister Marshall. Gallardón creía que podía salir al balcón y pronunciar el discurso ante los delegados del nuevo espíritu de avanzadilla. Pero estamos en España, querido ex alcalde (por cierto, Madrid estaba de dulce con él y ahora es una leonera demasiado parecida a la de Tierno Galván y Barranco) y seguimos arrastrando un complejo de inferioridad que nos lleva a ser una suecia de imitación mientras los turistas vienen a ver lo que fuimos cuando no necesitábamos emular a nadie.
La mayor contradicción en esta tierra de acertijos ("Una y otra vez, presento recursos de inconstitucionalidad y sin embargo hago mías las leyes recurridas. ¿Qué partido soy?") ha sido la de la identidad del dimisionario. A la vista de los fracasos que el mismo Gallardón asumió (aunque eran sobre todo del presidente), ¿no sería coherente que dimitiera ante el Rey —que ese mismo día y a la misma hora del edicto de pasillo hablaba a muchos kilómetros de la necesidad de abordar el cambio climático para "salvar vidas"— el culpable de que el Partido Popular no pudiera cumplir su principal oferta electoral?
Ahora nos queda una retahíla que sólo Podemos sabe calibrar en su justo precio: la de los tópicos como caravanas de coches de bomberos para apagar los fuegos. Que si la familia (¿qué familia, la única que va a quedar después de la experiencia social-pepera?), que si las niñas de 16 años que tendrán que presentar el papelito de papá en el abortorio, que si vamoch parriba (el otro decía "España va bien" mientras 300 nuevos españoles acababan sus pocos días en el potro de las "clínicas"), que ETA ya no mata (claro, si sus amigos están en las instituciones), qué sé yo. Los mismos cuentos con los que nos llevan durmiendo desde que lo escribió León Felipe y lo cantó Jarcha. Como dijo el otro, pero esta vez sobre el ideario del programa electoral: "Si así lo hacéis que Dios os lo premie, y si no que os lo demande".

sábado, 20 de septiembre de 2014

ABORTO, DE ENTRADA NO



Las claudicaciones, por emplear un término muy morigerado, han marcado históricamente el principio del fin de los claudicantes. En cualquier oferta —adoptemos la jerga del mercado— que aspire a conquistar la cosmovisión global del consumidor deben ocupar un lugar de honor (palabra en desuso, decididamente) las convicciones. Cuando Felipe González asaeteaba despiadadamente a un Adolfo Suárez aprendiz de brujo solía utilizar la artillería de la Otan. Era un recurso fácil y temerario, como correspondía a unos jovenzuelos metidos a gobernantes. Pero ya se sabe, tan pronto como se toca el balón del poder, el hechizo de la zapatilla de cristal se desvanece y los dardos envenenados del parlamentarismo tórnanse boomerangs que, tarde o temprano, impactan en el entrecejo que otrora apuntaba al objetivo a tumbar.
Y del "Otan no, bases fuera" o bien "Otan, de entrada no", pasóse al "¿dónde hay que firmar?". La traición estaba consumada, y la cuenta atrás en el reloj de los socialistas antañones (los adolescentes que corrían delante de los grises, aunque no estaban todos los que eran) se puso en marcha para llegar a lo de hoy, dícese al cuarto creciente de Podemos.
Pocos serán los que calculen —no Arriola, desde luego— que hoy se pone en marcha el reloj de la cuenta atrás en muchos votantes de la derecha de toda la vida. ¿Captará el PP votos por la izquierda? Como decía el parroquiano aquel —acodado en la barra de madera en la que se acumulaba un rimero de números en tiza como una fila de hormigas: "¡Tequiyá!" Tequiyá, Arriola. Pero no, no se va a ir, como no se iban otros hasta que les echaron en vista de lo visto. No se va porque los oráculos siempre se han dedicado a lo mismo, a susurrarle al oído al pagador lo que el pagador quiere oír. Como el aborto es un laberinto del que sólo se sale con valentía y arrojando al cubo de la basura el cuadernillo de los pasatiempos, y no estamos precisamente ante un Churchill de la política, pues todo sigue igual, y el oráculo cobrando.
Lo que acaba de producirse es, ni más ni menos, que la gran quiebra de la democracia española. Quedaba una esperanza, que ese partido ya en franca minoría y bajando que representaba a los valores de un cierto espíritu tradicional español se bajara… del tren de su ideario para correr hacia el que va que pita, aunque sea cruzando las vías. Sólo que el que va que pita va en sentido contrario y no muestra el menor interés en detenerse para que los que abandonan su tren suban a bordo.
La gran claudicación —por ser muy morigerados— del Partido Popular en el mayor de los temas que tiene en cartera (y en programa, no como los otros, que sacaron adelante una ley radical sin consenso y sin llevarlo a las elecciones) marca el principio del fin de esta opción política que los afines a Alianza Popular no reconocerían. A partir de ahora, veremos una película que ya habíamos visto, pero con los papeles cambiados, como una versión B y cutre del "Otan, de entrada no". Veremos la aguja del depósito electoral de la derecha irse a la reserva siux de los marginales. Y muy probablemente, veremos aparecer una alternativa que sería algo así como un Podemos en el extremo contrario del espectro. En Francia ya ocurre desde hace tiempo, hasta rozar —algo inaudito— El Elíseo. Allí el tema es la inmigración. Aquí es el aborto. Ya verán.

martes, 26 de agosto de 2014

RÉGIMEN DE EXCEPCIONES


El sector público andaluz ha reducido 18.000 plazas de funcionarios (principalmente en sanidad y educación) pero ha aumentado en 3.000 el número de contratos de la Administración paralela. Las empresas del Estado pierden 200 millones en un año. Altos cargos del Poder andaluz tenían empresas —algunos una red— que cobraban subvenciones sin justificar de la Junta. Para salir del paso, se acudió a una "excepción" legal que permitió exonerar a más de 2.000 entidades (partidos, ayuntamientos, diputaciones, sindicatos, particulares…) de aportar documentación probatoria de que habían destinado el dinero público a servicios públicos. El Ayuntamiento de Isla Cristina (Psoe), ha subido los impuestos un 20 por ciento en un año, siguiendo la estela de otros municipios costeros de Huelva en manos de los socialistas. Y sin embargo, ayer presencié cómo cuatro policías municipales de dicha localidad estuvieron a punto de ser linchados por una masa de africanos indocumentados que ejercían una actividad ilegal en pleno paseo marítimo de un núcleo turístico. Pasé miedo, por aquello de las balas perdidas. Ante tan grave incidente, la inexistencia de alumbrado público encendido, durante años, en ciertos puntos básicos de las urbanizaciones adyacentes carece de importancia.
El fiscal anticorrupción de Baleares concedía una entrevista a El País días atrás que recomiendo vivamente a cualquiera que quiera informarse sobre el verdadero estado político de nuestra Nación. En ella, y con una precisión milimétrica de jurista experimentado, detallaba cómo la legislación vigente procura ante todo proteger a los legisladores y demás politicodependientes de los partidos. De ahí un régimen de aforamientos desaforado y basado en la desconfianza de la Justicia independiente.
Este sistema de excepciones en el que los sin papeles son sujetos del mismo derecho que se les niega, y con razón, a los con papeles —la impunidad— alcanza cotas explosivas. Un Gobierno regional (¿o varios?) incumple flagrante y descaradamente las sentencias de los tribunales de mayor rango, y no pasa nada. Uno de los paladines de la transición —recordemos que el padre de la Constitución por los catalanistas militaba en las mismas filas cuando el presunto delincuente era ya un líder en Cataluña— se perfila como un defraudador a gran escala que ha escondido, según confesión propia, una suma alucinatoria de dinero en paraísos fiscales. Una juez traslada al Tribunal Supremo la imputación a dos presidentes autonómicos del semillero intocable de votos andaluz que entrambos cubren varios lustros de vida política en la Comunidad (¿la mayor parte de la etapa autogestionada?).
Es la España de las excepciones. Toda ley tiene su salvedad, a medida del redactor. Según el fiscal mencionado, la que más trampas ha permitido es la de Contratos. Y a esto llaman un régimen de transparencia.

viernes, 22 de agosto de 2014

PROHIBIDO HACER FOTOS



En un país que no puede presumir de culto, aunque sí de haber sido foco de cultura, todo deberían ser facilidades para continuar sin descanso la tarea de promoción y divulgación educativas que emprendieron con ahínco generaciones anteriores. Pero en España hemos pasado del villorrio polvoriento al parque temático sin solución de continuidad. En la trastienda más que una moda lo que hay es lo mismo que en el Deuteronomio: avaricia. O si se quiere, codicia, que es lo que ha provocado la gran crisis económico-financiera de nuestra vida.
Iba yo con mi familia por aquellos caminos del Norte español entre los que nació el castellano romance o el latín romanceado de las glosas emilianenses y silenses, buscando, precisamente, el origen de mi lengua, esa verdadera patria de los idealistas, cuando topeme con la estulticia como disfraz del afán de lucro. Fue en San Millán de la Cogolla, ya se sabe: "cuna del idioma". Habíamos hecho nuestra reserva por teléfono unos diez días antes, porque ahora aquel templo filológico del prerrománico parece más bien una consulta del seguro. Hay que pedir cita, los grupos son limitados, pagas en una lujosa oficina situada en Yuso (abajo), te recoge un microbús que te lleva hasta Suso (arriba) y allí una amable señorita (fórmula rancia y hueca) te enseña aquello. Después, el microbús te vuelve a dejar en la parada de Yuso. Todo ello por el módico precio de 3,50 euros por persona.
Hasta aquí, todo es —difícilmente— aceptable. La amable señorita te cuenta que, tras quince siglos de existencia y coincidiendo con las avalanchas humanas despertadas por los fastos del milenio de la lengua, los cimientos de aquella ermita se resintieron, la montaña a la que está adosada amenazó con derribarla y hubo que cerrar para inyectar micropilotes (no confundir con pilates) de hormigón, todo lo cual se lo debemos a la ilustrísima Administración autonómica (ella decía "patrimonio"). Más o menos por el mismo procedimiento que en el Patio de los Naranjos de la Catedral hispalense y en otros muchos lugares sagrados de la católica geografía nacional, en San Millán la Iglesia y el Estado volvieron a entenderse para retirar del disfrute público gratuito un tesoro arquitectónico y, so pretexto de que se trata de un "bien de interés cultural" (BIC) o, como en el caso del epicentro lingüístico, de un "patrimonio de la Humanidad", empezar a cobrar. Por cierto, que la Iglesia no hace descuento por familia numerosa y el Estado sí. Curioso.
Hasta aquí, también es la cosa —un poquito menos— aceptable. Todo se complica sin embargo, cuando quieres hacer fotografías. Los aficionados sabemos muy bien lo que duele que te lo impidan, y seguramente somos los primeros en comprender que en materia de obras de arte el flash debe estar pero que muy bien apagado. Pero que alguien me explique en qué daña a las piedras de San Millán el disparo —sin flash, insisto— de unas cámaras fotográficas. Nadie te previene cuando haces la reserva ni cuando pagas la entrada. Sólo en la puerta de la iglesia, un cartel tacha el dibujo de una cámara. Sí señores, sépanlo, en San Millán de la Cogolla, tierra riojana y española, los agustinos recoletos y el organismo autonómico local han decidido prohibir las fotos libres. Naturalmente, en el célebre pórtico donde reposan dos reinas de Castilla y los siete infantes de Lara hay, además (cuando sales, porque al acceder no lo ponen) un expositor para vender folletos y libros profusamente ilustrados. Y en el kiosco de la entrada también pueden adquirirse fotos del monumento. Pero de hacerlas tú, ni mijita.
Puede hacer unos treinta años que nos acercamos mi mujer y yo, muy jóvenes aún, a venerar esta obra insigne de nuestros antepasados amanuenses. Recuerdo aún la trémula emoción que sentí al penetrar en aquel misterioso centro de culto, abierto a las cuevas de los eremitas, con un sepulcro en alabastro que es una pieza cumbre del arte español, y un arco de entrada de resonancias exóticas. Lo pintoresco del entorno y lo profundamente cultural de aquellas formas, dieron lugar a un sinfín de diapositivas que guardo como oro en paño. Cada una de ellas tiene alma y remueve un auténtico festín del espíritu. Ahora sé, además, que poseen en un enorme valor histórico, porque todo eso está ya prohibido, gracias a la depuración cultural a la que someten a los visitantes los poderes públicos y eclesiásticos. Y pobre de tí como quieras hacer trampa. La amable señorita descargará sobre tu rostro una mirada implacable y procurará sacarte los colores delante del grupo y de tu familia.
Todo esto es bastante mísero. A esto hemos llegado en un país siempre ayuno de cultura porque "desprecia cuanto ignora". Hace tres décadas, antes de la "revolución cultural" en San Millán, mi esposa y yo nos paseamos por allí como pájaros, y por cierto, en absoluta soledad. Después ha venido la sociedad de las masas y ha arramblado con aquel paraíso siempre en nombre del progreso.
Días más tarde, visitamos el remodelado Museo Arqueológico Nacional, por cierto pared con pared con la Biblioteca Nacional y la estatua de Menéndez Pelayo, también acosado por la barbarie progresista. No pagamos ninguno —somos familia numerosa—. Creo que nadie negará la categoría de centro cultural de primer orden internacional que adorna a esta institución. Pues bien, "me jarté" de hacer fotos y nadie me lo impidió ni me molestó ni me puso en evidencia. Porque en San Millán de la Cogolla no se pueden hacer fotografías, pero en el Museo Arqueológico Nacional sí. Y todas las que se quiera, incluso con flash.
Como decía el otro, hay cosas que no se entienden… o se entienden demasiado bien. Tenía que escribirlo y publicarlo. Y ahora, quien conserve pudor, que se sonroje.

jueves, 14 de agosto de 2014

ABDICAR DE LA LIBERTAD



"¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os ha fascinado así? Habéis sido llamados a la libertad: ¡no os dejéis sujetar de nuevo al yugo de la servidumbre!" (Gal., III et V, 1)

Esta imprecación de San Pablo a los gálatas la veo cada día más presente y palpitante a mi alrededor. Son muy pocos los reductos en los que podamos respirar el aire puro de la libertad. Apenas si nos quedan algunos rincones de la Naturaleza o la intimidad de una vida casi eremítica siempre que no seamos pasto de algún rapero invasor. El silencio, la ausencia de contaminación acústica, la preservación de un círculo de personalidad individual libre de ruidos, es hoy un lujo al alcance de muy pocos. Como ayer, no hay más remedio que fortificarse tras gruesos muros de aislamiento y soledad. Nuestra sociedad es gravemente perturbadora. A veces, ese fenómeno de la ciencia que es el ruido se cuela de forma "ordenada" —véase, o mejor no se vea, la televisión—, pero cada vez la turba de rupturas sonoras que irrumpen en nuestra soledad sonora es más avasalladora, como las correrías de los bárbaros o la expansión de los berberiscos.
Y cuando uno sale a la calle o a cualquier ámbito de convivencia, resulta muy difícil volver con la sensación —o la convicción— de que ha aprovechado el tiempo sin que nadie sacrifique una paz siempre vulnerable en un ambiente cada vez más brutal. Ayer, sin ir más lejos, mi familia, y otras muchas, tuvimos que soportar a una pareja joven fornicando en nuestras narices. Fue en una playa que hasta ahora aunaba el clima familiar con un atractivo natural casi virgen. Durante la última media hora que estuvimos allí, donde hasta no hace mucho se disfrutaba de un paraíso, la tensión se fue apoderando de nuestra libertad hasta dejarla reducida a cenizas. ¡Qué razón llevaba el Apóstol cuando nos ponía en guardia ante la seducción de los más innobles instintos!
Durante toda mi vida, he concebido el sexo como algo sublime, sin resignarme a tomar la descalificación freudiana como si fuera palabra de dios. Lo de "liberación sexual" me pareció siempre un burdo sarcasmo. Ahora veo que, socialmente, es una batalla perdida y que la llamada de Pablo estaba más bien dirigida a un plano superior que al de la simple cáscara de lo único que hoy parece importar: la colectividad. Eso por no hablar de la transgresión —a menudo perversión— de los derechos ajenos, empezando por el derecho a vivir. Lo de ayer en mi playa fue sobre todo una agresión, un acto de propaganda violenta y una expulsión de un lugar público al modo del exhibicionista en la puerta del instituto. En definitiva, una demostración de poder y dominio territorial sobre congéneres indefensos que hubieron de huir para no seguir sufriendo la devastación interior de estos atilas de la desvergüenza. Como en el caso de la prepotencia acústica, lo que vimos ayer no era sino sojuzgamiento visual. Y como en el caso del Don Juan de Marañón, probablemente obedecería a un notable y patológico déficit de sexualidad. Quien practica sexo de verdad no lo "exporta" a la fuerza ante niños y mayores. Esto es el más vil de los ultrajes y la más despreciable de las degradaciones.
Tenemos un alma llamada a regir al cuerpo. Cuando a esta verdad tan simple se le da la vuelta, el alma —llámese psicología, espíritu, mente, emotividad, afectividad o como se quiera— pasa a quedar subyugada, y por lo tanto baja de una condición libre a una sometida. Esto, como el aborto legal, es otra regresión a un estadio prehistórico de nuestras comunidades. Ayer lo vi de forma gráfica en la playa de mis sueños.

jueves, 31 de julio de 2014

VETERANOS DE CINE


Ando enfrascado en un viejo proyecto inacabado que, ahora que he aprendido a manejar el montaje cinematográfico, puede dar lugar a la que sería mi segunda película. El proyecto, como digo, habitaba en un ángulo oscuro de suspensión pero no de olvido, porque las grabaciones están hechas desde hace años. Lo compuse en mi imaginación tras haber conocido a un puñado de hombres, de diversa condición y extracción social, unidos por un denominador común: contaban historias interesantes y sabían contarlas. Sus vidas tenían esa consistencia del hierro forjado que tan bien conocían los gitanos de martinete de la cava trianera. Y es que las habían sacado adelante con dificultad, domeñando la materia incandescente hasta endurecerla a su gusto. O sea, lo contrario de esta cultura delicuescente y desmayada en la que chapoteamos ahora.
Escogí a cinco de ellos y les propuse que relataran sus hazañas anónimas ante la cámara. Lo hicieron magistralmente.
Uno, Feli, era hombre de campo y barbero de pueblo. Persona cabal y despierta donde las hubiera, utilizó la bicicleta, por puro amor a ella, durante seis décadas de su vida. Su verbo ágil y jugoso le había llevado por los caminos de la literatura popular. Y la dominaba airosamente. En la película recita y "se jarta reí" con sus propios versos. Bueno hasta el tuétano de los huesos, yo le he visto llorar en el presbiterio de la parroquia en la que servía como "monaguillo" septuagenario porque un nieto suyo se tenía que operar de un tumor cerebral. Feli le echaba pregones a su Cristo del Crucero desde el balcón de su casa. Es el único de los cinco que nos falta. Cuando murió, le dediqué un artículo titulado "Las campanas de Almadén no tienen quién les toque". Pero lo tengo en esas imágenes y ese sonido perdurables, que son para mí la escuela rural que conocí en sus palabras y su buen humor. Siempre cantando (lo hacía en las hoy increíbles labores de la tierra y cuando le echaba de comer a los animales, que se lo agradecían, según él) y saludándote con la mejor de las alegrías, como si llevara años sin verte. La película está dedicada a su memoria.
El contraste más vivo —aunque secundario, dado el temple hondo de ambos— con Feli lo da Mauricio. Profesional descollante del protocolo público, ha atesorado durante su ya larga vida una biblioteca que heredó de su malogrado hermano y que él ha enriquecido sin pausa. La luce con orgullo emocionado ante la cámara. Estuvo en los grandes fastos de Sevilla desde los años sesenta hasta su no lejana jubilación. Ha conocido a reyes y jefes de estado. Y de hecho, era quien les sentaba en sus puestos ante la galería. Hombre cultísimo, conoce la historia de la ciudad como la palma de su mano, y se afana por servirte con una cortesía de película, que yo he querido plasmar. Viudo siempre fiel a su esposa, la recuerda con los ojos empañados. Además, es vecino mío.
También lo es Jaime, un tabernero, como él gusta definirse, que cuidó durante décadas del bar de su padre —antaño también pescadería de fresco por las mañanas y proveedor de la Familia Real en el Alcázar— en el centro neurálgico de Sevilla. En aquella barra cenábamos mis padres y yo antes de entrar en el fabuloso cine cercano, los sábados por la noche. Otras veces, yo me quedaba en aquel establecimiento, jugando con la flipper y viendo entrar y salir a los clientes, mientras mis progenitores estaban en la sala, pomposamente llamada "Palacio Central", porque la cinta en cuestión era "no autorizada". Jaime ha retenido tantas vivencias de la Sevilla añeja, evoca como si los estuviera viendo a tantos personajes de novela, y lo narra tan estupendamente que su papel en la película es la pincelada perfecta.
Otro Jaime, capataz de Semana Santa, me trae a colación, delante de la Maestranza, sus momentos áureos debajo y delante de los pasos. Él sacaba hasta hace poco el "barco" de la cercana Carretería, un desafío anual a las leyes de la física. Muchos tenemos en la retina su figura erguida y alta, su pelo cano, sus órdenes marciales, que daban la impresión de instruir a un solo hombre, no a los casi sesenta que lleva el paso. Era como si éste se moviera solo, y el capataz pusiera los ojos de ese monstruo ciego con respiraderos que salía de su cueva para surcar los mares de cabezas del Viernes Santo. A varios metros de distancia, con esa delantera despejada como si fuera lo único que necesitaba (territorio), iba derecho al grano, con pocas y viriles voces, y acto seguido, como hacen los toreros en la arena del Baratillo, se daba media vuelta e "ignoraba al toro", sabedor de que le obedecería y seguro de su lance. Él desvela (casi) todos los secretos de sus proezas.
Y Antonio. Capiller de esa misma hermandad, su vida es azarosa hasta extremos inconcebibles. Hay biografías que a uno le cuesta comprender, de rebosantes y sufridoras que son. Antonio —paracaidista en la mili, aspirante a matador de toros, camarero— tiene un caso que marcó su vida y por el que también pasa en la película. Cualquiera en su lugar hubiera perdido la cabeza. Pero cuando ésta se encuentra tan bien amueblada como la suya, se defiende trabajando, que es lo que hizo este hombre, absolutamente vulgar y que sin embargo tenía tantas cosas que contar y tantas fotos antiguas que comentar. Hecho a sí mismo, firme en sus ideas, buscador tenaz de mejores horizontes, tropezó con el infortunio pero le puso buena cara, y sin haber pisado una escuela posee esa exquisita educación que tenían las clases humildes.
Los cinco magníficos, los llamo yo para mis adentros. Seres humanos a los que nadie dedicará una calle, ni serán top ten de nada… salvo de sus familias, de sus amigos y de este modesto y tardío director de cine que no se resigna a dejarlos perdidos en el bosque de la indiferencia de una sociedad de masas acostumbrada a sepultar a los mejores en la oscuridad del "ese no es nadie". Juan Nadie he firmado durante mucho tiempo mi dirección de correo periodístico, como aquel personaje de Gary Cooper. Puede que algún día se hagan famosos. Quién sabe.

LOS EMOTICONES SONRIENTES

La política de unos cada vez se parece más a la de los otros. Y los rostros también. Como por ensalmo, nos hemos encontrado con dos líderes ideológicamente enfrentados que pasean la misma fisonomía. El rasgo básico es la sonrisa. No es nueva desde luego esta apariencia. Suárez sonreía más que Arias Navarro. Carrero apenas sonreía. Felipe era ya todo sonrisas. Incluso el ácido de Guerra consiguió que el gato que llevaba en la barriga mutara su aullido por un gesto complaciente…, al menos cuando hablaba de Machado (don Antonio, naturalmente). Aznar quizás fuera el presidente que más visible dificultad experimentara a la hora de sonreir. Y cuando lo hacía, era una mueca casi clandestina, que se le escapaba de lado, con media boca abierta y la otra media cerrada. Se ve que medio él quería y el otro no. Es curiosa esta escisión del bigote del presidente castellanoleonés, que refleja tantas cosas de su personalidad como gobernante.
Pero el que batió todos los récords de uso torticero de la sonrisa con fines electoralistas fue Zapatero. Nuestro inefable ZP, a quien pronto veremos recibir honores de los sectores socialdemócratas del PP, sonreía hasta durmiendo, como buen bambi. He conocido a ciertos personajes que de no saber sonreír sonríen siempre. Él era uno de ellos. Su sonrisa era tan forzada que se le veían sonreír hasta los colmillos, con todo su retorcimiento salomónico.
Y Rajoy… Rajoy tiene sonrisa barbuda, que nos retrotrae a aquellos políticos decimonónicos cuyas expresiones siguen siendo, a través de los daguerrotipos, un arcano. Ahora parece que va teniendo más razones para sonreír, pero un gallego nunca sonríe del todo, por si acaso. O no. Franco tenía sonrisa cuartelera, de pase de revista. Los republicanos, por el contrario, nunca sonríen. Los comunistas, por ejemplo, sólo le sonríen a los camaradas, y los masones administran sus sonrisas con cuentagotas, porque al fin y al cabo, ¿sonreiría Voltaire?
Como decía, ahora han brotado en nuestro maltrecho jardín dos jóvenes valores que no sólo apuestan por la sonrisa, sino por la sonrisa permanente, que, al modo de ZP, es la más falsa de las sonrisas. Uno es el nuevo secretario general del Psoe. El otro, su contrincante en Andalucía. Si se fijan, parecen gemelos. Los dos venden lo mismo: simpatía. Creo que si en España cambiáramos las elecciones políticas por las de Míster y Miss Simpatía, nos ajustaríamos más a la realidad. Bueno, tal vez lo vengamos haciendo desde la noche de los tiempos democráticos.
Estos dos joviales personajes son como emoticones, esas cabecitas redondas con distintos gestos que rulan por la Red y los móviles. En esta sociedad tan plana, los estados de ánimo que buscan los adolescentes de cualquier edad son también planos: o se está triste o eufórico. Pues bien, el jefe de los socialistas españoles (todos menos los catalanes) goza de una euforia permanente. Y el de los ex conservadores, también. Hasta Rajoy está enseñando algún que otro diente, aunque todavía no sabemos cómo tiene los colmillos.
Compiten ferozmente estos dos emoticones, y el que muestre una sonrisa más franca (¡uy, lo que he dicho!) ése se llevará la voluntad rendida del pueblo soberano. Lo que vaya a hacer o no si gana es lo de menos. Lo importante es que el futuro emoticón de La Moncloa o de San Telmo cumpla bien su obligación, que es la de sonreír.

lunes, 14 de julio de 2014

EL LIBRO DE MI BISABUELO

Tengo desde hace años entregado al editor y durmiendo el sueño de los justos un libro que adoro. Como casi todo lo importante que me ha sucedido en la vida, esta historia es un trasunto de otra vida platónicamente superior, o paralela si se quiere, pero ideal en todo caso, que acompaña mis actos y mis circunstancias, al menos desde que tengo uso de razón (aunque se trate de algo muy poco racional). Un buen día, visitando a unos encantadores primos de mi padre, la esposa de mi pariente sacó, inopinada y misteriosamente, un bulto de encima de un armario (o era tras una celosía, no lo sé pero esto es más poéticamente adecuado). Lo puso en mis manos. Era un álbum antiguo, con la tela muy gastada y broches de bronce. Cuando empecé a pasar las páginas, rígidas y amarillentas, apareció ante mí un mundo mágico, el de las fotografías antiguas. Pero además, este cosmos era familiar, porque la sangre que corrió por las venas de aquel autor anónimo de placas de cristal —desaparecidas, oh infortunio— era la misma que alentaba en mi propio cuerpo. Según me contaron, aquellas copias positivadas en papel habían sido obtenidas por mi bisabuelo José Pérez Bazo, un humilde trabajador de la Real Fábrica de Artillería de Sevilla (insigne institución), que se especializó en el dibujo técnico y fue delineante jefe de aquella inmensa factoría. Él participó en el diseño de los leones de las Cortes (fundidos con el bronce de los cañones capturados al enemigo en la Guerra de África) y en la figura del soldadito carolino que se iza aún en la veleta del monumental edificio abandonado.
Mi bisabuelo Pepe era un "selfman" a la española. Estudió en el Instituto San Isidoro, tal vez usando las mismas bancas que Juan Ramón Jiménez. Se casó dos veces, tuvo siete hijos, y de todo ello tomó cuidadosa nota en un cuadernito con pastas de hule azul que se conserva y que fue el documento que me sirvió de fuente para poner en pie su biografía en el nonato libro al que me refería al principio.
El carácter pionero de don José, que fue medalla del Trabajo en 1930 por toda una vida consagrado a su labor, se demuestra cuando se observan las tres cámaras que fabricó con sus manos, y que también siguen, a Dios gracias, con nosotros. Hechas de madera, pidió los objetivos a Alemania (mi bisabuelo era un forofo de la ingeniería germana). Con esas cajas y esas lentes montadas en tubos metálicos graduados, dio rienda suelta a su gran pasión. Estamos hablando, además, de los principios del siglo XX en aquella Sevilla insalubre de corrales de vecinos e inundaciones sin cuento, cuando el Guadalquivir se desbordaba por San Jerónimo o Triana, y creaba, en horas, un paisaje insólito, con el histórico muelle de la Torre del Oro cubierto de agua y los navíos encallados sobre los adoquines. Mi bisabuelo tenía madera de reportero audaz, y esos días se subía a una barca de las que llevaban pan a las casas (elevado a lomos de "garruchas") y recorría toda Sevilla, desde la Alameda de Hércules hasta San Telmo, desde el Tamarguillo hasta el ya mencionado San Jerónimo, donde Bécquer quería ser enterrado.
Todo ello está en estas fotos, que mi amigo y compañero Pablo Ferrand escaneó paciente y esmeradamente para evitar que el tiempo siguiera borrando sus huellas. Como está también una Pasarela (alarde metalúrgico como un puente de Isabel II en miniatura) poblada de mujeres con mantones y caballeros con sombrero (de verdad, del que daba sombra). O las imágenes de una Feria de Abril en el Prado de San Sebastián, como las que cantaba el Pali, y pletórica de paseo de coches de caballos… y de motor, porque al igual que se lucían los enganches se paseaban los últimos modelos automovilísticos adquiridos. O las instantáneas de la Exposición Iberoamericana de 1929 y sus preparativos, con los edificios a medio acabar. También hay fotos de Alcalá de Guadaira, donde mi bisabuelo pasaba jornadas de asueto con su numerosa familia, que aparece aquí y allá en estos documentos fundamentales para entender una época crucial de la historia reciente de Sevilla, con sus cambios y sus rincones perdidos, como esa Plaza del Triunfo tan decimonónica aún.
Están los borricos con las angarillas del pan de Alcalá, precisamente, entrando por Santa María la Blanca. Hay pasos de Semana Santa (entre ellos el de la Virgen del Mayor Dolor de la Carretería, saliendo por primera vez bajo palio, y que incluí en la portada de mi libro "Dios, hombres, ciudad"). En fin, una parte muy sabrosa de la memoria gráfica sevillana brota de las páginas de este libro inédito que me preocupé de investigar para escribir unos pies de foto poco divagadores (aunque sea la misma ciudad de la gracia por la que gustaba divagar al poeta José María Izquierdo). Y está una fotografía publicada por ABC de Sevilla en uno de sus seriales, que es una intromisión en la intimidad de aquella familia. Es un cobertizo, probablemente de un incipiente barrio de Nervión donde vivió el segundo matrimonio de esta historia. Están los hermanos, hijos de mi bisuabuelo, que no sale en la foto por razones obvias. Y en el proscenio, se ve a una joven esposa, el día de su boda, subida en un columpio. Muchas veces he imaginado el "todos quietos", de don José, una vez enfocado el objeto y ajustado el diafragma. No le tembló el pulso: la definición de esta foto, como de las demás, impresas en aquellas placas de cristal importadas de París, ya la quisieran las cámaras 4K. Supongo que sí le latería con fuerza el corazón un día como ése, rodeado de su esposa (que era su sobrina) y el resto de su familia.
Desde el Reino "del otro lado", quiero creer que él estará leyendo este artículo y repasando aquellas fotos que perpetúan también el alma de quienes las hicieron en medio de los que no les hemos conocido más que por aquellos trabajos vocacionales y voluntarios que son algo más que un recuerdo.

domingo, 29 de junio de 2014

MISIÓN CUMPLIDA. Y AHORA...

El 25 de junio de este 2014 pasará a la historia personal de casi un centenar de personas como una fecha gratamente inolvidable. A eso de las nueve menos diez de la tarde (en Bormujos, Sevilla, y en junio, esa hora no es de la noche todavía), unas cuatrocientas personas comenzaban a recibir en sus retinas y en sus tímpanos los primeros fotogramas de “En el último minuto”, un mediometraje (37 minutos y medio) en el que se han volcado los esfuerzos de ochenta personas que, generosamente y sin recibir nada tangible a cambio, han trabajado para que la película en cuestión sea un éxito y sobre todo para que a través de las emociones que sea capaz de levantar en el ánimo de sus espectadores (particularmente de sus espectadoras en edad fértil) pueda alcanzar su gran objetivo: salvar vidas.
Como se verá, hemos apuntado alto, tanto el equipo de rodaje (unas veinte personas) como los colaboradores, que han sido casi todos los que han recibido la invitación a servir a una causa que era mucho más que un cortometraje, como se planteó en un principio. Sólo una persona de ochenta ha rehusado intervenir, en ese caso con su música cofradiera. El resto — setenta y nueve de ochenta— parecían estar esperando esta oportunidad de entregarse a la aventura apasionante que ha ido rodando (nunca mejor dicho) desde un lejano día de enero de 2013 en que involucré en este barco sin subvenciones públicas o privadas (se solicitó una a una célebre y añeja entidad pero no la concedió) al primer voluntario.
Desde entonces, la nave ha ido tocando varios puertos clave: guión (debidamente registrado como propiedad intelectual), búsqueda de actriz principal, gestiones con la Hermandad de la O de Sevilla, que puso a nuestra disposición su templo para el primer rodaje (16 de marzo de 2013) así como para el del Viernes Santo y el Domingo de Resurrección; rodajes en la sede de Provida, en el Parque de María Luisa de la capital hispalense, en la barriada de Los Bermejales (irremplazable Casa Leo), y en las dos orillas del Guadalquivir, hasta finalizar en una avenida de Triana donde se encuentra, precisamente, el abortorio real que ha inspirado la escena correspondiente de la película, aunque, obviamente, no aparezca en ella. Allí nos despedimos, un caluroso 30 de junio, con una sensación agridulce: ¡Qué gran vivencia juntos! ¡Cuántos nuevos amigos! ¡Qué alegría estar trabajando por la vida del no nacido sin intereses económicos de por medio y haciendo, además, lo que nos gustaba hacer: cine! Pero, ¿habríamos dado la talla? Ahora había que revelar y visionar las tomas —muchas, en algunos casos muchísimas— con la incertidumbre de no saber si en algún plano había fallado algo que no habíamos percibido y que lo hacía inútil. Recuerdo que aquel día, cuando la relajación volvió a mí y pasaba en mi cabeza la moviola de lo filmado, fuimos, para celebrarlo, mi familia y yo a comer a una pizzería muy cercana al puente de Triana, en el que empieza la acción de nuestra película. Aquel día estuve a punto de matar a alguien… No, no se alarmen, no había perdido la cabeza. Fue un acto involuntario: dejé caer un pesado cuchillo puntiagudo desde la mesa que ocupábamos, situada en un entresuelo, junto a una barandilla sin protección cerrada. El cuchillo cayó a unos centímetros de la camarera que atendía en la barra. Según ella, lo peor era que ese día cogía sus vacaciones, varias veces demoradas. Fue, por así decirlo, un motivo más para dar gracias a Dios, de los muchos que han salpicado esta película.
Porque estamos, querido y paciente lector, ante una pequeña obra de arte colectiva, hecha y estrenada en estado de gracia. No porque nos confesáramos antes de cada rodaje, o porque nos consideremos santos, sino porque en cada recodo del camino —azaroso sobre todo porque no somos profesionales, apenas tenemos dinero para llevarla a cabo y es nuestro debut— yo al menos nunca he dejado de recibir ayuda de lo Alto. En la página web www.enelultimominuto.com cuento una de las “coincidencias”, seguramente la más increíble de todas, que han hecho posible nuestra osadía. Pero hay más. Por ejemplo, otra de las escenas de peligro rodadas sin especialistas que a punto estuvo de ser “el último minuto” de la carrera como actriz de la farmacéutica y ex Miss Sevilla Pilar Domínguez tuvo lugar, exactamente el día de nuestro primer ensayo, en la iglesia parroquial de La O, cuando se volvió bruscamente (“No corras tanto al hablar”, le había dicho yo la primera vez que hablamos por teléfono) delante del paso de la Virgen, que tenía ya las maniguetas montadas. Las maniguetas son esas largas y gruesas puntas de lanza de plata que sobresalen de los respiraderos frontales en las esquinas. Estamos hablando de piezas rígidas y afiladas en su extremo que miden unos cincuenta centímetros. A punto estuvo Pilar de clavarse una en la cara, en ese rostro prodigioso que era, además, el rostro de la película. Primer accidente, el primer día de “En el último minuto”, evitado sin duda por la Divina Providencia, que nunca nos ha abandonado.
Segunda “anécdota” a tener muy en cuenta para evaluar si el Creador de todas las cosas y sobre todo de sus hijos no nacidos estaba o no con el equipo de rodaje: Al fin y al cabo, "provida" y "Providencia" comparten raíz filológica. La idea de la cajetilla de tabaco con la que se abren los títulos me la dio un “caso real”. Aguardaba yo en un paso de peatones a que se encendiera el verde cuando observé en el centro de la calzada una cajetilla aplastada con la imagen de un feto y la consabida advertencia legal de que “fumar bla bla bla”. Le pasó por encima la robusta rueda de un autobús. Me pareció una metáfora demasiado a propósito para ser también “casualidad”, y como en esos precisos momentos andaba yo buscando un punto de arranque para mi historia, me agaché a coger la cajetilla al cruzar el paso de cebra, como hace la protagonista, sólo que yo me eché a andar con el semáforo en verde para los viandantes.
Pero no acaba aquí este microrrelato dentro de la gran narración de “En el último minuto”. Guardé celosamente la cajetilla para utilizarla en el rodaje. Pasó el tiempo (seis meses), y cuando llegó el día de grabar la imagen de la cajetilla en el asfalto y fui a buscarla donde estaba convencido de que la tenía, el objeto de atrezzo fundamental no estaba. Soy un hombre nervioso, de nacimiento y de formación. Empecé a zozobrar. Al día siguiente estaba convocado todo el mundo. Como dice la primera canción del filme: ¿qué hacer? Salí a una tertulia de amigos que nos reunimos los lunes en un hotel de la Plaza Nueva sevillana. Me acompañaba mi mujer, Susana. Mi monotema de conversación era la pérdida de la cajetilla. Yo no fumo. No sabía si podría encontrar una en un estanco con la misma ecografía. A escasos metros de mi destino, Susana me agarró del brazo y me paró en seco. “¡Mira!”, dijo mientras señalaba el suelo. Allá abajo, justamente delante de mis pies, sin que yo me hubiera dado cuenta —ella sí—, y a punto de ser aplastada por mis suelas, había una cajetilla idéntica a la que yo había extraviado. Suspiré. Es la que aparece en la cinta. Meses después, cuando ya había pasado el “ciclón”, el del rodaje, y revisando mis papeles, apareció la primera cajetilla. Desde entonces padezco un extraño síndrome —ignoro si ha sido estudiado por los expertos—, una especie de “Diógenes” de las cajetillas de tabaco con imágenes de niños no nacidos. Las colecciono. La verdad es que me parece un contradiós dejarlas en el suelo para las pisen, las méen los gatos o sean barridas e incineradas (como los restos de los abortados, por cierto).
Hay más. Ésta la he dejado para el final porque es muy triste. Triste pero útil. Antes de planificar las “expediciones” para rodar, estuve buscando, como es obligado, las localizaciones de exteriores. Lo primero era saber si podíamos trabajar en la acera del abortorio real sin que apareciese ninguna referencia de éste. Allá me fui una tarde para observar el “escenario”. Cuando miraba acá y allá, salió del centro una pareja. De edad mediana, pero dentro todavía de los años para procrear, ella se desplazaba con dificultad. Era guapa… pero estaba destrozada. Su semblante lo decía todo. A punto de estallar en sollozos, con los párpados cargados (¿noches sin dormir?), visiblemente dolorida, era cualquier cosa menos la estampa de una mujer satisfecha. Su acompañante la sostenía por el codo, con la otra mano en la espalda de la víctima. Confieso que treinta años de ejercicio de la profesión periodística, en la que uno acaba por creer que lo ha visto todo, no me sirvieron para mantener el equilibrio. Sentí una rabia tan profunda —o no, mucho menos, claro está— como la pena de aquella madre que había dejado de serlo minutos antes (para aquellos dos seres humanos —no importa el sexo— no hubo “minuto siguiente”) por voluntad propia. O no.
Me apoyé en el tronco de un árbol. Los dejé esperando un taxi, al borde de aquella acera que habrá visto tantas escenas iguales, que habrá contenido tanto sufrimiento, que habrá soportado las pisadas de dos personas entrando y sólo una (o media) saliendo con el arrepentimiento, tan pronto y tan desgarradoramente, dibujado en sus facciones, en sus movimientos, en su cuerpo y, sí, en su alma.
Aquel día aprendí mucho, primero como persona, como hombre y luego como cineasta. También como periodista, como escritor, como cristiano, como esposo, como padre, como amigo, como ciudadano... Por eso digo que siendo terriblemente triste, fue también hondamente útil.
Cerremos este capítulo de incidencias con un respiro humorístico. El día que rodamos en Los Bermejales, y más concretamente en la puerta lateral de un “megachino” que se encontraba cerrada porque, además, era domingo, y teniendo en cuenta que no había dinero para pedir una licencia municipal de ocupación de vía pública, teníamos que disponer de un largo trecho de acera “para nosotros” durante los 40 segundos que mediaban entre la palabra “¡Acción!” y la palabra “¡Corten!” (que por cierto se me olvidó, y dejé a Pilar un rato dentro del escasísimo espacio del dintel, menos mal que no está metida en carnes). Pues bien, nuestra script Viky Blasco —cuyo coche es el que pasa por encima de la cajetilla— llevaba una carpeta con las anotaciones de partes de cámara, etcétera. Como todo en esta película “Ninja” —nunca mejor dicho cuando estábamos junto a un “chino”—, aquello se hacía a base de “sablazos”. Y a un transeúnte muy amable —como todos los que se han cruzado en nuestro camino, aprovecho para enviarles mi agradecimiento en nombre de todo el equipo— la secretaria le rogó que detuviera unos instantes su paso. El buen hombre, que no se había percatado de lo que estábamos haciendo, le contestó, educadamente: “No, ahora mismo no puedo entretenerme”. Que es, aproximadamente, lo que contestamos todos cuando, como él, creemos que nos van a hacer una encuesta o algo peor (pedir dinero, naturalmente). Contuvimos la risotada como pudimos y después lo hemos revivido en familia, siempre con una sonrisa en la boca, como todo —insisto, todo— lo que ha rodeado la elaboración de esta película enamorada de la vida.
Cabría añadir el mal momento que pasé en la Plaza de España, cuando llevábamos horas trabajando y un patrullero de la Policía Local que vigilaba la zona haciendo el típico círculo por la gran explanada central detuvo su marcha a nuestro lado. Fueron unos segundos interminables. ¿Complicaciones? Afortunadamente, reanudó su ronda e incluso después salió en un plano que, finalmente, no incluí.

Y después, el verano…

Nos despedimos y cada uno afrontó su tiempo estival. El mío fue, como cada año, en plena Costa de la Luz, un lugar idóneo, como bien sabía Manolo Summers, para concebir y realizar ideas audiovisuales. Yo le tenía un respeto imponente al montaje. Vamos, que le temía como a un miúra. Un buen día de julio, dejé de darle vueltas y largas. Me zambullí en el programa, como en el agua del Atlántico (a la que a menudo también le tengo tirria por lo fría que está por esos lares) y me lancé a montar como antes lo había hecho a escribir y a rodar. Para mi sorpresa, adquirí cierta soltura con una inusitada rapidez. Y es que la técnica digital, que tan oportunamente ha llegado a mi vida, le permite a uno hacer cosas para las que no está preparado, incluso a los 53 años. Recuerdo muy bien que cada día, en el agua del mar, daba gracias a Dios por el avance recién logrado, repasando lo hecho y calculando lo restante. Hay que tener paciencia para hacer cine, pero sobre todo para montarlo bien. El resultado, ya ven, no es del todo malo, sobre todo teniendo en cuenta que ha salido de las manos de un bisoño.
Tras el verano, el proceso continuó: repetición de tomas falsas, corrección de color, efectos especiales, una sesión en casa para el equipo, todavía sin música y con montaje provisional… Hay una escena, la de la discusión entre María y Luismi, que hubo que repetir muchas veces, y todo ello después de que en julio lo hubiésemos intentado también tras seis horas, seis, de rodaje, e infructuosamente en una tarde soporífera, rodeados de ventiladores que había que apagar cada vez que se daba el golpe de claqueta. Cuando Pilar le cogió el tono dramático, a Álvaro se le puso la mente en blanco, y hubo que ponerle el guión en la pared. Como la lectura era evidente, repetimos en noviembre, pero hubo que recurrir a los cinco minutos de silencio y a la respiración lenta una y otra vez. Cuando, finalmente, dimos con una escena “limpia”, resulta que Pilar miraba a la cámara. El encadenado nos sacó del apuro, lo mismo que en varios momentos de las entrevistas de María con sus interlocutoras. Aquellas actrices improvisadas levantaban la vista y miraban al director para consultar su aprobación… cuando todavía no habíamos cortado la cámara.

La imprescindible música

Un lento y también agitado sendero nos quedaba todavía por delante: el de la música. Para no cansar, ahorraré detalles. Sólo quiero apuntar un contratiempo: cuando todo estaba previsto para grabar con medios profesionales en Umbrete la canción final del coro de padres y niños de Tabladilla, nos dimos cuenta de que la fecha acordada era… el sábado de Feria. Imposible, pues. Y ahora vete a buscar otro día. Decidimos, como solución de urgencia, grabar por nuestra cuenta. Resultado lamentable, técnicamente hablando. Por último, la gentileza de Carlos Harto, profesional de las grabaciones sonoras, permitió obtener una banda musical sencillamente grandiosa. Gracias, Carlos. A él también le hemos pegado su sablazo, y fruto del mismo es esa melodía que queda flotando en el oído del espectador y que es como el marchamo de la película, su himno triunfal, al que servidor puso la letra, y Alejandro Terrero (gracias, Ana Capote, por mediar), un profesor de Primaria del colegio Tabladilla, la música rumbosa que cierra “En el último minuto”. Meses de ensayo entusiasta han concluido en un son precioso y ajustadísimo a las imágenes a las que pone fin. Siempre estaré en deuda con María del Águila Bono y las veintitantas voces e instrumentistas que lo han hecho posible.
El resto de la música ha sido obra de Rosa Ciriquián, presidenta de Provida Sevilla y auténtica alma de la película (ella la salvó en un momento crítico, como hace con tantos niños y madres en riesgo de destrucción), el joven y brillante pianista Jesús Campos, que ha compuesto dos piezas para la película y el documental “La O: Esperanza y vida”; Luis Martínez Escribano, cantautor que ha compuesto e interpretado la primera canción (a distancia) y de quien es la segunda, soberbiamente cantada por Natichu Noguera, y Abraham Fernández, organista de la Hermandad del Valle, que ha cedido la grabación, perfecta, de su “Stabat Mater”, una partitura que parece hecha expresamente para la escena que ilustra. A Bach y a Brahms los interpretó al cello la joven estudiante de Ingeniería Aeroespacial Rosa García. No debo olvidar la espléndida locución de Edith Checa (voz y ojos angelicales de los que saben mucho su esposo y la plantilla de Radio Nacional de España). Entrañables fueron las grabaciones, artesanales como casi todo en este filme, en la casa de Rosa Ciriquián, usando como “estudio” un gran salón decimonónico estéticamente decorado y como instrumento un piano legado por el abuelo de su actual propietaria y afinado para la ocasión.

La repajolera y bendita tecnología

Vino más tarde el gran desafío tecnológico. Ya habíamos recorrido la fase de guión, la de rodaje (nada fácil y sólo resuelta gracias a la entrega de Josemi González, Alberto Fuentes, Curro Gómez, Pablo Macías y Juanjo Molina) y la de montaje, ésta última parcialmente hasta “el último minuto”.  Quedaba hacer las pruebas del estreno, las invitaciones y enviarlas, el cartel, la página web, los programas de mano, los murales, el trailer, el depósito legal, la rueda de prensa… Todo un mundo para quienes nunca habíamos pasado por ahí. En este último tiempo de la gestación hemos dado el callo la periodista María de los Ángeles Cao, madraza ella de un genial Pablo, su hermano Manuel Ángel Cao, mi compañero de producción desde el principio el crítico y químico Juan Jesús de Cózar, y la gente de Megaocio, el centro comercial en el que se encuentra la sala 15 de los cines Al Andalus, donde se desarrolló la mágica gala de estreno: Filomeno de Aspe, Jesús Blasco, Manuel Lora (gerente), Antonio (proyeccionista), Fernando Troncoso y todo el personal sin el que todo esto seguiría siendo un sueño sin materializar. Mariángeles envió cuatrocientos e-mails, que se dice pronto, y convocó la rueda de prensa. Gracias a ella conocí a Juan Pedro y José Tomás, de Nipho Comunicación, que, como casi todo en esta aventura, se ofrecieron a confeccionar el fabuloso cartel gratuitamente.
Fueron semanas febriles. Aprendí, como en cada tramo de esta peregrinación, más que en una carrera. Ahora me bandeo en la grabación del dvd y el bluray, en el montaje contrarreloj de un trailer, en la locución apresurada para el mismo, en la renderización (no me pregunten qué es), en la edición de sonido con banda gráfica incluida, en fin, en un panorama que para mí era arcano hace sólo un año y que ahora empieza a serme algo cotidiano. Tengo que rendir testimonio de gratitud a mi amigo Manolo Ruiz-Garrido, de quien aprendí metodología de rodaje y mil detalles informáticos, beneficiándonos de su formación como ingeniero de telecomunicaciones y como licenciado en Comunicación Audiovisual. Viky Blasco (heroína de Redmadre y del Foro Andaluz de la Familia), su marido Javier Martínez Escribano y Cristina Abad, periodista, han estado en todo: desde la claqueta al making off —fundamental en un proyecto como éste que tiene más de actividad libre y foro de amigos que de otra cosa— pasando por el raccord (continuidad, algo sustancial para que donde había un vaso en un plano no haya desaparecido en el contraplano) o el orden de rodaje (ya saben, que no se crucen los “espontáneos”). La hospitalidad de los hermanos de La O ha sido conmovedora. Incluso tenemos en el casting a dos actores salidos de sus filas: José Luis Flores, prioste, y Nati, la de “María, limpia esto, hija”. Comenzamos a grabar con paraguas y acabamos chorreando sudor. Y cuando todo parecía enfilado hacia la gala de Bormujos… el programa informático se borró. Este último susto me pudo costar caro. Gracias a ese ángel de la guarda que es Manuel Ángel Cao, pudimos recuperarlo, y con él, la película misma. ¡A cinco días del estreno! En esto del cine aficionado no gana uno para disgustos.
Gracias también, a posteriori de su esfuerzo, a María Dolores, Izaskun, Cristina, Asunta, María Belén, Sofía, Carmen, así como a la extensa familia Portilla-Ciriquián y descendientes por su inconmensurable solidaridad con nuestra película. Y a tantos otros que sin duda olvido y que han jalonado con su espíritu sonriente esta incursión en el fascinante marco del cine, el gran medio expresivo de nuestro tiempo.
Sobre el fondo de “En el último minuto” apenas hay más que añadir a lo que algunos llevamos diciendo y escribiendo desde hace treinta y cinco años: el aborto es un crimen execrable, como lo definió el Concilio Vaticano II, que, para muchos, tiene más autoridad que nadie. Me gusta despachar este “debate” con una invitación a pensar, porque creo que es la única manera de que el abortista —y el indiferente, que es peor— se convierta, que él mismo, a solas con su conciencia y su capacidad de raciocinio y compasión, llegue a las únicas consecuencias que este problema universal admite: que el nonato, el ser más indefenso y desfavorecido que existe, no puede convertirse en víctima de algo que los adultos, los que tenemos la fuerza y el libre albedrío, no somos capaces de resolver.
He de agradecer también a la Prensa su acogida, especialmente al diario ABC de Sevilla (no pueden ser en vano 34 años publicando en él), a su director Álvaro Ybarra, a su jefe de Cultura Jesús Álvarez y a su corresponsal Esperanza Fuentes, por su buen hacer puesto al servicio de la vida y del arte, aunque sea tan torpemente como lo hemos creado nosotros. Como le decía a Jesús y después repetí en la gala, “los que van a vivir os saludan”. Mi reconocimiento asimismo a la página web Archisevilla, de la Archidiócesis que atiende monseñor Asenjo, al Foro de la Familia y a los periódicos La Razón y El Correo de Andalucía, así como a la cadena Cope y a Paco Robles, mi amigo y compañero.
Y es que si alguna finalidad tiene este producto cultural, más allá de ser la película que nos ha hecho felices durante unas —incontables— horas que ya no pasarán nunca, es, por supuesto, la de salvar vidas. Las de los niños no nacidos en peligro de ser abortados —nada de “interrumpidos”— y las de sus madres, que siempre están a tiempo de abrir los ojos y descubrir que sus hijos son lo mejor que les ha pasado y que les puede pasar, porque, como dice la canción final, les harán compañía enlazando miradas y rompiendo soledades. En la vida real es así. Me lo dijeron las mujeres de Provida, y yo les creí, por eso hay película, para animar a las chicas, de todas las condiciones sociales, que se encuentren tentadas, y en esta triste sociedad nuestra coaccionadas ante el aborto como “solución” a que no lo hagan. Ellas vivirán mejor y sus hijos, “simplemente” vivirán. Como afirma la fundadora de Provida Sevilla, Belén de la Concha Castañeda, en la película: “El aborto no tiene marcha atrás, bonita. La vida sí; por eso hay que decir ¡viva la vida!”. Pues que así sea.

El gran día

En este mismo blog escribí, a pocos minutos del “último minuto”, que ese 25 de junio de 2014 era el gran día. Ya lo creo que lo era, pero cuando subí ese comentario tenía una mariposa en el estómago: ¿iría gente? ¡Una sala de cuatrocientas butacas con una pantalla de cien metros cuadrados! ¿Saldría todo bien? Como he dicho en la respuesta a algunos de los cientos de correos y sms que he recibido, salió “a pedir de boca”. Todo el mundo se comportó como si lo hubiéramos ensayado muchas veces. O quizás mejor. Sin duda mejor, porque fue fresco, natural, espontáneo, y al mismo tiempo señero, dulce, firme, como el ciprés de Silos en el soneto de Gerardo Diego. La presentación de Genma Scarpa —a pesar de encontrarse aquejada de un virus agresivo— nos puso a todos en onda. Filomeno estuvo, como siempre en estos casos, cortés y solícito. Todos hicieron su trabajo “de dulce”. Y sobre todo, se respiró un ambiente excelso. Como le dije al día siguiente a Viky, “había mucha santidad allí concentrada, y era como si estuviéramos bautizando la sala”. No es fácil describir lo que se siente cuando cuatrocientas personas aplauden tu trabajo, cuando sube al escenario el equipo, cuando saluda la primera actriz —por cierto, ¡bravo por el vestuario de la película, Pilar!— con su ramo de flores en los brazos, cuando, terminado el acto, la gente quiere estrechar tu mano y felicitarte. Como no sé manifestarlo, mejor me abstengo de intentarlo. Sólo puedo dar las gracias a todos los que estuvieron allí y decir que un sueño de niño se hizo realidad ante una multitud de amigos dispuestos además a que la película que nos congregaba tuviera vida futura, como creo que la tendrá, Dios mediante, y así os lo haré saber en este mismo blog. Sabed que tenéis un correo electrónico a vuestra disposición para lo que se os ofrezca: info@enelultimominuto.com .
Sólo me queda añadir algo muy importante: en el capítulo de agradecimientos he querido dejar para los postres el que debo a mi familia. A Susana, que ha compartido conmigo la vida y los hijos, amorosamente, y que ha sido también actriz “sobrevenida” haciendo primero de enfermera mala y luego de amiga de María, lo mismo que nuestra hija Beatriz, cuya vocación es, curiosamente, la de actriz, y que dobla a Pilar en la camilla del abortorio. A Marta, que nos ayudó junto con su prima Ana durante la “velada mágica” en Bormujos, y a Pablo, cuyos deberes estudiantiles le privaron de estar allí, pero que me ha soportado día tras día en casa, estando yo “rayado” con la película. Y a ese hijo que no pudimos tener con nosotros aunque viéramos su corazón latir.
A todos ellos mi eterna gratitud. A ellos y a mis padres, que me transmitieron la vida, me enseñaron a amarla y fueron los primeros guionistas de “En el último minuto” desde el descanso eterno que tanto merecieron aquí en la tierra.
Que se haga la voluntad de Aquel que nos creó y que nos aguarda.
Y que Él os bendiga a todos.

Y ahora…

Como decía más arriba, ahora tenemos por delante un nuevo trecho por recorrer. Hemos abierto el surco —“se hace camino al andar”—, hemos sembrado, estamos empezando a cosechar, y ahora a distribuir y poner al alcance de todo el mundo el grano de la siega. ¿Cómo? Va a depender de los seguidores que “En el último minuto” tenga. Vuelvo a poneros la dirección de correo a la que podéis dirigir vuestra demanda de proyecciones en grupo o de adquisición de la película: info@enelultimominuto.com . Sólo os pido paciencia. La productora Pamarbea, marca registrada, soy yo en realidad, el productor de la película. Y soy de letras aunque hiciera el Bachillerato de Ciencias por mor de un Latín indigesto (y después me casé con una filóloga clásica…). Quiero decir que las cosas irán lentas, pero si hay interés, pensaremos en descargas de Internet, en editar dvd, en las emisiones por televisión, etcétera. Lo primero será, no obstante, probar en algún festival, si es que hay alguno que apueste por estos valores intemporales y trascendentes, tan poco mercantiles como políticamente incorrectos. Ya sabéis: “El cariño verdadero ni se compra ni se vende…” Os tendré informados.
¿Qué nos depara el futuro más lejano? Yo quiero seguir haciendo películas. Hemos demostrado que podemos hacerlo. Hay que repetir suerte, con voluntad y ánimo. Ya que he podido reunir el equipo básico para conseguir una calidad presentable en la primera, voy a seguir utilizándolo con la ayuda de Dios. Os pido colaboración a todos. Confío en no seguir dando “sablazos”, aunque la gratificación siempre será escasa. Tal vez pida alguna subvención (no, desde luego, a las instancias oficiales imperantes), y busque algún tipo de coproducción. En este empeño de rescatar al ser humano de su ceguera todas las sinergias son pocas. Gracias, amigo Juan, por ese ofrecimiento de tus ahorros —dado que no eres socio de ningún club de fútbol— para saldar deudas que, afortunadamente, no existen.
Cuento con vosotros. Y vosotros podéis contar conmigo para seguir, perseverantes, construyendo un mundo mejor.
Un abrazo fuerte a todos.