viernes, 8 de noviembre de 2019

LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN, A REFERÉNDUM

   (Publicado el viernes 8 de noviembre de 2019)

Bueno, la de expresión y muchas otras, pero ocurre, aunque ya lo tengamos demasiado olvidado, que todas empiezan por ésta. Se me dirá que hablo subjetivamente e influido por mi condición de periodista. Sí, claro, como todo el mundo lo hace desde la atalaya de su quehacer en la vida o, si queremos resultar más platónicos, desde su vocación. Pero observen el verbo que empleo: hablar. El domingo es día de “habla, pueblo, habla”. Aquella vez de la canción pegadiza encargada por la UCD para recorrer los pueblos y las tierras de España era la primera. ¿Será ésta la última? Porque hay muchas formas de hablar, pero si empezamos a introducir nóes en los referenda sobre libertad de expresión que son todos los comicios, el resultado es de Pero Grullo: “No hables, pueblo, no hables”.
El 10-N vamos en realidad a un referéndum de autodeterminación del pueblo español, colonizado hasta ahora por un pensamiento único dictado desde el complejo de La Moncloa y otros complejos con el respaldo prefabricado de mayorías manipuladas por las técnicas de ese mismo discurso oficial, cuyo troquel venía esculpido en talleres que, probablemente, nunca conoceremos… lo suficiente. El plebiscito de estas elecciones decide si queremos saber lo que pasa —y ojo, lo que ha pasado— o preferimos seguir pastando en las verdes praderas del paraíso socialista en el que comer del fruto prohibido —pensar y decir lo que se piensa— es el pecado original de una democracia entendida como “popular”.
¿Por qué expresarse incluso quemando fotos del Rey y banderas nacionales es libertad de expresión y ensalzar los logros evidentes del régimen franquista es delito? Ésta es, queridos juristas y políticos de todos los partidos salvo VOX, la pregunta del referéndum. Y por eso las encuestas de todos los medios han coincidido por primera vez en que Abascal ganó el debate televisivo, aunque pueda ser una manera de alertar al voto de las izquierdas como el 28-A.
Naturalmente, la pregunta del referéndum no va formulada así. Pero es como si lo fuera, porque en realidad todo consiste en dar a elegir entre el seguidismo pastueño de “la verdad y la razón están siempre en el lado de la izquierda” o “hay que dar una oportunidad a la recuperación de valores que la izquierda ha denigrado”. Hay dos casillas, aunque haya muchos partidos. Y de cuál se marque dependen dos cosas: que España siga existiendo como nación libre y unida por un lado y que no tengamos que esconder la máquina de escribir por otro.
Esto último no lo digo a humo de pajas. El 5 de noviembre de 2006 se estrenaba en España, precisamente en el Festival de Cine de Sevilla, “La vida de los otros”, excelente “recreación” del calvario sufrido por los intelectuales disidentes en la RDA (República Democrática Alemana, para amnésicos y víctimas de la Logse). Pero lo que relata esta cinta, internacionalmente galardonada (menos en España), no ocurrió en los años cuarenta ni cincuenta ni sesenta ni setenta. La película está ambientada en el Berlín comunista de 1984, cinco años antes de la caída del Muro. Y he citado lo de la máquina de escribir —no voy a destripar la obra porque espero que a quienes no la conocen les pique la curiosidad— ya que en aquel año y en aquel lugar, pleno corazón de Europa, ¡todas las máquinas de escribir tenían que estar inscritas en un registro del Estado! Y si la Stasi (Policía política) descubría que algo interpretado como subversivo había sido escrito en una de ellas, pobre del titular. Ya sé que los socialdemócratas de antes no estaban en aquella línea. Pero me pregunto, con Rafael Alberti y Aguaviva, ¿qué piensan muchos de los de ahora?
En los mítines de VOX, para caldear el ambiente, suena siempre la que tal vez sea la canción más tarareada de Nino Bravo: “Libre”. Cuando se estrenó y comenzó el camino de su triunfo, hasta llegar a ser un clásico, todo el mundo la asociaba a la dictadura de Franco. Pero sólo recientemente se ha divulgado que su protagonista era, precisamente, uno de esos jóvenes que, en la vida real, no en las películas, dejó su piel y su vida, literalmente, entre las alambradas de espino vigiladas por torres de militares fuertemente armados y pastores alemanes dignos de la Gestapo, en aquella adorable RDA. Escúchenla detenidamente e interprétenla a la “luz” de este dato fundamental. Y otro hecho: se lanzó al mercado… en 1972, sólo cuatro después del “mayo del 68” del que tanto se enorgullecen nuestros socialistas, comunistas y anarquistas. Si tienen estómago, busquen también imágenes de aquella “frontera” berlinesa de la libertad. Otro día les hablaré de otras dos películas todavía “frescas” que giran en torno a estos asuntos, aunque desde diferentes prismas: “Las invasiones bárbaras” y “Good by, Lenin!”.
Santiago Abascal daba a conocer la otra noche en uno de los últimos feudos irreductibles del PSOE (Dos Hermanas, Sevilla, donde también sonó “Libre”) un par de datos cuando menos elocuentes sobre el ya mencionado debate que para muchos españoles ha supuesto el descubrimiento de un líder que en nada se parece a los fascistas. Por un lado, reveló que en su atril sólo había un par de fotos, la del Kennedy sereno en su famoso duelo ante las cámaras con un Nixon sudoroso, que le llevó a la Casa Blanca; y la de una familia norteamericana de la época. Y dijo que cuando se sentía tentado de hablar sólo para los demás intervinientes, miraba las fotos para recordar que sus interlocutores eran los españoles.
Lo otro es más fuerte, y habla de los sutiles mecanismos televisivos para el mantenimiento del negocio, sea económico o sea político. Resulta que su famosa entrevista en “El hormiguero”, fue la única con los candidatos de las generales en la que no hubo aplausos. ¿Y saben por qué? No, ciertamente, porque el público se mostrase reticente, sino porque el regidor no levantó en ningún momento el celebérrimo “panel de órdenes”. Y sin embargo, ¿qué ocurrió? Que el pueblo “habló”. Lo hizo durante el tiempo de la publicidad. ¿Y saben lo que gritó el graderío espontáneamente, en cuanto pudo? “¡Presidente, Presidente, Presidente!”. Ahí queda eso, para quien, tras ver “La vida de los otros” no se sienta indiferente por la posible vuelta de todos los pasados.

miércoles, 30 de octubre de 2019

EL SEPARATISMO Y LA REVOLUCIÓN ESTÁN QUE SE SALEN


Y eso es lo peor. Lo mejor es que en buena medida han tocado techo, porque han agotado el último cartucho: el de la violencia. En la hoja de ruta que Pujol y sus compinches adoptaron hace ya muchos años, cuando establecieron en 2010 el de la independencia, la pieza clave era la no violencia. No porque sientan un fervor gandhiano irrefrenable, sino por puro maquillaje ante el exterior, que es, a la postre, el que decide estos procesos de autodeterminación. Pues bien, han consumido y consumado ese camino pacifista que, como cada vez sabe más gente, es falso. Si quieres la paz, no la dejes en manos de pacifistas, lo mismo que si quieres la protección de la Naturaleza no la dejes en manos de ecologistas. Ambos movimientos, en sus inicios tal vez puros y bienintencionados, precisamente por eso, una vez que seducen a las masas pasan a convertirse en negocios, hábilmente rentabilizados por otros distintos de los fundadores, sobre todo por los políticos.
A los separatistas catalanes, pues, se les ha acabado la munición. Esa losa arrancada de una terraza del octavo piso para ser arrojada sobre las cabezas de los policías nacionales, que ha puesto entre la vida y la muerte a un joven padre de dos hijos, ha sido como la primera piedra de la derrota ante el mundo. Los mansos y humildes soberanistas (¿han caído en que ya nadie usa este término eufemístico en los medios?), que perdieron un ojo el 1-O, han dado paso a los revolucionarios que ya habían preludiado el decorado de barricadas ardiendo aquel 20 de septiembre de patrulleros de la Benemérita destrozados y no incendiados por razones obvias, al estar rodeados por un ejército de “los suyos”. Ahora han debutado con fuego, y el “proces” ha mutado en revolución. Al menos en grado de tentativa gracias a que los policías se han jugado la vida por el mantenimiento del orden, a menudo sin conseguirlo.
No sé si la ciudadanía en general es consciente del “cambio” experimentado por el monstruo en su laberinto. Ni del auténtico riesgo de todo esto, consistente en la extensión del ¿movimiento? revolucionario al resto de España. Los disolventes, que los hay en todas partes, ya se han puesto de acuerdo y en marcha. Lo de menos, pensarán, es la independencia de Cataluña. El objetivo es levantar al pueblo contra el régimen y darle la vuelta al Estado. Y Barcelona es un diamante para lograrlo. Ya lo intentó uno que ustedes saben con la “alerta antifascista” contra las urnas, que arrasó el centro de Cádiz (tienda de Spagnolo y contenedores incluidos) y otros lugares de España donde hubo hasta un anciano atropellado. Pero aquello pinchó. Después de Barcelona, el mismo muñidor de la revolución lo tiene mucho más fácil: se ha demostrado que lo de menos es la terminología inofensiva del Derecho —“ensoñación”, “rebelión”, “sedición”. El hondón unamuniano del asunto está en la revolución. Rescaten si no esa grabación que circula por Internet —¡ay, las nuevas tecnologías, nuevas hemerotecas!— donde el mismo de la alerta antifascista alecciona a los universitarios que le escuchan (y que ahora, por cierto, secuestran edificios donde sus compañeros quieren entrar) sobre lo que nos espera si la revolución catalana consigue su propósito de “invadir” España. Basta con teclear en YouTube el nombre del sujeto en cuestión y “masculinidad cocteles molotov y caza de fachas”. La mirada y el oído de la memoria histórica verdadera, como el Jano bifronte, abarcan los 360 grados.

jueves, 10 de octubre de 2019

EL CASTIGO DE LA INOPERANCIA


¿Qué hay en el fondo de la tumba de Franco que tanto preocupa al Gobierno de Sánchez y su partido? Desde luego, no sólo los restos del que fuera Jefe del Estado así reconocido por la generalidad de países de diversos regímenes, incluidas —claro está— las democracias occidentales. En el fondo de esa cámara de pocos metros cúbicos situada en el presbiterio de la basílica del Valle de los Caídos, entre el coro de los benedictinos y la mesa de altar, lo que hay son los restos de un recuerdo. Pero no de un ayer inocuo, no. Sino de una memoria subterránea que posee toda la resistencia de un cimiento. Es, pues, la basa de la columna cuyo capitel resulta ser la España de hoy.
Esto es lo que quieren remover quienes ocupan las instituciones nacionales sometidas a procesos electorales cada vez más inquietantes. Saben que el tiempo apremia; que si no logran llevar la malhadada Ley de Memoria Histórica de Zapatero, principio del fin de la libertad de expresión tan trabajosamente ganada, hasta sus últimas consecuencias y hasta el fondo de esa tumba, los españoles podemos investigar y aún debatir sobre el franquismo sin prejuicios, sin censuras, abiertos a lo que el recuerdo nos traiga a colación, sea de la índole moral que sea.
Abierta la caja de los truenos, el PSOE, como ya ha advertido Santiago Abascal en el segundo Vistalegre, se puede encontrar ante un espejo que haga sobresaltarse a los mismos socialistas. Al menos a los más jóvenes. Y al mismo tiempo, si no consigue dar pleno cumplimiento a la Ley que, junto a la del odio, ha blindado el pensamiento único contra cualquier tipo de disidencia, es muy posible que la aparición en escena de las luces que todo periodo dilatado de la Historia (¡cuarenta años!) arrastra —incluso el soviético— ponga luz y taquígrafos no sólo sobre las vergüenzas históricas de una izquierda reiteradamente dantesca sino sobre el agotamiento absoluto de ofertas electorales que aqueja a los partidos de la moción de censura (¡qué bien le viene el nombre!).
Sánchez, en su inmarcesible ignorancia, no ha contado durante su carrera política con casi ningún elemento histórico de fuelle a la hora de tomar decisiones. Incapaz de formar un Gobierno salido de las urnas, su gran paso en falso, que es doble, está a punto de pasarle factura. Porque fue él quien dio alas a ese independentismo que ya ha entrado en las estribaciones del terrorismo y ojalá que no en las de la contienda civil. Y ahora, con media Cataluña en pie de guerra y otra media en silencio, no sabe qué hacer por ese flanco. Al mismo tiempo, la experiencia de haber ganado unas elecciones que no le han servido para ser investido está generando en el pueblo español una reacción, lenta pero segura, muy estudiada por los analistas serios: la frustración que da paso al castigo de la inoperancia. La responsabilidad de salir presidente de las urnas es siempre del que consigue más votos. Si no llega a coronar su esfuerzo electoral, el votante se siente impotente por delegación, y huye de repetir el intento. Esto está a punto de sucederle a este doctor bajo sospecha que se refugia en la tumba de Franco para ganar tiempo, aunque lo único que consigue es mover un ataúd, tal vez para hacerle sitio al suyo como político.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

LA PIEDAD EN EL BUS


Ocurrió inesperadamente, a modo de sorpresa desconcertante que perfora las murallas del distanciamiento convencional al que nos vemos abocados cuando subimos a un autobús urbano. Nos acaece en tal circunstancia que entramos en una especie de programación deshumanizada, como si fuéramos en realidad un apéndice de la tarjeta que acabamos de pasar por el lector interpuesto entre la persona que conduce y la usuaria del servicio.
Uno sube a esta nube andante, este caballo de Troya que traquetea entre frenazos y arrancadas y queda como suspenso buscando con la mirada el paisaje de fuera. Pero a veces, dentro suceden cosas más agitadoras que al otro lado de la ventanilla. Como por ejemplo ésta de que les hablo. El vehículo en el que viajábamos sufrió una avería que nos obligó a bajar de él para tomar otro estacionado detrás. Los pasajeros fuimos trasladándonos ordenadamente. La refrigeración interior invitaba a refugiarse dentro. Acomodados en nuestros asientos los que pudimos, cada cual volvió a sus rutinarias dispersiones interiores, confiados en que nuestro “pastor” nos llevaría por caminos seguros hasta nuestro destino, convenientemente anunciado por la grabación ambiental.
Todo parecía haber vuelto al orden establecido, cuando algo cambió mi percepción de las cosas y, según supe después, también la de otros. Fue la figura de una mujer joven y rellenita de carnes que sostenía en sus brazos el cuerpo de un niño como de dos años de edad. El acelerón del bus le hizo perder la estabilidad, aunque algo surgió en ella entonces que le afianzo contra todo pronóstico mientras una voz desacompasada gritó “¡espere!”, sin éxito. El movimiento visual y el sonido gutural atrajeron la atención de muchos. Fue en ese momento cuando pude ver el rostro de aquel niño cuyos ojos azules se posaban en la nada a la que le obligaba la falta de fuerzas que su cuerpo padecía. La cabeza, floja, le colgaba del cuello. Su madre se valía de cada fibra de su físico para evitar que ambos fueran al suelo. Y lo consiguió. Se clavó en el asiento amortiguando con sus brazos el cimbronazo en el inmóvil perfil del infante. Todo se asemejaba a una Piedad. Sólo que el respeto del pueblo cristiano nunca nos ha legado una representación de la Virgen con el Hijo yerto en sus brazos en la que besara su cabeza como lo hacía esta mujer del autobús. Sin parar, unos besos suaves, cuidadosos, acompañados de caricias con los labios, establecedores de un cordón umbilical invisible pero poderoso, que enseguida relajaron manifiestamente a aquella criatura cuyo campo visual, si lo tenía, seguía siendo el que marcaba la despótica ley de la gravedad.
Siguió besándole durante todo el trayecto, una vez que conectó un cable que debía ser la otra necesidad de comunicación a la que permanecía atado ese niño de forma continua. La primera —claro está— era el cariño de su madre, copiosamente administrado. Subió una pareja joven con una recién nacida en un cochecito. Pronto empezó a llorar estruendosamente. Parecía increíble que de aquel menudo cuerpo saliera tan caudaloso torrente. Sus inexpertos padres le atendieron azoradamente, con avidez. Observé que la “Piedad” había caído en la cuenta de mi insistente espionaje y llevé mis ojos de voyeur a la otra escena. Me apeé en mi parada y dejé “arriba” a ambas imágenes de la Vida, restallante la una, dolorosa la otra. Tan distintas, tan unidas por un mismo fenómeno, que mueve el mundo: el amor, con su dobladillo de inevitable pena, en este caso piadoso. Evoco la escena y resuenan en mí algunas meditaciones de Marco Aurelio, de indudable estirpe senequista, tan española y andaluza. Frente a tanta ignominia instalada en la alta y en la baja políticas, tanta soberbia, tan fatuo desprecio de la maternidad, aquella mujer iba por el mundo, a lomos de un autobús, soportando las sacudidas con una sonrisa imperturbable en su rostro, generador de ternura, por si la mirada de su hijo, errática y gobernada por las atroces circunstancias, se encontraba con la suya, que le había transmitido la existencia.
Y sí, creo que los defensores del aborto deberían subir cada día a ese autobús.

domingo, 18 de agosto de 2019

MEMORIA PARA OLVIDAR


Intuyo que cada vuelta de tuerca del Gobierno socialista en el avance de la irrupción regresiva sobre las conciencias que representa la mal llamada ley de memoria histórica —ahora también “democrática”— suscita con ahínco redoblado la pregunta interior inevitable en cada vez más españoles maduros e independientes: ¿Cuál es la verdadera motivación de todo esto? O lo que es lo mismo, creo que, como yo, serán muchos los convencidos de que, una vez más, nos mienten, presas de su parcialidad. Sostengo, con otros más autorizados que yo, que el discurso de las izquierdas lleva lustros agotado. De hecho, ha recurrido a las alcobas, último reducto de la vida personal, para levantar estandartes frente a sus enemigos. De ahí la batalla del género en sus múltiples y coloristas vertientes. En el solar patrio, las izquierdas, que marchan con el retraso histórico habitual, cuentan con el valioso refuerzo de las guerras de nuestros antepasados. De la legítima búsqueda de restos perdidos en fosas y cunetas para darles el honroso destino que les corresponde —a todos, fueran cuales fueren sus adscripciones— se ha pasado a un frentismo proactivo que convierte el pasado en futuro para evitar que el futuro se convierta rápidamente en pasado.
Esta espiral es, además, ilimitada, como lo es la del género, de modo que siempre será posible inventar nuevas leyendas urbanas para mantener en forma la batalla de la deformación de la historia, de las mentes y de la conciencia moral de las gentes. El cine y la comunicación en general son las autopistas de este proceso perverso. Y para ello se utiliza a nuestros padres. Sabedores de que recibimos en su día la educación que nos dieron aquellos hombres y mujeres que vitoreaban masivamente al Jefe del Estado y que nos alientan los valores que nos transmitieron, el gran desafío es enfrentarnos a ellos, que cada uno de los miembros de esta generación del “baby boom” que seremos mayoría hasta morir nos avergoncemos primero de nuestros progenitores y odiemos más tarde la herencia espiritual que recibimos de sus manos, los mensajes doctrinales con los que nos criamos y que siguen moviendo nuestros actos y opiniones. Sólo de esa forma se podrá disimular el sideral vacío que aqueja a la izquierda (y a gran parte de la derecha), ahuyentando así el inminente peligro de que la Historia lo evidencie.
Pero no es únicamente la sequía de oferta electoral lo que lleva a los gobernantes hasta los desvanes de un supuesto pasado en los que desempolvar juguetes rotos del ayer. Hay algo desoladoramente más urgente que tapar: el fracaso. Acabo de leer que uno de cada cuatro contratos de trabajo que se firman en España tienen menos de una semana de duración. Nuestros padres nos legaron un país en el que soñar no estaba reñido con esperar. Pero tras la pasada por el socialismo, hoy nuestros hijos pueden seguir soñando, sólo soñando.
Ése es el verdadero objetivo de todo este inmenso montaje tras el que palpitan agazapados oscuros intereses económicos de carácter multinacional para cuyo mantenimiento y fomento es indispensable lavar periódicamente el cerebro de las masas. Y no decaerá la guardia mientras siga ocurriendo lo que la generalidad de los medios nos ocultan: el progresivo desgaste numérico de la afiliación que viene padeciendo el Partido Socialista Obrero Español, promotor de esta campaña de opinión en España y de su correspondiente encaje legislativo. Un corto pero contundente despacho informativo del digital OK diario aportaba recientemente el dato, que diría José María García (por cierto, busquen en ABC la entrevista que le hizo Salvador Sostres y encontrarán sorpresas sin cuento, sumamente esclarecedoras del panorama informativo español). Y lo sustancial está en la bajada incesante y brutal de afiliaciones del PSOE desde Zapatero hasta 2017: De 600.000 a 175.000. O sea, un 70 por ciento menos de militantes de ZP a Sánchez. ¿Comprenden por qué han de echarnos a pelear con nuestros padres? De continuar la sangría —y el mismo portal advierte que de 2017 a hoy el partido ha perdido 12.000 miembros— en pocos años el PSOE resultaría ser un conjunto de siglas hueco de contenido, sin programa y sin apoyo social relevante. Y no olvidemos que Sánchez es secretario general gracias a una consulta entre las bases de la militancia.
Claro que todo esto es así si nos fiamos de lo que dicen los partidos. Según éstos, en España hay 1.300.000 afiliados. Pero Hacienda, que no se chupa el dedo como es sabido, ha detectado un notable agujero negro en estas cifras: los que pagan cuotas y desgravan por ello no pasan de 287.975. Así lo ha desvelado El Mundo en una información publicada el pasado 16 de agosto. Tales guarismos, correspondientes a finales de 2017, representan el 0,75 por ciento de la población mayor de 18 años.
Con esta realidad es muy comprensible que nos quieran hacer ver lo blanco negro, aunque para ello tengan que saltarse todas las normas de la ética universal, como por ejemplo la del VIII Mandamiento.

domingo, 28 de julio de 2019

NO-SE-PUEDE (POR AHORA)


Para escribir este artículo me he documentado antes en EL PAÍS, que tiene acceso directo hasta a los guasaps de Carmen Calvo. Lo primero que me vino a la cabeza viendo cómo Iglesias recogía los apuntes de clase y se marchaba, más cabizbajo de lo habitual, de su pupitre en las Cortes, acompañado por la más absoluta soledad —sólo se fue con él una diputada que desconozco pero que tenía toda la pinta de ser su jefa de gabinete o algo así— fue la misma situación pero al revés. La Historia es justiciera. En aquella ocasión, justo después de que Sánchez lograse, al fin, su anhelada Presidencia mediante la moción de censura que meses después se le volvería en contra (al tropezar con el muro de la autodeterminación para aprobar los presupuestos), los regocijados socios en potencia del PSOE coreaban, “espontáneamente”, desde sus escaños, puestos en pie y tras encallecerse las manos de aplaudir, aquello de “¡SÍ-SE-PUEDE!”, que debe ser algo así como el grito de guerra de las barricadas y del campamento levantado en la Puerta del Sol aquel inútil 15-M.
Ahora, los podemitas no cantaban victoria, sino que abandonaban el Congreso por la puerta de atrás, dicho sea retóricamente, porque quedaba claro que, al menos por ahora, no se puede. No se puede hacer la revolución, crear el neofrente popular, sacar a Franco a rastras de la Historia y del Valle, derribar su cruz con todo lo que ello significa; darle la vuelta, en fin, a la tuerka de la contrahistoria, del reaccionarismo hacia delante y de la subversión institucionalizada con nostalgia soviética y asignaturas pendientes que nos hagan eternos estudiantes malos.
No se puede, porque Sánchez ha tropezado con su segundo muro, su segundo fracaso antológico, por mucho pecho de pivot que saque. Si el primero fue la independencia real de Cataluña, el segundo ha sido la conversión de España al sovietismo anarquizante que arrasó la II República española. Nadie lo reconoce en el Parlamento, salvo Abascal, voz profética que hace de sus errores escuela de superación, no sima de autoafirmaciones vanas. Sánchez es víctima de sí mismo y de una pinza que, como siempre hasta hoy, aprovecha la debilidad de los amigos para arrebatarles el protagonismo: el comunismo y el separatismo. El doctor Sánchez no sabe qué hacer ni por dónde tirar, probablemente porque no puede hacerlo, porque “no se puede” conciliar socialdemocracia, o socialismo democrático si lo prefieren, con la raíz totalitaria que recorre toda la izquierda española, y desemboca en el drama eterno del PSOE: unir o separar a los españoles.
Me acordé también de Rajoy, el imperturbable. Le imaginé con una sonrisilla de satisfacción gallega, de hombre que sabe esperar y que tampoco sabe irse. ¿Se sentiría identificado con Sánchez? ¿Es hoy el español que mejor comprende al todavía presidente o viceversa, es el inquilino actual de La Moncloa el que empieza a darse cuenta de que el síndrome archicomentado consiste en sentir ese apego por los colchones que él empieza a ver peligrar? La posición objetiva de Sánchez es casi la misma que la imperante durante el segundo mandato de Rajoy, con una pequeña diferencia: el socialista va a agotar la legislatura que no dejó cerrar al primero, comido por el ansia de barrer a quien podía aún condenarle al ostracismo de no estrenar prebendas de investido. Lo dicho, la Historia siempre pasa factura.
Sé perfectamente que la política es lo más cambiante que existe. Y si no, que se lo digan a cierta formación que el primer día tras su presentación oficial propugnaba el aborto cero y el segundo mantener la Ley Aído. Todo puede dar la vuelta, como la tuerka y la crónica del diario progubernamental a la que me refería al principio y que les recomiendo, lo muestra a las claras. No obstante, algo me dice que en este fiasco (término también empleado por el mismo rotativo) hay mucho de irreversible, porque lo que ha aflorado en esta guerra abierta entre socialismo y comunismo coyunturalmente separatista es pura filosofía política, o sea, la región de la estrategia social más estable y hasta intemporal. Aparentemente, se hablaba sólo de economía, de Trabajo, y ha quedado claro que Sánchez ha salvado la gallina de los huevos de oro del PSOE, que es la UGT. Iglesias quería imponer, como es natural, la economía de Estado, y cargarse la negociación colectiva, los convenios, para entendernos, el tejido mediante el que los socialistas controlan la economía libre. Eso sería tanto como anular a la ya frágil UGT (la caída de subvenciones ha crucificado a los sindicatos, así como los distintos escándalos, a menudo judicializados). Si es el Estado el que implanta sus criterios en los convenios, ¿dónde quedan los sindicatos, especialmente los dos grandes? Sería tanto como cortar las alas sociales al PSOE, vaciarlo de contenido y destruir su futuro. En el fondo, lo chicos universitarios del “Sí se puede” siguen habitando en la nube de las aulas, los laboratorios y los departamentos que, gracias a la LRU socialista, gobiernan ellos. EL PSOE nunca caerá en trampa tan burda, como Lastra se encargó de dejar sentado en la tribuna cuando recordó al líder de extrema izquierda que las políticas activas de empleo que él reclamaba “in extremis” estaban transferidas a las comunidades autónomas. Lo cual tampoco es del todo cierto, pero —insisto— un Gobierno del PSOE jamás va a ceder nada que afecte a las negociaciones sindicatos-empresarios a unas siglas que aspiren a eliminarlas.
Con todo, ya digo que bajo esta capa superficial por contingente hay un cimiento fuerte, sobre el que se apoya, que es el concepto mismo de Estado. Y ahí, creo, se ha tocado techo. Porque ni siquiera un pacto programático dejando a Podemos fuera del Gobierno hubiera tenido recorrido, ya que los ejecutivos de Zapatero y de Sánchez, como sectarios y adolescentes que son, han agotado la oferta. Todas las zonas de decisión comunes las ocupó ZP para luchar contra la sensación de que era presidente por accidente. Y el resto, lo que le quedó por invadir al estallarle en las manos las consecuencias de la gran recesión, lo ha completado Sánchez, que ha cogido el Gobierno en el momento de un tímido despegue y a quien le ha cogido la crisis con sus socios cuando todo se le vuelve, como a su antecesor y correligionario, de punta. La economía, desde la mundial hasta la nacional pasando por la europea, está cansada de luchar contra los monstruos de 2008 sin resultados palpables. Y Sánchez parece igual de hacerlo con los españoles, esos actores de su drama empeñados en crear sus papeles de modo que no le dejan explayarse a sus anchas con el de protagonista que tan trabajosamente se afana en representar desde que debutó.
Recuerdo que Zapatero, ese bolivariano irredento, hijo, como Bolívar, de la metrópoli, dejó plantado en cierta ocasión al presidente de Polonia “porque se encontraba algo cansado”. Sánchez se va de vacaciones, y en su caso están justificadas porque jugar al ajedrez con un ruso sólo está al alcance de otro ruso. Y Sánchez es madrileño, aunque no olviden que escribió, o le escribieron, un “Manual de resistencia”. En septiembre se volverán a ver las caras o a enviarse guasaps. Confiemos en la filosofía de la Historia, que no siempre favorece a las izquierdas, aunque se empeñen los detentadores de la intelectualidad.

martes, 16 de julio de 2019

DESINFORMACIÓN CULPABLE


Mi amigo Fran es un joven actor alicantino que lleva años recorriéndose España en tren o en autobús con una misión tan poco práctica como es recitar la obra de los poetas y alguna composición propia en calles, plazas e institutos. Así se gana, pobremente, la vida, cargado no con alforjas sino con un altavoz autónomo en el que pone música de fondo y con los tres discos que ha grabado, por si alguien quiere llevarse los poemas y su hermosa y educada voz a casa.
Fran es paciente como un cartujo. Él declama sin parar durante horas, haya o no alguien delante, armado únicamente de su micrófono inalámbrico, sus cuerdas vocales y su pasión. Disfruta como un cachorro con una pelota de goma. Ha rescatado el viejo oficio de rapsoda, gesticula, modula la garganta con arte de juglar cortesano y sonríe siempre, aunque rasgue el viento con una herida sangrante en forma de palabras como por ejemplo la Nana de la Cebolla, de Miguel Hernández.
La otra noche, en un paseo marítimo de lujo atestado de veraneantes aburridos que sólo reaccionan ante un grupo de saltimbanquis —mejor si juegan con fuego—, Fran desgranaba incansable sus versos ante el vacío de la más completa indiferencia, o tal vez del susto de unos viandantes que parecían preguntarse qué sonidos interplanetarios despedía aquel chalado por la boca. Llegó por fin el artista al final, y se produjo un silencio roto solamente por mis aplausos de clac individual y solitaria.
“No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.” Las sílabas del padre preso dedicadas a su hijo recién nacido al saber que mamaba leche de cebolla y presintiendo que ya nunca vería a su vástago en libertad resonaron frente al mar y la luna como lo que son: el más bello epitafio del amor paternal que sólo un grandísimo poeta, cabrero para más señas, podría haber esculpido.
Pero nadie atendía, y mucho menos depositaba moneda alguna en el cesto de Fran. Esos versos del inmenso escritor, casi paisano de Fran, han golpeado siempre, desde que me aprendiera la melodía de boca de Serrat, en mi conciencia de español doliente. Se cuenta que Miguel pasó en su huida por Sevilla, mi ciudad, y que coincidió con Franco en el Alcázar, donde lo tenía escondido el director y poeta, muy amigo de la gente del 27, Joaquín Romero Murube. Incluso hay quien detalla que el general pasó a muy pocos metros del cantor republicano, que se ocultaba tras un sofá.
Lo cierto es que la escena que cuento se produjo al lado mismo del Guadiana, el río de la muerte para Hernández, quien después de Sevilla marchó al país vecino con tan mala suerte que un guardia fronterizo que había estado destinado en Levante lo reconoció y fue detenido. Moriría en la cárcel, probablemente de tuberculosis. De Huelva llegaron también los sones de Jarcha cuyo estrambote final (“compañero —Miguel— volverás”) ha sido una constante en mi vida. Pero la otra noche se ve que nadie quería saber lo que pasa ni lo que ocurre.
Para un periodista con sentido de Patria lo que pasa y lo que ocurre en la España de nuestros días invita a no saber nada, seguramente con más intensidad que para cualquier otra persona de las que desfilaban como autómatas ante Fran. Las últimas agitaciones callejeras, sanfermines incluidos, con su bastardeo irrebajable, nos ponen frente al espejo de un país degradado hasta el extremo, donde el sentido de las virtudes cardinales —no digamos las teologales—, con la Justicia a la cabeza, no es que ande por los suelos, es que se ha colado por el desagüe.
Pero el común de la ciudadanía parece asistir boba a lo que pasa y lo que ocurre, como recomendaba Miguel Hernández a su bebé para dormirlo. Todo esto tiene un nombre: desinformación. Y no es inocente, como la de aquel niño. Es cierto que Internet permite autofabricarnos el periódico que buscamos y que, con tesón e inteligencia, podemos acercarnos mucho a la verdad de lo que está sucediendo. Pero esas pruebas de fuerza de la desinformación que son las manifestaciones a las que me he referido parecen estar demostrando que la sociedad desinformada con la que soñaron los totalitarios es ya un hecho.
¿Tiene vuelta atrás? Lo dudo, al menos en el plazo suficiente para que mi generación, que es la más culpable y la más dañada de este gran fumadero de opio, conozca la rectificación. No querer saber lo que pasaba ni lo que ocurría era algo que en las circunstancias de Miguel Hernández (con la Guerra Civil muy avanzada o recién “concluida”) era cuestión de vida o muerte. No quererlo hoy es una irresponsabilidad brutal, en la que incurre esa masa crítica, esa mayoría silenciosa que ciertos poderes fácticos o grupos de presión tan bien conocen y manipulan.
La única manera de mirar a la cara a nuestros hijos es si no les negamos la información. Vale que mientras necesiten nanas para dormir les garanticemos un aire limpio que les haga fuertes. No obstante, a la mayoría de edad deben llegar sabiendo muy bien lo que pasa y lo que ocurre, para que sólo se sientan orgullosos de sus cualidades y no de sus excesos, y para que festejen a un santo con sana alegría, no con una bacanal satírica. El exhibicionismo de la procacidad nunca fue ni será motivo de autoestima más que para degenerados.
Coda: Me llegan fotos ilustrativas de cuanto digo y un vídeo en el que una fiera con forma de mujer acosa a un alumnado sentado sumiso ante ella gritándoles imperativamente para que odien a los padres porque son maltratadores, y ordenándoles amenazadoramente pensar que la custodia compartida y cuantos la defienden deben quedar excluidos de nuestro entorno. Gran parte de sus alaridos no he conseguido descifrarlos, pero sí una muletilla obsesiva: “En la puta vida”. Con eso está dicho todo. Escenario, según el “tuit” del colega periodista que lo ha colgado: un centro “educativo” de la Junta de Andalucía.

lunes, 8 de julio de 2019

LA IMPORTANCIA DE GUARDAR LA COMPOSTURA


Una de las razones principales —no lo duden— por las que VOX ha irrumpido en el panorama político institucional español, desde su sorpresa andaluza del 2 de diciembre es su formalidad, su apego a los modales, su buena educación, en suma. Eso se ve, sobre todo, en las mesas informativas de las calles, donde la gente de a pie de las siglas verdes dan un ejemplo de cortesía, incluso ante miradas o comentarios torvos o la presencia de boicoteadores más o menos amenazantes. No olvidemos que muchos de sus integrantes proceden del Partido Popular. VOX sostiene ideas muy contundentes, si se quiere extremas (término siempre relativo a las circunstancias del momento) pero lo hace respetuosamente hacia el adversario y con gran aprecio de las maneras que tanto significado encierran siempre. Hay excepciones, claro está, tanto más inevitables cuanto que estamos ante un partido nuevo que se enfrenta con todo el espectro “admitido” hasta hoy. Pero la tónica es ésa de la moderación en el lenguaje, al menos sin traspasar las fronteras de la afrenta personal. Y lo es por dos motivos: porque es un partido conservador y porque su mensaje, a contracorriente, llega más y mejor si no se da la razón a quienes lo descalifican por agresivo.
De ahí que resulten tan chocantes los dos últimos episodios tocantes a la comunicación que han dejado fuera de combate a esta nueva formación de derechas. En Andalucía, nada menos, el otrora número uno Francisco Serrano ha protagonizado un culebrón, al parecer involuntario, que ha tenido como cauce ese campo de minas que son las redes sociales. En este caso, se trataba de cuentas personales del líder y juez en las que se plasmaron opiniones temerarias sobre la sentencia de “la manada” que el Tribunal Supremo acababa de emitir. Recordemos que dicho pronunciamiento judicial se extiende a lo largo de más de trescientas páginas y las frases de Serrano, como corresponde al medio en el que fueron difundidas, son sólo un ramillete. Lo cierto es que dieron la vuelta a España en las portadas de casi todos los periódicos, por no hablar de la “sangre” hecha en televisiones, radios y en las mismas redes sociales. El jefe del Grupo Parlamentario de Vox en el Parlamento de Andalucía elaboró y colgó en sus redes, horas después, un comunicado exhaustivo de un folio analizando dicha sentencia con rigor, mesura y conocimientos técnicos de enorme nivel. Pero este texto no llegó más que a quien quiso leerlo, que fuimos cuatro gatos. Después, Serrano se perdió en un laberinto de autorías de los exabruptos que desembocaron en algo tan inaudito como que alguien con acceso a su cuenta puso en ella aquella dinamita sin su consentimiento. Acto seguido, se retiró durante un mes de la vida pública, y en ello estamos.
Pero un diputado autonómico de VOX que se caracteriza por ese tacto y elegancia al que aludía al principio, Alejandro Hernández, portavoz parlamentario desde hace meses, apechó con la situación, criticó abiertamente a Serrano por su descuido y encarriló el accidente con suprema mano “izquierda” pero sin arriar bandera alguna.
No obstante, no acaba ahí la historia. Cuando parecía que las dichosas redes ya habían jugado todas las malas pasadas a VOX, una nota del partido en su cuenta oficial nacional y con logo y bandera incluidos lanza improperios groseros y hasta chabacanos a  destacados miembros de Ciudadanos. No voy a reproducir aquí lo expuesto por el autor de dichas increpaciones, como no lo he hecho con los otros mensajes, pero sí voy a reproducir las palabras de Alejandro Hernández cuando toda la izquierda y parte de la no izquierda andaluza se le echó encima en sesión parlamentaria: “No estamos orgullosos de esas comunicaciones. Le pido disculpas (a Ciudadanos) por lo que a mí respecta”. Obviamente, el portavoz tuvo que limitarse a hablar en su nombre (aunque en sede parlamentaria), pero ahí quedó la cosa.
Dos pinceladas para situar ambos deslices comunicativos en sus respectivos contextos temporales: Las acometidas de Serrano contra la sentencia del Supremo (que, al parecer no eran suyas) tenían lugar justamente cuando el alto Tribunal acababa de comenzar el estudio de otra sentencia, la del intento de secesión de Cataluña, en la que el único partido que se ha personado como acusación popular ha sido VOX, cuyo secretario general, Javier Ortega Smith, ha ejercido dicha función, como toda España ha podido constatar día a día.
Y el otro dato: El mensaje del perfil oficial de VOX desde la dirección nacional suscitó los ataques de la oposición andaluza durante el debate en el que se discutía una proposición no de ley presentada por dicha formación ante el asedio permanente y sistemático sufrido a lo largo de la joven legislatura. La propuesta se aprobó, pero descafeinada y sin citar al partido.
VOX, también por redes, quiso suavizar sus salidas de tono, aunque como en el caso de Serrano el remedio fuera peor que la enfermedad: “Nuestro CM de verano, aunque tenga razón, debe vigilar el lenguaje. No podemos garantizar que si Ciudadanos se empeña en dar los gobiernos al PSOE, esto no vuelva a suceder.”
Pues estamos listos con los gestores de las redes sociales. Hay que reconocer, y bien lamentable que es, que los partidos de siempre controlan mucho mejor las suyas. Y eso, en una oferta electoral nueva que acoge a cincuenta mil afiliados y tiene representación ya en las cámaras de la Nación, de las regiones y de los municipios de toda España, es imperdonable. Urge ponerse las pilas, amigos de VOX. Las redes sociales no pueden ser un salvoconducto para el insulto en un partido tan serio y necesario para la España de nuestros aciagos días.

domingo, 23 de junio de 2019

DE LOS "DOWN" A LOS MÓVILES INTELIGENTES


Los conocidos como tiempos modernos, que hace casi un siglo ya escarneciera Chaplin, nos han traído maravillas, sobre todo en el terreno técnico-médico, aunque a decir verdad muchos de los problemas que la ciencia ha resuelto o paliado los había creado ella misma. Hoy me voy a referir, de nuevo, al más escalofriante de todos: el aborto. Soy consciente de que cada día que pasa resulta más arriesgado hablar de ello desde un punto de vista digamos crítico. Ocurre siempre que se pone en solfa un dogma. Pero la fuerza de amigos que se mueren, la única verdad incuestionable, me arma de valor, sabiduría y humildad.
Tienen ustedes en El Confidencial un reportaje de esos que algún día alguien repescará para hacer un trabajo sobre la historia de la (des) Humanidad, como hoy desempolvamos archivos clasificados de un ayer tenebroso. También actualmente se tapan  cosas con paladas de silencio, el mejor impermeable para aislar el cuerpo de la vergüenza y el frío. Dicha pieza periodística revela cómo la sociedad española ya no oculta a los que de adolescentes llamábamos tontos en el armario más recóndito de nuestras casas... porque ya van quedando muy pocos. “Claro, es la buena alimentación, las vacunas, la vida sana, el deporte”, dirán ustedes. No, es el aborto, señoras y señores. En cuarenta años hemos pasado de tener 300.000 “downs” entre nosotros a 35.000, un 88 por ciento menos. Noventa y cinco de cada cien madres embarazadas en España a las que se detecta un hijo con esta trisomía en el cromosoma 21 deciden no tener a sus bebés. Mala suerte para ellos. De los 400.000 nacimientos anuales, sólo 150 se libran de la “ive” letal. A este paso, en 2050, por fin, España se librará de nuevos down: no nacerá ninguno.
La eliminación de barreras morales, de escrúpulos humanitarios y de cualquier factor reflexivo que suponga una traba para la selección artificial imitadora de la darwiniana caracteriza a la civilización de los derechos humanos menos el de la vida que se autodenomina “progresismo”. El desprestigio, cuidadosamente diseñado, de cualquier valor tradicional, ha permitido la asunción social de los datos estadísticos antedichos como lo más normal.
¿Hasta cuándo? Puede que sean los historiadores los mejor preparados para ayudarnos a interpretar el carácter cíclico de nuestra especie. Quienes hemos leído algo que no se nos haya impuesto —ya sé que somos excrecencia— tenemos la sensación de haber visto esta película no una sino muchas veces, como si se tratara de un Sísifo neurótico que sólo se siente real transportando la misma piedra sobre sus espaldas una y otra vez, incansable y angustiosamente.
Si pasean a menudo (yo lo hago, por motivos de salud) por nuestras ciudades, habrán comprobado que ya es muy difícil recorrer veinte metros a ciertas horas sin que estemos a punto de llevarnos, como en el rugby, un pechugazo de alguien, generalmente joven, que se comunica con el mundo circundante a través de su dispositivo móvil. Y es que en nuestro mundo moderno, los teléfonos inteligentes han sustituido a los down. ¿O son algunos usuarios de esmarfones los que ocupan su lugar? Ustedes recordarán la moda cinematográfica y apocalíptica que veía en los ordenadores una amenaza de tiranía capaz de esclavizar a los padres de las “criaturas”. No nos hemos dado cuenta, pero, como decía la niña de “Poltergeist”, “ya están aquiíiii”. Son los móviles, amos y señores de los “nativos” que los usan en un mundo donde ya apenas nacen deficientes porque todos vamos camino de sobrevivir en una isla de humanos robotizados y domesticados por unos pocos programadores adscritos al capital o a su enemigo. Piénsenlo y verán como no les miento.

jueves, 6 de junio de 2019

VALORES DE USAR Y TIRAR


La palabra “consenso” era de significado desconocido para el común de los españoles hasta que la Transición la puso de moda. Su implantación en la vida pública, incluso en parcelas de la social y hasta familiar, respondía a la alargada sombra de aquel conflicto apocalíptico que hizo confesar a Francisco Franco a su primo y secretario: “Una guerra civil es lo peor que le puede pasar a un pueblo”. Frente al garrotazo goyesco —sucedáneo gráfico para una población desarmada de los fusilamientos gabachos— se imponía la búsqueda, más o menos desesperada, de la paz futura, ya que la pasada seguía siendo fruto de armisticios sin cuartel.
Pero cada época histórica tiene su vocabulario, incluso su semántica. Lo que en el 76 quería decir la palabra “consenso” hoy tenemos que traducirlo por chalaneo. De hecho, las elecciones ya carecen del valor que antes tenían y que siempre habíamos conocido: unos ganaban, otros perdían; los primeros formaban gobierno, los otros iban a la oposición. Y si se conformaban mayorías innovadoras cualificadas y sólidas, el sistema iba mutando imperceptiblemente. Los primeros años de Felipe González fueron un ejemplo de libro de cuanto digo, con cuestiones de fondo que pasaron como si fueran puro trámite: independencia judicial, integración en la OTAN, aborto, intervención de Rumasa, reforma/revolución educativa y sobre todo un mapa autonómico cargado de transferencias que convirtió a España en irreconocible hasta llegar a la nación —o sea, a la soberanía nacional— como “concepto discutido y discutible”. Hay que admitir que en esto de camuflar subversiones profundas so capa de procesos progresistas de obligado seguimiento por depender del ritmo y el rumbo de la Historia los socialistas han sido siempre maestros indiscutibles. Y para demostrarlo, ahí está Rodríguez Zapatero, transformando España para, a continuación, acercarla al modelo chavista.
Agotado y rebasado incluso por la izquierda el programa socialista, los partidos con representación parlamentaria, todos menos uno, andan zarandeados por el destino aritmético en pos de los consensos, hoy llamados pactos. Y los grandes náufragos son los valores. En los setenta, hubo muchos valores, por parte de flancos diversos, que se quedaron en el camino, en aras del consenso pacificador. Se dejaron mucho más que pelo, tiras de piel, en la gatera. Pero lo que estamos viendo hoy es infinitamente más grave. Es la desconfiguración completa del sistema de fuerzas, de sus idearios, la feria de mercaderes en la que se pone en almoneda lo que haga falta con tal de alcanzar cuotas de poder. Las exigencias que se están disparando, especialmente desde sectores del PP y de Ciudadanos, teóricamente afines, sobre VOX para que ceda al ninguneo y apoye ciegamente a cualquier cosa que evite la horrenda palabra —“Carmena”— en las instituciones es mucho más que lamentable. Es descorazonador, por evitar epítetos que alguien pudiera “malinterpretar”.
La llamada “atomización”, que no es sino pasar de dos grandes partidos nacionales a cinco (algo sumamente saludable) obliga a pactar, desde luego. Pero para pactar hay que sentarse a hablar. Ahí, en torno a una mesa, mirándose a la cara, es donde cada cual debe hacer valer su respaldo popular. Lo de Ciudadanos no tiene nombre. Trata a los casi tres millones de votantes de VOX exactamente igual que si no existieran. Son tres millones de apestados, indignos siquiera de dirigirles la palabra. Es, sin duda, una política suicida —la Historia es larga y a menudo pasa factura—y encima les culpa de bloquear el cambio. ¿No será que Ciudadanos ha estado siempre más cerca del PSOE (no de Sánchez) que de cualquier otra cosa? ¿No será que lo que les pide el cuerpo a sus dirigentes es el continuismo con las viejas políticas felipistas y aún zapateristas de patrimonialización de la voluntad popular de modo que se identifique democracia con socialismo para perpetuarse —no importan las siglas— en el poder y seguir guiando la mentalidad política de las generaciones indefinidamente?
Y ojo, porque esta ideología relativista de valores de usar y tirar según sople el viento del mercadeo cortesano ha contaminado de lleno al Partido Popular, muchos de cuyos votantes son los que se han quedado en casa mientras los del eterno socialismo sanchopancista han escuchado la campana andaluza y se han apresurado a ponerse en cola. Todo parece depender de que el único de los cinco grandes partidos con el que no se quiere negociar, el menor, el más joven, renuncie a sus principios, es decir a todo lo que tiene, para que los que de él dependen pero no le hablan, ocupen el ansiado puente de mando. Lo que pasa es que VOX, al menos hasta hoy, no se vende y a día de hoy los primeros necesitan a los últimos para serlo.

jueves, 4 de abril de 2019

ESPABILAOS Y FRANCOS


No hace mucho escribía aquí de la división social, artificial como todas, entre “manteníos” y pagadores, sucedáneo de aquella otra, clásica, entre explotadores y explotados, que tan cara resultaba a nuestros queridos marxistas. Hoy me refiero a otra división que, creo, está aún más de actualidad, porque sustenta esa rebelión silenciosa que con toda probabilidad hará históricas las elecciones del próximo 28 de abril. Me ha abierto los ojos una amiga con un comentario al hilo de cierta injusticia consistente en poner un espacio público de gran talla a disposición de una obra menor, de carácter literario. Por mi trabajo, yo había asistido a grandes acontecimientos en dicho lugar, pero jamás habría osado, ni por asomo, pretender beneficiarme del privilegio que suponía usarlo para mi provecho. Y es que las instituciones públicas hace mucho tiempo que dejaron el sentido de la medida y la recompensa del mérito en el perchero.
A raíz de aquella reflexión, mi amiga me lanzó una gran verdad a la cara: “Es que tú no espabilas”. Ciertamente. No me hizo Dios para eso, qué se le va a hacer. Mi tendencia, que atribuyo también a influjo divino, a ser sincero casi siempre, sobre todo cuando hay algo importante para alguien en juego, me ha proporcionado un discreto pasar, ajeno a las glorias del mundo. Este aura mediocritas que me acompaña cuando friso los míticos sesenta cumpleaños se lo debo al desprecio de la mentira, junto a un indeclinable sentido del deber, que es el que me ha permitido no morir de hambre.
Si hace un tiempo, también aquí, qué remedio, me refería a mi encuentro con “la Andalucía de los estantes vacíos” (así se titulaba el artículo) que ponía en riesgo mi vista, ahora, y también con mis ojos como víctimas, vuelvo a padecer el dichoso “desabastecimiento de medicamentos”, con el aplazamiento “sine die” de la primera inyección intraocular que necesito para que el azúcar no me deje ciego. La anulación se produjo la víspera de la cita. Y la enfermedad avanza sin que, a la hora de redactar estas líneas, sepamos cuándo podré inyectarme. Pero esto, con ser desolador —llevo cotizando a la Seguridad Social desde los 20 años— no es lo peor. Lo grave, dramático, miserable, es que esto mismo suceda con personas aquejadas de cáncer, o con esos 800.000 andaluces en listas de espera para operarse que salen a la luz ahora y que eran las vergüenzas ocultas de la “joya de la corona” (Díaz dixit).
Son éstos sólo unos ejemplos, sanitarios, de hasta qué punto la vida nacional española ha quedado desdoblada en la de los espabilaos y la de los sinceros. Por simplificar para resultar didácticos. Porque los medicamentos no escasean por casualidad. Los espabilaos viven del sistema, aprovechando sus hemorragias múltiples, como la esclerosis burocrática que es el principal distintivo de la Administración española. Decía Iván Espinosa, vicesecretario de Vox, ante empresarios de Sevilla que abarrotaban el gran salón del Círculo de Labradores, que el estado español es el mejor del mundo en cuanto a funcionamiento de dos frentes con sus respectivos organismos: la Agencia Tributaria y la DGT. Ambos están unidos por su carácter recaudatorio. ¿Se traduce después esta eficacia en servicios públicos de calidad? Ustedes mismos.
Cincuenta años de modelado social al gusto de la izquierda entre socialdemócrata y comunista han configurado primero el estado y después la sociedad española. Quedan, como los últimos de Filipinas, los resistentes, que, hartos de ver cómo su lealtad a los valores heredados de sus antepasados es sepultada por los espabilaos de ganancia rápida y fácil, se mueven y remueven para sacudirse la costra ultraconservadora del estatu quo vigente, impreso como de plantilla desde los manuales del marxismo-leninismo. Naturalmente, la reacción de los ultraconservadores —léase los espabilaos del régimen socialista— es virulenta. Si pierden el dominio de las mentes, por ejemplo porque las familias se vean revitalizadas y el papel de la mujer como madre realzado, lo pierden todo, principalmente los fondos públicos con los que se alimentan sus asociaciones y que se detraen, entre otras cosas, de las medicinas.
Los espabilaos están nerviosos, porque los sinceros, que siempre han sido una amplia mayoría, aunque no sé si profundamente convencida de llevar razón, ya no aguantan más. Éstos han perdido muchas batallas. ¿También la guerra? El 28 de abril empezaremos a comprobarlo.

martes, 19 de marzo de 2019

DEL PUNTILLERO A LA METAMORFOSIS


De niño, cuando aparecía en aquel viejo Telefunken la imagen gris y negra del puntillero, no podía evitar apretar los dientes y arrugar el rostro. Mientras la plaza se caía en ovaciones y el diestro miraba a la presidencia, el puntillero cumplía con su obligación de verdugo o de oficial que descarga el tiro de gracia sobre la nuca de la bestia vencida. Hay suertes en la Fiesta Nacional que llenan de música el ambiente: un lote de capotazos valientes, un juego de muñecas con pericia a la muleta o un quite a tiempo justo de evitar la tragedia. Hay otros que anuncian al puntillero o mucho peor: al reguero de sangre en el callejón camino de la enfermería.
A España hay quien anda empeñado en darle la puntilla. O la estocada mortal de la suerte suprema. Hubo alguien que asistió hierático a la faena, desde la barrera, para a continuación salir sin ser notado antes de que el toro doblara. Y eso que era el empresario. A él también podríamos anotarle algo del oficio de puntillero. Aunque a decir verdad, quien mejor ha representado ese papel es el espontáneo que se ha echado a la arena sin estar en el cartel. Si por ambos fuera, España sería hoy cenizas.
Pero en esto del ruedo ibérico también se producen metamorfosis. Cuando la tarde parecía acabar en debacle, en frustración y desgarro, surgen oportunidades nuevas, y asoman cabezas que parecían no existir en el horizonte. En el preciso instante en que el puntillero se disponía a clavar en el morrillo bravo su aguijón frío, el animal moribundo, criado en libertades, se iza, ahuyenta a sus enemigos y vuelve a buscar el trapo, nostálgico de la dehesa.
Es la metamorfosis de una España pertinaz en ser ella misma desde Hispania hasta el noble futuro que nos aguarda, si lo merecemos. A un costado de la estación y las vías del ferrocarril cordobés se pueden contemplar, desde fuera y a través de una malla metálica, las ruinas del yacimiento de Cercadilla, sacrificado por el AVE. En un artículo anterior he hablado de este episodio tan poco memorable. Abandonado hoy, pese a estar señalizado y mostrar catas aquí y allá, es posible rastrear unos restos que arrancan de los tetrarcas imperiales romanos —fueron los palacios de Maximiano— para seguir los pasos de la decadencia y ser después la sede episcopal católica. En total, seis siglos de presencia allí de lo más selecto de la cultura occidental. ¿Y por qué allí? Porque a su lado pasa la vía augusta, que ponía en comunicación el lugar con Roma. Después, la invasión islámica relegaría aquel terreno a refugio de la población cristiana, finalmente dispersa. Aquello pasó a ser necrópolis primero y muladar  después, hasta que los túneles del AVE se dieron de bruces con el enterrado criptopórtico de un palacio imperial único en el mundo, atravesándolo por la mitad.
Pero allí están las piedras que dan fe de que el solar hispano ha estado siempre en el corazón de la cultura europea, porque siempre se negó a desaparecer. Tras la veladura de la extinción, España se autorregenera y encuentra, sistemáticamente, el camino de su metamorfosis.

domingo, 17 de febrero de 2019

Y AHORA, ¿QUÉ?


Una vez más, España parece haber conseguido lo más difícil, la hazaña consistente en hacer brillar en el último instante la luz justa y necesaria para que las vergüenzas queden iluminadas ante todo el mundo. Unas semanas más de Sánchez y su cohorte evacuando asuntos en consejos de ministros y el daño hubiera sido irremediable para toda una generación de españoles. Abierta la vía eslovena con la admisión a las conversaciones de un “relator” — figura prevista por las Naciones Unidas para mediar con carácter vinculante en conflictos armados o en riesgo de serlo— ya todo podía ocurrir, como de hecho han intentado los sedicentes, colando la autodeterminación no como cosa nueva sino como parte de lo ya pactado. Un relator no es, como la ministra del “dixi y pixi” ha querido hacer creer —jamás renunciar al engaño— alguien que hace un relato. Eso es un cuentista, un narrador, un cronista o un secretario de actas. A los efectos que nos ocupan, un relator es alguien que un ente externo a las negociaciones a emprender —nunca a otras en curso— elige y nombra, con la aquiescencia previa de las partes, para poner a estas en relación, que se miren a la cara, que se comprometan ante él a respetar acuerdos tras seguir unas pautas de trabajo ordenadas y equitativas. Pero lo primero que ha de haber para que actúe un relator es el reconocimiento mutuo de la igualdad de estatus; se tienen que reunir dos interlocutores iguales en todo. ¿Es el Gobierno autonómico de Cataluña igual en todo —equiparable y equiparado— al de España?
Hemos conjurado, pues, el mayor peligro en el que se ha visto nuestra Patria desde la Guerra Civil. Y todo por el apego enfermizo al poder de unos políticos que nadie ha elegido más allá de la militancia de un partido que cuenta, todavía, con 84 diputados de 350. Dar gracias a Dios, sobre todo los que tenemos hijos, se queda muy corto. Debemos conservar la memoria fresca de cuanto han supuesto estos ocho meses, al igual que la tenemos muy reciente de lo que significó el felipismo y su extremismo zapaterista antes de que el durmiente registrador aterrizara en la Presidencia para envidia de los insectos palos.
Los navegantes avezados saben que tras las tempestades nunca hay tiempo que perder. Tirarse al palo es un suicidio. Los tres partidos a los que cabe el honor de haber sido insultados, y quizás algo más, por la todavía ministra de Justicia se encuentran en un serio aprieto: O hacen algo más, mucho más que campaña electoral o el giro histórico que acabamos de conseguir gracias a su manifestación conjunta de Colón puede quedarse en el mayor fiasco de nuestro futuro. O espabilan preparando unos programas creíbles, razonables, ambiciosos y generosos, verdaderamente apolíticos en el mejor sentido del término, o todo habrá sido para nada.
Lo digo y lo escribo porque observo cierta dejadez, acompañada de reincidencia partidista, en las actitudes de sus líderes, que o bien miran más a la galería de los votos fáciles que al compromiso con los ciudadanos o bien tiran por elevación con riesgo de que los proyectiles les caigan en la cabeza. La unidad de acción, bien que coyuntural y pragmática, es, hoy por hoy, una prioridad para quienes en la Plaza de Colón, a la sombra de la bandera y el himno, han proclamado el fin de un abuso de poder gigantesco que ya había naufragado en Andalucía. Tienen una obligación moral con toda esa gente que lleva votándolos siempre o que no les ha votado nunca. Da igual, es gente noble, de cualquier posición social o cualquier punto de nuestra geografía. Es gente que merece una respuesta ágil, contundente, tan cohesionada como la del domingo que cambió el signo de nuestros días como empresa colectiva en camino hacia mejores horizontes que los ya hollados.
Por lealtad, respeto y consideración hacia esos corazones esperanzados que aguardan el 28-A con un nudo en la garganta mientras ven corretear a sus vástagos —muchos ya nietos— por las calles y plazas de una España que le quieren legar unida como la recibieron, los políticos del triunvirato —sí, señora ministra, del latín tres varones— revuelto contra la dictadura de la izquierda y los separatismos han de guardarse sus lugares comunes, los escudos con los que se hacen la guerra entre sí, los rancios cordones sanitarios mientras se toman un cafelito con los castristas, y volver la mirada, por una vez —no va a haber otra— hacia la vida común de los españoles, que son los que importan.

lunes, 4 de febrero de 2019

UN RAYO DE LUZ EN LOS GOYA

https://www.youtube.com/watch?v=gLwqrJEe270
Como cada edición, y van treinta y tres, la gala de los Premios Goya del cine español se han convertido en mirador desde el que vocear las fobias de la izquierda española. Algo que debería ser aséptica plataforma de encomio y estímulo para el séptimo arte nacional deriva siempre, porque así se concibe desde sus responsables, en caldera de altas temperaturas donde se cuece el alimento de lo políticamente correcto —es decir, del pensamiento único inspirado por el ataque a todo lo tradicional, sea bueno, malo o mediocre—. No merece la pena seguir criticando algo que no admite análisis sino aceptación incondicional o de lo contrario pagar el precio del desprecio más absoluto que implica la totalitaria condena al ostracismo, como ha ocurrido con Vox.
Es el momento de encumbrar una voz categóricamente positiva y que supone una vía de agua definitiva para el monopolio de la dictadura pseudointelectual que ha primado hasta hoy en los ambientes cinematográficos españoles, es decir en la estrategia comercial de una producción obligada a pasar por el aro de las subvenciones si quería sobrevivir. Y esa voz es la del mejor actor revelación, que sedujo con su autenticidad a todo aquel no empeñado en seguir los dictados del prejuicio imperante. Porque esta persona, que tan magistralmente encarnó a su personaje, dedicó su “discurso”, también colosal, a una gratitud desinteresada, al contrario que quienes han apoyado su “éxito” en cruzadas opíparamente regadas por los fondos del Poder. Las palabras de Jesús Vidal, que dejaron en suspenso la respiración de la España viva por unos instantes, para tomar aliento con ellas de cara al futuro, estuvieron dedicadas a sus compañeros de equipo creativo, pero sobre todo y hasta el final, grandioso final, a su familia. Fue ante todo y para siempre, un canto a la familia muy por encima de programas políticos y a años luz de compromisos de índole crematística, con olvido total de los lazos familiares, a los que otros “goyas” nos tienen acostumbrados.
Es de justicia agradecer, huyendo de cualquier tentación partidista, a este inmenso actor, que preparó el terreno para que “Campeones” se alzara con el gran premio de los Goya, el de mejor película (verdadero final feliz de la gran alfombra roja), su franqueza, transparencia, fidelidad y libertad a la hora de resumir el éxito de su vida en algo tan familiar como haber nacido hijo de sus padres, hermano de sus hermanos, primo de sus primos… Escuchemos muchas veces las palabras de Jesús, porque en ellas está la España que late con fuerza en hogares, trabajos, aulas y calles, Y retengamos para reiterarla cada día a los cuatro vientos de nuestra Nación, su última y rotunda frase: “Queridos padres, a mí sí me gustaría tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros.”

https://youtu.be/qJ0a0ojYAcA

domingo, 27 de enero de 2019

400 FAMILIAS, 200.000 EUROS, 75 TONELADAS…


Son algunos, pocos, de los datos que la Hermandad sevillana de Pasión destina a la caridad, según figura, al alcance de todos, en la revista Iglesia en Sevilla, número 189, semana del 27 de enero al 2 de febrero de 2019; es decir, la última edición. Como sospecho que doña Rocío Ruiz, flamante consejera de Igualdad, Políticas Sociales y Conciliación, no frecuenta las iglesias, le facilito estos datos porque en la página web archisevilla.org puede consultarlos. La Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Pasión creó en el año 2008 una fundación asistencial para ampliar las labores de la Diputación de Caridad. Así reza en la página 10 de la antedicha publicación. Intentaban los hermanos de Pasión “dar respuesta al mayor número posible de problemas sociales de nuestro entorno. Para ello necesitábamos allegar nuevos recursos tanto de instituciones públicas como privadas”. La movilización de estos hombres y mujeres que cada Jueves Santo visten la túnica de la Merced por las calles de Sevilla, dando testimonio de su fe en acto penitencial ha permitido multiplicar por cinco en seis años la acción y el número de beneficiarios, en buena parte sobre la base de la búsqueda de subvenciones.
Así como lo leen. De un cesto de servicios y ayudas sociales de 40.000 euros en 2011 se han sacado 200.000 en 2017. Del mismo cesto, que contenía 15.000 kilos de alimentos hace seis años, han salido 75.000 kilos. Pasión ayuda con lo básico a personas sin recursos o en riesgo de exclusión social integradas en 400 familias, presta auxilio a “instituciones que atienden a colectivos especialmente vulnerables”, ofreciendo aportaciones económicas a “personas en situación de pobreza, exclusión y marginalidad”.
Pero más allá de los datos, en un mundo en el que tantas estadísticas son manipuladas, está la dedicación personal, el voluntariado, “desde la creencia de que es posible transformar la sociedad y hacerla más justa con el concurso de personas que pueden entregar su tiempo, sus capacidades, su voluntad y su compañía a quienes lo necesitan”. Y ahí le duele, señora consejera. No sólo catalizan los donativos y las subvenciones para acercarlos a quienes lo necesitan, lo cual ya requiere a un “personal” desinteresado que hace posible el milagro, sino que en esto hay gente dispuesta a entregar su vida, día a día, por los demás. ¿Le suena, señora consejera? ¿Y por qué lo hacen? Continuemos leyendo en la página 10 de “Iglesia en Sevilla” lo que nos cuenta el hermano mayor de Pasión: “Como cristianos, debemos poner en la acción social algo más que dar, que es relativamente fácil; lo difícil es darnos a nosotros mismos. Ahí es donde reside la auténtica caridad cristiana. Todos los hermanos de Pasión y las personas que compartimos la fe y esperamos ser mejores cristianos estamos llamados a esta misión.”
  Y como obras son amores, tome nota, por favor, señora consejera: Pasión ha puesto en marcha un hogar para chicos procedentes de familias desestructuradas, “donde reciben no sólo casa y comida, sino, sobre todo, cariño.” Y, por si fuera poco, ha montado un centro para discapacitados psíquicos “con el que, además de ayudar económicamente, se comparten vivencias como excursiones o fiesta de Reyes”.
Pero no acaba ahí la eficacia solidaria de Pasión. “Abogados de la Merced”, la “estrella” del año 2018, es la manera que tiene la Hermandad de celebrar VIII centenario de la Orden Mercedaria. Su finalidad es “visitar a los encarcelados”, en sentido amplio, o sea, prestar asistencia, orientación y asesoramiento jurídico a los internos de cara a su reinserción social. ¿Le suena esto también, señora consejera?
Pero nada más lejos de la realidad pensar que todo esto ha envanecido a los cofrades. Nada de eso. “Deberíamos trabajar aún más por extender la acción de caridad y por potenciar eficazmente la formación cristiana. No es lógico que a las actividades de formación acudan tan pocos hermanos. Si las hermandades deben sustentarse sobre tres grandes pilares —culto, caridad y formación—, estos deben ser iguales en tamaño y potencia para sostener una verdadera hermandad de cristianos, para que, desde una vida de auténtica hermandad, seamos capaces de evangelizar con nuestras acciones.”
Añado yo: Un cristiano ha de ser ante todo, aprendiz de la misericordia divina. Por tanto, hemos de dar un margen de confianza a la señora consejera para que, con sus hechos y sus palabras, demuestre que aquellas otras palabras de antaño, estampadas negro sobre blanco y gravemente ofensivas para los cofrades, han quedado superadas por el tiempo y la rectificación. El caso de Pasión, con ser meritorio, no es, ni mucho menos, único. Tampoco es extensible a todas las corporaciones nazarenas, desde luego. Pero está ahí, es un hecho incontestable. Es la verdad. Mucho más veraz que aquel artículo lamentable por el que cualquier persona pública, que representa y se debe a una comunidad de ocho millones de ciudadanos, debería pedir disculpas claras, contundentes y lacradas con el marchamo de su conducta.
Digo yo.

viernes, 11 de enero de 2019

EL EXTRAÑO CASO DE LA "DERECHA EXTREMA"


Expresión ésta acuñada un no tan lejano día por el entonces presidente del Gobierno, como secretario general que era del Partido Socialista —tras varios intentos infructuosos de buscar un sucesor duradero a Felipe González—, José Luis Rodríguez Zapatero. No recurrió a ella en campaña electoral al inicio de su carrera hacia la Moncloa, probablemente porque no se vio urgido a ello ya que por entonces ninguna encuesta le presentaba como competidor para el delfín de Aznar. Pero aquellas bombas que todo lo cambiaron a bordo de unos trenes en el corredor del Henares transformaron las previsiones políticas del leonés y su percepción del arco parlamentario. La suya y la de la generalidad de los españoles. Lo que hasta entonces era centro pasó a ser, oficialmente, derecha, desplazando el fiel de la balanza hacia la izquierda. Aunque en realidad, todo había empezado mucho antes.
Y lo había hecho con esa identificación subrepticia entre democracia e izquierda de estirpe marxista en la que ha crecido mi generación, que es aquella del “Yo soy aquel negrito, del África tropical…”. Como por ensalmo, pero mediante unas tácticas demagógicas de eficacia irrefutable, la socialdemocracia logró en España lo que no había podido en el resto de la Europa occidental: que todo el mundo asumiese, subliminalmente, la “obligatoriedad” de sentirse igualitarista si realmente se quería un futuro participativo. Se borraron las diferencias sociales, salvo, claro está, la de los aparatos de los partidos, las nomenclaturas, esa clase superior que debía gestionar —controlar— con su gran ojo la democracia.
Con ZP este proceso alcanzó su paroxismo. Colocado en la Presidencia del Gobierno contra todo pronóstico y casi por un tétrico azar (algo similar, aunque mucho más dramático que la moción de censura de Sánchez), elevó la mitología dogmática del socialismo —lo que podríamos llamar “monopolio de la licitud”— a categoría de unanimidad entre los españoles, moviendo con más ahínco si cabe que hasta entonces el arco parlamentario hacia el “fin natural” de éste: la extrema izquierda. Pero nadie rechistó. El aborto pasó de ser una opción en tres supuestos (que nunca se habían vigilado) a todo un derecho, aunque se introdujera como tal en la segunda legislatura sin ir en el programa y aprovechando la mayoría absoluta. Por cierto, que aún aguardamos el fallo del TC. Y de ahí hacia abajo, todo fue coser y cantar para “normalizar” medidas que transformaron en pocos años la percepción de los ciudadanos con respecto a “lo que debía ser la política”.
Como decía, al final y a medida que la crisis mundial se cebaba con la vulnerable economía española, Zapatero fue introduciendo en el léxico habitual de la ciudadanía la expresión “derecha extrema”, y no la ubicaba fuera del arco parlamentario, sino en el partido de la oposición. Ahora, esa “derecha extrema” se ha desgajado de aquella oposición, en vista de la línea seguida una vez que el mencionado desbarajuste financiero desterró, provisionalmente, al PSOE del poder nacional, y los socialistas no han perdido un minuto en señalarla como encarnación de todos los males. Saben que, ideológicamente, esa “derecha extrema”, ahora “extrema derecha” según ellos, era, simplemente, la derecha antes de que ellos fueran forjando la idea, excelentemente asentada en la población española, de que lo “natural” es la izquierda. El fiel de la balanza ha basculado repentina y abruptamente en Andalucía a posiciones más centradas hacia la derecha, y eso, con lo que de ninguna forma contaba la izquierda, puede suponer el fracaso histórico del proyecto, lento y paciente pero firme, que puso en marcha la izquierda europea ya desde los estertores del mayo francés.
Asistimos, en cuestión de semanas, a una extraña mutación del lenguaje: lo que las primeras crónicas tachaban de “extrema derecha” con tintes nazifascistas, va siendo ya —casi 400.000 votos gravitan mucho— sólo “derecha radical” o meramente “derecha”, y eso quiere decir algo. Es un movimiento de fondo lo que está en marcha, la recuperación del libre albedrío, que brilla con luz propia frente al intento inconfesable de arrasar a la persona y ocupar el lugar de la conciencia personal con el peso laminador del estado omnipresente, aunque se disfrace de autonomías. Y esto no es derecha extrema, sino la emergencia de respirar en un país libre, convencido de ser responsabilidad confiada a cada uno de sus hijos.