sábado, 18 de octubre de 2014

LA DESVENCIJADA PUERTA DE MI AZOTEA

La memoria sentimental —alguien lo llamaría inteligencia emocional— resulta ser un arma extraordinariamente potente y ambivalente. De una forma simplista podríamos referirnos a la nostalgia, pero eso sería reducir a nada algo demasiado complejo, argucia por lo demás característica de nuestro tiempo, que ha dejado muy corta a la rebelión de las masas de Ortega, el de “no es esto”. Hay ocasiones, apenas pretendidas, en que algo o alguien o nosotros mismos nos traslada en el tiempo a paraísos íntimos y que creíamos perdidos, y no lo estaban tanto. Es como cuando un equipo sanitario logra, in extremis, una “resucitación”, nueva falacia de nuestro tiempo porque o hay muerte o no la hay. Resurrección sólo hay una, y es patrimonio de los creyentes, gente también de otro tiempo.
Como decía, hay instantes en que, sin saber cómo, podemos hacer un recorrido al alcance de los ojos, y casi del olfato, por acontecimientos y lugares que hace mucho tiempo desaparecieron de todas partes, empezando por nuestra capacidad de evocación. Hay en este fenómeno cierto eco de la relatividad espacio-tiempo. Es de suponer que los maestros en estas rupturas de las leyes físicas son los enfermos de Alzheimer, entre los que quizás me cuente cuando tú, amable lector, pases tu mirada por estas líneas. Recuerdo que una tarde, tediosa como todas las de aquel tiempo de mi infancia, estando mi abuelo y yo ante el televisor que en ese momento emitía un partido de baloncesto, mi viejo progenitor estalló en una salva de interjecciones lanzadas hacia la ventanita catódica y consistentes, según la huella que ha sobrevivido en mí al tiempo, en “¡Mira, si es Fulano, y eso es la fábrica!”. Lo repetía maquinal y compulsivamente, queriendo hacer a los demás cómplices de su locura, que es lo que todos intentamos hacer cuando la soledad nos atenaza. Decían que mi abuelo chocheaba, y era el Alzheimer, pero Einstein, Kant, Borges y algunos más le comprenderían mejor que yo y las demás personas que le rodeábamos y le queríamos.
La otra noche, yo también me sorprendí a mí mismo husmeando por los rincones de aquella misma infancia como si existiera el presente perfecto, esa conjugación imposible, salvo excepciones, que impide a la mano criminal del olvido consumar su fechoría. Ignoro de toda ignorancia cómo vino, cómo se produjo. Pero sé que no hubo solución de continuidad entre el asalto de aquellas formas y mi ingreso voluntario en su reexploración. Después de tantos años —cuarenta, acaso— volví a estar ante aquellos tablones carcomidos que formaban la puerta de la azotea. Y desde luego, entró en mí idéntico repeluco ante lo desconocido que me pudiera aguardar al otro lado. Era de día. Nada de subir allí entre tinieblas. Volví a ver los haces de luz bajo aquellos flecos resecos que más semejaban  greñas de anarquista clásico que hoja de madera para acceder a la más luminosa terraza de mi ciudad. En mi reminiscencia deliberada no la abrí, porque de haberlo hecho el chirriar de los goznes me habría devuelto a la realidad actual. Y pasé como por ensalmo a la luz de aquel suelo de barro formando empinadas pendientes, a los pretiles donde tantas veces me tendí a zambullirme en cielo generoso de finales de junio, los exámenes terminados, nadie vigilándome, el infierno allá abajo, encerrado entre las paredes del piso, y yo arriba, sin más mediación con el Cosmos que el mismo aire que llenaba mis pulmones.
Aquella azotea tenía vida propia, y yo conectaba con ella a lomos de mi bicicleta plegable y pesadísima, en la que hacía circuitos cíclicos como la Historia, vuelta a empezar como un Sísifo horizontal y obsesivo. Era un edificio del siglo XIX que ahora está en muchos sitios y al que en aquel tiempo todo el mundo parecía odiar movido por el afán de lucro de la especulación inmobiliaria, de la fiebre constructora/enriquecedora. Poco a poco, el dueño, un marqués, había ido expulsando a los vecinos. Consiguió que fuera declarado en ruinas, y los últimos en abandonarlo fuimos mis padres y yo, después de un extraño periplo —como rara era mi madre, de quien partió aquel viaje a ninguna parte— que acabó con el retorno a la misma vivienda natal de altísimos techos, goteras por doquier y misterios sin resolver jamás.
Como digo, hoy ese inmueble de bajo y dos plantas, situado a orillas del río grande del Sur y abierto a la inmensidad de un horizonte inmaculado, forma parte de las fotos de coleccionista que retratan el puente de Triana, y está ampliado a tamaño mural en restaurantes y museos. El rencor hacia lo antiguo venció materialmente, y mi casa cayó, pero también ella revive en esas placas fotográficas y en mi memoria emocional.

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