domingo, 6 de diciembre de 2020

LOS VALORES QUE MI PADRE ME INCULCÓ

Son los mismos que ahora unos pigmeos morales quieren arrancarme. Mi padre era falangista de primera hora —camisa vieja— y franquista al mismo tiempo y hasta el final. Acompañé sus lágrimas viendo el funeral por el Jefe del Estado que él veneraba y yo veía como un protector, aunque no tuve que coger el fusil como él con dieciséis años ni he tenido que andar renqueando como él toda la vida por mor de una bala rebotada en la batalla de Peñarroya. Yo tenía un año menos que él cuando se fue al frente voluntario con la Quinta Bandera ese día en que mi padre lloraba al ver partir a su capitán. No imaginaba aquel día que habría de ser testigo de lo que estoy presenciando.

Yo también quise “matar” a mi padre, por usar ese término tan caro a los progres freudianos. Me avergonzaba de ir al kiosco a comprarle El Alcázar, hasta el punto de que me llevaba una bolsa de basura para ocultarlo. Acudí, como tantos, a la manifestación del 4 de diciembre en las calles de Sevilla para reivindicar la autonomía andaluza, con gran disgusto de mi progenitor. Aquel día pude comprobar, muy pronto, que la izquierda no sentía la menor consideración por la democracia. Tras dos abucheos masivos a sendos vecinos que habían colgado banderas rojigualdas en sus balcones hasta obligarles a retirarlas azoradamente, me abrí paso como pude entre aquella multitud vociferante y abandoné el cotarro, incapaz de seguir sufriendo el crispado antiespañolismo flotante.

No. Yo no estaba de acuerdo con mi padre, a quien adoraba. Hoy, cuarenta y tantos años después, doy gracias a Dios porque se lo llevó justo a tiempo de evitarle ver cómo los socialistas volvían al poder. Pero, puestos a evocar momentos claves de mi vida, por si a alguien le pudiera interesar, yo también pensaba votar al PSOE aquel 28 de octubre de 1982. Recuerdo perfectamente cómo semanas antes de que falleciera mi padre, aquel mes de junio en el preludio de un examen de la carrera, compré El País para consultar el programa electoral. Sentado en mi pupitre de la Complutense, entre nervios y calores sin cuento, me fui al capítulo referente al aborto. Y entonces comprendí que todo lo demás sobraba. Voté en blanco. Felipe González, mi paisano, arrasó, y mi padre nos dejó para siempre.

¿Para siempre? ¡No! Hoy, la figura de mi padre, sus consejos, sus muletillas, su sentido de la responsabilidad, su ternura, su humor, su amor y su patriotismo me saludan cada mañana como si estuviera anunciando su vuelta. Rezo ante la Virgen de los Reyes y es como si volviera a escuchar su voz susurrándome: “Confía en ella. No defrauda”. Y ahora, cuando acabo de leer el manifiesto —tercero en pocos días— de unos militares de diversa graduación entre los que abundan sobre todo coroneles, capitanes y generales, parece que estoy oyendo de nuevo sus palabras: “Hacían falta reformas, pero no rupturas”.

Vivimos momentos críticos de nuestra Historia, esto no es un secreto para nadie, aunque la mayoría parezca ignorarlo, o querer ignorarlo. El paralelismo con el semestre revolucionario del Frente Popular, que todavía es más una voluntad ponzoñosa de algunos que una realidad —todavía— levanta en la boca del estómago a quienes nos hemos criado oyendo hablar del 18 de julio sin saber lo que significaba una burbuja de dolor y miedo. Lo cierto es que la memoria de mi padre, a quien quiero más cada día, como todo aquel que le trató, y a quien no admiro cada vez más porque hace tiempo que toqué techo, me hace sentirme orgulloso y enormemente feliz de haber nacido a su sombra y de haber disfrutado de un tiempo histórico que me ha permitido cubrir mi ciclo vital de crecimiento y consolidación —de infancia, juventud y formación de mi propia familia— con la alegría de la paz, la prosperidad, el agua limpia saliendo de los grifos y los ladrillos levantando los mismos hospitales a los que voy hoy y a los que, si lo precisan, irán mis hijos. Todo eso y mucho más se lo debo, me guste o no, a todos aquellos que, como mi padre, lucharon un día por mejorar una España que no les gustaba. Pudieron estar equivocados. Pudieron —sin duda lo hicieron— caer en los más horrendos pecados. ¿Quién no, en sus circunstancias? Pero de ninguna manera se merecen quedar proscritos del muro donde brillan los nombres de los mejores. Todo lo contrario. Prez y gloria a los que dieron, cayendo o sobreviviendo, su vida por España. Que su esfuerzo, ya empañado por la vileza o la torpeza de quienes viven de fantasmagorías manipuladoras, no caiga en el saco roto de nuestro inveterado cainismo.

6 comentarios:

  1. Querido compañdro, me ha gusrado mucho tu articulo. Una reflexion que todos debemos hacer connuestros mayores

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  2. De la mano de Aquilino Duque he leído tu artículo mi padre tenía un muy buen amigo que escribía en el Alcazar yo no iba a comprarlo pero conservo los recortes y aquel entonces parecían apocalípticos y por desgracia no lo son.
    Mi abuelo Adriano del Valle tiene, su memoria mejor dicho tiene que soportar en ocasiones, desprecios, por quienes hacen la cultura una cosa a su medida con un animo aniquilador solo que ahora bajo una supuesta democracia.
    Aquilino habla mucho del supuesto paramo cultural que yo comparando con lo que hay diria que era un Paraiso Cultural

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  3. Emotivo artículo querido Ángel, y valiente confesión testimonial. Me siento muy identificado con tu experiencia paterno-filial, pues tiene mucho en común con la mía personal. También mi padre me inculcó esos mismos valores y principios morales, sobre todo puso siempre mucho énfasis en la honradez y decencia en el obrar. Castellano viejo, natural de una pequeña Villa de la provincia de Soria, primogénito de una familia que vivía de la labor de sus pequeñas tierras, con 19 años fue llamado a filas en plena guerra civil por el ejército nacional, teniendo que abandonar a su padre en el trabajo del campo y a su madre con tres hermanos pequeños.

    En el frente estuvo casi dos años, reconvirtiéndose de agricultor en mecánico-conductor. Una vez licenciado, por la experiencia vivida en la guerra decide afiliarse a Falange Española. Cuando se crea en junio de 1941el banderín de enganche para la División Española de Voluntarios (más conocida por la División Azul), al grito de “Rusia es culpable”, se inscribe sin dudarlo para continuar y rematar en el frente del Este la tarea aquí concluida contra el bolchevismo. Quince meses más de frente bélico en el infierno a muchos grados bajo cero, como lo describió el capitán Palacios en sus memorias, recogidas en la épica novela de Torcuato Luca de Tena “Embajador en el infierno”, que nos leía en el curso de ingreso al bachirerato el profesor los días lluviosos que podía salirse al recreo.

    Retornado a España se casó y trabajó duro —mañana, tarde y hasta noches, era la época del pluriempleo— para sacar adelante una familia numerosa, de las de antes —y de paso a país—, dando educación a sus hijos merced, hay que decirlo, a las becas del PIO (Patronato de Igualdad de Oportunidades), que había que ganarse con notas aceptables, no como ahora que puedes pasar de curso gratis y con suspensos. Un sistema así no puede dar buenos frutos, y los resultados están a la vista en todos los órdenes.

    Hace tres años nos dejó estando en plena lucidez, cumplidos los 100. Se jactaba en sus últimos años de la edad que disfrutaba sin la más mínima dependencia y, decía: “y con dos guerras encima”, a quienes le preguntaban por su edad. Interesado por la actualidad, leía diariamente el ABC durante el desayuno en la terraza de una cafetería. Me preguntaba preocupado cuando compartíamos ese momento los fines de semana, que pensaba sobre el derrotero que estaba tomando el país. Con el zapaterismo empezó a cogerle asco a la política y, en las últimas elecciones generales, no fui capaz de convencerle para que fuese a votar. Había perdido la fe en esta democracia.

    El ejemplo de toda su vida ha sido para todos sus hijos la mejor lección de ética cívica y moral personal. Desde que se convirtió en padre de familia en 1945 nunca ejerció militancia política alguna, habiendo podido hacerlo, pues antes llegó a ostentar el cargo de jefe de distrito de Latina en Madrid de F. E. Eso sí, fue franquista sin carnet toda su vida, lo que no fue óbice para que aceptara de buen grado la Constitución vigente y se considerara un buen demócrata, participando activamente en todos los comicios electorales, salvo el indicado.

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  4. Aunque no tengo el gusto de conocerte, he recibido tu artículo de nuestro común Aquilino Duque, Me ha refrescado la memoria de cuando tenía cuatro años en 1936 ya vestía el uniforme de lo Flechas. ¡Arriba España!.

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  5. Querido amigo, mi padre, ex diácono, estuvo en al División Azul, en Lituania, y mi madre era madrina de guerra de Falange. Nací como consecuencia de las cartas cruzadas entre ellos. Como tú, joven, nos distanciamos y se me murió mi padre a los 17. No pude reencontrarme con él. Sí con mi madre. Hoy 10 de diciembre se cumplen años de la muerte de aquel hombre a cuyo entierro en la Plaza de Santiago de Jerez de la Frontera acudieron miles de personas. Algo tuvo que hacer bien. Me has recordado algo, además de lo familiar. El silencio de nuestros padres sobre lo que ocurrió desde 1931 a 1939 puede haber sido letal para la verdad porque por ese resquicio se coló una información falsa y, además, deforme, sobre los hechos, derechos y valores. Tras tantos años, la reflexión y la acción son necesarias para que España y sus ciudadanos sean respetados como seres libres e iguales ante la ley vivan donde vivan y sean quienes sean. Un fuerte abrazo.

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