lunes, 14 de julio de 2014

EL LIBRO DE MI BISABUELO

Tengo desde hace años entregado al editor y durmiendo el sueño de los justos un libro que adoro. Como casi todo lo importante que me ha sucedido en la vida, esta historia es un trasunto de otra vida platónicamente superior, o paralela si se quiere, pero ideal en todo caso, que acompaña mis actos y mis circunstancias, al menos desde que tengo uso de razón (aunque se trate de algo muy poco racional). Un buen día, visitando a unos encantadores primos de mi padre, la esposa de mi pariente sacó, inopinada y misteriosamente, un bulto de encima de un armario (o era tras una celosía, no lo sé pero esto es más poéticamente adecuado). Lo puso en mis manos. Era un álbum antiguo, con la tela muy gastada y broches de bronce. Cuando empecé a pasar las páginas, rígidas y amarillentas, apareció ante mí un mundo mágico, el de las fotografías antiguas. Pero además, este cosmos era familiar, porque la sangre que corrió por las venas de aquel autor anónimo de placas de cristal —desaparecidas, oh infortunio— era la misma que alentaba en mi propio cuerpo. Según me contaron, aquellas copias positivadas en papel habían sido obtenidas por mi bisabuelo José Pérez Bazo, un humilde trabajador de la Real Fábrica de Artillería de Sevilla (insigne institución), que se especializó en el dibujo técnico y fue delineante jefe de aquella inmensa factoría. Él participó en el diseño de los leones de las Cortes (fundidos con el bronce de los cañones capturados al enemigo en la Guerra de África) y en la figura del soldadito carolino que se iza aún en la veleta del monumental edificio abandonado.
Mi bisabuelo Pepe era un "selfman" a la española. Estudió en el Instituto San Isidoro, tal vez usando las mismas bancas que Juan Ramón Jiménez. Se casó dos veces, tuvo siete hijos, y de todo ello tomó cuidadosa nota en un cuadernito con pastas de hule azul que se conserva y que fue el documento que me sirvió de fuente para poner en pie su biografía en el nonato libro al que me refería al principio.
El carácter pionero de don José, que fue medalla del Trabajo en 1930 por toda una vida consagrado a su labor, se demuestra cuando se observan las tres cámaras que fabricó con sus manos, y que también siguen, a Dios gracias, con nosotros. Hechas de madera, pidió los objetivos a Alemania (mi bisabuelo era un forofo de la ingeniería germana). Con esas cajas y esas lentes montadas en tubos metálicos graduados, dio rienda suelta a su gran pasión. Estamos hablando, además, de los principios del siglo XX en aquella Sevilla insalubre de corrales de vecinos e inundaciones sin cuento, cuando el Guadalquivir se desbordaba por San Jerónimo o Triana, y creaba, en horas, un paisaje insólito, con el histórico muelle de la Torre del Oro cubierto de agua y los navíos encallados sobre los adoquines. Mi bisabuelo tenía madera de reportero audaz, y esos días se subía a una barca de las que llevaban pan a las casas (elevado a lomos de "garruchas") y recorría toda Sevilla, desde la Alameda de Hércules hasta San Telmo, desde el Tamarguillo hasta el ya mencionado San Jerónimo, donde Bécquer quería ser enterrado.
Todo ello está en estas fotos, que mi amigo y compañero Pablo Ferrand escaneó paciente y esmeradamente para evitar que el tiempo siguiera borrando sus huellas. Como está también una Pasarela (alarde metalúrgico como un puente de Isabel II en miniatura) poblada de mujeres con mantones y caballeros con sombrero (de verdad, del que daba sombra). O las imágenes de una Feria de Abril en el Prado de San Sebastián, como las que cantaba el Pali, y pletórica de paseo de coches de caballos… y de motor, porque al igual que se lucían los enganches se paseaban los últimos modelos automovilísticos adquiridos. O las instantáneas de la Exposición Iberoamericana de 1929 y sus preparativos, con los edificios a medio acabar. También hay fotos de Alcalá de Guadaira, donde mi bisabuelo pasaba jornadas de asueto con su numerosa familia, que aparece aquí y allá en estos documentos fundamentales para entender una época crucial de la historia reciente de Sevilla, con sus cambios y sus rincones perdidos, como esa Plaza del Triunfo tan decimonónica aún.
Están los borricos con las angarillas del pan de Alcalá, precisamente, entrando por Santa María la Blanca. Hay pasos de Semana Santa (entre ellos el de la Virgen del Mayor Dolor de la Carretería, saliendo por primera vez bajo palio, y que incluí en la portada de mi libro "Dios, hombres, ciudad"). En fin, una parte muy sabrosa de la memoria gráfica sevillana brota de las páginas de este libro inédito que me preocupé de investigar para escribir unos pies de foto poco divagadores (aunque sea la misma ciudad de la gracia por la que gustaba divagar al poeta José María Izquierdo). Y está una fotografía publicada por ABC de Sevilla en uno de sus seriales, que es una intromisión en la intimidad de aquella familia. Es un cobertizo, probablemente de un incipiente barrio de Nervión donde vivió el segundo matrimonio de esta historia. Están los hermanos, hijos de mi bisuabuelo, que no sale en la foto por razones obvias. Y en el proscenio, se ve a una joven esposa, el día de su boda, subida en un columpio. Muchas veces he imaginado el "todos quietos", de don José, una vez enfocado el objeto y ajustado el diafragma. No le tembló el pulso: la definición de esta foto, como de las demás, impresas en aquellas placas de cristal importadas de París, ya la quisieran las cámaras 4K. Supongo que sí le latería con fuerza el corazón un día como ése, rodeado de su esposa (que era su sobrina) y el resto de su familia.
Desde el Reino "del otro lado", quiero creer que él estará leyendo este artículo y repasando aquellas fotos que perpetúan también el alma de quienes las hicieron en medio de los que no les hemos conocido más que por aquellos trabajos vocacionales y voluntarios que son algo más que un recuerdo.

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