martes, 3 de julio de 2018

CAMBIAR ESPAÑA POR UN 3 %


Las extrañísimas circunstancias históricas gracias a las cuales ha llegado al poder el sucesor de Rajoy y de Zapatero introducen al país en un escenario digno de Ionesco. Un partido que no ha ganado las últimas elecciones dirige la política nacional mediante un líder hasta fecha reciente ninguneado por los suyos, que no es representante de la soberanía nacional pues carece de escaño y que para llegar a su meta —o a su línea de salida— ha precisado de un plantel de apoyos antisistema o antiespañoles. Realmente, la capacidad de encaje del espectador ante una obra como ésta debe estar fabricada a prueba de los mayores sinsentidos.
Pero entre todos los rasgos grotescos que rodean un episodio ciertamente contrahecho de nuestro acontecer colectivo, hay uno que destaca y que nos devuelve al concepto errático y últimamente en desuso de “cambio” y de “transformación social”. Es el modelo que propugna cada uno de esos ingredientes de la coctelera que ha hecho posible un Gobierno socialista sin urnas de por medio. Debemos estar alerta, porque esta palabra, “modelo”, va a estar omnipresente en los debates de los próximos meses. Es la famosa factura que los dalinianos socios de Sánchez le van a pasar ya mismo, sobre todo tras el jardín en el que el presidente se ha metido, él solito, con el espinoso asunto de los inmigrantes, un drama humanitario mundial que desembarca ya masivamente en nuestras costas del sur de Europa sin que se atisbe en el horizonte solución estable alguna.
¿Cómo será el nuevo modelo de sociedad que los manteadores de Sánchez van a exigirle? ¿Es a esto a lo que se referían los de Podemos cuando coreaban, para celebrar en sede parlamentaria la proclamación del presidente que desbancaba al que sí había ganado los comicios, aquello de “¡Sí se puede!”? Porque la ingenuidad en política democrática se paga muy cara, y todos sabemos —aunque muchos finjan ignorarlo— que el “modelo” que daba entonces un paso de gigante no era el de la socialdemocracia, implantada en España incluso antes de Felipe González a través del Estado del Bienestar, sino algo mucho más ambicioso y radical, gestado por las bases de esos grupos marginales consolidados en las instituciones tras acosarlas y que por supuesto no se van a conformar con ver a Rajoy en Santa Pola y a Pedro Sánchez en el banco azul.
Se avecinan, creo, tiempos duros porque los cambios de modelo no vienen sin dolores de parto. Nadie sabe si, como en Cataluña, las triquiñuelas electo-administrativas nos llevarán a que una escasa diferencia, si acaso, de población establezca el dominio de los que quieren “cambiar el modelo” sobre la totalidad. Porque si echamos números, Sánchez es presidente por un escaso 3 por ciento del Congreso. Ésta es la mayoría que hizo exclamar, a golpe de palmas, a los ocupantes de 67 escaños (de 350) “¡Sí se puede!”. Cambiar España con un 3 por ciento de ventaja en una votación coyuntural en la que se dirimía una censura más que una investidura sería, cuando menos, un peligroso atrevimiento.
Los tiempos canónicos marcan un plazo muy ajustado para que el rival de Susana Díaz en las primarias lleve a cabo mutación alguna, al menos del relieve que le van a formular sus sostenedores. Con un margen del 3 por ciento, ningún gobernante en su sano juicio se lanza, por ejemplo, a promover la reforma de la Constitución. Entre otras cosas por la razón que siempre echa para atrás cuando se aborda dicho punto: metidos en faena de reformas constitucionales, la tentación de echar por la borda la Constitución misma está a la vuelta de la esquina. No hace falta ser historiador para comprender el alto voltaje de los cables que se manejarían entonces y que, salvo chispazos pasajeros, nos han dado luz hasta hoy.
Tienen prisa. Los del 3 por ciento saben que el resquicio que ha permitido echar a Rajoy —llámese Gurtel o como se llame— va a estar abierto año y medio. Sánchez quiere predisponer al pueblo español para que le vote, pero los otros no quieren eso, sino algo inmensamente más grave e irreversible, como se ha demostrado en Cataluña y se ve cada día en los intentos de toma de la Justicia por “la calle”. La responsabilidad del PSOE en todo esto (y me refiero a sus militantes, que eligieron a Sánchez) se puede calificar de trascendental. ¿Romperá este partido los consensos de la transición con tal de mantener ese 3 por ciento de rédito parlamentario? Veremos.

     (Publicado en los diarios del Grupo Joly el 3 de julio de 2018)

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