Son los mismos que ahora unos pigmeos morales quieren arrancarme. Mi padre era falangista de primera hora —camisa vieja— y franquista al mismo tiempo y hasta el final. Acompañé sus lágrimas viendo el funeral por el Jefe del Estado que él veneraba y yo veía como un protector, aunque no tuve que coger el fusil como él con dieciséis años ni he tenido que andar renqueando como él toda la vida por mor de una bala rebotada en la batalla de Peñarroya. Yo tenía un año menos que él cuando se fue al frente voluntario con la Quinta Bandera ese día en que mi padre lloraba al ver partir a su capitán. No imaginaba aquel día que habría de ser testigo de lo que estoy presenciando.
Yo también quise “matar” a mi
padre, por usar ese término tan caro a los progres freudianos. Me avergonzaba
de ir al kiosco a comprarle El Alcázar, hasta el punto de que me llevaba una
bolsa de basura para ocultarlo. Acudí, como tantos, a la manifestación del 4 de
diciembre en las calles de Sevilla para reivindicar la autonomía andaluza, con
gran disgusto de mi progenitor. Aquel día pude comprobar, muy pronto, que la
izquierda no sentía la menor consideración por la democracia. Tras dos abucheos
masivos a sendos vecinos que habían colgado banderas rojigualdas en sus
balcones hasta obligarles a retirarlas azoradamente, me abrí paso como pude
entre aquella multitud vociferante y abandoné el cotarro, incapaz de seguir
sufriendo el crispado antiespañolismo flotante.
No. Yo no estaba de acuerdo con
mi padre, a quien adoraba. Hoy, cuarenta y tantos años después, doy gracias a
Dios porque se lo llevó justo a tiempo de evitarle ver cómo los socialistas volvían
al poder. Pero, puestos a evocar momentos claves de mi vida, por si a alguien
le pudiera interesar, yo también pensaba votar al PSOE aquel 28 de octubre de
1982. Recuerdo perfectamente cómo semanas antes de que falleciera mi padre,
aquel mes de junio en el preludio de un examen de la carrera, compré El País
para consultar el programa electoral. Sentado en mi pupitre de la Complutense,
entre nervios y calores sin cuento, me fui al capítulo referente al aborto. Y
entonces comprendí que todo lo demás sobraba. Voté en blanco. Felipe González,
mi paisano, arrasó, y mi padre nos dejó para siempre.
¿Para siempre? ¡No! Hoy, la
figura de mi padre, sus consejos, sus muletillas, su sentido de la
responsabilidad, su ternura, su humor, su amor y su patriotismo me saludan cada
mañana como si estuviera anunciando su vuelta. Rezo ante la Virgen de los Reyes
y es como si volviera a escuchar su voz susurrándome: “Confía en ella. No
defrauda”. Y ahora, cuando acabo de leer el manifiesto —tercero en pocos días— de
unos militares de diversa graduación entre los que abundan sobre todo
coroneles, capitanes y generales, parece que estoy oyendo de nuevo sus
palabras: “Hacían falta reformas, pero no rupturas”.
Vivimos momentos críticos de
nuestra Historia, esto no es un secreto para nadie, aunque la mayoría parezca
ignorarlo, o querer ignorarlo. El paralelismo con el semestre revolucionario
del Frente Popular, que todavía es más una voluntad ponzoñosa de algunos que
una realidad —todavía— levanta en la boca del estómago a quienes nos hemos
criado oyendo hablar del 18 de julio sin saber lo que significaba una burbuja
de dolor y miedo. Lo cierto es que la memoria de mi padre, a quien quiero más
cada día, como todo aquel que le trató, y a quien no admiro cada vez más porque
hace tiempo que toqué techo, me hace sentirme orgulloso y enormemente feliz de
haber nacido a su sombra y de haber disfrutado de un tiempo histórico que me ha
permitido cubrir mi ciclo vital de crecimiento y consolidación —de infancia, juventud
y formación de mi propia familia— con la alegría de la paz, la prosperidad, el
agua limpia saliendo de los grifos y los ladrillos levantando los mismos
hospitales a los que voy hoy y a los que, si lo precisan, irán mis hijos. Todo
eso y mucho más se lo debo, me guste o no, a todos aquellos que, como mi padre,
lucharon un día por mejorar una España que no les gustaba. Pudieron estar
equivocados. Pudieron —sin duda lo hicieron— caer en los más horrendos pecados.
¿Quién no, en sus circunstancias? Pero de ninguna manera se merecen quedar
proscritos del muro donde brillan los nombres de los mejores. Todo lo
contrario. Prez y gloria a los que dieron, cayendo o sobreviviendo, su vida por
España. Que su esfuerzo, ya empañado por la vileza o la torpeza de quienes
viven de fantasmagorías manipuladoras, no caiga en el saco roto de nuestro inveterado
cainismo.

