miércoles, 9 de septiembre de 2020

NUESTROS SECRETOS DUERMEN EN EL DESIERTO

Duermen, pero no han muerto. Descansan a 6.000 kilómetros de Madrid, donde fueron engendrados. Son secretos, algunos a voces, que acompañan a grandes acontecimientos de la vida nacional más reciente. No han viajado en un maletín, aunque puede que estén grabados en un pendrive. Algunos, los principales, habrán permanecido años, documentados y custodiados, en cámaras acorazadas bajo dunas perpetuas y sobrevolados por drones bien comunicados con centros logísticos y bases operativas para hacer frente a cualquier posible contingencia. ¿Quién sabe? A lo mejor aguarden allí el regreso al futuro que tantas veces ha hecho girar la Historia de los pueblos.

¿Qué se ha llevado en su cabeza y tal vez en algún artilugio diseñado por el MI6 Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I consigo a Emiratos Árabes Unidos, donde ya permaneciera largas temporadas mal acompañado y disfrutando de poderosa hospitalidad califal? No me digan que la pregunta no es sugestiva. Vivimos tiempos álgidos para la imaginación desbocada, con la inestimable ayuda de Internet y su aluvión de verdades, mentiras y medias naranjas rodando de mano en mano. La realidad, también la social y la política, supera hoy a la ficción, si no más que nunca sí más rápidamente. El acelerador de partículas que iba a poner, por fin, al día la “partícula divina” en Ginebra permanece mudo cuando la Humanidad busca afanosa una vacuna a su mayor pandemia, contrarreloj. O al menos, nadie habla de lo que parecía iba a ser la puerta a la cuarta dimensión y más allá, siendo así que algún nexo debería de haber entre acelerar partículas y acelerar vacunas seguras.

Pero tiremos del hilo y bajemos la cometa. Entre los hechos caídos como asteroides del cielo que nos desconciertan hasta límites insólitos en nuestras vidas —independencia catalana, Gobierno social comunista, Covid-19, estado de alarma, salida del Rey emérito y para los que hemos dedicado nuestra biografía personal al ABC la caída de las Luca de Tena— hay un denominador común, amén de su carácter más o menos escatológico: todos sabemos cómo han empezado, pero no sabemos nada más.

El recorrido venidero del escándalo que ha rodeado la emigración de un Rey —parecida pero no igual a la de su abuelo— es un misterio apto para todo tipo de conjeturas y cábalas profetizoides. Y como todo cabe en esta caja de Pandora, apuntemos algunos flecos pendientes de claridad en lo que hoy hemos llegado a ser como España (o lo que va quedando de ella).

Hay mucha luz que arrojar sobre el papel de JCI en la Transición. Y si no, ahí está el libro de Pilar Urbano, por ejemplo, sobre sus relaciones, tormentosas, con Adolfo Suárez. Permanece en brumas, igualmente, su papel en la tarde-noche del 23-F. Al día siguiente del anuncio del  “exilio” regio, Antonio Tejero, único superviviente destacado de la asonada, habló y dijo cosas, que aunque parezca lo mismo no lo es. Hay tantos cabos sueltos en el 11-M que lo difícil sigue siendo cerrar los círculos oficiales. Y ahí ya, el cúmulo de libros, reportajes, declaraciones e hipótesis plausibles es apabullante. Apunto sólo dos títulos: “11-M. El atentado que cambió la Historia de España”, de Jaime Ignacio del Burgo; y “11-M. Golpe de régimen”, de Luis del Pino. Pero hay muchos más. No tengo mi biblioteca a mano, pero se me vienen a la mente dos: “Titadyn” y “Días de furia”. En este último, Alfredo Urdaci revela datos de extraordinario valor sobre la manipulación, repugnante, que ciertos políticos y periodistas triunfantes —alguno ya desaparecido— hicieron de los atentados de Atocha.

Y ya que hablamos de libros, hay otro que cobra una inusitada actualidad, al menos las páginas iniciales. “De la noche a la mañana”, de Federico Jiménez Losantos, narra sucesos, no desmentidos que yo sepa, sobre los devaneos libidinosos del Monarca del desierto y la intervención de ciertos servicios secretos que acuden a la mente del lector en una de esas emergencias en las que traumas del pasado pugnan por salir a flote como cuando alguien ha sufrido una “ahogadilla”. El símil no puede ser más a propósito.

El desierto y las simas oceánicas ocultan los mayores y más resistentes secretos. Es muy probable que el viento nunca los ponga al descubierto, pero… Abusando de las citas bibliográficas y sin ánimo de resultar petulante (no hay motivo, pues soy lector lento y torpe, objetivamente hablando), acabo con una que viene muy a cuento. “Y la biblia tenía razón”, de Werner Keller, es un tomo que retomo con frecuencia en una edición de viejo que vio la luz allá por los sesenta. Está repleto de casos arqueológicos en los que el viento (“La Tierra no es de nadie. La Tierra es del viento”, sentenció campanudamente maese Zetapé desde sus cejas maléficas y sus hombreras de Star War) puso al descubierto vestigios de ciudades y palacios, campamentos y armas, que la Biblia había referido durante miles de años pero que se consideraban legendarios. Pues eso. El aire libre hace milagros, lo cual es aplicable al Coronavirus y a los secretos de Estado.

miércoles, 19 de agosto de 2020

TANTOS MUERTOS POR ABORTOS COMO POR COVID

Desde el primer fallecimiento por Coronavirus registrado en España, el 13 de febrero último, hasta hoy han muerto en los abortorios del país tantos niños —o seguramente más— que víctimas ha causado la pandemia. Las de verdad, no las que proclama un Gobierno patológicamente embustero que utiliza a las fuerzas del orden para rastrear a los críticos de su gestión.

Casi cincuenta mil nasciturus, al menos, condenados a muerte por la inercia sin preguntas de un pueblo sedado por los telediarios, frente a cuarenta y cinco mil bajas en la población causadas por el Covid-19, según fuentes independientes (EL PAÍS, 26/7/20). Lo primero se repite año tras año. Lo segundo es, afortunadamente, excepcional. Lo primero no asombra ni interesa casi a nadie, porque los oscuros poderes que dominan el mundo, y por supuesto los medios que les obedecen, conscientemente o no, evitan abordarlo, como si no perteneciera a la realidad. Lo segundo lo tenemos hasta en la sopa. “Quédate en casa”, asustado, consume publicidad y propaganda política, o series prefabricadas en serie por Internet o mensajes inciertos y vagos en redes, que es el suero estupefaciente y estupidizante de los nuevos españoles.

Hay que recordar cómo el primer asunto que abordó el actual Gobierno ultraizquierdista fue cómo acabar más fácilmente con la vida de los mayores y enfermos hartos de vivir. La pandemia les robó el protagonismo a los impulsores de tal avance, cumplimentando ella misma la tarea, sin consentimiento de las víctimas.

Hay que recordar cómo el Gobierno socialista de Felipe González retorció hasta el extremo el Derecho Romano (y el Natural) permitiendo a la mujer destruir la vida del nasciturus que lleva en sus entrañas mediante un mero trámite sanitario-administrativo. Y que el Tribunal Constitucional lo avaló en lo sustancial, so pretexto de que la voluntad de bienestar de la madre valía tanto o más que la vida de su hijo. Otro Tribunal Constitucional lleva casi diez años —todo un récord— aguardando que se produzca el milagro del consenso acerca de si el aborto es un derecho, mientras 300 niños caen cada día y para siempre sin haber nacido, a muy pocos metros de nuestro ardor futbolístico y cervecero.

Esa sentencia que acumula ya en torno al millón de niños muertos a la espera de que los señores magistrados se pongan de acuerdo en si es algo importante y urgente a proteger, responde a un recurso presentado por el mismo partido que después permanecería siete años en el poder sin hacer apenas nada para paliar los daños del verdadero promotor del mal: José Luis Rodríguez Zapatero, el de la ceja puntiaguda (¿a quién me recuerda?).

El cosmos político, es decir mediático, permanece ajeno a todo esto. Y no sólo en España. Francia acaba de aprobar, en una Asamblea compuesta por 577 diputados pero en una sesión nocturna a la que apenas asistieron 101, una modificación legal que autoriza la muerte del niño a término, hasta el momento mismo del parto, por “angustia psicosocial”. En EEUU la candidata a vicepresidenta por el Partido Demócrata es una mujer no blanca, algo irrelevante pero en lo que se fija todo el mundo, que ha apoyado su carrera política en la defensa a ultranza del aborto.

La vida, que sólo un puñado de cristianos y algún librepensador agnóstico defienden, es la gran ausente de la política. Desde que se inició esta penosa legislatura, la vida ha estado completamente ausente de un Parlamento desequilibrado por la omnipresencia de su opuesta, la muerte, a menudo presentada como panacea y de muertos que es preciso desenterrar para sentirse mejor. Una especie de necrolegislación ocupa las obsesiones del progresismo.

Tras todo esto hay, sin duda, intereses puramente crematísticos que teledirigen a los políticos, a veces visitándoles nada más tomar asiento en las poltronas. Quien afirmó ante las cámaras que él vendía judíos (hermanos de raza) a los nazis porque veía en ello sólo un negocio es paradigma de este juego perverso. Está en marcha una cruzada por la reducción de la población mundial que libra hoy una batalla decisiva. Organizaciones que planifican a las familias evitando que nazcan nuevos miembros de ellas son, como ha puesto en imágenes la película “Unplanned”, uno de los principales tentáculos de este objetivo de las agendas gubernamentales inexplicadas a la Opinión Pública. Asistimos, pues, a un apocalíptico proceso despoblador deliberado (el mundo actual crece demasiado para ser convenientemente controlado y bien rentabilizado) en el que algunas de las mayores fortunas globales tienen mucho que ganar y están dispuestas a no dejar pasar la gran oportunidad que se abrió con los movimientos abortistas de los años sesenta en un Occidente colonizado intelectualmente por la Unión Soviética. Ésa que el coordinador de la política anti-Covid en España sigue mencionando como superviviente de la Historia. Hay lapsus que indican mucho más que largas horas de aseadas prédicas gubernamentales.

jueves, 30 de julio de 2020

EL TELEMANEJO DE LAS MASAS ENMASCARADAS


Nunca antes una mascarilla obligó al común de los mortales a reflexionar tanto sobre por qué la tenían que llevar puesta a todas partes, incluidos malecones solitarios, bosques de espesura, playas desiertas y otros parajes inofensivos. ¿Responde esta imposición a un afán de protección de los individuos o es más bien un regate a la libertad uniformando a las masas y tapando la salida expresiva así como la entrada de aire libre? Las mascarillas, por lógica, resultan efectivas en espacios cerrados, en contacto respiratorio directo con personas ajenas a nuestra intimidad y sobre todo en concentraciones humanas.
Los políticos hegemónicos viven de las masas. Si no pueden manejarlas en vivo y en directo (léase 8-M) recurren al telemanejo, que va de la mano del preciso, aunque no para siempre, teletrabajo. Durante el gran confinamiento —voces autorizadas ya aseguran que no sólo fue inútil sino perjudicial— gobernantes de uno y otro color han experimentado con todos nosotros algo que sin duda les causa cierto regusto. Han puesto a prueba el grado de nuestra obediencia igual que los ingenieros miden el límite de elasticidad de los materiales. Aquel “manual de resistencia” del inefable era en realidad aplicable a la población: ¿hasta dónde podía llegar ésta sin quebrarse para siempre? Obediencia suena muy parecido a paciencia. Y la nuestra fue, como no se cansan de repetirnos con el auxilio impagable de los mass media, ejemplar.
Ahora, superada la prueba del gran confinamiento bajo el paraguas del estado de alarma y sus prórrogas bolivarianas, nos ponen a prueba por toda la cara, cubriéndola con un trozo de tela. Es una especie de confinamiento móvil. La doctrina y el régimen disciplinario ponen lo demás. Si antes fue el BOE, ahora es cualquier otro instrumento legal de talla intermedia. Y, por supuesto, los telediarios. Cuando no había mascarillas, no estaba demostrada su validez y hasta podían resultar contraproducentes. Ahora que en Mondragón se fabrican a millones, hasta te regalan tres si eres un jubilado. Y además de multarte, el dedo acusador de tu insolidaridad anda siempre presto a señalarte.
Como este virus ha cogido a casi todo el mundo desprevenido (no a los militares ni tampoco a las grandes farmacéuticas), los políticos gobernantes también se tambalearon al verse ante la evidencia de que eran precisamente los eventos masivos —su catapulta—  los que habían esparcido el mal. Sin esas concentraciones de cuerpos humanos, los partidos de masas podían fácilmente naufragar. Pero han ideado otros recursos para mantener a las masas leales y alineadas/alienadas. Yo también creía al principio que la era Ortega tocaba a su fin, que llegaba el momento de la rebelión de las personas contra sus manipuladores, aquellos que habían aprovechado los vientos de las multitudes como impulso para dirigir las naves hacia los puertos apetecidos valiéndose de velas por cuya superficie se deslizaba el virus sofista de la palabra mendaz. Pero el teletodo y las mascarillas dan la impresión de que el espíritu del confinamiento —“quédate en casa”— continúa y que la nueva norma-lidad es, entre otras cosas, clausurar nariz y boca en las calles, plazas, paseos, veredas y costas, de modo que el aire de nuestros pulmones y aún nuestras propias palabras se queden en casa también. Como siempre desde que empezó esta pesadilla, la verdad y la mentira andan juntas. Las mascarillas pueden ser necesarias, y de paso nos mantienen disciplinados. Su importancia la corean a diario, ahora, medios y autoridades, que vienen a ser lo mismo. Nadie recuerda sus inconvenientes. El coro corea, que es lo suyo. No perdamos el norte. Como escribiría el clásico del siglo XX, arriba hay quien nos quiere así, ejemplares sin rostro de una masa producida en la cadena de montaje de las televisiones. Cada uno/a con su número de serie.

miércoles, 1 de julio de 2020

EL NUEVO RAPTO DE EUROPA


La Unión Europea ha decidido abrir sus fronteras a los chinos y marroquíes pero no a los estadounidenses ni a los rusos. Y yo me pregunto ¿qué extraña fiebre aqueja a la vieja Europa? Habrá quien me responda con datos médicos, en la línea del doctor Simón; es decir, con humo. La ecuación, que dicen ahora los cursis progres, se me antoja más sencilla. Europa lleva años distanciándose de Norteamérica, con la que casi ya sólo le une la OTAN, y acercándose al imperio comunista chino. Al fondo, claro está, se encuentra la geoestrategia económica, que también es susceptible de ser reducida a las cuentas de la vieja (Europa), y es que el modelo socialdemócrata de estado del bienestar insostenible basado en la oferta electoral a corto plazo lleva muerto tanto tiempo como las deudas llamadas soberanas —irónica paradoja cuando se trata de vender soberanía nacional— llevan creciendo desmesurada e irreprimiblemente. Unas más que otras, desde luego.
En Román paladino, Europa, al menos la comunitaria, está en manos de China, que posee buena parte de su deuda pública, a la que a su vez se fue entregando, vía bancos, la deuda privada de los ciudadanos europeos para ir pagando las sensaciones de riqueza que les colocaban los partidos y perpetuaban los gobiernos. Todo mentira. Los chinos, sean comunistas o no, se las saben todas. No voy a entrar, porque no me atrevo, en la interpretación bélica, sin armas, tiros ni armisticios, aunque sí con muchos caídos en combate, de la enfermedad masiva que nos invade. Pero lo cierto es que las grandes compañías occidentales han estado utilizando mano de obra barata (me quedo muy corto, ya lo sé) puesta a su servicio por la heredera de la URSS a cambio del acceso a la ingeniería teóricamente protegida por las patentes. Mientras, el empobrecimiento palmario que esto suponía para la renta de las poblaciones occidentales asalariadas era disimulado por los estados del bienestar con ayudas oficiales, merced al endeudamiento, cuyo capital venía de Pekín, acompañando al líder en sus giras sonrientes juntos a los mandatarios europeos.
En USA, llegó el comandante Trump y mandó parar. Con gran dificultad, pues las presidencias anteriores habían dejado un panorama de ciudades devastadas (Detroit), centros comerciales fantasmagóricos y familias arruinadas por las hipotecas subprimes en el aire. Pero Europa… oh, Europa. La vetusta Europa fue raptada por el capital comunista dado que había dejado exhaustas sus propias arcas mediante oleadas de gasto público imposible que iba tiñendo de rojo —nunca mejor dicho— las cuentas de la socialdemocracia. De izquierdas y de derechas.
Hablarle al pueblo de austeridad, de orden en la administración, de realismo, de ahorro, de previsión, de guardar para la vejez, de no regalar aprobados, de evitar el despilfarro, de resistir a los impulsos y las pasiones primarios, de autodisciplina en fin, resulta impopular, y por tanto no da réditos políticos a zancadas de cuatro años. Eso lo han estudiado hasta la saciedad los chinos, que gozan del mayor de los capitales: la paciencia, cultivada durante milenios de autodominio, seguido a menudo del abuso expansivo. Las tesorerías europeas no existen. Los verdaderos chinos no están en los bazares del barrio. Están en las cámaras acorazadas de los bancos nacionales, incluyendo el BCE. De modo que los créditos para reconstruir la economía europea van a venir, otra vez, de China, cuyo régimen descubrió hace tiempo la fórmula para vivir de las rentas proporcionadas por los despojos del capitalismo. La caída del muro les dejó el terreno expedito. Se retiraron los soviéticos de la presión —esta sí, armada con misiles— fronteriza. Europa se relajó, y fue de nuevo colonizada, sin que los europeos no diéramos cuenta. Los rusos habían dejado preparado el terreno de universidades y fábricas (las primeras proliferaban como conejos a medida que las segundas cerraban), y de pronto Europa notó que había envejecido, que llevaba cincuenta años negándose a procrear y que su sanidad no era, ni de lejos, lo que creía que era.
Lo demás es “tiempo real”: La UE abre sus fronteras a los chinos pero no a los de “Bienvenido Míster Marshall”. Bien es verdad que éstos andan diezmados por el virus. Qué casualidad…

martes, 16 de junio de 2020

LA CARTA DE SUÁREZ ILLANA, por IMPLÍCITO


El camino empedrado, con guijarros de punta, que viene siguiendo la política española desde el golpe de timón que supuso la moción de censura del “todos a una” por la toma de la Moncloa acaba de cubrir una etapa clave. Y, como siempre, la derecha moderada no se ha enterado. Quien sí ha reaccionado, admirablemente, ha sido el hijo de un político ambicioso y responsable, en cuya figura aparecen cada vez con más intensidad las luces y las sombras, y al que, en todo caso, debemos que el susodicho asalto se haya diferido durante una generación.
Si buscan la carta en la que Adolfo Suárez Illana explica —a quien todavía interesen estas cosas— por qué ha protagonizado el primer desmarque de calado que sufre el Partido Popular en la presente legislatura podrán comprender el valor que sus palabras tienen para la Historia de España. El hijo del artífice de la transición —reitero que con su inevitable carga de vicios y virtudes— a la sazón miembro de la mesa del Congreso, ha tenido la gallardía de romper la disciplina de voto al hacerlo en contra de la Proposición No de Ley presentada por socialistas, comunistas y podemitas, para retirar condecoraciones a funcionarios y autoridades franquistas, siempre —claro está— bajo criterio gubernativo. El partido de Suárez había dispuesto la abstención, pero él prefirió ser leal a su conciencia y a su padre. Es, como digo, un gesto crucial aunque las consecuencias prácticas inmediatas no lo sean, desde luego.
Insisto en la lectura de su carta, porque en ella están los ingredientes para interpretar, en toda su gravedad, la tesitura actual de la vida nacional. Si tuviera que entresacar una frase de ella, sin dudarlo sería ésta: “Una cosa es cambiar “la” Constitución y otra muy distinta pretender cambiar “de” Constitución”. Lo escribía Suárez Illana a raíz de otra frase para la historia, cual era la pronunciada por el ministro de Justicia en el pleno del Congreso al referirse a la actual “crisis constituyente”. Ahí queda eso.
Muchas veces hemos pensado que uno de los principales errores de la transición fue la autoconversión de las Cortes elegidas en junio de 1977 en Cortes Constituyentes. De ahí arranca la exagerada representación de las fuerzas centrífugas, cuyos frutos en el tiempo no dejamos de padecer desde el último y débil Gobierno de Rajoy. Aquel arco parlamentario, votado ya con plena libertad, debió convocar elecciones para otras Cortes Constituyentes, como mandan los cánones democráticos, y no erigirse en redactor de un proyecto de Carta Magna mediante unas comisiones con presencia determinante de los nacionalistas mientras fuera las metralletas etarras humeaban a diario. El pueblo español no eligió Cortes para que alumbrasen una Constitución. Puede que si se les hubiera encargado tal menester los resultados hubiesen sido distintos. En todo caso, aquellos legisladores tuvieron en su mano elaborar una Ley Electoral mejor que la vigente y no lo hicieron.
Resulta obvio que las Cortes actuales tampoco son constituyentes. Por lo tanto, hablar de crisis constituyente vuelve a sonar a autoerección de poder tal. La extrema izquierda española, junto a los separatistas y filoetarras, jamás han tenido una oportunidad como la actual composición del Parlamento para introducir una “crisis constituyente”. O sea, un cambio de régimen gradual. O como decía Alfonso Guerra del caso catalán, que subyace bajo todo esto, “un golpe de estado a cámara lenta”. Y Adolfo Suárez Illana no quiere bailar en esa danza siniestra.

jueves, 4 de junio de 2020

VUELVE LA ESTÉTICA "STEADYCAM" por IMPLÍCITO


En vías de reducción a la cautividad del coronavirus que marcará al 2020 como “el año de la peste” de nuestras vidas, asistimos al lento retorno de algo que nunca pensamos celebrar como una fiesta, bien que mitigada por el luto de los que se fueron en condiciones muchas veces indignas de una sociedad tan pagada de sí misma como la nuestra. Extraviados en el recuento de víctimas sobre un campo de batalla que se parece mucho al descrito por Víctor Hugo en “Los miserables”, nuestros gobernantes atan los penúltimos nombramientos alarmistas en orden a garantizar que cualquier disidencia queda tarada para un mañana estático y estatista en el que entre la verdad oficial y lo demás no pasa el aire. Veremos en qué va quedando el paisaje de la “nueva normalidad” o, en términos cernudianos, si los agentes del totalitarismo logran ganarle el pulso de sus deseos a la fuerza de la realidad.
Pero mientras tanto, a medida que el deshielo avanza a golpes de concesiones gubernamentales a nuestro instinto de supervivencia, el corto alcance de los que se abrazaron entre el balcón abierto de La Moncloa —haría frío, supongo— y el documento recién firmado en exposición sacra nos devuelve a las fechas previas a la pandemia. Con un poco de observación, podemos reconocer en la “new age” de la pócima ejecutiva para no pegar ojo la mano del nuevo maestro de ceremonias. Que este Implícito recuerde, hubo dos puestas en escena, de talante operístico, que llevan su caligrafía, inequívoca por inédita en todo Occidente. Una es la antedicha de la firma y presentación de los acuerdos de gobierno entre Pedro el Guapo y Pablo el Coleta. Allí estuvo todo medido salvo el abrazo, a punto de ser coronado (corona murada, por supuesto) por el ósculo tierno y soviético de un Iglesias lanzado en un rapto afectivo adolescente y vicepresidencial. El segundo acto de esta escenografía democrática que iluminan las candilejas del teatro “progresista” llegó la mañana de “la mesa”. España, en verdad, es una mesa. Las familias se reúnen en torno a la mesa del comedor o de la cocina. Los estudiantes que estudian lo hacen apoyando los codos en una mesa. Hasta la misa se celebra en una mesa de altar. Y la política se hace en torno a una mesa. Cuando Pedro llamó a los instigadores de la “república” de los imbéciles a la mesa de La Moncloa, se puso en marcha toda una producción audiovisual para vender la mesa a los españoles, y que la comprasen sin darse cuenta. No se escatimaron medios. Era la gran estrella de la era pedrista, como “la pazzzz” lo había sido de la zapaterista. Así que se puso a trabajar a los realizadores de TVE como Carrero puso a trabajar a Adolfo Suárez, vía Sánchez Bella y Herrero Tejedor para “vender” los Príncipes a los españoles por parte de la mejor televisión de España.
La mañana de “la mesa” había cuatro equipos, cuatro, de cámaras autónomas trabajando para servir a los españoles las imágenes más amables del hecho más deleznable. Cada equipo lo formaban el operador y un ayudante que es su sombra, porque le sujeta para que pueda moverse “a ciegas”. Hasta aquí podría parecer hasta normal. Pero resulta que cada cámara operaba sobre un mecanismo denominado “steadycam”, en español “estabilizador de cámara”, que sustituye a las antiguas grúas, aquellos engorrosos y pesados vehículos como los balancines de los niños que en un extremo llevaban las voluminosas cámaras de entonces con el técnico sentado sobre un sillín y en el otro un contrapeso. Todo ello se desplazaba sobre ruedas y era manejado por varios operarios, siguiendo órdenes del realizador. Tales equipos se sustituyen hoy por dos personas moviéndose como siameses, conectadas con el control por los cascos y cambiando continuamente de planos.
TVE dispuso aquella mañana, como digo, cuatro equipos. El primero recibía a la delegación catalana mientras ésta hacía su entrada por los caminos de los jardines monclovitas. Lo mismo repitieron con un solitario y sonriente Torra. El segundo les esperaba en la puerta del palacio, al final de la escalinata. Allí estaban el presidente español y las banderas, para agasajar a la embajada. El tercero, como mandan los cánones, se encontraba en el vestíbulo, concatenando sin solución de continuidad ambas perspectivas: fuera y dentro. El último se había emplazado en la misma sala de “la mesa”, donde aguardaba la comisión española. Allí todo fue un convite de besos y apretones de manos, sonrisas de oreja a oreja y presentaciones gentilísimas.
Todo muy luminoso, colorista dentro de una contención progre sin descocarse. La amabilidad invadía las pantallas. Daba gusto tener estos mandatarios. La estética “steadycam” llegaba a su paroxismo cuando dicho artilugio dibujaba ondulaciones verticales y horizontales en el espacio. La cámara flotaba delicadamente, sin sobresaltos ni vibraciones. Todo lo contrario de los habituales trípodes con imágenes clavadas en el suelo frente a la puerta en una nube de fotógrafos, el insufrible “pool” aburridísimo. Esto era de cine. Y además, permitía seguir ese enorme travelling, casi de plano secuencia, que nos llevaba de la mano de un doncel popular llamado Pedro Sánchez desde la escalinata de tantas fotos hieráticas hasta el asiento mismo de “la mesa”, acompañando a su homólogo al que, meses antes, ni cogía el teléfono.
Como digo, todo muy light, muy suave, como el nadar de una anguila. No voy a caer en la vulgaridad hispánica de la sustancia resbalosa, pero eso. El primer paso de la desmembración oficial de España, de la ley a la ley, se había dado como si de una escena de Sisí se tratara. Y quedaba mucha película por delante. De pronto, como en un filme pero de terror y ciencia ficción en una pieza, llegó el virus y mandó a parar. Pero ojo, que los cines reabren, y esta sesión es continua. El galán feminista se maquilla. Va a volver a salir a escena. Ya se habrá colocado en la solapa el pin de las banderitas autonómicas en círculo, mancomunadamente, sin bandera nacional, como aquel día. Estará ensayando la sonrisa en el espejo y articulando las consabidas palabras. Los empleados de Moncloa estarán barriendo los jardines. Es tiempo de rodajes (muchas horas de sol). Los ocho manipuladores de los estabilizadores deben de estar en prealerta postalarma, dando brillo a las lentes. Y el escenógrafo redactará las instrucciones de última hora: “Movimientos constantes pero lentos. Seguimiento permanente de invitados y presidente. Mucho verde. Nada de contraluces. Abrir bien iris. Mucha luz. Generar confianza. Preparada la sala para edición y visado en Moncloa. Nombre de operación: “La mesa” Capítulo II”.
Ah, y recuerdos a los monitorizadores. De momento, vais ganando uno a cero, pero el partido no ha hecho más que empezar.

lunes, 18 de mayo de 2020

EL PRECEDENTE DEL PRESIDENTE


El susurro de Óscar en el oído de Pedro, que se antoja como el de un pecador a su confesor o viceversa, ha ido marcando las horas en el ya viejísimo reloj de una pesadilla que nos intentamos sacudir a la misma velocidad con la que el virus de la muerte invadió los desolados campos de nuestra sorpresa. Han pasado tantas cosas desde aquellos adversos Idus de Marzo… Nuestra capacidad de asimilación ha estallado en nuestras cabezas. Vivíamos en un palacio en el que todos estábamos desnudos pero nadie lo reconocía. Hasta que una mala corriente de aire nos ha devuelto a los escalofríos de nuestra infinitésima condición. Y mientras esto sucedía en los entresijos de nuestras neuronas, allá en el complejo de La Moncloa, dotado de búnker antinuclear pero no de barrera anticontagio a prueba de 8-M, un experto en consultoría, lo mismo para el PP que para el PSOE, dictaba, cual Cisneros en el tímpano de la Reina Católica, la pragmática sanción que ordenaría durante un tiempo indefinido cuanto cuarenta y siete millones de hijos, naturales y adoptivos, de la Patria podrían o no hacer con sus vidas y haciendas. Curioso túnel del tiempo. Esta circunstancia no se había dado jamás en la piel de toro, por lo que no sabemos si el plan de Óscar nos ha llevado a un futuro orwelliano o simplemente ha sentado un precedente de cara a él.
Pedro es, por encima de otras muchas cosas, un oportunista. Pero no uno cualquiera. Es un oportunista de libro (de manual de resistencia, para más señas), que encontró en la pantalla de su móvil un mensaje proveniente de la tribuna de invitados del Congreso en el que se hallaba la llave de una moción de censura que le abriría las puertas de ese mismo complejo hiperseguro pero no tanto, que mandara construir Adolfo Suárez. “Ahora o nunca”, debió leerse en ese billete digital.
Viene aprovechando oportunidades, por surrealistas que sean, desde siempre. Ésta de ahora es definitiva. ¿Quién iba a negarle plenísimos poderes con el tétrico panorama que teníamos encima? El consultor-confesor despejó cualquier duda: por el momento, se trataba de establecer las excepciones obligadas en los derechos fundamentales para controlar la mayor crisis de salud pública de nuestra historia reciente. Pero además… se sentaba un precedente, y es que, si la autoridad “competente” así lo estima, y tras oír a los expertos que ella misma determine (por ejemplo, el secretario general del Partido Comunista), todos los poderes del Estado y en general la soberanía popular vuelven a sus manos por decreto, y quedan en suspenso los derechos de expresión, circulación, manifestación, reunión y cualesquiera otros que la autoridad única crea convenientes. Esta vez ha habido pretexto para debutar —era indispensable de cara a la opinión pública— pero en adelante lo único que habrá será un precedente. Había leyes suficientes para combatir el virus sin decretar el estado de alarma. Pero no se recurrió a ellas en tiempo y forma. Se podría haber limitado el estado de alarma a los quince días iniciales, una vez que la sociedad se hallaba suficientemente mentalizada y los dispositivos oficiales actuaban a pleno rendimiento. Pero vamos ya por la etapa que evidencia cómo dicho instrumento ha sido utilizado de forma oportunista y con fines partidistas: sólo apoyan la prórroga de un mes los mismos que auparon a Sánchez a la Presidencia, los de la moción de censura.
¿Y qué intención última subyace bajo este precedente? No aventuro nada, pues ya es un secreto a voces. Se trata de testear al pueblo español, de intoxicarle con la sensación, debidamente inyectada a impulsos del miedo a la epidemia, de que lo mejor es delegar en el Estado nuestros derechos, porque él nunca se equivoca y nosotros somos, por naturaleza, ciudadanos irresponsables y egoístas, a quienes no se puede dejar solos. Esto tiene un nombre en los tratados de Política. Los aliados de Sánchez lo conocen bien, porque en la Facultad de la Complutense donde ellos han campado tradicionalmente se ha practicado a porfía. Y la necesidad de aprovechar la ocasión propicia, brindada siempre por el destino tarde o temprano, para ensayar ese nuevo ecosistema, también. Con una particularidad: una vez que se experimenta con éxito, es como las vacunas. La enfermedad —libertad— queda neutralizada.                                                                                        
                                                                                            IMPLÍCITO

martes, 12 de mayo de 2020

LOS ARTÍCULOS DE "IMPLÍCITO"


Rompo la cuarentena de silencio que me autoimpuse tras el arrebato de verdad que nos transmitieron desde Moncloa, pero sólo en parte. Un grupo de colegas y amigos, cuyos nombres bullen en mi cabeza pero, obviamente, no voy a revelar, han decidido desafiar a la censura, creando una especie de “club de opinión” bajo el seudónimo de “Implícito”. Resulta evidente —al menos para quienes no andan perdidos en la nube de tontuna que ha invadido el medio ambiente social— su juego semántico. Implícito es como Tácito, o al menos se le parece mucho. Me ahorro aclaraciones porque, insisto, confío en el nivel cultural de mis/sus lectores acerca de una época histórica que cada vez se asemeja más a la actual, pero al revés. Ustedes me entienden.
Los componentes de “Implícito” van a “colonizar” mi blog y mi correo electrónico. De momento, sólo requieren mi permiso, que les doy gustoso. Al fin y al cabo, es lo que me queda de mi patrimonio inmaterial comunicativo. Eso, y las hemerotecas, que no es poca cosa. A partir de ahora, “los otros” tendrán que monitorizar a un fantasma. Es lo que tiene obstinarse en la libertad, agarrarse a ella como última tabla de salvación. No podrán acusar a Ángel Pérez Guerra porque A.P.G. no está en “Implícito”. O si lo está, es implícitamente, lo cual pone las cosas mucho más difíciles a quien quiera rastrear a alguien utilizando pretextos. El salvaje Oeste ya es otra cosa, pero se trata, precisamente, de evitarlo.
De modo que saludo a “Implícito”, que utilizará mi “A carta cabal” pero no tendrá nunca personalidad física ni jurídica, sólo periodística. Además, el tratarse de un “colectivo” le proporciona cierta inmunidad frente a la izquierda, para la que tan querido es el concepto. Habría que volver al Cuartel General de Burgos para llegar al castigo de sus redactores. Y ni por esas. No obstante, “Implícito”, como “Tácito” su sinónimo, será —no podía ser de otra manera— elegante, respetuoso, hábil, agudo y libre. Todo eso en una coctelera da como resultado el más sabroso néctar, la ambrosía de los seres soberanos de sí, que es de lo que se trata. Al menos eso me ha prometido. Y yo confío en él/ellos.
Lo que no será —doy fe porque los conozco bien— es nada alarmista. Ya saben.

lunes, 20 de abril de 2020

FUNDIDO EN NEGRO

Los mensajes de varios lectores interesándose por mi salud y extrañados por mi silencio en este blog me habían movido a escribir nuevamente. Ya tenía listo el artículo, que giraba en torno a lo sucedido ayer en el transcurso del encuentro con la Prensa en La Moncloa. Los lectores antedichos, y tal vez otros, quizás hayan observado que he venido distanciando mis escritos, progresivamente, desde los mandatos de José Luis Rodríguez Zapatero, de infausta memoria. Y es que yo no soy David, pero "ellos" sí son Goliat. Yo sólo soy un modesto periodista que se esfuerza desde los doce años por describir la realidad tal como la ve, valiéndose de la palabra. Fue entonces cuando mi padre —mi maestro en todo después de Cristo— me compró la Olivetti Studio 45 que conservo como oro en paño. Me imagino que el escritor de la RDA que protagoniza el filme “La vida de los otros” haría lo mismo con la máquina que escondía bajo el parqué para que no la descubriese la Stasi.
Me he ganado la vida, durante treinta y tres años (sí, nuevamente la coincidencia con el Redentor), intentando, con diversa fortuna, hacerme con la verdad y transmitirla. No digo que fuera fácil. Pero sí que nunca fue tan difícil como ahora. Y desde el tsunami de 2008, vivo de mis ahorros, siempre en peligro por la voracidad absorbente de quienes ya sabemos. De ese fruto de mi trabajo y del de mi esposa dependen mis tres hijos, cuyo futuro está hoy más comprometido que nunca.
Mi oficio, como ustedes saben —aunque en general esto parece formar parte de la ignorancia cuidadosamente fomentada por oleadas de políticos demagogos— actúa sobre un alambre que sujetan dos postes: el derecho a la información y la libertad de expresión. Nuestra Constitución habla de ello. Desde que González perdió las elecciones, allá por 1996, y sobre todo desde que Aznar revalidó su mayoría haciéndola absoluta en 2000, la maquinaria demoledora de la izquierda no ha hecho sino rondar esos postes. Aprovechó el 11-M, y venció. Ahora está aprovechando la pandemia y…
Ante la posibilidad de que los postes no resistan, al menos el de la libertad de expresión, he decidido no seguir peleando contra Goliat. Quienes me siguen saben que me encanta el (buen) cine. Recurro, pues, al socorrido elipsis con fundido en negro. En mi tierra, hace muy poco que la “acción sindical” también lo aplicaba para llevar a los hogares andaluces su protesta en la televisión autonómica por lo mal que lo estaba haciendo la derecha, frente a los casi cuarenta años de paraíso socialista. Anuncio, pues, a mis amigos, que, al menos mientras dure este estado oficial “de alarma”, con sus monitorizaciones, sus fiscalizaciones y sus sanciones, estarán libres de mis cantinelas. Y después, ya veremos.
En todo caso, mi corazón les queda agradecido y mi mente rendida ante su admirable fidelidad.
Ah, y por si hubiera dudas: ¡Viva España!

viernes, 10 de abril de 2020

Tú, también confinado


Hasta en esto haces tuya nuestra suerte,
Confinado en la paz de tu capilla.
Clavado a una cruz, como Sevilla
En su fe, esperanza y caridad se hace fuerte.

Siendo Tú Salud de la Carretería
Hoy verás pasar desde Varflora
Este Viernes Santo, hora a hora,
Con el Mayor Dolor de calles vacías.

Echarás en falta al caer la tarde
El revuelo de azules marineros,
Costales albos, haz de monaguillos.

Mas en tres días reinarás junto al Padre,
Bendito Cristo de los Toneleros,
Presente por los siglos de los siglos.

lunes, 17 de febrero de 2020

¿PROGRE O NECRO?


Casi imperceptiblemente pero de una manera implacable, nuestro país va sumergiéndose en una piscina de arenas movedizas que nos traga hacia una vida vacía. Es lo que sucede con la eutanasia, aunque la raíz está en el aborto (tres millones largos ya). Lo normal es que el final de la vida vaya en consonancia con lo que ese tiempo anterior ha sido. Si nos obligan a vivir sin sentido, la hora de la muerte es un páramo seco y por el retrovisor sólo divisamos escoria. Si quitar la vida al más vulnerable se presenta como una conquista, el progreso resulta ser un detritus.
Decía Juan de Miranda, allá por los albores del constitucionalismo, que “la mayor peste que aqueja a la república” venía dada por “la polilla de charlatanes y bucaneros” que poblaban el solar patrio. O tal vez fuera un poco antes, en plena Ilustración. Mi generación ha vivido en la confianza de que ya no sería así nuevamente. Pero…
La obsesión del Gobierno “de izquierdas” por derribar a un personaje histórico que nunca pudieron vencer en vida corre parejas con la de acelerar el final de otras vidas. Hay una coincidencia de fondo entre la persecución de un cadáver y la siembra de una mentalidad, vía poder coactivo de la Ley, que cifra la libertad humana en dos muertes: la del no nacido y la del que toca a su fin. Esta izquierda largocaballerista —¿qué fue del socialismo llamado despectivamente por los marxistas “utópico”?— no entiende de reformas positivas, que añadan vida a la vida. Sólo concibe la vida como lo que queda entre dos muertes, con lo cual el relleno conserva también ese sabor acre inequívocamente procedente de culturas en descomposición o, algo peor, un cierto tufillo a azufre.
Antifranquismo impuesto, aborto y eutanasia conforman el frente doctrinal de la izquierda española, que no viaja sola —no nos engañemos—, porque esta peste demoledora que sabe, como digo, a escombros vitales es desde hace tiempo una pandemia, un coronavirus que nos va llevando a la desfiguración de la personalidad con la ayuda inestimable de ideologías como la de género. Sumen la cruzada separatista (pulverización de nuestra imagen internacional, como se acaba de ver con el malogrado congreso de móviles de Barcelona) y tendrán el cóctel de la infelicidad popular en su punto. Todo roto, todo derribado, todo distorsionado. Es digna continuación de un presidente siniestro y sus gobiernos, nacidos de una convulsión mortal —más de doscientos fallecidos— y moral sobre la que hoy gravitan aún demasiadas sombras. Para estos partidos, la muerte es vida, la educación es distorsión de mentes y afectos, el estado debe fagocitar a las familias, la sospecha inquisitorial recae sobre media Humanidad, todos los ideales que conformaban un paisaje de fe, esperanza y caridad, de justicia, fortaleza, templanza y prudencia, han ido quedando diluidos en la fuerza ambiental de la filosofía líquida que hoy es y mañana pasa a la morgue con una etiqueta en el dedo del pie que dice “CADUCADA”.

viernes, 10 de enero de 2020

LOS DE LA TROCHA


 Vereda o camino angosto y escusado, o que sirve de atajo para ir a alguna parte.

Con esta acepción define el Diccionario de la Real Academia —ese instrumento obsoleto en la era digital al que sólo permanecemos fieles los nuevos “friquis”— la palabra “trocha”. Creo que no se puede bautizar mejor el carácter que ha de presidir, necesariamente, la época histórica en la que acabamos de entrar. Si esto fuera una república (a algunos se les hace la boca agua) hoy estaríamos en algo así como su tercera o tal vez cuarta edición, porque en los últimos cuarenta años de vida española ha habido más de república que de monarquía. El régimen en el que nos situamos desde hace unas semanas es lo más parecido a una trocha. Y no por voluntad del Rey, desde luego, que se la jugó con valor demostrado aquel 3 de octubre de 2017 con un discurso televisado plenamente institucional, caso único en nuestra democracia si obviamos el del 23-f. La trocha va a ser —si no, al tiempo— la “herramienta” (término de cuño soviético, como “taller”, ambos omnipresentes en todos los ámbitos de la vida social española) básica de los gestores del “gobierno de progreso”. Como buen atajo (mi tierra andaluza está llena de ellos), es idóneo para ocultarse entre la vegetación legal y llegar de un punto a otro sin pasar por el camino oficial y generalmente conocido, que suele estar —mejor o peor— vigilado. La trocha es un ardid muy utilizado por los guerrilleros durante la lucha por la Independencia (española, por si alguien desea despistarse). El conocimiento del terreno, de aquella red de atajos que ellos tantas veces habían hollado hasta hacerlos parte de su hogar al aire libre, fue, junto a su bravura y a veces brutalidad —los gabachos no le andaban a la zaga— buena parte del secreto que les permitió, al alimón con el ejército, devolvernos España a los españoles. Hasta hoy.
“Los de la Trocha” era un grupo de cante por sevillanas que permaneció en primera fila de las ventas de vinilos y la audiencia radiofónica, amén de las actuaciones en vivo durante veinte años, entre 1969 y 1989. Dos décadas prodigiosas cuya banda sonora, al menos en el Sur, estará ya siempre unida en el recuerdo de quienes habíamos nacido diez años antes a las letras y las músicas de estas cinco voces. Aquellos años fueron, en lo político, los que alumbraron la España que hemos tenido hasta ahora. Para bien y para mal, como todo en esta vida. Los de la Trocha fueron quizás los últimos clásicos del género junto con El Pali, antes de que la electrónica invadiera el antiguo predio de las corraleras. Hubo quien no les comprendió, pero esa mayoría silenciosa que pedía voz y voto siguió su arte con entusiasmo. Tuvieron hasta una gran sala de fiestas en exclusiva para ellos. Y dentro de la amplia y virtuosa discografía de Los de la Trocha, sevillanos de pura cepa que se constituyeron en una taberna de la calle Imperial, de nombre “La trocha”, destacarán siempre dos temas si me lo permiten proféticos. El uno se titulaba “Pensamientos míos”, el otro y mucho más alegórico “Fue tu querer”. Éste último era un verdadero milagro, inspirado en el Concierto de Aranjuez. Era la sevillana estelar del disco que sacó Columbia nada menos que en 1975. El compositor era uno de los dos hermanos del guitarrista Manolo Sanlúcar que formaban parte de Los de la Trocha, “Evora”. ¡Y tenía quince años! Como quien esto firma. Pero lo más grandioso de estas combinaciones astrales de la Historia es cómo continuaba aquella sevillana: “Fue tu querer… el que a mí me traicionó.”
Hoy, unos políticos bastante zafios parecen estar buscando una trocha para burlar la Constitución que se empezó a gestar al tiempo que aquel querer sedicioso. Las cosas de la vida, que está plagada de trochas. Inevitable sentir nostalgia de aquella taberna ante tanto ruido tabernario.

CODA: Leo con un respiro de consuelo que el Tribunal Supremo ha puesto negro sobre blanco que esto sigue siendo un país libre con un “derecho nacional” propio y que el TS “no puede aceptar lo que la Ley no permite aceptar”. Más concretamente, “quien participa en un proceso electoral cuando ya está siendo juzgado, aunque finalmente resulte electo, no goza de inmunidad conforme al derecho nacional. No puede condicionar el desenlace del proceso ni, menos aún, el dictado de la sentencia.” Le da, pues, sopa con ondas al Parlamento europeo y al Gobierno español a través de su abogacía. Veremos intentos mucho más bolivarianos de retorcer la Ley, y los veremos pronto. Pero éste, de momento —y la cosa está empezando— se ha estrellado, por fin, contra el muro de los Tribunales. Que Dios les siga dando a nuestros jueces y fiscales luz y valor.



miércoles, 25 de diciembre de 2019

HISTORIA DE UN SUPERVIVIENTE


Sucede algunas veces que el destino le regala a uno, cuando menos se lo espera, momentos imborrables. Tal me ha ocurrido, junto a un grupo no muy numeroso de sevillanos, durante el acto de presentación de un libro que me atrevo a calificar de histórico en su doble sentido: porque trata de una “biografía” que remonta sus orígenes hasta el siglo XIII para llegar a nuestros días, y porque uno salió de allí con la sensación de haber asistido a una cima irrepetible de la sabiduría verdadera. El lugar ayudaba, y mucho. Estábamos convocados en el salón del Almirante del Alcázar de Sevilla, uno de los monumentos más visitados, y con razón, de nuestra patria. Era un día tempestuoso. La lluvia había dejado en el aire trazas cernudianas. El palacio real habitado más antiguo de Europa ofrecía un aspecto inaudito, con “pocos” turistas, casi ningún lugareño y una impregnación de humedades tibias en los atauriques que desprendía cotidianeidad, como si Don Pedro I de Castilla fuese a aparecer en el Salón de Embajadores de un momento a otro.
Se presentaba un gran libro, fruto del trabajo paciente y bien acabado, excelente como debiera corresponder a cuanto hace la mediocre universidad de hoy en día, de alguien sencillo y afable que esconde los quilates de su cerebro tras el brillo moral de su modestia: Pablo Emilio Pérez-Mallaína, catedrático de Historia de América en las aulas que fundara Maese Rodrigo Fernández de Santaella en pleno Medievo. Medievales son también las Reales Atarazanas de Sevilla, el objeto del espléndido estudio al que Mallaína ha consagrado miles de horas de su labor investigadora.
No voy a replicar aquí —no soy tan fatuo— cuanto ese precioso acto académico dio de sí. Presidido por el alcalde y el rector, y tras la intervención del presentador, el catedrático de la misma rama del saber Ramón María Serrera (autor también de un plantel bibliográfico admirable), el profesor Pérez-Mallaína rindió un homenaje documentado y sentimental a un edificio que calificó de “superviviente”. Los astilleros de Sevilla fueron durante siglos la gran fábrica de galeras del Rey. De ahí su valor universal que, siguiendo la ruta de paradojas con las que las ciencias nos salpica cada dos por tres, sigue hoy siendo ignorado incluso por los más altos especialistas internacionales. Inútil remedar al autor de la monografía, que, para que nos hagamos una idea, cuenta con más de tres mil notas agrupadas al final de un volumen de gran formato y profusamente ilustrado, entre otras piezas por numerosas fotografías del propio redactor.
Conocí a Pablo Emilio Pérez-Mallaína, un ser humano entrañable volcado en el mundo de la navegación histórica, que sabe de lo que habla y escribe entre otras cosas por haber estado embarcado, al hacerle una de las 104 entrevistas que publiqué en ABC de Sevilla a doble página sin cuestionario previo y con un tema común: Sevilla. El recuerdo que me dejó aquella larga conversación, que conservo grabada, en su pequeño rincón de la antigua Fábrica de Tabacos de Indias fue un sabor de boca que todavía me dura: el de la grandeza de un hombre humilde que tendría motivos más que sobrados para ir por la vida mirando por encima del hombro, como hacen otros cátedros, compañeros suyos de grandilocuentes estancias situadas no muy lejos de donde él trabaja.
Pérez-Mallaína fue responsable de los contenidos del Pabellón de la Navegación en la Exposición Universal de 1992, uno de los pocos que visité y que me dejó gratísimamente impresionado. Por cierto, que las proyecciones marítimas que acompañan al visitante de la exposición “El viaje más largo”, montada en el Archivo de Indias vecino del Alcázar me han recordado mucho a las de la Expo. Mallaína es un experto en reproducir escenarios históricos perdidos en toda su crudeza natural para zambullir al lector o al espectador curioso en las circunstancias en las que vivieron nuestros antepasados. No hace mucho que le escuché una conferencia ilustrada en la que, sin sentarse, nos llevó a un pequeño grupo de privilegiados de la mano de su palabra para que repitiéramos, precisamente, la expedición de Magallanes y Elcano, el viaje más largo hasta dar por primera vez la vuelta al Globo.
En el acto del Real Alcázar, tan vinculado a las Atarazanas que un mismo alcaide dirigía ambos (revelación que nos expuso en el transcurso de la ceremonia), supimos de las edades y vicisitudes por las que ha atravesado este inmueble del que salieron, por ejemplo, las embarcaciones que se internaron en el Támesis incendiando localidades ribereñas o aquellas otras naves que tutelaban el Estrecho, entonces llamado de Sevilla, fundamental para poner en comunicación por mar a Italia con Flandes. No sería ajena a ello la presencia de banqueros genoveses en la entraña misma de Sevilla durante siglos, pues ellos financiaron proyectos expansivos. Las galeras se construían con maderas de la sierra de Segura (ahí sigue el almacén de maderas del Rey y la calle Segura que discurre ante él) que venían flotando por el Guadalquivir desde Cazorla. O con las de la sierra norte de Sevilla. Tal vez por eso abundaban oriundos de Cazalla o de Constantina entre los pobladores de las Atarazanas, que debió ser un hormiguero de trasiego fabril donde toda incomodidad, y aún penalidad, tenía su asiento. No en vano allí dieron sus vidas prisioneros moriscos y esclavos africanos, mientras en el inmediato Arenal se celebraban justas y torneos donde los nobles mataban su tiempo. Otras paradojas, más sangrantes, de la Historia.
Hoy, las Atarazanas concentradas más antiguas de Europa, que estuvieron en uso hasta que el Guadalquivir y su sedimentación obligó a llevar a Cádiz la Casa de Contratación, son un monumento… a la incuria. "Un superviviente". Así las definió Mallaína, que sabe mucho, también, de naufragios. Conservan su estructura de catedral, cuyo suelo se ha ido colmatando y subiendo de nivel. Pero las bóvedas y ojivas de sus arcos son perfectamente contemplables. Y elijo bien el término, porque hay algo de místico y mucho de artístico en las naves que nos han quedado tras centurias de mutilaciones. Por cierto, que cuando en 1945 (!) se derribaron los sectores que habían sido aduana para construir en su lugar la actual Delegación de Hacienda apareció en el subsuelo un “lago de mercurio”, el famoso “azogue” que se empleaba para la elaboración de la plata (muy cerca estaba la Casa de la Moneda). Y, al parecer algo debe de quedar porque, según el erudito, no han sido pocos los casos de cáncer en el personal de aquellas dependencias, como si el fenecido caserón quisiera vengarse de los humanos en cuerpos inocentes. Sevilla insólita, que diría Morales Padrón.
Si pueden, compren y lean este libro donde está buena parte de la Historia de Sevilla, que es como decir de la Historia del mundo.

SÓLO UNA FOTO, Y SIN EMBARGO...


Hay fotos que se hacen solas. Ellas reconocen que es un momento en estado de gracia, y el autor sólo tiene que encuadrar como respondiendo a una llamada. Ésta es una de ellas. Sevilla es una ciudad fotogénica, pero no siempre ni todas sus fotos tienen la misma intensidad. Ni mucho menos. Ésta es una Sevilla de lo más hermosa. La lluvia caída es siempre muy agradecida para la cámara. Aquí, la avenida de la Constitución desde la Puerta Jerez es como un espejo, una metáfora sacada de la mitología clásica, como esta ciudad antigua y legendaria, que aquí luce salpicada de viandantes a esa hora incierta —tres de la tarde— de un día nuboso pero iluminado por una luz cenital como de montera de casa patio. Es una foto alegre, de esa estirpe de la alegría tan sevillana, tamizada por la moderación y el arte; es decir, —otra vez— por la gracia. José María Izquierdo, poeta triste, la llamó “ciudad de la gracia”. Aquí hay gracia humana pero también divina. La humana es femenina, por supuesto. La otra es la de los ángeles. Por eso la envío en Navidad.
Sí, es un cuadro impresionista. Concretamente “Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia”, de Camille Pissaro. El original está en el museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Pero aquí la musa se me apareció mientras volvía a casa de un acto en el Alcázar, que también quise ver y fotografiar con luz nublada. Los fotógrafos de verdad saben que la luz solar revienta los “clichés”. Por eso la filtran. Así se evitan sombras malditas y se “cuida” el diafragma de la cámara, o mejor dicho la sensibilidad —palabra poética donde las haya— de la película (el ISO), que puede equilibrar los grados de luz para no traicionar ningún rincón de la exposición.
Pero tengo que reconocer que lo mejor de la foto es su espontánea composición. Esa fachada de la Catedral cortando el plano en dos tercios y uno, clavándose verticalísima con ayuda de la aguja gótica en el cielo blanco que es como un reflector de luz de led que cae y alumbra todo, que le da cuerpo a las cosas y a los seres animados. El gótico es aquí más ascético que nunca. Por cierto, si se profundiza en ese camino de la vida que fluye y se va por el sumidero del fondo, que es el morir, y de ahí hacia arriba, buscando la eternidad, se pasa ante la primera puerta de la catedral, situada en ángulo recto a nuestra marcha. Y ahí, precisamente ahí, está el tímpano que acoge la imagen del Nacimiento de Jesús, con un Niño regordete y sonriente igual que sus padres. Por ahí se sale al Camino de Santiago del Sur, que se funde con el que marcan los raíles del tranvía, surgido del lado diestro según nuestro punto de vista, o sea, de la calle San Fernando. Al otro lado, la torre de la Aurora, que en su día escandalizó por rivalizar con la Giralda, como en los nuestros la torre Pelli. Las figuras de los caminantes —nadie corre, no hay bicicletas, ni coches de caballos, ni músicos callejeros, es hora de andar, sólo andar— se reflejan entrecortadas en los charcos que ha dejado la lluvia, la gran aliada de la belleza si los figurantes se combinan para posar en un cuadro hecho en marcha, sin apenas detenerse, en uno de esos instantes mágicos que tiene Sevilla, sobre todo cuando el invierno se hace Navidad. Ah, y no esperen ficha técnica. La hice con el móvil.
Feliz Navidad.

martes, 17 de diciembre de 2019

GRAFENO


En vista de cuanto está sucediendo en mi patria he decidido escribir del grafeno. Aquella dolencia de la que dejé testimonio en este blog hace unos cuantos meses y que comprometió mi vista me despertó un interés especial por el grafeno. El comportamiento humano en general, al menos el que protagoniza los grandes resortes del poder, me resulta cada día más aborrecible, de modo que me siento más atraído por los llamados “nuevos materiales”. Si uno se fija, el progreso técnico de las sociedades modernas está basado en el uso y abuso de este universo inexplorado hasta nuestros días. La informática y todo lo que ella ha traído consigo —que es casi cuanto constituye el mundo en el que nos movemos, en los dos hemisferios tradicionales tecnológicamente hablando, el Occidente euroamericano de un lado y el Oriente asiático por otro—está basada en el silicio. Que en realidad es velocidad. Hemos caído en el error de confundir ambas cosas. Estar más adelantados encierra las dos acepciones de la palabra: haber avanzado más en descubrimientos e inventos y haber conseguido mayores marcas de rapidez a la hora de vivir.
El valle de Santa Clara, así como el cercano de San José, y la misma San Francisco, fueron bautizados por fray Junípero. Hoy, la diosa técnica los ha reconvertido al paganismo llamándole a la zona “Silicon Valley”, el valle de la Silicona o del silicio. Del cilicio al silicio. Y todo porque allí se enclava una base militar, que, como siempre, ha dado origen al desarrollo de programas de investigación que acaban inundando a todo el mundo en virtud de las leyes del comercio capitalista. Y si no, que se lo digan a los sucesores de Steve Jobs, gran gurú de la Bolsa merced a sus conocimientos de electrónica aplicada a los ordenadores vía universidad de cocheras y tiendas de componentes. Si quieren ampliar, les recomiendo el libro de Walter Isaacson.
Toda esta historia, que es la de nuestro tiempo y que no sabemos cómo terminará, porque las redes sociales pueden dar al traste con todo (véase sentencia del caso “Arandina”) se ha producido a lomos del silicio, que era un “nuevo material”, cuya novedad natural es cero, porque se hallaba a nuestro alrededor desde que las rocas dieron paso a la arena, proceso que toca las fibras del misterio vital acerca de lo que somos y no somos que ya abordé en su día en estas mismas “páginas”. El silicio, o el sílice, es la base y corazón de los procesadores, el ábaco en el que se mueven las operaciones matemáticas más pobres que se puedan imaginar, porque oscilan entre el uno y el cero, pero también los algoritmos más complejos existentes. Y todo, ¿a partir de qué? De la velocidad. En realidad, el mecanismo de la informática es desconcertantemente simple. Lo que la convierte en la clave para entender la civilización —o no— digital es la unidad de tiempo a la que permite encaramarse el silicio, que es el mineral en el que la electricidad se conduce más velozmente. O algo así, para que nadie me acuse de entrometerme en terrenos que no son los míos.
Pero al silicio puede destronarle el grafeno, que todavía tiene unas propiedades más ambiciosas. Como el silicio, es de una eficacia que sólo la ciencia ficción es capaz de comprender. Es decir, los superordenadores que controlan los superrobots. La inteligencia artificial, para resumir. De ella hablé recientemente, y es que, hoy por hoy y probablemente mañana por mañana, es lo que rige el Orbe. Al menos en primera instancia.
El grafeno se encuentra sobre todo en África, lo cual nos aboca a una paradoja histórica y colosal que me temo derive en los grandes conflictos del siglo XXI. Mientras nativos de aquellas tierras se juegan y a menudo pierden la vida para entrar en nuestras calles, nosotros vamos a necesitar su “nuevo material” de aquí a poco. Aludía antes a mis ojos en relación con el grafeno. Y es que, para que ustedes se hagan una idea, este material es el único con el que se están experimentando retinas artificiales y la construcción de otros tejidos humanos formados por neuronas, que, como se sabe, son las únicas células de nuestro cuerpo que la ciencia todavía no ha conseguido regenerar o clonar. De ahí la gravedad de las lesiones y mutaciones neurológicas. Pues bien, el grafeno parece que sí puede lograrlo. O mejor dicho, el talento humano empleado en manejar este fruto inerte del medio. Para que la ceguera pasase a ser algo menos que un mal recuerdo, faltaría aún que el grafeno, o cualquier pariente cercano de la Creación, permitiera recomponer el nervio óptico, o la parte cerebral donde realmente “vemos”. Éste es un campo más, bien que muy importante para todos —cierren los ojos y prueben a vivir cinco minutos sin ellos— de los que forman la cara oculta de la Luna… hasta ahora. Esperemos que los gobiernos dejen de acariciar sus pequeñeces más o menos inconfesables y encuentren tiempo y lugar para ayudar a que los astronautas de estos viajes a una vida mejor puedan dar sus pasos de gigante para la Humanidad.

¿DÓNDE ESTÁ ORTEGA LARA?


En el mitin de cierre de campaña de las elecciones andaluzas que ahora la ministra Montero, por encargo de otros, quiere neutralizar mediante la asfixia económica que ella originó, el partido Vox, entonces apenas floreciente tras el acto de Vistalegre, trajo a Sevilla, a orillas del Guadalquivir, literalmente hablando, a un hombre pequeño de estatura pero gigante como ser humano, que tuvo una intervención memorable. Aquel orador revestido de una modestia franciscana y portador de un bigotito pasado de moda dio una lección de alta política a un auditorio enardecido que acababa de escuchar el himno de la Legión y se encontraba con un ponente que hablaba en voz baja, discreto y tímido, de cuya garganta salieron ideas que algunos entendimos como la columna vertebral de la faena que nos aguardaba.
Habló, sobre todo, de educación, de juventud, de futuro. Se dirigió a las nuevas generaciones en tono de amigo, sin renunciar a los consejos sino administrando sabiduría rebozada de ternura. Ese hombre, que parecía seguir asustado pero que le echó a su discurso un valor y unos valores de los que casi nadie hablaba entonces y que siguen huérfanos hoy, había pasado 532 días de su vida privado de libertad, de luz, de oxígeno y del amor de los suyos, hasta que un guardia civil bajó del mundo al infierno para echarle un brazo sobre el hombro y convencerle de que la vida seguía allá arriba tal como él la había dejado.
José Antonio Ortega Lara fue socio fundador de Vox y su icono hasta que, nuevamente, parece habérselo tragado la tierra. Imagino que algo puede tener que ver aquella tarde en Granada, tras el desalojo del Psoe del Gobierno andaluz, en que fue recibido a las puertas del cine donde iba a intervenir en un acto del partido al grito de “¡Ortega Lara, al zulo otra vez!”. El odio en esta España que lo castiga legalmente si tiene como víctima a unos, campa por sus respetos cuando se ensaña con otros. Y Ortega Lara era el blanco perfecto para ese Caín que sigue recorriendo los páramos patrios buscando abeles.
Lamento que Vox parezca haber perdido a Ortega Lara, que pondría esa nota humanista y paternal que tan bien le vendría a la única fuerza política capaz de captar las necesidades vitales de los españoles, hoy por hoy. Y si es lo que presiento, me gustaría ser yo hoy aquel guardia civil y echarle de nuevo el brazo por el hombro, mientras le susurro al oído algo como “Tranquilo, José Antonio. Las alimañas huyen. Los héroes como tú son inmortales”.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

ENREDADOS E INCOMUNICADOS


Dejé aquí escrito antes de las últimas elecciones que nos encarábamos con un referéndum sobre la libertad de expresión. Pues bien, tal vez haya cometido un error de cálculo con los tiempos, porque en realidad sólo estábamos ante la primera fase de dicha consulta. Y para comprender lo que intento decir, hemos de pasar de la forma al fondo. Desde que VOX irrumpió, hace un año, en el panorama parlamentario nacional, valiéndose de Andalucía como puente, las cosas están cambiando aceleradamente. Cada paso que da hacia atrás el bloque de los 200 escaños (PSOE, Podemos, separatistas, etcétera) es, en realidad, un paso hacia delante de VOX, camino de liderar el bloque de los 150 (PP, VOX y Ciudadanos). Esto es un proceso, gradual como todos, no un asalto al poder. Lo viene diciendo Abascal, que impone silencio prudente en los mítines cuando se desata la euforia. ¿Y qué quiere esto decir?
Yendo al fondo de las cosas, se trata de rescatar la verdad del lodazal en el que la han ido hundiendo quienes sólo piensan en su conveniencia y sacrifican para lograrla convicciones y escrúpulos. No. Los votantes de VOX no son extrema derecha, ni fascistas ni exaltados. Son amantes de la verdad que conocen bien la diferencia entre equivocarse y mentir. VOX se equivoca, sin duda, en muchas cosas. Y eso seguirá siendo así mientras el ser humano sea feble, es decir, siempre. Pero cada vez que sale al ruedo es para rematar una faena noble, no una estafa. Por eso sube y sube sin cesar, no porque tengan soluciones para todo. Si algún día gobiernan, que gobernarán, lo tendrán tan difícil que será muy fácil reprocharle sus errores, y aun así es muy probable que sigan gobernando, porque irán corrigiéndolos poco a poco, sin ambiciones desmedidas, buscando la autenticidad allá donde se encuentre. Y eso, hoy, no lo da nadie más que ellos.
Vivimos en un mundo donde casi nada es de veras lo que parece. Este es el efecto 2000 que todo el mundo temía como un apocalipsis tecnológico hace dos décadas. El efecto 2000 no era un problema, bastante pueril por otra parte, con los guarismos de las fechas. El efecto 2000 es esa generación de “nativos” que ha inaugurado una especie humana maquinal, la que ve la vida a través de una pantallita digital e incluso se mueve sin apartar la mirada de ella por unas calles cada vez más pobladas por autómatas. El de unos bancos que sustituyen a las personas por otras pantallas mientras cierran oficinas, despiden empleados e intentan forzar a los clientes a operar on line, incluso negándoles el uso de ordenadores, sólo aplicaciones para móviles inteligentes. La mentira avanza que se las pela, y sin embargo, la gente quiere gente, no aparatos. El personal ansía, necesita mirar a la cara a sus “gestores”, no por vídeoconferencia, menos aun por uasap o por redes sociales.
Tiré del freno de mano precisamente cuando hicieron acto de presencia las redes. Decidí que ahí me quedaba, con mis correos electrónicos, que era lo más parecido a la correspondencia de siempre, aunque con indudables ventajas innovadoras. Hice bien. Recientemente, he vuelto a ver “2001, una Odisea del Espacio”. Hacía cuatro décadas mal contadas desde su estreno, cuando todo el mundo descartaba que aquello fuera posible. Al fin y al cabo, se trataba de ciencia ficción. Hoy, este género creativo se llama en la vida real “inteligencia artificial”, y anda buscando —agárrense— la “supremacía cuántica”. Según alguna marca global, la conquista es ya suya. Si recuperan la película, fíjense en el punto de inflexión, cuando el superordenador lee los labios de los astronáutas, los “duques” de la historia. Los grandes periódicos, que antes eran garantes de la verdad, aunque con las tendencias interpretativas legítimas de cada uno, ahora no consiguen remontar el vuelo. ¿Por qué, si ya han eliminado el 80 por ciento de sus costes de explotación y han entrado plenamente en Internet? Porque la publicidad no acaba de cuajar. ¿Y qué ha sucedido para que la publicidad que durante un siglo levantó un gran negocio de la información ahora no marche en la Red? Le he dado muchas vueltas, y mi conclusión es que el “lector”, si es que sigue existiendo, no se fía, instintivamente, de esta nueva galaxia. Los “fakes” (engaños) han proliferado tanto en un medio en el que mentir sale gratis que aquel mecanismo de antaño que derivaba la credibilidad de los textos informativos hacia los anuncios ya no vale, ni para unos ni para otros. Incluso la verdad se expone al plagio, con lo cual es casi imposible distinguir lo veraz de lo mendaz en esta selva que es la Red. Mucho más en la Red de redes, donde la confusión llega al paroxismo. La verdad queda al final como una isla a la que no llegamos nunca, es más, de la que cada vez estamos más lejos aunque nademos hacia ella. Estamos enredados, pero incomunicados, porque el único punto de encuentro en el que es posible comunicarnos es en la isla de la verdad, y la corriente nos arrastra lejos de ella.
¿Volverán, pues, lo periódicos de papel? Depende de si las empresas deciden que vende más darle al consumir un mensaje completo y limpio que seguir proporcionando esa turbidez de frutos tóxicos contaminados por las presiones del Poder político en la que cayeron durante décadas.
Todo esto, como suele ocurrir con las catarsis, es regenerador, y de ahí el éxito de VOX. Qué o quiénes quedarán en la cuneta es algo que sólo podemos prevenir rezando.
Por cierto, este artículo, por el que no cobro un maravedí, es de verdad.

viernes, 8 de noviembre de 2019

LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN, A REFERÉNDUM

   (Publicado el viernes 8 de noviembre de 2019)

Bueno, la de expresión y muchas otras, pero ocurre, aunque ya lo tengamos demasiado olvidado, que todas empiezan por ésta. Se me dirá que hablo subjetivamente e influido por mi condición de periodista. Sí, claro, como todo el mundo lo hace desde la atalaya de su quehacer en la vida o, si queremos resultar más platónicos, desde su vocación. Pero observen el verbo que empleo: hablar. El domingo es día de “habla, pueblo, habla”. Aquella vez de la canción pegadiza encargada por la UCD para recorrer los pueblos y las tierras de España era la primera. ¿Será ésta la última? Porque hay muchas formas de hablar, pero si empezamos a introducir nóes en los referenda sobre libertad de expresión que son todos los comicios, el resultado es de Pero Grullo: “No hables, pueblo, no hables”.
El 10-N vamos en realidad a un referéndum de autodeterminación del pueblo español, colonizado hasta ahora por un pensamiento único dictado desde el complejo de La Moncloa y otros complejos con el respaldo prefabricado de mayorías manipuladas por las técnicas de ese mismo discurso oficial, cuyo troquel venía esculpido en talleres que, probablemente, nunca conoceremos… lo suficiente. El plebiscito de estas elecciones decide si queremos saber lo que pasa —y ojo, lo que ha pasado— o preferimos seguir pastando en las verdes praderas del paraíso socialista en el que comer del fruto prohibido —pensar y decir lo que se piensa— es el pecado original de una democracia entendida como “popular”.
¿Por qué expresarse incluso quemando fotos del Rey y banderas nacionales es libertad de expresión y ensalzar los logros evidentes del régimen franquista es delito? Ésta es, queridos juristas y políticos de todos los partidos salvo VOX, la pregunta del referéndum. Y por eso las encuestas de todos los medios han coincidido por primera vez en que Abascal ganó el debate televisivo, aunque pueda ser una manera de alertar al voto de las izquierdas como el 28-A.
Naturalmente, la pregunta del referéndum no va formulada así. Pero es como si lo fuera, porque en realidad todo consiste en dar a elegir entre el seguidismo pastueño de “la verdad y la razón están siempre en el lado de la izquierda” o “hay que dar una oportunidad a la recuperación de valores que la izquierda ha denigrado”. Hay dos casillas, aunque haya muchos partidos. Y de cuál se marque dependen dos cosas: que España siga existiendo como nación libre y unida por un lado y que no tengamos que esconder la máquina de escribir por otro.
Esto último no lo digo a humo de pajas. El 5 de noviembre de 2006 se estrenaba en España, precisamente en el Festival de Cine de Sevilla, “La vida de los otros”, excelente “recreación” del calvario sufrido por los intelectuales disidentes en la RDA (República Democrática Alemana, para amnésicos y víctimas de la Logse). Pero lo que relata esta cinta, internacionalmente galardonada (menos en España), no ocurrió en los años cuarenta ni cincuenta ni sesenta ni setenta. La película está ambientada en el Berlín comunista de 1984, cinco años antes de la caída del Muro. Y he citado lo de la máquina de escribir —no voy a destripar la obra porque espero que a quienes no la conocen les pique la curiosidad— ya que en aquel año y en aquel lugar, pleno corazón de Europa, ¡todas las máquinas de escribir tenían que estar inscritas en un registro del Estado! Y si la Stasi (Policía política) descubría que algo interpretado como subversivo había sido escrito en una de ellas, pobre del titular. Ya sé que los socialdemócratas de antes no estaban en aquella línea. Pero me pregunto, con Rafael Alberti y Aguaviva, ¿qué piensan muchos de los de ahora?
En los mítines de VOX, para caldear el ambiente, suena siempre la que tal vez sea la canción más tarareada de Nino Bravo: “Libre”. Cuando se estrenó y comenzó el camino de su triunfo, hasta llegar a ser un clásico, todo el mundo la asociaba a la dictadura de Franco. Pero sólo recientemente se ha divulgado que su protagonista era, precisamente, uno de esos jóvenes que, en la vida real, no en las películas, dejó su piel y su vida, literalmente, entre las alambradas de espino vigiladas por torres de militares fuertemente armados y pastores alemanes dignos de la Gestapo, en aquella adorable RDA. Escúchenla detenidamente e interprétenla a la “luz” de este dato fundamental. Y otro hecho: se lanzó al mercado… en 1972, sólo cuatro después del “mayo del 68” del que tanto se enorgullecen nuestros socialistas, comunistas y anarquistas. Si tienen estómago, busquen también imágenes de aquella “frontera” berlinesa de la libertad. Otro día les hablaré de otras dos películas todavía “frescas” que giran en torno a estos asuntos, aunque desde diferentes prismas: “Las invasiones bárbaras” y “Good by, Lenin!”.
Santiago Abascal daba a conocer la otra noche en uno de los últimos feudos irreductibles del PSOE (Dos Hermanas, Sevilla, donde también sonó “Libre”) un par de datos cuando menos elocuentes sobre el ya mencionado debate que para muchos españoles ha supuesto el descubrimiento de un líder que en nada se parece a los fascistas. Por un lado, reveló que en su atril sólo había un par de fotos, la del Kennedy sereno en su famoso duelo ante las cámaras con un Nixon sudoroso, que le llevó a la Casa Blanca; y la de una familia norteamericana de la época. Y dijo que cuando se sentía tentado de hablar sólo para los demás intervinientes, miraba las fotos para recordar que sus interlocutores eran los españoles.
Lo otro es más fuerte, y habla de los sutiles mecanismos televisivos para el mantenimiento del negocio, sea económico o sea político. Resulta que su famosa entrevista en “El hormiguero”, fue la única con los candidatos de las generales en la que no hubo aplausos. ¿Y saben por qué? No, ciertamente, porque el público se mostrase reticente, sino porque el regidor no levantó en ningún momento el celebérrimo “panel de órdenes”. Y sin embargo, ¿qué ocurrió? Que el pueblo “habló”. Lo hizo durante el tiempo de la publicidad. ¿Y saben lo que gritó el graderío espontáneamente, en cuanto pudo? “¡Presidente, Presidente, Presidente!”. Ahí queda eso, para quien, tras ver “La vida de los otros” no se sienta indiferente por la posible vuelta de todos los pasados.

miércoles, 30 de octubre de 2019

EL SEPARATISMO Y LA REVOLUCIÓN ESTÁN QUE SE SALEN


Y eso es lo peor. Lo mejor es que en buena medida han tocado techo, porque han agotado el último cartucho: el de la violencia. En la hoja de ruta que Pujol y sus compinches adoptaron hace ya muchos años, cuando establecieron en 2010 el de la independencia, la pieza clave era la no violencia. No porque sientan un fervor gandhiano irrefrenable, sino por puro maquillaje ante el exterior, que es, a la postre, el que decide estos procesos de autodeterminación. Pues bien, han consumido y consumado ese camino pacifista que, como cada vez sabe más gente, es falso. Si quieres la paz, no la dejes en manos de pacifistas, lo mismo que si quieres la protección de la Naturaleza no la dejes en manos de ecologistas. Ambos movimientos, en sus inicios tal vez puros y bienintencionados, precisamente por eso, una vez que seducen a las masas pasan a convertirse en negocios, hábilmente rentabilizados por otros distintos de los fundadores, sobre todo por los políticos.
A los separatistas catalanes, pues, se les ha acabado la munición. Esa losa arrancada de una terraza del octavo piso para ser arrojada sobre las cabezas de los policías nacionales, que ha puesto entre la vida y la muerte a un joven padre de dos hijos, ha sido como la primera piedra de la derrota ante el mundo. Los mansos y humildes soberanistas (¿han caído en que ya nadie usa este término eufemístico en los medios?), que perdieron un ojo el 1-O, han dado paso a los revolucionarios que ya habían preludiado el decorado de barricadas ardiendo aquel 20 de septiembre de patrulleros de la Benemérita destrozados y no incendiados por razones obvias, al estar rodeados por un ejército de “los suyos”. Ahora han debutado con fuego, y el “proces” ha mutado en revolución. Al menos en grado de tentativa gracias a que los policías se han jugado la vida por el mantenimiento del orden, a menudo sin conseguirlo.
No sé si la ciudadanía en general es consciente del “cambio” experimentado por el monstruo en su laberinto. Ni del auténtico riesgo de todo esto, consistente en la extensión del ¿movimiento? revolucionario al resto de España. Los disolventes, que los hay en todas partes, ya se han puesto de acuerdo y en marcha. Lo de menos, pensarán, es la independencia de Cataluña. El objetivo es levantar al pueblo contra el régimen y darle la vuelta al Estado. Y Barcelona es un diamante para lograrlo. Ya lo intentó uno que ustedes saben con la “alerta antifascista” contra las urnas, que arrasó el centro de Cádiz (tienda de Spagnolo y contenedores incluidos) y otros lugares de España donde hubo hasta un anciano atropellado. Pero aquello pinchó. Después de Barcelona, el mismo muñidor de la revolución lo tiene mucho más fácil: se ha demostrado que lo de menos es la terminología inofensiva del Derecho —“ensoñación”, “rebelión”, “sedición”. El hondón unamuniano del asunto está en la revolución. Rescaten si no esa grabación que circula por Internet —¡ay, las nuevas tecnologías, nuevas hemerotecas!— donde el mismo de la alerta antifascista alecciona a los universitarios que le escuchan (y que ahora, por cierto, secuestran edificios donde sus compañeros quieren entrar) sobre lo que nos espera si la revolución catalana consigue su propósito de “invadir” España. Basta con teclear en YouTube el nombre del sujeto en cuestión y “masculinidad cocteles molotov y caza de fachas”. La mirada y el oído de la memoria histórica verdadera, como el Jano bifronte, abarcan los 360 grados.

jueves, 10 de octubre de 2019

EL CASTIGO DE LA INOPERANCIA


¿Qué hay en el fondo de la tumba de Franco que tanto preocupa al Gobierno de Sánchez y su partido? Desde luego, no sólo los restos del que fuera Jefe del Estado así reconocido por la generalidad de países de diversos regímenes, incluidas —claro está— las democracias occidentales. En el fondo de esa cámara de pocos metros cúbicos situada en el presbiterio de la basílica del Valle de los Caídos, entre el coro de los benedictinos y la mesa de altar, lo que hay son los restos de un recuerdo. Pero no de un ayer inocuo, no. Sino de una memoria subterránea que posee toda la resistencia de un cimiento. Es, pues, la basa de la columna cuyo capitel resulta ser la España de hoy.
Esto es lo que quieren remover quienes ocupan las instituciones nacionales sometidas a procesos electorales cada vez más inquietantes. Saben que el tiempo apremia; que si no logran llevar la malhadada Ley de Memoria Histórica de Zapatero, principio del fin de la libertad de expresión tan trabajosamente ganada, hasta sus últimas consecuencias y hasta el fondo de esa tumba, los españoles podemos investigar y aún debatir sobre el franquismo sin prejuicios, sin censuras, abiertos a lo que el recuerdo nos traiga a colación, sea de la índole moral que sea.
Abierta la caja de los truenos, el PSOE, como ya ha advertido Santiago Abascal en el segundo Vistalegre, se puede encontrar ante un espejo que haga sobresaltarse a los mismos socialistas. Al menos a los más jóvenes. Y al mismo tiempo, si no consigue dar pleno cumplimiento a la Ley que, junto a la del odio, ha blindado el pensamiento único contra cualquier tipo de disidencia, es muy posible que la aparición en escena de las luces que todo periodo dilatado de la Historia (¡cuarenta años!) arrastra —incluso el soviético— ponga luz y taquígrafos no sólo sobre las vergüenzas históricas de una izquierda reiteradamente dantesca sino sobre el agotamiento absoluto de ofertas electorales que aqueja a los partidos de la moción de censura (¡qué bien le viene el nombre!).
Sánchez, en su inmarcesible ignorancia, no ha contado durante su carrera política con casi ningún elemento histórico de fuelle a la hora de tomar decisiones. Incapaz de formar un Gobierno salido de las urnas, su gran paso en falso, que es doble, está a punto de pasarle factura. Porque fue él quien dio alas a ese independentismo que ya ha entrado en las estribaciones del terrorismo y ojalá que no en las de la contienda civil. Y ahora, con media Cataluña en pie de guerra y otra media en silencio, no sabe qué hacer por ese flanco. Al mismo tiempo, la experiencia de haber ganado unas elecciones que no le han servido para ser investido está generando en el pueblo español una reacción, lenta pero segura, muy estudiada por los analistas serios: la frustración que da paso al castigo de la inoperancia. La responsabilidad de salir presidente de las urnas es siempre del que consigue más votos. Si no llega a coronar su esfuerzo electoral, el votante se siente impotente por delegación, y huye de repetir el intento. Esto está a punto de sucederle a este doctor bajo sospecha que se refugia en la tumba de Franco para ganar tiempo, aunque lo único que consigue es mover un ataúd, tal vez para hacerle sitio al suyo como político.