sábado, 30 de julio de 2016

EL VACIAMIENTO

Si uno repasa el plantel de propuestas de los dos grandes partidos que han protagonizado el régimen actual desde sus comienzos, no se lleva ninguna sorpresa, porque no hay apenas nada que encontrar. De ahí que estemos asistiendo a una guerra por la conservación o la reconquista del poder, y nada más. Los otros, los de reciente aparición, son melones por abrir, y ya se sabe que todos los melones prometen dulzura. Ciudadanos es más socialdemocracia sin contaminar, luego ideas hay pocas en su ideario; son como un begin to begin que nos devuelve al Felipe González prístino de la calle Pez Volador, aunque con menos cara de laboralista y más de niño guapo de primera comunión. Y Podemos (con Unidos o sin ellos) son el típico salvoconducto a la Luna que acaba llevándonos a Marte… si le dejamos. Los separatistas, mejor ni nombrarlos, como la bicha.
Pero de oferta con visos ilusionantes, nada de nada. Llevamos dos convocatorias votando seguir como estábamos con Rajoy o con Zapatero. Inmovilismo propio de estados de pavor porque el futuro económico sigue siendo mucho peor que inquietante. Todo sistema se agota, hasta el de Trajano. Mucho más el de la Seguridad Social. Cuanto había de innovador y por ello sugestivo en la España de 1978 se ha ido agostando a golpe de fraudes, corrupciones, incumplimientos, atentados, decepciones y este interminable túnel del tiempo de la izquierda demagógica que nos retrotrae contumazmente a 1936. Todo se ha hecho anodino y tedioso. Nadie presenta opciones explícitas para encarar el mañana con adhesión a unos ideales movilizadores de vidas y haciendas. Nada de nada. Nihilismo absoluto. Por eso no hay acuerdo. Ya no hay ni tan siquiera mercancía que cambiar.
La última gran traición, la del aborto, fue como una bocanada de muerte para la confianza en los pilotos de la nave. A partir de ahí, puede pasar cualquier cosa en los partidos españoles, es decir en la política española, de hecho ya irreconocible. El órdago separatista tiene enfrente esa nada que apela patéticamente a unas reglas de juego que tampoco existen o que de haberlas son inoperantes, como se demuestra día a día.

El pueblo español sí conserva motivos para seguir caminando juntos y luchar por unas cuantas verdades de justicia. ¿Pero quién representa a esa España viva y dinámica, cargada de ideas y de coraje para emprenderlas? Ahí arriba, desde luego, nadie. Las diferencias son de nombres y las discusiones huelen a cifras nada más. Hay unos paladines del sistema y otros que pretenden cargárselo, eso sí. Pero la atonía, la anemia y el rompecabezas que tiene en vilo a la Nación mientras ésta se descompone en Barcelona suponen la peor receta para navegar en aguas turbulentas mientras un barco pirata, acompañado de su séquito, acecha unas veces por babor y otras por estribor, unas por proa y otras, como recientemente, por popa.

domingo, 24 de julio de 2016

El bloqueo

Pase lo que pase durante los próximos meses en España y fuera de ella, lo cierto es que se apodera de nuestras vidas públicas una extraña sensación de bloqueo que unos asociarán a la calma chicha y otros a la normalidad, según se hallen encuadrados en el redil de los apocalípticos o de los integrados como quería Eco. Para ceñirnos a nuestro país, hemos de reconocer dos cosas: por un lado, resulta evidente que sin renovación gubernamental todo parece funcionar aceptablemente bien; por otro, el bloqueo se traduce en un engolfamiento letárgico que atenúa las preocupaciones encapsulando sus causas. Por ejemplo, la prima de riesgo baja pero la deuda sube. ¿Alguien lo entiende? Los indicadores empiezan a describir esa línea zigzagueante que podría sacarnos del muermo o condenarnos a no saber nunca a ciencia cierta qué está pasando.
Las contradicciones han sido siempre un rasgo distintivo de los partidos políticos, y en una partitocracia como la nuestra no mostrar nunca todas las cartas se ha convertido en una baza para ir ganando partidas hasta la derrota final. El paro baja, pero la destrucción de empleo sube; las hipotecas suben, pero el negocio bancario roza la bancarrota; el consumo sube, pero la confianza empresarial baja. Estamos en puertas de asistir a la gran paradoja: que todo suba y baje al mismo tiempo. El déficit sube, pero no tanto como para que nos multen. El IPC se queda más o menos como estaba —congelado desde hace años— pero los impuestos suben un 13,5 por ciento (hablo sólo de este año y de un ayuntamiento costero de rango medio como el de Isla Cristina). Lo único que todo el mundo entiende es que aquí el que no corre vuela y que algo huele en el ambiente como en la DGT o en Escandinavia.
Hace muy poco me contaban que un conocido socialista incurso en el escándalo de los eres falsos se gastaba en comilonas del orden de 30 euros por comensal en mesas de veinte como quien no quiere la cosa. Aquí muy poca gente ha hecho sus deberes, razón por la cual existe ese marasmo de fondo que ha obligado a repetir las elecciones sin que las posiciones en el tablero se hayan movido, como no sea la irrupción del gran sorpasso que constituye haberle puesto un techo inesperado al retorno de los comunistas. Pero los que engañaban siguen viviendo del cuento, los que robaban siguen haciéndolo —aunque ahora sabemos más cosas gracias al correo electrónico y a la Guardia Civil— y sólo cambia, siempre progresivamente, el porcentaje de nuestro dinero que succiona el Estado en sus distintas instancias.
El bloqueo tiene, no obstante, una raíz “inmaterial”, y es que nadie (y cuando digo nadie me refiero al arco parlamentario) es capaz de anteponer los intereses nacionales a los particulares. España es rehén de un sistema, y sobre todo de una mentalidad, que impide gobernar con libertad, porque desde los distritos municipales hasta la presidencia de las audiencias provinciales, pasando por el largo rosario de puestos públicos hasta llegar al único inmutable, todo, absolutamente todo, está negociado con su correspondiente toma y daca y depende de unos pactos. Muestras: Las alcaldías de Sevilla, Cádiz, Madrid o Barcelona; las comunidades autónomas de Andalucía, Cataluña, Valencia, Castilla La Mancha, Extremadura; algo así como un colador de plazas de mando y asesoramiento que ocupara el espacio aéreo del territorio nacional, como la alcachofa de una regadera encargada de distribuir el presupuesto común.
Esto es un mecano —prefiero eludir lo del castillo de naipes, para no atraer el mal fario— de modo que si cambias una pieza, lo demás no encaja. Va de abajo arriba, así que cuando llega la hora de construir el nivel superior, el del BOE, las leyes orgánicas, el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas y de Seguridad y las relaciones internacionales —la economía no sabemos ya dónde se decide— es casi imposible no alterar los demás puntos sensibles del conjunto, con el resultado más temible para un partido: perder dominios.

Si nuestros políticos, y el uso que se ha hecho desde el principio de nuestra Constitución, pensaran en la Patria antes que en nada más, como hacen en otros lugares, otro gallo nos cantara, y se hubiera formado un gobierno fuerte con presidente efectivo desde hace mucho. Pero ya ven: aquí nadie da puntada sin hilo, lo único que importa es la bolsa —la de cada uno, como se acaba de ver con las claves para la elección de la mesa del Congreso— y el partido, ese dios al que todo se rinde y cuyos sacerdotes queman en su altar el incienso del poder para eternizarlo en el podio.

sábado, 16 de julio de 2016

Historiografías vírgenes

Es tiempo de lecturas aparcadas durante el invierno laborable y la primavera sensual. Los que sentimos debilidad por la Historia pasamos entre brisas marinas páginas que siempre nos traen noticias inéditas para nosotros, con la vibración de un periódico atento a la actualidad… de hace décadas o siglos. Nada hay más vivo que la Historia, ya que ésta revive en nuestra mente, en nuestra conciencia, incluso en nuestro corazón en el momento mismo —ahora— de asistir a la “novedad”, de conocer algo que hasta ese acto de aprehensión del pasado, ignorábamos.
Repasando hechos de otrora, he caído en la cuenta de algo que me parece especialmente grave, sobre todo para generaciones venideras (que por otra parte, ya están aquí). Se trata del clamoroso vacío historiográfico que afecta a lo contemporáneo, al menos en España. Y entiendo por tal no lo que nos enseñaron hace cuarenta años que lo era. Uno de los mayores sinsentidos del estudio científico de la Historia es esa clasificación absurda por la que la Prehistoria no es Historia —excuso decir todo lo anterior— y los términos “antigua”, “media”, “moderna” y “contemporánea” se aplican desde la perspectiva de unos señores que ya son también Historia.
Cuando hablo de contemporánea me refiero a coetánea de nosotros mismos. Mañana será otra cosa para los que nos sucedan, pero hoy por hoy es nuestra Historia vital, la que ha acompañado nuestro crecimiento y madurez; incluso la que ha determinado nuestro contexto inmediato, el día a día de nuestra particular historia que se cerrará con el final de nuestros días. Esta Historia casi carece de historiografía, porque lo que hay, al menos de la Guerra Civil en adelante, es más bien un arsenal de libelos antifranquistas a gran escala editorial y un puñado de monografías, de muy restringida difusión, con aroma hagiográfico.
El origen de este fenómeno, como el de tantos otros, hay que buscarlo en la politización de la Universidad, en cuyo seno se ha desarrollado siempre la actividad historiográfica. La Universidad española, que caminaba hacia la verdadera autonomía cuando fue cautivada (como casi todo) por el socialismo rampante, es, hoy por hoy, presa de servidumbre financiera por parte del poder político. En un sistema partitocrático, lo que no gusta a quien tiene la sartén por el mango, sencillamente deja de existir. O sólo se permite que exista cuanto sirve a la necesidad de subrayar los aspectos más siniestros del enemigo. Es una guerra intelectual de la que han sido víctimas los españoles nacidos del año 80 en adelante, los que tenían seis años cuando entró en vigor la nueva legislación educativa y su filosofía partidista de la mano de Felipe González y José María Maravall.
Desde entonces, las Universidades —¿qué decir de los medios de comunicación, sobre todo la televisión, la gran niñera de los nuevos españoles?— o bien investigan y publican sólo las vertientes más negativas del franquismo o bien simplemente silencian cincuenta años de la Historia de España. Esta realidad acaba calando en las demás etapas educativas, contaminando los libros de texto escolares —de préstamo o virtuales— y, por supuesto, la formación del profesorado.
El resultado es un vacío que mutila nuestro conocimiento de unos años que, gusten o no, han modelado nuestra manera de ser, nuestra vida cotidiana, nuestra visión del mundo y nuestra capacidad de educar a nuestros hijos. Claro que también el bienestar económico que hoy se cuartea hunde sus raíces en aquel tiempo que algunos titularon “de silencio”. Y puede que aquí se halle la explicación acerca de por qué no se da a conocer nuestra Historia de la guerra en adelante. Es preferible encargar informas interesados —y salpicados de errores garrafales— para cambiar el nombre a las calles.
Echo de menos que alguien indague en los archivos de las instituciones y corporaciones del Estado entre 1936 y… hoy mismo. Quisiera que alguien me mostrara, de forma divulgativa y a un tiempo respetuosa de la técnica objetiva, qué hicieron la Cortes, los ministerios, la Jefatura del Estado, los Gobiernos civiles, el Ejército, la Justicia, la Iglesia, las diputaciones y los ayuntamientos de cada población española durante ese periodo. Porque en 1939 no se produjo un big bang que detuviera el quehacer de una nación como España. La Historia, como el río de Heráclito, nunca se congela, siendo realmente la misma. Y más allá de que sea preciso conocerla para dominarla y que no repita sus capítulos más funestos, los ciudadanos de 2016 —y los que nos sigan— tenemos derecho (sí, derecho, que no sólo existe el de votar) a saber de dónde venimos, siquiera sea para reconocer los peligros a los que algunos nos pueden llevar otra vez.

Coda: Y sobre todo porque el presente siempre debe interpretarse a la luz del pasado, lo cual puede iluminar numerosas vergüenzas que unos y otros (ya me entienden) desean a toda costa ocultar.

miércoles, 6 de julio de 2016

La Avenida como paradigma del fracaso

Nos vendieron que la Avenida de la Constitución iba a ser recuperada por el pueblo sevillano a través de su peatonalización. Que iba a ser liberada de la odiosa presión de los tubos de escape y de la prepotencia de los automovilistas. Que los viandantes íbamos a ganar en espacio público transitable y que todo iba a ser más idílico, humano y hasta verde. Un tranvía iba a sustituir no a los autobuses sino al metro que el primer Ayuntamiento socialista había parado so pretexto de que se iba a caer la Catedral cuando lo que no había era capacidad de gestión económica. Todo iba a ser de dulce: aire más puro, menos ruido, aceras tan anchas como la calle misma. Nuestros hijos iban a poder disfrutar de su ciudad dejando atrás la oscura costra del pasado inmediato.
Al cabo de los años, ¿qué tenemos? Una argamasa de solanera sin árboles de sombra por la que andar es tan complicado como ir mirando al suelo para seguir la senda tortuosa que unas chapitas (me recuerda a Jacques Tatí) te van indicando para que respetes a: el tranvía, que dispone de su playa de vías y a menudo circula a velocidades incompatibles con el ser humano que va a pie; las bicicletas, que como todo el mundo sabe gozan de una suerte de discriminación positiva que las hace potencialmente siniestras; los cantantes, perroflautas, músicos, patinadores, manteros, artistas de tablaos flamencos, estatuas más o menos demoníacas, equilibristas, prestidigitadores, mendigos y pedigüeños, lisiados o no, venidos de todos los puntos de la Europa comunitaria y más allá, baterías de roqueros, así como un sinfín de cajas acústicas que inundan de vatios el ambiente otrora inundado de motores. Hay también comparsas y chirigotas, habitantes que se arrebujan en los recovecos de los establecimientos donde tienen sus “hogares” de cartones regados con tetras de vinos baratos. Una semana al año, hay cofradías y sillas. Y una vez al año, la procesión del Corpus. El resto del tiempo, nuestro Ayuntamiento, el mismo que hace ondear por encima de las banderas constitucionales la del movimiento transgresor de moda, nos educa con una aliteración de murales fotográficos que valdrán una fortuna y mediante los cuales nos enseña cómo debemos pensar, sentir y comportarnos. ¡Qué gran maestro nuestro Ayuntamiento! Ahora ocupa el escaso espacio que deja el muestrario humano antedicho y los omnipresentes veladores del parque temático para turistas —este sábado sólo para uno— una “exposición” de grandes carteles provocadores. Aconsejo a las familias con niños que tomen la acera de enfrente, la que linda con el Banco de España, si no quieren verse obligados a responder a preguntas harto incómodas y para las que sólo son válidas las respuestas bendecidas por el establishment que administra la actual clase política española, de la que nuestro alcalde, gran cofrade, es un privilegiado exponente. Dicen que es para integrar y acostumbrar a la gente a ver eso como algo normal. ¿Y si la gente no quiere? ¿Cómo se le obliga?

El padre Estudillo ponía en el membrete de sus cartas “Avenida de José Antonio (ahora Constitución)”. ¡Si el gran aficionado taurino, con su sempiterna sotana, levantara la cabeza!

miércoles, 29 de junio de 2016

NI UN BANCO PARA SENTARSE

Las metáforas son la sal de la vida. Pero vamos camino de quedarnos sin ellas. En caso de albergar algún resquicio de resistencia a la marea que nos lleva, les recomiendo vivamente la lectura del último —espero que no— libro de Antonio Muñoz Molina, quien para mí es el mayor y mejor escritor vivo de nuestras letras. Ideológicamente, me separa de él un océano que, como suele suceder, también es nuestro nexo en común. En no muchas páginas, el ubetense que aprendiera a escribir asomado a Sierra Mágina traza el perfil exacto de la decadencia democrática en España. No es un libro para disfrutar, más que de su prosa, repujada como siempre en él. Es lo que llamaban los modernos un libro testimonio, que rezuma desolación de la quimera. Describe con tiralíneas, palmo a palmo, lo que para mí llamo desde hace decenios “el secuestro de la democracia”, su uso perverso por los mayores enemigos de ella, que no suelen ser los dictadores porque para ellos no existe, sino sus usuarios. Es como si bajo los lomos de un inmenso caballo de Troya se hubiese escondido una raza de truhanes con el único fin de lograr taimadamente la destrucción de un adversario mucho más fuerte que ellos: el pueblo español. Abran el libro por donde quieran. Encontrarán una tesela que casi habíamos olvidado (la desmemoria histórica es la herramienta favorita de los demagogos) del gran mosaico nacional.
  La foto con la que ilustro este artículo la obtuve hace una semana en la zona de consultas externas de uno de los tres grandes hospitales metropolitanos de Sevilla. La última vez que había estado allí, intenté sentarme en ese mismo banco, que aún conservaba, sueltas, sus tablas. No pude. No me fiaba de sufrir una caída y que las cercanas urgencias me obligaran a guardar una espera de horas para ser atendido. Eso fue en noviembre del año pasado. El miércoles el banco carecía ya de asiento, como pueden observar. En la zona, donde se hallan los servicios de Oftalmología y Rehabilitación por los que circulan al día miles de personas, sólo hay otro banco como éste, que sí está en uso. Observarán que al fondo hay una máquina de ejercicios, que jamás he visto ocupada por nadie, salvo por algún chaval que la toma como artilugio lúdico.
A esta metáfora  me refería al principio: una Administración que ha vendido hasta la saciedad sus excelencias, como la máquina de entrenamiento, y que se revela incapaz de reparar un simple banco de madera a lo largo de siete meses. Y lo que te rondaré morena. Es también un símil de lo ocurrido con los otros bancos. Somos un país obsesionado con apuntar alto, hasta que se dispara en vertical y te cae encima el proyectil. Por ejemplo, ¿cuántos polideportivos hemos utilizado para acoger a los damnificados por unas inundaciones que se habrían evitado si ese presupuesto hubiera ido a construir obras defensivas a tiempo? ¿Hablamos del fracaso que ha supuesto invertir sumas interminables en “políticas activas de empleo” de las que se ha seguido el mayor paro de nuestra historia?
Cansados de ser explotados y expoliados, a cambio tan sólo de la potestad dudosa de elegir a nuestros representantes de entre los candidatos escogidos por los aparatos de los partidos, los españoles no podemos ni sentarnos al borde del camino y pensar, como el personaje de Rodin. Eso sí, tenemos multitud de artefactos más o menos ociosos a nuestra disposición para cumplir directivas escritas por un anónimo chupatintas en un oscuro despacho de la no más luminosa Bruselas.

Ahora sólo cabe esperar —y rezar implorándolo— que a los encargados de mantenimiento no les dé por colocar en lugar del banco una bicicleta estática.

lunes, 20 de junio de 2016

ONDAS GRAVITACIONALES MADE IN SPAIN

Nos enseñó el maestro —liberal y centrista por cierto— Chueca Goitia que la arquitectura, portavoz de la filosofía materializada en espacios vitales, guarda una estrecha relación con el genio de los pueblos, expresada en un hilo conductor que él llamó “invariantes castizos”. Y ahondó en los españoles. La globalización digital ha roto los moldes, aunque no del todo. En apariencia, el mundo se ha hecho más universal, aunque en realidad lo que se ha producido es un paso definitivo de cara a la generalización del imperio anglosajón, encarnado en la fiebre por el inglés. Es la hora de las reacciones al fenómeno, no siempre encajadas en los límites del sentido común y el respeto a los otros, como se acaba de ver en la civilizadísima Gran Bretaña. Será que el muro adrianeo sigue separando el Derecho Romano de la brutalidad bárbara y septentrional.
España siempre ha sido diferente. Mientras en Europa los partidos políticos se van viendo obligados —en algunos casos forzados— a rescatar ideas patrióticas para evitar que se adueñen de ellas los de siempre, esos que la emprenden a mamporros en cuanto pueden, aquí en España el viraje a partir del envejecimiento de las instituciones anquilosadas en la lucha por el escaño se produce en sentido contrario: hacia la extrema izquierda. Incluso para los que apenas nos asustamos ya de nada, el avance atroz de los comunistas con diversas pieles empieza a constituir un brexit a la española que nos remite, como si de una maldición inexorable se tratara, a esos invariantes castizos de la nación española. El misterio lo desvelan con frecuencia los historiadores, como Stanley Payne, que en su más reciente libro, “El camino al 18 de julio”, da una de cal y otra de abatimiento. Nos dice que la España de hoy no puede repetir los hechos de entonces, lo cual es de agradecer siquiera sea para relajar la ansiedad que nos carcome. No volverán a arder doscientos edificios religiosos en dos días como ocurriera al mes de proclamada la república y ante la pasividad de las nuevas autoridades. Lo malo es que entre aquello y esto sí hay, según el emérito norteamericano, una similitud muy peligrosa: aquella izquierda republicana de todos los colores era, como la de hoy, excluyente. La única finalidad con la que presidieron y participaron en el régimen del 14 de abril era la de impedir que la derecha pudiera gobernar jamás en España. La consecuencia la conocemos sobradamente.
Asistimos, pues, a un rebrote de los invariantes castizos de la política española: cada vez que se democratiza acaba entregándose a los revolucionarios. Si en el continente europeo el gran riesgo es que el tren descarrile porque se apoderen de la locomotora maquinistas obsesionados con tomar las curvas a la derecha a excesiva velocidad, aquí la tendencia natural de los ciudadanos parece ser la misma pero con las curvas a la izquierda. Mientras, sus antecesores en los mandos intentan sacudirse la borrachera de poder de un largo viaje salpicado de tirones del presupuesto público que ha dejado la leñera vacía.
Nuestro sino como españoles, diría un clásico, es atentar contra nosotros mismos. No es, desde luego, momento de abrazar fatalismos, aunque sí de preguntarnos, inasequibles al desaliento, qué … nos pasa, y si las ondas gravitacionales que anticipó Einstein y que ahora están apareciendo en el microscopio de los científicos, no serán esos invariantes castizos ante los que las gentes de bien y sensatas —léase políticos moderados— deberían haber tomado medidas a tiempo.



lunes, 13 de junio de 2016

EL ÚLTIMO DÍA

Te escribí, hace ya doce años, otro artículo que titulé “El primer día”. Ha sido uno de esos escritos mágicos que dejan en los lectores un eco duradero, de una frecuencia lenta y por eso profunda, causa de que mucho tiempo después de su publicación reaparezca en boca de quienes no han olvidado sus palabras. Son los artículos que merecen la pena. Lo demás es morralla.
Te dediqué aquel texto, de corazón, porque lo conquistaste con aquella mirada tuya que recuerdo como si la estuviera viendo ahora. Es más, cierro los ojos y la veo. Era tu primer día de clase en el colegio. Al pie de la escalera, nos dimos un beso de despedida. Acto seguido, con una disciplina amorosa que habías sacado de ti misma, diste media vuelta con la mochila a tus espaldas y emprendiste la escalada sin mirar atrás. Al final, y mientras girabas en ángulo recto para entrar al gran patio escolar, te detuviste un instante, me miraste, sonreíste y me dijiste adiós con un gesto de tu mano. Ni prisas ni pausas. Todo con el tempo de tus seis años bien cumplidos.
Algo parecido habías hecho tan sólo unas horas después de nacer. Te llevaba en brazos camino de la ecografía para explorar un pequeño bultito que tu madre había descubierto —¡las madres!— al amamantarte. Tus ojos no se apartaron de los míos en ningún momento durante el trayecto dentro de la clínica. Y después, las duras maniobras del ecógrafo no te arrancaron una sola lágrima, ni una queja. Impresionante.
De eso han pasado diecisiete años y medio. ¿Muchos? ¿Pocos? Depende de cómo se mire. Tu nombre, Beatriz, ha sido fiel durante este tiempo a su significado filológico. Has traído mucha felicidad a mi vida. Y eso rejuvenece. No toda, claro. Tu madre acrecentó la que había sembrado mi progenitor. Y después, tus hermanos (también el que no está) me hicieron padre antes que tú; en eso te llevan ventaja. Tú, mi benjamina, próxima ya a cumplir la mayoría de edad, has marcado el hito de la consumación, de la alegría final y sin término. Gracias, mi niña, por aquella mirada de hace media vida y que para mí fue una vida entera.
El viernes pasado fue tu último día de clase en el mismo colegio. La luz de los Sagrados Corazones te acompañe. El viernes también tuviste una mirada para tu padre. Era muy distinta y la misma  que la del primer día. Estudiabas. Te pregunté por la marcha de las cosas mientras acariciaba esa larga melena que no tenías con seis años. Yo acababa de leer “Romeo y Julieta”, de la que tendrás que examinarte dentro de poco para ser actriz. Tu sonrisa fue la misma, pero había algo de pena en ella, la nostalgia de abandonar tu colegio. Me recordaste que había sido tu último día, y que echarás de menos a tus compañeros, profesores y religiosos. No importa, pequeña. Los llevarás ya siempre contigo. Tanto tiempo con ellos no transcurre en balde. No estés triste, te dije. Piensa en el futuro, en el Arte Dramático, en tus nuevos amigos, en los autores y sus obras, en el público y en lo que nunca te fallará: tu familia aquí y tu Creador allá. Y además, el colegio seguirá ahí y cuenta con tu arte y tu entrega a los demás, esa fuerza interior que llevabas aquel primer día y que has seguido transmitiendo todo este tiempo hasta el punto de haber dejado huella en quienes te han tratado. Aún recuerdo la boca redonda y los ojos como platos de tu tutora cuando me insistía, una y otra vez, en que eras muy especial.
¡Y tanto! Lo de menos, con todo y con eso, es que hayas sacado 10 en todas las asignaturas los dos cursos del Bachillerato, que seas matrícula de honor y el mejor expediente de tu promoción, tanto el absoluto como el de Humanidades. Todo el mundo recalca lo mismo, empezando por el director de tu colegio: “Es brillantísima, pero sobre todo es una excelente amiga y compañera”. Pues lo tienes todo, hija. Dios te ha bendecido con sus dones en grado extremo. Yo no me merecía esto cuando te engendré.
¿Quién me iba a decir, tesoro, aquella mañana de septiembre del año 2004, que iba a gritarte “¡bravo!” (yo y mi timidez proverbial que me impide incluso bailar) al escucharte cantar en el musical que os ha granjeado el primer premio de Andalucía en el concurso, ya clásico, de Coca Cola? No quepo en mí, igual que el resto de la familia, cuando me paran por la calle para felicitarme por la hija que tengo.
Ahora a no creérselo, cariño. A luchar en este mundo injusto con una sola mira: llevarte bien contigo misma. Así serás digna de tu suerte al haber sido elegida por el Eterno para hacer grandes y buenas cosas por la Humanidad que te rodea. Por ejemplo, portar la felicidad a quien esto escribe, que no va a olvidar a tus abuelos, sobre todo los que ya no están (Emilia, Ángel, Encarnación), y al que sigue compartiendo la vida contigo, Antonio, porque gracias a ellos, que nos dieron el ser generosamente a tu madre y a mí, hemos tenido la dicha de conocerte, disfrutarte y mirar hacia delante contemplando contigo el mismo horizonte de ilusiones.

Un beso.
Papá

lunes, 6 de junio de 2016

CUENTOS PARA OCULTAR CUENTAS

Ahora que arrecia el vendaval antidemocrático que diría Guerra sobre la Comunidad andaluza por un quítame allá esas pajas de mil y pico de milloncillos de nada que se llevaron por delante entre unos desheredados y otros mientras Chaves, Griñán y otros apóstoles de la igualdad firmaban y firmaban a ciegas como citas de amor en celuloide, es conveniente repasar algo de lo que está pasando con las cuentas públicas, ésas que en Andalucía han devorado eres y cursos de formación (no precisamente del espíritu nacional). Entre otras cosas, porque no se trata “sólo” de dinero, de muchísimo dinero, sino de poca vergüenza, que es una categoría moral y por lo tanto más elevada que el vil metal o mardito parné. Nos lo acaban de recordar los suizos. No la banca suiza, que es otra cosa, sino los ciudadanos libres de la Confederación Helvética, para la que habría sido tan fácil como un chasquido librar los fondos correspondientes a la implantación de una paga universal (“Renta Básica Incondicional”) de 2.260 euros mensuales por adulto y 570 por menor. Promovían sindicatos, socialistas y ecologistas. Sometido a referéndum (¿desde cuándo no tenemos uno en España?), los ciudadanos libres del país más odiado por los colectivistas de todo el mundo han decidido, democráticamente, no ceder a la demagogia. No tuvieron ni que hacer cuentas. Mucho menos, llevar a cabo interminables procesos judiciales para quedarse a medio camino por mor de fallecimientos y prescripciones. Sólo han tenido que echar mano de su sentido común y de su patriotismo, cualidades ambas que hace tiempo huyeron del alma hispana.
En realidad, se trataba de una medida “niveladora”, consistente en quitarle ese dinero a los que ganan más para dárselo a los que ganan menos, tomando siempre dicha cantidad como referencia común. Una sombra chinesca de lo que aquí pretenden poner en práctica los comunistas de distintas marcas electorales reunidas.
¿Se imaginan ese referéndum en nuestro país? Es más, ¿qué podría haber sucedido en Andalucía, por ejemplo? Los suizos han partido de una premisa que casi hacía innecesaria la consulta popular: ¿de dónde íbamos a sacar, no ahora, sino dentro de diez años, el dinero necesario para garantizarle a cada uno sus 2.500 francos al mes? ¿Qué sería de la célebre laboriosidad que ha hecho posible nuestro bienestar? Los mismos padres de la propuesta reconocían que en todo caso había un 12 por ciento para el que sería necesario buscar financiación. Un 12 por ciento anual acumulativo, claro. Y no creo que pensaran siquiera en pedírselo a los bancos. Hablaban de implantar un canon —léase nuevo impuesto— sobre los ordenadores. Es decir, lo de siempre desde que Leviatán descubrió el filón del bolsillo privado. Los suizos saben muy bien que, aunque el dinero sea papel, no lo aguanta todo. Y por lo tanto, han preferido, ¡por un 78 por ciento!, dejarse de fantasías sesteras y seguir apegados al suelo.
Aquí en España, la riqueza, cuando parece haberla, implica convertir ese mismo suelo, tan yermo, en minas áureas a golpe de boletines oficiales, por el procedimiento de la recalificación especulativa. Una burla con forma de burbuja llena de un gas llamado paro, que se expande en cuanto se libera. Por cierto, en Suiza el paro no existe (3,5 por ciento).
Las autonomías españolas —cada vez me acuerdo más de las “autonosuyas” de Vizcaíno Casas— han aumentado su déficit un 40 por ciento hasta el pasado mes de febrero desde el mismo mes del año anterior. Si ampliamos el dato a la Administración general del Estado —sin contar las corporaciones locales— ese aumento fue del 28 por ciento, hasta alcanzar la bonita cifra de 12.684 millones de euros. La deuda del Estado ha alcanzado nuevos récords, como es sabido (“o no”). La “hucha” de la Seguridad Social para pensiones acabó 2015 en menos de la mitad de lo que contenía en 2011, al pasar de 66.815 millones a 32.485.
Esto sí que es una “deuda histórica”, y no la que hasta no hace mucho (ya no dicen ni mú, evidentemente) llenaba la boca de la presidenta andaluza y de sus conmilitones. Para tapar lo que el espíritu socialista de revancha y engaño a las multitudes ha originado, se vuelcan en la “memoria histórica”, otro género de ajuste de cuentas fantasmagórico muy nuestro (“a moro muerto, gran lanzada”) que resulta muy útil en ese empeño de echar tierra sobre el despilfarro irresponsable mientras se desentierra el hacha de guerra populista.  A ello se ha sumado, con coraje de converso, el Partido Popular, que (lo mismo hizo con el PER, ¿recuerdan?, aunque le cambió el nombre para disimular), mientras ofrece para España un mensaje contrario a la “memoria histórica” (ahí está su voto contra la Ley), aquí en Andalucía lo trasmuta por unas propuestas de cosecha propia que pretenden la creación de “oficinas para atender a las víctimas del franquismo”. ¡Más oficinas, Santo Dios! ¡Como si no tuviéramos bastante con las ya creadas, sobre todo como fruto del pacto de comunistas y socialistas para la Junta de Andalucía! Sin ir más lejos, ayer me percaté de un cartel que anuncia una en un costado de la Consejería de la Plaza Nueva. “Transparencia y protección de datos”, creo que ponía. Y para llevarla adelante, ¿cuántos sueldos, cuánto material, cuánta propaganda?

La memoria histórica encubre la deuda histórica, que no es la que nos contaban sino la producida por la cantinela que nos contaban, la de treinta y tantos años de falsificaciones y manipulación de un pueblo que parece decidido a entregarse en brazos del verdugo —ése de capucha morada— con tal de acabar con las torturas de los guardianes de su ortodoxia política.
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miércoles, 1 de junio de 2016

BUENA NOTICIA PARA LOS ANALFABETOS

Si les digo que el matrimonio formado por José Velasco y Mari Cruz López forjó de la nada un emporio bibliográfico, ustedes apenas esbozarán un leve fruncimiento de comisura labial. Pero si les añado que ese negocio creció a lo largo de casi cuarenta años hasta el punto de convertirse en la única cadena de librerías andaluza, “Beta, Galería Sevillana del Libro” tal vez sientan el prurito de la curiosidad y hasta un algo de admiración. Llegó a tener once tiendas, repartidas por Sevilla, Córdoba, Algeciras, Huelva y Los Barrios. Su local de Viapol (más de 1.000 metros cuadrados) fue el de mayor extensión de España. Comenzó a vender libros a través de Internet en 2012. En 2008 —el primer año de la gran crisis— facturó cerca de ocho millones de euros, lo cual, hablando de libros vendidos, es una proeza en España. Mantuvieron el tipo, con medio millón de euros de beneficio, al tiempo que la facturación caía, como casi todo —menos el fútbol y las verbenas— en este país. Se enderezó en 2011 y saneó sus cuentas.
Y sin embargo, después… Beta fue cerrando en la avenida de La Constitución, La Gavidia, Sagasta, Imperial, San Pablo, y ahora funde en negro el “book café” en el que se refugió a unos metros del teatro-cine de la calle Sierpes. Le quedan aún cuatro tiendas en Sevilla y algunas más en otras poblaciones. Mantiene abiertas las dos emblemáticas de Los Remedios (Asunción, donde empezó la aventura en 1975, y República Argentina) más las de Nervión (Viapol y Hernando del Pulgar). ¿Hasta cuándo? La nueva empresa propietaria anuncia un “ajuste de plantilla” y reconoce que hace meses que no puede pagar a los proveedores.
Como periodista, no entiendo que las informaciones se monten a golpe de gabinetes de prensa y “voces autorizadas”. Así que me he fajado y he hablado con “las bases”, algunos empleados que, con lágrimas en los ojos —literalmente, ya que hablamos de escritura— y tras mucho insistirles, me han señalado los anaqueles medio vacíos, los escaparates y expositores sin novedades, y los pasillos desiertos: “Los clientes vienen pidiendo libros y tenemos que decirles que se nos han agotado. Pero lo peor es cuando te preguntan cuándo los recibiremos, y entonces tenemos que ponerles cara de póquer porque, de momento, no sabemos ni si vamos a volver a cobrar. Se sufre mucho. Son muchos años atendiendo lo mejor que sabemos a las personas, que eran muy fieles. Lo seguimos haciendo con educación y cortesía, pero se van a la librería más cercana.”
No me pregunten si el autor intelectual de este desaguisado es el libro electrónico —no creo, y me fundamento en el parecer de profesionales que trabajan a pie de obra— o son los movimientos de capital, que, como en tantos y tan cercanos casos han mutado con la propiedad el estilo de la casa, o la falta de hábito lector a la que han conducido las redes sociales. Ni siquiera sé si la gente no quiere o no puede gastarse su dinero en libros (esto tampoco me cuadra, a la vista del precio de las localidades, los viajes y las cuotas que genera el fútbol y sus inversiones millonarias en fichajes más o menos limpios fiscalmente). Lo único que sé es que conocí, por pura casualidad, a Mari Cruz —gran mujer y gran periodista— y a Josechu cuando Beta era un trasatlántico y ahora es una falúa a la deriva, curiosamente en manos de una productora muy vinculada a la televisión autonómica y sus programas estrella o lo que es lo mismo, con las familias del poder y la política.
Un pueblo que no lee, ya sabemos hacia dónde va: al matadero moral o al menos al cautiverio de un redil gregario en el que su voluntad es, exactamente, un cero a la izquierda, dicho sea sin ánimo de hacer juegos de palabras en un momento tan frágil para la sociedad española como el actual. Anulada la reflexión a la que obliga la lectura, se pierde no ya la costumbre sino el criterio, el órgano de pensar. Con él fenece nuestro libre albedrío, nuestra capacidad de observar, estudiar la realidad, respetar a los semejantes, tomar las mejores decisiones y asumir responsabilidades; es decir, de vivir. Damos un inmenso paso atrás en la Historia y en la evolución de las especies. Es, ni más ni menos, lo que está pasando, aunque, al igual que sucede con los animales, la mayoría no se esté dando cuenta de nada. Esta abdicación de nuestra más noble faceta, la de manejar ideas y con ellas sentimientos, es como si hubiéramos dado mil vueltas a la cerradura de la caja donde guardamos el saber y la soberanía, para arrojar seguidamente la llave por la borda. Nada vale nada ya si tiene más de veinte caracteres o cosa parecida. El dinero, al parecer, está para producir programas de televisión, a menudo tragados por la masa gracias al vacío que han dejado los libros.

En este contexto, lo de menos es que Andalucía pierda su única cadena de librerías. Lo auténticamente lamentable es que andaluces que antes buscaban un libro en ella para seguir siendo personas adultas y ciudadanos respetables, ahora vuelvan mohínos de la librería de siempre para refugiarse en las bibliotecas que formaron durante décadas en sus casas mientras contemplan cómo sus hijos retornan al imperio de los brujos.

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viernes, 27 de mayo de 2016

A OCHENTA PASOS DEL GOBIERNO

Algunos no logramos reponernos del impacto que nos causan hechos de los que son víctimas personas con las que es fácil identificarse porque su destino podría haber sido el nuestro o —peor— el de nuestros seres queridos. Acostumbrados al relumbrón televisivo, se nos olvida la suerte de otros como nosotros, tan abandonados por unos Poderes Públicos que cada día más parecen dedicados exclusivamente a devorar nuestro trabajo vía impuestos o multas. Si ustedes utilizan el medidor de distancias de Google, podrán comprobar que entre la Subdelegación del Gobierno en Andalucía, sita en la torre norte de la Plaza de España sevillana, y la glorieta de Bécquer hay, en línea recta, ochenta metros. Son los pasos que median entre la institución de la que depende la Policía Nacional y el lugar aproximado donde apareció violada salvajemente y asesinada una mujer de 31 años el pasado 24 de febrero. Estos son los hechos. Los detalles están pendientes de la investigación que en un principio parecía avanzar pero después se ha visto envuelta en cierta nebulosa.
Fue gracias a “Carmen la del Pincho” como la Policía Científica pudo localizar, mediante el ADN, al presunto culpable del crimen. Carmen es una empleada municipal que limpia de papeles el suelo del Parque de María Luisa y que la mañana del macabro hallazgo tuvo la habilidad de guardar aparte, en un contenedor y aislado en una bolsa de plástico, un pañuelo ensangrentado y unos calzoncillos. A ochenta metros de la Subdelegación del Gobierno y a doscientos cincuenta y siete de la Delegación del Gobierno en Andalucía, ubicada en la torre sur.
El espantoso delito ha puesto a la luz la degradación letal en la que se encuentra no sólo el más antiguo parque de Sevilla, donde tantas generaciones han jugado de niño y tantas parejas se han besado por primera vez, sino una parte de la sociedad en general, que se vale de Internet para convertir estos pulmones en lupanares donde todo vicio —especialmente los más nefandos— tiene su asiento. Hechos como éste, acontecido a ochenta metros de la sede donde radica la autoridad democrática, me recuerdan la última frase pública del ex ministro Ruiz Gallardón. Participaba el chivo expiatorio de los fracasos gubernamentales del PP —el mismo que gobierna en las torres de la Plaza de España— en una mesa redonda organizada por el CEU y alguien le preguntó si su cese era consecuencia de un calculado análisis electoralista promovido por el célebre gurú del partido. Su única respuesta fue pronunciar dos palabras: “¡Qué asco!”.

Había pagado el ministro con su cartera y su carrera política la tímida apuesta por la vida que pretendía mitigar la muerte diaria de trescientas personas a manos de otras en el vientre de sus madres y con todas las bendiciones legales. Las muertes violentas son todas iguales. Y cuando la indiferencia se adueña de las mentes, masivamente teledirigidas, los horrores más atroces pueden suceder a ochenta pasos del Poder.
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viernes, 20 de mayo de 2016

A MI AMIGO AURELIO

Me emplazas, querido Aurelio, con sones imperiosos, a que escriba con frecuencia en este rinconcillo del foro público, para así cultivar la disciplina, la costumbre o lo que quiera que sea eso que nos mantiene intelectualmente vivos. Me riñes porque mi desgana no me lleva por esa senda. Y llevas razón. Lo haces a impulsos de nuestra camaradería de viejos escolares que ya han vivido algunos barbechos. Hay en tus palabras cierto parecido con las de las madres que administran consejos tiernos —los de más calado— preocupadas siempre por el cuidado psicológico de los demás. Sí, Aurelio, es cierto que escribo poco, muy poco. Y que eso, como las rondas, no es bueno, que a la larga hace daño y da pena. Pero es que me ocurre como al personaje aquel de los Versos del Capitán, que vuelvo a casa cansado de ver el mundo que no cambia. Y eso sólo se cura con la risa de una mujer.
Remueves en mí el revulsivo de la vocación: escribir es lo mío. Muchas veces me lo he propuesto. Cuando lo hacía porque era mi trabajo remunerado, no tenía excusas para el absentismo. Pero durante estos siete años y medio, he experimentado un rol doloroso y desalentador: el del parado. De acuerdo, es cierto que, como tantos, soy un parado bien indemnizado, lo cual retira de la escena el elemento más perturbador. Puedo vivir dignamente, desde el punto de vista material, lo cual no puede decir todo el mundo en este desdichado país. Es cierto, además, que dispongo del tiempo, ese cuerpo extraño en mi vida anterior de periodista sin horario. Y sin embargo… ¿quién cuenta conmigo?
No voy a ponerme melodramático. Huyo de la histeria como de la peste, por razones que tú y yo conocemos bien. Pero te debía una explicación. A ti y a esos dos o tres lectores que me quedan en este blog, último reducto de mi expresividad. Tampoco me gusta el tono subjetivo, del que tanto se abusa. No obstante, tampoco puedo huir hacia la evasión (no la fiscal, sino la otra, que es peor) e imaginar que todo es de color de rosa. No lo es para mí, pero sobre todo no lo es para los millones de lectores potenciales de cada artículo que escribo y publico aquí.
Tú y yo tenemos hijos, Aurelio. Son los hijos de los hijos del “baby boom”. Y me he dado cuenta de que nuestros padres, que tan mal lo pasaron, eran más felices que nosotros, y ¿por qué? Ellos vieron crecer a su descendencia —eso que nos hace perdurables y perpetúa nuestra esperanza— proyectados hacia el futuro. Por eso sonreían, Aurelio, no, ciertamente, por su pasado, que era tan desgraciado como el del país que les albergaba. Ellos veían el porvenir con deseo vibrante; iban a dejar a sus hijos un espacio vital más limpio que el que habían recibido de sus padres. ¿Qué les vamos a dejar a los nuestros, querido amigo? No hace falta que me respondas. Lo haré yo en un apretadísimo resumen.
Les estamos dejando un país hecho trizas, con una deuda pública como no se conocía desde 1909 (pero entonces conservábamos, bien es cierto que a un alto precio de sangre inocente, las últimas colonias y sus recursos). Nuestros padres nos dejaron un país con pleno empleo. Sí, es verdad que había mucho emigrante, pero la mayoría volvía al cabo de unos años con lo suficiente para poner el pequeño negocio que les reportase un modus vivendi vitalicio. Nuestros padres construyeron, trabajosamente, un sistema de Seguridad Social que nos ha permitido ejercer nuestras carreras profesionales sin preocuparnos por la pensión, que ahora sí está en el aire y que para nuestros hijos será pura historia (al factor de insostenibilidad demográfica se añade que los políticos tiran de la hucha una y otra vez). Las regiones se dividen en dos: las que quieren irse y las que sólo velan por ellas mismas hasta el punto de incumplir la ley. Sólo el fútbol y las verbenas atraen a un pueblo narcotizado por una televisión degradada y degradante que lleva, al igual que el sistema educativo, varias generaciones mintiendo y vaciando de cultura la mente de las gentes para así hacerlas más manejables y maleables.
Podría seguir hasta aburrir. Y eso es lo que estoy, Aurelio, aburrido. Sobre todo estoy hastiado de algo que, como bien sabes tú y los dos o tres lectores que me quedan, siempre he percibido como la premisa trágicamente ignorada de una convivencia respirable: el derecho a la vida. Forma parte, ya lo sé, de una constelación de desprecios que han ido desarticulando la visión del hombre tal y como la aprendí y la profeso: como portador de valores eternos. Lo digo como lo siento, y a quien le pique que se rasque. Es lo que me queda después de que los “mass media”, o mejor dicho, mi “mass media” de toda la vida, me haya dado la espalda. Si el ser humano decide matar a sus crías, ¿en qué especie se ha convertido? Y si permanece en la contumacia de su “error” —más bien perversión— condenando tal crimen horrendo al limbo de la indiferencia colectiva, como ocurre en mi entorno, ¿qué sentido tiene seguir clamando en el desierto?
Con todo, compañero de bancas y fatigas en mañanas de exámenes sin fin, llevas razón, hay que seguir escribiendo. Podría descender a la arena más inmediata (¿qué hay más periodístico?) y hablarte de la última hazaña electoral colectiva de la llamada “clase política” española, compuesta por la “casta” y la “contracasta” que es peor. De los seis meses en blanco bien pagados para los profesionales de la cosa pública, que ahora se llevarán sus ipads y sus indemnizaciones y a volver a intentarlo, en una nueva convocatoria que nos volverá a costar el dinero que no tenemos porque han sido incapaces, también, de rebajar los costes. Y todo, ¿para qué? Para seguir engrosando los bolsillos de unos cuantos con unos fondos públicos cada vez más exhaustos, mientras de vez en cuando un puñado de periodistas independientes —internacionales, naturalmente— sacan a la luz informes sobre evasiones fiscales de apóstoles de la integridad democrática y otros deudos del poder.

Sólo quería presentarte mis argumentos para pedirte disculpas por no expresarme en tiempo y forma. Da igual, como me indicaste ayer, que me lean o que no. Lo que vale la pena es escribir. Y la técnica —los tiempos históricos también, desde luego— nos permite ahora el milagro de poner a disposición de la Humanidad entera nuestros textos. Me dirás —y vuelves a dar en el blanco— que precisamente los problemas y torceduras del género humano deben ser el mejor acicate de un periodista para echarse a andar. Pues ya lo ves. Te acabo de castigar con una jeremiada de campeonato. Y prometo más. Hoy, en honor a ti, me encadeno al teclado hasta el próximo perjurio. Es broma, como ésa que me gastas cada vez que puedes lamentando que yo haya dejado en la orfandad a unas huestes ayunas de guía espiritual e ideológica. Vuelvo a la carga. Al fin y a la postre, el que habla solo espera hablar a Dios un día, ¿no es eso? Y en todo caso, siempre tendré aguardando a ese “público” ávido, incondicional y solícito que es el papel o la pantalla en blanco.

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martes, 19 de abril de 2016

LÁGRIMAS DE UN VICERRECTOR

Los momentos más sobresalientes tienen lugar sin esperarlos y en la intimidad. Esto es válido para la vida pública tanto como para la privada. El pasado día 7 de abril, como cada año en dicha fecha, el salón del Almirante del Real Alcázar acogía un acto sencillo, minoritario y noble en honor de Alfonso X de Castilla y de León. El Cabildo que lleva su nombre, ejemplarmente conducido por su maestre, el almogávar Pedro Rodríguez Bueno, tributaba homenaje al Rey Sabio para conmemorar el día de su muerte, acaecida entre los muros del regio palacio. En el transcurso de la ceremonia, densa y primaveral, con un inconfundible fondo sevillano puesto por los vencejos del atardecer, a la vera misma de la fachada de La Montería y presididos por el inmenso cuadro de Grosso que representa la inauguración de la Exposición Iberoamericana a cargo de otro Alfonso que le sucediera tres numerales más abajo, se entregaba el premio “Beatriz de Suabia” al mejor expediente académico de la Facultad de Geografía e Historia. Lo hacía su decano y la galardonada era una muchacha de veinticinco años, morena, de inequívocos rasgos amerindios, bella, atractiva y elegante. Su nombre debe quedar inscrito en las páginas de este periódico que se despereza: Antuanett Garibeh Louze.
Por azar, me encontraba sentado tras el catedrático Juan José Iglesias, jefe del Departamento de Historia Moderna, que en su día fue vicerrector nada menos que de Ordenación Académica. Recuerdo haberle entrevistado cuando se avecinaba el ciclón Bolonia, y haberme confesado, en confianza, su escepticismo, refrendado más tarde por los hechos. De pronto, en medio de la tarde abrileña y despejada, mientras la brisa de aquel patio legendario e histórico se colaba sin llamar por el portón abierto, Antuanett tomó la palabra y todo se encendió. Apenas esbozó las primeras, con ese deje tan lejano que es de aquí mismo, se hizo un silencio respetuoso y atento, como los antiguos, los que ya no se oyen en las aulas. La voz templada de una mujer llena de energía inundaba aquel auditorio de señores serios y austeros, y era como el Cantar de los Cantares en la Biblia: un clavel reventón en el pecho de Sevilla.
No tuvo desperdicio, ni una gota, la pieza. Mucho menos la declamación. La oratoria recobraba su remota juventud, su gracia a lo José María Izquierdo. Estaban también en la mesa el decano, Javier Navarro Luna y el presidente del Ateneo, Alberto Máximo Pérez Calero. Y habló la musa del conocimiento. Como decían los rotativos de antaño, “por su interés, reproducimos a continuación el discurso pronunciado por la señorita Antuanett Garibeh Louze tras recibir el premio al mejor expediente académico de la  Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla, concedido por el Cabildo de Alfonso X el Sabio:
“Antes que nada, quiero agradecer a los miembros del Cabildo Alfonso X el Sabio, en especial, al señor Pedro Rodríguez Bueno por estar al tanto con todos los preparativos y por su entera disposición, al igual que el señor Diego Gallardo Sánchez. Les agradezco de todo corazón la organización de este hermoso y solemne acto, del cual me siento muy afortunada y feliz. Es todo un orgullo y placer estar aquí junto con mis seres queridos. Asimismo, agradezco a la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla y al señor decano Javier Navarro Luna por proponerme para el recibimiento del Premio Beatriz de Suabia.
Hace siete años que llegué a España, sin rumbo, sin un objetivo claro, con la mente dispersa. Empecé a estudiar el bachillerato, aquello fue todo un reto, era como observar la montaña más alta y creer que no la podía escalar.
En una reunión de representantes fue mi madre, y tuvo que oír las dolorosas palabras que una madre dijo aludiendo a mí: hay una chica que es de fuera que está retrasando el curso. Aquellas palabras no me hundieron, al contrario, me hicieron más fuerte. Quizás retrasaba el curso al principio, pero después fui capaz de avanzar, avanzar tanto que volé. Hice un curso por año y fui un ejemplo de toda la clase de superación.
Allí conocí a mi profesor de instituto que hoy está presente, José María Alcántara Valle. Él hizo que la historia me eclipsara, él creyó en mí, él guió mis pasos. Al entrar en la Universidad, aquel sueño anhelado, viví mi carrera de forma apasionada, me gustaba todo, tenía interés por todo. Allí estaba Juan José Iglesias Rodríguez, mi padre académico, mi profesor, que también está presente. Él ha hecho mucho por mí, él también creyó en mí. Ambos continúan creyendo en mí y a ambos les agradezco toda vuestra paciencia, consideración, aprecio y buenos y sabios consejos.
La carrera de Historia la he hecho rodeada de muy buena gente, de amistades eternas, de personas que me han hecho feliz, que me han aguantado, que para eso hay que tener mucha paciencia lo sé. Pero siempre han estado y están ahí. Hago mención de agradecimiento especial a mis cuquis amigas. Y no puede faltarme la gente del Máster, estoy viviendo de las mejores etapas de mi vida con ustedes. Gracias de corazón, sin vuestra compañía y amistad, me faltaría una parte importante de mi vida. Los quiero mucho.
Tampoco me quiero olvidar de aquellas personas que también están aquí y que de alguna u otra manera han irrumpido en mi vida, o yo en la de ellos, y hemos compartido muy buenos y felices momentos. Ustedes saben quiénes son. Gracias.
Por supuesto, agradezco a mi madre, ella es mi pilar fundamental, ella es mi vida. Lamentablemente no está aquí por motivos de distancia, pero este premio se lo dedico principalmente a ella. Agradezco a Lorenzo, mi padre español, que siempre me escuchó y me aconsejó. Sin el apoyo de ellos no estaría aquí y quizás no estaría ni siquiera en España.
Mis siguientes palabras van dirigidas a mi abuela María. Gracias por todos tus ricos potajes y compañía, gracias al abuelo que ya no está físicamente pero que está presente en mi corazón.
Finalmente, mi novio, mi amigo, mi mitad, mi complemento, Marek, gracias por aguantarme, calmar mis nervios y ser mi apoyo siempre. Te amo.
Llegar hasta donde estoy hoy, conocerlos a ustedes, estar aquí compartiendo este hermoso momento, uno de los más felices de mi vida, no ha sido nada fácil. Esa montaña que les mencioné al principio, la escalé, lo conseguí con vuestro apoyo, por estar rodeada de gente como ustedes. Pero también trabajé mucho, no ha sido gratuito, he perdido muchas cosas, pero he ganado más, como hoy, el Premio Beatriz de Suabia, orgullosa me siento de mí y de recibir este reconocimiento a toda mi trayectoria.
Por último, aunque parezca que todo vaya en nuestra contra, y con ello me refiero a las Letras y las Humanidades que cada vez están más relegadas y recortadas, aunque este sistema vaya en nuestra contra y creamos que no tenemos futuro; siempre hay una luz, una esperanza. Pero no basta con quejarnos, creo que un 90 por ciento es actitud, es lucha, es constancia, es perseverancia, es trabajo y trabajo, es esfuerzo. En este caso, he tenido vuestro reconocimiento aplicando estos valores, pero estos valores los aplico a todos los niveles de mi vida.
Ahora, estoy recogiendo los frutos de tanto trabajo, estoy sembrando de nuevo y tengo una nueva montaña que escalar: un futuro doctorado. ¡Vamos a por ello!
Gracias a todos y a todas.
Buenas noches.”
Ante mí, tras una cortinilla de agua que bañaba mis ojos, el profesor doctor Don Juan José Iglesias se pasaba una y otra vez, con disimulo, la mano por el rabillo de los ojos. También lloraba. Era la primera vez que veía, y de cerca, a un vicerrector derramar lágrimas de emoción. Después he sabido por Antuanett que él había sido el culpable de sus lágrimas y de las de los demás. Pero aquí también quiero que sea ella la que se exprese. “Cuando me dijeron desde el Cabildo que tenía que dar unas breves palabras de agradecimiento —me escribe—, acudí a mi tutor Juan José Iglesias Rodríguez, que cito en el discurso, para que me aconsejara. Sabio consejo me dio, me dijo que hablara desde el corazón, y eso fue lo que hice.”
Esta joven venezolana no lo ha tenido nada fácil. Su vida fue dura desde el principio por razones que no vienen al caso. El Bachillerato de Ciencias y Tecnología en el instituto Torre de Los Herberos de Dos Hermanas fue la rama verdecida de su vida: “Imagínese usted, recién llegada, había dejado los estudios a los 16 años en Venezuela y los retomé a los 18 en España. Mi mente oxidada, la educación no es la misma (aquí hay más nivel) y yo me quedaba atrás. Mucha gente creyó en mis capacidades, otros no... Salí adelante, a curso por año, y en el 2011 empecé la carrera de Historia. Todo fue éxitos, sabía lo que quería y sigo queriendo: dedicarme a la investigación. Ahora estoy cursando el Máster en "Estudios Históricos Avanzados" en la Universidad de Sevilla, y estoy en la rama de Historia Moderna. En cuanto acabe el Máster, pretendo empezar el Doctorado, seguir el camino de la investigación que es mi pasión.”

Antuanett es española desde hace sólo un mes. Bienvenida a la Madre Patria, ilustre amiga. Le haces mucha falta.

jueves, 31 de marzo de 2016

ALEGORÍA POLÍTICA DE UNA SEMANA SANTA EJEMPLAR

De todos es sabido que la Semana Santa de Sevilla actúa históricamente como metáfora de la ciudad misma. Si queréis saber cómo es Sevilla, observad a sus cofradías en la calle. Y mirad a la gente comportarse. No sólo conoceréis mejor la fibra de que están hechas, sino que pulsaréis el momento en el que viven.
Esto que apunto ha ocurrido este año mediante un fenómeno tan misterioso como el triángulo de los Bermudas… o quizás no. La Semana Santa se le había ido de las manos no ya a las autoridades sino a los sevillanos mismos. La intentona fallida de ponerse de acuerdo para controlar la situación por parte de las hermandades de la Madrugada era un botón de muestra de hasta qué punto se estaban desbaratando las cosas. La consecuencia automática del desbarajuste arriba es el caos abajo. Los peores instintos de los peor dotados para convivir en paz y armonía, respetando a los demás a través de las fiestas comunes, se iban desatando año tras año, a partir del famoso episodio de las “carreritas” (21 de abril del 2000). Aún no sabemos de cierto qué pasó aquella noche; lo que sí está claro es que fue algo provocado y sobre todo que pudo desencadenar una tragedia. Todos confiaron en que se tratara de hechos aislados, pero el año pasado se repitieron. El Ayuntamiento de Zoido intentó silenciarlo, lo cual dio aún más morbo a la cosa.
Lo cierto es que este año, y por primera vez desde que se instauró el régimen actual, los responsables públicos de Sevilla, de todos los partidos competentes, se han puesto las pilas. Han actuado, simple y meramente, como deberían hacerlo siempre: guiados por el bien común. Algo muy serio debieron ver en la Madrugada del 2015 cuando para ésta, y casi sin que nos demos cuenta, cada uno ha hecho su trabajo ejemplarmente. Ya sé que han influido, tal vez más de lo que parece, los atentados yihadistas de Bruselas. Pero ya desde el Domingo de Ramos se notó un giro copernicano en el planteamiento conjunto de Ayuntamiento y Subdelegación del Gobierno. Sevilla ha funcionado como un reloj esta Semana Santa, y ello se ha traducido en un ambiente humano que nos recuerda los de antaño, cuando la gente sabía a lo que iba y los modales eran exquisitos. Hasta las bullas han recuperado su buen tono.

Si vemos en esta manifestación cultural un reflejo de lo político, los sevillanos estamos de enhorabuena, y debería tomarse nota en ámbitos parlamentarios de cómo el buen hacer y el cumplimiento del deber por parte de las jerarquías sociales tienen siempre un corolario fiel en la respuesta que, de forma instantánea, adopta el pueblo. Cuando los de arriba se coordinan y desenvuelven modélicamente, cuidando con diligencia el orden público y la seguridad de los ciudadanos, éstos cumplen su parte del trato, y el resultado es un balance ejemplar que este año ha devuelto a muchos la ilusión por su Semana Santa. Ahora sólo hace falta que dure.

miércoles, 16 de marzo de 2016

RAJOY, EL PP Y LA MADRE DE LOS VINOS

Si ustedes visitan una bodega de solera, por ejemplo en Sanlúcar de Barrameda, les enseñarán una bota con vino que envejece y un cristal delante a modo de escaparate. Pocas veces he visto un hallazgo tan simplemente pedagógico, ahora que todo son fórmulas de psicólogos para “implementar” lo que nos enseñaban nuestras abuelas. En ese instrumento didáctico hay una línea superior, apenas perceptible a no ser que se fije uno muy bien moviendo el espinazo. Es como un velo de hongos flotantes sobre la superficie del caldo. Los capataces de bodega le llaman “la flor”, y a través de ella pasan los vinos cuando entran en el tonel, acostado, para dormir un sueño de años, en brazos del aire que viene del Atlántico.
Al otro lado de ese viaje, abajo, en el fondo, está la madre. Para sacar el vino, ya madurado, se utiliza un orificio frontal que cae siempre justo por encima de la madre. El poso, que es el que le da sabor al preciado líquido, es intocable. En él reside la herencia que modula lo más peculiar del producto. Incluso hay unas bodegas pequeñas y umbrías, ocupando el centro del complejo fabril, donde se guardan, como en cámaras acorazadas, las “abuelas” que han dado, a lo largo de siglos, las madres de las que sale el contenido de las botellas que trasegamos con placer y que tanto nos consuelan de la estulticia imperante.
Viene tan largo exordio a cuento de aplicar la teoría de la madre de los vinos a la actual situación española, que defino como situación porque me gusta hacer honor a los modales que me enseñaron de pequeño. Realmente es un sainete. Tiene de bueno que resulta entretenido, porque justo cuando empiezas a aburrirte de un numerito aflora el siguiente. Y es muy circense, con ese “más difícil todavía” que desafía a nuestra capacidad de asombro.
Todo esto, de muy incierto y preocupante desenlace, se hubiera evitado con una mayoría absoluta. Por ejemplo, la del PP. Me dispongo, pues, raudo y veloz, a hacer el diagnóstico electoral que se me ha resistido desde el 20-D por la noche, cuando vi cómo el rojo y morado de la bandera republicana invadía la cámara de la Carrera de San Jerónimo.
Ahora lo tengo claro. Fue el aborto. Ya estoy oyendo los murmullos a media voz: “¡Qué pesado con el aborto! ¿Pero no quedamos en que era la economía, imbéciles…?” Sí, claro, la economía también, pero explíquenme entonces por qué el PP perdió no sé cuántos cientos de miles de votos siendo así que llevábamos casi media legislatura corrigiendo los desaguisados económicos del de las dos tardes y cosechando buenas cifras de paro (perdón por el oxímoron).
Ahora lo tengo claro. Al PP le falló la madre. La madre de los vinos, la solera donde se depositan los votos de convicción, los profundos y por ellos inamovibles, la reserva que mueve a los indecisos, la garantía de éxito que asegura unos mínimos resultados a la “casta”, en este caso conservadora. Esa madre se quedó en casa el 20 de diciembre, y volverá a quedarse el 26 de junio si se tercia. No retornará hasta que el único partido parlamentario español que no es de izquierdas ni separatista recupere el punto número uno de su programa de fondo, de su ideología y de su identidad: la defensa del no nacido.

Sin madre, los vinos no saben a nada, y acaban pareciéndose unos a otros hasta concluir en agua sucia. Y sin madre no hay mayoría absoluta, sólo un ejército de estómagos agradecidos, de votos mercenarios y unos reemplazos de incautos que se van tras los banderines de enganche por miedo a “los otros”. Sin madre, además, los diques éticos se desmoronan como castillos de arena ante la marea de las tentaciones… económicas. Tras el espectáculo que está dando el PP, ¿cuándo recuperará su mayoría absoluta? La primera corrupción se produjo la aciaga mañana aquella en que Ruiz Gallardón se enteró por la radio de que su jefe le había traicionado en la mayor empresa que se traía el Gobierno entre manos: la de poner fin al genocidio abortista que ya ha provocado dos millones de nonatos en España. Ese día, el ex alcalde de Madrid pronunció unas palabras áureas para anunciar que ponía fin a su carrera política. Lo acaba de recordar en París, durante esa cumbre que no ha salido en los telediarios pero que ha sido el fonendo de un pulso no extinto, mal que les pese a Rajoy, a Villalobos, a Feijoo, a Monago y a tantos otros torpes de solemnidad que arrastra este Partido Popular en triste descomposición acelerada.

martes, 15 de marzo de 2016

COMPARTIR ESPACIOS

Compartir es palabra mágica que encandila a los demagogos y a muchos bobos. Compartir, así, a secas, no significa gran cosa. Se pueden compartir odios lo mismo que amores. Y eso es lo que ha compartido la alcaldesa okupa de Barcelona, rencores reveladores de su incapacidad para habitar bajo un mismo techo con aquellos que han jurado proteger su cabeza. También han jurado defender la cabeza que ella retiró del salón de plenos nada más llegar. Estos libertadores de indignados sin oficio ni beneficio mueren por cortar cabezas (recordemos el famoso vídeo de capital iraní en el que el coleta hacía su peculiar apología de la guillotina). Y ahora les ha tocado a dos militares que ofrecían las filas del ejército a los jóvenes barceloneses sumidos en una encrucijada tan fascista como es la de buscar salida a sus vidas laborales.
El coronel y su compañero de armas aguantaron estoica o tal vez espartanamente el chaparrón con el que la señora Colau quiso reprenderles por llevar el uniforme. “Ya sabéis —les espetó con tuteo podemita— que el Ayuntamiento no desea compartir espacios con vosotros.” ¡Qué bien y qué progre! Por algo estos apóstoles del new age son cruzados del paroxismo deconstructor, ¿no es eso? Los soldados, que están hechos de una pasta inimaginable para doña Ada, se limitaron a sonreír y callar disciplinadamente. Incluso, en un alarde de cortesía, le dieron las gracias y los buenos días. Yo, como no me debo al uniforme, le contesto, en nombre de ellos: Pues resulta, excelentísima señora, que, le guste o le enoje, da igual, comparte usted día y noche todos los días del año —y éste es bisiesto— el mismo techo con esos señores a los que pretendió despreciar. Porque ellos vigilan su cielo y su suelo; es decir, que se juegan la vida para que usted pueda seguir disfrutando de su espacio aéreo, que por cierto es el mismo que el mío y el de otros cuarenta y ocho millones de españoles entre los que se encuentran, en lugar de honor, sus sufridos interlocutores.

Yo que ellos, me hubiera tomado una copa de vino español a la salud de la grosera alcaldesa de Barcelona, la misma que programa oraciones blasfemas —¿satánicas?— en el salón noble del Ayuntamiento. Eso sí, le hace ascos a los militares, con quienes no quiere compartir espacios. Pues ya sabe, amiga, ajo, agua y resina, que lo que hay en España es de los españoles, empezando por el aire que respiramos usted, esos dos guardianes de nuestra paz y yo.

viernes, 4 de marzo de 2016

LA VOZ DE FERNANDO CARRASCO

Parece que la música de Antón García Abril con la que me ha cogido el toro manso de la muerte de Fernando haya sido compuesta para decirle adiós. Nosotros los cristianos hablamos mucho de la muerte, porque la entendemos, con harto esfuerzo, pórtico de la Vida verdadera, que, como escribió Aquilino Duque en un soneto inmortal, querríamos que fuera la continuación interminable de esta vida nuestra, al menos de su parte más feliz, que suele ser la de nuestros seres queridos. Eso le pido yo al Cristo de San Bernardo para mi amigo y compañero Fernando Carrasco, que deja mujer y dos hijos para llorarle hasta el reencuentro. Los Crucificados de La Salud que ha dado Sevilla al mundo están unidos como por un vínculo invisible, y por ello poderoso, que nos une también a los cofrades. Recuerdo que un artículo que fingía la peor noticia —una “larga enfermedad”— para un devoto del Señor de La Carretería estuvo a punto de ganar el II Premio Romero Murube, según me confesó “in situ” el presidente del jurado, Santiago Castelo. Se lo llevó mi amigo y compañero Manolo Ramírez por una memorable tercera sobre la madre de Curro Romero. Ya van tres caídos de la profesión y de las letras en lo que llevo de artículo.
Antes era el timbrazo del teléfono. Ahora es el guasa, como diría Fernando. Los cristianos también somos humanos (¿recuerdan aquella portada del ABC de antaño: “Los guardias civiles también tienen madre”?). Y sufrimos, como todos, el zarpazo cruel de la pérdida. Para mí, el alma de la gente que he conocido reside en su voz. Y ya no volveré a oír de su boca —mejor dicho, de su garganta llamando al toro para quitárselo de encima con la punta del capote al matador en apuros— la voz de Fernando. Durante una década, a ojo de buen cubero, su voz era como el despertador que nos sacaba de la modorra de la siesta robada para hacer el ABC nuestro de cada día. Hasta que no llegaba Fernando no empezaba nuestra jornada laboral vespertina. Sus “¡Buenas tardes!”, así, entre exclamaciones, era como el clarinazo en El Porvenir que esperamos hoy a dos semanas vista. Pero para él ha sonado otro clarín: el del último cambio de tercio. Y su voz se ha apagado —quién lo iba a presagiar, con cincuenta y un años— delante de la Maestranza, entre figuras de cigarreras y desplantes a la cera perdida. Hay muertes que las diseña el destino con mano de hierofante oficiador de ritos ancestrales. Muertes de ópera, en la soledad en la que todos moriremos.
El alma de Fernando —su voz hercúlea, que jamás vi titubear ni mucho menos flaquear ante el cansancio de su agotador activismo periodístico—resuena ya en las alturas desde las que tendrá el mejor palco —maestrante y cofradiero— sobre Sevilla. Allí verás a un imaginero ponerle rostro a Dios. Allí, mi buen compañero de tantas tardes laborales con sensaciones de Sísifo (que eso es escribir un diario), tendrás al fin tiempo para recrearte en esa suerte que la prisa de un tendido silencioso te escamoteó. Allí no hay ya toro que te embista a traición —ya sabes, “la otra” Sevilla. Allí, amigo, estarás junto a Marta, y a Alejandro, y a Alberto, y a Ascen, y al coronel Muñoz Cariñanos. Allí te aguarda Paquirri y tantos otros que ya se van acumulando en el rosario de encomiendas al Altísimo cada vez que pienso en mis difuntos, también los del ABC.
Descansa, Fernando, dale una tregua a tu voz de mayoral. Yo conservaré el recuerdo de ella, tu recuerdo, de cada tarde gris y monótona, que tus cuerdas vocales ponían en marcha. Y también tu buen humor, que tanto me  divertía cuando imitabas magistralmente al último barroco sevillano o cuando alguien te llamaba desde la otra punta de la Redacción y tu torrente contestaba en el acto: “¡Y Moreno por parte de madre! Calvo desde los veinte años”. Calvo como Yul Brynner, a quien tanto admirabas (se me viene también tu silbido de “El bueno, el feo y el malo”). En la Puerta del Príncipe habrás escuchado al Capataz Supremo imitar tu voz al decirte por dentro: “Fernando, que ví a llamá”. Habrán venido a tus pupilas, congeladas con su última imagen —escultor de amores— Livia y vuestros niños. ¿Cuántas levantás llevarán tu dedicatoria esta primavera? ¿Cuántas chicotás tus pasos de cronista avezado y sentimental?

Calla, y descansa en nuestra memoria. Pero no te lleves del todo tu voz recia y entusiasta, que tenemos que echar muchas tardes ante las páginas en blanco, compañero del alma, compañero.

lunes, 15 de febrero de 2016

LAS CORRUPCIONES NUNCA VIAJAN SOLAS

Contaba Álvaro Baeza en un ya lejano libro —empero de palpitante actualidad— que siendo José María Aznar jefe de la oposición y cuando se disponía a entrar a matar parlamentariamente al PSOE a raíz del caso Juan Guerra, recibió una notita que sólo ponía un nombre. Como por ensalmo, el flamante líder del PP enmudeció y apenas pasó de puntillas por el primer gran escándalo de corrupción de los muchos que arrastra el partido de los cien años de honradez (“y ni uno más”).
¿Qué ponía aquel billete —je, las ironías del lenguaje? Según el intrépido periodista, un nombre y unos apellidos. Pero, ¿qué extraño poder de disuasión contenía aquella identidad como para reconducir un debate de las Cortes en el que se iba a dejar en el diario de sesiones huella perdurable acerca de cómo un vicepresidente del Gobierno puso a su hermano un despacho de la Delegación en Andalucía para apañar prebendas? Muy grave debía ser lo que aquella rúbrica representaba y de estopa carnicera. Sabido es —o era, porque a las generaciones que “ellos” han educado y a las que ahora necesitan para poder gobernar probablemente ni les suene la historia— que el hombre de teatro, perito industrial y licenciado en Filosofía y Letras que corrigió las destinos patrios junto al todavía hoy incontestable Felipe González no se caracterizaba precisamente por su piedad, aunque fuera el encargado de llevarse bien con los obispos. También es legendario su archivo mental, donde guarda la dinamita que puede serle útil en momentos bajos como aquél. En su polvorín tenía un cartucho con el nombre de un constructor burgalés, amigo del que, años después y nadie sabe muy bien para qué, se convertiría en presidente del Gobierno de España, y que ya lo había sido de la Junta de Castilla y León.
Aquella anotación de urgencia que alguien puso en las manos de Aznar un minuto antes de que compareciera en la tribuna del Congreso (me muero por conocer al “mercurio”) cambió la Historia de España, como tantas otras carambolas, o no, que han determinado su curso. Juan Guerra, o sea, Alfonso, se le fue vivo, y la vida siguió igual, por el momento.
La corrupción debería figurar en el título VIII de la Constitución en lugar de las autonomías. Ya sabemos que este apartado quedó pendiente de redacción, como esos balones que se despejan de frente y voleándolos, a ver dónde caen. En vista de que el consenso era imposible con los separatistas —los de entonces y los de ahora, que son los mismos— se abrió la caja de pandora dejando el título ayuno de contenido. Y ahora estamos pagando las consecuencias en el peor doble filo imaginable: el independentismo de todos —nacionalistas y españoles— por un lado y la corrupción regional por el mismo lado. Creíamos —confieso que equivocadamente— que las autonomías se inventaron para financiar por vía legal a los partidos y colocar por vías más dudosas cuando no abiertamente perversas, a los afines. Pero no. Está resultando que la finalidad para muchos era la de saquear España por el medio que fuera, y si era cobrando comisiones chantajistas mejor.
La dimisión de Esperanza Aguirre forma parte de la mejor escuela maquiavélica de lo que podríamos llamar “renuncias carrerilla”. No podía elegir mejor momento para salir de la piscina partitocrática y encaminarse hacia el trampolín, que hoy por hoy está desierto. Porque lo que el registrador de Santa Pola ha hecho es ni más ni menos que vaciar la piscina de votos y arrojarse después llevando consigo a su guardia pretoriana. ¿También al partido? Lo ignoro. Puede que la dimisión de Aguirre —no como portavoz municipal, ojo— sea el salvavidas del PP.
Habría mucho que recordar en este momento. Muchos polvos que remover para comprender estos lodos (Filesa, Barbero, Naseiro, De la Rosa, Roldán, Argel, Zurich,… espero que se me entienda, si se peinan canas). Por ejemplo, ¿quién mandaba a Rajoy y su partido emprender aquella carrera desbocada hacia los estatutos de semiindependencia calcados del catalán que aprobó Zapatero en tiempos del Pacto del Tinel? El primero, por cierto, fue el de Valencia, cuando el PP era allí sinónimo de hegemonía. Pero después le siguieron Galicia, Andalucía… En materia territorial —es decir, en cuanto a soberanía nacional— Rajoy y sus huestes han cumplido al pie de la letra esos acuerdos no escritos que han llevado al partido —y a la derecha sociológica española, de paso— a la ruina. Son los pactos implícitos que reconocen la superioridad moral de la izquierda y de los “pueblos sin estado”. Es el mismo espíritu que entregó la fortaleza ideológica del PP, con armas y bagajes, cuando arrió la bandera de la defensa de la vida —al cambio, la lucha contra el aborto— o el que arregló la economía subiendo impuestos y reduciendo drásticamente indemnizaciones por despidos, o el que sigue dejando que trescientos crímenes etarras sigan sin ser esclarecidos mientras el reloj de la prescripción corre implacable, o el que no ha hecho nada por que se cumplan las sentencias del Supremo en materia de enseñanza en castellano, o el que condenó al dique seco al único portaviones que tenía la Armada española, o, en fin, y aunque tal vez sea lo peor, el que perpetuó y aún ahondó la dependencia política del Poder Judicial a través del Consejo General.

Es el PP de la otra corrupción, la de la traición a los ideales. Pero las corrupciones nunca caminan solas, y yo soy de los que piensan —supongo que sigo conservando algo de candidez— que Esperanza Aguirre actúa honradamente, que es sincera, y que tiene la mirada puesta en el futuro, el suyo y el nuestro, cuando se responsabiliza de lo que ha sucedido en su casa aunque ella no haya hecho nada de cuanto ahora aflora. 

lunes, 1 de febrero de 2016

¡AY, AQUELLA FAENA DE ARTETA EN EL MAESTRANZA!

Mientras España se debatía en uno de esos marasmos a los que tan aficionada es su historia, una mujer vasca de bandera (española) alzaba su voz —¡y qué voz!— en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, ciudad a la que según confesión propia, considera su segundo hogar. Durante hora y media había desgranado un recital lírico dedicado a Lorca con música del propio poeta y otros autores españoles de canciones populares transformadas para el piano y la garganta privilegiada de la soprano. Un teatro abarrotado siguió el programa atento y concernido, con la mirada del oído fija en la boca de la Arteta, los acordes de Rubén Fernández Aguirre y el taconeo de la bailaora, genial por cierto, que de todo hubo en la velada.
Pero lo mejor de la brillantísima actuación a cargo de una mujer portentosa que llena el escenario con su rostro y su figura llegó con los bises. Media hora de propinas que para quienes tuvimos la inmensa fortuna de estar allí resonarán en nuestros sentidos para siempre. Hasta entonces, la música había prevalecido con suma formalidad y académica talla. Pero Ainhoa se había soltado la melena rubia para su último tramo y es que iba calentando el ambiente conforme se aproximaba la apoteosis final. Enfundada en un ceñido traje rojo pasión y mostrando su alba dentadura capaz de reintegrar la ilusión a un desesperado, la cantante salió descalza a las tablas para obsequiar al auditorio una habanera de Carmen sencillamente arrebatadora. Fue bajando poco a poco al pasillo del patio, y allí protagonizó un acontecimiento artístico de primer orden que sin duda el Maestranza conservará entre sus más logradas galas. Fue recorriendo el espacio central de la faraónica sala lentamente, contoneándose y haciendo con las cuerdas vocales lo que le daba la gana. El frenesí se fue apoderando del público, que asistía atónito a una deslumbrante exhibición de coraje y sensualidad en la que la técnica desaparecía aplastada por la inspiración. Centenares de torsos se fueron girando como los de las contorsionistas del circo. Nadie dejaba escapar un hilo de aquel tiempo irrepetible, aquella joya del destino que todos atesorábamos con una codicia avarienta. Cantó dos veces seguidas la composición de Bizet, como si fuera la cigarrera misma que aguardaba para embarcar en la falúa rumbo a Triana dejando atrás la arena de la otra Maestranza. Dos veces seguidas, con el único acompañamiento del piano. ¡Y sus tonalidades llenaron el espacio del Maestranza como si tuviéramos sus labios junto al oído! Incluso de espaldas resplandecía su canto. ¿Cuántos metros cúbicos de aire es capaz de llenar esta criatura dorada de sentimientos?
Y no acabó ahí el derroche. Volvió a entrar en el escenario, todavía con los pies desnudos, para despedirnos con un pellizco de amor a la Patria. “De España vengo”, la danzarina partitura de “El niño judío”, se lanzó desde la caja de resonancia de su hermoso rostro hasta poner en pie a un mar de cuerpos enfervorecidos que parecían enarbolar pabellones nacionales con los colores que lucía la estrella desde su ropa y su cabellera.
Fue arrollador. Y no hacía falta preguntar el espíritu que latía en aquel foro, en cada uno de los corazones que vibraba con aquellas frases: “De España vengo, yo soy española… de España soy y mi cara serrana lo va diciendo, que he nacido en España, por donde voy”.

Por cierto, hubo un guiño que no todo el mundo captó, y es que esta gloriosa profesional del pentagrama, este pedazo de intérprete que sería además una actriz de cuerpo entero, cambió una vez la palabra “serrana” por la expresión “de vasca”. Prueben a tararearlo. Suena de dulce. Previamente había aclarado que en su genealogía hay treinta y dos apellidos vascos. Con personas y personalidades como ésta da gusto seguir sintiéndose español, a pesar de todo y de algunos.

martes, 26 de enero de 2016

ANNA RADIX UBERRIMA

Los aires apocalípticos vuelven las esquinas con su trompetería de cuchillos afilados, de saetas finas que se clavan en el talón de Aquiles que todos intentamos en vano proteger: el miedo. ¿Cuántos españoles están perdiendo el sueño a medida que se prolonga el compás de espera sin esperanza para vislumbrar el futuro que nos aguarda, esa gran obsesión de la Humanidad desde Orce o Atapuerca? ¿Cuál fue el primer homínido que empezó a preocuparse por el destino de sus crías/hijos? Hace ya tanto de aquello, y sin embargo la angustia por los peligros que nos acechan —y sobre todo por los que puedan sorprender a nuestros vástagos— permanece tan fresca y lozana como entonces. El temor a que el tren descarrile es el eterno compañero del viajero.
Cavilaciones así llevaba yo en mis alforjas de caminante cuando me di de bruces con un lema, una frase en latín que lucía en una colgadura prendida de la torre trianera de Santa Ana: “Anna radix ubérrima”. Y a continuación, una cifra: 750. La Real Parroquia de la Señora Santa Ana sigue siendo hoy el núcleo de Triana y el espejo de Sevilla. Su historia, viva tal vez más que en ningún otro templo parroquial del entorno, nos dice más cosas cada día. Internarse muros adentro de esta iglesia-fortaleza para aglutinar a la feligresía de un barrio arrabal sin cercados que le protegiesen es una aventura estética y moral digna de Indiana Jones. Por ejemplo, ¿sabemos que por sus galerías altas asomaban unas troneras que tenían la función de poder defender los niveles inferiores e interiores en caso de ataque enemigo? Enemigo de la cruz, se entiende. Yo tampoco lo sabía hasta fecha reciente en que el sabio profesor don Rafael Manzano lo desmenuzó en el antiguo salón de plenos de la Diputación.
Todo rezuma carácter pionero en este privilegiado lugar asistido por la gracia de la inspiración de los alarifes. Es una arquitectura tocada por los ángeles, trazada con el corazón más que con las escuadras. El Rey Sabio se trajo de Burgos a monjes cistercienses para que plasmaran en Triana los esquemas del gótico desnudo. Y así nació Santa Ana, en ladrillo y piedra tallados al pie del Guadalquivir con directrices de San Bernardo de Claraval. De hecho, tiene estructura de colegiata, con su coro para darle carácter capitular, como lo que es: la Catedral de Triana, a la que hacían su estación de penitencia las cofradías que no se atrevían a cruzar el puente de barcas.
La otra tarde, cuando entré en la verdadera iglesia del Alcázar, aunque esté levantada tan lejos de él, volví a tener la sensación de que descubría Santa Ana por primera vez. Es el magnetismo que te invade cuando vuelves a los espacios primordiales. Los volúmenes, el aire como elemento constructivo, la luz, magistralmente instalada hoy, como el auténtico cuerpo de lo visible, y no olvidemos que ésta es una iglesia ex voto por aquel dolor de clavo que sólo cesó tras la promesa formulada por los labios de aquel Rey, hijo de santo, que nunca perdió sus dos grandes esperanzas: la Cruzada contra los moros en África y ceñir la corona imperial. Ni uno ni otro sueño logró. Pero ya se sabe que la vida es sueño. Dejó, por el contrario, una huella palpable en sus libros y en su scriptorium toledano, es decir, en Europa, sólo comparable a la de otro “sevillano” adoptivo: el magno San Isidoro. Como no se cansa de repetir el maestre del Cabildo que lleva el nombre de Alfonso X, a tan ilustre monarca debemos la personalidad misma del viejo continente que sin él sería hoy un asilvestrado califato.
En la puerta pétrea de la nave del Evangelio, un blasón con leones y castillos nos recuerda que bajo él se entra en un recinto real. Y es que fue San Fernando el que primero encarnó el fermento de la unidad española. Pero el mérito no fue suyo, sino de la abuela de Alfonso, doña Berenguela, que empeñó su vida en fundir a ambos reinos, Castilla y León, en el bronce de su hijo. Ahí empezó todo… lo que ahora puede irse al garete. O sea, que Santa Ana se erigió en memoria y para dar culto a la abuela del Señor por orden del nieto de la forjadora de la Corona que acabó cerrando España. No deja de ser sugerente pensar que Alfonso X pudiera estar pensando en su abuela cuando dedicó el primer templo que construyera de nueva planta en la Sevilla reconquistada por su padre a la abuela del Redentor, la que aparece en la iconografía —por ejemplo en el altar mayor de Santa Ana— siempre acompañando a la Virgen y enseñándole a leer, escoltando ambas al Niño que ocupa siempre el centro. Allí en Santa Ana ambas mujeres presentan un rostro de innegable parentesco con la Virgen de Los Reyes. En El Salvador, tenemos otra vez el trío familiar pero imbuido de ese nervio montañesino característico. Santa Ana siempre con arrugas, seña de identidad de la ancianidad en contraste con la juventud de María. Todo el impresionante retablo pictórico de Pedro de Campaña, felizmente recuperado de las tinieblas a instancias del admirable profesor Enrique Valdivieso —ése que llegó al arte a partir de los cromos de futbolistas de su niñez— gira en torno a las historias de los abuelos, Joaquín y Santana, como gustan decir a los trianeros.
El complemento perfecto para esa expresión lapidaria en las telas que mueve el viento aljarafeño es el número: 750. Y es que se cumplen esos años desde que se consagrara este prodigio ojival. Es decir, que la abuela trianera de Jesucristo cumple este año 750 de vida pujante y acompañamiento al pueblo trianero en su peregrinar, en las fatigas y las alegrías de cada día. Había un bautizo aquella tarde en Santa Ana. Martín se llamaba el neófito. Abuela, madre y nieto lo contemplaban sonrientes desde arriba. Al fondo, en una de las capillas, una mujer bajaba despacio unas escaleras hacia la cripta. Iba a depositar las cenizas de un ser querido. Vida y muerte unidas por la única Vida verdadera. Y yo me preguntaba a qué temer tanto por lo que pueda pasar si la raíz ubérrima cumplía siete siglos y medio y bajo sus bóvedas empezaba a vivir un nuevo cristiano en tanto que descansaba otro. Sí, el tiempo no es nada. Lo que importa es el fruto; es decir, la raíz.

En fin, que tenemos en pleno corazón de la collación trianera, un venero de sabiduría y santidad. Al salir, y tras observar sobre el muro un letrero que prohíbe jugar a la pelota, me fijé en esas banderolas y con la ayuda de mi mujer, traduje la frase: Ana, raíz ubérrima. ¡Y qué lo digan! Gracias a Ana tenemos al Hijo de Dios con nosotros. Y gracias a Santa Ana de Triana el espíritu del Císter corrigió errores decadentes en la cultura cristiana hasta proyectarla con inusitada energía sobre cenobios y cortes de aquende y allende la mar océana. A muy pocos metros, se levanta el dedo índice de Rodrigo de Triana anunciando ¡Tierra! (no el nuevo Mercadona). Y dentro mismo de Santa Ana, la Virgen de la Victoria, ante la que cayeron mil rodillas al unísono, como si fuera el compás del martillo sobre el hierro candente de la cava aneja. ¿Que de qué rodillas hablo? Eso es otra historia.