sábado, 20 de septiembre de 2014

ABORTO, DE ENTRADA NO



Las claudicaciones, por emplear un término muy morigerado, han marcado históricamente el principio del fin de los claudicantes. En cualquier oferta —adoptemos la jerga del mercado— que aspire a conquistar la cosmovisión global del consumidor deben ocupar un lugar de honor (palabra en desuso, decididamente) las convicciones. Cuando Felipe González asaeteaba despiadadamente a un Adolfo Suárez aprendiz de brujo solía utilizar la artillería de la Otan. Era un recurso fácil y temerario, como correspondía a unos jovenzuelos metidos a gobernantes. Pero ya se sabe, tan pronto como se toca el balón del poder, el hechizo de la zapatilla de cristal se desvanece y los dardos envenenados del parlamentarismo tórnanse boomerangs que, tarde o temprano, impactan en el entrecejo que otrora apuntaba al objetivo a tumbar.
Y del "Otan no, bases fuera" o bien "Otan, de entrada no", pasóse al "¿dónde hay que firmar?". La traición estaba consumada, y la cuenta atrás en el reloj de los socialistas antañones (los adolescentes que corrían delante de los grises, aunque no estaban todos los que eran) se puso en marcha para llegar a lo de hoy, dícese al cuarto creciente de Podemos.
Pocos serán los que calculen —no Arriola, desde luego— que hoy se pone en marcha el reloj de la cuenta atrás en muchos votantes de la derecha de toda la vida. ¿Captará el PP votos por la izquierda? Como decía el parroquiano aquel —acodado en la barra de madera en la que se acumulaba un rimero de números en tiza como una fila de hormigas: "¡Tequiyá!" Tequiyá, Arriola. Pero no, no se va a ir, como no se iban otros hasta que les echaron en vista de lo visto. No se va porque los oráculos siempre se han dedicado a lo mismo, a susurrarle al oído al pagador lo que el pagador quiere oír. Como el aborto es un laberinto del que sólo se sale con valentía y arrojando al cubo de la basura el cuadernillo de los pasatiempos, y no estamos precisamente ante un Churchill de la política, pues todo sigue igual, y el oráculo cobrando.
Lo que acaba de producirse es, ni más ni menos, que la gran quiebra de la democracia española. Quedaba una esperanza, que ese partido ya en franca minoría y bajando que representaba a los valores de un cierto espíritu tradicional español se bajara… del tren de su ideario para correr hacia el que va que pita, aunque sea cruzando las vías. Sólo que el que va que pita va en sentido contrario y no muestra el menor interés en detenerse para que los que abandonan su tren suban a bordo.
La gran claudicación —por ser muy morigerados— del Partido Popular en el mayor de los temas que tiene en cartera (y en programa, no como los otros, que sacaron adelante una ley radical sin consenso y sin llevarlo a las elecciones) marca el principio del fin de esta opción política que los afines a Alianza Popular no reconocerían. A partir de ahora, veremos una película que ya habíamos visto, pero con los papeles cambiados, como una versión B y cutre del "Otan, de entrada no". Veremos la aguja del depósito electoral de la derecha irse a la reserva siux de los marginales. Y muy probablemente, veremos aparecer una alternativa que sería algo así como un Podemos en el extremo contrario del espectro. En Francia ya ocurre desde hace tiempo, hasta rozar —algo inaudito— El Elíseo. Allí el tema es la inmigración. Aquí es el aborto. Ya verán.

martes, 26 de agosto de 2014

RÉGIMEN DE EXCEPCIONES


El sector público andaluz ha reducido 18.000 plazas de funcionarios (principalmente en sanidad y educación) pero ha aumentado en 3.000 el número de contratos de la Administración paralela. Las empresas del Estado pierden 200 millones en un año. Altos cargos del Poder andaluz tenían empresas —algunos una red— que cobraban subvenciones sin justificar de la Junta. Para salir del paso, se acudió a una "excepción" legal que permitió exonerar a más de 2.000 entidades (partidos, ayuntamientos, diputaciones, sindicatos, particulares…) de aportar documentación probatoria de que habían destinado el dinero público a servicios públicos. El Ayuntamiento de Isla Cristina (Psoe), ha subido los impuestos un 20 por ciento en un año, siguiendo la estela de otros municipios costeros de Huelva en manos de los socialistas. Y sin embargo, ayer presencié cómo cuatro policías municipales de dicha localidad estuvieron a punto de ser linchados por una masa de africanos indocumentados que ejercían una actividad ilegal en pleno paseo marítimo de un núcleo turístico. Pasé miedo, por aquello de las balas perdidas. Ante tan grave incidente, la inexistencia de alumbrado público encendido, durante años, en ciertos puntos básicos de las urbanizaciones adyacentes carece de importancia.
El fiscal anticorrupción de Baleares concedía una entrevista a El País días atrás que recomiendo vivamente a cualquiera que quiera informarse sobre el verdadero estado político de nuestra Nación. En ella, y con una precisión milimétrica de jurista experimentado, detallaba cómo la legislación vigente procura ante todo proteger a los legisladores y demás politicodependientes de los partidos. De ahí un régimen de aforamientos desaforado y basado en la desconfianza de la Justicia independiente.
Este sistema de excepciones en el que los sin papeles son sujetos del mismo derecho que se les niega, y con razón, a los con papeles —la impunidad— alcanza cotas explosivas. Un Gobierno regional (¿o varios?) incumple flagrante y descaradamente las sentencias de los tribunales de mayor rango, y no pasa nada. Uno de los paladines de la transición —recordemos que el padre de la Constitución por los catalanistas militaba en las mismas filas cuando el presunto delincuente era ya un líder en Cataluña— se perfila como un defraudador a gran escala que ha escondido, según confesión propia, una suma alucinatoria de dinero en paraísos fiscales. Una juez traslada al Tribunal Supremo la imputación a dos presidentes autonómicos del semillero intocable de votos andaluz que entrambos cubren varios lustros de vida política en la Comunidad (¿la mayor parte de la etapa autogestionada?).
Es la España de las excepciones. Toda ley tiene su salvedad, a medida del redactor. Según el fiscal mencionado, la que más trampas ha permitido es la de Contratos. Y a esto llaman un régimen de transparencia.

viernes, 22 de agosto de 2014

PROHIBIDO HACER FOTOS



En un país que no puede presumir de culto, aunque sí de haber sido foco de cultura, todo deberían ser facilidades para continuar sin descanso la tarea de promoción y divulgación educativas que emprendieron con ahínco generaciones anteriores. Pero en España hemos pasado del villorrio polvoriento al parque temático sin solución de continuidad. En la trastienda más que una moda lo que hay es lo mismo que en el Deuteronomio: avaricia. O si se quiere, codicia, que es lo que ha provocado la gran crisis económico-financiera de nuestra vida.
Iba yo con mi familia por aquellos caminos del Norte español entre los que nació el castellano romance o el latín romanceado de las glosas emilianenses y silenses, buscando, precisamente, el origen de mi lengua, esa verdadera patria de los idealistas, cuando topeme con la estulticia como disfraz del afán de lucro. Fue en San Millán de la Cogolla, ya se sabe: "cuna del idioma". Habíamos hecho nuestra reserva por teléfono unos diez días antes, porque ahora aquel templo filológico del prerrománico parece más bien una consulta del seguro. Hay que pedir cita, los grupos son limitados, pagas en una lujosa oficina situada en Yuso (abajo), te recoge un microbús que te lleva hasta Suso (arriba) y allí una amable señorita (fórmula rancia y hueca) te enseña aquello. Después, el microbús te vuelve a dejar en la parada de Yuso. Todo ello por el módico precio de 3,50 euros por persona.
Hasta aquí, todo es —difícilmente— aceptable. La amable señorita te cuenta que, tras quince siglos de existencia y coincidiendo con las avalanchas humanas despertadas por los fastos del milenio de la lengua, los cimientos de aquella ermita se resintieron, la montaña a la que está adosada amenazó con derribarla y hubo que cerrar para inyectar micropilotes (no confundir con pilates) de hormigón, todo lo cual se lo debemos a la ilustrísima Administración autonómica (ella decía "patrimonio"). Más o menos por el mismo procedimiento que en el Patio de los Naranjos de la Catedral hispalense y en otros muchos lugares sagrados de la católica geografía nacional, en San Millán la Iglesia y el Estado volvieron a entenderse para retirar del disfrute público gratuito un tesoro arquitectónico y, so pretexto de que se trata de un "bien de interés cultural" (BIC) o, como en el caso del epicentro lingüístico, de un "patrimonio de la Humanidad", empezar a cobrar. Por cierto, que la Iglesia no hace descuento por familia numerosa y el Estado sí. Curioso.
Hasta aquí, también es la cosa —un poquito menos— aceptable. Todo se complica sin embargo, cuando quieres hacer fotografías. Los aficionados sabemos muy bien lo que duele que te lo impidan, y seguramente somos los primeros en comprender que en materia de obras de arte el flash debe estar pero que muy bien apagado. Pero que alguien me explique en qué daña a las piedras de San Millán el disparo —sin flash, insisto— de unas cámaras fotográficas. Nadie te previene cuando haces la reserva ni cuando pagas la entrada. Sólo en la puerta de la iglesia, un cartel tacha el dibujo de una cámara. Sí señores, sépanlo, en San Millán de la Cogolla, tierra riojana y española, los agustinos recoletos y el organismo autonómico local han decidido prohibir las fotos libres. Naturalmente, en el célebre pórtico donde reposan dos reinas de Castilla y los siete infantes de Lara hay, además (cuando sales, porque al acceder no lo ponen) un expositor para vender folletos y libros profusamente ilustrados. Y en el kiosco de la entrada también pueden adquirirse fotos del monumento. Pero de hacerlas tú, ni mijita.
Puede hacer unos treinta años que nos acercamos mi mujer y yo, muy jóvenes aún, a venerar esta obra insigne de nuestros antepasados amanuenses. Recuerdo aún la trémula emoción que sentí al penetrar en aquel misterioso centro de culto, abierto a las cuevas de los eremitas, con un sepulcro en alabastro que es una pieza cumbre del arte español, y un arco de entrada de resonancias exóticas. Lo pintoresco del entorno y lo profundamente cultural de aquellas formas, dieron lugar a un sinfín de diapositivas que guardo como oro en paño. Cada una de ellas tiene alma y remueve un auténtico festín del espíritu. Ahora sé, además, que poseen en un enorme valor histórico, porque todo eso está ya prohibido, gracias a la depuración cultural a la que someten a los visitantes los poderes públicos y eclesiásticos. Y pobre de tí como quieras hacer trampa. La amable señorita descargará sobre tu rostro una mirada implacable y procurará sacarte los colores delante del grupo y de tu familia.
Todo esto es bastante mísero. A esto hemos llegado en un país siempre ayuno de cultura porque "desprecia cuanto ignora". Hace tres décadas, antes de la "revolución cultural" en San Millán, mi esposa y yo nos paseamos por allí como pájaros, y por cierto, en absoluta soledad. Después ha venido la sociedad de las masas y ha arramblado con aquel paraíso siempre en nombre del progreso.
Días más tarde, visitamos el remodelado Museo Arqueológico Nacional, por cierto pared con pared con la Biblioteca Nacional y la estatua de Menéndez Pelayo, también acosado por la barbarie progresista. No pagamos ninguno —somos familia numerosa—. Creo que nadie negará la categoría de centro cultural de primer orden internacional que adorna a esta institución. Pues bien, "me jarté" de hacer fotos y nadie me lo impidió ni me molestó ni me puso en evidencia. Porque en San Millán de la Cogolla no se pueden hacer fotografías, pero en el Museo Arqueológico Nacional sí. Y todas las que se quiera, incluso con flash.
Como decía el otro, hay cosas que no se entienden… o se entienden demasiado bien. Tenía que escribirlo y publicarlo. Y ahora, quien conserve pudor, que se sonroje.

jueves, 14 de agosto de 2014

ABDICAR DE LA LIBERTAD



"¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os ha fascinado así? Habéis sido llamados a la libertad: ¡no os dejéis sujetar de nuevo al yugo de la servidumbre!" (Gal., III et V, 1)

Esta imprecación de San Pablo a los gálatas la veo cada día más presente y palpitante a mi alrededor. Son muy pocos los reductos en los que podamos respirar el aire puro de la libertad. Apenas si nos quedan algunos rincones de la Naturaleza o la intimidad de una vida casi eremítica siempre que no seamos pasto de algún rapero invasor. El silencio, la ausencia de contaminación acústica, la preservación de un círculo de personalidad individual libre de ruidos, es hoy un lujo al alcance de muy pocos. Como ayer, no hay más remedio que fortificarse tras gruesos muros de aislamiento y soledad. Nuestra sociedad es gravemente perturbadora. A veces, ese fenómeno de la ciencia que es el ruido se cuela de forma "ordenada" —véase, o mejor no se vea, la televisión—, pero cada vez la turba de rupturas sonoras que irrumpen en nuestra soledad sonora es más avasalladora, como las correrías de los bárbaros o la expansión de los berberiscos.
Y cuando uno sale a la calle o a cualquier ámbito de convivencia, resulta muy difícil volver con la sensación —o la convicción— de que ha aprovechado el tiempo sin que nadie sacrifique una paz siempre vulnerable en un ambiente cada vez más brutal. Ayer, sin ir más lejos, mi familia, y otras muchas, tuvimos que soportar a una pareja joven fornicando en nuestras narices. Fue en una playa que hasta ahora aunaba el clima familiar con un atractivo natural casi virgen. Durante la última media hora que estuvimos allí, donde hasta no hace mucho se disfrutaba de un paraíso, la tensión se fue apoderando de nuestra libertad hasta dejarla reducida a cenizas. ¡Qué razón llevaba el Apóstol cuando nos ponía en guardia ante la seducción de los más innobles instintos!
Durante toda mi vida, he concebido el sexo como algo sublime, sin resignarme a tomar la descalificación freudiana como si fuera palabra de dios. Lo de "liberación sexual" me pareció siempre un burdo sarcasmo. Ahora veo que, socialmente, es una batalla perdida y que la llamada de Pablo estaba más bien dirigida a un plano superior que al de la simple cáscara de lo único que hoy parece importar: la colectividad. Eso por no hablar de la transgresión —a menudo perversión— de los derechos ajenos, empezando por el derecho a vivir. Lo de ayer en mi playa fue sobre todo una agresión, un acto de propaganda violenta y una expulsión de un lugar público al modo del exhibicionista en la puerta del instituto. En definitiva, una demostración de poder y dominio territorial sobre congéneres indefensos que hubieron de huir para no seguir sufriendo la devastación interior de estos atilas de la desvergüenza. Como en el caso de la prepotencia acústica, lo que vimos ayer no era sino sojuzgamiento visual. Y como en el caso del Don Juan de Marañón, probablemente obedecería a un notable y patológico déficit de sexualidad. Quien practica sexo de verdad no lo "exporta" a la fuerza ante niños y mayores. Esto es el más vil de los ultrajes y la más despreciable de las degradaciones.
Tenemos un alma llamada a regir al cuerpo. Cuando a esta verdad tan simple se le da la vuelta, el alma —llámese psicología, espíritu, mente, emotividad, afectividad o como se quiera— pasa a quedar subyugada, y por lo tanto baja de una condición libre a una sometida. Esto, como el aborto legal, es otra regresión a un estadio prehistórico de nuestras comunidades. Ayer lo vi de forma gráfica en la playa de mis sueños.

jueves, 31 de julio de 2014

VETERANOS DE CINE


Ando enfrascado en un viejo proyecto inacabado que, ahora que he aprendido a manejar el montaje cinematográfico, puede dar lugar a la que sería mi segunda película. El proyecto, como digo, habitaba en un ángulo oscuro de suspensión pero no de olvido, porque las grabaciones están hechas desde hace años. Lo compuse en mi imaginación tras haber conocido a un puñado de hombres, de diversa condición y extracción social, unidos por un denominador común: contaban historias interesantes y sabían contarlas. Sus vidas tenían esa consistencia del hierro forjado que tan bien conocían los gitanos de martinete de la cava trianera. Y es que las habían sacado adelante con dificultad, domeñando la materia incandescente hasta endurecerla a su gusto. O sea, lo contrario de esta cultura delicuescente y desmayada en la que chapoteamos ahora.
Escogí a cinco de ellos y les propuse que relataran sus hazañas anónimas ante la cámara. Lo hicieron magistralmente.
Uno, Feli, era hombre de campo y barbero de pueblo. Persona cabal y despierta donde las hubiera, utilizó la bicicleta, por puro amor a ella, durante seis décadas de su vida. Su verbo ágil y jugoso le había llevado por los caminos de la literatura popular. Y la dominaba airosamente. En la película recita y "se jarta reí" con sus propios versos. Bueno hasta el tuétano de los huesos, yo le he visto llorar en el presbiterio de la parroquia en la que servía como "monaguillo" septuagenario porque un nieto suyo se tenía que operar de un tumor cerebral. Feli le echaba pregones a su Cristo del Crucero desde el balcón de su casa. Es el único de los cinco que nos falta. Cuando murió, le dediqué un artículo titulado "Las campanas de Almadén no tienen quién les toque". Pero lo tengo en esas imágenes y ese sonido perdurables, que son para mí la escuela rural que conocí en sus palabras y su buen humor. Siempre cantando (lo hacía en las hoy increíbles labores de la tierra y cuando le echaba de comer a los animales, que se lo agradecían, según él) y saludándote con la mejor de las alegrías, como si llevara años sin verte. La película está dedicada a su memoria.
El contraste más vivo —aunque secundario, dado el temple hondo de ambos— con Feli lo da Mauricio. Profesional descollante del protocolo público, ha atesorado durante su ya larga vida una biblioteca que heredó de su malogrado hermano y que él ha enriquecido sin pausa. La luce con orgullo emocionado ante la cámara. Estuvo en los grandes fastos de Sevilla desde los años sesenta hasta su no lejana jubilación. Ha conocido a reyes y jefes de estado. Y de hecho, era quien les sentaba en sus puestos ante la galería. Hombre cultísimo, conoce la historia de la ciudad como la palma de su mano, y se afana por servirte con una cortesía de película, que yo he querido plasmar. Viudo siempre fiel a su esposa, la recuerda con los ojos empañados. Además, es vecino mío.
También lo es Jaime, un tabernero, como él gusta definirse, que cuidó durante décadas del bar de su padre —antaño también pescadería de fresco por las mañanas y proveedor de la Familia Real en el Alcázar— en el centro neurálgico de Sevilla. En aquella barra cenábamos mis padres y yo antes de entrar en el fabuloso cine cercano, los sábados por la noche. Otras veces, yo me quedaba en aquel establecimiento, jugando con la flipper y viendo entrar y salir a los clientes, mientras mis progenitores estaban en la sala, pomposamente llamada "Palacio Central", porque la cinta en cuestión era "no autorizada". Jaime ha retenido tantas vivencias de la Sevilla añeja, evoca como si los estuviera viendo a tantos personajes de novela, y lo narra tan estupendamente que su papel en la película es la pincelada perfecta.
Otro Jaime, capataz de Semana Santa, me trae a colación, delante de la Maestranza, sus momentos áureos debajo y delante de los pasos. Él sacaba hasta hace poco el "barco" de la cercana Carretería, un desafío anual a las leyes de la física. Muchos tenemos en la retina su figura erguida y alta, su pelo cano, sus órdenes marciales, que daban la impresión de instruir a un solo hombre, no a los casi sesenta que lleva el paso. Era como si éste se moviera solo, y el capataz pusiera los ojos de ese monstruo ciego con respiraderos que salía de su cueva para surcar los mares de cabezas del Viernes Santo. A varios metros de distancia, con esa delantera despejada como si fuera lo único que necesitaba (territorio), iba derecho al grano, con pocas y viriles voces, y acto seguido, como hacen los toreros en la arena del Baratillo, se daba media vuelta e "ignoraba al toro", sabedor de que le obedecería y seguro de su lance. Él desvela (casi) todos los secretos de sus proezas.
Y Antonio. Capiller de esa misma hermandad, su vida es azarosa hasta extremos inconcebibles. Hay biografías que a uno le cuesta comprender, de rebosantes y sufridoras que son. Antonio —paracaidista en la mili, aspirante a matador de toros, camarero— tiene un caso que marcó su vida y por el que también pasa en la película. Cualquiera en su lugar hubiera perdido la cabeza. Pero cuando ésta se encuentra tan bien amueblada como la suya, se defiende trabajando, que es lo que hizo este hombre, absolutamente vulgar y que sin embargo tenía tantas cosas que contar y tantas fotos antiguas que comentar. Hecho a sí mismo, firme en sus ideas, buscador tenaz de mejores horizontes, tropezó con el infortunio pero le puso buena cara, y sin haber pisado una escuela posee esa exquisita educación que tenían las clases humildes.
Los cinco magníficos, los llamo yo para mis adentros. Seres humanos a los que nadie dedicará una calle, ni serán top ten de nada… salvo de sus familias, de sus amigos y de este modesto y tardío director de cine que no se resigna a dejarlos perdidos en el bosque de la indiferencia de una sociedad de masas acostumbrada a sepultar a los mejores en la oscuridad del "ese no es nadie". Juan Nadie he firmado durante mucho tiempo mi dirección de correo periodístico, como aquel personaje de Gary Cooper. Puede que algún día se hagan famosos. Quién sabe.

LOS EMOTICONES SONRIENTES

La política de unos cada vez se parece más a la de los otros. Y los rostros también. Como por ensalmo, nos hemos encontrado con dos líderes ideológicamente enfrentados que pasean la misma fisonomía. El rasgo básico es la sonrisa. No es nueva desde luego esta apariencia. Suárez sonreía más que Arias Navarro. Carrero apenas sonreía. Felipe era ya todo sonrisas. Incluso el ácido de Guerra consiguió que el gato que llevaba en la barriga mutara su aullido por un gesto complaciente…, al menos cuando hablaba de Machado (don Antonio, naturalmente). Aznar quizás fuera el presidente que más visible dificultad experimentara a la hora de sonreir. Y cuando lo hacía, era una mueca casi clandestina, que se le escapaba de lado, con media boca abierta y la otra media cerrada. Se ve que medio él quería y el otro no. Es curiosa esta escisión del bigote del presidente castellanoleonés, que refleja tantas cosas de su personalidad como gobernante.
Pero el que batió todos los récords de uso torticero de la sonrisa con fines electoralistas fue Zapatero. Nuestro inefable ZP, a quien pronto veremos recibir honores de los sectores socialdemócratas del PP, sonreía hasta durmiendo, como buen bambi. He conocido a ciertos personajes que de no saber sonreír sonríen siempre. Él era uno de ellos. Su sonrisa era tan forzada que se le veían sonreír hasta los colmillos, con todo su retorcimiento salomónico.
Y Rajoy… Rajoy tiene sonrisa barbuda, que nos retrotrae a aquellos políticos decimonónicos cuyas expresiones siguen siendo, a través de los daguerrotipos, un arcano. Ahora parece que va teniendo más razones para sonreír, pero un gallego nunca sonríe del todo, por si acaso. O no. Franco tenía sonrisa cuartelera, de pase de revista. Los republicanos, por el contrario, nunca sonríen. Los comunistas, por ejemplo, sólo le sonríen a los camaradas, y los masones administran sus sonrisas con cuentagotas, porque al fin y al cabo, ¿sonreiría Voltaire?
Como decía, ahora han brotado en nuestro maltrecho jardín dos jóvenes valores que no sólo apuestan por la sonrisa, sino por la sonrisa permanente, que, al modo de ZP, es la más falsa de las sonrisas. Uno es el nuevo secretario general del Psoe. El otro, su contrincante en Andalucía. Si se fijan, parecen gemelos. Los dos venden lo mismo: simpatía. Creo que si en España cambiáramos las elecciones políticas por las de Míster y Miss Simpatía, nos ajustaríamos más a la realidad. Bueno, tal vez lo vengamos haciendo desde la noche de los tiempos democráticos.
Estos dos joviales personajes son como emoticones, esas cabecitas redondas con distintos gestos que rulan por la Red y los móviles. En esta sociedad tan plana, los estados de ánimo que buscan los adolescentes de cualquier edad son también planos: o se está triste o eufórico. Pues bien, el jefe de los socialistas españoles (todos menos los catalanes) goza de una euforia permanente. Y el de los ex conservadores, también. Hasta Rajoy está enseñando algún que otro diente, aunque todavía no sabemos cómo tiene los colmillos.
Compiten ferozmente estos dos emoticones, y el que muestre una sonrisa más franca (¡uy, lo que he dicho!) ése se llevará la voluntad rendida del pueblo soberano. Lo que vaya a hacer o no si gana es lo de menos. Lo importante es que el futuro emoticón de La Moncloa o de San Telmo cumpla bien su obligación, que es la de sonreír.

martes, 15 de julio de 2014

EL LIBRO DE MI BISABUELO

Tengo desde hace años entregado al editor y durmiendo el sueño de los justos un libro que adoro. Como casi todo lo importante que me ha sucedido en la vida, esta historia es un trasunto de otra vida platónicamente superior, o paralela si se quiere, pero ideal en todo caso, que acompaña mis actos y mis circunstancias, al menos desde que tengo uso de razón (aunque se trate de algo muy poco racional). Un buen día, visitando a unos encantadores primos de mi padre, la esposa de mi pariente sacó, inopinada y misteriosamente, un bulto de encima de un armario (o era tras una celosía, no lo sé pero esto es más poéticamente adecuado). Lo puso en mis manos. Era un álbum antiguo, con la tela muy gastada y broches de bronce. Cuando empecé a pasar las páginas, rígidas y amarillentas, apareció ante mí un mundo mágico, el de las fotografías antiguas. Pero además, este cosmos era familiar, porque la sangre que corrió por las venas de aquel autor anónimo de placas de cristal —desaparecidas, oh infortunio— era la misma que alentaba en mi propio cuerpo. Según me contaron, aquellas copias positivadas en papel habían sido obtenidas por mi bisabuelo José Pérez Bazo, un humilde trabajador de la Real Fábrica de Artillería de Sevilla (insigne institución), que se especializó en el dibujo técnico y fue delineante jefe de aquella inmensa factoría. Él participó en el diseño de los leones de las Cortes (fundidos con el bronce de los cañones capturados al enemigo en la Guerra de África) y en la figura del soldadito carolino que se iza aún en la veleta del monumental edificio abandonado.
Mi bisabuelo Pepe era un "selfman" a la española. Estudió en el Instituto San Isidoro, tal vez usando las mismas bancas que Juan Ramón Jiménez. Se casó dos veces, tuvo siete hijos, y de todo ello tomó cuidadosa nota en un cuadernito con pastas de hule azul que se conserva y que fue el documento que me sirvió de fuente para poner en pie su biografía en el nonato libro al que me refería al principio.
El carácter pionero de don José, que fue medalla del Trabajo en 1930 por toda una vida consagrado a su labor, se demuestra cuando se observan las tres cámaras que fabricó con sus manos, y que también siguen, a Dios gracias, con nosotros. Hechas de madera, pidió los objetivos a Alemania (mi bisabuelo era un forofo de la ingeniería germana). Con esas cajas y esas lentes montadas en tubos metálicos graduados, dio rienda suelta a su gran pasión. Estamos hablando, además, de los principios del siglo XX en aquella Sevilla insalubre de corrales de vecinos e inundaciones sin cuento, cuando el Guadalquivir se desbordaba por San Jerónimo o Triana, y creaba, en horas, un paisaje insólito, con el histórico muelle de la Torre del Oro cubierto de agua y los navíos encallados sobre los adoquines. Mi bisabuelo tenía madera de reportero audaz, y esos días se subía a una barca de las que llevaban pan a las casas (elevado a lomos de "garruchas") y recorría toda Sevilla, desde la Alameda de Hércules hasta San Telmo, desde el Tamarguillo hasta el ya mencionado San Jerónimo, donde Bécquer quería ser enterrado.
Todo ello está en estas fotos, que mi amigo y compañero Pablo Ferrand escaneó paciente y esmeradamente para evitar que el tiempo siguiera borrando sus huellas. Como está también una Pasarela (alarde metalúrgico como un puente de Isabel II en miniatura) poblada de mujeres con mantones y caballeros con sombrero (de verdad, del que daba sombra). O las imágenes de una Feria de Abril en el Prado de San Sebastián, como las que cantaba el Pali, y pletórica de paseo de coches de caballos… y de motor, porque al igual que se lucían los enganches se paseaban los últimos modelos automovilísticos adquiridos. O las instantáneas de la Exposición Iberoamericana de 1929 y sus preparativos, con los edificios a medio acabar. También hay fotos de Alcalá de Guadaira, donde mi bisabuelo pasaba jornadas de asueto con su numerosa familia, que aparece aquí y allá en estos documentos fundamentales para entender una época crucial de la historia reciente de Sevilla, con sus cambios y sus rincones perdidos, como esa Plaza del Triunfo tan decimonónica aún.
Están los borricos con las angarillas del pan de Alcalá, precisamente, entrando por Santa María la Blanca. Hay pasos de Semana Santa (entre ellos el de la Virgen del Mayor Dolor de la Carretería, saliendo por primera vez bajo palio, y que incluí en la portada de mi libro "Dios, hombres, ciudad"). En fin, una parte muy sabrosa de la memoria gráfica sevillana brota de las páginas de este libro inédito que me preocupé de investigar para escribir unos pies de foto poco divagadores (aunque sea la misma ciudad de la gracia por la que gustaba divagar al poeta José María Izquierdo). Y está una fotografía publicada por ABC de Sevilla en uno de sus seriales, que es una intromisión en la intimidad de aquella familia. Es un cobertizo, probablemente de un incipiente barrio de Nervión donde vivió el segundo matrimonio de esta historia. Están los hermanos, hijos de mi bisuabuelo, que no sale en la foto por razones obvias. Y en el proscenio, se ve a una joven esposa, el día de su boda, subida en un columpio. Muchas veces he imaginado el "todos quietos", de don José, una vez enfocado el objeto y ajustado el diafragma. No le tembló el pulso: la definición de esta foto, como de las demás, impresas en aquellas placas de cristal importadas de París, ya la quisieran las cámaras 4K. Supongo que sí le latería con fuerza el corazón un día como ése, rodeado de su esposa (que era su sobrina) y el resto de su familia.
Desde el Reino "del otro lado", quiero creer que él estará leyendo este artículo y repasando aquellas fotos que perpetúan también el alma de quienes las hicieron en medio de los que no les hemos conocido más que por aquellos trabajos vocacionales y voluntarios que son algo más que un recuerdo.

lunes, 30 de junio de 2014

MISIÓN CUMPLIDA. Y AHORA...

El 25 de junio de este 2014 pasará a la historia personal de casi un centenar de personas como una fecha gratamente inolvidable. A eso de las nueve menos diez de la tarde (en Bormujos, Sevilla, y en junio, esa hora no es de la noche todavía), unas cuatrocientas personas comenzaban a recibir en sus retinas y en sus tímpanos los primeros fotogramas de “En el último minuto”, un mediometraje (37 minutos y medio) en el que se han volcado los esfuerzos de ochenta personas que, generosamente y sin recibir nada tangible a cambio, han trabajado para que la película en cuestión sea un éxito y sobre todo para que a través de las emociones que sea capaz de levantar en el ánimo de sus espectadores (particularmente de sus espectadoras en edad fértil) pueda alcanzar su gran objetivo: salvar vidas.
Como se verá, hemos apuntado alto, tanto el equipo de rodaje (unas veinte personas) como los colaboradores, que han sido casi todos los que han recibido la invitación a servir a una causa que era mucho más que un cortometraje, como se planteó en un principio. Sólo una persona de ochenta ha rehusado intervenir, en ese caso con su música cofradiera. El resto — setenta y nueve de ochenta— parecían estar esperando esta oportunidad de entregarse a la aventura apasionante que ha ido rodando (nunca mejor dicho) desde un lejano día de enero de 2013 en que involucré en este barco sin subvenciones públicas o privadas (se solicitó una a una célebre y añeja entidad pero no la concedió) al primer voluntario.
Desde entonces, la nave ha ido tocando varios puertos clave: guión (debidamente registrado como propiedad intelectual), búsqueda de actriz principal, gestiones con la Hermandad de la O de Sevilla, que puso a nuestra disposición su templo para el primer rodaje (16 de marzo de 2013) así como para el del Viernes Santo y el Domingo de Resurrección; rodajes en la sede de Provida, en el Parque de María Luisa de la capital hispalense, en la barriada de Los Bermejales (irremplazable Casa Leo), y en las dos orillas del Guadalquivir, hasta finalizar en una avenida de Triana donde se encuentra, precisamente, el abortorio real que ha inspirado la escena correspondiente de la película, aunque, obviamente, no aparezca en ella. Allí nos despedimos, un caluroso 30 de junio, con una sensación agridulce: ¡Qué gran vivencia juntos! ¡Cuántos nuevos amigos! ¡Qué alegría estar trabajando por la vida del no nacido sin intereses económicos de por medio y haciendo, además, lo que nos gustaba hacer: cine! Pero, ¿habríamos dado la talla? Ahora había que revelar y visionar las tomas —muchas, en algunos casos muchísimas— con la incertidumbre de no saber si en algún plano había fallado algo que no habíamos percibido y que lo hacía inútil. Recuerdo que aquel día, cuando la relajación volvió a mí y pasaba en mi cabeza la moviola de lo filmado, fuimos, para celebrarlo, mi familia y yo a comer a una pizzería muy cercana al puente de Triana, en el que empieza la acción de nuestra película. Aquel día estuve a punto de matar a alguien… No, no se alarmen, no había perdido la cabeza. Fue un acto involuntario: dejé caer un pesado cuchillo puntiagudo desde la mesa que ocupábamos, situada en un entresuelo, junto a una barandilla sin protección cerrada. El cuchillo cayó a unos centímetros de la camarera que atendía en la barra. Según ella, lo peor era que ese día cogía sus vacaciones, varias veces demoradas. Fue, por así decirlo, un motivo más para dar gracias a Dios, de los muchos que han salpicado esta película.
Porque estamos, querido y paciente lector, ante una pequeña obra de arte colectiva, hecha y estrenada en estado de gracia. No porque nos confesáramos antes de cada rodaje, o porque nos consideremos santos, sino porque en cada recodo del camino —azaroso sobre todo porque no somos profesionales, apenas tenemos dinero para llevarla a cabo y es nuestro debut— yo al menos nunca he dejado de recibir ayuda de lo Alto. En la página web www.enelultimominuto.com cuento una de las “coincidencias”, seguramente la más increíble de todas, que han hecho posible nuestra osadía. Pero hay más. Por ejemplo, otra de las escenas de peligro rodadas sin especialistas que a punto estuvo de ser “el último minuto” de la carrera como actriz de la farmacéutica y ex Miss Sevilla Pilar Domínguez tuvo lugar, exactamente el día de nuestro primer ensayo, en la iglesia parroquial de La O, cuando se volvió bruscamente (“No corras tanto al hablar”, le había dicho yo la primera vez que hablamos por teléfono) delante del paso de la Virgen, que tenía ya las maniguetas montadas. Las maniguetas son esas largas y gruesas puntas de lanza de plata que sobresalen de los respiraderos frontales en las esquinas. Estamos hablando de piezas rígidas y afiladas en su extremo que miden unos cincuenta centímetros. A punto estuvo Pilar de clavarse una en la cara, en ese rostro prodigioso que era, además, el rostro de la película. Primer accidente, el primer día de “En el último minuto”, evitado sin duda por la Divina Providencia, que nunca nos ha abandonado.
Segunda “anécdota” a tener muy en cuenta para evaluar si el Creador de todas las cosas y sobre todo de sus hijos no nacidos estaba o no con el equipo de rodaje: Al fin y al cabo, "provida" y "Providencia" comparten raíz filológica. La idea de la cajetilla de tabaco con la que se abren los títulos me la dio un “caso real”. Aguardaba yo en un paso de peatones a que se encendiera el verde cuando observé en el centro de la calzada una cajetilla aplastada con la imagen de un feto y la consabida advertencia legal de que “fumar bla bla bla”. Le pasó por encima la robusta rueda de un autobús. Me pareció una metáfora demasiado a propósito para ser también “casualidad”, y como en esos precisos momentos andaba yo buscando un punto de arranque para mi historia, me agaché a coger la cajetilla al cruzar el paso de cebra, como hace la protagonista, sólo que yo me eché a andar con el semáforo en verde para los viandantes.
Pero no acaba aquí este microrrelato dentro de la gran narración de “En el último minuto”. Guardé celosamente la cajetilla para utilizarla en el rodaje. Pasó el tiempo (seis meses), y cuando llegó el día de grabar la imagen de la cajetilla en el asfalto y fui a buscarla donde estaba convencido de que la tenía, el objeto de atrezzo fundamental no estaba. Soy un hombre nervioso, de nacimiento y de formación. Empecé a zozobrar. Al día siguiente estaba convocado todo el mundo. Como dice la primera canción del filme: ¿qué hacer? Salí a una tertulia de amigos que nos reunimos los lunes en un hotel de la Plaza Nueva sevillana. Me acompañaba mi mujer, Susana. Mi monotema de conversación era la pérdida de la cajetilla. Yo no fumo. No sabía si podría encontrar una en un estanco con la misma ecografía. A escasos metros de mi destino, Susana me agarró del brazo y me paró en seco. “¡Mira!”, dijo mientras señalaba el suelo. Allá abajo, justamente delante de mis pies, sin que yo me hubiera dado cuenta —ella sí—, y a punto de ser aplastada por mis suelas, había una cajetilla idéntica a la que yo había extraviado. Suspiré. Es la que aparece en la cinta. Meses después, cuando ya había pasado el “ciclón”, el del rodaje, y revisando mis papeles, apareció la primera cajetilla. Desde entonces padezco un extraño síndrome —ignoro si ha sido estudiado por los expertos—, una especie de “Diógenes” de las cajetillas de tabaco con imágenes de niños no nacidos. Las colecciono. La verdad es que me parece un contradiós dejarlas en el suelo para las pisen, las méen los gatos o sean barridas e incineradas (como los restos de los abortados, por cierto).
Hay más. Ésta la he dejado para el final porque es muy triste. Triste pero útil. Antes de planificar las “expediciones” para rodar, estuve buscando, como es obligado, las localizaciones de exteriores. Lo primero era saber si podíamos trabajar en la acera del abortorio real sin que apareciese ninguna referencia de éste. Allá me fui una tarde para observar el “escenario”. Cuando miraba acá y allá, salió del centro una pareja. De edad mediana, pero dentro todavía de los años para procrear, ella se desplazaba con dificultad. Era guapa… pero estaba destrozada. Su semblante lo decía todo. A punto de estallar en sollozos, con los párpados cargados (¿noches sin dormir?), visiblemente dolorida, era cualquier cosa menos la estampa de una mujer satisfecha. Su acompañante la sostenía por el codo, con la otra mano en la espalda de la víctima. Confieso que treinta años de ejercicio de la profesión periodística, en la que uno acaba por creer que lo ha visto todo, no me sirvieron para mantener el equilibrio. Sentí una rabia tan profunda —o no, mucho menos, claro está— como la pena de aquella madre que había dejado de serlo minutos antes (para aquellos dos seres humanos —no importa el sexo— no hubo “minuto siguiente”) por voluntad propia. O no.
Me apoyé en el tronco de un árbol. Los dejé esperando un taxi, al borde de aquella acera que habrá visto tantas escenas iguales, que habrá contenido tanto sufrimiento, que habrá soportado las pisadas de dos personas entrando y sólo una (o media) saliendo con el arrepentimiento, tan pronto y tan desgarradoramente, dibujado en sus facciones, en sus movimientos, en su cuerpo y, sí, en su alma.
Aquel día aprendí mucho, primero como persona, como hombre y luego como cineasta. También como periodista, como escritor, como cristiano, como esposo, como padre, como amigo, como ciudadano... Por eso digo que siendo terriblemente triste, fue también hondamente útil.
Cerremos este capítulo de incidencias con un respiro humorístico. El día que rodamos en Los Bermejales, y más concretamente en la puerta lateral de un “megachino” que se encontraba cerrada porque, además, era domingo, y teniendo en cuenta que no había dinero para pedir una licencia municipal de ocupación de vía pública, teníamos que disponer de un largo trecho de acera “para nosotros” durante los 40 segundos que mediaban entre la palabra “¡Acción!” y la palabra “¡Corten!” (que por cierto se me olvidó, y dejé a Pilar un rato dentro del escasísimo espacio del dintel, menos mal que no está metida en carnes). Pues bien, nuestra script Viky Blasco —cuyo coche es el que pasa por encima de la cajetilla— llevaba una carpeta con las anotaciones de partes de cámara, etcétera. Como todo en esta película “Ninja” —nunca mejor dicho cuando estábamos junto a un “chino”—, aquello se hacía a base de “sablazos”. Y a un transeúnte muy amable —como todos los que se han cruzado en nuestro camino, aprovecho para enviarles mi agradecimiento en nombre de todo el equipo— la secretaria le rogó que detuviera unos instantes su paso. El buen hombre, que no se había percatado de lo que estábamos haciendo, le contestó, educadamente: “No, ahora mismo no puedo entretenerme”. Que es, aproximadamente, lo que contestamos todos cuando, como él, creemos que nos van a hacer una encuesta o algo peor (pedir dinero, naturalmente). Contuvimos la risotada como pudimos y después lo hemos revivido en familia, siempre con una sonrisa en la boca, como todo —insisto, todo— lo que ha rodeado la elaboración de esta película enamorada de la vida.
Cabría añadir el mal momento que pasé en la Plaza de España, cuando llevábamos horas trabajando y un patrullero de la Policía Local que vigilaba la zona haciendo el típico círculo por la gran explanada central detuvo su marcha a nuestro lado. Fueron unos segundos interminables. ¿Complicaciones? Afortunadamente, reanudó su ronda e incluso después salió en un plano que, finalmente, no incluí.

Y después, el verano…

Nos despedimos y cada uno afrontó su tiempo estival. El mío fue, como cada año, en plena Costa de la Luz, un lugar idóneo, como bien sabía Manolo Summers, para concebir y realizar ideas audiovisuales. Yo le tenía un respeto imponente al montaje. Vamos, que le temía como a un miúra. Un buen día de julio, dejé de darle vueltas y largas. Me zambullí en el programa, como en el agua del Atlántico (a la que a menudo también le tengo tirria por lo fría que está por esos lares) y me lancé a montar como antes lo había hecho a escribir y a rodar. Para mi sorpresa, adquirí cierta soltura con una inusitada rapidez. Y es que la técnica digital, que tan oportunamente ha llegado a mi vida, le permite a uno hacer cosas para las que no está preparado, incluso a los 53 años. Recuerdo muy bien que cada día, en el agua del mar, daba gracias a Dios por el avance recién logrado, repasando lo hecho y calculando lo restante. Hay que tener paciencia para hacer cine, pero sobre todo para montarlo bien. El resultado, ya ven, no es del todo malo, sobre todo teniendo en cuenta que ha salido de las manos de un bisoño.
Tras el verano, el proceso continuó: repetición de tomas falsas, corrección de color, efectos especiales, una sesión en casa para el equipo, todavía sin música y con montaje provisional… Hay una escena, la de la discusión entre María y Luismi, que hubo que repetir muchas veces, y todo ello después de que en julio lo hubiésemos intentado también tras seis horas, seis, de rodaje, e infructuosamente en una tarde soporífera, rodeados de ventiladores que había que apagar cada vez que se daba el golpe de claqueta. Cuando Pilar le cogió el tono dramático, a Álvaro se le puso la mente en blanco, y hubo que ponerle el guión en la pared. Como la lectura era evidente, repetimos en noviembre, pero hubo que recurrir a los cinco minutos de silencio y a la respiración lenta una y otra vez. Cuando, finalmente, dimos con una escena “limpia”, resulta que Pilar miraba a la cámara. El encadenado nos sacó del apuro, lo mismo que en varios momentos de las entrevistas de María con sus interlocutoras. Aquellas actrices improvisadas levantaban la vista y miraban al director para consultar su aprobación… cuando todavía no habíamos cortado la cámara.

La imprescindible música

Un lento y también agitado sendero nos quedaba todavía por delante: el de la música. Para no cansar, ahorraré detalles. Sólo quiero apuntar un contratiempo: cuando todo estaba previsto para grabar con medios profesionales en Umbrete la canción final del coro de padres y niños de Tabladilla, nos dimos cuenta de que la fecha acordada era… el sábado de Feria. Imposible, pues. Y ahora vete a buscar otro día. Decidimos, como solución de urgencia, grabar por nuestra cuenta. Resultado lamentable, técnicamente hablando. Por último, la gentileza de Carlos Harto, profesional de las grabaciones sonoras, permitió obtener una banda musical sencillamente grandiosa. Gracias, Carlos. A él también le hemos pegado su sablazo, y fruto del mismo es esa melodía que queda flotando en el oído del espectador y que es como el marchamo de la película, su himno triunfal, al que servidor puso la letra, y Alejandro Terrero (gracias, Ana Capote, por mediar), un profesor de Primaria del colegio Tabladilla, la música rumbosa que cierra “En el último minuto”. Meses de ensayo entusiasta han concluido en un son precioso y ajustadísimo a las imágenes a las que pone fin. Siempre estaré en deuda con María del Águila Bono y las veintitantas voces e instrumentistas que lo han hecho posible.
El resto de la música ha sido obra de Rosa Ciriquián, presidenta de Provida Sevilla y auténtica alma de la película (ella la salvó en un momento crítico, como hace con tantos niños y madres en riesgo de destrucción), el joven y brillante pianista Jesús Campos, que ha compuesto dos piezas para la película y el documental “La O: Esperanza y vida”; Luis Martínez Escribano, cantautor que ha compuesto e interpretado la primera canción (a distancia) y de quien es la segunda, soberbiamente cantada por Natichu Noguera, y Abraham Fernández, organista de la Hermandad del Valle, que ha cedido la grabación, perfecta, de su “Stabat Mater”, una partitura que parece hecha expresamente para la escena que ilustra. A Bach y a Brahms los interpretó al cello la joven estudiante de Ingeniería Aeroespacial Rosa García. No debo olvidar la espléndida locución de Edith Checa (voz y ojos angelicales de los que saben mucho su esposo y la plantilla de Radio Nacional de España). Entrañables fueron las grabaciones, artesanales como casi todo en este filme, en la casa de Rosa Ciriquián, usando como “estudio” un gran salón decimonónico estéticamente decorado y como instrumento un piano legado por el abuelo de su actual propietaria y afinado para la ocasión.

La repajolera y bendita tecnología

Vino más tarde el gran desafío tecnológico. Ya habíamos recorrido la fase de guión, la de rodaje (nada fácil y sólo resuelta gracias a la entrega de Josemi González, Alberto Fuentes, Curro Gómez, Pablo Macías y Juanjo Molina) y la de montaje, ésta última parcialmente hasta “el último minuto”.  Quedaba hacer las pruebas del estreno, las invitaciones y enviarlas, el cartel, la página web, los programas de mano, los murales, el trailer, el depósito legal, la rueda de prensa… Todo un mundo para quienes nunca habíamos pasado por ahí. En este último tiempo de la gestación hemos dado el callo la periodista María de los Ángeles Cao, madraza ella de un genial Pablo, su hermano Manuel Ángel Cao, mi compañero de producción desde el principio el crítico y químico Juan Jesús de Cózar, y la gente de Megaocio, el centro comercial en el que se encuentra la sala 15 de los cines Al Andalus, donde se desarrolló la mágica gala de estreno: Filomeno de Aspe, Jesús Blasco, Manuel Lora (gerente), Antonio (proyeccionista), Fernando Troncoso y todo el personal sin el que todo esto seguiría siendo un sueño sin materializar. Mariángeles envió cuatrocientos e-mails, que se dice pronto, y convocó la rueda de prensa. Gracias a ella conocí a Juan Pedro y José Tomás, de Nipho Comunicación, que, como casi todo en esta aventura, se ofrecieron a confeccionar el fabuloso cartel gratuitamente.
Fueron semanas febriles. Aprendí, como en cada tramo de esta peregrinación, más que en una carrera. Ahora me bandeo en la grabación del dvd y el bluray, en el montaje contrarreloj de un trailer, en la locución apresurada para el mismo, en la renderización (no me pregunten qué es), en la edición de sonido con banda gráfica incluida, en fin, en un panorama que para mí era arcano hace sólo un año y que ahora empieza a serme algo cotidiano. Tengo que rendir testimonio de gratitud a mi amigo Manolo Ruiz-Garrido, de quien aprendí metodología de rodaje y mil detalles informáticos, beneficiándonos de su formación como ingeniero de telecomunicaciones y como licenciado en Comunicación Audiovisual. Viky Blasco (heroína de Redmadre y del Foro Andaluz de la Familia), su marido Javier Martínez Escribano y Cristina Abad, periodista, han estado en todo: desde la claqueta al making off —fundamental en un proyecto como éste que tiene más de actividad libre y foro de amigos que de otra cosa— pasando por el raccord (continuidad, algo sustancial para que donde había un vaso en un plano no haya desaparecido en el contraplano) o el orden de rodaje (ya saben, que no se crucen los “espontáneos”). La hospitalidad de los hermanos de La O ha sido conmovedora. Incluso tenemos en el casting a dos actores salidos de sus filas: José Luis Flores, prioste, y Nati, la de “María, limpia esto, hija”. Comenzamos a grabar con paraguas y acabamos chorreando sudor. Y cuando todo parecía enfilado hacia la gala de Bormujos… el programa informático se borró. Este último susto me pudo costar caro. Gracias a ese ángel de la guarda que es Manuel Ángel Cao, pudimos recuperarlo, y con él, la película misma. ¡A cinco días del estreno! En esto del cine aficionado no gana uno para disgustos.
Gracias también, a posteriori de su esfuerzo, a María Dolores, Izaskun, Cristina, Asunta, María Belén, Sofía, Carmen, así como a la extensa familia Portilla-Ciriquián y descendientes por su inconmensurable solidaridad con nuestra película. Y a tantos otros que sin duda olvido y que han jalonado con su espíritu sonriente esta incursión en el fascinante marco del cine, el gran medio expresivo de nuestro tiempo.
Sobre el fondo de “En el último minuto” apenas hay más que añadir a lo que algunos llevamos diciendo y escribiendo desde hace treinta y cinco años: el aborto es un crimen execrable, como lo definió el Concilio Vaticano II, que, para muchos, tiene más autoridad que nadie. Me gusta despachar este “debate” con una invitación a pensar, porque creo que es la única manera de que el abortista —y el indiferente, que es peor— se convierta, que él mismo, a solas con su conciencia y su capacidad de raciocinio y compasión, llegue a las únicas consecuencias que este problema universal admite: que el nonato, el ser más indefenso y desfavorecido que existe, no puede convertirse en víctima de algo que los adultos, los que tenemos la fuerza y el libre albedrío, no somos capaces de resolver.
He de agradecer también a la Prensa su acogida, especialmente al diario ABC de Sevilla (no pueden ser en vano 34 años publicando en él), a su director Álvaro Ybarra, a su jefe de Cultura Jesús Álvarez y a su corresponsal Esperanza Fuentes, por su buen hacer puesto al servicio de la vida y del arte, aunque sea tan torpemente como lo hemos creado nosotros. Como le decía a Jesús y después repetí en la gala, “los que van a vivir os saludan”. Mi reconocimiento asimismo a la página web Archisevilla, de la Archidiócesis que atiende monseñor Asenjo, al Foro de la Familia y a los periódicos La Razón y El Correo de Andalucía, así como a la cadena Cope y a Paco Robles, mi amigo y compañero.
Y es que si alguna finalidad tiene este producto cultural, más allá de ser la película que nos ha hecho felices durante unas —incontables— horas que ya no pasarán nunca, es, por supuesto, la de salvar vidas. Las de los niños no nacidos en peligro de ser abortados —nada de “interrumpidos”— y las de sus madres, que siempre están a tiempo de abrir los ojos y descubrir que sus hijos son lo mejor que les ha pasado y que les puede pasar, porque, como dice la canción final, les harán compañía enlazando miradas y rompiendo soledades. En la vida real es así. Me lo dijeron las mujeres de Provida, y yo les creí, por eso hay película, para animar a las chicas, de todas las condiciones sociales, que se encuentren tentadas, y en esta triste sociedad nuestra coaccionadas ante el aborto como “solución” a que no lo hagan. Ellas vivirán mejor y sus hijos, “simplemente” vivirán. Como afirma la fundadora de Provida Sevilla, Belén de la Concha Castañeda, en la película: “El aborto no tiene marcha atrás, bonita. La vida sí; por eso hay que decir ¡viva la vida!”. Pues que así sea.

El gran día

En este mismo blog escribí, a pocos minutos del “último minuto”, que ese 25 de junio de 2014 era el gran día. Ya lo creo que lo era, pero cuando subí ese comentario tenía una mariposa en el estómago: ¿iría gente? ¡Una sala de cuatrocientas butacas con una pantalla de cien metros cuadrados! ¿Saldría todo bien? Como he dicho en la respuesta a algunos de los cientos de correos y sms que he recibido, salió “a pedir de boca”. Todo el mundo se comportó como si lo hubiéramos ensayado muchas veces. O quizás mejor. Sin duda mejor, porque fue fresco, natural, espontáneo, y al mismo tiempo señero, dulce, firme, como el ciprés de Silos en el soneto de Gerardo Diego. La presentación de Genma Scarpa —a pesar de encontrarse aquejada de un virus agresivo— nos puso a todos en onda. Filomeno estuvo, como siempre en estos casos, cortés y solícito. Todos hicieron su trabajo “de dulce”. Y sobre todo, se respiró un ambiente excelso. Como le dije al día siguiente a Viky, “había mucha santidad allí concentrada, y era como si estuviéramos bautizando la sala”. No es fácil describir lo que se siente cuando cuatrocientas personas aplauden tu trabajo, cuando sube al escenario el equipo, cuando saluda la primera actriz —por cierto, ¡bravo por el vestuario de la película, Pilar!— con su ramo de flores en los brazos, cuando, terminado el acto, la gente quiere estrechar tu mano y felicitarte. Como no sé manifestarlo, mejor me abstengo de intentarlo. Sólo puedo dar las gracias a todos los que estuvieron allí y decir que un sueño de niño se hizo realidad ante una multitud de amigos dispuestos además a que la película que nos congregaba tuviera vida futura, como creo que la tendrá, Dios mediante, y así os lo haré saber en este mismo blog. Sabed que tenéis un correo electrónico a vuestra disposición para lo que se os ofrezca: info@enelultimominuto.com .
Sólo me queda añadir algo muy importante: en el capítulo de agradecimientos he querido dejar para los postres el que debo a mi familia. A Susana, que ha compartido conmigo la vida y los hijos, amorosamente, y que ha sido también actriz “sobrevenida” haciendo primero de enfermera mala y luego de amiga de María, lo mismo que nuestra hija Beatriz, cuya vocación es, curiosamente, la de actriz, y que dobla a Pilar en la camilla del abortorio. A Marta, que nos ayudó junto con su prima Ana durante la “velada mágica” en Bormujos, y a Pablo, cuyos deberes estudiantiles le privaron de estar allí, pero que me ha soportado día tras día en casa, estando yo “rayado” con la película. Y a ese hijo que no pudimos tener con nosotros aunque viéramos su corazón latir.
A todos ellos mi eterna gratitud. A ellos y a mis padres, que me transmitieron la vida, me enseñaron a amarla y fueron los primeros guionistas de “En el último minuto” desde el descanso eterno que tanto merecieron aquí en la tierra.
Que se haga la voluntad de Aquel que nos creó y que nos aguarda.
Y que Él os bendiga a todos.

Y ahora…

Como decía más arriba, ahora tenemos por delante un nuevo trecho por recorrer. Hemos abierto el surco —“se hace camino al andar”—, hemos sembrado, estamos empezando a cosechar, y ahora a distribuir y poner al alcance de todo el mundo el grano de la siega. ¿Cómo? Va a depender de los seguidores que “En el último minuto” tenga. Vuelvo a poneros la dirección de correo a la que podéis dirigir vuestra demanda de proyecciones en grupo o de adquisición de la película: info@enelultimominuto.com . Sólo os pido paciencia. La productora Pamarbea, marca registrada, soy yo en realidad, el productor de la película. Y soy de letras aunque hiciera el Bachillerato de Ciencias por mor de un Latín indigesto (y después me casé con una filóloga clásica…). Quiero decir que las cosas irán lentas, pero si hay interés, pensaremos en descargas de Internet, en editar dvd, en las emisiones por televisión, etcétera. Lo primero será, no obstante, probar en algún festival, si es que hay alguno que apueste por estos valores intemporales y trascendentes, tan poco mercantiles como políticamente incorrectos. Ya sabéis: “El cariño verdadero ni se compra ni se vende…” Os tendré informados.
¿Qué nos depara el futuro más lejano? Yo quiero seguir haciendo películas. Hemos demostrado que podemos hacerlo. Hay que repetir suerte, con voluntad y ánimo. Ya que he podido reunir el equipo básico para conseguir una calidad presentable en la primera, voy a seguir utilizándolo con la ayuda de Dios. Os pido colaboración a todos. Confío en no seguir dando “sablazos”, aunque la gratificación siempre será escasa. Tal vez pida alguna subvención (no, desde luego, a las instancias oficiales imperantes), y busque algún tipo de coproducción. En este empeño de rescatar al ser humano de su ceguera todas las sinergias son pocas. Gracias, amigo Juan, por ese ofrecimiento de tus ahorros —dado que no eres socio de ningún club de fútbol— para saldar deudas que, afortunadamente, no existen.
Cuento con vosotros. Y vosotros podéis contar conmigo para seguir, perseverantes, construyendo un mundo mejor.
Un abrazo fuerte a todos.

miércoles, 25 de junio de 2014

HOY ES EL DÍA

La entrada de hoy es muy breve. Se cumple un sueño viejo pero joven, porque es un sueño de juventud: hacer cine.
Esta tarde, a las ocho y media, en los cines Al Andalus de Bormujos (Sevilla), se estrena "En el último minuto", mi primera película que me ha servido para tres cosas: cumplir este sueño, como digo; comprobar que hay más buena gente de la que parece, y hacer muchos amigos.
Si os apetece emocionaros con los testimonios que dan fe de que la vida humana existe desde el primer instante de la concepción, os invito. Entrada libre hasta agotar aforo (ojalá).

viernes, 25 de abril de 2014

OCHO HORAS EN LA GLORIETA DE BÉCQUER



Nunca pensé que un lugar como éste tuviera tanta vida, y tan desconocida por los "medios" de comunicación. Por motivos que no vienen al caso, o quizás sí, me he visto obligado a permanecer durante ocho horas ininterrumpidas en la Glorieta de Bécquer del parque sevillano de María Luisa. No voy a describir este espacio único de la capital hispalense, por ser de sobra conocido, al menos en ámbitos cultos. Su historia es en sí misma una pieza romántica del engranaje narrativo sevillano. Baste decir que en ella tuvieron una intensa implicación los hermanos Álvarez Quintero y el escultor Lorenzo Collaut Valera, autor del monumento en el que se dan la mano el busto del poeta, dos edades distintas de Cupido y los tres estadios del amor pasional, simbolizados en otras tantas damas harto expresivas y armadas del inevitable y temible abanico de la época.
Hasta aquí, nada nuevo. Lo que sí resulta sorprendente es observar la sociedad humana que recala en aquel círculo lírico, epicentro de tantas resonancias que encuentran su madurez en la obra del ilustre vecino de San Lorenzo. Ocho horas allí dan para mucho. Por ejemplo, esa mujer entrada en años que aparece —asombrosamente al poco de llegar nosotros para contar en cine un episodio de entrega de rosas— con un ramo de flores para depositarlo en el regazo de las amantes. Preguntada, responde con la mayor naturalidad que su esposo falleció también un 24 de abril de hace unos pocos años, y que ambos eran admiradores de Bécquer, de modo que aquel rito solitario era un recuerdo fiel a su memoria, cargado de nostalgia y perenne promesa de amor sin límites.
O el libro… de Julio Verne, tal vez por contemporáneo del de las Rimas y Leyendas, escondido tras las mismas estatuas arrebatadas, con el sello de una biblioteca pública y otro clavel rojo encima sobre el que cayeron unas cuantas gotas del cielo primaveral que nos cubría. O aquel anciano bien plantado que entró con serena decisión llevando a su nieta de la mano para explicarle qué era aquello y quién era aquel señor que les contemplaba desde su alto pedestal. Muchos se detenían a leer el cartel en español y en inglés que detallaba la vida y significación del laureado vate. Creo que fueron más los turistas de las más diversas procedencias que los paisanos, aunque de todo hubo, porque lo más sorprendente fue la cantidad y variedad inagotable de personas que acudieron a conocer aquel homenaje en mármol, taxodio y flores, siempre infinidad de flores para rendirlas a los pies de aquel que jamás consiguió editar un libro, pese a su temprana mudanza a la Villa y Corte.
Hubo más, mucho más. Salvo los corredores, atentos siempre a las marcas y a no enfriarse, se detuvo allí tanta gente que si se hubieran agrupado a una misma hora, no hubieran cabido en la rotonda. Hubo jubilados, grupos de escolares, estudiantes de arquitectura con sus apuntes en ristre, y hasta una clase de Literatura para universitarios, que analizaron versos ante la atenta mirada del autor y entre los inacabables trinos alados, que dirían sus epígonos.
Los cocheros de caballos —también inacabables— repetían como una letanía la misma frase: "Gustavo Adolfo Bécquer, poeta romántico sevillano". Lo hacían con indiferencia maquinal. Se ve que alguien había incluido en las ordenanzas esta expresión, medida con el tiempo que se tardaba en pasar ante el monumento.
En fin, que uno ignoraba, como tantas otras cosas, la vigencia masiva del padre de la poesía contemporánea en castellano, desde Villaespesa hasta Cernuda, de los Machado a Juan Ramón. Ni el tiempo ni el vandalismo han podido doblegar al impacto de las emociones bien plasmadas en un papel del sevillano aquel que dedicara su última redacción epistolar a pedir auxilio económico para poder alimentar a sus hijos, abandonados por cierto por una madre adúltera. La glorieta de Bécquer ha resultado encarnar la victoria sobre el olvido, el mentís a la voluntad de aquél que quiso dormir el sueño eterno donde esta suerte de ingratitud habitara para siempre. Nadie podrá exclamar nunca más "¡qué solos se quedan los poetas!".

lunes, 24 de marzo de 2014

EL AÑO SEVILLANO DE SUÁREZ


Debía de ser todavía un joven aprendiz de político, a la sombra benefactora de su mentor el profesor Herrero Tejedor. Lo cierto es que un todavía desconocido Adolfo Suárez González, futuro director de TVE y presidente del Gobierno para la Historia, pasó un año, o tal vez un curso, viviendo y estudiando en una de las torres de la Plaza de España sevillana. Alguien pensará que había cierta premonición en el nombre del lugar, sobre el que hoy flamea la bandera a la que se entregó uno de los políticos más sobresalientes de la Nación.
La "anécdota" la relata Mauricio Domínguez Domínguez-Adame en su libro sobre el protocolo, que él mismo dirigió en el Gobierno Civil de Sevilla primero y en la Corporación Local hasta su jubilación. Y es que Suárez saludaba con sumo afecto cada vez que volvía a Sevilla siendo ya presidente a un ujier al que se dirigía con una confianza muy personal. Porque él le abría y cerraba las dependencias del Gobierno —curiosa también esta imagen— durante esos meses que Adolfo Suárez dedicó a empollar el temario de unas oposiciones. ¿Por qué Sevilla para este retiro intelectual y académico? Lo ignoramos, pero con toda seguridad perduró ya siempre en la memoria de este hombre que la fue perdiendo tras dos golpes mortales de sufrimiento familiar. Llegaría a lo alto, y desde allí, acosado por una oposición inmisericorde y por unos adláteres poco de fiar, volvería al hogar y a los buenos recuerdos, destrozados más tarde por el infortunio revestido de cáncer que se llevó a su querida esposa y a su amada hija.
Ahora conforta saber que Sevilla fue parte de su juventud prometedora, cuando el futuro le sonreía y luchaba por alcanzar su gran sueño: regir los destinos de su Patria en orden a garantizar la convivencia cuando el "jefe" faltara.
Lo consiguió, aunque después una nube de olvido le fuera quitando el aire que respiraba. El mismo que durante un curso, más o menos, le saludaba cada mañana en la Plaza de España sevillana (por cierto, donde José Luis Perales compuso algunas de sus señeras canciones, que forman también parte de aquellos años que acariciamos ahora con la memoria selectiva del pasado).

viernes, 28 de febrero de 2014

SOCIEDADES MENDICANTES


Si esta sociedad nuestra sintiera algún respeto por sí misma dejaría ya de gimotear lamentándose de haber extraviado en el camino el estado del bienestar y empezaría a trabajar para deberse a sí misma su manutención. La mendicidad vergonzante ha sido la estación término de ese camino imposible que exportaron los países nórdicos allá por los años sesenta y que se fue extendiendo como una mancha de aceite por la parte occidental del continente europeo. Porque no olvidemos, amigos, que Rusia también es Europa, y por lo tanto cuando desde los medios se nos dice que los ucranianos quieren ser europeos y no depender de Rusia estamos asistiendo a la enésima manipulación de ese imperio de mentes alienadas en el que se ha convertido la comunicación social en nuestro entorno.
Lo que realmente está en descomposición no es, pues, "la vieja Europa", sino la Europa occidental y vieja. Unos hablarán de anticapitalismo como panacea, otros se aferrarán a la Nato y al atlantismo proyanqui para justificar el colonialismo en el que ha devenido aquel europeísmo de los comienzos, tan alentador, limpio y cristiano. De la reconstrucción europea tras la segunda parte de la Gran Guerra, cuyos ecos prometedores nos llegaban en los libros de texto utilizados por mi generación para aprender Historia, hemos arribado a este mago decrépito que ya no tiene—tras la socialdemocracia— ningún conejo que sacarse de la chistera.
La única alternativa que se le ocurre a muchos es ninguna, seguir como estamos, rascar unos centavos de la caridad cristiana que sobrevive, residual, en la puerta de las iglesias o en las cáritas parroquiales. Pero esto también está ajado, porque a la mayoría de los pedigüeños habituales ya se les ha visto el plumero; son profesionales, como los políticos, que viven del sudor ajeno muchas veces, que no muestran el menor interés por hacer algo útil por los demás, al menos como compensación. Y mira que hay cosas que hacer…
Esta mentalidad de la mano extendida en petición de ayuda, tan disculpable al comienzo de la crisis, se nos revela hoy como la causa de la crisis. Por respeto a sí mismo, quien se ve obligado a solicitar auxilio no hace de eso un sistema establecido. Por eso España sigue estando al borde del precipicio. Y Europa (occidental), la vieja Europa de viejos y perros que en cualquier momento puede dar lugar al cumplimiento de la realidad retratada por la película británico-mejicana "Hijos de los hombres" (un mundo sin nuevos niños que persigue implacablemente un alumbramiento clandestino), también.

martes, 14 de enero de 2014

UN MÓVIL POR LOS SUELOS



Esta mañana he asistido a una escena de esas que te obligan a pensar que uno de los dos —o tú o el mundo— tiene que haberse vuelto loco. Una panda de chavales adolescentes, de en torno a los doce o trece años, bien arreglados, con buena presencia y pinta de haber salido de un buen colegio, jugaban al fútbol con un teléfono móvil. El cuadro se producía en el cruce entre la calle principal de un barrio adinerado y una transversal. Los niños aprovechaban el piso llano del carril para bicicletas. Se ve que el aparato se deslizaba mejor sobre él que encima de los adoquines o las losas peatonales. Cuando lo observé, una de las piernas ponía la bota sobre la pantalla táctil y regateaba al adversario. Los demás jaleaban o le disputaba "el balón" al jugador. Después de arrastrar el artilugio —de última generación y por lo tanto muy caro, incluso para las privilegiadas economías familiares que allí se daban cita—, unas de las manos inmaduras lo cogió del suelo y comenzó a teclear sobre la superficie cristalina. Me quedé asombrado y me detuve a observar y reprochar con la mirada al grupo. Entonces, el más pequeño de ellos —no pasaría de los once años— me espetó: "¿Qué pasa, señor?" Le respondí: "¿Qué pasa? ¿Vas a preguntarme qué pasa? ¡Pues que hay mucha gente muriéndose de hambre por no tener lo que vale ese móvil! ¡Qué poca vergüenza tenéis!"
Tuve la suerte de que la educación recibida por los interpelados pusiera un eco de silencio a mis palabras. Continué mi camino, pero no he podido sacudirme esa extraña ración de amargura que me hace sentirme un desplazado y habitar un mundo con el que cada vez me siento más incompatible. Me ocurre lo mismo con el omnipresente asunto del aborto, la mayor tragedia de la Historia humana (o mejor dicho, inhumana). Que la hiprogresía rampante se sume a una ética descarnada del capitalismo salvaje a la hora de eliminar niños no nacidos, lo cual haría feliz al burgués Malthus, poniéndose en cabeza de la defensa de los discapacitados que van quedando tras su genocidio abortista resulta tan enajenante como que unos niños de extracción social acomodada, que sin duda estarán recibiendo una formación cara y de calidad jueguen a darle patadas a un móvil de doscientos euros.
¿Qué está pasando? Cuando escribo estas líneas, cerca de un centenar de terroristas sanguinarios no arrepentidos han sido puestos en la calle porque en un tribunal remoto han interpretado los derechos humanos al revés de como se habían tomado en las instancias judiciales españolas. Junto a ellos, han salido violadores, asesinos en serie y locos temibles que clavaban en los glúteos de las mujeres punzones hasta dejarlas desangrarse. Toda una Infanta de España, hija de los Reyes, está imputada, de modo que en principio la veremos en el banquillo, bajo la acusación de haber trapicheado con su condición para robar fondos públicos.
Sinceramente, este artículo que será el que abra un rimero de ellos para uso literario —sin Prensa ni internetes— me ha salido como una especie de SOS que, igual que con el Titanic, es probable que nadie escuche, pero que en mi particular gabinete telegráfico, es cuestión de vida o muerte. Porque uno de los dos, o el mundo o yo, se ha vuelto loco.

sábado, 4 de enero de 2014

INGENIEROS DE CUENTOS


Antaño, nuestros mayores, a quienes cada vez debemos más, nos aleccionaban sobre nuestros deberes futuros como personas de provecho, sobre todo a la hora de elegir profesión y ganarnos así la vida para formar una familia y cultivar la felicidad en ella. Todo eso hoy nos parece una quimera. Claro que antes ya nos parecía un discurso rancio y superado. Pues ya ven, henos aquí en un país sin horizontes para cuando nuestros niños sean mayores, que acaba de ver cómo por primera vez la renta de los trabajadores sin cualificar sobrepasa a la de los profesionales universitarios y que desparrama a éstos por el resto del mundo en una suerte de dilapidación del talento.
Como si un virus de inconsciencia, una especie de locura colectiva, se hubiera apoderado de nuestro centros de decisión, las empresas echan a la calle a los más expertos, aquello en quienes han invertido más dinero y más tiempo para conseguir empleados bien formados, competitivos y responsables. España se vacía de gente valiosa mientras se entrega a unos cuantos jóvenes pésimamente educados y condena a los demás a ser "ninis" o coger el portante.
Recientemente hemos sabido que los ingenieros de caminos pasan, en el mejor de los casos, el puente que lleva desde las escuelas universitarias al extranjero sin solución de continuidad. Es decir, que estamos gastando una fortuna en darles una carrera para que sean otros los que disfruten de sus obras. Sólo en Andalucía, han sido doscientos los que han salido de España rumbo a cuarenta y tres naciones porque en la suya no hay dónde construir. En 2010 sólo procedía de fuera el 29 por ciento de las ofertas de empleo para estos ingenieros. Hoy constituyen un 73 por ciento. En España no se hacen caminos, ni canales ni puertos. ¿Para qué? Además, la hucha se la pulieron los socialistas con la ayuda insustituible de los populares. Y para ilustración, una frase del decano del Colegio que agrupa a estos ingenieros en Andalucía, Ceuta y Melilla: "Este país lo cambiaremos nosotros, nunca esta mediocre clase dirigente que nos gobierna aquí y en Madrid". Cuando éramos chicos, nuestros padres nos sentaban a su lado, nos cogían una mano y, mirándonos fijamente a los ojos, nos decían, con voz dulce: "¿Y tú, cuando seas mayor, ¿qué vas a ser? ¿Ingeniero de caminos, como tu padre?". Claro que también había veces que comentaban alguna ocurrencia de los lumbreras que nos gobernaban ya entonces, y decían: "Ese es un ingeniero de caminos, canales… ¡y cuentos!"

jueves, 2 de enero de 2014

LOS PAÑALES MOJADOS DEL PROGRESO



Por primera vez en la Historia, en Japón se venderán este año más pañales para viejos que para niños. Esto debe de ser el final de la historia que refería Fukuyama y que tanto revuelo como superventas originó allá por el final del milenio. Aseguraba este autor que ya no había más cera por arder y que nuestros hijos dejarían de ver la vida con ojos humanos. Mutarían y habría una especie de nuevo Génesis o algo así, qué sé yo. Era cuando se iban a fundir los ordenadores, ¿recuerdan? El temido efecto 2000. Hay que ver lo que hemos vivido: el cuento de la gripe aviar, tan rentable para algunos; el boom de la comunicación social, con sus facultades universitarias para chupar del bote; el cine y la televisión en 3D, las redes sociales, y hasta un efecto 2000 que se quedó en algo así como una guerrita de los munditos.
Que el Japón, con lo lejos que está el Japón, tenga que dedicar su tecnología a fabricar empapaderas para las micciones seniles en mayor cantidad que para las infantiles es muy significativo de en qué sumidero acaba la gloria del mundo. De Japón nos venía lo último hasta ayer tarde, que espabilaron sus eternos enemigos los chinos. De allí vino el deuvedé, el casete y las cámaras fotográficas con un japonesito o una japonesita pegados, recorriendo en serie nuestros monumentos con cara de disco duro. Y ahora ya ven: entró en recesión ni se sabe el tiempo que hace, se le escapó el reactor de una central nuclear y tiene que dar preferencia a la vejiga de la chochera sobre los esfínteres de los bebés.
Pero no crean que todo acaba en Japón. Más bien es al revés. Recuerden que aquello es el imperio del sol naciente, aunque ahora esté menguante. Que se vaya preparando la vieja Europa, con su engreimiento fatuo de diosa griega sollozante rebozada en su tragedia. ¿Por qué llora Europa?, nos preguntaremos a la vuelta de pocos meses, cuando empecemos a fabricar más pañales para ancianos decrépitos que para retoños rezongantes. Europa estallará en gemidos de lástima por sí misma cuando compruebe que el bienestar hay que pagarlo, y que los mayores no pagan, sino que cobran; al menos hasta ahora.
El autodenominado mundo desarrollado declina ineluctablemente. Todo comenzó nueve meses antes, cuando decidió que cualquier cosa era mejor que tener hijos. Pues ahora, ajo, agua y resina, mi querido progreso. Ya saben, a joderse, a aguantarse y a resignarse. Y a envejecer en soledad haciéndoselo encima sin que ninguna risa de infante venga a alegrarnos el alzheimer. Es lo que tiene llevarse varias generaciones haciendo ascos a las familias numerosas. Que si son del Opus, que si son de los Kikos, que si son franquistas. Pues nada, amiguitos, a la vuelta de tanto niño único, de tanto condón y de tanto aborto, ya veis lo que hay: el invierno demográfico. Y ahí se tirita, os lo garantizo.
Lo malo de todo esto, como siempre, es que pagan justos por pecadores. También yo envejeceré sin que me puedan pagar ni la dependencia ni la pensión. Pero al menos en mi caso, me alegrarán la senectud tres criaturas y las que puedan venir detrás. Será muy triste, sin embargo, recorrer calles semidesiertas en invierno y llenas de sillitas de ruedas en verano. Calles como paisajes apocalípticos y devastados después de una batalla. "Es el estado del bienestar", nos diremos unos a otros, si el parkinson nos lo permite.
Hace muchos años ya que visité Bruselas con mi hijo en un carrito. Tenía apenas unos meses de nacido. Cuando íbamos en el metro o por los parques, aquellos flamencos de tez apergaminada se quedaban mirando con expresión de sorpresa "aquello" que tenía morfología humana y balbucía sílabas inconexas. Ellos iban muy tiesos con sus perritos y habían olvidado que un día fueron niños como mi hijo. Imagino cómo será ahora, en esta buroeuropa medio cadáver que camina, al igual que el Japón, derechita a la suspensión de pagos por falta de natalidad.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

CINE ANDALUZ (Y ESPAÑOL) CON VALORES

Ando enfrascado en la recta final de mi primer proyecto cinematográfico, un corto o medio metraje que cuenta la historia de una chica embarazada que no llega a abortar porque apuesta por la vida "en el último minuto" (que así se titula la "cinta"). Es, como se puede suponer, un viejísimo pájaro de juventud esto de hacer cine. Con quince años quería ser director de cine. Pero vivir de eso en aquella Andalucía del año 75… Hay utopías menos frustrantes. Así que decidí ser realizador de televisión. Pero en aquella España del año 75… o te metías en Televisión Española ("la mejor televisión de España") o seguías soñando en tu terruño y lamiéndote las heridas. Alguien me dijo, cuando ya tenía un pie en el Talgo, que podría hacer en Sevilla aquellos estudios, que eran los de Imagen y Sonido en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. Fue una de las primeras mentiras que hirieron mi buena fe. Cuando llegó septiembre, aquella "tutoría delegada" reveló que mis esperanzas eran vanas, y tuve que matricularme en Periodismo. Siempre me gustó el periodismo, pero no tanto como el cine. De todas formas, la Prensa ha sido el modus vivendi de mi existencia.
Recuerdo una anécdota protagonizada por un afamadísimo articulista sevillano que fue mi jefe muchos años. Un buen día, ya en vísperas de su abrupta retirada del periódico en el que ambos trabajábamos, se detuvo ante mi mesa y me espetó: “Ángel, ¿tú que te crees, que yo hago esto por amor al arte? No, hombre, no. Este es mi modus vivendi y nada más." Aquello me impresionó, porque, aunque yo sabía sobradamente que "aquello" (escribir sus artículos) era su modus vivendi (y que le daba para muy buena vivendi) todavía conservaba cierta ilusión adolescente en que escribir en un periódico —y tan bien como él lo hacía— era, sobre todo, un honor.
Ese periódico acaba de romper amarras conmigo, después de treinta y tres años y medio de ligazón mutua. Alguien me comentó cuando lo supo que esa había sido la vida del Salvador. Ciertamente. Es decir, toda una vida, de la misma duración que tuvo la de Jesucristo en la Tierra, dedicado a ejercer la profesión periodística. Y se acabó, como cantaba María Jiménez, "porque tú me lo pediste".
Pero ahora, "mi vida es otra". Es la vida del que ha conseguido reunir el dinero suficiente para, además de mantener, si fuera necesario yo solo, a una familia de cinco personas, entregarme a mi asignatura pendiente. Gracias a Dios y a la colaboración espontánea y generosa de un equipo formado por una quincena de componentes de todas las edades y ambos sexos, puedo decir que "En el último minuto" se acerca al momento de dar a luz (nunca mejor dicho, por el doble sentido de la palabra luz). Pero, ¿qué hace un periodista creyente y conservador emprendiendo a sus 53 años una aventura cinematográfica sin un duro de presupuesto y con la sola (y gran) inversión que ha puesto un puñado de amigos como si se tratara de una cooperativa de lo intangible?
Esto me ha llevado a reflexionar brevemente (única suerte de reflexión que domina un periodista) en el contexto que hoy me rodea como director —y productor, naturalmente— de películas. Digámoslo abiertamente: Desde que murió Franco, en España, y sobre todo en Andalucía, para hacer cine tienes que disponer el carné de izquierdas. Entonces todas las puertas se te abren y empiezas a ser alguien en la sociedad aficionada al séptimo arte. Ya puedes poner en juego las más depuradas aptitudes, el talento más rico, el tesón de una araña tejiendo su red, que si no perteneces al club del pensamiento único, ya puedes esperar sentado para que alguien te haga caso.
La financiación de nuestro cine se llama subvenciones. Y ya sabemos quién las concede y con qué criterio. Exactamente lo mismo sucede con los jurados que otorgan los premios en los certámenes. Y da igual que detrás esté un partido u otro. Ambos saben que la política es calculadora, y prefieren aferrarse al sistema establecido que intentar cambiar nada.
Por eso, yo he conseguido lo que nunca confié en lograr: llegar hasta el último minuto de una película que prescinde de subvenciones. Sé que no me aguarda reconocimiento alguno. Tampoco lo necesito. Pero tal vez igual que se ha producido el milagro de hacer realidad esta película, la Providencia tenga a bien transformar algunas sensibilidades de modo que el cine que estamos haciendo los que preferimos los valores ahora llamados "tradicionales" a lo que ahora llaman "progreso" también tenga su sitio en la mente y el alma de mucha más gente de la que nos parece ahora.
No va a ser nada fácil, sobre todo aquí en Andalucía, donde todo está copado por la hegemónica izquierda. Pero revoluciones mayores se han visto, cuando nadie las esperaba. Me consta que no estamos solos, aunque de momento seamos islotes a la espera de que algún empresario con ganas de arriesgar por lo diferente nos agrupe y ayude. De momento, vamos a hacer nuestro trabajo con las ganas con las que lo hemos empezado. Con la ayuda de Dios —como los presidentes de Estados Unidos—llegaremos al último minuto sabiendo que nuestras vidas no han sido en balde.