lunes, 6 de junio de 2016

CUENTOS PARA OCULTAR CUENTAS

Ahora que arrecia el vendaval antidemocrático que diría Guerra sobre la Comunidad andaluza por un quítame allá esas pajas de mil y pico de milloncillos de nada que se llevaron por delante entre unos desheredados y otros mientras Chaves, Griñán y otros apóstoles de la igualdad firmaban y firmaban a ciegas como citas de amor en celuloide, es conveniente repasar algo de lo que está pasando con las cuentas públicas, ésas que en Andalucía han devorado eres y cursos de formación (no precisamente del espíritu nacional). Entre otras cosas, porque no se trata “sólo” de dinero, de muchísimo dinero, sino de poca vergüenza, que es una categoría moral y por lo tanto más elevada que el vil metal o mardito parné. Nos lo acaban de recordar los suizos. No la banca suiza, que es otra cosa, sino los ciudadanos libres de la Confederación Helvética, para la que habría sido tan fácil como un chasquido librar los fondos correspondientes a la implantación de una paga universal (“Renta Básica Incondicional”) de 2.260 euros mensuales por adulto y 570 por menor. Promovían sindicatos, socialistas y ecologistas. Sometido a referéndum (¿desde cuándo no tenemos uno en España?), los ciudadanos libres del país más odiado por los colectivistas de todo el mundo han decidido, democráticamente, no ceder a la demagogia. No tuvieron ni que hacer cuentas. Mucho menos, llevar a cabo interminables procesos judiciales para quedarse a medio camino por mor de fallecimientos y prescripciones. Sólo han tenido que echar mano de su sentido común y de su patriotismo, cualidades ambas que hace tiempo huyeron del alma hispana.
En realidad, se trataba de una medida “niveladora”, consistente en quitarle ese dinero a los que ganan más para dárselo a los que ganan menos, tomando siempre dicha cantidad como referencia común. Una sombra chinesca de lo que aquí pretenden poner en práctica los comunistas de distintas marcas electorales reunidas.
¿Se imaginan ese referéndum en nuestro país? Es más, ¿qué podría haber sucedido en Andalucía, por ejemplo? Los suizos han partido de una premisa que casi hacía innecesaria la consulta popular: ¿de dónde íbamos a sacar, no ahora, sino dentro de diez años, el dinero necesario para garantizarle a cada uno sus 2.500 francos al mes? ¿Qué sería de la célebre laboriosidad que ha hecho posible nuestro bienestar? Los mismos padres de la propuesta reconocían que en todo caso había un 12 por ciento para el que sería necesario buscar financiación. Un 12 por ciento anual acumulativo, claro. Y no creo que pensaran siquiera en pedírselo a los bancos. Hablaban de implantar un canon —léase nuevo impuesto— sobre los ordenadores. Es decir, lo de siempre desde que Leviatán descubrió el filón del bolsillo privado. Los suizos saben muy bien que, aunque el dinero sea papel, no lo aguanta todo. Y por lo tanto, han preferido, ¡por un 78 por ciento!, dejarse de fantasías sesteras y seguir apegados al suelo.
Aquí en España, la riqueza, cuando parece haberla, implica convertir ese mismo suelo, tan yermo, en minas áureas a golpe de boletines oficiales, por el procedimiento de la recalificación especulativa. Una burla con forma de burbuja llena de un gas llamado paro, que se expande en cuanto se libera. Por cierto, en Suiza el paro no existe (3,5 por ciento).
Las autonomías españolas —cada vez me acuerdo más de las “autonosuyas” de Vizcaíno Casas— han aumentado su déficit un 40 por ciento hasta el pasado mes de febrero desde el mismo mes del año anterior. Si ampliamos el dato a la Administración general del Estado —sin contar las corporaciones locales— ese aumento fue del 28 por ciento, hasta alcanzar la bonita cifra de 12.684 millones de euros. La deuda del Estado ha alcanzado nuevos récords, como es sabido (“o no”). La “hucha” de la Seguridad Social para pensiones acabó 2015 en menos de la mitad de lo que contenía en 2011, al pasar de 66.815 millones a 32.485.
Esto sí que es una “deuda histórica”, y no la que hasta no hace mucho (ya no dicen ni mú, evidentemente) llenaba la boca de la presidenta andaluza y de sus conmilitones. Para tapar lo que el espíritu socialista de revancha y engaño a las multitudes ha originado, se vuelcan en la “memoria histórica”, otro género de ajuste de cuentas fantasmagórico muy nuestro (“a moro muerto, gran lanzada”) que resulta muy útil en ese empeño de echar tierra sobre el despilfarro irresponsable mientras se desentierra el hacha de guerra populista.  A ello se ha sumado, con coraje de converso, el Partido Popular, que (lo mismo hizo con el PER, ¿recuerdan?, aunque le cambió el nombre para disimular), mientras ofrece para España un mensaje contrario a la “memoria histórica” (ahí está su voto contra la Ley), aquí en Andalucía lo trasmuta por unas propuestas de cosecha propia que pretenden la creación de “oficinas para atender a las víctimas del franquismo”. ¡Más oficinas, Santo Dios! ¡Como si no tuviéramos bastante con las ya creadas, sobre todo como fruto del pacto de comunistas y socialistas para la Junta de Andalucía! Sin ir más lejos, ayer me percaté de un cartel que anuncia una en un costado de la Consejería de la Plaza Nueva. “Transparencia y protección de datos”, creo que ponía. Y para llevarla adelante, ¿cuántos sueldos, cuánto material, cuánta propaganda?

La memoria histórica encubre la deuda histórica, que no es la que nos contaban sino la producida por la cantinela que nos contaban, la de treinta y tantos años de falsificaciones y manipulación de un pueblo que parece decidido a entregarse en brazos del verdugo —ése de capucha morada— con tal de acabar con las torturas de los guardianes de su ortodoxia política.
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miércoles, 1 de junio de 2016

BUENA NOTICIA PARA LOS ANALFABETOS

Si les digo que el matrimonio formado por José Velasco y Mari Cruz López forjó de la nada un emporio bibliográfico, ustedes apenas esbozarán un leve fruncimiento de comisura labial. Pero si les añado que ese negocio creció a lo largo de casi cuarenta años hasta el punto de convertirse en la única cadena de librerías andaluza, “Beta, Galería Sevillana del Libro” tal vez sientan el prurito de la curiosidad y hasta un algo de admiración. Llegó a tener once tiendas, repartidas por Sevilla, Córdoba, Algeciras, Huelva y Los Barrios. Su local de Viapol (más de 1.000 metros cuadrados) fue el de mayor extensión de España. Comenzó a vender libros a través de Internet en 2012. En 2008 —el primer año de la gran crisis— facturó cerca de ocho millones de euros, lo cual, hablando de libros vendidos, es una proeza en España. Mantuvieron el tipo, con medio millón de euros de beneficio, al tiempo que la facturación caía, como casi todo —menos el fútbol y las verbenas— en este país. Se enderezó en 2011 y saneó sus cuentas.
Y sin embargo, después… Beta fue cerrando en la avenida de La Constitución, La Gavidia, Sagasta, Imperial, San Pablo, y ahora funde en negro el “book café” en el que se refugió a unos metros del teatro-cine de la calle Sierpes. Le quedan aún cuatro tiendas en Sevilla y algunas más en otras poblaciones. Mantiene abiertas las dos emblemáticas de Los Remedios (Asunción, donde empezó la aventura en 1975, y República Argentina) más las de Nervión (Viapol y Hernando del Pulgar). ¿Hasta cuándo? La nueva empresa propietaria anuncia un “ajuste de plantilla” y reconoce que hace meses que no puede pagar a los proveedores.
Como periodista, no entiendo que las informaciones se monten a golpe de gabinetes de prensa y “voces autorizadas”. Así que me he fajado y he hablado con “las bases”, algunos empleados que, con lágrimas en los ojos —literalmente, ya que hablamos de escritura— y tras mucho insistirles, me han señalado los anaqueles medio vacíos, los escaparates y expositores sin novedades, y los pasillos desiertos: “Los clientes vienen pidiendo libros y tenemos que decirles que se nos han agotado. Pero lo peor es cuando te preguntan cuándo los recibiremos, y entonces tenemos que ponerles cara de póquer porque, de momento, no sabemos ni si vamos a volver a cobrar. Se sufre mucho. Son muchos años atendiendo lo mejor que sabemos a las personas, que eran muy fieles. Lo seguimos haciendo con educación y cortesía, pero se van a la librería más cercana.”
No me pregunten si el autor intelectual de este desaguisado es el libro electrónico —no creo, y me fundamento en el parecer de profesionales que trabajan a pie de obra— o son los movimientos de capital, que, como en tantos y tan cercanos casos han mutado con la propiedad el estilo de la casa, o la falta de hábito lector a la que han conducido las redes sociales. Ni siquiera sé si la gente no quiere o no puede gastarse su dinero en libros (esto tampoco me cuadra, a la vista del precio de las localidades, los viajes y las cuotas que genera el fútbol y sus inversiones millonarias en fichajes más o menos limpios fiscalmente). Lo único que sé es que conocí, por pura casualidad, a Mari Cruz —gran mujer y gran periodista— y a Josechu cuando Beta era un trasatlántico y ahora es una falúa a la deriva, curiosamente en manos de una productora muy vinculada a la televisión autonómica y sus programas estrella o lo que es lo mismo, con las familias del poder y la política.
Un pueblo que no lee, ya sabemos hacia dónde va: al matadero moral o al menos al cautiverio de un redil gregario en el que su voluntad es, exactamente, un cero a la izquierda, dicho sea sin ánimo de hacer juegos de palabras en un momento tan frágil para la sociedad española como el actual. Anulada la reflexión a la que obliga la lectura, se pierde no ya la costumbre sino el criterio, el órgano de pensar. Con él fenece nuestro libre albedrío, nuestra capacidad de observar, estudiar la realidad, respetar a los semejantes, tomar las mejores decisiones y asumir responsabilidades; es decir, de vivir. Damos un inmenso paso atrás en la Historia y en la evolución de las especies. Es, ni más ni menos, lo que está pasando, aunque, al igual que sucede con los animales, la mayoría no se esté dando cuenta de nada. Esta abdicación de nuestra más noble faceta, la de manejar ideas y con ellas sentimientos, es como si hubiéramos dado mil vueltas a la cerradura de la caja donde guardamos el saber y la soberanía, para arrojar seguidamente la llave por la borda. Nada vale nada ya si tiene más de veinte caracteres o cosa parecida. El dinero, al parecer, está para producir programas de televisión, a menudo tragados por la masa gracias al vacío que han dejado los libros.

En este contexto, lo de menos es que Andalucía pierda su única cadena de librerías. Lo auténticamente lamentable es que andaluces que antes buscaban un libro en ella para seguir siendo personas adultas y ciudadanos respetables, ahora vuelvan mohínos de la librería de siempre para refugiarse en las bibliotecas que formaron durante décadas en sus casas mientras contemplan cómo sus hijos retornan al imperio de los brujos.

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viernes, 27 de mayo de 2016

A OCHENTA PASOS DEL GOBIERNO

Algunos no logramos reponernos del impacto que nos causan hechos de los que son víctimas personas con las que es fácil identificarse porque su destino podría haber sido el nuestro o —peor— el de nuestros seres queridos. Acostumbrados al relumbrón televisivo, se nos olvida la suerte de otros como nosotros, tan abandonados por unos Poderes Públicos que cada día más parecen dedicados exclusivamente a devorar nuestro trabajo vía impuestos o multas. Si ustedes utilizan el medidor de distancias de Google, podrán comprobar que entre la Subdelegación del Gobierno en Andalucía, sita en la torre norte de la Plaza de España sevillana, y la glorieta de Bécquer hay, en línea recta, ochenta metros. Son los pasos que median entre la institución de la que depende la Policía Nacional y el lugar aproximado donde apareció violada salvajemente y asesinada una mujer de 31 años el pasado 24 de febrero. Estos son los hechos. Los detalles están pendientes de la investigación que en un principio parecía avanzar pero después se ha visto envuelta en cierta nebulosa.
Fue gracias a “Carmen la del Pincho” como la Policía Científica pudo localizar, mediante el ADN, al presunto culpable del crimen. Carmen es una empleada municipal que limpia de papeles el suelo del Parque de María Luisa y que la mañana del macabro hallazgo tuvo la habilidad de guardar aparte, en un contenedor y aislado en una bolsa de plástico, un pañuelo ensangrentado y unos calzoncillos. A ochenta metros de la Subdelegación del Gobierno y a doscientos cincuenta y siete de la Delegación del Gobierno en Andalucía, ubicada en la torre sur.
El espantoso delito ha puesto a la luz la degradación letal en la que se encuentra no sólo el más antiguo parque de Sevilla, donde tantas generaciones han jugado de niño y tantas parejas se han besado por primera vez, sino una parte de la sociedad en general, que se vale de Internet para convertir estos pulmones en lupanares donde todo vicio —especialmente los más nefandos— tiene su asiento. Hechos como éste, acontecido a ochenta metros de la sede donde radica la autoridad democrática, me recuerdan la última frase pública del ex ministro Ruiz Gallardón. Participaba el chivo expiatorio de los fracasos gubernamentales del PP —el mismo que gobierna en las torres de la Plaza de España— en una mesa redonda organizada por el CEU y alguien le preguntó si su cese era consecuencia de un calculado análisis electoralista promovido por el célebre gurú del partido. Su única respuesta fue pronunciar dos palabras: “¡Qué asco!”.

Había pagado el ministro con su cartera y su carrera política la tímida apuesta por la vida que pretendía mitigar la muerte diaria de trescientas personas a manos de otras en el vientre de sus madres y con todas las bendiciones legales. Las muertes violentas son todas iguales. Y cuando la indiferencia se adueña de las mentes, masivamente teledirigidas, los horrores más atroces pueden suceder a ochenta pasos del Poder.
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viernes, 20 de mayo de 2016

A MI AMIGO AURELIO

Me emplazas, querido Aurelio, con sones imperiosos, a que escriba con frecuencia en este rinconcillo del foro público, para así cultivar la disciplina, la costumbre o lo que quiera que sea eso que nos mantiene intelectualmente vivos. Me riñes porque mi desgana no me lleva por esa senda. Y llevas razón. Lo haces a impulsos de nuestra camaradería de viejos escolares que ya han vivido algunos barbechos. Hay en tus palabras cierto parecido con las de las madres que administran consejos tiernos —los de más calado— preocupadas siempre por el cuidado psicológico de los demás. Sí, Aurelio, es cierto que escribo poco, muy poco. Y que eso, como las rondas, no es bueno, que a la larga hace daño y da pena. Pero es que me ocurre como al personaje aquel de los Versos del Capitán, que vuelvo a casa cansado de ver el mundo que no cambia. Y eso sólo se cura con la risa de una mujer.
Remueves en mí el revulsivo de la vocación: escribir es lo mío. Muchas veces me lo he propuesto. Cuando lo hacía porque era mi trabajo remunerado, no tenía excusas para el absentismo. Pero durante estos siete años y medio, he experimentado un rol doloroso y desalentador: el del parado. De acuerdo, es cierto que, como tantos, soy un parado bien indemnizado, lo cual retira de la escena el elemento más perturbador. Puedo vivir dignamente, desde el punto de vista material, lo cual no puede decir todo el mundo en este desdichado país. Es cierto, además, que dispongo del tiempo, ese cuerpo extraño en mi vida anterior de periodista sin horario. Y sin embargo… ¿quién cuenta conmigo?
No voy a ponerme melodramático. Huyo de la histeria como de la peste, por razones que tú y yo conocemos bien. Pero te debía una explicación. A ti y a esos dos o tres lectores que me quedan en este blog, último reducto de mi expresividad. Tampoco me gusta el tono subjetivo, del que tanto se abusa. No obstante, tampoco puedo huir hacia la evasión (no la fiscal, sino la otra, que es peor) e imaginar que todo es de color de rosa. No lo es para mí, pero sobre todo no lo es para los millones de lectores potenciales de cada artículo que escribo y publico aquí.
Tú y yo tenemos hijos, Aurelio. Son los hijos de los hijos del “baby boom”. Y me he dado cuenta de que nuestros padres, que tan mal lo pasaron, eran más felices que nosotros, y ¿por qué? Ellos vieron crecer a su descendencia —eso que nos hace perdurables y perpetúa nuestra esperanza— proyectados hacia el futuro. Por eso sonreían, Aurelio, no, ciertamente, por su pasado, que era tan desgraciado como el del país que les albergaba. Ellos veían el porvenir con deseo vibrante; iban a dejar a sus hijos un espacio vital más limpio que el que habían recibido de sus padres. ¿Qué les vamos a dejar a los nuestros, querido amigo? No hace falta que me respondas. Lo haré yo en un apretadísimo resumen.
Les estamos dejando un país hecho trizas, con una deuda pública como no se conocía desde 1909 (pero entonces conservábamos, bien es cierto que a un alto precio de sangre inocente, las últimas colonias y sus recursos). Nuestros padres nos dejaron un país con pleno empleo. Sí, es verdad que había mucho emigrante, pero la mayoría volvía al cabo de unos años con lo suficiente para poner el pequeño negocio que les reportase un modus vivendi vitalicio. Nuestros padres construyeron, trabajosamente, un sistema de Seguridad Social que nos ha permitido ejercer nuestras carreras profesionales sin preocuparnos por la pensión, que ahora sí está en el aire y que para nuestros hijos será pura historia (al factor de insostenibilidad demográfica se añade que los políticos tiran de la hucha una y otra vez). Las regiones se dividen en dos: las que quieren irse y las que sólo velan por ellas mismas hasta el punto de incumplir la ley. Sólo el fútbol y las verbenas atraen a un pueblo narcotizado por una televisión degradada y degradante que lleva, al igual que el sistema educativo, varias generaciones mintiendo y vaciando de cultura la mente de las gentes para así hacerlas más manejables y maleables.
Podría seguir hasta aburrir. Y eso es lo que estoy, Aurelio, aburrido. Sobre todo estoy hastiado de algo que, como bien sabes tú y los dos o tres lectores que me quedan, siempre he percibido como la premisa trágicamente ignorada de una convivencia respirable: el derecho a la vida. Forma parte, ya lo sé, de una constelación de desprecios que han ido desarticulando la visión del hombre tal y como la aprendí y la profeso: como portador de valores eternos. Lo digo como lo siento, y a quien le pique que se rasque. Es lo que me queda después de que los “mass media”, o mejor dicho, mi “mass media” de toda la vida, me haya dado la espalda. Si el ser humano decide matar a sus crías, ¿en qué especie se ha convertido? Y si permanece en la contumacia de su “error” —más bien perversión— condenando tal crimen horrendo al limbo de la indiferencia colectiva, como ocurre en mi entorno, ¿qué sentido tiene seguir clamando en el desierto?
Con todo, compañero de bancas y fatigas en mañanas de exámenes sin fin, llevas razón, hay que seguir escribiendo. Podría descender a la arena más inmediata (¿qué hay más periodístico?) y hablarte de la última hazaña electoral colectiva de la llamada “clase política” española, compuesta por la “casta” y la “contracasta” que es peor. De los seis meses en blanco bien pagados para los profesionales de la cosa pública, que ahora se llevarán sus ipads y sus indemnizaciones y a volver a intentarlo, en una nueva convocatoria que nos volverá a costar el dinero que no tenemos porque han sido incapaces, también, de rebajar los costes. Y todo, ¿para qué? Para seguir engrosando los bolsillos de unos cuantos con unos fondos públicos cada vez más exhaustos, mientras de vez en cuando un puñado de periodistas independientes —internacionales, naturalmente— sacan a la luz informes sobre evasiones fiscales de apóstoles de la integridad democrática y otros deudos del poder.

Sólo quería presentarte mis argumentos para pedirte disculpas por no expresarme en tiempo y forma. Da igual, como me indicaste ayer, que me lean o que no. Lo que vale la pena es escribir. Y la técnica —los tiempos históricos también, desde luego— nos permite ahora el milagro de poner a disposición de la Humanidad entera nuestros textos. Me dirás —y vuelves a dar en el blanco— que precisamente los problemas y torceduras del género humano deben ser el mejor acicate de un periodista para echarse a andar. Pues ya lo ves. Te acabo de castigar con una jeremiada de campeonato. Y prometo más. Hoy, en honor a ti, me encadeno al teclado hasta el próximo perjurio. Es broma, como ésa que me gastas cada vez que puedes lamentando que yo haya dejado en la orfandad a unas huestes ayunas de guía espiritual e ideológica. Vuelvo a la carga. Al fin y a la postre, el que habla solo espera hablar a Dios un día, ¿no es eso? Y en todo caso, siempre tendré aguardando a ese “público” ávido, incondicional y solícito que es el papel o la pantalla en blanco.

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martes, 19 de abril de 2016

LÁGRIMAS DE UN VICERRECTOR

Los momentos más sobresalientes tienen lugar sin esperarlos y en la intimidad. Esto es válido para la vida pública tanto como para la privada. El pasado día 7 de abril, como cada año en dicha fecha, el salón del Almirante del Real Alcázar acogía un acto sencillo, minoritario y noble en honor de Alfonso X de Castilla y de León. El Cabildo que lleva su nombre, ejemplarmente conducido por su maestre, el almogávar Pedro Rodríguez Bueno, tributaba homenaje al Rey Sabio para conmemorar el día de su muerte, acaecida entre los muros del regio palacio. En el transcurso de la ceremonia, densa y primaveral, con un inconfundible fondo sevillano puesto por los vencejos del atardecer, a la vera misma de la fachada de La Montería y presididos por el inmenso cuadro de Grosso que representa la inauguración de la Exposición Iberoamericana a cargo de otro Alfonso que le sucediera tres numerales más abajo, se entregaba el premio “Beatriz de Suabia” al mejor expediente académico de la Facultad de Geografía e Historia. Lo hacía su decano y la galardonada era una muchacha de veinticinco años, morena, de inequívocos rasgos amerindios, bella, atractiva y elegante. Su nombre debe quedar inscrito en las páginas de este periódico que se despereza: Antuanett Garibeh Louze.
Por azar, me encontraba sentado tras el catedrático Juan José Iglesias, jefe del Departamento de Historia Moderna, que en su día fue vicerrector nada menos que de Ordenación Académica. Recuerdo haberle entrevistado cuando se avecinaba el ciclón Bolonia, y haberme confesado, en confianza, su escepticismo, refrendado más tarde por los hechos. De pronto, en medio de la tarde abrileña y despejada, mientras la brisa de aquel patio legendario e histórico se colaba sin llamar por el portón abierto, Antuanett tomó la palabra y todo se encendió. Apenas esbozó las primeras, con ese deje tan lejano que es de aquí mismo, se hizo un silencio respetuoso y atento, como los antiguos, los que ya no se oyen en las aulas. La voz templada de una mujer llena de energía inundaba aquel auditorio de señores serios y austeros, y era como el Cantar de los Cantares en la Biblia: un clavel reventón en el pecho de Sevilla.
No tuvo desperdicio, ni una gota, la pieza. Mucho menos la declamación. La oratoria recobraba su remota juventud, su gracia a lo José María Izquierdo. Estaban también en la mesa el decano, Javier Navarro Luna y el presidente del Ateneo, Alberto Máximo Pérez Calero. Y habló la musa del conocimiento. Como decían los rotativos de antaño, “por su interés, reproducimos a continuación el discurso pronunciado por la señorita Antuanett Garibeh Louze tras recibir el premio al mejor expediente académico de la  Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla, concedido por el Cabildo de Alfonso X el Sabio:
“Antes que nada, quiero agradecer a los miembros del Cabildo Alfonso X el Sabio, en especial, al señor Pedro Rodríguez Bueno por estar al tanto con todos los preparativos y por su entera disposición, al igual que el señor Diego Gallardo Sánchez. Les agradezco de todo corazón la organización de este hermoso y solemne acto, del cual me siento muy afortunada y feliz. Es todo un orgullo y placer estar aquí junto con mis seres queridos. Asimismo, agradezco a la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla y al señor decano Javier Navarro Luna por proponerme para el recibimiento del Premio Beatriz de Suabia.
Hace siete años que llegué a España, sin rumbo, sin un objetivo claro, con la mente dispersa. Empecé a estudiar el bachillerato, aquello fue todo un reto, era como observar la montaña más alta y creer que no la podía escalar.
En una reunión de representantes fue mi madre, y tuvo que oír las dolorosas palabras que una madre dijo aludiendo a mí: hay una chica que es de fuera que está retrasando el curso. Aquellas palabras no me hundieron, al contrario, me hicieron más fuerte. Quizás retrasaba el curso al principio, pero después fui capaz de avanzar, avanzar tanto que volé. Hice un curso por año y fui un ejemplo de toda la clase de superación.
Allí conocí a mi profesor de instituto que hoy está presente, José María Alcántara Valle. Él hizo que la historia me eclipsara, él creyó en mí, él guió mis pasos. Al entrar en la Universidad, aquel sueño anhelado, viví mi carrera de forma apasionada, me gustaba todo, tenía interés por todo. Allí estaba Juan José Iglesias Rodríguez, mi padre académico, mi profesor, que también está presente. Él ha hecho mucho por mí, él también creyó en mí. Ambos continúan creyendo en mí y a ambos les agradezco toda vuestra paciencia, consideración, aprecio y buenos y sabios consejos.
La carrera de Historia la he hecho rodeada de muy buena gente, de amistades eternas, de personas que me han hecho feliz, que me han aguantado, que para eso hay que tener mucha paciencia lo sé. Pero siempre han estado y están ahí. Hago mención de agradecimiento especial a mis cuquis amigas. Y no puede faltarme la gente del Máster, estoy viviendo de las mejores etapas de mi vida con ustedes. Gracias de corazón, sin vuestra compañía y amistad, me faltaría una parte importante de mi vida. Los quiero mucho.
Tampoco me quiero olvidar de aquellas personas que también están aquí y que de alguna u otra manera han irrumpido en mi vida, o yo en la de ellos, y hemos compartido muy buenos y felices momentos. Ustedes saben quiénes son. Gracias.
Por supuesto, agradezco a mi madre, ella es mi pilar fundamental, ella es mi vida. Lamentablemente no está aquí por motivos de distancia, pero este premio se lo dedico principalmente a ella. Agradezco a Lorenzo, mi padre español, que siempre me escuchó y me aconsejó. Sin el apoyo de ellos no estaría aquí y quizás no estaría ni siquiera en España.
Mis siguientes palabras van dirigidas a mi abuela María. Gracias por todos tus ricos potajes y compañía, gracias al abuelo que ya no está físicamente pero que está presente en mi corazón.
Finalmente, mi novio, mi amigo, mi mitad, mi complemento, Marek, gracias por aguantarme, calmar mis nervios y ser mi apoyo siempre. Te amo.
Llegar hasta donde estoy hoy, conocerlos a ustedes, estar aquí compartiendo este hermoso momento, uno de los más felices de mi vida, no ha sido nada fácil. Esa montaña que les mencioné al principio, la escalé, lo conseguí con vuestro apoyo, por estar rodeada de gente como ustedes. Pero también trabajé mucho, no ha sido gratuito, he perdido muchas cosas, pero he ganado más, como hoy, el Premio Beatriz de Suabia, orgullosa me siento de mí y de recibir este reconocimiento a toda mi trayectoria.
Por último, aunque parezca que todo vaya en nuestra contra, y con ello me refiero a las Letras y las Humanidades que cada vez están más relegadas y recortadas, aunque este sistema vaya en nuestra contra y creamos que no tenemos futuro; siempre hay una luz, una esperanza. Pero no basta con quejarnos, creo que un 90 por ciento es actitud, es lucha, es constancia, es perseverancia, es trabajo y trabajo, es esfuerzo. En este caso, he tenido vuestro reconocimiento aplicando estos valores, pero estos valores los aplico a todos los niveles de mi vida.
Ahora, estoy recogiendo los frutos de tanto trabajo, estoy sembrando de nuevo y tengo una nueva montaña que escalar: un futuro doctorado. ¡Vamos a por ello!
Gracias a todos y a todas.
Buenas noches.”
Ante mí, tras una cortinilla de agua que bañaba mis ojos, el profesor doctor Don Juan José Iglesias se pasaba una y otra vez, con disimulo, la mano por el rabillo de los ojos. También lloraba. Era la primera vez que veía, y de cerca, a un vicerrector derramar lágrimas de emoción. Después he sabido por Antuanett que él había sido el culpable de sus lágrimas y de las de los demás. Pero aquí también quiero que sea ella la que se exprese. “Cuando me dijeron desde el Cabildo que tenía que dar unas breves palabras de agradecimiento —me escribe—, acudí a mi tutor Juan José Iglesias Rodríguez, que cito en el discurso, para que me aconsejara. Sabio consejo me dio, me dijo que hablara desde el corazón, y eso fue lo que hice.”
Esta joven venezolana no lo ha tenido nada fácil. Su vida fue dura desde el principio por razones que no vienen al caso. El Bachillerato de Ciencias y Tecnología en el instituto Torre de Los Herberos de Dos Hermanas fue la rama verdecida de su vida: “Imagínese usted, recién llegada, había dejado los estudios a los 16 años en Venezuela y los retomé a los 18 en España. Mi mente oxidada, la educación no es la misma (aquí hay más nivel) y yo me quedaba atrás. Mucha gente creyó en mis capacidades, otros no... Salí adelante, a curso por año, y en el 2011 empecé la carrera de Historia. Todo fue éxitos, sabía lo que quería y sigo queriendo: dedicarme a la investigación. Ahora estoy cursando el Máster en "Estudios Históricos Avanzados" en la Universidad de Sevilla, y estoy en la rama de Historia Moderna. En cuanto acabe el Máster, pretendo empezar el Doctorado, seguir el camino de la investigación que es mi pasión.”

Antuanett es española desde hace sólo un mes. Bienvenida a la Madre Patria, ilustre amiga. Le haces mucha falta.

jueves, 31 de marzo de 2016

ALEGORÍA POLÍTICA DE UNA SEMANA SANTA EJEMPLAR

De todos es sabido que la Semana Santa de Sevilla actúa históricamente como metáfora de la ciudad misma. Si queréis saber cómo es Sevilla, observad a sus cofradías en la calle. Y mirad a la gente comportarse. No sólo conoceréis mejor la fibra de que están hechas, sino que pulsaréis el momento en el que viven.
Esto que apunto ha ocurrido este año mediante un fenómeno tan misterioso como el triángulo de los Bermudas… o quizás no. La Semana Santa se le había ido de las manos no ya a las autoridades sino a los sevillanos mismos. La intentona fallida de ponerse de acuerdo para controlar la situación por parte de las hermandades de la Madrugada era un botón de muestra de hasta qué punto se estaban desbaratando las cosas. La consecuencia automática del desbarajuste arriba es el caos abajo. Los peores instintos de los peor dotados para convivir en paz y armonía, respetando a los demás a través de las fiestas comunes, se iban desatando año tras año, a partir del famoso episodio de las “carreritas” (21 de abril del 2000). Aún no sabemos de cierto qué pasó aquella noche; lo que sí está claro es que fue algo provocado y sobre todo que pudo desencadenar una tragedia. Todos confiaron en que se tratara de hechos aislados, pero el año pasado se repitieron. El Ayuntamiento de Zoido intentó silenciarlo, lo cual dio aún más morbo a la cosa.
Lo cierto es que este año, y por primera vez desde que se instauró el régimen actual, los responsables públicos de Sevilla, de todos los partidos competentes, se han puesto las pilas. Han actuado, simple y meramente, como deberían hacerlo siempre: guiados por el bien común. Algo muy serio debieron ver en la Madrugada del 2015 cuando para ésta, y casi sin que nos demos cuenta, cada uno ha hecho su trabajo ejemplarmente. Ya sé que han influido, tal vez más de lo que parece, los atentados yihadistas de Bruselas. Pero ya desde el Domingo de Ramos se notó un giro copernicano en el planteamiento conjunto de Ayuntamiento y Subdelegación del Gobierno. Sevilla ha funcionado como un reloj esta Semana Santa, y ello se ha traducido en un ambiente humano que nos recuerda los de antaño, cuando la gente sabía a lo que iba y los modales eran exquisitos. Hasta las bullas han recuperado su buen tono.

Si vemos en esta manifestación cultural un reflejo de lo político, los sevillanos estamos de enhorabuena, y debería tomarse nota en ámbitos parlamentarios de cómo el buen hacer y el cumplimiento del deber por parte de las jerarquías sociales tienen siempre un corolario fiel en la respuesta que, de forma instantánea, adopta el pueblo. Cuando los de arriba se coordinan y desenvuelven modélicamente, cuidando con diligencia el orden público y la seguridad de los ciudadanos, éstos cumplen su parte del trato, y el resultado es un balance ejemplar que este año ha devuelto a muchos la ilusión por su Semana Santa. Ahora sólo hace falta que dure.

miércoles, 16 de marzo de 2016

RAJOY, EL PP Y LA MADRE DE LOS VINOS

Si ustedes visitan una bodega de solera, por ejemplo en Sanlúcar de Barrameda, les enseñarán una bota con vino que envejece y un cristal delante a modo de escaparate. Pocas veces he visto un hallazgo tan simplemente pedagógico, ahora que todo son fórmulas de psicólogos para “implementar” lo que nos enseñaban nuestras abuelas. En ese instrumento didáctico hay una línea superior, apenas perceptible a no ser que se fije uno muy bien moviendo el espinazo. Es como un velo de hongos flotantes sobre la superficie del caldo. Los capataces de bodega le llaman “la flor”, y a través de ella pasan los vinos cuando entran en el tonel, acostado, para dormir un sueño de años, en brazos del aire que viene del Atlántico.
Al otro lado de ese viaje, abajo, en el fondo, está la madre. Para sacar el vino, ya madurado, se utiliza un orificio frontal que cae siempre justo por encima de la madre. El poso, que es el que le da sabor al preciado líquido, es intocable. En él reside la herencia que modula lo más peculiar del producto. Incluso hay unas bodegas pequeñas y umbrías, ocupando el centro del complejo fabril, donde se guardan, como en cámaras acorazadas, las “abuelas” que han dado, a lo largo de siglos, las madres de las que sale el contenido de las botellas que trasegamos con placer y que tanto nos consuelan de la estulticia imperante.
Viene tan largo exordio a cuento de aplicar la teoría de la madre de los vinos a la actual situación española, que defino como situación porque me gusta hacer honor a los modales que me enseñaron de pequeño. Realmente es un sainete. Tiene de bueno que resulta entretenido, porque justo cuando empiezas a aburrirte de un numerito aflora el siguiente. Y es muy circense, con ese “más difícil todavía” que desafía a nuestra capacidad de asombro.
Todo esto, de muy incierto y preocupante desenlace, se hubiera evitado con una mayoría absoluta. Por ejemplo, la del PP. Me dispongo, pues, raudo y veloz, a hacer el diagnóstico electoral que se me ha resistido desde el 20-D por la noche, cuando vi cómo el rojo y morado de la bandera republicana invadía la cámara de la Carrera de San Jerónimo.
Ahora lo tengo claro. Fue el aborto. Ya estoy oyendo los murmullos a media voz: “¡Qué pesado con el aborto! ¿Pero no quedamos en que era la economía, imbéciles…?” Sí, claro, la economía también, pero explíquenme entonces por qué el PP perdió no sé cuántos cientos de miles de votos siendo así que llevábamos casi media legislatura corrigiendo los desaguisados económicos del de las dos tardes y cosechando buenas cifras de paro (perdón por el oxímoron).
Ahora lo tengo claro. Al PP le falló la madre. La madre de los vinos, la solera donde se depositan los votos de convicción, los profundos y por ellos inamovibles, la reserva que mueve a los indecisos, la garantía de éxito que asegura unos mínimos resultados a la “casta”, en este caso conservadora. Esa madre se quedó en casa el 20 de diciembre, y volverá a quedarse el 26 de junio si se tercia. No retornará hasta que el único partido parlamentario español que no es de izquierdas ni separatista recupere el punto número uno de su programa de fondo, de su ideología y de su identidad: la defensa del no nacido.

Sin madre, los vinos no saben a nada, y acaban pareciéndose unos a otros hasta concluir en agua sucia. Y sin madre no hay mayoría absoluta, sólo un ejército de estómagos agradecidos, de votos mercenarios y unos reemplazos de incautos que se van tras los banderines de enganche por miedo a “los otros”. Sin madre, además, los diques éticos se desmoronan como castillos de arena ante la marea de las tentaciones… económicas. Tras el espectáculo que está dando el PP, ¿cuándo recuperará su mayoría absoluta? La primera corrupción se produjo la aciaga mañana aquella en que Ruiz Gallardón se enteró por la radio de que su jefe le había traicionado en la mayor empresa que se traía el Gobierno entre manos: la de poner fin al genocidio abortista que ya ha provocado dos millones de nonatos en España. Ese día, el ex alcalde de Madrid pronunció unas palabras áureas para anunciar que ponía fin a su carrera política. Lo acaba de recordar en París, durante esa cumbre que no ha salido en los telediarios pero que ha sido el fonendo de un pulso no extinto, mal que les pese a Rajoy, a Villalobos, a Feijoo, a Monago y a tantos otros torpes de solemnidad que arrastra este Partido Popular en triste descomposición acelerada.

martes, 15 de marzo de 2016

COMPARTIR ESPACIOS

Compartir es palabra mágica que encandila a los demagogos y a muchos bobos. Compartir, así, a secas, no significa gran cosa. Se pueden compartir odios lo mismo que amores. Y eso es lo que ha compartido la alcaldesa okupa de Barcelona, rencores reveladores de su incapacidad para habitar bajo un mismo techo con aquellos que han jurado proteger su cabeza. También han jurado defender la cabeza que ella retiró del salón de plenos nada más llegar. Estos libertadores de indignados sin oficio ni beneficio mueren por cortar cabezas (recordemos el famoso vídeo de capital iraní en el que el coleta hacía su peculiar apología de la guillotina). Y ahora les ha tocado a dos militares que ofrecían las filas del ejército a los jóvenes barceloneses sumidos en una encrucijada tan fascista como es la de buscar salida a sus vidas laborales.
El coronel y su compañero de armas aguantaron estoica o tal vez espartanamente el chaparrón con el que la señora Colau quiso reprenderles por llevar el uniforme. “Ya sabéis —les espetó con tuteo podemita— que el Ayuntamiento no desea compartir espacios con vosotros.” ¡Qué bien y qué progre! Por algo estos apóstoles del new age son cruzados del paroxismo deconstructor, ¿no es eso? Los soldados, que están hechos de una pasta inimaginable para doña Ada, se limitaron a sonreír y callar disciplinadamente. Incluso, en un alarde de cortesía, le dieron las gracias y los buenos días. Yo, como no me debo al uniforme, le contesto, en nombre de ellos: Pues resulta, excelentísima señora, que, le guste o le enoje, da igual, comparte usted día y noche todos los días del año —y éste es bisiesto— el mismo techo con esos señores a los que pretendió despreciar. Porque ellos vigilan su cielo y su suelo; es decir, que se juegan la vida para que usted pueda seguir disfrutando de su espacio aéreo, que por cierto es el mismo que el mío y el de otros cuarenta y ocho millones de españoles entre los que se encuentran, en lugar de honor, sus sufridos interlocutores.

Yo que ellos, me hubiera tomado una copa de vino español a la salud de la grosera alcaldesa de Barcelona, la misma que programa oraciones blasfemas —¿satánicas?— en el salón noble del Ayuntamiento. Eso sí, le hace ascos a los militares, con quienes no quiere compartir espacios. Pues ya sabe, amiga, ajo, agua y resina, que lo que hay en España es de los españoles, empezando por el aire que respiramos usted, esos dos guardianes de nuestra paz y yo.

viernes, 4 de marzo de 2016

LA VOZ DE FERNANDO CARRASCO

Parece que la música de Antón García Abril con la que me ha cogido el toro manso de la muerte de Fernando haya sido compuesta para decirle adiós. Nosotros los cristianos hablamos mucho de la muerte, porque la entendemos, con harto esfuerzo, pórtico de la Vida verdadera, que, como escribió Aquilino Duque en un soneto inmortal, querríamos que fuera la continuación interminable de esta vida nuestra, al menos de su parte más feliz, que suele ser la de nuestros seres queridos. Eso le pido yo al Cristo de San Bernardo para mi amigo y compañero Fernando Carrasco, que deja mujer y dos hijos para llorarle hasta el reencuentro. Los Crucificados de La Salud que ha dado Sevilla al mundo están unidos como por un vínculo invisible, y por ello poderoso, que nos une también a los cofrades. Recuerdo que un artículo que fingía la peor noticia —una “larga enfermedad”— para un devoto del Señor de La Carretería estuvo a punto de ganar el II Premio Romero Murube, según me confesó “in situ” el presidente del jurado, Santiago Castelo. Se lo llevó mi amigo y compañero Manolo Ramírez por una memorable tercera sobre la madre de Curro Romero. Ya van tres caídos de la profesión y de las letras en lo que llevo de artículo.
Antes era el timbrazo del teléfono. Ahora es el guasa, como diría Fernando. Los cristianos también somos humanos (¿recuerdan aquella portada del ABC de antaño: “Los guardias civiles también tienen madre”?). Y sufrimos, como todos, el zarpazo cruel de la pérdida. Para mí, el alma de la gente que he conocido reside en su voz. Y ya no volveré a oír de su boca —mejor dicho, de su garganta llamando al toro para quitárselo de encima con la punta del capote al matador en apuros— la voz de Fernando. Durante una década, a ojo de buen cubero, su voz era como el despertador que nos sacaba de la modorra de la siesta robada para hacer el ABC nuestro de cada día. Hasta que no llegaba Fernando no empezaba nuestra jornada laboral vespertina. Sus “¡Buenas tardes!”, así, entre exclamaciones, era como el clarinazo en El Porvenir que esperamos hoy a dos semanas vista. Pero para él ha sonado otro clarín: el del último cambio de tercio. Y su voz se ha apagado —quién lo iba a presagiar, con cincuenta y un años— delante de la Maestranza, entre figuras de cigarreras y desplantes a la cera perdida. Hay muertes que las diseña el destino con mano de hierofante oficiador de ritos ancestrales. Muertes de ópera, en la soledad en la que todos moriremos.
El alma de Fernando —su voz hercúlea, que jamás vi titubear ni mucho menos flaquear ante el cansancio de su agotador activismo periodístico—resuena ya en las alturas desde las que tendrá el mejor palco —maestrante y cofradiero— sobre Sevilla. Allí verás a un imaginero ponerle rostro a Dios. Allí, mi buen compañero de tantas tardes laborales con sensaciones de Sísifo (que eso es escribir un diario), tendrás al fin tiempo para recrearte en esa suerte que la prisa de un tendido silencioso te escamoteó. Allí no hay ya toro que te embista a traición —ya sabes, “la otra” Sevilla. Allí, amigo, estarás junto a Marta, y a Alejandro, y a Alberto, y a Ascen, y al coronel Muñoz Cariñanos. Allí te aguarda Paquirri y tantos otros que ya se van acumulando en el rosario de encomiendas al Altísimo cada vez que pienso en mis difuntos, también los del ABC.
Descansa, Fernando, dale una tregua a tu voz de mayoral. Yo conservaré el recuerdo de ella, tu recuerdo, de cada tarde gris y monótona, que tus cuerdas vocales ponían en marcha. Y también tu buen humor, que tanto me  divertía cuando imitabas magistralmente al último barroco sevillano o cuando alguien te llamaba desde la otra punta de la Redacción y tu torrente contestaba en el acto: “¡Y Moreno por parte de madre! Calvo desde los veinte años”. Calvo como Yul Brynner, a quien tanto admirabas (se me viene también tu silbido de “El bueno, el feo y el malo”). En la Puerta del Príncipe habrás escuchado al Capataz Supremo imitar tu voz al decirte por dentro: “Fernando, que ví a llamá”. Habrán venido a tus pupilas, congeladas con su última imagen —escultor de amores— Livia y vuestros niños. ¿Cuántas levantás llevarán tu dedicatoria esta primavera? ¿Cuántas chicotás tus pasos de cronista avezado y sentimental?

Calla, y descansa en nuestra memoria. Pero no te lleves del todo tu voz recia y entusiasta, que tenemos que echar muchas tardes ante las páginas en blanco, compañero del alma, compañero.

lunes, 15 de febrero de 2016

LAS CORRUPCIONES NUNCA VIAJAN SOLAS

Contaba Álvaro Baeza en un ya lejano libro —empero de palpitante actualidad— que siendo José María Aznar jefe de la oposición y cuando se disponía a entrar a matar parlamentariamente al PSOE a raíz del caso Juan Guerra, recibió una notita que sólo ponía un nombre. Como por ensalmo, el flamante líder del PP enmudeció y apenas pasó de puntillas por el primer gran escándalo de corrupción de los muchos que arrastra el partido de los cien años de honradez (“y ni uno más”).
¿Qué ponía aquel billete —je, las ironías del lenguaje? Según el intrépido periodista, un nombre y unos apellidos. Pero, ¿qué extraño poder de disuasión contenía aquella identidad como para reconducir un debate de las Cortes en el que se iba a dejar en el diario de sesiones huella perdurable acerca de cómo un vicepresidente del Gobierno puso a su hermano un despacho de la Delegación en Andalucía para apañar prebendas? Muy grave debía ser lo que aquella rúbrica representaba y de estopa carnicera. Sabido es —o era, porque a las generaciones que “ellos” han educado y a las que ahora necesitan para poder gobernar probablemente ni les suene la historia— que el hombre de teatro, perito industrial y licenciado en Filosofía y Letras que corrigió las destinos patrios junto al todavía hoy incontestable Felipe González no se caracterizaba precisamente por su piedad, aunque fuera el encargado de llevarse bien con los obispos. También es legendario su archivo mental, donde guarda la dinamita que puede serle útil en momentos bajos como aquél. En su polvorín tenía un cartucho con el nombre de un constructor burgalés, amigo del que, años después y nadie sabe muy bien para qué, se convertiría en presidente del Gobierno de España, y que ya lo había sido de la Junta de Castilla y León.
Aquella anotación de urgencia que alguien puso en las manos de Aznar un minuto antes de que compareciera en la tribuna del Congreso (me muero por conocer al “mercurio”) cambió la Historia de España, como tantas otras carambolas, o no, que han determinado su curso. Juan Guerra, o sea, Alfonso, se le fue vivo, y la vida siguió igual, por el momento.
La corrupción debería figurar en el título VIII de la Constitución en lugar de las autonomías. Ya sabemos que este apartado quedó pendiente de redacción, como esos balones que se despejan de frente y voleándolos, a ver dónde caen. En vista de que el consenso era imposible con los separatistas —los de entonces y los de ahora, que son los mismos— se abrió la caja de pandora dejando el título ayuno de contenido. Y ahora estamos pagando las consecuencias en el peor doble filo imaginable: el independentismo de todos —nacionalistas y españoles— por un lado y la corrupción regional por el mismo lado. Creíamos —confieso que equivocadamente— que las autonomías se inventaron para financiar por vía legal a los partidos y colocar por vías más dudosas cuando no abiertamente perversas, a los afines. Pero no. Está resultando que la finalidad para muchos era la de saquear España por el medio que fuera, y si era cobrando comisiones chantajistas mejor.
La dimisión de Esperanza Aguirre forma parte de la mejor escuela maquiavélica de lo que podríamos llamar “renuncias carrerilla”. No podía elegir mejor momento para salir de la piscina partitocrática y encaminarse hacia el trampolín, que hoy por hoy está desierto. Porque lo que el registrador de Santa Pola ha hecho es ni más ni menos que vaciar la piscina de votos y arrojarse después llevando consigo a su guardia pretoriana. ¿También al partido? Lo ignoro. Puede que la dimisión de Aguirre —no como portavoz municipal, ojo— sea el salvavidas del PP.
Habría mucho que recordar en este momento. Muchos polvos que remover para comprender estos lodos (Filesa, Barbero, Naseiro, De la Rosa, Roldán, Argel, Zurich,… espero que se me entienda, si se peinan canas). Por ejemplo, ¿quién mandaba a Rajoy y su partido emprender aquella carrera desbocada hacia los estatutos de semiindependencia calcados del catalán que aprobó Zapatero en tiempos del Pacto del Tinel? El primero, por cierto, fue el de Valencia, cuando el PP era allí sinónimo de hegemonía. Pero después le siguieron Galicia, Andalucía… En materia territorial —es decir, en cuanto a soberanía nacional— Rajoy y sus huestes han cumplido al pie de la letra esos acuerdos no escritos que han llevado al partido —y a la derecha sociológica española, de paso— a la ruina. Son los pactos implícitos que reconocen la superioridad moral de la izquierda y de los “pueblos sin estado”. Es el mismo espíritu que entregó la fortaleza ideológica del PP, con armas y bagajes, cuando arrió la bandera de la defensa de la vida —al cambio, la lucha contra el aborto— o el que arregló la economía subiendo impuestos y reduciendo drásticamente indemnizaciones por despidos, o el que sigue dejando que trescientos crímenes etarras sigan sin ser esclarecidos mientras el reloj de la prescripción corre implacable, o el que no ha hecho nada por que se cumplan las sentencias del Supremo en materia de enseñanza en castellano, o el que condenó al dique seco al único portaviones que tenía la Armada española, o, en fin, y aunque tal vez sea lo peor, el que perpetuó y aún ahondó la dependencia política del Poder Judicial a través del Consejo General.

Es el PP de la otra corrupción, la de la traición a los ideales. Pero las corrupciones nunca caminan solas, y yo soy de los que piensan —supongo que sigo conservando algo de candidez— que Esperanza Aguirre actúa honradamente, que es sincera, y que tiene la mirada puesta en el futuro, el suyo y el nuestro, cuando se responsabiliza de lo que ha sucedido en su casa aunque ella no haya hecho nada de cuanto ahora aflora. 

lunes, 1 de febrero de 2016

¡AY, AQUELLA FAENA DE ARTETA EN EL MAESTRANZA!

Mientras España se debatía en uno de esos marasmos a los que tan aficionada es su historia, una mujer vasca de bandera (española) alzaba su voz —¡y qué voz!— en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, ciudad a la que según confesión propia, considera su segundo hogar. Durante hora y media había desgranado un recital lírico dedicado a Lorca con música del propio poeta y otros autores españoles de canciones populares transformadas para el piano y la garganta privilegiada de la soprano. Un teatro abarrotado siguió el programa atento y concernido, con la mirada del oído fija en la boca de la Arteta, los acordes de Rubén Fernández Aguirre y el taconeo de la bailaora, genial por cierto, que de todo hubo en la velada.
Pero lo mejor de la brillantísima actuación a cargo de una mujer portentosa que llena el escenario con su rostro y su figura llegó con los bises. Media hora de propinas que para quienes tuvimos la inmensa fortuna de estar allí resonarán en nuestros sentidos para siempre. Hasta entonces, la música había prevalecido con suma formalidad y académica talla. Pero Ainhoa se había soltado la melena rubia para su último tramo y es que iba calentando el ambiente conforme se aproximaba la apoteosis final. Enfundada en un ceñido traje rojo pasión y mostrando su alba dentadura capaz de reintegrar la ilusión a un desesperado, la cantante salió descalza a las tablas para obsequiar al auditorio una habanera de Carmen sencillamente arrebatadora. Fue bajando poco a poco al pasillo del patio, y allí protagonizó un acontecimiento artístico de primer orden que sin duda el Maestranza conservará entre sus más logradas galas. Fue recorriendo el espacio central de la faraónica sala lentamente, contoneándose y haciendo con las cuerdas vocales lo que le daba la gana. El frenesí se fue apoderando del público, que asistía atónito a una deslumbrante exhibición de coraje y sensualidad en la que la técnica desaparecía aplastada por la inspiración. Centenares de torsos se fueron girando como los de las contorsionistas del circo. Nadie dejaba escapar un hilo de aquel tiempo irrepetible, aquella joya del destino que todos atesorábamos con una codicia avarienta. Cantó dos veces seguidas la composición de Bizet, como si fuera la cigarrera misma que aguardaba para embarcar en la falúa rumbo a Triana dejando atrás la arena de la otra Maestranza. Dos veces seguidas, con el único acompañamiento del piano. ¡Y sus tonalidades llenaron el espacio del Maestranza como si tuviéramos sus labios junto al oído! Incluso de espaldas resplandecía su canto. ¿Cuántos metros cúbicos de aire es capaz de llenar esta criatura dorada de sentimientos?
Y no acabó ahí el derroche. Volvió a entrar en el escenario, todavía con los pies desnudos, para despedirnos con un pellizco de amor a la Patria. “De España vengo”, la danzarina partitura de “El niño judío”, se lanzó desde la caja de resonancia de su hermoso rostro hasta poner en pie a un mar de cuerpos enfervorecidos que parecían enarbolar pabellones nacionales con los colores que lucía la estrella desde su ropa y su cabellera.
Fue arrollador. Y no hacía falta preguntar el espíritu que latía en aquel foro, en cada uno de los corazones que vibraba con aquellas frases: “De España vengo, yo soy española… de España soy y mi cara serrana lo va diciendo, que he nacido en España, por donde voy”.

Por cierto, hubo un guiño que no todo el mundo captó, y es que esta gloriosa profesional del pentagrama, este pedazo de intérprete que sería además una actriz de cuerpo entero, cambió una vez la palabra “serrana” por la expresión “de vasca”. Prueben a tararearlo. Suena de dulce. Previamente había aclarado que en su genealogía hay treinta y dos apellidos vascos. Con personas y personalidades como ésta da gusto seguir sintiéndose español, a pesar de todo y de algunos.

martes, 26 de enero de 2016

ANNA RADIX UBERRIMA

Los aires apocalípticos vuelven las esquinas con su trompetería de cuchillos afilados, de saetas finas que se clavan en el talón de Aquiles que todos intentamos en vano proteger: el miedo. ¿Cuántos españoles están perdiendo el sueño a medida que se prolonga el compás de espera sin esperanza para vislumbrar el futuro que nos aguarda, esa gran obsesión de la Humanidad desde Orce o Atapuerca? ¿Cuál fue el primer homínido que empezó a preocuparse por el destino de sus crías/hijos? Hace ya tanto de aquello, y sin embargo la angustia por los peligros que nos acechan —y sobre todo por los que puedan sorprender a nuestros vástagos— permanece tan fresca y lozana como entonces. El temor a que el tren descarrile es el eterno compañero del viajero.
Cavilaciones así llevaba yo en mis alforjas de caminante cuando me di de bruces con un lema, una frase en latín que lucía en una colgadura prendida de la torre trianera de Santa Ana: “Anna radix ubérrima”. Y a continuación, una cifra: 750. La Real Parroquia de la Señora Santa Ana sigue siendo hoy el núcleo de Triana y el espejo de Sevilla. Su historia, viva tal vez más que en ningún otro templo parroquial del entorno, nos dice más cosas cada día. Internarse muros adentro de esta iglesia-fortaleza para aglutinar a la feligresía de un barrio arrabal sin cercados que le protegiesen es una aventura estética y moral digna de Indiana Jones. Por ejemplo, ¿sabemos que por sus galerías altas asomaban unas troneras que tenían la función de poder defender los niveles inferiores e interiores en caso de ataque enemigo? Enemigo de la cruz, se entiende. Yo tampoco lo sabía hasta fecha reciente en que el sabio profesor don Rafael Manzano lo desmenuzó en el antiguo salón de plenos de la Diputación.
Todo rezuma carácter pionero en este privilegiado lugar asistido por la gracia de la inspiración de los alarifes. Es una arquitectura tocada por los ángeles, trazada con el corazón más que con las escuadras. El Rey Sabio se trajo de Burgos a monjes cistercienses para que plasmaran en Triana los esquemas del gótico desnudo. Y así nació Santa Ana, en ladrillo y piedra tallados al pie del Guadalquivir con directrices de San Bernardo de Claraval. De hecho, tiene estructura de colegiata, con su coro para darle carácter capitular, como lo que es: la Catedral de Triana, a la que hacían su estación de penitencia las cofradías que no se atrevían a cruzar el puente de barcas.
La otra tarde, cuando entré en la verdadera iglesia del Alcázar, aunque esté levantada tan lejos de él, volví a tener la sensación de que descubría Santa Ana por primera vez. Es el magnetismo que te invade cuando vuelves a los espacios primordiales. Los volúmenes, el aire como elemento constructivo, la luz, magistralmente instalada hoy, como el auténtico cuerpo de lo visible, y no olvidemos que ésta es una iglesia ex voto por aquel dolor de clavo que sólo cesó tras la promesa formulada por los labios de aquel Rey, hijo de santo, que nunca perdió sus dos grandes esperanzas: la Cruzada contra los moros en África y ceñir la corona imperial. Ni uno ni otro sueño logró. Pero ya se sabe que la vida es sueño. Dejó, por el contrario, una huella palpable en sus libros y en su scriptorium toledano, es decir, en Europa, sólo comparable a la de otro “sevillano” adoptivo: el magno San Isidoro. Como no se cansa de repetir el maestre del Cabildo que lleva el nombre de Alfonso X, a tan ilustre monarca debemos la personalidad misma del viejo continente que sin él sería hoy un asilvestrado califato.
En la puerta pétrea de la nave del Evangelio, un blasón con leones y castillos nos recuerda que bajo él se entra en un recinto real. Y es que fue San Fernando el que primero encarnó el fermento de la unidad española. Pero el mérito no fue suyo, sino de la abuela de Alfonso, doña Berenguela, que empeñó su vida en fundir a ambos reinos, Castilla y León, en el bronce de su hijo. Ahí empezó todo… lo que ahora puede irse al garete. O sea, que Santa Ana se erigió en memoria y para dar culto a la abuela del Señor por orden del nieto de la forjadora de la Corona que acabó cerrando España. No deja de ser sugerente pensar que Alfonso X pudiera estar pensando en su abuela cuando dedicó el primer templo que construyera de nueva planta en la Sevilla reconquistada por su padre a la abuela del Redentor, la que aparece en la iconografía —por ejemplo en el altar mayor de Santa Ana— siempre acompañando a la Virgen y enseñándole a leer, escoltando ambas al Niño que ocupa siempre el centro. Allí en Santa Ana ambas mujeres presentan un rostro de innegable parentesco con la Virgen de Los Reyes. En El Salvador, tenemos otra vez el trío familiar pero imbuido de ese nervio montañesino característico. Santa Ana siempre con arrugas, seña de identidad de la ancianidad en contraste con la juventud de María. Todo el impresionante retablo pictórico de Pedro de Campaña, felizmente recuperado de las tinieblas a instancias del admirable profesor Enrique Valdivieso —ése que llegó al arte a partir de los cromos de futbolistas de su niñez— gira en torno a las historias de los abuelos, Joaquín y Santana, como gustan decir a los trianeros.
El complemento perfecto para esa expresión lapidaria en las telas que mueve el viento aljarafeño es el número: 750. Y es que se cumplen esos años desde que se consagrara este prodigio ojival. Es decir, que la abuela trianera de Jesucristo cumple este año 750 de vida pujante y acompañamiento al pueblo trianero en su peregrinar, en las fatigas y las alegrías de cada día. Había un bautizo aquella tarde en Santa Ana. Martín se llamaba el neófito. Abuela, madre y nieto lo contemplaban sonrientes desde arriba. Al fondo, en una de las capillas, una mujer bajaba despacio unas escaleras hacia la cripta. Iba a depositar las cenizas de un ser querido. Vida y muerte unidas por la única Vida verdadera. Y yo me preguntaba a qué temer tanto por lo que pueda pasar si la raíz ubérrima cumplía siete siglos y medio y bajo sus bóvedas empezaba a vivir un nuevo cristiano en tanto que descansaba otro. Sí, el tiempo no es nada. Lo que importa es el fruto; es decir, la raíz.

En fin, que tenemos en pleno corazón de la collación trianera, un venero de sabiduría y santidad. Al salir, y tras observar sobre el muro un letrero que prohíbe jugar a la pelota, me fijé en esas banderolas y con la ayuda de mi mujer, traduje la frase: Ana, raíz ubérrima. ¡Y qué lo digan! Gracias a Ana tenemos al Hijo de Dios con nosotros. Y gracias a Santa Ana de Triana el espíritu del Císter corrigió errores decadentes en la cultura cristiana hasta proyectarla con inusitada energía sobre cenobios y cortes de aquende y allende la mar océana. A muy pocos metros, se levanta el dedo índice de Rodrigo de Triana anunciando ¡Tierra! (no el nuevo Mercadona). Y dentro mismo de Santa Ana, la Virgen de la Victoria, ante la que cayeron mil rodillas al unísono, como si fuera el compás del martillo sobre el hierro candente de la cava aneja. ¿Que de qué rodillas hablo? Eso es otra historia.

sábado, 9 de enero de 2016

SUSANA DÍAZ Y LA CAZA MAYOR

Aparentemente, es una política menor. Apareció como concejal con Monteseirín y entonces llevaba su pelo natural, castaño. Estudiaba Derecho, amoldando la carrera a un largo formato que duraría casi diez años por mor de su dedicación a la política. O sea, que empezó en la Fábrica de Tabacos (donde hasta hace unos meses coronaba la antigua puerta de Ciencias el escudo con el águila de San Juan) y terminó en la Pirotecnia, establecimiento militar muy apropiado para formar a futuros políticos.
     Se licenció en tiempos del rector que hoy es su consejero de Economía y Conocimiento, el mismo que se había empeñado, siendo vicerrector de Infraestructuras, en sacar adelante el edificio de la Biblioteca del Prado, aquel proyecto de la arquitecta iraní que tan caro nos costó. De fuentes eminentemente solventes sé algún secreto, tal vez inconfesable, sobre ciertas negociaciones académicas que vienen al caso, por otra parte habituales en los despachos del Alma Mater.
     Por cierto, que la presidenta quiso como decorado de su mensaje de Fin de Año el patio central de la Hispalense, con su fuente y su lápida al fondo, junto al que, si supieran latín, los jefes habrían descubierto un “FRANCO DUCE” incompatible con la Ley de Memoria Histórica. Pero mejor dejémosles en la oscuridad de su ignorancia.
     Antes de todo eso, Susana Díaz había pasado por los institutos de Triana, el Vicente Aleixandre y el Triana —éste último mandado construir por sus predecesores en el cargo. Allí fue una alumna normalita, según me cuenta algún profesor suyo que conserva sus fichas. Y allí, he leído, se aficionó a la poesía a través de los talleres de Ángel Leiva, que hoy tiene abierto un club cultural en la calle Niebla. De entonces data su ingreso en la PSOE, porque nuestra presidenta (hoy de Andalucía, ¿mañana de España?) dio al mismo tiempo el doble paso de escribir poemas y de sacarse el carné de las Juventudes Socialistas. Algo parecido le sucedió un día a Guerra, y no muy lejos de allí, en la Politécnica de Los Remedios.
     La vida de Susana Díaz, al menos hasta hoy, se ha escrito con caligrafía de arte menor, doméstico, muy local. Del barrio León a San Telmo es su rutina diaria, aunque los viajes pongan la nota cosmopolita a su paisaje. La otra tarde me crucé con ella por la calle Evangelista. Era domingo, e iba junto a su esposo —ese que se presenta a sí mismo como “trianero, bético y costalero”. Él empujaba el carrito del niño que la tardonera (como la Pantoja, Chiquetete o los Morancos) había dado a luz el verano pasado. Ella iba hablando por teléfono con rostro de preocupación, muy seria. Ha sido blanco de dardos envenenados por su vestuario y su estética. A mí sin embargo siempre me ha parecido una mujer con encanto popular, que es lo que debe tener una política, sobre todo si es socialista. No es en absoluto ordinaria. Y goza —ojo, porque aquí reside su futuro— de una labia sólo comparable a la de Felipe González, su gran icono.
     Con esa labia y algo de astucia, este matrimonio que paseaba por Triana sin escolta en una acera desierta en la que el azar quiso que sólo estuviéramos nosotros cuatro en aquel momento, puede ser dentro de pocos años la familia que descorche una botella de manzanilla en la bodeguiya monclovita. Eso es caza mayor, lo sé, pero esta amazona escaladora lenta como las buenas, que sabe administrar la demagogia homeopáticamente, puede perfectamente conseguirlo.
     Le basta con abatir al candidato al que cedió el paso para quedarse en casa (en la casa palacio de los Montpensier) tras meditarlo en la romería del Rocío. Entonces prefirió esperar. Ahora ha tomado la misma bandera que Sánchez luce de fondo espectacular a lo Obama. Con esa bandera —y su labia, no se olvide— puede resucitar muchas cosas, como el orgullo del 28-10-82. Cuenta con Andalucía, que es no sólo la región más poblada de España sino la que más hijos ha puesto en las filas de nombres asesinados por ETA. Y además, la comunidad más conservadora, que no ha conocido, ni quiere conocer, a la derecha en el poder. La barriada rojiblanca —mal que le pese a nuestra verderona protagonista— del Tardón se llama así porque el tranvía que partía de las cocheras allí situadas (todavía podemos ver uno en la plaza de San Martín de Porres) dejaba mucho que desear en cuanto a puntualidad. Sus habitantes saben esperar. Y se buscan mañas, como la de llevar a Sánchez por donde ella quiere, con la muleta y el juego de muñeca de hacerle desistir y si no, que se estrelle con esa miscelánea roja y separatista que quiere tener como madrina de gobernante. La mejor manera de auparse en Madrid es que su rival lo pierda todo, aliándose con la morralla. ¿No es eso?
     Díaz a la caza de Sánchez. Ahora sí. Tal vez haya vuelto a ese Altozano donde aparece comulgando delante del paso de la Virgen de la O en unas imágenes de valor incalculable que guardo como oro en paño. La misma Dolorosa, por cierto, ante la que hice la única película que he podido rodar, un mediometraje, por otro lado, manifiestamente pro-vida. Esas cosas dejan huella. Esta madre —tardía, como tantas hoy, pero madre, con todo lo mucho que eso significa— fue catequista allí, en la calle Castilla, ante la Virgen de la Esperanza, la misma advocación, aunque unos metros más allá, en la calle Pureza, que eligió para casarse. Entonces era conocida por sus vecinos como la nieta del fontanero. ¿Y si después de todo, una vez cambiada la presa de liebre por venado, introdujera en la vida pública española un poquito de cordura femenina?


viernes, 25 de diciembre de 2015

LA PARTÍCULA DIVINA HA NACIDO EN BELÉN

Sin necesidad de acelerar nada, con el ritmo y compás del Universo por ella creado, la Partícula Divina ha bajado del Cielo, concebida en el seno de una adolescente nazarena y he aquí que los astros apuntan a ella como el centro del Cosmos. Es un acontecimiento acosado por la increencia. Muchos querrían anularla, reducirla a fantasía inanimada, producto de fingimientos históricos y mentiras en suma que sólo pretenderían disfrazar el sufrimiento humano para sublimarlo. Bueno, dejemos que los acosadores se estrellen solos ante sus propios espejismos. Nosotros, los que hemos creído y por eso nos sentimos dichosos como los pastores distinguidos por el ángel con la primicia informativa en torno a la que gira desde entonces la actualidad del mundo (aunque éste no lo sepa) nos inclinamos jubilosos ante el Misterio. Sólo el Misterio de recomenzar el cultivo anual de la fe en una simple partícula sobre la que se ha posado la Gracia de Dios.
Andan los investigadores buscando el camino de la partícula divina, el “bosón de Higgs” que demuestre, al fin, cómo cuanto es se autogeneró en una explosión espontánea desde la nada más absoluta. Interesante, pero mucho más lo es descubrir esa ruta en las mismas raíces de la vida. Cuanto más avanza la ciencia más campo se abre a la fe. Lo inmensamente grande se revela en lo diminuto. Dios mismo eligió ser un cigoto, apenas dos células, para incardinarse de lleno en la Humanidad y compartir con ella sus expectativas. También la de la partícula divina. Debe, no obstante, de sonreír como un padre ante la penúltima travesura de sus chiquillos, cuando contempla a sus criaturas jugar con lo infinito mediante fórmulas cuánticas. Jugar no es malo, aunque otros científicos hayan puesto ya en guardia acerca de los riesgos que comporta crear agujeros en las leyes físicas.
Quienes nos hemos acercado al portal de Belén para adorar al Niño Dios nos alegramos porque el hombre siga buscando la partícula divina. Es lo que hemos hecho nosotros, los pastores y los sabios/magos de Oriente. Todos ansiamos encontrarla, pero hemos de contentarnos con hallar la senda y postrarnos ante un Niño, apenas una partícula, en la confianza de que Él es el Mesías. Sólo tenemos las palabras de un ángel y una estrella sobre nuestras cabezas. La luz y el Verbo que hoy, festividad de la Natividad del Señor, hemos oído abrir el Evangelio de San Juan con resonancias del big bang —“En el principio…”. La partícula divina, ésa que resumió todo en el vientre cálido de una mujer a quien todas las generaciones llaman desde entonces bienaventurada, está con nosotros. Aleluya.

Día de Navidad de 2015

sábado, 12 de diciembre de 2015

MÁS MUERTOS QUE VIVOS

Este último mes del 2015 pasará a la historia por algo más serio que unas elecciones, que al fin y a la postre sólo condicionarán, aunque puede que con unas consecuencias imprevisibles, los próximos cuatro años de vida nacional. Cuenta el INE —uno de los pocos institutos nacionales que nos van quedando— que por primera vez desde la Guerra Civil las defunciones superan a los nacimientos en nuestra Patria. Ahora que nos disponemos a celebrar la Navidad, resulta que España se va pareciendo más a un cementerio que a una Maternidad (que hoy se llama “Centro de la Mujer” o algo parecido). Hemos llegado ya, no es que vayamos camino del despeñadero sino que estamos ya en el fondo del barranco.
Hay pocas cosas en esta vida que no tengan vuelta de hoja. Una de ellas es la pirámide de edad. Podría invertirse en cincuenta años, pero eso para quienes hemos rebasado la barrera de esos dígitos es como hablarnos de los Reyes Magos, ahora que se avecina la Epifanía. Sí, podría ser un bello cuento de Navidad, eso de soñar que lo de los difuntos ganándole la partida a los neonatos no ha sido más que una pesadilla tras una cena copiosa. Pero no. Es un hecho —repito, irreversible— que nos perseguirá ya hasta que nos alistemos en el bando vencedor.
Y sin embargo, nadie quiere hablar de la mayor tragedia que puede afligir a un pueblo: haber elegido el camino de su extinción. Como yo no tengo que presentarme a ninguna elección, sí puedo hablar alto y claro: los españoles de la última hora, y sobre todo de la penúltima, han tomado la senda del envejecimiento sin entregar el testigo a la generación entrante, por la sencilla razón de que no se ha reproducido. Es así de claro y de patético. El invierno demográfico es ya un hecho en toda Europa, pero en esto, como en el paro, somos campeones continentales. Y parece que no pasa nada. Todo es corrupción —¿es todo corrupción?— acusaciones cruzadas, promesas idílicas con un denominador común: llenar la barriga. Hay temas, sin embargo, de los que ningún candidato habla y que tampoco son planteados por los moderadores: la seguridad ciudadana, los desequilibrios psiquiátricos sin atender, la burocracia consuetudinaria que va de la mano de un Estado pantagruélico, la pérdida de los buenos modales, la urbanidad y, en suma, eso que antes se llamaba educación y que no depende del mardito parné sino de los valores compartidos e irrenunciables. Y el primer hecho de todos: el de procrear y dejar nacer. Lo que no consiguió nuestra Guerra lo ha llevado a término una mentalidad materialista y presidida por el ego que sitúa al placer a corto plazo en el centro de todas las aspiraciones vitales. Así no es extraño que la cocaína corra como lo hace en manos de unos consumidores que acaban asesinando alevosamente a sus mujeres, arrojándolas tras apuñalarlas por el balcón y pisándolas con el coche sobre la acera.

No, no es extraño que mientras la sociedad española acaba cada día con la vida de trescientos inocentes en el vientre de sus madres, los muertos ganen la partida a los vivos, la pirámide de edad haya volcado en una cuneta de la historia y los machos ibéricos se armen de valor a base de rayas para destrozar la existencia de familias enteras. Lo que no pudo la Guerra…

domingo, 29 de noviembre de 2015

OTRA VEZ "EL TURCO"

De los muchos lugares comunes que se suelen citar como demostración apriorística de algo, tal vez sea el de que “nada nuevo hay bajo el sol” el que más actualidad cobre a cada paso de la historia. Acabo de cerrar, tras una lenta y densa lectura, la última página, de número 948, sin contar los índices, de la monumental obra que sobre los Reyes Católicos escribiera no hace muchos años el hoy proscrito Luis Suárez. Ya saben que este experto en nuestro pasado, “ratón de archivo” como su admirado y seguido Manuel Fernández Álvarez, fue apartado de su “cátedra” —puesto de autor— en el diccionario que la Real Academia de la Historia lleva a cabo sobre nuestros personajes pretéritos, por el horrendo crimen de llamar al régimen de Franco “autoritario” en lugar de “dictatorial”. Las academias viven de las subvenciones, y Zapatero no estaba por la labor de seguir aflojando el grifo para que los historiadores fueran libres. De todos es sabido que el gran conocedor de nuestro ayer a quien debemos la Ley de Memoria Histórica siempre se caracterizó por su escrupuloso respeto a la verdad.
Luis Suárez dibuja en el grueso tomo de Ariel sobre Isabel y Fernando dos perfiles netamente favorables y firmemente apoyados en un caudal torrencial de documentación. Voy a fijarme en un dato que está rabiosamente presente en el momento universal que vivimos: las relaciones de Occidente —entonces la Cristiandad— con el Islam. Habría que ampliar el foco para dar cabida a Rusia, de modo que si volvemos a decir Cristiandad tal vez se nos entienda mejor. Circula por ahí un chascarrillo muy serio que empareja las distintas religiones vivas en el mundo, combinándolas entre sí y dando como resultado: “no problem”. Salvo el Islam, que acaba siendo un motivo de discordia con todas y cada una de ellas. ¿Significa esto que nos sea lícito volcar en el mismo saco a todos los musulmanes? Salvo para los fanáticos de este lado, es obvio que no. Pero el hecho de que algo hay en el ADN de esta religión que la hace especialmente vulnerable a una parte de sí misma fácilmente manipulable como arma arrojadiza contra un enemigo real o imaginario, también cae por su peso.
Una parte, posiblemente más importante que lo deseable por los amantes de la paz, del mundo musulmán con el que nos ha tocado convivir (con o sin fronteras) permanece anclada en el siglo XIII, y se ha jurado no parar hasta que el orbe entero le pertenezca. Si es necesario, al precio de la vida de sus agentes. Por supuesto que ello supone una amenaza para el mundo libre, en el que junto al Corán o la Biblia (Evangelio incluido) sea respetada la Declaración de los Derechos Humanos. Pero eso es precisamente lo que quienes ondean la bandera negra no pueden consentir, que haya otros además de ellos y en pie de igualdad con ellos. Hoy por hoy, sólo el Islam alberga este cáncer.
¿Y por qué recuerdo todo esto al hilo de ese libro del profesor Suárez? Porque lo que hoy es el yihadismo, con los Reyes Católicos era el peligro otomano. El testamento de Isabel la Católica ponía el énfasis en dos cuestiones: tratar a los indios de América como a semejantes que eran y no cejar en la lucha contra el expansionismo islámico que representaba el Turco. Los Reyes salpicaron nuestras costas de torres vigías (la de Matalascañas o la del Catalán de La Antilla, por ejemplo). Y con innumerables errores —¿quién no los cometería en su lugar?— salvaguardaron un espacio que San Fernando y su hijo Alfonso —padre en buena parte de la cultura europea medieval— habían recuperado de manos sarracenas. Para ello, fallecida ya Isabel, su viudo intentó coronar el gran empeño que habían tejido entre ambos: la unidad de los reinos cristianos para protegerse del avance musulmán que rondaba implacablemente la ribera mediterránea y que se detendría sólo a las puertas de Viena. Para lograr esa alianza casaron a sus hijos con otros de familias lejanas, flamenca e inglesa. Y Fernando llegó a contraer segundas nupcias con Germana de Foix para apaciguar las relaciones con Francia. De este matrimonio nacería la integración definitiva de Navarra en la Corona española.

Estuvo a punto de conseguir proyecto tan largamente acariciado. Pero la ambición borgoña del primero de nuestro Felipes, que además de enloquecer a la Reina Juana estuvo a punto de resucitar las guerras civiles castellanas, lo impidió. No obstante, ahí queda el intento, para revalidar la sentencia con la que arrancábamos. Hoy, Hollande recorre aquellos mismos reinos y algunos más (debidos, no se olvide, a la empresa colombino-castellano-aragonesa) para ver de lograr lo mismo que Isabel y Fernando pretendían: la unidad frente a ese Islam belicoso e insaciable que ya debería haberse ahogado en el mensaje de buena voluntad que toda religión que se precie está llamada a fomentar.

viernes, 20 de noviembre de 2015

LA NEUMÁTICA DE LA HISTORIA

Si le preguntas en un instituto —o en algunos colegios privados— a un chaval de la ESO o de Bachillerato por la Iglesia, lo más probable es que te respondan algo relacionado con la Inquisición. Incluso puede que te ocurra lo mismo con los profesores o con los padres. Poco a poco, a través de una labor de zapa cuidadosamente estudiada (en la que el uso blasfemo de la palabra hostia no es casual), la Religión, la católica naturalmente, ha ido ocupando el lugar del reo en la opinión pública. Del banquillo al patíbulo hay la misma distancia que del rechazo social al exterminio. Es algo tan consabido que resulta enojoso tenerlo que recordar. Los judíos saben mucho de esto. Primero, con paciencia de generaciones, se va contaminando el aire común de tópicos, manipulaciones y apriorismos faltos de rigor pero muy eficaces. Es lo que la Iglesia Católica y la Religión Cristiana en general han padecido durante las últimas cinco décadas en Occidente (recuerden la ignorancia del cristianismo en el proyecto de malograda Constitución europea). A partir de la toma de los puestos estratégicos más influyentes por los pupilos del mayo del 68 francés —curiosamente, las mismas calles, los mismos adoquines, la misma violencia—, universidades y fábricas se convirtieron en focos de anticatolicismo, hasta llegar a la tierra prometida de la demagogia apadrinada por la URSS: la identificación colectiva entre fe y fanatismo. De esta manera se consiguió desterrar de todos los ámbitos civiles los símbolos y tradiciones dotados de componentes religiosos. El cristianismo pasó a ser el muñeco de vudú de la progresía, que gradualmente se fue adueñando del monopolio que agrupaba al poder, la autoridad moral y la influencia pública en unas solas manos: las de la izquierda atea.
Hoy, Europa es un desierto espiritual, y, paradójicamente, las corrientes de ascetismo nos llegan del desierto. Hasta hace unos años, el nirvana era más o menos pacífico (si no lo vinculamos a la droga), desde el yoga hasta el new age, pasando por el budismo, los masajes o aquella serie de Kung Fu que introdujo en la clase media española la sensación de haber perdido el alma en Oriente, pequeño saltamontes.
¿Qué había ocurrido? Lo que yo llamo, entre amigos, "la neumática de la Historia". Puede parecer elucubración teorética, pero es lo que está detrás de las balas y los explosivos de París. En este mismo instante, mientras pulso las teclas de mi ordenador, percibo, como Oriana Fallaci la mañana del 11-S, un raro estremecimiento, una combinación de intuiciones que me dice "alguien, en algún lugar muy cerca de ti está preparando la continuación de la batalla que ha estallado en París". La neumática es una rama de la Física muy parecida al "horror vacui" del barroco que llena nuestros retablos sevillanos. Cuando un panorama intelectual y político se contrae, el espacio que deja libre es instantáneamente ocupado por el cuerpo mejor situado para ello. El vacío no existe. Si el cristianismo se esfuma, a base de condenas y desprecios, algo entra en escena por él. Lo normal es que sea un algo de su misma naturaleza pero de signo contrario. Y cuando ese algo encuentra algún obstáculo, lo expulsa para implantarse él.

"Conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres". Tendremos que desempolvar esta vieja frase como ellos están sacando brillo a sus sangrientos AK 47. Lo que no hayan conseguido relegando el cristianismo a las catacumbas mediante la división del enemigo (igual que hicieron en el 711 con los últimos visigodos) lo harán los fanáticos de la "nueva" religión que tendrán muchos más hermanos (musulmanes) que los hijos de los últimos cristianos de Occidente. Y lo peor es que la pirámide de edad de unos y de otros es ya irreversible. No en vano, los denostadores de la fe cristiana se apresuran a fomentar el aborto en cuanto llegan a los gobiernos (véase anexo a la declaración de independencia de Cataluña o primera medida del Ejecutivo social-comunista en Portugal).

viernes, 13 de noviembre de 2015

EL PRECIO DE LA INDEPENDENCIA

Si algo vamos comprobando algunos en nuestras carnes a lo largo de los tiempos que corren es que la independencia —la buena, no la secesionista— nunca sale gratis. Procurar durante toda la vida, desafiando a las tentaciones nuestras de cada día, mantener un nivel de coherencia que justifique nuestro sueño va pareciéndose poco a poco en España a un género de existencia clandestino. De hecho, quienes hemos optado desde que tenemos uso de razón por la decencia como mentalidad que da resultados tangibles en el respeto a uno mismo, hemos acabado sintiéndonos culpables de algo, escapando de una persecución que se parece mucho a la del agente de "Los miserables". El "New York Times", nada sospechoso de antiprogresista, lo ha destapado hace unos días, levantando un escándalo que a los periodistas "excedentes" nos suena muy familiar. Contaba la "dama gris" que en España, la crisis y el miedo a la pobreza han llevado a desempolvar la censura. El mecanismo es "insólito", entre otras cosas porque no está bien que un medio consolidado lo desenmarañe. Aquí sí se puede explicar. No es tan complicado. Un país que en apenas seis años ha echado a la calle a diez mil periodistas y que ha visto reducirse las tiradas de los periódicos —no hablemos de la publicidad— como sólo lo ha hecho el mercado cementero, no puede ser libre. Por la misma razón que nuestros hijos se van de España en cuanto pueden, los periodistas y los periódicos —también, pero menos, los otros medios— viven en un sinvivir cuando aún pueden publicar. Ello se traduce automáticamente en complacencia hacia el poder político, del que en última instancia depende el económico, como se vio con el rescate del sistema financiero.
Desvelar esto le ha costado al NYT la cancelación de su acuerdo con el rotativo español de máxima difusión, que databa de 2004, y a un purasangre de izquierdas de toda la vida, dejar su cuna, que era el propio diario aludido. Obviamente, cuando el paro está en el 5 por ciento —como ocurre en Inglaterra y en Estados Unidos— la Prensa se mueve en un caldo de cultivo de libertad. Pero, ¿qué libertad se puede dar con un desempleo juvenil que sobrepasa la mitad y sin un horizonte mejor que el presente? Si aplicamos la lente de aumento a nuestro entorno, el de Andalucía occidental y el de Sevilla concretamente, la independencia mediática es una absoluta utopía. Aunque se den las óptimas condiciones de voluntad personal por parte de los periodistas, hace ya tiempo que el cuarto poder también ha sido fagocitado por el único que rige nuestra vidas de tejas abajo: el del partido gobernante.

A no ser, claro está, que se parta de cero (es decir, de Internet) y que el único patrimonio fundacional con el que se lucha por la defensa de la verdad sea el honor de no deberse a nadie.

viernes, 6 de noviembre de 2015

JORGE EDWARDS Y LOS SOCIALISTAS SEVILLANOS

El premio Cervantes chileno Jorge Edwards ha estado en Sevilla, para, entre otras cosas,  presentar la nueva edición de su ya clásico "Persona non grata", un testimonio de la experiencia cosechada en la Cuba furiosamente castrista a la que le llevó, como funcionario de Exteriores, una misión diplomática enviada por Salvador Allende. "Persona non grata" ha supuesto más de lo que parece para la historia reciente de nuestro país, y gracias al papel desempeñado por nuestra ciudad en aquellos años irreparables de la efervescente oposición al tardofranquismo. Para nadie es un secreto que el círculo del llamado "clan de la tortilla" (ya saben, la foto de la excursión a los Pinares de Oromana donde estaba el incipiente PSOE democrático que, sí, parecía caber en un taxi) fue llamado por las campañas y las urnas a hacerse con el timón nada más cumplirse la previsible descomposición de UCD. Pues bien, contó Edwars la otra noche en un restaurante heliopolitano, ante un grupo de contertulios, amigos y seguidores que tuvieron el privilegio de escucharle que su libro fue determinante para que España (es decir, el Partido Socialista Obrero Español) no siguiera el rumbo revolucionario que había marcado Fidel para Cuba. Ergo hasta ese momento, tal peligro estaba en el aire de las agrupaciones socialistas. Se lo dijo personalmente Felipe González al escritor, y al cabo de los años una confidencia así resulta sumamente valiosa.
Reveló más secretos e impresiones este octogenario que goza de una salud capaz de digerir sin problemas un buen solomillo antes de acostarse y después de llevarse cuarenta y ocho horas "hablando como un loro borracho". La amenidad de su verbo es tan envidiable como su estómago y su buen humor, que le permite envolver sus trascendentales recuerdos en un papel satinado que los hace siempre gratos. Se refirió a un Allende visionario, que quiso redimir a los desheredados subiendo por decreto un 40 por ciento los sueldos y encomendando a un general, padre de la actual presidenta, el control férreo de los precios. "La consecuencia fue que la inflación subió un 200 por ciento y, como siempre pasa, el pan se vendió por la puerta de atrás, por el mercado negro."
Contó también cómo Castro le retuvo durante tres horas y media la primera noche que llegó a La Habana. "Él habló tres horas"— puntualizó. Y se entretuvo en las dos novelas que lleva adelante simultáneamente —ambas con base en historias reales y sumamente dramáticas. Por supuesto, Neruda fue recurrente en sus intervenciones. Como lo fue Carlos Barral, el editor bohemio que descubrió al "boom" hispanoamericano.
Donde pinchó Edwards —hasta los Cervantes lo hacen— fue en Pemán. Interrogado acerca de su opinión sobre el gaditano, apenas esbozó unas vagas palabras para catalogarlo como intelectual franquista y de derechas.

Fue una velada para pensar en las impresiones de un hombre de letras que también lo fue, a su manera, de estado y que conoce las entretelas de nuestro destino histórico como sólo sabe hacerlo un artista de la escritura. Y es que los misterios acerca de cómo hemos llegado adonde estamos siempre requieren una nueva explicación, pero sólo algunos saben darla.

domingo, 25 de octubre de 2015

IMPUDICIA

Es cada vez más frecuente toparse en el camino urbano —ignoro si será así también en el rural pero sospecho que ya no hay distingos— con gente que pregona sus intimidades con un móvil pegado a la oreja. Da la sensación de que este artefacto, totem del mundo contemporáneo, sirve más que nada para airear los trapos sucios. Casi siempre se trata de dos tipos de querella: la de pareja y la del deudor. Buscan, como antaño los novios inmersos en la ansiedad del fin de semana, los rincones en silencio y aparentemente desiertos. Pero se olvidan de que hay pisos y en ellos gentes que los habitan, cuya paz se ve perturbada por las voces de reproche y amenaza de las que nace un brote de curiosidad irreprimible. Cada vez es más frecuente, además, que les importe una higa tener testigos. Se van cruzando con los demás mientras espetan sus exabruptos: "¡Déjame en paz de una vez, ¿te enteras?!", "¡Pero cuándo te has ocupado tú del niño!", "¡Lo mismo me dijiste el lunes. Que me pagues ya, coño, que estoy seco!", y otras lindezas por el estilo.
Todo esto lo que revela es la invasión o el contagio de la gran lacra nacional: la desvergüenza. La pérdida del sentido del pudor es una plaga. A medida que van aflorando escándalos políticos y económicos, parece como si el nivel de tolerancia se fuera rebajando, y el personal asumiera que lo normal es incurrir en esas debilidades y no ocultarlo. El móvil sirve de altavoz al detritus rebosante. Ciertamente, hay quien sonríe embobado al leer sus mensajes en la pantalla. Pero a la hora de hablar, lo que se pone en circulación es la cara fea de nuestras relaciones humanas. Al menos, es lo que más llama la atención.

Ciertas "cabalgatas" y ciertas "limusinas" son la manifestación más procaz de esta ola de impudicia. Se exhibe lo peor como si fuera lo mejor, con tal de resultar rompedor y provocar una reacción a la que después denunciar como culpable. Se luce la ignorancia, la desfachatez, el mal gusto, constituyéndolos en metáforas de la liberación. El resultado es que la gente joven pierde el sentido de la estética y de la ética. Todo da igual, con tal de que no se repita nada: experiencias nuevas por doquier, el clasicismo a las cloacas y los vertederos al poder. Puede que no sea así, pero lo parece.

martes, 13 de octubre de 2015

TODA UNA VIDA

Veintinueve años, veintinueve, lleva en el Congreso de los Diputados el actual presidente del Gobierno (¿hay que añadir "de España"?), los mismos que la presidenta primera de la Mesa de la Corporación Legislativa. Sí, son muchos años, toda una vida, como declaraba el bolero. Demasiados años. Por encima de siglas partidistas y luchas por el poder —ámbito en el que ha quedado la democracia en España, al menos hasta ahora— lo que más desazón crea en el pueblo español cuando contempla a su "clase política" es esa conexión permanente con las instituciones a lo largo de vidas enteras. Y eso que este presidente al menos ha ganado unas oposiciones antes de hacerlo en unas elecciones, cosa que sólo puede decir el que le nombró candidato. No es hábito muy español éste de tener un oficio y beneficio sobre el que superponer la carrera política.
Casi tres décadas de vida pública ocupando —es un decir, a la vista de esas desoladoras fotografías del hemiciclo vacío durante las sesiones— un escaño de la Cámara donde reside la soberanía nacional explican muchas cosas inexplicables. Por ejemplo, el abrupto giro copernicano en la delicadísima materia del aborto a instancias, precisamente, de quien en la sombra traza las estrategias del partido en y fuera del Gobierno, a la sazón y desde hace muchos años —es un mérito— casado con la otra diputada popular que enlaza veintinueve añitos de vida parlamentaria.
Y es que una cosa es la plena dedicación durante una o varias temporadas a las entidades representativas y otra muy distinta identificarse de tal modo con ellas que se pierda el contacto con lo que le ha llevado a uno hasta allí: la gente. Aparentemente al menos, el único roce que mantienen estos animales políticos con la realidad allende los leones fundidos con el bronce tomado al enemigo africano es el de los mercados convertidos en platós televisivos y el baño de multitudes, o menos, que teatralizan los partidos en los mítines. Por muy entregados que se sientan a la causa del bien común, ¿cómo van a sentir en su piel el escalofrío de un trabajador medio que se levanta a las seis de la mañana para penetrar las tinieblas de los kilómetros que le separan de un empleo por el que cobra el salario mínimo para mantener a su familia, y sin saber si ese día será el último en su puesto laboral? Y así podríamos seguir indefinidamente señalando escenas que lamentablemente no pertenecen a la ficción pero que van quedando cada día más lejos de la sensibilidad que atañe a un político bien colocado durante tres décadas alejándose día a día de la doble pulsión que lleva a la gente a las urnas: la incertidumbre acompañada de la esperanza.

No es, en absoluto, de extrañar, que en cuanto surgen voces nuevas que prometen no vegetar como líquenes al calor de la roca poderosa se lleven de calle al personal, llámense Podemos, Ciudadanos o Vox. Eso sí, deben acampar en espacios abiertos, porque kioscos aislados los ha habido siempre con la suerte de todos conocida. Por eso, el 20-D, al margen de lo que cada uno quisiera que pasara, lo que va a suceder es que  por primera vez desde 1977 la democracia española no va a tener otro remedio que regenerarse con aires nuevos. Veremos si se enrarecen tan pronto como los anteriores y en la misma medida. Pero qué duda cabe que las próximas elecciones generales —tan cruciales por tantos motivos— van a ser distintas. Si a los españoles les queda algún sentido no trastocado por las locuras a las que han venido asistiendo durante este largo capítulo de nuestra historia, optarán por la moderación, que hoy por hoy, es todo lo contrario del continuismo. Y darán el poder a quienes aún pueden salvar la honradez, la coherencia (y cohesión) y la libertad del pegajoso alquitrán en el que han quedado sumidas por la marea negra vertida por una tripulación feble, pesarosa y rendida por la indolencia de toda una vida "consagrada" a la política.