lunes, 22 de mayo de 2017

EL FINAL DE UN RÉGIMEN

Alguien dijo una vez aquello de que el periodismo es estar en el lugar adecuado en el momento apropiado. Pocas veces en mi vida el azar ha salido a mi encuentro limpiamente, como si quisiera identificarse ante mí y deslumbrarme. Voy a ser muy descriptivo, para que nadie pueda acusarme lícitamente de oportunista ni exagerado. Paseaba yo, como cada tarde, por las calles anejas al río, o sea a la dársena del Guadalquivir, disfrutando de la brisa prenocturna de los últimos días de mayo cuando ese azar —que a veces se confunde con el azahar— me saludó en el quiebro de una esquina por la que no pensaba yo desviarme de la calle Betis. Pero es que la invasión de turistas desnortados y paisanos aferrados al vaso y al preservativo me suelen desconcertar tanto que a menudo son ellos los que deciden mi camino. Torrijos se llamaba la calle que tomé. Por ella apenas cabe una persona y un coche sin que el espejo retrovisor de éste destroce la mano del viandante con su ángulo muerto. Opté por seguir la calle Pureza, pero a la mitad me asaltó una idea que, a buen seguro, me venía marcada por el sino. Me dirigí a la plaza de Santa Ana, que encontré mutada en un espacio silencioso y casi monacal. De ordinario, aquello es un hervidero de veladores, gritos y carreras infantiles, con camareros que la surcan llevando cervezas heladas, palomas en salsa o caracoles si es temporada. Pero hace un rato, cuando pasé por allí, los dos bares que dan a la plaza estaban cerrados, supongo que por ser domingo y estar su personal en la playa o por vaya usted a saber qué.
En una esquina de la plaza hay un “establecimiento” muy particular: la agrupación trianera del PSOE, la que tiene en nómina a Susana Díaz, que a su vez tiene en nómina a un sinfín de socialistas, como es bien sabido y mucho mejor ignorado. El lugar es, pues, como la mesilla de noche de la candidata que hace sólo unas horas partía como favorita en las elecciones primarias del todavía primer partido de la oposición. Cuando llegué al centro de la plaza percibí la misma sensación que al pisarla, pero redoblada: el silencio era tan extraño en dicho lugar que hasta imponía un respeto. Son esas impresiones inconscientes que te hacen temer la tempestad tras la calma chicha. Nunca había atravesado esa plaza, que frecuento, sin que se escuchase ni un mero crujido. Mucho menos era de esperar tal ausencia de ruido precisamente el día de las primarias socialistas. Cuando me acercaba a la sede del partido me sonó el móvil. Era un amigo que me informaba de la gran noticia del día. Confieso que la política interna de los partidos nunca me ha suscitado un especial interés. Ayer, además, parecía todo el pescado vendido: Pedro Sánchez tenía poco que hacer. Hace meses que vaticiné un progresivo ascenso de Díaz, que había desbrozado su futuro desde la base local. Después, cuando todo el mundo la daba por vencedora, me acordé de un mapa: el electoral de los últimos comicios nacionales. Era un mapa que quedó fuertemente grabado en mi cabeza por lo insólito, es más, por lo histórico. Por primera vez, más de media Andalucía aparecía en azul, no en rojo. Sólo Sevilla, Huelva y Jaén se mantuvieron fieles al PSOE. Si aquello significaba algo, lo acabamos de ver con este sorprendente resultado en el que sólo Andalucía y —por muy poco— Aragón han dado su apoyo mayoritario a la tardonera.
Pero, ¿qué encontré además de silencio en la agrupación de Triana-Los Remedios del Partido Socialista? Encontré a ocho personas —¡ocho!— haciendo guardia enfrascados en sus teléfonos o ante la pantalla de un televisor que sintonizaba La Sexta. Hernando acababa de dimitir como portavoz parlamentario. De esas ocho personas, sólo cuatro estaban en el interior del amplio y muy iluminado local, cuyos ventanales estaban abiertos de par en par, por aquello de la transparencia y por el calor. Las sillas de la presidencia estaban vacías. En el suelo, ante la mesa, una gran caja repleta de botellas de agua que nadie bebería. Los otros cuatro militantes estaban en la calle, desperdigados, como incrédulos, y con un semblante que pocas veces he visto entre los socialistas (nunca jamás entre los socialistas andaluces). No era preocupación, ni siquiera tristeza; se parecía más a un pánico luctuoso. Asómbrense: allí solamente había una cámara. Era además, muy modesta y discreta. Obviamente, tenía el foco apagado. Junto a ella velaba una chica muy joven, con los brazos cruzados, en cuya actitud se vislumbraba una mezcla de hartazgo y estupor, como preguntándose qué hacía ella allí. Y ojo: el trípode descansaba en el pavimento de la plaza, a unos cuantos metros de la casa del pueblo.
Durante los ocho o diez minutos que permanecí allí, sólo se oyó el run run informativo del televisor. Nadie habló con nadie. Abandoné el lugar por la calle Cisne (aquello parecía un canto suyo), donde luce un azulejo que recuerda el nacimiento allí del “múo” de Triana, sacristán de la parroquia que acaba de cumplir 750 años desde que la fundara el rey Sabio. El lema de la efemérides ha sido “Radix ubérrima”, en referencia a la madre de la Virgen.
Mientras volvía a mi casa, las emociones se me agolpaban en el cerebro. Porque para colmo de casualidades, tuve que pasar ante la que fue mi humilde morada durante años, justamente cuando el PSOE se proclamó vencedor, por primera vez en solitario, para gobernar España, el 28 de octubre de 1982. Recuerdo muy bien aquellos días. El partido de Felipe González barrió, e inauguró un ciclo histórico que ahora se venía abajo. Sí, porque 40-50 es como prolongar la agonía del PSOE, pero sobre todo porque aquella primera victoria, a la que siguieron otras no menos vistosas y arrolladoras, simplemente no hubieran existido sin la creación de un régimen en Andalucía. Un régimen de anulación de la autonomía de las gentes, que han visto, día a día, cómo se perpetuaba la conciencia de pobres para así consolidar la gratitud a los gestores de esa pobreza. Andalucía sigue siendo, treinta y cinco años después del subidón socialista y treinta y dos después de que la autonomía consagrara el carácter socialista de la comunidad, la región con más paro de Europa. ¿Redentores? Más bien creadores de voto cautivo, sobre todo en el campo; o sea, detractores de la libertad.
Susana Díaz timonea todavía el barco de esta Andalucía oscura, que diría un dramaturgo bien amamantado por las subvenciones. Pero no olvidemos que está ahí porque la apadrinó un presidente incurso en un proceso judicial, que a su vez había sido auspiciado por otro en idénticas circunstancias. No olvidemos que tardó diez años en aprobar las últimas asignaturas de su carrera universitaria, justo a tiempo de presentarse para candidata a ocupar el despacho del Duque de Montpensier. Ayer, su voz se quebró al empezar a hablar. Estaba casi tan descompuesta como sus compañeros y compañeras de la Plaza de Santa Ana. Ayer terminaba una época, la que empezó el 28 de octubre de 1982, la que ha troquelado a la España contemporánea, la única que mi generación ha conocido como hegemónica, al menos en esta Andalucía de ocho millones de habitantes que ayer sostuvo en alto los jirones de la única bandera que ha conocido la Andalucía democrática: la socialista.

¿Qué pasará ahora? Ha quedado meridianamente claro que Susana Díaz defendió siempre el stablishment de las regiones gobernadas por el PSOE. Es decir, la aprobación de los presupuestos, sin los cuales no hay autonomía que valga. Por eso abogó por la abstención, que hiciera viable la formación de Gobierno. De esos presupuestos cuelga mucha gente. El 63 por ciento de los militantes andaluces votó ayer a Díaz. Como en “Novecento”, el Sur ha sido siempre el semillero del socialismo que, una vez asentado en el poder, se olvida de la revolución. Ayer había banderas republicanas en Ferraz. Sánchez ha descubierto algo que ocurrió hace casi un siglo y le gusta. La clave, desde luego, está en que no tiene nada que defender por la sencilla razón de que no tiene nada. Así, los presupuestos le importan un bledo. Él quiere ganar, gobernar y administrar… como Largo Caballero. Eso, que Dios nos coja confesados.

jueves, 18 de mayo de 2017

NIÑOS BUENOS

Algo muy gordo tiene que estar pasando sin que en la superficie se vean más que fumarolas insistentes con un fuerte olor a azufre. Ya, ya sé que son “casos aislados”, no representativos de un estado general de cosas. Pero son. Cuando el ser humano pierde perspectiva solidaria y sólo piensa en su ombligo —personal o familiar— ha dejado de ser tan humano. Si no somos capaces de ponernos en el lugar de las víctimas del terrorismo puede que alguna vez caigamos en ese estadio, como actualmente caen muchos, y donde menos se lo espera uno. Ocurre algo parecido a la gran paradoja de nuestro tiempo: doscientas mil personas votan a los que piensan (?) que los animales son sujeto de derecho; y apenas unas decenas de miles al único partido democrático que aboga por los no nacidos. No a la tauromaquia (¿no será a la “fiesta nacional”?) y sí al aborto de la especie humana. Muchos lucen la pancarta que pide la aproximación de terroristas presos a sus hogares y casi nadie se acuerda de los trescientos semejantes que nunca podrán volver a ningún sitio sin que la Justicia haya aclarado sus asesinatos.
Esta suerte de suicidio cultural escribe páginas luctuosas y/o indignantes, como la que ha tenido lugar en Molina de Segura, donde un hombre honrado y pacífico que aguardaba en la sala de espera de un hospital a que su esposa saliera de la zona quirúrgica en la que se encontraba el hijo de ambos para ser operado de una fractura, tuvo la infeliz ocurrencia de intentar evitar un crimen, llevándose la puñalada mortal correspondiente. Les evito detalles, que por otra parte tienen a su disposición en cualquier buscador de Internet. Sí reparo en uno del que se ha pasado por alto y que es muy revelador del grado de aterradora degradación al que hemos llegado. Conducido a los Juzgados el autor de la muerte —un joven harto conocido de la Policía— se congregó ante el edificio una multitud de parientes y amigos con la intención de liberarlo. Las fuerzas del orden tuvieron que montar un dispositivo especial. Y, por supuesto, el abogado defensor se apresuró a hablar de su cliente como de un individuo bueno, carente de responsabilidad, que se conducía adonde le llevaba el viento de la sociedad.
Es posible, pero si sólo somos plumas levadizas sin conciencia, la civilización nos ha devuelto a las cavernas. Por las mismas fechas en que ese trabajador que velaba por la salud de su hijo y que defendió a una adolescente atacada en un lugar público caía abatido por la mano homicida, en Sevilla era juzgado un energúmeno a quien todo el mundo ha visto y puede ver propinarle un salvaje puñetazo en la cabeza a un ciudadano respetable que disfrutaba plácidamente de su consumición en la terraza de un establecimiento bilbaíno. El sujeto en cuestión acumula ya numerosos antecedentes penales, incluido el de homicidio (¿qué hace en la calle?). Su perfil no tiene desperdicio: carne de gimnasio, tatuajes hasta en la lengua, hincha de un club de fútbol con comportamiento de fuerza de choque, su madre lo presentaba ante el Palacio de Justicia como “un niño mu bueno”. ¿Qué está pasando?, me preguntaba al principio. Puede que tenga que ver con ese fusil AK-47 simulado que sirve de pie a una cachimba y que se vende impunemente en un estanco (para más inri, una concesión del Estado), al alcance de cualquiera, niños incluidos, desde un amplio escaparate hace ya muchos meses.

Las formas del terror, como las de la vesania, son inagotables. Y las posibilidades de utilizar las circunstancias sociales para diluir las culpas también. Pero las balas que mataron a cientos de personas no hace mucho en París salieron de Kalashnikoff como los que reproducen las cachimbas que se exponen en los escaparates a nuestro lado. Y las heridas que acabaron con la vida de un padre de familia por mediar en una discusión con amenazas de muerte no aguardarán a que la Sociología, la Psicología o la Demagogia expliquen por qué niños tan buenos hacen cosas tan malas.

lunes, 24 de abril de 2017

UN SATÉLITE EN LA MADRUGADA

Todo aquél que haya vivido atento al fenómeno vital, físico y metafísico que son las cofradías de Sevilla comprenderá cuanto voy a decir. No así quienes estén situados en una órbita que nunca toca la unión providencial de esas dos dimensiones: la visible y la invisible (“Dichosos los que crean sin haber visto”). El grado de sensibilidad que experimenta el primero nada tiene que ver con lo que supongan los segundos que se está manifestando cuando se habla de algo relacionado con una profesión pública de fe, por lo tanto netamente religiosa, que o es algo trascendente o no es nada. De lo que se infiere que lo acontecido durante esta Madrugada del Viernes Santo en la ciudad del Betis (río, no confundir) reviste una gravedad de mucho mayor calado que la simple cuestión logística sobre agrupación y movimiento de multitudes en un espacio geográfico. Incluso es extraordinariamente más complejo y rico que una reacción refleja de orden psicológico. Porque lo que se ha vivido en las calles de Sevilla antes de que despuntara la aurora del Viernes Santo no es sino un brutal acto de terrorismo múltiple capaz de provocar la misma tragedia que la explosión de las cargas que cambiaron nuestra historia el 11 de marzo de 2004.
Alguien ha descubierto que la mejor bomba, la más impune, eficaz y autogeneratriz que existe es sembrar “limpiamente” el pánico en una gran masa humana. Pero ojo, no en cualquier concentración de personas, ni en unas circunstancias indiferentes. El contexto de la “Madrugá” sevillana es universalmente singular. En primer lugar —vuelvo al principio— durante esas horas sin luz natural, el hombre busca su encuentro con Dios. Nada menos. Lo hace a tientas, entre tinieblas, portando unas luminarias frágiles que indican su búsqueda. Todo aquel nazareno que ha llevado un cirio en la soledad reinante tras su antifaz sabe que esa llamita, a menudo devorada por el viento, es su único compañero de viaje a lo largo de la estación de penitencia. Fuera impera el bullicio —o no, según sea la cofradía—, la inquietud, el paganismo. Se diría que el nazareno es el ser más acompañado del mundo. Y sin embargo, es justamente al revés. Al menos durante las horas de la noche.
Ese ambiente de aislamiento se hace colectivo cuando llegan los pasos. Si es una hermandad de silencio, porque o no suena nada —apenas las pisadas de los costaleros— o sólo se perciben los sones discretos y penosos de una capilla musical. Si es de las musicales, la misma presencia de la canastilla impone cierto rigor en los sentidos para volcarlos en el “espectáculo”. Es el momento que aprovecha “quien sea” para desencadenar la estampida. Se pasa —como en las deflagraciones— de un extremo a otro, en un estallido en el que la metralla es el gentío. Hay dos preguntas que me asaltan: ¿cuál es el detonante? ¿Por qué ahora? (este “ahora” tiene una duración dilatada, cuyo debut coincide con el arranque del milenio y llega a su punto culminante, de momento, en la Semana Santa de este año).
Voy a hacer una revelación personal porque creo que viene a cuento. Nunca he sido cofrade de madrugá. Me vence el sueño. Pero el año 2000, no recuerdo por qué, decidí echarme a la calle. Acababa de ver pasar —en medio de un silencio sideral— a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder por la calle Gravina desde la esquina de San Pedro Mártir y me dirigía a buscar la Virgen en San Pablo. Recordaré siempre el rugido de la marabunta, inopinadamente, cuando me hallaba a unos metros de la esquina con la calle Canalejas. Todo transcurrió en ese “tiempo real” que tan alto valor tiene para los que amamos la información y el cine, dos maneras de manipular el tiempo. Aquello era verdad. Giré la cabeza y de pronto me vi en una pesadilla. Una marea humana se aproximaba a todo lo que les daban las piernas, procedente de la estrecha San Eloy, saliendo en tromba, de fachada a fachada a todo lo ancho de la calle. Buscaba claramente espacios abiertos: Marqués de Paradas. Recuerdo que sin solución de continuidad me encontré refugiado entre dos coches aparcados en la calle Boby Deglané. Oía de fondo los gritos de las mujeres, pero lo que más me aterraba no era eso, sino ese tremor soterrado que no era exactamente vibración del suelo pero se le parecía mucho y que procedía del contacto de los pies con el pavimento. Una vez que pasó el gran pelotón que corría sin mirar atrás, me encaminé a mi destino. Algunos viandantes se movían como zombis tras una detonación devastadora (películas, claro está). Se oían ecos de llantos y gritos masculinos como llamaradas. Acudí a la antigua Puerta de Triana, cruzándome en el camino con un guardia civil de expresión descompuesta que me preguntó qué pasaba. “No sé. La gente corre alocada”, le dije. Cuando miré al paso de Nuestra Señora del Mayor Dolor y Traspaso lo vi solo (tengo que decirlo porque así fue), con la única  excepción del otro guardia civil de la escolta, que oteaba ansioso todos los horizontes. La candelería seguía encendida y alrededor se extendía un desierto en el que se podía mascar el miedo. Yo llevaba una radio, y en González Abreu ya sabía que se hablaba de un sujeto con un cuchillo que había motivado un altercado en las sillas de La Campana. Retorno de nuevo al principio: quienes conocen el paño de lo que hablo saben que tocamos tejido sumamente susceptible.
Mi compañero en las lides informativas José Luis Garrido Bustamante dedicó después un par de libros al tema. Es sabido que, en menor medida, se han reproducido los hechos en ocasiones posteriores, hasta hace dos años en que el Ayuntamiento presidido por el actual ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, consiguió echar tierra sobre el asunto y cerrar en falso la herida. Tras aquel primer desgarro del año 2000 se especuló con mil cosas, pero no se llegó a ninguna conclusión. O sea, exactamente igual que diecisiete años después. Éstas son las autoridades que tenemos.
Esta vez, las consecuencias han sido punto menos que trágicas: un joven con la cadera rota, un hombre mayor con traumatismo craneoencefálico barrido por las huestes desmandadas, nazarenos sin antifaz entrando en la catedral con el terror dibujado en sus facciones, las sillas y palcos arrasadas, instrumentos musicales arrojados al Guadalquivir, una banda que se retira, ¡cien heridos atendidos en los hospitales!, y —sépanlo— el mismísimo alcalde evacuado de su palco antes de que fuera pasto de los incidentes.
La próxima vez, estaremos hablando de algo histórico, luctuoso y terminal para las cofradías más famosas de la Semana Santa sevillana. No, yo tampoco tengo la solución, porque no sé qué… demonios está pasando. No sé siquiera si todo esto tiene causa o es la causa el mismo efecto. No sé si la información vuelve a ser la clave de todo —cada vez estoy más satisfecho de haber elegido el periodismo como vocación profesional—, y el triunfo de cada atentado terrorista se extiende meses en el tiempo, creando en el inconsciente colectivo la psicosis de la presa perfecta. Porque eso es la gente en la Madrugada sevillana, un blanco envidiable. El despliegue de policías de la reserva, provistos de armas largas y otros dispositivos de seguridad bienintencionados se han revelado insuficientes. ¿Han descubierto los terroristas que con sólo aparecer en los telediarios pueden fabricar unas bombas humanas a miles de kilómetros de distancia sin mover un dedo y precisamente contra los cristianos? ¿O hay realmente alguien detrás de todo esto, in situ, orquestando el desastre? Organizarse (“Organízate y lucha”) en una fábrica abandonada llena de “okupas”, coordinando un conjunto de “comandos” que a una hora determinada enciendan la mecha de una avalancha en lugares idóneos no es ninguna operación al alcance sólo de los marines. Recuerdo que la Policía tuvo que sacar con maquinaria pesada de sus “zulos” a algunos ocupantes ilegales que se habían anclado con cadenas a bloques de hormigón, o que en vísperas de la Expo —de cuyos 25 años ahora se celebran los fastos, aunque no se habla de las locomotoras de Mitterand o de las cuentas judicializadas— una chica recibió un disparo en los glúteos al entrar en la iglesia de San Marcos en un tiroteo con “antisistemas”.
Cargarse la Semana Santa sevillana vía Madrugada es muy fácil. Los responsables del orden público —término maldito— no tienen ni la menor idea de qué hacer (no me hablen del Cecop, por favor, que me da la risa tonta). Y mientras tanto, algo se derrumba por dentro de una de las tradiciones —otra palabra maldita— más señaladas que dan identidad a nuestro pueblo.

Lo que voy a añadir no es ninguna broma. Antes hablaba de los “seals” de la Armada estadounidense. ¿Recuerdan al gabinete de Obama con los ojos clavados en el monitor mientras se retransmitía en directo la acción contra Osama Bin Laden? Sí, estoy hablando de satélites. La tecnología actual —militar, naturalmente— permite espiar cada rincón del plantea, grabar lo que acontece, estudiarlo después y así averiguar los hechos que dieron pie a las realidades de “etiología” más recóndita. La misma alta definición que se utiliza en los helicópteros de la DGT para cazar conductores y recaudar multas podría contratarse, a mayor escala, con alguna compañía que trabaje para las Fuerzas Armadas y repasar cuantas veces haga falta lo que está pasando en la ciudad de Sevilla entre la recogida del Valle y la de las Esperanzas. Y después, con conocimiento de causa, tomar medidas. Que la Semana Santa hispalense es un objetivo de oro para muchos activistas que la odian por lo que representa no es ningún secreto. Al fin y a la postre, pocas cosas van quedando tan arraigadas y bien ordenadas como ésta. Los sedientos de revoluciones y destrucción ven en ella el arquetipo de sistema establecido. El quid de todo es saber cómo lo hacen, si es que lo hacen. E ir a por ellos antes de que los cofrades, que también son humanos y tienen hijos saliendo en los cortejos, hagan como ese servidor de la cofradía trianera que, ante el negro que gritaba “Alá es grande” “se fue paé y le pegó dos tragantás, y sacabó el problema” (director de la banda dixit). Y mientras sean dos tragantás…

sábado, 15 de abril de 2017

FELIZ CUMPLEAÑOS, SANTIDAD

Hoy es un día muy especial para Su Santidad, y no sólo porque la Iglesia celebre la vigilia de la Pascua de Resurrección, acontecimiento central y único de su calendario litúrgico, sino porque dentro de unas horas hará noventa años que Su Santidad vino al mundo. Le trajo la hija de una madre soltera, con quien casó su abuelo de usted cuando ya tenían dos hijos y vivían juntos. Lo hizo con la cabeza muy alta, aunque no tanto como si hubiera sabido quién había de ser su nieto Joseph.
La sombra de los pontífices es alargada, pues han mirado de frente a la luz del Evangelio sin darle jamás la espalda, dejándose deslumbrar y a veces cegar por el resplandor. Los que hemos venido detrás nos hemos cobijado bajo esa proyección de sus figuras. El repaso de sus textos gana con el tiempo y adquiere esa extraña intemporalidad que los hace señeros. Pocos saben que el teólogo Ratzinger fue el autor de la conferencia que imprimió el giro definitivo al Concilio Vaticano II. Su tocayo el cardenal Frings, alemán como él, había sido invitado a pronunciarla en Génova el 19 de noviembre de 1961. Había escuchado una charla del teólogo, y le pidió que le preparase el discurso. Hasta entonces, los esquemas que seguía el Concilio eran demasiado rígidos y deudores del pasado. La Curia estaba tras ellos. La alocución de aquel día se titulaba “El Concilio y el mundo intelectual moderno”.  Poco después, estando Frings en Roma para asistir a los preparativos del último concilio ecuménico, el Papa Juan le mandó llamar. Él creía que era para reconvenirle tras lo leído en Génova. Pero se trataba de todo lo contrario: “Debo darle las gracias. Leí anoche su discurso. ¡Qué feliz coincidencia de pensamiento!”. Ratzinger, desde su cátedra en Bonn, había cambiado el rumbo de la Historia.
Después, ya se sabe lo que ocurrió, aunque los españoles lo vamos sabiendo con retraso. Su primer aldabonazo lo dio el 18 de junio de 1965 ante los estudiantes católicos de la Universidad de Münster, al afirmar que muchos empezaban a “preguntarse si las cosas no estaban mejor bajo el gobierno de los llamados conservadores de lo que pueden estar bajo el dominio del progresismo”. Y es que —esto también lo vamos descubriendo los españoles con retraso— el peor enemigo del progreso suele ser el progresismo.
Tras una existencia castigada por la agitación —esa hija ilegítima tuvo que buscar, al igual que su marido, un certificado de raza aria para no dar con sus huesos en el infierno en vida—, ahora disfruta de un anticipo celestial: la realización su sueño, consistente en retirarse a meditar, leer y escribir. Pero como ninguna felicidad es perfecta aquí abajo, la falta de visión, que desde hace muchos años es completa en un ojo, le obliga a una última renuncia.
No está mal, Santidad: nacido de padres pobres (madre rigurosa y padre bondadoso, que le inventaba fábulas de novela rosa, ya jubilado, mientras paseaban juntos), logró estudiar a fondo la teología católica y otras muchas, fue perito del Concilio, más tarde arzobispo de Mùnich y Frisinga nombrado por Pablo VI, hasta que su mentor el santo Papa polaco le puso a guardar la Doctrina de la Fe (como los dominicos, canes Domini). Y ahí, veinticuatro largos y pesarosos años en los que la progresía mundial —intra y extraeclesiástica— hizo todo lo posible por hacerle vida imposible. Sólo que el Espíritu Santo sopla donde quiere, y le puso la sotana blanca en la que aguantó hasta que las fuerzas no dieron más de sí y comunicó al mundo —en latín, para que sólo se enterasen los escogidos, entre ellos la periodista que lo dio a conocer como primicia— su renuncia.
Fue encantador verle celebrar el cumpleaños anterior con una jarra de cerveza en las manos y en compañía de un grupo de paisanos, a las puertas del pequeño monasterio vaticano donde apura sus años.

Quiero terminar con sus mismas palabras, recogidas por el periodista Peter Seewald, que tan bien ha seguido sus pasos junto a usted. (Benedicto XVI es hombre de Prensa, ahí está su Informe sobre la Fe, con Messori, aunque no conserve buenos recuerdos de los profesionales malvados, que haberlo haylos y son legión.) Respondía a la gran pregunta de si sentía remordimientos por las tergiversaciones que se habían hecho, en especial por parte de “su” Iglesia alemana, del Concilio en el que él tan activamente había participado. Y respondía el Papa emérito: “Uno sí que se pregunta si lo ha hecho bien. En especial cuando el conjunto se salió de quicio en tan gran medida, esa fue una pregunta que ciertamente me planteaba. El cardenal Frings sintió después remordimientos muy intensos. Pero yo siempre tuve la conciencia de que cuanto de hecho habíamos dicho y conseguido sacar adelante era correcto y además debía acaecer. En sí, actuamos correctamente, aunque sin duda no previmos bien las consecuencias políticas y las repercusiones fácticas. Se pensó en exceso en lo teológico y no se reflexionó sobre la repercusión que tendrían estas decisiones.”

lunes, 27 de marzo de 2017

ÚLTIMO VIAJE CON WOJTYLA

Para los que habíamos dejado atrás los chiripitifláuticos y patinábamos sobre la resbaladiza pista de un periodismo incipiente, su voz sonaba a juventud sin fronteras. Se abría su micrófono y su nombre se hacía realidad, porque sus palabras volaban con blancura de sotana única en el orbe. El maridaje entre su alegría volandera y el revuelo de ese hábito talar recorriendo el mundo nos abrió los ojos y los oídos a una Iglesia más en consonancia con el brío evangélico. Acabo de ver la película “Resucitado”, que es un canto a la vida…eterna. Paloma y Wojtyla no hacían otra cosa que estimular a la Humanidad —ella a la hispanoparlante— a vivir aquí y ahora para vivir por siempre y en ninguna parte.
El buen periodismo se ha rendido a sus pies ahora que nos ha dejado, como antes lo hizo cuando su pequeño cuerpo se erguía sobre las ondas. Hemos visto desfilar por el tanatorio a todas las Españas: desde César Cadaval y su esposa hasta Campo Vidal, Bigotes Arrocet y las Campos (María Teresa y Terelu), Jesús Álvarez, Ramón García, Cristina Almeida, Rappel… y hasta el mismísimo Antonio Tejero Molina junto a su mujer. Concitaba esta narradora de los viajes vaticanos —todos, los que se movían a través del espacio y los que tenían lugar intramuros de la ciudad de los papas— la admiración y el cariño de profesionales y profanos, de imitadores y oyentes de sus alocuciones entre líneas, que Paloma decía mucho entre líneas.
Hablé con ella dos veces en mi vida. La primera, cuando el cura Javierre me regaló una estancia en el convento romano de unas monjas como pago por haberle presentado su libro sobre San Juan de la Cruz. Estábamos una noche mi mujer y yo en el comedor de la casa, tras haber dedicado una extenuante jornada a la ciudad eterna, cuando de improviso apareció la figura menuda e hiperactiva de Paloma Gómez Borrero. Para mí fue un segundo obsequio. Resulta que de vez en cuando, la periodista recalaba por allí y charlaba con las religiosas. Recuerdo que aquella noche traía un cabreo supino con el segundo hombre de su vida porque había cedido un altar a un alto cargo de un movimiento con el que ella no simpatizaba y él sí. Se non è vero, è ben trovato. Paloma, a diferencia de tantos otros divos, me pareció exactamente igual a corta distancia que en antena. Y conservaba al final de un largo día de tensiones, la misma prestancia que si se acabara de levantar.
Pasaron muchos años, y, como quien no quiere la cosa, el 7 de mayo del pasado año, volví a estar con Paloma en el II Encuentro de Comunicadores de la Iglesia de Sevilla. Fue en el edificio del Seminario, y esta mujer, que ya contaba con más de ochenta años aunque nadie lo diría, y ella menos, nos dejó de una pieza refiriendo anécdotas y conclusiones de toda una vida dedicada a la información religiosa. Fue, además, tan valiente como siempre ha parecido, y no ahorró críticas a quien hiciera falta.
En un receso del encuentro, tras su intervención, me crucé con ella, que descansaba apoyada en un murete del vestíbulo, en compañía de otras dos personas. Me acerqué y le saludé. Recuerdo que intenté condensar en una frase toda una vida de observación rendida ante sus méritos televisivos y radiofónicos. Le dije lo mismo que manifestaba al principio de este artículo: “Usted ha sido una maestra para varias generaciones de periodistas españoles, y ha estado muy presente en nuestras vidas.” Con su sempiterna sonrisa —me acordé del único consejo que da Nieves Peinado a los aspirantes a la radiofonía, sonreír siempre mientras se habla ante un micrófono— me dio las gracias. Y entonces, espontáneamente, me salió del alma besar su mano. Y lo hice. Hay gestos que te brotan de algún lugar donde la mente y el corazón se alían para presentir el futuro. Aquélla fue una de estas ocasiones. Nunca me alegraré suficientemente de haber tenido aquella muestra de cortesía entrañable hacia quien acompañara tantas veces a Juan Pablo II en su avión o ante el Sagrario.

Ahora, ambos viajan en primerísima clase. Tienen todo el tiempo del mundo para decirse lo que no pudieron aquí abajo. O para evocar conversaciones antiguas, que es una excelente manera de vivir en la gloria. Ambos hacen, con perdón, una magnífica pareja. No voy a decir que tengan su viaje de novios, aunque también se podrían ver las cosas así, manteniendo en todo la castidad. Bueno, en cualquier caso, allá nos esperan la cronista y el santo súbito. Nos quedamos con la pena de no poder escuchar: “Desde el Cielo para la Tierra, Paloma Gómez Borrero”.

miércoles, 22 de marzo de 2017

EL MEJOR CINE DE CUANDO NO HABÍA CINE

Los muros del hospital de Los Venerables, en Sevilla, lucen los retratos de la Infanta Margarita y de la Virgen niña aprendiendo a leer con Santa Ana su madre a escala mural, recibiendo y reflejando la última luz del invierno y los primeros haces de primavera en pleno barrio de Santa Cruz. Anuncian una exposición que han visitado más de 100.000 personas, marca máxima entre las muestras de la Fundación Fondo de Cultura de Sevilla a lo largo de sus veinticinco años de historia. Es un acontecimiento cultural que desborda las fronteras locales hasta el punto de haber obligado a desplazar la fecha de clausura hasta el próximo 2 de abril. Se nos regala así un mes más, el de marzo, para contemplar los cuadros de Murillo a la vera de los de Velázquez. En Madrid ha ocurrido algo parecido con El Bosco, al que el Museo del Prado ha dedicado una sala permanente tras el gran éxito de la exposición temporal, que a lo largo de cuatro meses (también prorrogada) ha atraído a casi 600.000 visitantes, 100.000 más que la de Velázquez, con lo cual se convierte en la más visitada de la historia de la primera pinacoteca española.
Los clásicos vuelven, si es que alguna vez se han marchado. Velázquez es un prodigio de continuidad, tal vez porque apuntó pronto a la Corte y al hábito de Santiago. O porque viajó y se perfeccionó en Roma. Murillo ha vivido épocas de postergación. Los gustos son así de caprichosos y suelen ser empujados por vientos políticos. Ambos sevillanos, separados por los veinte años de una generación, la muestra sevillana insiste en emparentarlos, con Velázquez como maestro y Murillo como discípulo. No sé. Sin duda estamos ante dos adelantados del impresionismo, pero el uso del color, es decir, el lenguaje acerca de sus respectivas visiones del mundo y su belleza, es tan disímil… Velázquez mezcla las manchas de negro con casi todos los tonos de paleta. Murillo desvanece levemente las formas, siempre luminosas. En todo caso, es interesante compararlos con nuestros propios ojos, acercarnos y alejarnos, como pintaban ellos, y sobre todo tratar de entender dos filosofías estéticas que son profundamente andaluzas, barrocas e introspectivas.
Los diez cuadros de Murillo y nueve de Velázquez que se exponen en la enfermería —allí habló Borges de una “generosa y cóncava mañana”— del hospital de Los Venerables Sacerdotes, donde su fundador y gran amigo del de las Inmaculadas, Justino de Neve, vio cómo se levantaban los lienzos en blanco que pronto se poblaban de empastes geniales, conforman una oportunidad única de asomarse a unas obras residentes en lugares remotos. Me he quedado embelesado escuchando al profesor Enrique Valdivieso describir a qué debemos el efecto jubiloso de Murillo, aún pintando la escena de un niño mendigo mientras se despiojaba frente a una ventana en ruinas por la que entra un raudal incontenible de sol. Era una Sevilla meca del mundo en plena caída libre, con una inmigración que no encontraba ni techo ni rancho y que para colmo de males perdió dos de cada tres habitantes en la peste de 1649. Murillo tenía que hacer el milagro: sacar de las flaquezas la fuerza necesaria para (sobre) vivir. Y lo hizo con sus ojos y con sus manos. Tenemos en la exposición un autorretrato cierto y dos muy probables. En todos ellos destaca una mirada hiperatenta, clavadas sus pupilas en las del espectador o en las del Niño Dios (¿su mismo hijo en la vida real?). Velázquez acudió al cobijo de la Monarquía cuando ésta era un imperio todavía floreciente. Y triunfó. Murillo permaneció en una ciudad en pleno orto (tomo prestado el término del profesor Domínguez Ortiz), y fue testigo del sufrimiento humano a pie de calle, hasta trascenderlo en rostros de angelotes y gestos de harapientos zagales cuyos descalzos pies acumulaban toda la mugre de la “otra” metrópoli.

Tanto el pintor de la verdad (y su carga mítica) como el de la armonía, nos han estado redimiendo hasta hoy por la hermosura. Como la de esas manos, tan expresivas como los rostros, que en el caso de San Pedro se agarran una a la otra, la sangre paralizada por la crispación, en plena tensión de arrepentimiento. O las que en Santa Rufina enganchan la cacharrería de Triana como en un juego de bailarinas gaditanas, acariciando la vista y trasmutando el martirio latente. Así figuran, con todo acierto, en la cartelería y en la portada del catálogo. Y es que las pinceladas de los dos autores que dan cima a la pintura española más cuajada logran sublimar los malos momentos con la untura lenitiva de la emoción salvadora que proporciona el arte.

sábado, 18 de marzo de 2017

QUINIENTOS VIERNES SANTOS

Tal día como el que ha expirado hace unos minutos, pero de hace exactamente quinientos años, el escribano público de Sevilla Pedro Farfán reconocía en documento oficial que el hospital de San Andrés y San Antón tenía “ciento y once maravedís de censo y tributo perpetuo sobre unas casas en La Carretería. Linda con casa de Juan Rodríguez —proseguía el acta— de cantarranas y casas de Constanza Fernández y casas de Villa Real y la calle Real, las cuales tuvieron Diego Bernal carpintero de ribera y María Sánchez, su mujer, vecina de esta ciudad, con el dicho cargo de los dichos ciento y once mrs.”
Todo lo cual significa que hoy podemos presumir los “carreteros” de Sevilla de pertenecer a una corporación con más de medio milenio de vida. Ante ello no es mucho, como ocurre con el cronista que suscribe, llevar 55 años en ella. Siento el estremecimiento que debe embargar a todo bien nacido por saberse hermano de la misma cofradía que echara sus raíces a unos metros de las anclas a las que se agarraban los navíos que descubrían trechos ignotos de las Indias. O las que levó la flota que se disponía a circunnavegar por primera vez el mundo.
Es, con todo, la misma Sevilla que acaba de sumir en el olvido esta efeméride sin pena ni gloria. Los ingleses, los americanos, los franceses, cualquiera que enarbole otras banderas, habría disparado salvas. Pero aquí todo se va en petardos. Bueno, pues al menos este periodista que “juró las reglas” en brazos de su padre y con el chupete puesto, no se ha callado. Hoy pido sufragios por el alma de aquel buen matrimonio que un día encargó esta encomienda gracias a la cual sabemos que en cuestión de semanas vamos a vestir una túnica de terciopelo ajado por (al menos) quinientos viernes santos.

viernes, 10 de marzo de 2017

REALISMO MÁGICO EN EL CALLEJÓN DE LOS POBRES

A esa hora de los ángeles, no de las brujas, en que el sol vespertino cae sobre la ciudad acariciando su cuerpo previamente templado por el mediodía de las estaciones cálidas, me sucedió algo que tiene mucho de cuento soñado, sobre todo porque no hay nada en él que no pertenezca al reino verificable de lo que llamamos verdad. Acudía yo a una cita fría y convencional con los números, pero no con su cariz esotérico, o al menos sentimental, sino con la cara árida del elemento mercantil. Un matiz que hablaba de vinculaciones con el mundo de la escuela y el hecho de que mi esposa sufra como docente los azotes de este tiempo antididáctico y asilvestrado, no exento además de maldad, me indujeron a marchar. Pero, en el último instante, cuando ya me hallaba a la puerta de la sala, dos rostros hostiles me disuadieron. Cada día soy más partidario de no dejar las cosas para una segunda ocasión, porque ésta rara vez se presenta. De modo que cambié de opinión sobre la marcha y me senté en un banco del que antaño se conocía como “Callejón de los Pobres”, y que hoy está flanqueado por sendos bancos, de los otros, a sus márgenes.
El quiebro abrupto que di a mi tarde me situó en la mejor suerte que nos puede acompañar: vagar sin rumbo disfrutando de cuanto nos rodea. Dejé que la mirada se posara donde y cuando quisiera: transeúntes de esa otra forma de ejercer la mendicidad que es el consumismo desbocado, colas de autobús, niños que juegan a la vida, jóvenes que se juegan la vida en un encuentro con perspectivas de futuro. A mi alrededor, otros bancos ocupados por otros habitantes de la rueda de la fortuna. Fue entonces cuando sucedió el prodigio. En la turbamulta de sonidos que llamamos urbe, uno casi nunca repara en uno determinado. Voces, frenos, motores, cierres metálicos, ladridos, llantos infantiles, incluso el viento llevan su curso sin que a nuestros reflejos se les dé un ardite. Esa tarde, a la hora de los ángeles y de los pájaros, cuando la tibieza de las cosas requiere amor, a mí me sorprendió en los oídos la repetición de un pasaje musical. Tal vez la modestia del instrumento había hecho que prescindiera de atenderle la primera vez. Pero la insistencia y la cercanía me hicieron girar la mirada. Y lo que hallé fue esto: En el banco de al lado, un hombre entrado en años —después supe su edad, 84, aunque nadie lo diría— soplaba su armónica, hacia dentro y hacia fuera, interpretando una melodía de Haendel, la música acuática para más señas.

Lo hacía como lo más natural del mundo, sin desconectar en absoluto del entorno, siguiendo las reacciones de los demás, entre los que muy pocos le dedicaban un segundo de su tiempo. Resultaba inaudito y sin embargo, él tocaba como si respirase, aunque en el rabillo de sus ojos se dibujaba un asomo de travesura inocente. ¿Una locura? ¿Un gesto de rebeldía? ¿Simple felicidad, loca y rebelde? Intenté cruzar una mirada y sonreírle de complicidad. Pero él vivía su mundo sin esperar aplausos ni aceptaciones. Sólo tocaba su armónica, sin apartarse ni un ápice de la corrección de las notas. Después supe que no sabía música, que tocaba de oído, que le gustaban también las rancheras y la zarzuela. Supe que había trabajado toda su vida en un banco, como los que nos escoltaban amenazadores. Por unos minutos, el realismo mágico había cobrado carne y sangre. Le ofrecí una tarjeta, sugiriéndole que me llamara si pensaba que podía poner banda sonora a algún cortometraje. Le abrumaba la idea. Él era como un gorrión gordo (siempre me he preguntado por qué recompuso el poeta sus rimas perdidas bajo el título de “Libro de los gorriones”) caído de uno de los árboles que mediaban entre el cielo terso de la Sevilla marcera y nuestras cabezas anónimas, encendidas a ratos por el candor de la música —después tocó la Primavera de Vivaldi— y ese viento solano del buen tiempo en la tierra de Justas y Rufina —alfareras y mártires—, de Trajano y Adriano —ahí es nada—, de Isidoro y Leandro, de Fernando y Alfonso su hijo sabio, de Bécquer y de Cernuda, de Velázquez y de Murillo, de Castillo y de Turina, de Don Juan y de Mañara, de Carmen y del Gran Poder. Y esa tarde, también de un amigo fugaz que venía como de otro mundo y que hoy, al cabo de unos días, pienso que nunca estuvo allí ni sonó su armónica —“tengo dos, ésta es bitonal, y la otra cromática”—, y que no tomó finalmente el autobús 40 camino de lo que un zumbón de la Alameda antigua llamaría “el otro barrio”, destino que, casualmente, era también el mío, donde hallé, cuando yo habitaba una realidad mágica llamada juventud, el amor de mi vida, la otra piel que acaricio, la que me arropa, anima y nutre. 

jueves, 23 de febrero de 2017

GOLPES DE ESTADO, FOTOGRAMA A FOTOGRAMA

Hay golpes de estado de gran alcance, concentrados en el tiempo y confiados a la suerte. Así fue la intentona de 1981, tal día como hoy, sobre el que, quizás alguna vez, sabremos con seguridad lo que pasó; es decir, lo que pudo haber pasado después. Pero otros golpes de estado son lentos, parsimoniosos, pacientes, mezquinos por sus dimensiones del día a día, más cobardes y mucho más eficaces. En ellos, prácticamente, no se arriesga nada, pero de ellos se puede sacar mucho provecho. Víctimas las hay en ambos casos, sólo que son de distinta “índole”. En los golpes rápidos los damnificados son visibles; en los otros, van quedando en el campo de batalla poco, con lo cual pasan notoriamente inadvertidos.
Guerra lo clavó: “Lo que está pasando en Cataluña es un golpe de estado a cámara lenta”. Y debía saberlo muy bien, porque él ha conocido en butaca de escaño aquel otro del 23-F y ha participado —démosle el beneficio cristiano sobre su grado de conciencia— en el que ahora denuncia, al votar favorablemente la reforma del Estatuto de la que vienen los lodos actuales. Siendo, además, presidente de la comisión constitucional del Congreso de los Diputados de España.
Pues bien, ahora estamos asistiendo y padeciendo un ejemplo modélico de la versión lenta de golpe a la libertad. Algunos le llaman “escrache”. Yo le llamo gamberrismo. Lo puso de moda, en su modalidad callejera, la Barcelona suburbial de la que ahora es exponente su alcaldesa. Una tarde, el Gobierno de España gobernó y fue cuando fueron a buscar, como en los tiempos del Chicago de Capone, a la vicepresidenta a su domicilio para amedrentarla y hacer “política de base”. Entonces, con inusitada celeridad, el equipo de Mariano Rajoy reaccionó y aprobó una ley que, entre otras cosas, perseguía esta suerte de “saca” intelectual. Y se acabaron los escraches.
Hay que reconocer que si la Ley se cumpliera e hiciera cumplir en todos los rincones de la geografía nacional, hoy viviríamos mucho mejor que antes de dicha ley. Pero las cosas distan cada vez más de ser como el legislador dice que van a ser. Como sabrán, si su incardinación generacional les induce a leer la Prensa, la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla ha sido escenario de una excepción jurídica grave porque las autoridades académicas —léase rector, decano y gerente— negaron a la Policía Nacional el acceso a su interior para proteger y garantizar un derecho constitucional. Sí, en la Facultad de Derecho, insisto porque sospecho que tal comportamiento tiene mucho que ver con que todavía queden islas donde el Estado de Derecho brilla por su ausencia.
Una turba de desalmados provistos de la peor arma de destrucción masiva que existe —la voz— impidieron con su escándalo e improperios de la peor especie, que otro grupo humano, civilizado, bien educado y abierto al intercambio de ideas, celebrase un debate sobre ideología de género. Tras las “presiones” del Consejo de Alumnos (el tristemente célebre “Cadus” de las algaradas estatutarias) y de Podemos —o como diablos se llame la marca a efectos de bloquear el acto—, los llamados partidos democráticos PP, PSOE y Ciudadanos, invitados a formar parte de la mesa, declinaron la invitación o se retiraron en vísperas, dependiendo del nivel de compromiso social/electoral de cada uno. Y así, los energúmenos vieron expedita su agresión. Según la juez de Rita Maestre, no hubo tal, porque nadie tocó a nadie con su cuerpo. Pero en Hamlet, el asesino del rey, vierte su veneno por el oído del agredido que dormía. Esto me lo enseñó un psiquiatra progre que conocía bien la condición humana, y estaba seguro de una cosa: cuando alguien quiere hacer daño y no pagar por ello, usa el sonido, normalmente en forma de lengua que articula palabras y alaridos.
Lo cierto es que, tras casi dos horas de soportar el ataque sin devolver los escupitajos verbales, aquellos mansos y respetuosos ciudadanos tuvieron que salir —una de las ponentes, por la puerta trasera— porque los aberrantes secuaces de la corrección política, o sea de la tiranía del pensamiento único que dictan determinados grupos de presión con mayores o menores intereses económicos, había triunfado. Arrasando con su violencia oral una propuesta de duda: ¿Es la ideología de género algo intocable? Lo peor, desde luego, es que fuera, delante de las narices de la Facultad de Derecho de Sevilla, en cuyas entrañas se celebraba el encuentro, varios furgones de las Fuerzas de Seguridad del Estado velaban preparados por si el rector magnífico o el excelentísimo señor decano se dignaban pedirles ayuda para que la Universidad no se convirtiera en un archipiélago Gulag.

Coda: Hace años ya ocurrió algo similar en el Paraninfo con un poeta cubano del exilio. El aula magna de las aulas magnas sólo sirvió para que el acto fuera interrumpido y laminado por unos aprendices de vándalos, acosadores y violadores de la única paz posible: la del pensamiento y su expresión serena sin ataduras. Entonces, como cuando los hijos de Atila destruyeron los accesos al Rectorado, la Policía hubo de quedar fuera de las fronteras  de la Fábrica de Tabacos (que por algo tiene foso, garitas y sillares).

martes, 14 de febrero de 2017

UN PEN EN UN CAJÓN

Coincido de vez en cuando los domingos en la cola de la comunión con la persona más enterada de cuanto está pasando en el Ministerio del Interior. Bien sabe Dios que me cuesta no pegar la hebra a la salida de misa y acercarme con cualquier pretexto para poner al habla al periodista que sigue habiendo en mí con este depositario de datos a buen recaudo. Pero sé que su boca está sellada, máxime con el desbarajuste inaudito que aqueja a esa Casa, de la que de una forma u otra dependemos todos los españoles y un buen número de inmigrantes, bien sean en demanda de horizonte vital más digno o como simples y amasados turistas.
El orden es la otra cara de la moneda llamada libertad. Y entre ambas sólo debe haber transparencia. Ésa es la clave de una convivencia honorable para todos, que sepamos lo que pasa porque las reglas del juego estén claras y sean lo más justas que el ser humano haya llegado a alcanzar. Sin orden hay tumulto, y ya se sabe quién saca tajada de ello. No estoy seguro de haberme explicado bien el otro día cuando parecía —sólo se lo parecía a quien hiciera una lectura superficial y atolondrada de mi artículo— que defendía a Trump. Como he aclarado en privado a una buena amiga que me hizo una crítica inteligente (y por ello atípica), ni quiero, ni debo ni tengo por qué hacer ninguna apología de estadista alguno. Sí la hacía, y la sostengo, de una ruptura de la cárcel que conocemos por lo políticamente correcto; o sea, abogaba por la libertad y santas pascuas. Y como esa amiga me afeaba que mi lanza rota por la libertad saliera el mismo día que el presidente firmaba la suspensión por 120 días de los visados concedidos a ciudadanos procedentes de estados fallidos y sospechosos de amparar el terrorismo, digo que en cualquier caso el modelo no puede ser el europeo, como el mismo republicano adujo para justificarse. Europa, que entre 1945 y 1968 avanzó extraordinariamente en poner las bases para nunca más abalanzarse unos contra otros, lleva desde aquel último año, con altibajos, sumiéndose en la autodestrucción con sorprendente y lamentable ahínco. El invierno demográfico no es más que uno de los síntomas del fenómeno, pero otro es la renuncia a un orden capaz de evitar enfrentamientos civiles derivados del caos. Verbi gracia: la falta de una política de fronteras coherente, posible y ordenada.
La falta de orden ha quedado esta semana gráficamente expuesta en la doble figura de un pendrive y un cajón. Después ha venido la desintegración espontánea de unos informes que afectan a tres fibras sensibles del organismo nacional, a saber, el 11-M, el caso Marta del Castillo (que es el de otras muchas chicas desaparecidas y en potencia el de cualquier familia española) y el del bar Faisán, donde alguien pasó un móvil al recaudador de extorsiones etarra para que alguien hablara con él y le advirtiera de una inminente operación contra él.
Los tres asuntos son de sobra conocidos, aunque mucho más por sus sombras que por sus luces. El cierre de las causas judiciales no ha resuelto desde luego las dudas ambientales, como vuelve a quedar inequívocamente demostrado estos días con la enésima búsqueda policial de los restos de la muchacha. Asistimos además a una especie de opereta en la que todo un ministro se queja públicamente de que los informes que le dijeron que había no están ni se les espera. La unidad encargada de revisar los fallos para que no se repitieran ha errado a la hora de garantizar la cadena de custodia. No sé por qué, esto me suena a trenes desguazados, a mochilas fantasma y a huesos que nadie supo nunca si eran de perro o de niño. Al mismo tiempo, España se restriega los ojos porque un grupo de funcionarios policiales “han encontrado”, haciendo limpieza, un pen en un cajón con información valiosa sobre el caso “Pujol”. Andaban por allí, en un cajón de sastre, y han reaparecido por pura casualidad, mientras todo el mundo se pregunta por qué en unos casos de corrupción hay prisión inmediata y en otros ni por asomo.

El desorden es el principio de todas las calamidades. La seguridad jurídica es una suerte de orden tan fundamental en un estado de derecho que, desaparecida aquélla se difumina éste. Ni más ni menos. Y con él, quienes nos preguntamos por qué nuestros impuestos funcionan tan bien y otras cosas dependen del azar. 

domingo, 29 de enero de 2017

LA "TRUMPSICIÓN"

A lo largo de la historia, son muchos los casos de procesos “abrelatas”. Situaciones que parecían definitivas e irreversibles, como por ejemplo el mundo que Fukuyama definió como “final de la historia”, resultan ser el principio de otra. Colectivos que se las prometían muy felices por considerar —¿desear?— arrumbados a los adversarios quedan repentinamente defraudados al descubrir que éstos gozaban de una salud mejor que la suya. Es lo que está ocurriendo con la era Trump. Ya asistimos a algo parecido con la era Reagan, y de un modo quizás paradigmático con el pontificado de Juan Pablo II. Muebles que parecían apolillados muestran su lozanía al ser retiradas las fundas que los ocultaban. Ideas que han movido a la Humanidad desde el neolítico y que un nuevo sistema establecido condenaba a la fosa reaparecen de nuevo luciendo su flamante utilidad.
Como es obvio —o debería serlo— ello no quiere decir que el seguimiento de la cabeza visible en dichos procesos sea ciego. Ni mucho menos. Este servilismo rastrero es más propio de movimientos “innovadores”, como el nacional-socialismo o el comunismo. Éste último pervive todavía en algunos paraísos de economía real como el caribeño, con todas las bendiciones de quienes alardean de huir del caudillismo. Trump es lo que es: un hombre, con sus oropeles a cuestas y con sus incoherencias, ésas que al final acaban con todo hombre público. Pero es también un valiente, y esta raza escasea en nuestros días, al menos en Occidente. Ha desafiado a “la última palabra” en política, la que la izquierda viene dictando desde Marcuse y el mayo francés. Muy pocos días después de su toma de posesión, ha enviado nada menos que a su vicepresidente y a su jefa de campaña a dar ánimos a los provida en la marcha que anualmente clama por defender a los no nacidos. El hecho no tiene precedentes, y su valor informativo queda de relieve por el eco nulo que ha tenido en los “medios” que forman el decorado de la obra representada hasta ahora por los políticos occidentales. Simplemente, lo han ignorado, sabedores tal vez de que negar la verdad es la única manera eficaz de combatirla. Y en el saco meto, desde luego, a los medios que se supone luchan por extender el Evangelio.
Mientras que esto sucedía en Estados Unidos, aquí el ministro de Hacienda mostraba su preocupación por los pocos impuestos que pagan las grandes empresas, abogando por subírselos con el pretexto de garantizar “la paz social”. En otras palabras, para seguir cediendo al chantaje de la izquierda. He de mencionar en este punto el testimonio, también valiente aunque muy minoritario, de los ex diputados y senadores que han dado el paso de presentar mociones al próximo congreso del PP para que éste recupere su identidad perdida en materia de familia y vida. Son los mismos que fueron expulsados de las listas electorales por haberse negado a secundar la pantomima de reforma de la Ley zapaterista del Aborto. Esto también puede ser un “abrelatas”.

Porque lo que ha demostrado el pasado es que las catacumbas nunca son definitivas. La verdad aflora, a menudo donde y como menos se esperaba. La “trumpsición” es ya un gran paso en este sentido. No es —insisto— la opción partidista o personal lo que va a liberar a Occidente de su aparente agonía, sino la puerta que queda abierta tras el paso por ella de un líder incómodo hasta extremos paroxísticos para los dictadores de nuestro tiempo, aquellos que constituían la nueva clase dominante, da igual que fueran de derechas pseudoconservadoras o de izquierdas pseudorrevolucionarias. Ellos mandaban, los demás obedecíamos. Esto se ha acabado, y lo saben, por eso trinan. En España se hizo la transición. Parecía que el paisaje estaba cerrado. O tirábamos por el camino que se nos ordenaba o dábamos paso a algo peor. Pero en la gran potencia que rige nuestros destinos desde que se levantó el telón de acero se ha producido un proceso rápido, un vuelco, que marca otro tipo de transición. Y hay que aprovecharla. Tal vez sea la última oportunidad de sacudirnos la costra paralizante administrada por los “medios”.

sábado, 7 de enero de 2017

HERMANDAD DE LA CARRETERÍA: QUINIENTOS AÑOS

El 17 de marzo del año 1517, el escribano público de Sevilla Pedro Farfán estampaba su firma en un documento que otorgaba censo y tributo perpetuo al hospital y cofradía de San Andrés y San Antón sobre unas casas en el Arenal. A día de hoy, éste es el papel más antiguo que da fe inequívoca de la existencia de la hermandad de La Carretería. Es decir, que estamos en puertas de conmemorar —si de aquí a entonces no aparece otro vestigio anterior— los quinientos años de existencia de esta cofradía. Como se puede suponer, en tan dilatado lapso ha pasado por avatares sin cuento, por ejemplo el que la situó, durante 174 años, en un punto tan distante como la collación de San Miguel, cerca ya de la Alameda de Hércules.
La Carretería ha vivido momentos que parecían terminales, como cuando la Junta Revolucionaria de La Gloriosa (1868) se incautó de su capilla para convertirla en club republicano, o cuando, ya entrado el siglo XX, un mayordomo tomó en prenda las bambalinas del palio. La hermandad ha renacido de todos sus baches en el último minuto. No en vano, la Resurrección del Señor es uno de sus títulos, estaba representada en un paso alegórico y luce en la pintura que corona el altar de la capilla.
Hasta que tuve la fortuna de hallar el citado documento, la más antigua certificación de la existencia de la cofradía era otro similar, puesto en duda,  de 1543, aunque la constancia más firme fuera la derivada del expediente de reducción del hospital en 1586, así como el reconocimiento oficial de la hermandad de penitencia por parte de la Iglesia en bula pontificia de 1591. Hay testimonios que hablan de 1550, pero son de oídas porque hacen referencia a papeles que ardieron en dos incendios, el más reciente de 1610. También los hay, siempre orales y de memoria, que sitúan los orígenes antes aún del Descubrimiento. Lo cierto es que hoy sabemos con seguridad que al menos ese 17 de marzo de 1517 ya había en Sevilla una cofradía que daría lugar con el paso del tiempo a la de la Luz y Tres Necesidades, actual de La Carretería.
El dato figura, junto con una reproducción facsímil de la relación en la que se constata dicha escritura (procedente del Archivo de la Diputación), en mi libro “Dios, hombres, ciudad. Historia y vida de la Hermandad de La Carretería (Sevilla)”, que viera la luz en 2013 editado por la Universidad de Sevilla y que daba continuidad a la benemérita tesis universitaria de Fuensanta García de la Torre publicada en 1979 y agotada desde hace demasiado tiempo.
No es ninguna trivialidad saber que contamos con una Hermandad señera que puede presumir, por lo menos, de medio milenio de vida. Sobre todo si tenemos en cuenta que era el único enclave de culto existente en el camino que unía la ciudad con el puerto de Indias, el Real de la Carretería. Entre las paredes de aquel templo, sin duda diminuto y pobre, junto al hospital gremial con sus tres camas y su cofradía, se debieron escribir páginas íntimas de oración trascendente, tanto a la ida como a la vuelta de un destino que lo mismo podía suponer la riqueza que la muerte. O el retorno más paupérrimos todavía que cuando embarcaron. Sólo pensarlo da escalofríos. Todo el Viejo Mundo que dirigió sus pasos a la aventura americana hasta que en 1586 el hospital es reducido por el cardenal Rodrigo de Castro, pasó por allí. Los que tuvieron suerte, dieron allí gracias inmediatamente de traspasada la pasarela del navío. Y los menos gozosos también se hincaron ante el crucifijo de los toneleros al tiempo que se pellizcaban de incredulidad.
Hay un pasaje, fabulosamente recreado por el escritor Stefan Zweig en su libro “Magallanes”, que bien pudiera haberse constituido en el más señero de los casos de cuanto referimos. El 7 de septiembre de 1522, dieciocho hombres, de los doscientos sesenta y cinco que habían zarpado dos años antes de junto al convento carmelita de Los Remedios, arribaban al puerto de Indias sevillano. Al frente iba un marino vasco que asociaría su nombre a la primera vuelta al mundo: Juan Sebastián Elcano. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo (apellido éste muy presente en los archivos de la corporación) relata que la multitud se arremolinaba en las riberas “para contemplar este último barco famoso; la expedición en que tomó parte representaba la cosa más prodigiosa y el acontecimiento más grande que se haya visto desde que Dios creó al primer hombre y el mundo”. ¿Qué fue lo primero que aquellos andrajosos y desnutridos supervivientes se dispusieron a hacer tras desembarcar del fantasmagórico “Victoria”?: rezar. Marcharon derechos a la Virgen de la Antigua de la Catedral. Bajaron por el camino Real de La Carretería, para entrar por la puerta del Arenal y la calle de la Mar. Pasaron ante la capilla de los toneleros. La pregunta es inquietante: ¿Se detuvieron allí, aunque sólo fuera un instante? Porque hoy sabemos que para entonces ya existía y dónde estaba.

Este año, los hermanos de La Carretería, y los sevillanos en general, estamos de enhorabuena.  No todos los años se celebra el V Centenario de algo así.

jueves, 29 de diciembre de 2016

EL HOMBRE, MATERIAL CONSUMIBLE

Acabo de dar cuenta de una tostada de pan de bollo con paté de hígado de cerdo y una loncha de jamón york, también del impuro animal que nos ha dado de comer desde que bajara del arca la primera collera salvada de las aguas (si es que Noé los aceptó a bordo). Mientras gozaba del sabor de la vida, pensaba en los consejos del nefrólogo: poca cantidad de carne y pescado, porque las proteínas son las culpables de la formación de cálculos de ácido úrico, de los que he llegado a ser una cantera. Y de ahí, mientras deglutía, pasé, como es natural, a filosofar para mis adentros.
La sociedad del bienestar, para la que más allá de la muerte no hay nada, nos ha acostumbrado a vivir como si nuestros cuerpos pudieran permanecer inmunes al desgaste, siendo así que desde que nacemos nuestra historia es la de una máquina por la que pasa el tiempo. Si uno lo piensa bien, sólo hay dos materiales que parecen hechos para conocer el fin del mundo: la arena y el mar. O la roca desmoronada por el roce de los meteoros y el agua que viene y va, sube y baja pero permanece, cual la energía, sin pérdida alguna. Fuera de esos dos elementos, que tanto buscan miríadas de veteranos de las sociedades confortables del Norte —aunque los de aquí también los concebimos como sinónimos de placer y descanso— todo lo demás, y entre lo primero los organismos vivos, estamos hechos para fundirnos en el crisol de la naturaleza.
Todo esto me asaltaba el cerebro mientras disfrutaba del favor que mi efímera rebanada dispensaba a mi paladar. Se ve que las neuronas se animan con el alimento, a condición de que sepa a algo. El silicio de la arena y su compañera el agua —ambas construyen una especie de lucha de amor día y noche, como si el débil líquido pugnara por recordar insomne a la roca sin forma que ha sido él, junto con el viento aliado, el que ha molido la piedra durante milenios— me llevan, a su vez, a la sociedad del conocimiento, que dicen los cursis de la Junta. El silicio, o sea, la arena, constituye ya la bisagra de la evolución humana. Curioso: lo más inerte soporta lo más vital: el cruce de datos. Es lo que hace el corazón del ordenador: el procesador. En el palenque del silicio, capaz de transmitir órdenes operativas a una velocidad inimaginable, reside la clave de la informática, y todo lo que esto significa en la Humanidad actual y futura. Tenemos, pues, que el material más resistente es también el que mejor sirve a la inteligencia, hasta el punto de casi burlar la caducidad de todo.
Los científicos buscan, sobre las pistas que dejara Einstein, batir el record del silicio, de las playas que tocan la punta del infinito. De ahí que se empeñen en acelerar las partículas para dar el paso en el vacío de superar a la luz. Vayan pensando en la posibilidad de que los cables de fibra óptica se queden cortos. ¿Sería una hecatombe? A eso suena. Sistemas enteros que han tocado el tope de la vía quedarían de pronto inservibles. Pero, visto desde la barrera de la ignorancia, muy cómoda pero asistida por la experiencia de la intuición, esto daría lugar, sobre todo, a un salto de dimensión.
Las cosas ya no serían las cosas, porque nuestro cerebro sólo sabe verlas en sus tres dimensiones de siempre. Le faltaría el sentido para interpretar la cuarta, aquélla en la que tiempo y espacio se separan. Las playas ya no serían las playas, ni el mar el mar. La velocidad de esta nueva realidad superaría a las moléculas. Debe de ser lo que los físicos llaman el nudo de Higgins o la partícula divina. ¿El final de los tiempos? ¡Qué sé yo!
Me ha dado lugar (curiosa mezcla de tiempo y espacio) para terminarme mi desayuno sin preocuparme demasiado de mis riñones. Sé que soy mortal, y que mis órganos son como consumibles, como los cartuchos de mi impresora, fungibles, limitados, provisionales. Por cierto, la impresora en 3D también se puede quedar vieja antes de llegar a la vida cotidiana de la gente.

Como todas las criaturas, el hombre está aquí de paso. Los creyentes casi “vemos” que esa cuarta dimensión, la del material que sobrepase la fuerza cinética de la luz y mute su naturaleza para dejar de ser descriptivo y volverse creativo de las cosas, a base de aumentar la capacidad humana para conocerlas, implantando una estructura interna que nuestra mente no alcance a comprender, sólo se encuentra en la religión y en la fe de profesarla. La ciencia apunta siempre más alto. No se conforma. Busca y rebusca, de modo que cuando descubre algo siente más frustración que contento. Anda ahora ilusionada con un material “nuevo”, el grafeno, y con otros más rápidos, eficaces y baratos, aunque no me explico qué pueda haberlo más que la arena del mar. Malos momentos para Silicon Valley. Algo nos dice que estamos a las puertas de un reino tan misterioso que sólo se parece a la locura.

jueves, 15 de diciembre de 2016

LUZ DE OTOÑO SEVILLANO

Ha sido como un baño vigorizante tras días de lluvia y plomo en el aire. Has salido a la calle, has liquidado tus deudas con la burocracia sangrante que extiende sus tentáculos hasta el fondo de tu intimidad, y a continuación te has sumergido en esa luz de los días escogidos, oblicua sin ser torva, dulce como membrillo prohibido, serena, laxa, dorada sin aquellas partículas tostadas de la primavera. Luz de pintor en duermevela. Luz ansiada sin saberlo. Luz acariciante, poderosa en su deslizamiento lento, felina, ilustrada, calma, sabia, como si hubiera paseado por los jardines de los peripatéticos.
De mañana, esa luz del otoño sevillano, ya tardío, con bocanadas de cisco picón —imaginado sí, y por ende real— y un resto de ajonjolí en el paladar, es más alegre que la estival, mucho más que la inminente de marzo, infinitamente superior a la del enero afilado y pérfido. La que hallaste, o te halló, era una luz inesperada, límpida, purísima como anunciada por angelotes a los pies de la Gran Dama del Universo. Te sorprendió mientras caminabas. Era una luz tangible, aposentada en una transparencia que parecía venir de otro mundo, de un cielo pleno, de ese mediodía bendito en el que alguna vez habitamos antes de razonar y recordar.
Encontraste escenas para ti solo que revelaban sonrisas de Dios: Un gato, negro naturalmente, que retozaba panza arriba agitando sus piernas sobre el asfalto absorbiendo los rayos del sol decembrino y ajeno a la civilización (o no) que le rodeaba. Tres gorriones gordos dándose un chapuzón en un charco, como solamente lo habías visto antes en la canícula. Guiños de esta primavera veraz que es el otoño sevillano una mañana de cielo despejado y —robemos la metáfora a un Borges también sevillano— tan cóncava como generosa. Había llovido copiosamente los días de la víspera y aún la noche anterior. Las cosas tenían la piel luminosa, cubierta de azogue que le daba ese frescor verdioliva de clorofila restallante. Tachonado de pequeñas lagunitas brillantes, casi imperceptibles pero inagotables, el lienzo de paisaje que asomaba al vitral de tu vista era todo él gratificante, mar espumoso en la tierra de fuego andaluza donde viste la luz primera. Una luz que te gustaría hubiese sido como ésta del otoño efectista, palpitante de reflejos, magnetizado y táctil, que te ha saludado desde todos los puntos de la dicha.

Mañana ya no será igual. Los colores habrán secado. La pintura estará en su sitio, donde la pone tu monotonía. No donde hoy ha querido que esté la luz laureada del otoño sevillano.

martes, 6 de diciembre de 2016

EL MUNDO ES PEQUEÑO PARA DONALD TRUMP

Además del deshielo en los polos, esa amenaza planetaria que reasoma impenitente en el horizonte nuestro de cada día, están pasando cosas a nuestro alrededor mientras nosotros seguimos enfrascados en las bilis de nuestros fantasmas. El mundo gira indiferente a nuestras querellas. Mientras hay una Humanidad que acarrea a diario la tinaja del agua desde la fuente hasta el hogar, como en el neolítico, otra cruje impaciente, huyendo del dolor que siempre produce el anquilosamiento. Podríamos decir que la primera —que es la última— encuentra su defensoría en gente como esos cincuenta premios Nobel que han acusado a Greenpeace de perpetrar un crimen antihumanitario por boicotear el arroz transgénico que ha permitido a millones de personas evitar la muerte por inanición. En el otro extremo, la Academia sueca —disipados ya los primeros ayes de quienes sucumbieron bajo los escombros de la dinamita— otorga uno de sus preciadísimos galardones a Bob Dylan, de quien Steve Jobs (es decir, Apple) afirmaba que era poco menos que su dios particular. Aclaremos que se trata del Nobel de literatura, aquél que un colega de reconocido prestigio de Sigmund Freud decía que era el que se merecía el psiquiatra, y no el de Medicina.
Entre ambos hemistiquios, el que torea el hambre y el que juega con su destino, estamos nosotros, los “pigs” (y a mucha honra, siempre que sean ibéricos). Pero algo está cambiando, y mucho, más allá de nuestras fronteras. Aquí, los grandes debates nacionales oscilan entre dejarlo todo como está o cambiarlo todo (“el cambio” hacia ninguna parte). Es decir, que no acabamos de enterarnos, entiendo yo, de lo que ha sucedido donde se cuecen las habas desde que Hitler se pegó un tiro en su búnker berlinés. Estados Unidos ha apostado —tan aficionados ellos a las barajas y a las carreras— por el vuelco que conduce a los orígenes, lo que concede “originalidad” a los pueblos y a las personas. Las elecciones eran, ya lo sabemos, entre más de lo mismo o revolución liberal. Y ha arrasado ésta. ¿Dónde? Los mapas son siempre los mejores consejeros para comprender la realidad. Si consultamos el territorio del éxito republicano —no se olvide que antes de ganar la Presidencia Trump tuvo que hacerse con la victoria en el partido del elefante— veremos que en aquel gran y villano país ha vuelto a suceder lo que otras muchas veces le devolvió su energía: la emergencia del contrapoder. Se dirá que ha tomado la Casa Blanca la casta económica, los acaudalados. Puede ser, pero lo obvio es que el gran cuerpo social norteamericano, el que va de costa a costa, se ha rebelado. Y lo ha hecho contra el poder político y mediático, que habita el litoral este, y contra el tecnológico que vive en el otro. En resumen, la América conservadora versus la progresista, lo cual, dicho sea de paso, hace volar por los aires el gran embuste en que dicha división se fundamenta.
Ahora se pueden hacer las lecturas que se quiera, interesadas como las que hemos oído hasta hoy o no. Siempre he pensado que los procesos electorales son cuestiones tan íntimas como la lencería fina para una dama. Por eso no me gusta entrometerme en alcobas donde no me llaman. Así, siempre se acierta. Pero, a posteriori, las cartas están bocarriba y es lícito subrayar los resultados. Los ciudadanos de la locomotora universal han desalojado de la institución que rige —allí sí— la marcha de la nación, y de las que podrían ejercer el papel de oposición, a quienes se han arrogado durante decenios el monopolio del pensamiento únicamente aceptable, de lo políticamente correcto.

Es cierto que Trump ha cambiado radicalmente su discurso entre la campaña y el tiempo de su nuevo cometido. Creo que nadie podría rechazar ni una sola de sus palabras improvisadas horas después del recuento. Es el momento de la moderación. Pero eso es lo que se hace en lugares donde la democracia es algo más que una disputa. Su reiterado llamamiento a la unidad —ya veremos si dura— es un gesto de madurez. Y en todo caso, así se cosen los reventones como el que ha separado las bandas costeras del inmenso centro agrario. Se trataba de inclinarse por el continuismo de la era Clinton-Obama-Clinton (y también Zapatero-Sánchez-Díaz) o por la renovación profunda que demandaba la América profunda. Ya ven ustedes, el gran cambio ha irrumpido donde, como y cuando menos se esperaba. ¿O es que aquí, al menos aquí, todos repetían como papagayos lo que “alguien” decidió que debíamos creer? Con Julie Andrews, me voy cantando bajito “¿qué será, será?”.

CODA: Las nuevas tecnologías nos permiten correcciones diferidas. Aprovechémoslas. Varios buenos y avisados amigos me corrigen un dato erróneo del final de mi artículo. Y es que la canción "¿Qué será, será?" no la entonaba Julie Andrews sino Doris Day en "El hombre que sabía demasiado", película de Alfred Hitchcock. Puntualizado queda, aunque, a fuer de ser clásicos, he preferido dejar el desliz en "el original". Así me parece que seguimos en la época dorada del papel. No obstante, gracias, muchachos, por vuestra buena vista. Los lectores sabios no envejecen.

viernes, 25 de noviembre de 2016

ENTRE LAS FAUCES DE LOS LOBOS

Era una tarde de primavera sevillana. El Partido Popular había reservado el espacio central del Prado de San Sebastián, el mismo punto geográfico donde durante un siglo celebraron los sevillanos y sus visitantes la Feria de Abril, para cerrar una campaña electoral. Daba el mitin Mariano Rajoy, acompañado por la entonces plana mayor de los populares andaluces. El líder del “partido conservador” sólo alcanzó la media entrada, y eso que el emplazamiento no era grande. Tras los consabidos ditirambos, Rajoy, que tiene un primo catedrático en Sevilla, tomó la palabra para jalear a sus “masas”. Y entonces fue cuando el hombre empezó a dar tumbos dialécticos salpimentados por un recurrente e imperdonable despiste. Y era que cuando llegaba la hora de poner un ejemplo de buen hacer político y capacidad de convocatoria electoral, sólo se le ocurría un nombre: Rita Barberá. La alcaldesa de Valencia se había desplazado a Sevilla para la ocasión y el jefe la sacaba a relucir, pidiendo para ella ovaciones una vez tras otra. Eran otros tiempos.
El bochorno llegó cuando alguien se hartó de las inconveniencias venidas de lo alto y le recordó al presidente que allí estaba también Teófila Martínez, alcaldesa revalidada varias veces por el pueblo gaditano. “¡Ah!, es verdad, también pido un aplauso para Teófila, claro”, se descolgó el mitinero. Su obsesión, entonces, era Rita Barberá.
La política podía ser otra cosa. Pero es lo que es. Al menos en España, y después de lo visto en EEUU, tal vez lo sea en todas partes: una pesadilla esperanzada. No. No debemos perder la fe en el despertar de las conciencias, pese a la miseria moral de los dirigentes, llámense cúpulas de los partidos o aspirantes a gobernar desde el desolladero del canallismo.
Yo tenía un profesor, del que aprendí lecciones que nunca he olvidado, antes al contrario, vuelven como la magdalena proustiana a mi recuerdo recrecidas, y que un día, explicando a Larra —ya saben, “escribir en España es llorar”— se quedó como atascado al llegar a la hora de su muerte. Sabemos que el pobrecito hablador se pegó un tiro ante el espejo por mal de amores. Pero esa no fue la causa de su irreparable pérdida. El articulista de “Vuelva usted mañana”, tan vigente hoy como entonces, murió… “de asco”, según el padre Miguel, de fausta memoria para quienes le conocimos. Pues eso, Rita Barberá también ha debido morir de asco, de sufrir ese acoso linchatorio de una raza inmisericorde para la que justicia es llevar al cadalso (a la guillotina) a alguien mucho antes de ser juzgado. Dicen, además, que todo ha sido por mil euros. Si es así, ¿qué habría que hacer con los que han podido malversar ochocientos millones en los “eres” andaluces?
En la retentiva de quienes hemos asistido a este escrache por tierra, mar y aire, quedarán imágenes como las del pasillo —¿diez metros?— que conduce a la sala de comisiones del Senado donde tenía que comparecer. Ver cómo una jauría de “informadores” le impedían el paso y casi le metían los micrófonos en la boca con tal de sacarle aunque fuera un ronquido gutural, a lo que ella respondía incansable un “no haré declaraciones”, mientras unos sufridos bedeles le abrían paso… Y al final, un “periodista” exclamó: “¿Pero esto qué coño es? ¿No va a decir nada?”. Y así, ¿cuántas escenitas? La última, hace unos días, cuando compareció ante el Tribunal Supremo por primera y última vez entre gritos de choriza y otras lindezas. O aquellas agresiones a su propio domicilio en Valencia.

Es la España cavernosa y recurrente, ésa que se mueve entre el vómito montaraz de unos y la untuosa cobardía de otros. Barberá llevó al PP al mayor pasaje de gloria de su ambigua trayectoria, y a los españoles a descubrir parte del lupanar en el que nuestro sistema ha ido acabando. Y me refiero, lógicamente, a quienes golpean el cadáver que ellos mismos han creado. Más abyección sólo cabe encontrarla en las peores acciones de los etarras, sus amigos y amigos de sus amigos.

jueves, 29 de septiembre de 2016

FRANKENSTEIN ERA DRÁCULA

No me gusta alardear de lo que no soy. Por eso, no voy por la vida de profeta, como hacen otros colegas del pulverizado gremio periodístico. Pero cuando uno da en la diana, es legítimo presumir. El pasado 9 de enero publiqué un artículo titulado “Susana Díaz y la caza mayor” que algunos leyeron con sorpresa, pues parecía quebrar mi bien ganada fama de reaccionario. Recomiendo a quien aún conserve algo de paciencia indulgente hacia los profesionales de este oficio que localicen el escrito en mi blog (“A carta cabal”). Ahí verán por qué me las doy de algo todavía en este mundo. Que Susana Díaz apuntaba alto desde hace años no era ningún secreto para nadie. Imaginar cómo se proponía escalar era ya más complicado. Y asomarse a su entorno inmediato —la Triana profunda— para comprender algunos resortes de su popularidad estaba sólo al alcance de quienes nos pateamos la calle con curiosidad, espíritu crítico y mente observadora.
Escribí aquel artículo movido por un hecho fortuito, dentro de lo que cabe: haberme cruzado con ella, su marido y su hijo aún bebé por una acera de la calle Evangelista un domingo por la tarde, sin que hubiera nadie más a nuestro alrededor. Hechos tan triviales mueven a un periodista mínimamente atento a trenzar y volcar reflexiones como las que dejé entonces negro sobre blanco.
Siete meses y pico más tarde, el 24 de agosto, publiqué otro artículo, titulado “Ballesteros de caza menor” en el que daba un paso para esclarecer el camino que se abría a Díaz, gran conocedora de la importancia que en estos culebrones de largo alcance tiene saber poner los cimientos más próximos, que son los locales. El misterioso caso del tal Ballesteros quedaba recompuesto a base de investigar en Internet los pasos previos en la agrupación Centro del PSOE sevillano. Si les apetece, tienen aquel trabajo también en mi blog. Un detalle: la que se autoproclama única autoridad del PSOE en el momento actual, Virginia Pérez, a la que no dejan entrar en Ferraz después de negar legitimidad al bando de Sánchez, es, además y antes que la principal colaboradora de Díaz en el partido, secretaria general del PSOE de Sevilla, a la sazón dirigido por el presidente de la Diputación que ha adjudicado a Ballesteros el puesto de gerente en el Consorcio de Aguas (70.000 euros anuales). Ustedes mismos.
Ahora, la granada ha estallado, desbrozando el sendero de hojarasca para que Susana Díaz, lo reconozca o no de momento, encuentre su sitio… en la política nacional, a la que ellos llaman federal. En círculos más restringidos, de amigos por wasap, he ido más lejos, hasta poner a la trianera del Tardón en la Moncloa. No me atreví, lo confieso, a darlo a la imprenta (digital). Por ahora, la batalla está presentada entre los partidarios de la democracia asamblearia, tan parecida a la que propugna Podemos, y los que todavía creen que el orden sirve para algo. A los primeros se les ve cada vez más el plumero: son muchos —no todos, obviamente— los estómagos agradecidos que llevan cinco años esperando volver a gozar de las prebendas del poder dependiente del Gobierno de España. El mismo Sánchez carece de amparo laboral. Por eso los entiende muy bien y pelea hasta lo inconcebible por conseguir que sean las masas —180.000 de 46 millones— las que decidan. Los otros, los que intentan defenestrarle y detener la deriva anarcoide, saben que el PSOE o es bipartidismo o no es nada. Así ha sido desde la transición (tal vez antes) y así será hasta que Dios quiera, porque los españoles son así. Luego está Bruselas, el BCE, los presupuestos generales del estado de los que cuelgan los autonómicos y los municipales (con su reata de empresas públicas, mancomunidades y consorcios como el de Ballesteros) y las ayudas europeas que penden del hilo del déficit público. Pero todo esto es más técnico, demasiado para que influya en el voto de los 180.000 militantes que pueden decidir el futuro de los otros 46 millones de ciudadanos.
El fruto maduro cae por su peso. Lo que está ocurriendo con la izquierda española no es sino consecuencia de nuestro gran mal: la mala educación recibida por generaciones de ciudadanos desde que el socialismo se apoderó de ella. Si hacemos cuentas, los podemitas son ya hijos de esa deformación basada en el igualitarismo. Tenían seis años o menos en 1986, cuando Maravall, primer ministro de Educación de Felipe González, promulgó la Lode contra viento y marea de la Concapa. Algunos lo recordamos muy bien. Se habla mucho de la Logse, pero ésta no es más que el corolario de la Lode, donde estaba la nueva planta y sobre todo el espíritu “innovador”, cargado de “cambio” y “progresismo”, de la educación oficial en España.

Ahora, Frankenstein toma las riendas del laboratorio, ha encontrado las llaves y sale a devastar cuanto encuentra a su paso. Lo primero que halla es la vivienda de su “padre” científico. La ha asaltado y se dispone a chuparle la sangre. Frankenstein es Drácula. Sin nadie que le reduzca, acabará por hacerse el rey, como en el corrido. Los separatistas ya andan dedicados al pillaje. ¿Será Susana Díaz la cazadora que embride al monstruo? Ya les digo: no soy profeta ni falta que me hace.

SABER O NO SABER

(Publicado en los nueve periódicos del Grupo Joly el 20/9/16)


La Historia de la España que arrancó en los albores de la Transición es la de la libre expresión, pero sobre todo es la de la transparencia. O al menos, así quería ser y bien que lo proclamaba. Un régimen de Opinión Pública y publicada tiene ganada la mitad del camino hacia el triunfo de la honradez. La otra mitad es la que viene dada por la información cabal. Porque de lo contrario, lo que se produce es una pantomima, un grotesco, patético y monumental engaño. No hay día en que deje de trascender un escándalo político o financiero de primera magnitud, y esto tiene dos caras. La positiva es que vamos avanzando en el conocimiento de la verdad histórica de la que se deriva cuanto hoy somos y podremos ser mañana. La otra es que ha tardado mucho, demasiado, en aflorar esa parte de los hechos que siempre nos remite a la sospecha de que hay más escondido y que tal vez nunca alcanzaremos a descubrirlo.
La Justicia en España es lenta y deficiente. Los partidos políticos han sido siempre —cada vez con más compulsiva intensidad— unos virtuosos de las presiones sobre los medios de comunicación independientes. Éstos se debaten, como cualquiera, entre la resistencia numantina y la necesidad de subsistir, que sólo debe venir de la audiencia que atrae a la publicidad. Es preciso arrojo, porque quien hace la ley hace la trampa. Lo estamos viendo todos los días con la guerra de los aforamientos, con la elección de los miembros del CGPJ y del Tribunal Constitucional, amén de tanta racha de viento acre como agita el escenario donde nos movemos.
Desde la trama de los Pujol hasta los “eres” andaluces, pasando por una ruta de corrupciones capaces de polarizar las primeras páginas de los periódicos desbancando a cualquier otra rama de la actualidad, hemos llegado a un punto de nuestra vida colectiva monopolizado por un único objetivo: saber. En tal sentido, la oportunidad que se abre al campo del periodismo —sobre todo el escrito, que es el que marca el paso a los demás, sin importar si es en papel o en pantalla— no tiene precedentes en nuestro país. Hace treinta años creíamos que estábamos viviendo un tiempo áureo en la revelación de la realidad compartida por los ciudadanos. No era así. Entonces sabíamos poco, y después llegamos a saber menos todavía. Es ahora cuando suena la campana del asalto definitivo, porque nos estamos jugando ni más ni menos que la investigación continúe, que no la detenga nada ni nadie, y que lleguemos a saber hasta el último rescoldo de la gran hoguera de vanidades alimentada con el fuego de la mentira en torno al cual se expande el humo de la confusión.
Un pueblo que vive ajeno a lo que sucede bajo sus pies no será nunca una sociedad soberana. La manipulación es la gran enemiga de la salud pública en la que se asienta una democracia de recia estirpe. Lo contrario es feble y por tanto peligroso. Navegamos en un mar cuajado de grandes bloques de hielo sabiendo que la mayor amenaza nos aguarda bajo la superficie del agua. Por eso es tan urgente afrontar sin miedo la catarsis de saber todo lo posible y saberlo ya, de que los sumarios se abran paso con diligencia, sin pereza y sobre todo que ningún juez de España sienta el menor reparo en tirar de la manta, sea o no tiempo de elecciones —lo cual ya es un estado punto menos que crónico. No es de recibo que el TC tenga en un cajón el recurso del aborto años y años, mientras a diario se practican trescientos, hasta quedar ya tan obsoleto como las Siete Partidas de Alfonso X. Ni que se limite a “recordar” una y otra vez a los secesionistas los límites de la Ley, en un ejercicio nemotécnico tan solemne como estéril. ¿Debemos creer que los interpelados son de piedra?

Si tanto luchador como sigue hollando la piel de toro ve que el sistema castiga el delito con presteza y premia al que labora limpiamente contribuyendo al bien común, se activará el músculo no ya de la economía sino de la marcha general de todas las cosas. La función ejemplar de las autoridades lo es todo en una sociedad articulada, como bien sabía Ortega. Ellas son el espejo donde se mira casi todo el mundo, y sólo habrá confianza mutua —la fuente de toda prosperidad— cuando sepamos que nada nos ocultan, porque de ser así, los resortes del estado de derecho actuarán eficaz y rápidamente. Sin listas de espera que conduzcan a la impunidad de la prescripción o descoordinaciones que entorpezcan la acción policial. Tener la verdad por bandera —y conocerla bien— es la mejor garantía de progreso, el cambio que beneficia a todos por igual. 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

LA GRAN CUESTIÓN AUSENTE

(Publicado en los nueve periódicos del Grupo Joly el 31/8/16)

Los políticos españoles se han especializado en el arte de la evasión. Discuten hasta la saciedad acerca de cuestiones que les conciernen básicamente a ellos, incluyendo las llamadas, más o menos retóricas, a trabajar por España, pero lo cierto es que olvidan problemas puntales —no puntuales— que afectan a la vida cotidiana de esa opinión pública cuya voluntad, tal vez por lo mismo, ni se inmuta cuando llega la hora —cada vez más frecuente— de elegir en las urnas. Uno de esos polos de preocupación es la (in)seguridad ciudadana.
Recuerdo que el trayecto, de 40 kilómetros, entre el aeropuerto londinense de Gatwick y la capital del Reino Unido me impresionó por algo que no tiene nada que ver con los atractivos presumibles para un turista español: la ausencia casi absoluta de rejas en unos grandes ventanales —los típicos miradores victorianos— pensados para dejar que entre la escasa luz natural del entorno, preservando en todo momento la más ancha sensación de libertad. Algo parecido me ocurre cuando veo los jardines domésticos de USA. Para mí, andaluz criado entre indeclinables oleadas de robos con intromisión en las moradas —destino que acompaña a mi generación desde que dimos el salto a la ciudadanía adulta— aquella visión inglesa a través de las ventanillas del monovolumen que nos trasladaba a nuestro céntrico hotel fue una sorprendente experiencia de pura envidia. ¿Por qué allí sí y en mi tierra no? Lo confieso: sentí vergüenza y envidia.
Después, he tenido ocasión de sufrir otras veces el zarpazo del delito, sin violencia gracias a Dios, salvo que tengamos en cuenta la angustia y el miedo que lleva implícita cualquier agresión a la propia integridad. La última vez ha sido hace sólo unos días. Alguien ha robado a mi hijo y a un amigo sus macutos en la Feria de Málaga, conteniendo móviles, documentación y dinero. Habrá más, con toda seguridad. Recuerdo haber recibido un reproche policial al presentar una denuncia porque mi casa carecía de reja en un hueco alto. Los otros seis vanos sí las tenían. No pude reprimirme: “¿Quiénes son los que deben vivir entre barrotes?”
La delincuencia irrumpió masivamente en nuestros hogares al calor de la droga allá por los años en que no todo el mundo supo asumir sus derechos con respeto hacia los demás; es decir, con un alto sentido de los deberes cívicos. Y llegó para quedarse. La insuficiencia policial y judicial, de origen político, ha dejado que la pleamar, tanto en el campo como en la ciudad, ahogue hoy por hoy las garantías constitucionales que deben consagrar la auténtica paz social.
Pero, obviamente, ambas esferas no tienen en su mano la solución última a este clima de amenaza para la tranquilidad de la inmensa mayoría. Son los políticos, a través de sus partidos, los que siguen sin atender a la obligación más esencial que comporta su vocación: el bien común, que empieza por la defensa de la seguridad ciudadana. Vivimos tiempos de contadores informáticos. Sería interesante que algún cibernauta nos informara acerca de cuántas veces ha salido el tema —en cualquiera de sus variantes— a lo largo de las dos últimas campañas electorales. Incluso, yendo más allá, qué lugar ha ocupado en el ránking de los debates, proposiciones y decretos registrados durante las últimas legislaturas. Las conclusiones serían, probablemente, desoladoras. La razón la deduce un niño: no les interesa. Es un hueso duro de roer. Se ha acumulado demasiado tiempo sin poner manos a la obra. Hay demasiados estudios teóricos sobre la mesa. La población reclusa es desbordante. Y las excusas —paro, exclusión, desigualdades, crisis educativa, familias desestructuradas, bandas organizadas, influencia perniciosa de los medios… — abrumadoramente ciertas como para que alguien se atreva a proponer o ensayar remedios nuevos y mejores.

Mientras, el día a día de los españoles sigue tropezando con ese temor latente u operante que solivianta y empaña con cansina insistencia el equilibrio de las relaciones personales. Sin caer en demagogias: que levante la mano quien no haya tenido más o menos cerca o en sus carnes un caso de inseguridad —a menudo flagrante—. La democracia nace de la confianza. No sólo de la que depositamos cada cuatro años en nuestros gobernantes, sino de la que éstos hayan sido capaces de suscitar al cabo de los cuatro siguientes. La temperatura —la calidad— de esa convivencia real la da no sólo que si el timbre suena a las cinco de la mañana sea el lechero, sino que cuando oímos crujir algo desde la cama sea el termostato del frigorífico.

domingo, 4 de septiembre de 2016

MADRE DE LOS POBRES NO NACIDOS

                             "El mayor destructor del amor y de la paz es el aborto"

                                                                                          (Santa Teresa de Calcuta)                                                                                    

Hace sólo unas horas que ese abrazo que diera la vuelta al mundo entre una pequeña y anciana mujer “desvalida” y todo un Santo Padre eslavo se ha hecho realidad en el Reino de los Cielos. Dos hitos para la Humanidad. Dos santos estrechamente unidos, ambos doblando levemente la cabeza, señal inequívoca de ternura. Ella depositando su cabeza, de lado y con los ojos cerrados sobre el pecho blanco y despejado de su Papa. Dos sonrisas idénticas. Y hoy, un sucesor de aquel gigante polaco que ya le canonizó a él ha declarado santa a la pequeña/inmensa figura que se abrazaba a la sotana e incrustaba en la cruz pontificia su oído, como queriendo escuchar de primera mano el mensaje que aquélla destilaba.
He querido recuperar, en este día tan señalado, algunas frases de Madre Teresa, como cree Francisco que deberemos llamarla para “distinguirla” de las otras dos carmelitas que andan por los altares. Lo hago como un compromiso cristiano que me arde en las entrañas, porque se ha puesto mucho cuidado, incluso en medios que van de la mano de la Iglesia, en disimular la primera —insisto, la principal— inquietud que mantenía viva la llama de amor viva en el corazón de Teresa de Calcuta. El Papa ha dicho: Teresa "defendía la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y la descartada".
En este ramillete me ciño a una fecha: el 3 de febrero de 1994. Y a un acto: el Desayuno de Oración Nacional (anda que si aquí hubiera tal cosa…) que la Casa Blanca organiza una vez al año. La ocasión —la misma que otro malhadado personaje muy “nuestro” y que no se levantaba ante el paso de la bandera de los Estados Unidos aprovechó para darle la vuelta a las palabras de Cristo— fue exprimida por la hoy santa para no perder un segundo en el zamarreo de las conciencias del mundo, sintetizadas en los poderosos del país al que el Orbe está mirando continuamente. Allá van las cargas de profundidad de Santa Madre Coraje:
* “La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño, al niño inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decir a otros que no se maten? ¿Cómo persuadir a una mujer de que no se practique un aborto? Como siempre, hay que hacerlo con amor y recordar que amar significa dar hasta que duela”.
* “Jesús dio su vida por amor a nosotros. Hay que ayudar a la madre que está pensando en abortar; ayudarla a amar, aun cuando ese respeto por la vida de su hijo signifique que tenga que sacrificar proyectos o su tiempo libre. A su vez el padre de esa criatura, sea quien fuere, debe también dar hasta que duela”.
* “Al abortar, la madre no ha aprendido a amar; ha tratado de solucionar sus problemas matando a su propio hijo. Y a través del aborto, se le envía un mensaje al padre de que no tiene que asumir la responsabilidad por el hijo engendrado. Un padre así es capaz de poner a otras mujeres en esa misma situación. De ese modo un aborto puede llevar a otros abortos. El país que acepta el aborto no está enseñando a su pueblo a amar sino a aplicar la violencia para conseguir lo que se quiere. Por eso el mayor destructor del amor y de la paz es el aborto”.
* “El mayor regalo que Dios le ha dado a nuestra congregación es luchar contra el aborto mediante la adopción. Ya hemos dado, sólo en nuestro hogar en Calcuta, más de tres mil niños en adopción. Y puedo decirles cuánta alegría, cuánto amor y cuánta paz han llevado estos niños a esas familias. Ha sido un verdadero regalo de Dios para ellos y para nosotros”.
* “Recuerdo que uno de los pequeños estaba muy enfermo, así que les pedí a los padres que me lo devolvieran y que les daría uno sano. Pero el padre me miró y me dijo: ‘Madre Teresa, llévese mi vida antes que el niño’. Es hermoso ver cuánto amor, cuánta alegría ha llevado ese niño a esa familia”.
* “Recen por nosotros para que podamos seguir con este hermoso regalo. Y también les hago una propuesta: nuestras hermanas están aquí, si alguno no quiere un hijo, dénmelo, yo sí lo quiero”.
* “Para mí, las naciones que han legalizado el aborto son las más pobres, le tienen miedo a un niño no nacido y el niño tiene que morir”.
* “Tomemos una determinación: que ningún niño sea rechazado o que no sea amado, o que no se preocupen por él o que no lo asesinen y lo tiren a la basura”.
En aquel salón de Washington estaban el presidente Bill Clinton, su esposa y actualmente candidata a la Presidencia, Hillary; el vicepresidente y gran batallador contra el cambio climático (aunque no predique precisamente con el ejemplo), Al Gore, y otros muchos destacados mandatarios o dirigentes de aquella gran nación. La fundadora de las Misioneras de la Caridad les dio la mayor lección de fe y esperanza en Dios y en el ser humano que hayan presenciado las actuales generaciones.

Que se tenga presente cuando los ángeles entonan himnos de gloria por su fiesta. Cada 5 de septiembre aquellas palabras siempre nuevas resonarán en el Santoral.